Texto: Letra normal
Diálogos: - Letra normal
Pensamientos: "Letra cursiva"
Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.
Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.
Eria – Two steps from hell
Capítulo 10. La muerte de la diosa de los bosques
Hashirama saltaba entre las ramas de los árboles a toda velocidad, siguiendo la estela del chacra de Madara. Llevaba un buen rato buscándole. La luz de la luna iluminaba la oscura tierra del País del Fuego desde un cielo preñado de estrellas blancas. El viento soplaba con fuerza de vez en cuando, haciendo bailar las copas de los árboles en su seno.
Una hora antes, había notado cómo algo en el ambiente de la aldea no estaba bien. Se había desvelado cuando apenas había comenzado a dormir y tenía una sensación extraña. Como si pudiera sentir lo que ocurría, fue hasta la puerta principal de Konoha y preguntó a los guardias si habían visto algo. Uno de ellos le reveló lo que más se temía. Que el jefe del Clan Uchiha había salido de la aldea con el armadura roja puesta. Esto le daba muy mala espina.
La percepción del chacra del Uchiha era débil, pero estaba ahí. Más al sur. Luego más al este. Hashirama estaba empezando a jadear por la velocidad. De repente, tuvo que parar su carrera desde lo alto de los árboles, ya que llegó a una abertura en medio del bosque donde se terminaban los árboles hasta la orilla contraria. Un río, transparente como un cristal pulido, se abría en medio del camino. Tenía las orillas plagadas de piedrecitas que reflejaban la luz lunar plateada. "Esto es…" Hashirama saltó de la última rama del árbol que colindaba con la orilla del río. Avanzó cautelosamente, acercándose al agua. Era el río donde pasó su amistad con Madara y Mei cuando era un chiquillo. La nostalgia invadió cada fibra de su ser.
En ese lugar tan especial para él, sentía muy cerca el aura de Madara. Recorrió la zona con la mirada, pero no lograba ver a su mejor amigo.
- Veo que no vas a dejar de seguirme en toda la noche, Hashirama. – el dueño de esa profunda voz salió de la parte posterior de una roca bastante grande que se alzaba en la orilla contraria. Madara cruzó su mirada negra como las profundidades del océano con los ojos castaños de él.
- Madara, ¿qué estás haciendo? – Hashirama estaba muy molesto. Toda esta situación le parecía absurda.
- Perseguir mi sueño. – contestó sin más el susodicho. Madara llevaba puesta el armadura escarlata que tantas veces habían lucido en las batallas pasadas. Hashirama no llevaba más que su típico kimono claro y verde.
- ¿Tu sueño? – ya habían hablado sobre la sucesión del Primer Hokage y el papel de Tobirama para con los Uchiha y que Madara tenía un nuevo sueño a parte de Konoha. – Madara… Por favor, recapacita. - Hashirama se jugó la última baza que le quedaba. – Piensa en Mei. ¿Crees que ella va a ser feliz con todo esto? ¿Dónde está?– Hashirama no sentía la esencia de Mei por ningún sitio. Madara le miró sin decir nada largamente.
- No. No lo será, al menos al principio.– Hashirama esperó impaciente a que siguiera hablando. Había dado en el clavo. – Pero es mi esposa. Vendrá conmigo quiera o no. Ya le dije lo que pasaría. Que Tobirama sería el Segundo Hokage y ella está totalmente en contra. Así que… Es cuestión de tiempo que ella abra los ojos. Esta misma noche buscaré un lugar donde establecernos e iré a buscarla.
- Madara, no puedes obligar a Mei a posicionarse contra Konoha. – Hashirama estaba empezando a impacientarse. Ni con esas lograba que su mejor amigo entrase en razón.
- ¡Konoha se posiciona en contra nuestra! ¡Tu maldito hermano va a oprimirnos tanto que la aldea estallará! – Madara, desde su lado de la vera del río, apretó los dientes y miraba lleno de rabia a su amigo.
- ¡No si yo puedo evitarlo! – Madara respondió con una amarga carcajada.
- No elegirías a tu hermano de sangre si tuvieras que eliminar a uno de los dos para salvar la aldea… - Madara dio por finalizada la conversación y comenzó a girarse, pero se paró en seco. Notó antes que Hashirama la presencia que se acercaba a toda velocidad entre los troncos de los árboles. Madara soltó una maldición.
Como un rayo, Okami llegó hasta la orilla del río donde estaba Hashirama y la transformación fue instantánea.
- ¡Madara! ¿¡Qué mierda crees que estás haciendo!? – la voz de Mei, lejos de sonar cabreada, sonaba desesperada.
- No voy a explicártelo dos veces, Mei. Ya sabes lo que hay. – su esposo se giró de nuevo para encararla. – Sabes lo que pasará, y no voy a permitirlo. Si algunos de mi clan quiere suicidarse, perfecto, pero no voy a dejar que Tobirama atosigue a MI familia.
- ¡Para esta locura! Madara… Por favor… - Mei estaba temblando.- Vuelve a casa… Conmigo. – Hashirama observaba la escena en silencio. Quizá entre los dos podrían bajarle los humos.
- No. Ese ya no es mi hogar. Regresa a la casa y quédate allí hasta que vuelva a por ti.
- ¡Y una mierda, Madara Uchiha! ¡Por Kami, no puedes hacer esto! ¡No ahora! – las lágrimas estaban amenazando con salir de los ojos de la muchacha. Tenía la voz quebrada.
- ¡Já! ¿No ahora? ¿Y cuándo se supo-
- ¡Estoy embarazada, imbécil! – la revelación de Mei resonó por todo el entorno, enmudeciendo al instante al portador del Sharingan. Hashirama dio un salto de sorpresa. Ahora Mei comenzó a llorar amargamente y las lágrimas surcaban sin cesar sus mejillas. – Vas a ser padre… Por favor, para esto… - Mei se llevó las manos al rostro, ocultándoselo, mientras sus hombros comenzaron a sacudirse ligeramente. La expresión de Hashirama cambió a una de completa pena y angustia. No soportaba ver a Mei llorar así. Madara se había quedado estático en frente de ellos, con la mirada clavada en su mujer. Dudó un instante. Hashirama alzó un brazo hacia ella, quería consolarla.
- Mei… Tranquila… - un shuriken se cruzó en su trayectoria y le dio un tajo en el dorso de la mano. Hashirama dio un respingo y un grito de sorpresa.
- No la toques. – Madara tenía el Sharingan activado en sus iris escarlatas.
- Pero… - Madara se posicionó para lanzarle otro shuriken.
- ¡Apártate, Hashirama! – de entre las sombras del bosque, Tobirama Senju saltó a toda velocidad, katana en mano, posicionándose delante de su hermano.
