Texto: Letra normal
Diálogos: - Letra normal
Pensamientos/Recuerdos: "Letra cursiva"
Rated M por strong language, escenas crudas y contenido para adultos
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto. La historia y los personajes que no son de la serie son míos, especialmente Mei.
Historia basada en Naruto con algunas pinceladas de películas del Studio Ghibli.
Hurts – Emeli Sandé
Capítulo 12. Quebranto
- ¡Katon: Gōkakyū no Jutsu! – la voz femenina se escuchó desde la parte posterior de la ladera. Un pequeño fogonazo anaranjado iluminó momentáneamente la explanada de tierra y malas hierbas que se extendía por detrás del acantilado donde habían esculpido la cara de Hashirama, que había sido nombrado Hokage de Konoha, unas semanas atrás.
- No. – el monosílabo grave de Madara irritó una vez más a la joven Mei, novísima esposa del Uchiha. – Puedes hacerlo mejor. Ya te lo he explicado mil veces, Mei. – el moreno se levantó de la piedra plana donde había estado sentado toda la tarde observando los progresos de la chica. Se puso en posición mientras nombraba cada sello a la vez que los representaba con las manos pacientemente. – Serpiente, tigre, mono, jabalí, caballo, tigre. – la miró directamente a los ojos para captar si Mei aprendía el jutsu. Él había sido el que se había empeñado en enseñarle a su mujer a ser una Uchiha de verdad. Hacía sólo dos días que Madara había implantado el Sharingan en sus ojos, procedentes de uno de los Uchihas que había fallecido a causa de las heridas de la última batalla que había sufrido Konoha, poco tiempo después del nombramiento de Hashirama y antes de su boda.
Mei al principio se había negado en rotundo. No se sentía digna de tal don, además que ella era una guerrera "a su manera", como siempre recordaba, levantando la nariz, orgullosa. Pero Madara había sido bastante tajante con ese regalo. Quería que ella fuese una auténtica líder para su clan. Sorprendentemente, a la mayoría de los Uchiha no les pareció mal que Mei portase el Sharingan. Eso era un gesto claro de aceptación de la muchacha. Estaba de buen humor.
Al final, la chica lobo había accedido a ser instruida en el arte de los combates ninja por su esposo. Mei poseía chacra en su interior, solo que el espíritu de Okami a veces intercedía, impidiendo que Mei pudiese realizar algunos jutsus con total control. En el taijutsu, era tan buena que apenas le bastaron tres días para llegar a tumbarle en una ocasión. Madara, cabreado como una mona, le dijo que ni se le ocurriera decírselo a nadie. La castaña sonrió pícara en esa ocasión. "Pues tendrás que comprar mi silencio… Con tu cuerpo". Madara sonrió. "Esta mujer…".
- Mmmm… Tigre… - Mei entrecerró los ojos y un brillo sensual le cruzó los ojos.
- Hmpf… ¡Que te concentres! – ella rió de buena gana. Sabía que se lo decía tanto a ella como a él mismo. Le era tan fácil descontrolar al frío Uchiha… Era tan divertido. – Vamos, repítelo. Deberías lograr hacer una bola de fuego más grande.
- Claro, así te abrasaría vivo para que dejes de ser tan plasta. – Mei se volvió a colocar en posición. Madara no hizo caso a su última declaración.
- Concentra tu chacra mientras realizas los sellos y expúlsalo en el moment-…
- ¡Katon: Gōkakyū no Jutsu! – Madara tuvo que saltar hacia un lado para evitar que la bola de fuego que había creado Mei no le rozara el brazo izquierdo. No era muy grande, pero de la rapidez con la que había tenido que esquivar el "ataque", pues no se lo esperaba, cayó de costado contra el suelo. Mei no podía parar de reírse.
- ¡Pero se puede saber qué estás haciendo, loca! – Madara la miraba como si quisiera matarla con la mirada. Incluso se le había saltado el Sharingan en los ojos. La joven todavía tenía un brazo cruzándole el abdomen y con la otra mano se enjugaba lágrimas de la risa que le brotaban traviesas de la comisura exterior de los ojos.
- ¡Tenías que haberte visto la cara de susto que has puesto! – el moreno gruñó, sacudiendo la cabeza. "Sí… Seguro que ha sido para troncharse… Molestia de mujer…", pensó Madara mientras se levantaba. Claro que Mei no fue a darle de lleno, pero así jugaba ella, sobre todo cuando él se ponía pesado con su entrenamiento.
En varias ocasiones, Madara y Me salían en la noche y, transformada en Okami, ella le permitía montarse sobre su lomo y corría a toda velocidad entre los troncos de los árboles que rodeaban la aldea. Cuando llegaban a algún claro, a la orilla de algún riachuelo o simplemente la loba se cansaba, paraban y Okami se lanzaba a jugar con él. Sin embargo, muchas veces Madara terminaba con arañazos o mordiscos propinados con más fuerza de la necesaria y Mei tenía que transformarse en humana para curarse las heridas. No en vano, su madre había sido medic-nin. Pero él nunca se quejaba demasiado, puesto que después de curarle, ella siempre le besaba la piel donde había dejado alguna marca al jugar un poco más fuerte y terminaban por quitarse toda la ropa mientras el bosque se llenaba de gemidos, jadeos y golpeteos constantes en medio del silencio nocturno.
