Texto: Letra normal

Diálogos: - Letra normal

Pensamientos: "Letra cursiva"

Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.

Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.

Make me – Britney Spears ft. G-Eazy


Capítulo 8. Choques

Todo el ambiente estaba cargado de chacra bajo ese cielo oscuro y profundo que, sin embargo, dotaba a todo el lugar de un tono grisáceo-verdoso desagradable. Toda la expansión de tierra que tenía a su alrededor era un entorno muerto, roto, destruido… Herido por la Cuarta Guerra Ninja que alcanzaba su segunda noche de batalla.

Los Cinco Kages habían sido barridos por el resucitado Madara Uchiha, dejando a toda la Alianza Shinobi sin cabeza. "Ese… Malnacido…" Sakura hizo una mueca de asco mientras sus pensamientos fluían. "Toda esta guerra, toda esta muerte… Por ver el mundo arder, maldita sea una y mil veces…" La muchacha bajó la mirada hacia el cogote de Naruto, el cual estaba sentado de espaldas a ella, mientras Sakura dejaba manar su característico chacra verde sobre la espalda del jinchuriki del Nueve Colas. Una parte de ella se estaba rompiendo la cabeza preguntándose por qué Obito y Madara Uchiha habían provocado toda esa masacre. Pero otra parte sabía la respuesta, o al menos le encontraba el sentido. "Son Uchihas… Parece que está escrito en su ADN" Ahora su mente nadó inexorablemente hacia su ex – compañero de equipo, Sasuke.

Ella cerró los ojos con fuerza mientras sacudía la cabeza para apartar esos pensamientos que florecían en su cabeza y centrarse en curar a Naruto. "¿Será verdad que están malditos?" Con esa pregunta muda y sin respuesta, Sakura oteó el horizonte buscando a la imponente figura del verdadero autor de toda esa destrucción.

Madara Uchiha, con las escleróticas opacas y negras, su Gunbai a la espalda y los brazos cruzados sobre el pecho observaba desde su posición elevada cómo el Jubi empezaba a descontrolarse, rugiendo y retorciéndose, mientras parecía que todo el chacra del universo se iba concentrando a su alrededor. No podía estar más entusiasmado. Todo, absolutamente todo su plan había salido a la perfección, al menos hasta el momento. Incluso con el idiota de Obito. La gigantesca luna escarlata observaba desde el cielo toda esa tierra yerma, plagada de shinobis, ya fuera vivos o muertos. Con el Rinnegan, Madara se estaba deleitando en mirar cómo el Jubi comenzaba a preparar un ataque que iba a arrasar, literalmente, las filas que quedaban de la Alianza. "Esos debiluchos… No merece la pena malgastar ni un ápice de chacra en ellos… Quizá ese jinchuriki del Nueve Colas, pero no más" Madara recordaba cómo le había plantado cara ese mocoso rubio con la bandana de Konoha en la frente y cómo los ninjas de la Alianza que quedaban en pie le habían protegido poniéndose a su lado cuando las fuerzas le empezaban a flaquear. "Estúpidos".

Paseó su ojo desde la luna hasta el Jubi, que estaba comenzando a generar una bola roja, igual que el satélite que adornaba la noche. Les iba a aniquilar, por fin. Pero algo le estaba molestando en ese preciso momento. Sentía la sensación de cómo algo o alguien estaba observándolo detenidamente. Lo notaba justo en la parte posterior de la cabeza. Ante ese molesto sentimiento, se giró buscando su origen. Por unos instantes, vio cómo la chica de pelo rosa tan llamativo que estaba curando al jinchuriki del Kyubi le clavaba dos ojos verdes. Pero sólo por un instante, puesto que cuando se giró, ella bajó la mirada al momento. Madara frunció el ceño. "Esa mocosa…" Tenía algo revoloteando por su cabeza. Algo tan surrealista para él en esos momentos que en seguida sacudió la cabeza, desechando la idea y volviendo la vista al horrendo monstruo que era el Jubi.

Sí, por unas milésimas de segundo, notó como si Mei, su Mei, estuviera mirándolo desde el mundo de los muertos a través de esos malditos ojos esmeralda. Pero eso era imposible.

..."¿Verdad?"


Los rayos del astro rey comenzaban a saludar en un nuevo día a la frondosa tierra de Konoha. Las gotas de rocío volvían a brillar antes de evaporarse bajo la calidez de la época cálida y, otra vez, los verdes de los bosques de la Aldea Oculta de la Hoja explotaban en millones de tonalidades para disfrute de cualquier ojo que apreciase tal belleza salvaje. Una belleza salvaje como la que Madara Uchiha estaba contemplando en esos momentos.

Los rayos luminosos se colaban, como con vergüenza, entre las cortinillas de las puertas corredizas que tenían cristales en su mitad superior, a modo de ventana, de la habitación principal de la residencia del jefe del Clan Uchiha. Sin embargo, era luz suficiente como para que los ojos ónices del dueño del lugar distinguieran a la perfección a la figura que yacía a su lado en el inmenso futón. Mei, la chica lobo, estaba como los dioses la trajeron al mundo y dormía profundamente. Apenas tenía sólo la mitad inferior del cuerpo tapada por una ligera sábana blanca. Se encontraba de cara al Uchiha, con una pierna doblada hacia su estómago, el brazo que descansaba sobre el mullido futón doblado de tal manera que con la mano se cubría media cara y el otro descansaba tranquilamente sobre su regazo. Tenía el pelo castaño claro revuelto y desparramado por todas partes, pero, aun con media cara tapada, se podía adivinar cómo su boca estaba ligeramente entreabierta, desde donde se escuchaba su lenta y profunda respiración.