- ¡Tobirama! – todos los presentes miraron sorprendidos al recién llegado, no le habían notado llegar.
- ¿Espiando en la oscuridad como una rata, no Tobirama? Siempre se te ha dado muy bien… - el tono del moreno fue muy ácido.
- Madara, si te marchas de Konoha serás considerado traidor y te perseguiremos hasta dar contigo. – Tobirama llevaba puesto su casco característico que ocultaba parcialmente las marcas rojizas de su cara. – Si te llevas a esta mujer, también será considerada traidora y tendréis a Konoha tras vuestros talones. – el tono del Senju de pelo blanco era firme.
-¿Qué estás diciendo, Tobirama? – Hashirama se adelantó para colocarse al lado de su hermano.
- ¡Cállate de una vez, Tobirama! ¿Quieres más problemas con los Uchiha por tu enorme insolencia? ¿Te crees superior a nosotros? – Mei tenía rastros de lágrimas en su cara, pero había dejado de llorar y ahora se enfrentaba a su mayor incordio.
- Me creo que este individuo va a causar muchos problemas a la aldea, Uchiha, y tú también eres consciente. ¿O me lo vas a negar? – Tobirama giró la cara hacia Mei, dirigiéndose a ella con dureza.
- No es así. – Mei estaba apretando los dientes y los puños y dio un paso hacia el hermano menor de los Senju.
- ¡Basta! ¡Los dos! – Hashirama intentó interponerse entre los dos para evitar tener tantos conflictos abiertos a la vez.
- Sí, es así… Y tus mocosos también serán un problema si no atajamos esto. – ante el desagradable comentario de Tobirama, Mei dio un respingo, ofendida. La ira de Madara comenzó a salir por cada poro de su piel.
- Esto es suficiente, se acabó. – Madara cogió el Gunbai que llevaba en la espalda. – Voy a callarte la boca de una buena vez, ¡como debí haber hecho hace tiempo!
Hashirama recordaría toda la escena vivida como si fuera un sueño. Todo sucedía a cámara lenta y a la vez, demasiado deprisa para evitar nada. Madara se lanzó directo a Tobirama, que sostenía la katana en su dirección. El Senju estaba esperándole, así que flexionó las piernas, esperando el momento para atacar. Madara estaba cruzando el río de un salto con el abanico de guerra alzado encima de su cabeza. El impulso hacía que su largo pelo negro se agitara detrás de él, como una larga cola. Hashirama, que estaba entre Mei y Tobirama, intentó apartar a su hermano menor. Y no le dio tiempo a parar a Mei. La chica había salido disparada para ponerse en medio de Tobirama y Madara en la orilla y evitar el choque, pero justo cuando ella se colocó cara a cara con el Senju, éste había iniciado su salto hacia Madara con la katana por delante.
A Tobirama no le dio tiempo a desviar el filo del arma ni a frenar su impulso.
Mei intentó parar el filo de la espada con las manos, sorprendida por el movimiento tan repentino de Tobirama, pero fue inútil. Se escuchó un desagradable sonido, como cuando cortas una rodaja de sandía. Para cuando quisieron darse cuenta, la punta de la katana de Tobirama salía por la espalda de la chica lobo, teñida de rojo, justo por el centro del abanico del chaleco que le había regalado Hashirama. Mei tenía los ojos muy abiertos por el impacto y la sorpresa, a la vez que tenía las manos agarradas entorno al filo del arma, haciendo que comenzaran a chorrear gotas de sangre desde la palma de sus manos. Tobirama, sin poder evitar el choque, había clavado a Mei la katana de los Senju justo por el esternón de la joven mujer.
Madara cortó su salto en medio del aire, cayendo a la superficie del río, donde posó los pies sin hundirse. Hashirama y él miraban la escena como si fuera una pesadilla. Tobirama tampoco podía razonar del todo lo que había pasado. Todavía agarraba la empuñadura de la katana con fuerza, mirando a los enormes ojos de Mei, de los cuales había saltado el Sharingan. El color verde natural de la chica había sido reemplazado por el rojo del Kekkei Genkai. Alrededor de la pupila central, Mei tenía dos pequeñas pupilas en forma de gota. Un hilo de sangre brotó de la naricilla de la chica y soltó una tos que sonó gorgoteante para terminar echando ese líquido rojo oscuro por sus labios. En ese momento, algo golpeó con dureza en los cerebros de los que estaban allí. "No… No puede ser…"
- ¡MEEEEEEEEEEI! – Madara se precipitó hacia ella, tirando el Gunbai por ahí. Hashirama también movió sus pies para correr hacia su amiga, pero el Uchiha llegó antes. Tobirama retiró la katana del pecho de la chica, aún incrédulo de lo que acababa de ocurrir. Dio varios pasos hacia atrás, negando con la cabeza. Madara sostuvo a su mujer antes de que cayera de bruces al suelo empedrado del río y se echó al suelo con ella, sentándose, acunándola entre sus brazos mientras la miraba con una expresión de horror que Hashirama no había visto nunca.
El Shodaime se quedó de pie, sin querer acercarse más, contemplando sin dar crédito a lo que veía. Una terrible herida en forma de tajo vertical se abría en su pecho, justo por encima de la daga de cristal que le regaló Madara. Le había atravesado por completo. Cuando Mei comenzó a toser sangre pesadamente y Madara no paraba de repetir "no", susurrándolo a la vez que acariciaba una mejilla de su esposa, Hashirama reaccionó.
- Tobirama, márchate ahora mismo. – el nombrado no quitaba los ojos de Mei entre los brazos de Madara, sin escucharle, todavía con la espada llena de sangre desenvainada. - ¡Tobirama! – el hermano menor pareció reaccionar ante el grito. Le miró durante unos segundos y se marchó de allí tan rápido como había venido en dirección a la Hoja.
- Mei… Mei… Por Kami, ¿qué has hecho? Aguanta, aguanta… - Madara no sabía dónde poner las manos, los ojos. Mei estaba agonizando por toda la sangre que estaba inundando sus pulmones. Madara colocó una mano sobre el pecho de la chica y comenzó a manar chacra curativo. Pero era en vano. La katana había cortado parte de los anillos cartilaginosos que unían la tráquea con los bronquios de los pulmones. Hashirama comprendió que Mei se moría en esos momentos. El alma se le partió por la mitad cuando empezó a notar sutilmente cómo el aura de la chica se apagaba sin remedio. – Mei… - la voz del jefe de los Uchiha se estranguló en su garganta. Las lágrimas comenzaron a inundar sus ojos negros. La estaba perdiendo. Estaba perdiendo a su mujer, su amor verdadero, su Mei.