Mei se acercó a él, con las manos detrás de la espalda y aire inocente.
- Lo siento, mi rey de los Uchihas, ¿me perdonas? – una sonrisilla quería asomarse en su boca. Cada día amaba más a ese hombre. Siempre le gustó, pero cuando aquella noche al lado del río probó sus labios, juró que se volvió una droga más fuerte que el poder que ejercía la luna llena sobre ella.
- Hmpf… - adoraba hasta su mal carácter. Sobre todo porque era fascinante cómo un shinobi tan orgulloso y frío como él era capaz de susurrarle tantas palabras de amor cuando estaban unidos en uno solo y cuántos sentimientos podía transmitirle con tan solo una caricia.
- ¿Eso es un sí? – llegó hasta ponerse a su altura y le dio un toquecito en la punta de la nariz con el dedo índice. Mei tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes de las lágrimas de haberse reído a su costa. El Uchiha suspiró, cerrando los ojos.
- Eres incorregible.
- Y tú muy guapo.
- ¡Y una molestia! – Madara no quería caer otra vez en las zalamerías de su mujer. Siempre le hacía lo mismo y siempre caía, blandito como un peluche, entre sus brazos, besándola y olvidándose del mundo entero. - ¡Y muy vaga, Mei, joder! ¿Quieres ser la líder del Clan Uchiha? ¡Es una responsabilidad y te lo tomas muy a la ligera! ¡Vamos! ¡Y esta vez sin tonterías! – él había elevado bastante la voz, contrariado. Mei no pronunció palabra en esta ocasión. Sólo se quedó ahí de pie, estática, mientras le miraba echarle ese rapapolvo.
Cuando terminó, ella desvió la mirada, avergonzada. Todavía en silencio, Mei se volvió a colocar donde estaba antes y Madara, todavía echando humo, se volvió a sentar en la piedra.
"Serpiente, tigre, mono, jabalí, caballo, tigre". Dejó fluir todo ese revuelto de energía que sentía en su estómago cada vez que realizaba algún jutsu.
- ¡Katon: Gōkakyū no Jutsu! – una gigantesca esfera de llamas rojas y naranjas se dirigió a toda velocidad hacia Madara, cruzando el improvisado campo de combate que había elegido el Uchiha para luchar contra la recién resucitada Mei. Con el Rinnegan y su Gunbai, consiguió partir la bola de fuego en dos, quedando el en el medio sin sufrir daño. Ambas partes de la bola se deshicieron en el aire unos metros más adelante.
Mei, con los ojos rojizos, le miraba desafiante, aún con las manos colocadas en posición y la lanza a su espalda, por dentro del chaleco que le regaló Hashirama el día de su boda. Madara soltó una corta y seca carcajada.
- Te enseñé bien. – reconoció.
- Demasiado. – la chica lobo cogió de nuevo la lanza, lista para lanzarse en un ataque cuerpo a cuerpo con él.
Mei impulsó sus pies, envueltos en esas botas de cuero endurecido atadas por cuerdas flexibles que había llevado en vida. Se movió en línea recta al principio, pero a medida que avanzaba más cerca de su objetivo, comenzó a realizar quiebros a izquierda y a derecha muy deprisa. Madara se agachó un poco más. Conocía esa táctica de Mei. Lo hacía para que el oponente no supiera por dónde iban a venir los tiros, pero él ya estaba preparado. Sostuvo su Gunbai con las dos manos y esperó.
Mei realizó un último movimiento brusco hacia la derecha y saltó, llevándose la lanza por detrás de la cabeza para soltarla en un fuerte golpe. Quería desarmarle. Madara, lejos de parar el arma, giró sobre sí mismo en la misma dirección en la que Mei lanzó el ataque, haciendo que ella quedara justo en frente de él sin llegar a darle y sin posibilidad de esquivar el abanico de guerra de Madara que le llegaba como un rayo por su espalda.
El golpe hizo que Mei saliera disparada varios metros, rodando por el suelo. Su cuerpo no sentía dolor, puesto que estaba ya muerta. Pero su alma se estaba despedazando en sufrimiento. Colocó las palmas de las manos con la piel levantada en el suelo, jadeando. Su lanza estaba delante de ella. No podía llorar, literalmente, pero su ojos se entrecerraron, dibujando la mueca del llanto en su resquebrajado rostro. Madara nunca la había golpeado. Nunca. Cuando habían entrenado en la explanada detrás del acantilado de Konoha, Madara siempre había cuidado sus contragolpes en los entrenamientos. Porque eran sólo eso, entrenamientos. Ahora, el golpe que le dio por la espalda la había dejado sin aliento. Sacudió con fuerza la cabeza. "Este no es Madara… Sólo se parece a él, nada más", se recordó a sí misma la chica.