A esas horas, justo al amanecer, al sol no le había dado tiempo de calentar el ambiente, por lo que era cuando mejor podía estarse mientras se dormía. Pero, una vez desvelado y tener semejante visión a su alcance, Madara Uchiha no podía volver a cerrar los ojos. Se quedó mirando a su amiga detenidamente, incorporando la parte superior de su cuerpo y, clavando el codo en la almohada, apoyó su cabeza en una mano para sostenerla mientras estaba concentrado en delinear cada trazo del cuerpo de Mei. Él también estaba desnudo sobre el futón. De hecho, no sabía ni dónde se había dejado el kimono que llevaba puesto la noche anterior. La posición de los brazos de Mei no llegaba a tapar del todo el pecho izquierdo de la chica y eso hizo que Madara volviera a perderse por enésima vez en el recuerdo de los momentos que acontecieron hace algunas horas y que comenzaron a la vera del río que corría a las afueras de la aldea:

"Mei había enredado por completo sus manos entre las hebras negras de su pelo a la vez que se pegaba a su cuerpo arqueando la espalda hacia atrás y echando las caderas hacia delante. Él posó sus manos en la parte baja de la espalda de la chica, donde recorrió la piel desnuda de la zona debido al tipo de ropa que llevaba. Hizo presión para acercarla más a él mientras no dejaba de mover sus labios sobre los de ella. Se abandonó a esa enloquecedora sensación de tener el corazón latiéndole como un potro desbocado, haciendo que la sangre corriera frenética por sus venas. Era algo parecido a cómo se sentía justo antes de entrar en batalla, sólo que en esta ocasión también se estaba dando el lujo de experimentar la corriente que provocaba Mei en su columna vertebral.

Esa dulce tortura eléctrica que le estaba dando su cerebro hacía que se le nublara la percepción del resto del mundo y que sólo existiese ella. Su olor, su tacto, su sabor. Todo. Todo lo estaba rodeando, envolviéndolo en un mar de estímulos para cada poro de su piel, para su pituitaria y papilas gustativas. Maravilloso. Mei se encontraba en una situación similar y su cuerpo se movió y actuó por ella.

La diosa lobo hizo que su lengua fuera al encuentro de la de su amante, comenzando una danza bélica y resbaladiza, donde sus bocas querían explorar cada recoveco del contrario. La garganta de Mei comenzó a emitir sonidos guturales de placer. Estaban tan pegados que era muy difícil adivinar algún espacio entre ellos. Cuando la nariz fue insuficiente para tomar aire, rompieron ese ardiente beso, dejándolos jadeando fuertemente, abriendo ligeramente los ojos para encararse una vez más.

- Tenía… - Mei intentaba recuperar el aliento con dificultad – Tantas ganas… De esto… - sus iris verdes estaban entelados por el velo del deseo y la pasión, algo que Madara captaba a la perfección y no hacía más que encenderlo como una hoguera. Tragó duro.

- Mei… - No podía evitarlo. La deseaba tan fuerte que ya era imposible echarse atrás. No quería palabras, no quería más tiempo. La necesitaba. Y la necesitaba ya.

Sin pararse a pensar en ir a su casa o a la de Mei, que quedaba más cerca, Madara volvió a inclinarse para besarla. El ritmo iba in crescendo. Los gemidos se hacían más fuertes, más frecuentes. Las manos de ambos se movían más deprisa, más atrevidas. El calor en sus estómagos era pura lava, bajando hacia el bajo vientre. Mei se separó de la boca de Madara para enterrarse en su cuello. El moreno se sobresaltó al sentir los dientes de ella clavarse en la piel que unía la clavícula con el cuello, haciendo que no pudiera callar un grave gemido. "Sí…" Eso era lo que Mei quería. Quería descontrolarlo por completo. Quería escucharle, quería que fuera suyo. Simplemente le encantaba ese hombre. Su pelo tan negro… Sus ojos tan oscuros… Y ahora que tenía ese par de carbones brillando de lujuria no quería que se apagaran nunca.

Notó la respiración entrecortada y fuerte del Uchiha en su oído mientras pasaba su lengua ahí donde le había mordido. Susurraba su nombre, ido. Madara dobló las rodillas e hizo que Mei bajara con él al césped, aprovechando para enroscar sus piernas alrededor de su cintura mientras seguía rodeándole con los brazos por los hombros. La falda de ella se remangó por el movimiento hasta la parte superior del muslo. Sus centros quedaron unidos cuando él se sentó por completo en el suelo, con Mei a horcajadas sobre él. Se miraron. Sus iris chocaron, diciéndoselo todo sin palabras. "Te deseo" "Yo también" "No pares…" Los besos que se arrancaron el uno al otros inundaban de sonidos eróticos ese lugar tan idílico, donde se respiraba la noche del verano. Mei suspiraba cada vez que las manos de Madara iban tocando cada parte de su cuerpo. Cuando él comenzó a acariciar su pecho por encima de la telilla blanca del top, echó la cabeza hacia atrás, dándole total acceso a su cuello. Madara no dejó zona sin que su lengua pasara.