- Sssh… Sssh… - Mei alzó una mano llena de sangre por los cortes de la katana hacia la mejilla del descompuesto Madara. – Tranquilo… Tranquilo… - La voz de Mei sonaba tan bajo que apenas se escuchaba. – Madara… - Mei le miraba con los ojos entelados. Las pequeñas pupilas del Sharingan giraban lentas en sus ojos. Había sido un regalo de él. Una muestra de que podía ser una Uchiha de pleno derecho. Su esposo la sujetaba con fuerza entre sus brazos, sin parar de llorar. Hashirama, de pie, tampoco pudo controlar el llanto. Apretó los puños con tanta fuerza que se hirió las palmas de las manos con las uñas.
- No, no, no, no, Mei, aguanta, te llevaré a la aldea, te pondrás bien… Aguanta. - el chacra característico de los ninjutsus curativos que Madara estaba realizando iluminaba con su aura verde su rostro y el de la chica. Ella bajó la mano que había elevado y la colocó sobre la que él tenía generando chacra, apretándola con fuerza. Madara le miró a los ojos. El Sharingan se había desactivado y volvía a tener el verdor de las hojas de los árboles en la mirada. Ella dibujó una suave sonrisa. – Mei, piensa en nuestro hijo… Vamos a ser padres… -se le murió la voz en en los labios.
- Hubiera… Sido… Maravilloso… - Mei respiraba cada vez más pesado. La oscuridad la estaba envolviendo. Escuchaba cómo Madara la intentaba llamar, pero su voz sonaba cada vez más lejana.
- ¡Mei! ¡Por todos los dioses! ¡MEI! ¡MEI! – Madara comenzó a zarandearla levemente. Mei dio unas pocas bocanadas más. Elevó la vista a la luna, que se alzaba en el cielo del País del Fuego una última vez. "Qué hermosa…" Todos los recuerdos con su hermana, Madara y Hashirama cruzaron su mente a toda velocidad. Su último pensamiento fue para el amor de su vida. Los bellísimos ojos entrecerrados de Mei se cubrieron por una especie de velillo. Su pecho dejó de moverse y los dos shinobis que estaban allí, notaron a la perfección como con el último latido de su corazón, el alma de Mei abandonaba este mundo.
El viento que sopló entre las ramas de los árboles que rodeaban el río hizo un sonido como si pareciera que el bosque entero emitiera un horroroso lamento por la muerte de Mei. La muerte de Okami. La muerte de la diosa de los bosques.
Madara se quedó mirando el rostro inerte de la chica.
- No… No… - Madara le acarició la cara. Las lágrimas se habían secado sobre la piel de sus mejillas. Ahora miraba estupefacto al cadáver de su mujer. Pasó un dedo sobre el rastro de sangre que salía de sus labios y miró al verde de sus iris muertos. "Esto es irreal" Madara intentaba convencerse de que eso no podía estar sucediendo. Lo negaba con todas sus fuerzas. – Mei, vamos. – pasó la mano por la nuca de la chica, incorporándola un poco. – Vamos, oye. Te llevaré a casa, Mei. ¡Mei! – Hashirama tuvo que morderse los labios con fuerza para no gritar.
- Está muerta. – la voz de Hashirama sonó como un disparo en sus oídos. – Está muerta…
Madara le miró, con la expresión rota de dolor. Volvió la vista a la cara de Mei. "Muerta". No volvería a verla reír, ni podría mirar ese brillo en sus ojos verdes largamente. Ya no volvería a escucharla suspirar en las noches que tocaba su cuerpo. No podría hundir sus manos en su largo pelo, ni montar sobre el lomo de la imponente Okami en las batallas. Cuando la realidad de lo que estaba pasando golpeó a Madara como un martillo de acero, el shinobi intentó tomar aire, pero el oxígeno no le entraba en los pulmones. La garganta se le había cerrado en un nudo y las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo por sus ojos.
Abrazó a Mei, llevando su cara a su hombro. Pero sus brazos ya no le rodearían jamás. Los alaridos de dolor del Uchiha retumbaron por todo el bosque. Hashirama no podía más que intentar aguantar el dolor agudo que le cruzaba el pecho y ver, impotente, cómo su amiga, su amor, se había ido de esa manera. Todo por las guerras, por el poder, por los recelos entre clanes.
El Susanoo de Madara había comenzado a formarse, engulléndolo en llamas de chacra azules. Estaba totalmente fuera de control.
Hashirama tragó varias veces saliva mientras sus ojos miraban a Madara abrazar con desesperación el cuerpo de Mei, enterrando su cabeza en el cuello de ella, rodeado por esas lenguas de fuego azul que se movían furiosas entorno a ellos. La luna arrancaba sutiles brillos rojos de la superficie de la armadura con cada espasmo que sufría el moreno debido al intento de coger aire. El pelo negro ocultaba su cara.
Le costaba enfocar. El agua de las lágrimas no paraba de salir de sus ojos. Tuvo que cerrarlos con fuerza un segundo mientras intentaba despejar de su mente el agudo dolor que le recorría el cuerpo, cuyo origen lo sentía físicamente en el lado izquierdo de su pecho. Porque lo sentía, real, estaba ahí, como si le hubieran metido la mano y le hubieran hecho un agujero.
Volvió a tragar saliva. Por mucho que se esforzase, la voz le salió rota.
- Madara… - ¿Y qué iba a decirle? Tenía a Mei muerta entre sus brazos, por Kami. Había sido su hermano pequeño quien había sujetado la katana. Sentía que no tenía derecho a nada ahora mismo sobre la situación. Pero no podían quedarse ahí hechos polvo eternamente, ¡había sido un maldito accidente! Hashirama hizo una prolongada pausa tras dar un paso hacia su destrozado amigo y elevar el brazo en su dirección. – Madara, por favor, volvamos a la aldea. Llevémonos a… A Mei de vuelta a casa… A Konoha.
El cuerpo de Madara se paró en seco. El chacra del Susanoo fue apagándose poco a poco. Seguía con la cara oculta en el cuello de la joven. No dijo nada. A Hashirama le pareció que pasó una eternidad hasta que vio cómo la espalda del Uchiha volvía otra vez a moverse en pequeños espasmos. Pero en seguida supo que no eran por el llanto. Una suave y profunda risa comenzó a escucharse y comenzó a llenar el lugar. Al Senju se le pusieron los pelos de punta. Madara se comenzó a reír como un loco y cuando se dirigió a él, ya no parecía ni siquiera su voz.
- A… Konoha… ¿Eh? – Madara elevó la cara y le miró. Un escalofrío recorrió la columna vertebral del castaño. Los ojos de Madara habían cambiado. Tenía el Mangekyo Sharingan dibujado en los irises rojos, que parecían dos brasas encendidas. La mejilla donde Mei le había posado la mano estaba llena de sangre que comenzaba a secarse, la sangre de la chica. Madara volvió a soltar otra carcajada. Estaba ido. La ira y el dolor estaban carcomiendo al jefe del Clan Uchiha por dentro.