- Levántate… Molestia. – le llegó la desagradable voz de Madara a su espalda.
- No… - Mei estiró un brazo para recoger su arma. Hizo fuerza con las piernas y se puso en pie. – Me llames así, bastardo. – le encaró, con los dientes apretados. Pero otra sombra oscura de dolor volvió a surcarle los iris rojos, con la pupila central rasgada en vertical, característica de su esencia animal. Por mucho que supiera que ese hombre ya no era el que una vez amó, era su cara, su voz, su pelo, su figura. Dolía. Oh, dolía tanto. Se llevó una mano al pecho, como si de verdad pudiera sentir el dolor en su corazón.
- Eres débil. – Madara se acercó más a ella, escupiéndole las palabras. – Una traidora a tu clan. ¿Cómo has podido darme la espalda? ¿A mí? ¡No eres más que una de ellos! – Mei sintió por un momento el miedo recorrer su cuerpo. Madara la miraba con el ojo izquierdo visible pintado en morado por el Rinnegan. Entonces, el miedo pasó a convertirse en pura furia. "No. No es él. No son sus ojos. Los de Madara eran negros, preciosos… Madara ya no está". La portadora de Okami cerró los ojos con fuerza y apretó la mandíbula, soportando la punzada de sufrimiento que atenazaba su alma. "¿Por qué me han hecho regresar a este infierno?".
- No. – Mei abrió los ojos y su Sharingan giró vertiginosamente. – Tú le has dado la espalda a Konoha. A tu clan y a mí. A lo que un día fuimos. – Mei soltó la lanza, que cayó al suelo con un golpe seco. – Te voy a mandar al infierno del que has salido, monstruo. – Sin desactivar el Kekkei Genkai, Mei liberó al espíritu del lobo que estaba clamando por salir de su encierro. La figura de la loba le ganó terreno a la humana de Mei y Okami volvió a pisar el suelo de la tierra donde se estaba desarrollando la Cuarta Guerra Ninja. Alzó el hocico al cielo y su aullido pudo escucharse muchas leguas a su alrededor.
Era tan triste y tan bello como recordaba Hashirama. El Senju miró en la dirección desde donde provenía. No podía ver directamente la lucha desde su posición y, además, otros sucesos apremiaban en ese momento.
- Abriré una entrada en los cuatro lados de la barrera para poder entrar. – Hashirama unió las palmas de las manos y creó de nuevos sus clones de madera, que se situaron en los tres lados del cuadrado rojizo restantes. El Juubi movió el enorme "ojo" con los símbolos del Sharingan, rugiendo. - ¡Bien! ¡Seguidme! ¡Adelante! – los ninjas de la Alianza Shinobi, se lanzaron a la barrera con un grito de guerra. A su vez, el Senju lanzó otro torii de madera al cuello del Diez Colas, inmovilizándole aún más.
- ¡Ahora! – los clones y el auténtico Hashirama elevaron los brazos y se abrió una abertura rectangular. Todos los ninjas disponibles se lanzaron hacia el interior, corriendo con el cuerpo inclinado hacia delante y los brazos hacia atrás. Naruto, Sasuke y Sakura estaban entre ellos, acercándose al enorme Diez Colas.
Pero no iba a ser tan sencillo. De las patas principales del Juubi comenzaron a salir extensiones de su cuerpo convertidos en criaturas hechas de su carne de muchos tamaños distintos que empezaron a rugir y a ir al encuentro con los shinobis de la Alianza.
Naruto y Sasuke iban corriendo a ambos lados de Sakura un poco por delante de ella. Las criaturas y los shinobis llegaron al mismo punto y se desató la batalla. Naruto lanzaba golpes a cada criatura que se cruzaba en su camino mientas que Sasuke había desenvainado a Kusanagi y partía por la mitad a esas cosas. Sakura no podía parar de pensar en lo que acababa de descubrir sobre su antepasado, sobre el destino que le tocó vivir y que ahora se veía obligada a enfrentarse contra Madara. No se atrevía a comparar su enfrentamiento con Sasuke en aquel puente semidestruido con el combate que estaba teniendo ahora Mei. No se atrevía a comparar su dolor con el de la Diosa Lobo. Ella había sido la esposa del líder del Clan Uchiha, Sakura simplemente una vez aspiró a llegar a ser algo para Sasuke.
Sin embargo, los acontecimientos les habían llevado a que Sasuke acabara desertando de Konoha y a atacarles de tal forma que a ella casi la mata. El corazón de Sakura se oprimió dentro de su pecho. Quizá fuera uno de los peores recuerdos que tendría en su vida. La mano de Sasuke apretando su cuello, esos ojos llenos de odio que revelaban que no la estaban mirando en realidad, y la mano libre, volando con el kunai envenenado directamente a su cuerpo.