- Ah… Por Kami… Sssssí… - Mei entrelazó con fuerza sus manos en su pelo una vez más, tirando suavemente pero con firmeza de la parte posterior de su cabeza. – Madara…

Su nombre, dicho de esa manera por la mujer que adoraba, terminó por hacer de detonante. Agarró a la chica del culo para impulsarse hacia delante, posando la espalda de Mei en el suelo. Él se echó sobre ella entre sus piernas y comenzó a quitarle la ropa con urgencia. Ella, contagiada por la emoción, hizo lo propio y pasó las manos por dentro del kimono del moreno para bajárselo por los fuertes y anchos hombros antes de desanudar el cinto que mantenía el kimono sujeto. Cuando notaron la piel con piel, gimieron de puro gusto. Era cálido, electrizante, adictivo. Madara estaba plenamente excitado. Mei estaba tan húmeda como el río que adornaba la música de ambiente con su arrullo, así lo supo con certeza el jefe del Clan Uchiha cuando sus largos dedos la tocaron sin miramientos. La ropa terminó tirada por todas partes a su alrededor. Y sólo quedaron sus pieles como barrera entre ambos. Madara retiró su mano y se posó encima de ella, restregando su erección contra el sexo de la chica, jadeando.

- Hmpf… Por todos los dioses… - Apenas fue un susurro cargado de contención.

- Sí, sí… Sí… - Mei bajó una mano para terminar de enloquecer al dueño del Sharingan, poder ocular que ahora asomada sin control por los ojos negros de Madara, y, ahuecándola, acarició su miembro con firmeza, subiendo y bajando, acto que le dejó con los ojos muy abiertos y sin poder contener una maldición.

- ¡Joder! ¡Mei…! – Apretaba los dientes. – No… No puedo más.

- Hazme tuya… Ahora. – Como si el mundo fuera a terminarse si tardaba un segundo más en cumplir esa orden, Madara se colocó bien entre las piernas de Mei, la cual también se removió para facilitarle el acceso a su amante. Comenzó a introducirse en ella. – Mírame… - El moreno elevó sus bellos ojos negros hacia la chica. Mei elevó una mano para acariciar su rostro mientras su cara le revelaba en todo su esplendor el placer que estaba sintiendo a medida que él se iba metiendo en ella. Sin dejar de mirarla, embelesado, Madara se enterró en esa mujer hasta donde le permitió la anatomía, clavándole los dedos en los glúteos con mucha fuerza para soportar la cantidad de descargas placenteras que estaba mandándole su centro a sus neuronas.

- Oooooooh… Diosssssssssss… - Mei abrió mucho sus dos esferas esmeraldas para después cerrarlas con fuerza a la vez que subía los brazos para rodear el cuello de Madara y acercarlo a ella, aplastando su pecho con el suyo y rodear su cintura con las piernas para hacer más profunda la penetración. Él la llenaba por completo.

Madara solo podía lanzar graves y profundos suspiros al ser inútil el hecho de intentar controlarlo. Cuando esa primera oleada de goce se iba retirando poco a poco de sus nervios, él movió la cadera para comenzar el vaivén de la danza del sexo. Se resbaló completamente entre la carne de Mei. El placer era demasiado potente. Bajó los fuertes brazos hacia los glúteos de la chica, agarrándolos para elevar su cadera un tanto y así introducirse en ella infinitamente de manera más precisa. El ritmo de las embestidas iba variando. Rápido, muy rápido, haciendo que se escuchara por todas partes el choque de sus cuerpos y los gritos de Mei, que estaba descontrolada.

Lento, más lento, muy lento… Profundizando cada estocada para evitar correrse antes de lo que quería y así poder sentirla en plenitud. Mei se agarraba a sus tríceps, a sus hombros, su espalda, bajaba a la cintura, volvía a elevar sus manos por su espalda contraída, arañándola, mientras le gemía que siguiera, que no parara, que la estaba volviendo loca. Música para sus oídos. Él no podía apenas articular nada, pero escuchar cómo Mei le estaba rogando más, cómo se revolvía y movía también la cadera para ir más rápido a su encuentro. Iba a hacer que terminara antes que ella, maldita sea.

Mei estaba presionándole los glúteos con los talones y agarrándolo con las manos para aumentar el ritmo de sus caderas vertiginosamente.

- ¡J…Joder! – Madara metió más una mano debajo de ella para agarrarla por el culo y metió la otra por su espalda y se echó hacia atrás, arrastrándola con él e incorporando a los dos, quedando, sin romper la unión, Mei sentada sobre él.