Lo peor era la expresión de locura de su rostro. "La Maldición del Clan Uchiha…". Le había perdido para siempre, y Hashirama lo sabía. Madara volvió a hablar con el mismo tono de furia contenida.
- Escúchame bien, Hashirama Senju. – Madara dejó suavemente el cuerpo de su mujer en el suelo mientras se ponía en pie. Apretaba tanto los dientes que parecía que se iba a partir la mandíbula. – No habrá día ni noche en que no ataque Konoha. No habrá momento donde tengas paz. Pienso arrasar hasta la última piedra de la Hoja y llevaré a todos los aldeanos que tanto consideras tu familia a la tumba. – el viento soplaba con fuerza, meciendo de un lado a otro el cabello negro revuelto de Madara. – Sobre todo a tu hermano, Tobirama. – escupió ese nombre como si se hubiera comido algo nauseabundo. – Reza a todos los dioses porque seas el primero al que mate, porque si no, te haré ver con tus propios ojos como masacro a cada uno de ellos.
- No… - Hashirama sentía cómo se le venía encima toda la ira de los Uchiha.
- No habrá suficiente sangre para pagar lo que habéis hecho… - con esa última amenaza, Madara bajó la vista hacia el cuerpo inerte de Mei, que aún seguía con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta. Se despidió de ella por última vez, en silencio.
Sin que Hashirama pudiera detenerlo, Madara se marchó de un salto. El Senju se quedó solo en el lugar, donde parecía que hasta temperatura había bajado, como lo hacía el cuerpo de Mei. Hashirama se acercó después de un momento de asimilar las palabras del Uchiha. Cogió a la chica en brazos. "Dioses… Cómo ha ocurrido esto…Cómo". Hashirama se acercó la cabeza de Mei y apoyó su mejilla contra la fría de ella. Él también se despidió dándole un suave beso en los labios que nunca más volverían a dibujar una sonrisa. Le cerró los ojos por completo y, pegándola mucho a él, echó a andar hacia Konoha. Fue todo el camino de vuelta mirando cada dos segundos el rostro de Mei. Tenía la estúpida esperanza de que fuera a abrir los ojos en cualquier momento.
Cuando llegó a la entrada principal, los guardas se alarmaron al ver al Primer Hokage con la mujer del jefe de los Uchiha en brazos. Se acercaron corriendo a él.
- Llamad a Toka Uchiha… Tengo que hablar con él urgentemente. – uno de los shinobis que hacían guardia salió volando hacia el barrio Uchiha.
Cuando el clan supo la noticia de que Madara Uchiha había desertado de Konoha y que Mei Uchiha había muerto, la revolución entre ellos fue descomunal. Por eso, Hashirama sabía que tenía que hacerlo muy bien para que no se rebelasen contra Konoha. Nunca, jamás, se dijo la verdad sobre la muerte de la diosa lobo. Sólo se comunicó que fue un accidente al intentar detener a Madara.
Lejos de tener que enfrentarse al Clan Uchiha, la muerte de Mei pareció aunar el sentimiento de pérdida de los del Sharingan con el resto de la villa.
- Hicimos una celebración en su honor la segunda noche. Toda Konoha estaba allí, ancianos, mujeres, niños… Mei Uchiha fue una de las primeras kunoichis de Konoha, y de las mejores que hubo jamás. Quizá no se adiestró en el arte ninja como tal, pero defendió la aldea con toda su voluntad, hizo que el Clan Uchiha se integrara mucho más con los otros clanes y fue capaz de dar la misma vida por defender a quien más amó, pero también estaba dispuesta a enfrentarse a él por proteger Konoha. – Hashirama tenía la vista perdida en alguna parte mientras relataba el final de los sucesos que nunca se le revelaron a Sasuke sobre su clan. – Lo que quizá nunca le perdonaría a Tobirama sería que no llegara a conocer a su hijo. Pero eso no lo sabemos.
Todos los oyentes podían sentir en cada célula de su cuerpo la nostalgia y tristeza que impregnaban cada palabra del Dios de los Shinobis.
- Fue un accidente… - por primera vez desde que las imponentes figuras de los 4 Hokages se habían alzado sobre el suelo de la sala del Templo Nakano de los Uchiha, Tobirama Senju pareció vacilar. Su rostro se crispó en una mueca de disgusto.
- Lo sé… - contestó sin más su hermano. La conversación que tuvieron los dos hermanos esa noche haría que Tobirama, como Segundo Hokage, supiera convivir con el clan al que tenía tanto recelo durante su mandato.– Los Uchiha se encargaron de realizar el entierro de Mei, puesto que era de los suyos. Nadie más que ellos estuvieron presentes, no se nos permitió estar a los demás. Ni siquiera a mí, que era el Shodaime. Yo lo respeté, por supuesto. Pero a partir de la muerte de Mei, cambié. Me dispuse una meta que nunca tendría final. Protegería Konoha a toda costa, sin importar quién o qué la atacara, para evitar que nadie más muriese a raíz de los conflictos que pudieran asediar al Mundo Shinobi. La pérdida de Mei… Fue el nacimiento de la Voluntad de Fuego.
Suigetsu lanzó un silbido de impresión.
- Menudo drama, por Kami.- el Hozuki pensó que Tobirama Senju se había lucido con los Uchiha. Había sido el responsable de la muerte de Izuna, el hermano pequeño de Madara, y ahora sabían que también lo había sido de la mujer, pero esta vez no lo dijo en voz alta.
- ¿Y Madara? – Sasuke tenía la expresión serena en su agraciada cara.
- Cumplió su amenaza. – Hashirama frunció el ceño. – Atacó la Hoja a la mínima oportunidad. Yo fui quien le paraba cada vez que azotaba nuestro hogar con el Susanoo. No tuvo miramientos. Le daba igual si moría gente inocente, niños, lo que fuera. – suspiró. – Y, una noche, en el que sería más tarde el Valle del Fin, volví a perder a una persona fundamental en mi vida. Conseguí derrotar a Madara al precio de matarle.
- Qué de muerte y desolación… - el Yondaime tenía el corazón encogido por tan increíble y triste historia.
- Es lo que trae la guerra. – Hashirama se cruzó de brazos. – El mundo… Siempre está en guerra.
- Sin embargo, parece que Madara no murió aquella noche. – intervino Orochimaru. – Y ahora quiere eliminar a todos los shinobi del mundo.
- Y ahora le tenemos como creador de la Cuarta Guerra Ninja… Esto no es bueno. – el Sandaime había escuchado con atención toda la historia. Le preocupaba sobremanera la versión que se encontrarían de Madara Uchiha cuando salieran del Templo Nakano. Un Madara corrupto por el odio y la venganza, más poderoso que nunca.