Apretó los ojos. "No… Eso ya es pasado. Ahora hay que terminar con todo esto". Sakura frenó, con sus compañeros del Equipo 7 a izquierda y derecha, luchando contra esas cosas. A Sakura le vino a la mente la cantidad de veces que siempre se vio a la espalda de el Uzumaki y el Uchiha, los entrenamientos con Tsunade, todo el esfuerzo y progresos que había logrado, todo ese chacra acumulado en su interior. Ya no sería más una niñita tonta y débil, yendo tras Sasuke como una imbécil enamorada. Ya no. Ella era una kunoichi de Konoha. Era la discípula de la Godaime, Tsunade Senju. Era también heredera de la Voluntad de Fuego. No permitiría nunca que nadie dudara de su capacidad como ninja. Nunca más.
Un bicho enorme del Juubi apareció de cara y le lanzó el brazo hacia abajo para golpearla. Sakura paró el ataque con su antebrazo izquierdo. "No volveré a llorar sin hacer nada más. No volveré a dejar que Naruto cargue con todo. No volveré a… Dejar que Sasuke me mire por encima del hombro. ¡No!". Un rombo morado se dibujó en la frente la Haruno. Toda la energía que fue acumulando durante esos años le recorría todos los vasos sanguíneos de su cuerpo, desbocada.
- Ya está… - Sakura sonrió con determinación. – Ya lo he conseguido. Por fin puedo liberarlo. – Sakura empujó con su mano a la criatura y, acumulando chacra en su puño derecho, le propinó tal puñetazo que Naruto y Sasuke, delante de ella, vieron pasar volando al ser con el estómago abollado por su lado, haciendo que las demás criaturas tuvieran que echarse a un lado.
La vieron saltar muy alto por encima de su cabeza, hacia la criatura que acababa de lanzar hacia atrás, con el puño derecho cargado. El viento hacía que su pelo rosa se meciera con violencia detrás de su cabeza. A grito de "¡Shannaro!" impactó el puño en el suelo y explotó en mil pedazos. Las criaturas a las que estaban cerca perdieron el equilibrio y muchas se perdieron entre las grietas y suelo destrozado que quedó tras la envestida de Sakura.
Naruto y Sasuke se quedaron estáticos en el sitio, cubriéndose el rostro con los brazos por la onda expansiva del ataque. Sin duda, su compañera ya no era ni de lejos la pequeña niña llorona que fue cuando tenían 12 años. Naruto tuvo verdadero miedo de que Sakura pudiera golpearle con esa fuerza tan bestial. Y Sasuke… "Se ha hecho fuerte… Muy fuerte". El Uchiha miraba atentamente la espalda de Sakura, que se incorporaba en ese momento, mirándoles por encima de su hombro, orgullosa.
Justo delante de ella, apareció otra de esas criaturas entre el polvo que se iba disipando. Era enorme e iba a atacarla. Sakura, al ver la sombra que se erguía sobre ella, giró su rostro y encaró a su oponente. Estaba dispuesta a defenderse de nuevo, pero detrás de ella escuchó dos potentes voces. Sonrió.
- ¡Fuuton!
- ¡Enton!
Una bola azul preñada de energía rodeada de un anillo blanco y una lanza de llamas negras pasaron a ambos lados de Sakura, dando de lleno a la criatura.
- ¡Rasen Shuriken!
- ¡Kagutsuchi!
La extensión del Juubi se retorció y gruñó entre un mar de llamas negruzcas. Sasuke y Naruto saltaron pasa apostarse a la espalda y al frente de su compañera. Sakura no cabía en sí misma de la felicidad. Por fin sentía que estaba a su altura. Por fin.
A Naruto y Sasuke no les pasaba lo mismo. Ambos rivales se estudiaban minuciosamente. Estaban evaluando cada ataque, cada movimiento del contrario. Naruto estaba rodeado por todo ese chacra amarillo-anaranjado de Kurama. Se habían hecho muy mayores en tan poco tiempo… Sakura se juntó más, rozando su ante brazo con el de Sasuke, hombro con hombro. Fue un movimiento instintivo, inintencionado, pero Sasuke sintió el roce de la manga del traje de combate de la Alianza de su compañera y por su cabeza se volvió a cruzar la mirada de ojos verdes de Mei y de la propia Sakura. Frunció el ceño. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado hacia ella, en un no deliberado gesto protector. Naruto estaba colocado al otro lado, también con los brazos algo separados del cuerpo, protegiendo también a la chica.