- ¡Oh! ¡Oh! ¡Madara! ¡Ah…! – La calló besándola violentamente, metiendo su lengua por toda su boca, sujetándole la nuca. Ella hizo lo mismo y se movió como si estuviera cabalgando un caballo salvaje. Madara tampoco paró de sacudir su pelvis hacia delante y hacia detrás. El roce, el calor, el sudor, los gemidos…

- Me… Me… ¡Ah! Me voy…¡! – Mei terminó de moverse muy rápidamente sobre el miembro de él, apretándolo entre sus paredes con fuerza en las contracciones previas al orgasmo y se dejó ir. - ¡Aaaa-aaaaaaaaah…! Madara… - Su espalda arqueada por completo en una parábola hacia atrás, con su pelo cayendo como una cascada marrón, elevando sus redondos pechos hacia él, con los brazos arañando con fuerza sus hombros y los muslos apretando igual de fuerte su cadera, los labios brillando en saliva, abiertos y los párpados apretados. Fue la visión que tuvo Madara para, instantes después, hacer que él descargara su esencia dentro de ella, en convulsiones acompañadas de gruñidos nacidos desde lo más profundo de su pecho y de sus músculos contrayéndose alrededor del cuerpo femenino. En el último espasmo por el orgasmo, la mordió en el hombro.

No supo cuánto tiempo se quedaron así. Su mente había volado, quedándose en blanco, no pensando en nada, literalmente. En un momento dado y cuando sus respiraciones se hubieron calmado un poco, Mei le alzó la cara rodeándole las mejillas con las manos, mirándole. Esa vez no había un deseo desenfrenado ni el brillo de la química sexual en ellos. Había un amor infinito, y él lo sabía. Sabía reconocer en la mirada de Mei ese sentimiento porque a él le estaba pasando exactamente lo mismo. Ella sonrió con la boca, con los ojos. Creía que era la sonrisa más bonita del universo entero.

- Te quiero… - A esa confesión en voz muy bajita, le siguió un beso suave, aún con su cara sujeta entre las palmas de las manos de la diosa del bosque. Él cerró los ojos, dejando que la sensación que inundaba su pecho lo recorriera. "Yo también". No lo dijo con palabras como ella, pero sí con todos los hechos que podía. Así eran los Uchiha. Las palabras no alcanzaban a expresar lo que podían llegar a sentir por la persona amada, así que dejaban que sus acciones hablaran por ellos.

Después de finalizar ese último beso, Madara la miró, esta vez sin rastros del escarlata del Sharingan, y le devolvió la sonrisa. Cuando lo hacía, ella podía ver en él al niño del que se había enamorado. Tras dejar que sus pieles disfrutasen un poco más de la presencia de la otra, se separaron y se bañaron en el río para limpiarse de los restos de tierra y sudor. Sin embargo, la corriente fresca también incitó a perderse el uno en el otro una vez más y, cuando hubieron llegado a la casa de Madara, por elección de él, volvieron a deshacerse de toda prenda para intentar apaciguar las llamas que provocaban el uno en el otro.

Agotados por la intensidad de esa noche, acabaron dormidos entre las caricias de sus manos, con nuevos "te quiero" flotando en el aire de la habitación."

A Madara le costaba un poco creer todavía que Mei le hubiera elegido a él. Sí, sabía que Hashirama tenía sentimientos por ella, y no supo hasta esa noche muy bien cómo eran los de Mei con respecto a ellos dos. Se llevaba tan bien con el Senju y a veces conectaban de una manera tan sencilla que había tenido celos y dudas sobre si la chica se inclinaría al final por llevar más lejos la amistad con su mejor amigo. Pero era él quien había despertado al lado de la muchacha, quien había probado el calor de su piel y quien ahora la estaba observando mientras dormía.

Pero una molesta sensación estaba empezando a surgir en el hilo de sus pensamientos. Hashirama se iba a enterar de todo eso e iba a suponer una situación bastante complicada, algo muy poco conveniente ahora que la aldea estaba creciendo tanto, que estaban formando relaciones con potenciales aliados y que había que nombrar a un jefe. Esa posición estaba entre él y el Senju. Madara deseaba ser Hokage, claro, pero era consciente de que Hashirama tenía muchas papeletas para ser elegido, por mucho que su amigo le propusiera a él. Y eso también le ofuscaba. Sería como quedar por debajo del Clan Senju, y eso para los Uchiha era un insulto a su orgullo. El suspiro de Mei mientras se removía un poco le sacó de su trama mental. La chica, aún con los ojos cerrados, movió los brazos, estirándolos, arrastrando con ellos el resto de su cuerpo y se pegó a Madara, rodeando su cintura con un brazo y pasándole una pierna por enima, metiendo su cabeza en el ángulo de 90 grados que formaba el brazo doblado del moreno encima de la almohada y apoyando su cara entre el hueco que formaba el hombro y el cuello. Aspiró profundamente por la nariz y emitió un ronroneo.

- ¿Qué es lo que preocupa tanto a mi lobo desde tan temprano en la mañana…? – la voz de Mei sonaba todavía bastante adormecida.

- ¿Cómo sabes si algo me preocupa o no? – Madara también habló en voz baja mientras pasaba la mano que tenía libre por las hebras marrones y doradas del pelo de la chica lobo.

- Lo sé. – dijo ella sin más, encogiendo un poco los hombros, dándole obviedad a su respuesta.

- Hmpf… - el Uchiha, poco comunicativo, no quería comentar lo que estaba pensando con ella. No siendo una persona tan cercana a Hashirama. Sin embargo, Mei, astuta, sabía más o menos por dónde iban los tiros.