- La aldea que habíamos creado sirvió para hacer que los clanes se unieran. Creó el orden donde había caos. Y lo mantuvo. Protegió a los niños de la guerra e hizo de la paz una realidad para nosotros. Pero también trajo la desesperación. Sobre todo al Clan Uchiha. Tu hermano, Itachi, tuvo que cargar con esa desesperación. – Hashirama se puso en pie y se dirigió al último de los Uchiha. – Yo fui responsable de muchas de las situaciones que ahora ocurren en Konoha. Al principio me preguntabas por lo que creo que es un shinobi… - El Shodaime cerró los ojos un momento. – Yo creo que es aquel que perdura con un propósito. El mío fue proteger la aldea, por encima de todo. Incluso si era mi mejor amigo. Incluso si hubiera sido la mujer a la que amaba en caso de que se hubiera vuelto en contra de la aldea. Mei también hizo frente a esa situación en su propia casa y hasta el final.
- Un shinobi… - susurró Sasuke – es aquel que perdura con un propósito… Para conseguir una meta. – se quedó meditando en esa definición que le había proporcionado el Primer Hokage.
- La mía era proteger Konoha, como he dicho. La de Madara fue otra… Y ahora dices que quiere eliminar a todos los shinobis. – Hashirama miró a Orochimaru.
- Es el Tsukuyomi Infinito. – contestó Sasuke. – Pretende que todo el mundo caiga en un genjutsu y pueda manejarlos a su antojo. Hacer definitivamente que, todo lo que habéis intentado proteger vosotros, mi hermano… Se destruya. – Sasuke bajó la vista a los tablones quebrados del suelo de la sala que una vez lució imponente. Todos miraban a Sasuke, esperando escuchar su decisión. Jugo y Suigetsu, al igual que Orochimaru, apoyarían a Sasuke fuera cual fuese su veredicto. Pero la mirada de Sasuke era algo menos fría que al comienzo del encuentro con los cuatro Hokages. O al menos eso creía ver Orochimaru. Sasuke volvió a clavar sus pupilas negras en los ojos del Edo Tensei de Hashirama. – Mi hermano mayor heredó tu voluntad sin conocerte de nada. A pesar de cargar con esa responsabilidad sobre sus hombros… - Hiruzen rememoró el momento en el que el Consejo pedía a Itachi hacer de doble espía para ellos. Si hubiera sabido en lo que iba a desembocar, no lo hubiera permitido nunca. – Él se vio envuelto en una pelea entre la aldea y su clan… Hasta mató a sus propios padres. – Sasuke apretó los dientes. – Lo obligaron a vivir como un ninja renegado y aún así, siguió protegiendo Konoha desde la propia organización que quería destruirla. Incluso muerto… - Sasuke recordó su pelea junto a Itachi en esa cueva contra Kabuto. – Itachi sufrió mucho más que vosotros y murió sintiéndose orgulloso de ser un shinobi de la Hoja. – El moreno sonrió levemente. - ¿No es irónico que el único shinobi que te entendió más que nadie fuese del Clan Uchiha?
- Tu hermano no fue el único. – fue Tobirama quien respondió a esa pregunta. – Kagami Uchiha era parecido a tu hermano. Había Uchihas que lograban proyectar esa devoción que rayaba la locura por la aldea. Mi labor como Hokage fue equilibrar el idealismo de mi hermano y así mantener la paz en la villa entre todos los clanes.
- Sishui Uchiha era descendiente de Kagami. – el Tercer Hokage también le habló al joven Sasuke. – Era amigo de tu hermano Itachi. Muchos abrazamos la Voluntad de Fuego del Primer Hokage. Pero creo que yo fui más ingenuo que otros shinobis… En vez de continuar el legado de los Senju, dejé caer a la Hoja en la oscuridad conducida por Danzo. Creo que soy el responsable de toda esta situación…
- ¡Sandaime! ¡Yo fui quien murió la noche en que el Kyubi atacó la aldea! Si hubiera vivido… Quizá hubiera evitado que el Clan Uchiha llegara al punto de planear un golpe de estado… - Minato miró entristecido a su predecesor como Hokage con los ojos azules que había heredado Naruto.
Se hizo el silencio tras los testimonios de todos los Hokages resucitados.
- Bueno, Sasuke… - la voz rasposa de la Serpiente Blanca rompió el mudo ambiente. - ¿Qué vas a hacer? – todas las miradas, tuvieran escleras negras o no, estaban sobre él. - ¿Vas a destruir la aldea o…? – el portador del Sharingan cerró los ojos y dejó fluir en su mente los recuerdos con Itachi "Hagas lo que hagas, a partir de ahora recuerda que… Siempre te querré." Sasuke abrió los ojos con determinación.
- ¡Voy al campo de batalla! ¡No permitiré que la aldea e Itachi se conviertan en nada! – Hashirama sonrió, contento.
- ¡Decidido entonces! ¡Tobirama! ¡Prepárate para sacarnos de aquí!
- No puedo. Aunque quiera usar mi Hiraishin estoy atado. – los hermanos miraron al Sannin.
- Orochimaru, ¿qué vas a hacer?
- Dijiste que seguirías a Sasuke, ¿cierto? – el Sarutobi le recordó la postura que debería tomar a su antiguo discípulo.
- Por supuesto. – los ojos amarillentos de la Serpiente miraron divertidos a Hiruzen. – Os acompañaremos.
A Suigetsu se le puso la cara más blanca que de costumbre. "Mierda… Voy a morir."
- ¿Jugo? ¿Tú qué…? – el ninja de la Niebla estaba cagado de miedo.
- Yo también voy. – el pelirrojo no dudó un segundo su respuesta. – Mi trabajo es proteger a Sasuke.
Orochimaru clavó los ojos un instante en Hashirama y luego en Sasuke.
- Bien, bien… Será una estampa muy bonita de ver. Allí está tu hijo, Minato. – el Sannin miró al Yondaime con una sonrisa viperina en su rostro alargado. – Y también la Haruno, ¿no, Sasuke? Tu compañera.
- Sakura… - Hiruzen Sarutobi miró a su antiguo alumno. No le gustó el tono que empleó. "¿Qué estás planeando, Orochimaru?"
- Hmp… Vamos.
Una vez salieron de los laberínticos pasillos del Templo de los Uchiha, Karin Uzumaki apareció a sus espaldas. Suigetsu se chocó con ella en su intento de huir mientras los Hokages estaban distraídos observando la aldea desde las alturas. "Karin… Perfecto, perfecto… Mi plan tiene que salir, si mis sospechas son ciertas…".
- ¡Sasuke! ¡Maldito cabrón! ¡Esta me la pagas! – Karin no paraba de pagar su enfado con Suigetsu, que estaba salpicándolo todo a cada puñetazo que recibía.