Una extraña calidez le comenzó a recorrer el pecho y el abdomen. "¿Qué es esto?". Sasuke apretó los dientes. Era la misma sensación que tuvo cuando eran el verdadero Equipo 7. Cuando hacían las estúpidas misiones que les mandaba Kakashi, como la de los cascabeles. Cuando Sakura y él le ofrecieron su comida a Naruto, que estaba atado a un poste, muerto de hambre. Cuando se puso delante del rubio cuando se enfrentaron a Haku y acabó con un montón de agujas clavadas por todo el cuerpo o como cuando Sakura le abrazó en el Bosque de la Muerte, presa del Sello Maldito, y logró que todo ese revuelo de odio y rencor se disipara en su interior. Era una sensación de integración, cálida, de sentirse parte de algo. De no sentirme más solo. "¡NO! Yo… Estoy solo. Estoy solo y eso no va a cambiar". Se apartó mínimamente de Sakura y se volvió a concentrar en el combate.
El resto de equipos estaban desplegando todas sus nuevos ataques y técnicas combinadas en equipo. Una sombra pasó por encima de sus cabezas. Sai, el "sustituto" de Sasuke en el Equipo 7, intentó acercarse al enorme Diez Colas para atacarle desde el aire, pero las criaturas que salían de sus patas le atacaron, haciéndole caer. Naruto le recogió.
- Si seguimos así, nos va a aniquilar. No podemos dejar que siga creando esas cosas. Cada vez son más grandes… ¿Puedes darnos chacra, Naruto?
- Aún no. – Sai contrarió el gesto.
- Así acabaremos muy malheridos…
- Bien. ¡Vamos! – Sasuke, Naruto y Sakura mordieron a la vez el dedo gordo de sus manos y las estamparon contra el suelo quebradizo. A su alrededor se formaron círculos y símbolos negros a causa de las invocaciones.
- ¡Kuchiyose no Jutsu! – Los tres shinobis aparecieron sobre sus respectivas invocaciones, Aoda, Gamakichi y Katsuyu.
La Alianza Shinobi volvió a sentir una corriente de esperanza para poder acabar con el Juubi.
Al otro lado del roto terreno, una loba blanca se desenvolvía entre dentelladas y zarpazos contra Madara. Su armadura samurái roja bailaba con cada movimiento. Okami había logrado llegar a desgarrarle la placa y la tela del brazo derecho. La superficie del Gunbai había sufrido abolladuras y rasguños profundos y la loba le había clavado tantos los dientes en el muslo izquierdo, que parecía que se resentía hacia ese lado.
El bellísimo animal del color del armiño no había salido ileso. Tenía zonas en el lomo rasgadas, un corte bastante feo en una oreja y un tajo le cruzaba desde la frente hasta el carrillo izquierdo, pasando por el ojo. No lo había perdido, por suerte, a punto había estado de que el abanico de Madara le saltara el globo ocular de su cuenca. Además, tenía alguna que otra garra rota por la violencia de los golpes. El Sharingan seguía girando en los ojos de Okami, furiosa.
Los dos se habían quedado uno en frente del otro, jadeando, atravesándose con la mirada. Madara, en ese estado de locura y desenfreno bélico, sólo veía a un enemigo al que derrotar. Su Rinnegan enfocaba con precisión a su oponente. Okami bajó el hocico, cerrando los ojos. La figura de Mei volvió a aparecer en su lugar. Las heridas de la loba se reflejaban en su cuerpo humano y Mei tuvo que dejarse caer sobre una rodilla.
- Esto puede parar ahora mismo, mi amor. – Madara la miraba desde su altura. Mei elevó su cara hacia él. Ese tremendo corte hacía que le costara mantener abierto el ojo. Tenía el párpado prácticamente seccionado. "Maldito bastardo". Se llevó una mano a la cara, tapándose la herida. Le molestaba sobremanera. Si estuviera viva, no podría ni abrirlo.
- No me llames así, hijo de una hiena, ¡malnacido! – le recordaba tantísimo a cuando se lo decía el verdadero Madara, el suyo. Sólo se lo decía entre las sábanas de su habitación, en susurros, para que sólo ella pudiera escucharlo.
- Mi amor… - el cálido aliento del moreno chocó directo contra su oído, arrancándole otro suspiro más en lo que llevaban de noche. Llovía. Llovía a cántaros. El repiqueteo de la lluvia les hacía de una música de ambiente perfecta. Invitaba a no abandonar el lecho, a dejar que el sonido de cada gota el caer les envolviera en una atmósfera natural como si sólo existiera esa habitación y ellos sobre ese colchón.
Las sábanas y la colcha eran un revuelto de tela esparcidos por encima de la superficie de la cama, cayendo por los tres lados hasta el suelo. A veces, el destello de un rayo cayendo iluminaba toda la estancia por completo, como si fuera de día. En esos momentos, la luz blanco-azulada reflejaba su piel, dándole el aspecto de la porcelana, brillante. Blanca la de ella. Más oscura la de él. Pero estaban tan entrelazados que no se distinguía dónde empezaba la pierna de uno o por dónde pasaba el brazo del otro.