- Él lo terminará por aceptar, Madara. Y es tu mejor amigo, te quiere. Cuando vea que es lo que estaba escrito en el destino, se alegrará por nosotros. No te preocupes más de lo necesario.

- No estoy tan seguro de que lo acepte tan fácil, Mei. Si fuera al revés, lo mismo a mí me daría por largarme de la aldea o luchar a muerte con él. – ella se rió suavemente, con lo que Madara sintió las vibraciones de su risa sobre su costado.

- Cuando quieres a alguien de verdad no luchas a muerte con esa persona, mi orgulloso shinobi de la orilla del oeste. – hizo una pausa, paseando la mano que estaba rodeando a Madara por su pecho y abdomen distraídamente. – Le dolerá.– Mei, ya con los ojos medio abiertos, crispó su expresión. – Pero, como te he dicho, era el destino. La vida nos guía irremediablemente hacia las personas con las que nuestro corazón forma lazos, lazos auténticos, por mucho que queramos huir, esas personas siempre volverán a aparecer en nuestro camino una y otra vez, y debemos aceptar y amar el papel que toma cada una en nuestra vida. – ella se separó un poco de Madara y también dobló el codo en la misma posición para sujetarse la cabeza para encarar a su amante. – Hashirama es alguien fundamental en la mía, alguien de quien no me separaría nunca más, un verdadero amigo. – Madara la miraba intensamente mientras ella proseguía con su discurso. – Pero tú eres quien me revuelve, quien me desboca el alma, a quien amo. – Acarició la mejilla del moreno con la mano. Él cerró momentaneamente los ojos, disfrutando del gesto de cariño. – Es irremediable. Y el tiempo hace que aceptemos lo que nos regala nuestro sino.

- Puede ser… - Madara desvió la vista hacia alguna parte de la pared que tenían en frente.

- Es Hashirama, no un enemigo, ni un rival. Es el fundador de Konoha junto contigo. – la chica volvió a abrazarle y él dejó caer su cabeza sobre la almohada para abrazarla también del todo, suspirando y cerrando los ojos, más tranquilo. Mei tenía el poder de disipar todas sus preocupaciones, todo su mal carácter.

- Más preocupada tendría que estar yo. – sonrió contra la piel morena de su cuello al terminar de decir esto. Madara enarcó una ceja ante la declaración. – Eres el jefe del Clan Uchiha…

- Nadie de mi clan se atreverá a toserte ni a rechazarte, Mei.

- No soy una Uchiha y tenéis vuestras reglas de formar familias entre vosotros.

- Ya te dije que eso es algo que no tiene por qué suceder siempre. Tú eres mi elegida y te convertirás en una Uchiha, vivirás en esta casa y formarás parte del Clan. Y si alguien se atreve a levantar mínimamente una ceja, lo abraso vivo. – gruñó el jefe de los del Sharingan. Mei volvió a reírse por lo bajo.

- Está bien, está bien… No abrases a nadie. – ella inclinó la cabeza para llegar a darle un beso en la boca. – Sólo a mí… - la mirada esmeraldina de Mei brillaba, seductora. Madara le devolvió el beso con un gruñido de satisfacción mientras eliminaba las distancias que pudiera haber entre ambos. Esa mañana, él volvió a amarla hasta que no les quedó más que darse.


No corría apenas ni una mísera brisa entre las calles de la aldea y la mañana ya estaba bien avanzada. Konoha estaba de resaca, la celebración de la noche anterior estaba pasando ahora factura a todos los que pensaron que un trago más de sake no hacía mal a nadie. Los comercios estaban retomando su actividad con calma y ese día la Academia Ninja no abría sus puertas. Los invitados de Suna se alojaban en unas casas amplias de madera cerca de la torre principal donde Hashirama y Madara ejercían sus labores dirigiendo la aldea. Seguramente los del País del Viento estaban todavía recuperando la conciencia en esos momentos.

Hashirama, que había terminado rodando por las esquinas entre la fiesta, alcohol y juegos apostándose hasta las sandalias, no sabía ni cómo había llegado a su casa y la cabeza parecía explotarle con el más mínimo ruido o movimiento.

Llevaba un buen rato con los ojos perdidos en el techo de su habitación, con los brazos y piernas completamente extendidos sobre el futón completamente deshecho. Todavía llevaba la misma ropa de la noche anterior y el pelo, largo y lacio, se disparaba por todas direcciones sobre la almohada. Estaba hecho un gargajo y necesitaba algo para que no quisiera arrancarse la cabeza del dolor y reactivarse. Con una mueca y frotándose los ojos por quinta vez, se apoyó a duras penas sobre una mano para levantar su tronco de la cama.

- Orgh…- "Por Kami… ¿Qué hora es?". Sabía que más tarde que pronto, así que se levantó despacio para dirigirse al baño y quitarse los restos del ambiente de la juerga. Se sobó la mejilla derecha, le dolía un tanto. Tenía vagos recuerdos de la mitad de la noche hasta la madrugada, cuando se acercó a Ahina Uzumaki, donde más miembros de los dos clanes comenzaron conversaciones de todo tipo y acabaron borrachos perdidos jugando a los dados, al Hanafuda y a todo lo que se les ocurría.