- ¡Karin! Lo siento… - la disculpa de Sasuke derritió a la Uzumaki al instante. Ese era el poder que tenían muchos varones del clan del Sharingan entre el sector femenino.
- … Capullo… ¿Te crees que con un perdón basta? – pero el sonrojo de Karin delataba que Sasuke seguía siendo una debilidad para ella.
Terminó pegándose al brazo del Uchiha, colorada como una colegiala. Los Hokages miraban la escena estupefactos.
- ¿Quién es…? – dijo Hashirama.
- Por su chacra y color de pelo… Diría que es del Clan Uzumaki. – respondió Tobirama.
"Otro bicho raro a la colección… Madara va a flipar…" Suigetsu se preguntó por millonésima vez en toda la noche cómo es que se había metido en todo ese embolado.
- ¡Vamos, compañeros Hokages! ¡Grabemos en nuestra retina esta imagen antes de ir a la guerra una vez más! – Tobirama estaba entusiasmado con la idea de proteger de nuevo la aldea y, por extraño que pareciese, de ver de nuevo a su viejo amigo.
Los cuatro Hokages de Konoha partieron hacia el campo de batalla a toda velocidad gracias al Hiraishin de Tobirama y Minato, dejando una estela fugaz tras ellos.
Más allá, donde un satélite rojizo y un monstruoso Juubi rugía al cielo, preparándose para lanzar una inmensa bola de chacra sobre la Alianza, todos los shinobis habían unido sus fuerzas creando centenares de barreras gracias al plan de Shikamaru.
El gigantesco Diez Colas, convulsionando la tierra, terminó impulsando su poderosísimo ataque contra los ninjas que tenía delante. La brutal orbe escarlata impactó contra las primeras barreras. El ruido era ensordecedor. La esfera fue destrozando cada muro elevado como si fuera de tierrecilla, imparable. Cuando llegó prácticamente a las primeras filas, el Hachibi de Killer Bee se interpuso en su camino, pero no podría aguantar mucho tiempo así.
Cuando parecía que el Ocho Colas cedía, la enorme bola de chacra del Juubi desapareció ante la atónita mirada de la Alianza Shinobi. Un kunai se clavó en el suelo casi al mismo tiempo que la túnica del Yondaime ondeaba en frente de Naruto y Sakura. Naruto le reconoció al instante.
- ¿Llego tarde?
- No… Llegas justo a tiempo, papá. – Naruto sonrió con el aura verde de las manos de Sakura a su espalda, la cual estaba alucinando de lo que estaba pasando. "¿Papá?".
- ¿Quién es, Naruto? – el pelo rosa de Sakura se revolvió con la brisa que comenzó a soplar debido a la velocidad de Minato.
- Me llamo Minato Namikaze. Preparaos para la explosión. – dijo con una sonrisa el rubio. Seguidamente de ese comentario, los ninjas presentes escucharon un tremendo estruendo, pero lejano. – He enviado el ataque del Juubi al mar. – y de repente, una onda expansiva de energía resquebrajó el terreno e impactó contra ellos.
- ¡Cuidado!
Cuando el viento se calmó después del violento ataque desviado del Diez Colas, Sakura se fijó en los ojos del padre de Naruto. "Son los ojos del Edo Tensei…". Sakura endureció la expresión.
- Tranquila, estoy de vuestro lado. Gracias por ayudar a Naruto… Tú… ¿Eres su novia? – Minato terminó la frase con una ingenua sonrisa.
- Mmmm… - Naruto dudó un momento. – Sí, algo así. – pero se arrepintió al instante. Sintió la ira de Sakura detrás suya que terminó llegándole en forma de cabezazo.
Tras discutir, Sakura se sorprendía de que Naruto supiera que su padre estaba resucitado.
- Lo sentí cuando estaba en modo Kyubi. – explicó el hiperactivo Uzumaki. – Y llegan más. – dijo sonriendo.
Ino se revolvió, sintiendo también los distintos y potentes chacras que avanzaban a toda velocidad en su dirección. Segundos después, el Tercero, el Segundo y el Primer Hokage aparecieron en escena.
Un murmullo generalizado, primero de sorpresa y luego de alegría, comenzó a generarse en todo el campo donde resistía la Alianza Shinobi. "Pero esto qué es…" Sakura no entendía nada.
- Orochimaru nos invocó. Vamos a parar esta guerra. – dijo el Tercer Hokage.
"¿Mmm? Esa chica…" Hashirama miró a Sakura. Desde luego, a primera vista no hubiera dicho que se parecía ni de lejos a Mei. Ese pelo era demasiado diferente. Sin embargo, los ojos. Los ojos eran iguales. Grandes, verdes, llenos de pestañas. Y el rostro… Cada vez se les estaba pareciendo más. Se acercó a ella, para sorpresa de Naruto y Sakura. Quería verla más de cerca.
Sakura se tensó. "¿Qué hace?".
- Tú te apellidas Haruno, ¿verdad? – le preguntó con tono amigable el Dios de los Shinobi.
- S-sí… - respondió Sakura, confusa. Hashirama iba a continuar hablando cuando, a su izquierda, algo impactó en la formación rocosa elevada que rodeaba la depresión del terreno donde se hallaba la mayoría de shinobis.
- ¡Hashirama! – Madara llamó a su viejo rival con una sonrisa macabra en el rostro y el Rinnegan brillando morado en su ojo izquierdo. - ¡Te estaba esperando! – estaba ansioso por luchar contra él una vez más.
El mencionado le miró y le señaló con el dedo índice.
- ¡Madara! ¡Después iré por ti! – la sonrisa se le borró de la cara resquebrajada al Uchiha del Gunbai. – ¡Primero hay que detener al Juubi! – Madara se incorporó tras el aterrizaje de su salto, suspirando.
- No has cambiado nada… - de nuevo y sin querer, se cruzó con los globos oculares de la chica de pelo rosa. Frunció el ceño y se tensó, sin quitarle el Rinnegan de encima. "Otra vez esa sensación… No será que…". Sakura estaba harta de que se le quedaran mirando como si intentasen adivinar algo en su cara. Que Madara la mirara de esa manera estaba desquiciándole los nervios. Hashirama se dio cuenta de la reacción del Uchiha. Sonrió.
- Sí. – Madara se giró en su dirección. – Es lo que estás pensando. – Hashirama se volvió hacia el Juubi. – Así que hay que detener a ese monstruo, ¿no te parece? – Madara bufó, ofuscado. Hashirama acababa de confirmarle lo que estaba sospechando desde hacía un buen rato. Que esa chiquilla era familia de Mei. Y si su mujer murió sin haber dado a luz… Sólo podía ser que fuera descendiente de Haruka. Así que por ende, la hermana de Mei llegó a Konoha. "Qué cosas…". Sakura se quedó aún más confusa.