Mei estaba a horcajadas sobre Madara, dibujando círculos con las caderas a la vez que las elevaba y las volvía a bajar. Los movimientos eran lentos pero intensos. Estaban haciendo el amor. El Uchiha tenía las manos clavadas en sus caderas, acompañando la danza de la mujer sobre sus muslos. Tenía la nariz pegada al hueco que formaba la unión del cuello y el hombro, aspirando profundamente, intentando mantener el control de lo que estaba sintiendo. Mei tenía ambas manos perdidas en el pelo de su amante, acariciándolo, tirando de él, posando toda la palma en el cuero cabelludo. La chica ronroneaba. Notaba el miembro de su esposo dentro de ella, tieso como un palo, mientras que su interior era como un manantial de excitación y pasión, envolviéndolo en un cálido y húmedo abrazo con los músculos.
Cada vez que Mei tenía una contracción de placer, Madara gruñía y hundía más los dedos en la carne de su cintura, pues notaba la presión alrededor de su tronco.
- ¿Cuánto… Cuánto me deseas? – le encantaba hacerle hablar.
- M-mucho… Ah… - Madara estaba perdido en una espiral de calor y suavidad. Su mente flotaba borracha de éxtasis dentro de su cráneo.
- ¿Sólo mucho? – ella sonrió contra su mejilla, frotándose contra su cara. La barba incipiente de su hombre le raspaba la piel, cosquilleándola.
- Muchísimo. – Madara se inclinó hacia atrás para poder mirarla a la cara, subiendo un poco la barbilla para mirarla directamente a los ojos. Los iris del moreno brillaban como dos focos gigantes, llenos de deseo y amor, en medio de esa profundidad de negra como la noche. Su voz ronca resonaba sensual entre las cuatro paredes. – Eres una diosa. MI diosa. Te adoro… Adoro cuando haces… ha-ces… - cerró los ojos, extasiado. Él no se estaba moviendo apenas, dejando que Mei hiciera que todo su cuerpo estuviera relajado, recibiendo todas las sensaciones de su piel.
- ¿Qué? – le miró divertida. Apoyó las manos en sus fuertes hombros y subió una de ellas por su cuello, acariciándole, llegando a la cara. – Dímelo.
- Cuando me vuelves loco. – soltó todo el aire de sus pulmones, volviéndose a pegar a ella como una lapa. Bajó la cabeza y despegó una mano de su culo para agarrar uno de sus senos y estrujarlo entre sus dedos, donde la carne blanda se hundió bajo sus dedos. Lamió el duro pezón. Mei soltó un grito suave, echándose ella ahora hacia atrás, dejándole espacio para seguir con lo que había empezado. La joven castaña seguía sacudiendo sus caderas, cabalgándole. Notaba que Madara estaba más duro y erguido en su interior. Aumentó el ritmo, sujetándose a su cuello.
- Oh… Oh… Mei… Sí… - soltó el rosado montículo, brillante de saliva y pegó la frente en su clavícula. – Mi amor… ¡Ah! – Mei bajó las manos a su pecho empujó, haciendo que Madara tocara el colchón con la espalda. Se inclinó hacia delante, colocando las dos piernas de rodillas a ambos lados de su cadera y le sujetó las muñecas con fuerza. La cara de Madara era una contracción de puro placer con los ojos cerrados.
- Mírame. – le ordenó. – Mírame. Quiero verte.
El líder de los Uchiha abrió los ojos, tenía todo el cuerpo de Mei encima suyo, desnuda, moviéndose sin parar sobre él. Su abdomen se contraía a cada movimiento, dejando ver las musculosas líneas. Sus pechos se balanceaban al son de la cadera. El pelo le caía hacia un lado, dejando la cara al descubierto. Sus ojos de jade le atravesaron. Mei tuvo que pararse con una caída a plomo sobre su sexo, contrayéndose mientras gritaba. Madara nunca sabría el tremendo morbo que le causaba a su mujer tenerle completamente a su merced, sujeto por las muñecas, como si fuera una presa a punto de ser cazada.
Madara movió su cintura por puro instinto, estaba a punto de llegar, pero Mei seguía sujetándole de las muñecas, impidiendo que Madara se agarrara a ella para profundizar.
Sin que él se lo esperase, Mei le soltó y alzó la cadera para que saliera de ella. Estuvo a punto de protestar, furioso, por negarle ese momento a él, pero su queja quedó cortada por un gemido ahogado cuando sintió la boca de su mujer rodearle su dura excitación. Tuvo que agarrarse a las sábanas como si la vida le fuera en ello y levantó ligeramente el tronco de la impresión, con la protesta y el jadeo atrancadas en la garganta.
Mei empezó a subir y bajar la cabeza, haciendo desaparecer y reaparecer su falo una y otra, y otra, y otra vez. La saliva de Mei se entremezclaba con sus propios fluidos.