Recordaba muy pesadamente que había intercambiado alguna que otra palabra con Mito Uzumaki, una joven pelirroja que le había presentado algún miembro de los Uzumaki esa misma noche. Estaba tan ebrio que recordaba su rostro borroso. Lo que sí captó era que esa chica tenía mucho carácter y su aura de chacra era muy, muy amplia. No había sentido esos niveles de chacra en muchas personas más entre los ninja.

Poco a poco, el agua de la bañera donde se había metido fue aclarándole su embotado cerebro. Justo antes de comenzar su particular fiesta entre los Uzumaki, Mei se había ido maldiciendo hacia el sur de la aldea tras haberle echado a Madara por la cabeza un vaso entero de sake. Su amigo también se había marchado del lugar detrás de la furiosa Haruno, con el sake chorreándole por el pelo y lanzando juramentos mientras la llamaba. El Senju suspiró. "Siempre igual… Mei alejándose, pasando olímpicamente de mi presencia y Madara corriendo detrás de ella…". Suponía que la chica se había transformado y habría ido a correr durante la noche por el bosque. Pero Madara no regresó, o al menos él no se dio cuenta.

Hashirama salió del agua y se vistió con un kimono largo claro con las solapas en verde más oscuro, ahora mucho mejor de como había amanecido. Tras beberse un vaso entero de una bebida caliente para terminar de eliminar ese maldito dolor de cabeza, salió a las calles de su aldea, aspirando el aire del ambiente. Reto, Terumi y Shanom todavía seguirían en las residencias para invitados, durmiendo la mona, ya que ningún mensajero se había acercado para comunicarle ningún mensaje. Ese mismo día tenían que finiquitar los acuerdos que iban a establecer entre las dos aldeas y, como todavía no había jefe único, Madara debería estar presente.

- Buenos días… - Escuchó la voz ronca de su hermano pequeño a su espalda. Parecía que Tobirama tampoco se había salvado de la resaca matutina.

- Tobirama, ¿cómo llegamos a casa? – A el Senju ahora le hacía gracia, pero si Tobirama también había terminado borracho, aún siendo un poco más sensato que él a la hora de meterse en la bebida y en el juego, cómo tuvieron que verse en el momento más álgido de la borrachera.

- Pffff… No me acuerdo bien… - El Senju de pelo blanco se masajeó el puente de la nariz con los dedos mientras cerraba fuertemente los ojos, como si intentar recordarlo le estuviera doliendo. Se aclaró la garganta. – Creo que Ahina o alguno de sus familiares nos trajeron hasta aquí. Me parece que la chica pelirroja de los Uzumaki, Miro, Mino, o algo así, te dio una torta antes de que nos dejaran en el porche. No me preguntes por qué.

- Mito Uzumaki. – dijo Hashirama mientras se volvía a llevar la mano a la mejilla dolorida. Sí que le había dado un buen tortazo. A él, un Senju y fundador de Konoha. ¿Qué narices le habría dicho para que le respondiera así de violento?

- Pues eso. – Tobirama estiró los brazos hacia el cielo, desperezandose. – Hoy parte la gente de Suna. Tenéis que acordar los últimos detalles de esta "alianza". – El soberbio Senju se cruzó los brazos por delante del pecho, mirando a su hermano mayor con sus ojos anaranjados.

- Así es. – Hashirama asintió. – Iré a buscar a Madara, imagino que estará en su casa. – dijo dando un paso adelante, pero la voz de Tobirama le detuvo.

- No. Tú ve a la torre, yo iré a buscar al Uchiha. Entre tanto, manda a alguien a avisar a Reto, Terumi y Shanom para vuestra reunión, así adelantaremos tiempo.

- De acuerdo. Os espero en la sala de reuniones de los clanes.

Hashirama se encaminó a la torre mientras que Tobirama se dirigió al barrio Uchiha. A pesar de mantener una actitud arisca con ellos, Tobirama respetaba su poder y sabía que debía mantener contacto de tanto en tanto para no olvidar que eran un clan muy poderoso y con el que habían librado muchísimas guerras.

El sol ya se alzaba casi en la cúspide de la bóveda celeste cuando el joven Senju se situó en la entrada de la casa principal del Clan Uchiha. Fue a llamar al jefe para avisarle de su presencia pero se calló justo a tiempo para concentrarse en lo que había percibido. Redujo su propio nivel de chacra. "No siento el chacra de Madara pero… Siento otro…" Tobirama frunció el ceño. "¿Mei?" Reconocía la esencia de la chica con mucha facilidad, su energía especial debido al espíritu del lobo la hacía inconfundible. "¿Qué hace ella aquí sola?" Picado por la curiosidad, se adentró en la señorial casa, rastreando el origen del chacra de Mei.

Cuando dobló la esquina del pasillo principal que daba a la entrada de una sala que parecía el salón, se encontró con la chica lobo alzando un vaso con alguna bebida, sentada en una silla que rodeaba una mesa de madera robusta con acabados en filigranas talladas en los laterales, con las esbeltas piernas cruzadas que quedaban a la vista pues ella sólo llevaba encima lo que parecía un kimono azul oscuro con el abanico blanco y rojo bordado a la altura del pecho, sin atar. Estaba mirando hacia el enorme ventanal que se abría en frente, dejando ver el jardín que rodeaba la casa, absorta en algún pensamiento. Se quedó con el vaso a medio camino entre su mano y su boca y se quedó quieta, sin articular palabra, devolviéndole la verdosa mirada al hermano de su mejor amigo. No le había notado llegar, ni siquiera le había olido. Alguna corriente de aire le había desprovisto de captar al "intruso".