- ¿Qué pasa? ¿De qué narices hablas?
- Te lo explicaré luego. ¡Vamos! ¡Ninpou! – los cuatro Hokages se colocaron en posición. El Juubi corría imparable hacia ellos, rugiendo. Minato tenía el aura del Kyubi rodeándole. Sakura crispó la expresión de su cara, enfadada.- ¡Shisekiyoujin! – una barrera rojiza se empezó a formar en torno al monstruo de Diez Colas.
- ¡Senpou! ¡Myojinmon! – Hashirama hizo que del cielo cayeran en picado toris enormes de madera, atrapando entre sus arcos las diez manos gigantes que formaban las colas del Juubi. - ¡Fuuto!
La Alianza contemplaba con estupor el poder de los cuatro Hokages de Konoha. El horrible monstruo chilló furioso al verse inmovilizado.
En ese momento, una quinta presencia hizo su aparición en escena. Una presencia que Sakura conocía demasiado bien, para su desgracia. Su rostro viró a la incredulidad.
"Sasuke…".
Orochimaru, seguido de Suigetsu y Karin, aterrizaron tras un salto en una explanada hundida entre la roca del suelo, con raíces enormes saliendo de la tierra y gruesos troncos de árboles caídos. Los recién llegados contemplaron la decadente escena.
La enorme figura de Katsuyu se revolvió hacia ellos. Los actuales Kages del Mundo Shinobi estaban en condiciones deplorables, con clones pequeños de la reina de las babosas adheriéndose a sus cuerpos heridos. Pero la que peor estaba era Tsunade. Estaba prácticamente seccionada a la mitad de su cuerpo. Parecía que respirar estaba siendo una auténtica odisea y que se le habían echado encima 100 años.
- Madre de Kami… -Suigetsu quedó impactado por cómo había dejado Madara Uchiha a los que se suponía que eran los shinobis más fuertes de las principales naciones ninja.
- Quietos ahí. – Katsuyu interpuso su enorme cuerpo resbaladizo entre Orochimaru y los Kages.
- Tranquila, Katsuyu… Hemos venido a ayudar. – Orochimaru levantó las manos con las palmas hacia la enorme babosa, en un gesto de paz.
- ¿Y por qué debería creérte? – la invocación de Tsunade se inclinó amenazante sobre el Sannin de pelo negro. Orochimaru dio un paso hacia atrás. Karin y Suigetsu lo imitaron.
- Oye, ya te he dicho que vengo a ayudar a la Godaime. No es necesario que nos derritas con tu ácido… - Orochimaru se quedó quieto, guardando cautela. – Mira el estado de Tsunade. Está medio muerta. Y los otros Kages van por el mismo camino. Creo que, si te ofrecen ayuda en este caso, sería de bien agradecido aceptarla.
Katsuyu movía ligeramente sus tentáculos sensoriales y reflexionó unos instantes.
- De acuerdo. – concedió – Pero nada de cosas raras, Orochimaru.
- Descuida… - la Serpiente Blanca se acercó despacio a lo que quedaba de Tsunade. – Karin, Suigetsu, venid aquí.
Los dos miembros de Taka obedecieron tras dudar un poco las órdenes de Orochimaru, uniendo el cuerpo de la Godaime mientras éste le proporcionaba chacra suficiente para regenerar las heridas. Tsunade abrió los ojos.
- Orochimaru… - tomó varias bocanadas de oxígeo. - ¿Qué haces…? ¿Por qué me ayudas?
- Digamos que ahora estoy en tu bando. – su antiguo compañero de equipo le dedicó una lánguida sonrisa, estrechando los ojos sobre las marcas púrpura que los rodeaban.
Cuando Orochimaru, el Hozuki y la Uzumaki abandonaron el lugar, dejando a la medic-nin al cargo de recuperar al resto de Kages, el ex miembro de la Raíz se giró hacia sus experimentos. Karin y Suigetsu, que iban caminando detrás de él, se pararon en seco.
- Karin, necesito que me hagas un favor.
- Já. Te estás pasando con tus peticiones, Orochimaru. No sé por qué tendría que ayudarte. – la pelirroja se cruzó de brazos y endureció la mirada. Los cristales de sus gafas reflejaron un destello de luz.
- ¿Y si te dijera que es por Sasuke? – la expresión de Karin cambió radicalmente. "Vaya manipulador". Suigetsu miró con escepticismo a Orochimaru. "¿Qué está planeando ahora el rarito este?"
- ¿Sasuke...? – el Uchiha había partido al campo de batalla después de que lo hicieran los cuatro Hokages resucitados por el Edo Tensei.
- Suigetsu, mientras volvemos al Templo Nakano, pon al día a Karin de la historia que nos ha contado Hashirama Senju… - Orochimaru volvió a darles la espalda y se encaminó de vuelta a la Hoja.
- ¿Qué historia? ¿Qué ocurre? – Karin miró al chico del pelo blanco confundida.
La cara del espadachín perdió todo color. "No será capaz de hacer lo que creo que va a hacer, el muy…" Suigetsu había comprendido la locura que quería hacer Orochimaru. "Esto se va descontrolar…".
- Karin, abre bien esas orejas de Dumbo que tienes, vas a alucinar. – los dos compañeros siguieron los pasos de Orochimaru. Suigetsu comenzó a relatarle la historia entre los fundadores de Konoha y la loba blanca en una versión más resumida.
Para cuando llegaron a Konoha y se pararon en la abertura en el suelo del Templo Nakano, cerca del destruido barrio Uchiha, Karin no salía de su asombro.
- Quiero que uses tu habilidad sensitiva y busques cualquier señal de chacra distinta a alguna que hayas notado nunca dentro del templo. – la Uzumaki escuchó las instrucciones de Orochimaru atentamente. – Si Mei fue enterrada por los Uchihas en aquel entonces… Sus restos mortales deberían descansar aquí.
- Vas a resucitarla… - Karin susurró la intención de la Serpiente con estupor. Orochimaru simplemente sonrió, confirmando la sospecha de Suigetsu y de la pelirroja.- ¿Eres consciente de lo que puedes desencadenar con todo esto, Orochimaru? – Karin le miró con determinación.
- No. – contestó para la sorpresa de sus acompañantes.- Pero quiero ver lo que pasa si reúno a todos los que estuvieron presentes en aquella época de nuevo. Me muero de impaciencia por ver sus caras. – el Hozuki y la Uzumaki intercambiaron sus miradas. "Está loco de remate". Sin embargo, la curiosidad empezó a picar fuertemente en las mentes de los dos Taka.