- ¡J-joder! – el improperio siseó entre sus dientes, contenido. Tragó saliva duramente y como pudo. La prominente nuez de la garganta subió y bajó al mismo tiempo que lo hacía la cabeza de su esposa sobre su erección. Mei ahuecó los carrillos, apresando todavía más su pene en su boca mientras movía la lengua en su interior, acariciándolo. - ¡Por todos los jodidos dioses! – Madara elevaba las caderas siguiendo el ritmo que le imponía ella sin parar de maldecir.
Mei subió sus labios, apresando el tronco con una mano, empapándose la palma de saliva y líquido caliente y le dio un lametón en la punta mientras le lanzaba una mirada lasciva.
- Me encanta cuando dices palabrotas. – su esposo estaba que explotaba. La erótica voz de la mujer retumbó en sus oídos como una sinfonía. Entreabrió los ojos para verla mientras se apoyaba en los codos para tener mejor vista. Antes de volver a meterle en su boca, Mei dio otro lametón a toda la longitud de su oblicuo derecho y otra a toda la longitud de su sexo, terminando por devorarle de nuevo, sin soltarle el tronco, acompañando las subidas y bajadas con movimientos de su muñeca. Ahuecó la palma de la otra mano y le acarició los testículos, los cuales se contrajeron ante el gesto. Era una clara señal de que el deshecho Madara no podía más.
- M-m-me… - ella nunca supo si intentaba decir su nombre o "me corro", porque terminó en un larguísimo gemido grave, gutural y ronco proveniente desde lo más profundo de la garganta del moreno cuando explotó. Tuvo que sujetarle la cabeza contra su sexo mientras que con la otra se apoyaba desesperado en el colchón. Mei esperó paciente a que terminase de derramarse entero. No era la primera vez que lo hacía y le encantaba ejercer ese tremendo poder cuando amaba a su esposo de esa manera.
Cuando el último espasmo le recorrió la columna vertebral, Madara se desplomó, jadeando, intentando recuperar el aire, sobre la cama. Se llevó un brazo al rostro mientras tenía los ojos cerrados y su mente volvía a meterse poco a poco en su cabeza.
Mei retiró sus labios de toda su extensión y fue al baño que se situaba doblando la esquina del pasillo. Cuando regresó a la habitación, libre de tener la semilla de su amado en la boca, escuchó su voz, todavía algo ronca.
- Espera. Quédate ahí… Un segundo. – Madara estaba en la misma posición, deshecho en el colchón, pero con la cabeza girada en su dirección y los ojos abiertos. Mei se dio cuenta de que él había encendido una pequeña vela en la mesita de noche. La chica estaba tan desnuda como cuando vino al mundo. La luz dorada de la velita mordía su figura. Ahora el largo pelo le cubría un pecho. Le llegaba casi hasta el final de la espalda, lacio, salvaje. Allí donde Madara había apretado con fuerza su piel, tenía marcas que no estarían a la mañana siguiente y aún le brillaba el pezón que él había devorado. Tenía los labios igual de brillantes y rojos por todo el desenfreno y la mirada pulcra y serena.
- ¿Qué pasa? – al no pronunciar palabra durante unos segundos que a Mei le parecieron eternos, la chica frunció el ceño. Madara tardó aún un poco en responder.
- Creo que soy el hombre más afortunado del mundo. – y le sonrió, con una sonrisa tan verdadera que contagió a Mei e imitó la expresión. Se le marcaron los hoyuelos de los mofletes.
- ¿Ah, sí? – el moreno le hizo un gesto para que se acercase a él. Se movió contoneándose y se recostó a su lado, entrelazando las piernas con las suyas.
- Sí. – Madara resbaló su nariz por la de ella, en una sutil caricia.
- Estás muy cariñoso incluso para ser tú, ¿no? – Mei seguía mirándole con la sonrisa bailándole en la cara y terminó por soltar una cantarina risilla.
- Hmpf… - gruñó. - ¿Y con quién voy a serlo si no es contigo, mujer? – él la miró molesto. Mei soltó una pequeña risa.
- Es que… Es extraño. – le miró a los ojos mientras le acariciaba la mejilla, notando en la palma de su mano como el extremo del bello duro de la barba le hacía cosquillas al igual que lo habían hecho antes cuando se frotó la cara contra la suya. – Pero me encanta. Sé que sólo yo puedo ver esta faceta tuya y me hace sentir poderosa. – los blancos dientes de Mei abarcaban toda su sonrisa.
- ¿Poderosa, eh? – Madara se movió rápidamente y se colocó encima de ella. – A mí me hace sentir débil. No me gusta. – desvió la mirada, fastidiado. – Siento que tú tienes todo el control sobre mis emociones y eso me hace ser dependiente de ti. Y a veces no me gusta. – notaba toda la piel de su mujer contra la suya, tan cálida. – Pero… - cogió una de sus manos y se la llevó a los labios, besándole las yemas de los dedos. – Juro que quiero sentirme así toda la vida si a cambio te tengo aquí, conmigo… Mi amor. – la besó profundamente. – Además tienes que terminar como lo has hecho antes conmigo mucho más a menudo. - ella volvió a reírse.