Llevaban unos eternos segundos mirándose sin que ninguno dijera nada. Tobirama bajó la vista hacia el kimono que llevaba puesto ella, en concreto al símbolo de los Uchiha. Mei sabía que no había excusa creíble que tapara que había pasado la noche en esa casa.

- Tobirama. – Mei terminó de romper el silencio incómodo.- ¿Qué haces aquí?

- Podría preguntarte lo mismo. – entre ellos siempre había existido una ligera tensión acumulada desde que Mei supo que fue él quien espiaba a Madara cuando eran niños y sobre todo desde esa tarde en la que el padre de los hermanos Senju la había atacado. Mei arrugó la nariz.

- No voy a perder el tiempo explicándote lo evidente y, es más, no tengo que darte explicaciones de nada. – la chica dio por fin un trago al vaso que sostenía en el aire y lo dejó con un golpe seco encima de la superficie lisa de la enorme mesa.

- Claro. Se las darás a Hashirama. – Tobirama la miró con dureza. Sabía que eso había irritado mucho a la chica. Los ojos de Mei se oscurecieron e iba a responderle, pero no la dejó decir nada. – Yo sólo he venido a buscar a Madara porque tiene que reunirse con mi hermano y con los dirigentes de Suna. Cuando llegue y le veas, díselo.- él no se marchó inmediatamente, sostuvo la mirada de la portadora de Okami unos momentos hasta que ella habló.

- Descuida. Le daré el mensaje, ya te puedes marchar. – Ella dio por terminada la tensa conversación con un giro de su muñeca y volviendo a mirar al ventanal, esta vez enfadada. Tobirama se marchó de la residencia de Madara Uchiha también bastante cabreado.

No le importaba lo más mínimo ella, sino su hermano. Y más allá de eso y aunque no le gustara el hecho, Mei era una aliada muy potente en Konoha. Si formaba parte del Clan Uchiha, les daba un poder extra demasiado tentador, haciéndoles más peligrosos todavía. Si se volvían contra ellos alguna vez, sabía que Mei iba a atacarles también. No quería ni pensar en las consecuencias de todo eso si llegase a ocurrir. Tenía que hacer algo, pero por el momento… Era inútil. "O quizá no…" Tobirama se paró en medio de su camino de vuelta a la torre. Se le había ocurrido una idea de cómo hacer que los Uchiha no supusieran un peligro tan factible para nadie.

Tobirama no soltó prenda de lo que había descubierto esa mañana en el barrio Uchiha cuando su hermano, Madara, Reto, Terumi y Shanom se reunieron esa tarde. Tendría su momento para decirlo si Madara o Mei no lo comunicaban antes. Y si ninguno de los dos implicados decía nada, mejor para él, puesto que era importante que no les diera tiempo al resto de clanes a pensar sobre el asunto, hecho que se cumplió según los deseos de Tobirama y que el día de la elección del Primer Hokage de Konoha marcó el destino de la aldea para siempre.


En la sala semi-iluminada del templo Nakano, cada vez que el Shodaime Hokage se callaba en el relato de la historia de Konoha, el silencio era tal que podía escucharse a la perfección el suave crepitar de las llamas de las antorchas que colgaban de las paredes y el ligero goteo que caía en alguna parte del templo. Sasuke Uchiha estaba intentando encajar las piezas de lo que le estaba desvelando el resucitado Hashirama Senju a la vez que recogía atentamente toda la información sobre cómo funcionaban los shinobis de Konoha.

Minato Namikaze tenía la vista clavaba en Hashirama, se estaba bebiendo la historia y no quería perderse detalle, al igual que el resto de los ahí presentes. Tobirama escuchaba con paciencia lo que él mismo había vivido, y, llegados a este punto, él también tuvo cosas que añadir al relato.

- Nunca tuve nada contra Mei, era una aliada muy valiosa para la protección de la aldea. Sin embargo. – el Nidaime hizo una larga pausa, mirando al suelo de la sala, recordando los hechos que ocurrieron tanto tiempo atrás, pero que ahora golpeaban con fuerza las mentes de los Senju. – Cuando pasó a ser parte del Clan Uchiha, tuvimos que poner un ojo inevitablemente en ella para vigilar sus pasos.

- ¿Cómo que formó parte de…? – Orochimaru estaba extasiado con todas esas revelaciones y lo que acababa de decir el Segundo Hokage no tenía desperdicio.

- Sí. Mei se convirtió en la primera mujer del escalafón más alto del Clan Uchiha en Konoha. Se casó con Madara Uchiha, heredando el apellido y siendo parte activa de la defensa de la aldea bajo el símbolo del abanico rojo y blanco. – La profunda voz de Tobirama resonó clara entre las cuatro paredes de la habitación.

El silencio fue mortal, seguido de un ambiente de estupor sin precedentes. Todos abrieron tanto los ojos que casi se les sale de las órbitas. Sasuke, siempre tan inexpresivo, no pudo contener la sorpresa.