-Está bien, venga. – Karin se posicionó en cabeza del extraño grupo al entrar al Templo Nakano. No iba a ser sencillo. Los pasillos subterráneos eran infinitos. O eso les pareció a ellos. Además, si quedaba algún resquicio de la esencia de Mei Uchiha allí, Karin tenía que estar muy cerca para poder notarlo.
Llevaban un buen rato deambulando por cada sala que se encontraban. Karin había comenzado a sudar de la concentración que estaba manteniendo para captar cualquier energía en el ambiente. Conseguía sentir incluso pequeños núcleos de los animalillos que pudieran estar fuera, pero no lograba notar nada… "¡Un segundo!" Karin se paró bruscamente en uno de los pasillos que estaban iluminados por las antorchas que iba encendiendo Orochimaru con un jutsu. Los otros dos se quedaron muy quietos a su espalda, conteniendo el aliento. A Karin se le empezaron a notar las venas de la frente mientras mantenía el dedo índice y anular estirados sobre su cara, en la típica posición que adoptaban los shinobis para concentrar chacra.
"Hay… Hay algo…" Karin cerró fuertemente los ojos. La señal era casi nula, pero… "Está ahí."
- Reducir vuestro chacra al máximo y moveros despacio. – Orochimaru y Suigetsu obedecieron al instante. Karin, sin abrir los ojos, comenzó a caminar por el pasillo, dejándose guiar por la débil señal que estaba interfiriendo en su radar natural. Giraron por varias esquinas del laberinto hasta que Karin se paró en frente de una pared. No había aberturas ni puertas cerca.
- Aquí. – dijo simplemente ella, de cara a la pared lisa y llena de humedades, señalándola. – aquí hay algo.
- Pero si no hay nada más que la pared… - Suigetsu miró con decepción a Karin. Pero Orochimaru se acercó al punto donde Karin había señalado y dio suaves golpecitos con los nudillos mientras apoyaba la cara. Sonó hueco.
- Apartaos. – Karin y el ninja de la Niebla retrocedieron un poco. Orochimaru concentró algo de chacra en el puño y lo lanzó a la pared. Consiguió atravesarla, creando una abertura. Se asomó por el agujero, pero no conseguía ver nada. La sala que quedaba detrás de la pared estaba en completa oscuridad. Empezó a colarse un agrio olor a cerrado desde ahí. Orochimaru abrió un hueco en la pared con otro golpe más grande, por donde pudieron colarse los tres. La Serpiente Blanca susurró de nuevo el jutsu de fuego para iluminar la estancia.
La sala estaba llena de moho y el olor a suciedad, humedad y aire estancado hizo que tosieran al principio. Era amplia y no existía más salida que la que acababan de abrir en la pared hacía unos instantes.
Había restos de piedras rotas por todas partes. No parecía más que una sala que habían cerrado al resto del pasillo. Sin embargo, no era así. En la pared que tenían justo de cara, estaba dibujado el símbolo de los Uchiha y, alrededor del abanico, había marcas descoloridas del símbolo de un lobo. Justo debajo, casi pegado a la pared, se elevaba un rectángulo pulido y macizo de mármol negro. Orochimaru tembló de emoción. "Es aquí". Se acercó despacio a la sepultura. No tenía nada inscrito, solamente una hendidura que trazaba el abanico del clan. Pasó una mano por la superficie y los laterales. No había juntas. Golpeó varias veces en distintos puntos con los nudillos. No sonaba hueco. "Un… Simple símbolo funerario". Cuando el Sannin comenzó a ofuscarse, consiguió distinguir algo por detrás de la elevación de mármol, en el hueco que quedaba entre éste y la pared. Metió la mano para coger ese trozo de cristal cubierto de polvo que había brillado y llamado su atención. Cuando se incorporó, elevó la pequeña daga cristalina que tenía un carcomido cordón descolorido atado por el extremo romo. Giró el colgante en distintos ángulos, apreciando los miles de colores que iban entre el morado y el azul en su interior.
- Eso que tienes en la mano… - Karin rompió el silencio sepulcral de la sala. Orochimaru la miró sin bajar la mano que agarraba el cristal.– Eso es lo que está emitiendo una frecuencia muy baja y extraña de chacra.
El moreno volvió a mirar el objeto. Una sonrisa curzó su cara de mejilla a mejilla y comenzó a reírse.
- Bien… Bien… Ya lo tenemos. – se guardó la daga de Mei por dentro de la túnica cruzada. – Ahora sólo necesitamos una gotita del ADN de su pariente vivo más cercano. – Karin le miró con expresión aturdida.
- ¿De Sasuke? – al llevar el apellido Uchiha, fue lo primero que pensó Karin.
- No. – Orochimaru dio un giro rápido sobre sus talones para mirar a sus expectantes compañeros. – De Sakura Haruno.
Notas de autor: ¡Ooooooh! ¡Sugoi! ¡Muchísimas gracias! ¡He visto que el capítulo anterior les ha gustado mucho! ¡Me encanta! De hecho, dado al buen recibimiento que ha tenido, he hecho auténticos esfuerzos para traerles la continuación lo antes posible. Tenía pensado publicar el fin de semana, como hago habitualmente, pero me dije... No way! ¡Tengo que sacar la conti! Así no les privo de la tensión generada.
Bueno, pues... Sintiéndolo en el corazón, Mei tuvo que morir... De esa manera, Madara desata todo su dolor contra Konoha. Fue muy triste escribir esa parte...Pero... ¡Otra sorpresa! Vaya con Orochimaru, ¿eh? Últimamente sí que me di cuenta que los capítulos son intensos, y estoy muy feliz del resultado. Por si acaso, les vuelvo a recordar que, si bien la historia se sitúa en la Cuarta Guerra Ninja siguiendo el anime, hay muchas modificaciones debido a la introducción de Mei y hago cambios según yo mismo creo que sería cómo me gustaría que pasaran las cosas. Con esto quiero decir que no busquen que los acontecimientos sean idénticos a los de la historia de Masashi Kisimoto, claro.
De nuevo, millones de thank yous por la buena acogida de la historia, que cada vez tiene más amiguitos de los bosques siguiéndola. Ya saben, pónganme cualquier sugerencia, crítica, opinión... Siempre que sea para mejorar, será de agradecer y, sobre todo, si les está gustando, déjenme sus muestras de ánimo, que son súper, súper importantes para continuar e intentar escribir acortando los tiempos, pero, por supuesto, con calidad. No por actualizar más temprano voy a descuidar la técnica ni voy a ir a o loco sin revisar que esté más o menos todo bien y eso, descuiden. Es sólo que sus comentarios son un gran impulso para nosotros, humildes escritores amateurs.
¿Nos leemos? ¡Sí!
¡Un fugaz saludo, amigos del bosque!
Shirokami Mori :3