- No sabía que ningún espíritu de lobo blanco había formado parte de mi familia. – dijo el joven Uchiha tras unos momentos de divagar por su mente y asimilar ese descubrimiento.

- Porque tu clan fue masacrado cuando aún eras muy pequeño. Quizá alguien te lo hubiera contado como una historia sobre tus raíces, pero no creo que lo hubieras sabido tal cual lo estás escuchando ahora. – Tobirama siguió hablando. – Ella no era una Uchiha de sangre. Te puedes imaginar lo que en aquel entonces supuso que una mujer de un clan sin ningún peso pasara a ser la esposa del jefe del clan. No obstante, era Okami, por lo que tras algunas discusiones, los Uchihas acabaron aceptando a Mei entre ellos, sobre todo cuando había que luchar y Mei se posicionaba entre sus filas y arrasaba a los oponentes en su forma animal.

Sasuke se quedó en silencio, imaginándose la escena. Un imponente y enorme lobo blanco llevando a Madara Uchiha en su lomo y rodeados de shinobis con el símbolo del abanico a sus espaldas y el Sharingan girando en sus iris sangrientos.

Ahora era el mayor de los Senju quien escuchaba calmadamente a Tobirama, sentado en el suelo. Los recuerdos, imágenes, conversaciones, vivencias… Suspiró. Qué duro fue para él vivir todo aquello… Qué amargo fue el sabor del desamor, aunque se lo viera venir.

- Shodaime Hokage… - Minato, tras otra larga pausa para asimilar todo ese torrente de información, llamó la atención del Primer Hokage. - ¿Qué ocurrió entonces? Cuando yo era niño, Mito Uzumaki aún vivía y supongo que tendría la misma edad que Mei, pero no había escuchado hablar de ella hasta ahora, ni la he visto por ninguna parte…

Hashirama levantó la vista y en sus ojos se podía ver claramente un rastro de amarga tristeza.

- No sabías de ella porque, cuando tú naciste, Mei llevaba muchos años enterrada. – Hashirama miró entonces a su hermano, que tenía el gesto crispado.- Si yo hubiera sabido que me quedaba tan poco tiempo con ella… - No terminó la frase. Suspiró, resignado. – Todo comenzó el día en que me convertí en el Primer Hokage de Konoha…

Una vez más, Hashirama se sumergió en sus recuerdos donde esta vez, llevaban hacia la experiencia más triste y dolorosa de toda su vida.


Notas de Autor: ¡Eeeeeeeey! ¡Finde! Bueno, a ver, explico un poco la situación. Sé que no he dejado mucho tiempo para que respondieran si querían tener el lemon o no. Peeeeeeero pasan dos cosa, que además estaba justamente pensando a raíz del último review que recibió el capítulo 7: Una es que ya tenía prácticamente toda la escena montada, entonces me parecía egoísta guardármelo y decidí compartirlo con ustedes. La otra es que, revisando la cantidad de personas que ven el fic, recibo poco feedback, por lo que no tengo claro si la historia está llegando como yo quiero. Me explico: recibo muchísimas visitas pero luego la gente no deja sus opiniones para que yo pueda leerlas y aprender, o reflexionar sobre cómo voy... Y me gustaría, de verdad, que aunque sea poquito, mostréis lo que os parece.

Yo seguiré la narrativa, porque me encanta esto y por todas las criaturitas del bosque que ya me han comunicado su alegría al seguir leyendo (de hecho, uno de los reviews clamaba por dónde estaba Sakura, y aquí vamos ya introduciendo la época actual donde Sakura y Sasuke cogerán más peso, para que vean que les tengo en cuenta, pero hay que ser paciente). Y tengan en cuenta que el recibir un poco las opiniones de los lectores es como la energía que necesitamos los autores para dedicarle tiempo a este maravilloso arte, ya que lo estamos compartiendo, para pararnos detenidamente a pensar si la estructura está bien, si es lo que de verdad queremos publicar, si estamos haciendo personajes que gustan y llegar a la gente...

Lo que en definitiva quiero transmitir con esto es: seguiré escribiendo, no se preocupen ustedes, amigos, pero sí me preocupa que el no recibir reviews sea señal de que algo está fallando o que la historia no es interesante. Sin embargo, sí que es cierto que con tan sólo ver los reviews que tengo y que cada vez sean más entusiasmados, me animen, etc... Jo, millones de gracias, en serio, es lo MEJOR que puedo tener.

Y después de este alegato... AQUÍ TIENEN EL LEMON. De entrada, mil perdones si no está a la altura. Es de los primeros que escribo y tenía miedo de caer en ser soez... Espero les guste y cualquier sugerencia a mejorar será muy, muy bienvenida. ¿Qué opinan de Mei? ¿Les gusta? Sé que hubo un lector que me comentó que no podía ver a Madara como alguien "bueno". Cierto, porque el Madara de esta historia es justo el anterior a todo el tema con Hashirama cuando se hizo Hokage y tal, y además es un poco como yo me imagino que era antes de enloquecer en el odio. Si hay algo de OOC por ahí... También perdonen, pero estoy dando mi mejor esfuerzo, palabra.

Sin más, ¡déjenme sus reviews y añadan la historia a favorita si les encanta tanto como a mí!

¡Nos leemos, amigos del bosque!

Shirokami Mori :3