Mei se lanzó hacia él con un alarido desesperado. Quería borrarle de la faz de la tierra. Quería llevarse por delante esa burla de ser que era Madara ahora. El Uchiha repelió el ataque con otro contragolpe con su abanico de guerra, que hizo que Mei fuera lanzada hacia la izquierda del terreno, donde dio varias volteretas hasta poder recobrar el equilibrio y agarrarse al suelo.
"Se acabó…". La joven lobuna miró a Madara a través de los ojos rojos rasgados. El aire se volvió pesado y una energía poderosa comenzó a concentrarse donde estaba Mei, de rodillas en el suelo. Un chacra verde empezó a rodearla y a expandirse. Madara abrió mucho su ojo con el Rinnegan. Conocía lo que iba a hacer Mei, lo había visto más veces.
Ese chacra verdoso empezó a formar una figura alrededor de la de la chica. Primero se dibujó un hocico, luego las orejas. Luego ella se elevó en el aire, envuelta en toda esa vorágine esmeraldina. Una pata con garras surgió para apoyarse en el terreno. Luego el chacra se alargó hacia atrás, formando un lomo, otra pata. Finalmente terminó formando una larga cola. La cabeza de lobo con Mei en su frente, alzó el hocico hacia las estrellas. El quejido fue espectral y potente, como un aullido de ultratumba.
- Susanoo… - susurró Madara. Al concederle el Sharingan y tener tanta facilidad para despertarlo, Mei podía formar un Susanoo perfectamente y, cómo no, era un lobo.
Ahora, la figura animal del Susanoo de Mei podía verse desde cualquier punto del campo de batalla.
Hashirama sólo había visto ese monstruoso ser una vez. Los enemigos se cagaron de miedo, literalmente, cuando Mei soltó toda esa energía y liberó a Okami en esa forma. Ahora, no podía despegar la mirada de ella. "Esto va en serio".
Sasuke y Naruto, que habían llegado a darle al cuerpo principal del Juubi con sus respectivas técnicas especiales, se había girado sobre sus invocaciones al escuchar semejante sonido. Sasuke miraba fijamente la alargada figura del Susanoo verde y Naruto tenía la boca abierta. Sakura estaba muy concentrada en desplegar su técnica de curación a larga distancia y mantenía los ojos cerrados, pero pudo sentir perfectamente esa deformación de la energía del ambiente.
Madara se colocó el Gunbai a la espalda.
- Muy bien. – realizó lo mismo que ella y un chacra azulado comenzó a rodearle. – Si quieres jugar duro. – su Susanoo le rodeó por completo y se alzó, con sus cuatro brazos, imponente. – Jugaremos duro.
En cuanto se formó el Susanoo de Madara, Mei saltó con un rugido a por él. En una de las manos del Susanoo azul, se formó una espada resplandeciente de energía blanco-azulada y se preparó para recibir la embestida del lobo.
Cuando ambos chacras chocaron, el viento se volvió loco a su alrededor. La piedra del suelo se rompió y el terreno bajó de nivel. Los ninjas que estaban más cerca, tuvieron que ponerse a cubierto.
La mandíbula del lobo había apresado el brazo de la espada del samurái azul. Comenzó a dar fuertes sacudidas, igual que los lobos normales al intentar seccionar la carne de sus presas. Madara agarró al lobo verde llameante por el cuello con el brazo libre, y tiró, volteándolo. El Susanoo lobuno gimió. Giró sobre su lomo y se retorció para volver a incorporarse y saltar una vez más contra Madara. La espada cayó sobre un costado. Otro mordisco. Otra embestida. Otro espadazo.
- Por Kami… - dijo para sí mismo un shinobi que contemplaba esa batalla. – Están a otro nivel.
Hashirama tenía el alma rota por dentro. Nunca había visto ni a Mei ni a Madara alzarse el uno contra el otro y, conociendo toda su historia, se le encogía el corazón sólo de pensar el sufrimiento que acarreaba toda esa lucha. "El mundo… Siempre está en guerra".
El Juubi rugió encabritado, mientras las llamas del la Flecha Negra del Susanoo de Sasuke le consumían por el flanco derecho. El Sharingan estrellado de sus ojos giraba lentamente en sus iris.
- ¡Sasuke! ¡Los Bijuu están dentro de esa cosa! ¡Tenemos que sacarlos! – Naruto le gritaba a su compañero, pero éste no le escuchaba. Pensaba en todo lo que había aprendido con la historia de Hashirama. Lo que había hecho Itachi. Lo que había hecho Konoha. - ¡Cuando esté debilitado, apaga tus llamas negras!
- ¡No! ¡Todo va a arder! – la respuesta de Sasuke fue tajante. "Destruiré todo este sistema corrupto…Y construiré uno nuevo". Sin embargo, Sasuke reprimió una maldición cuando el cuerpo del Diez Colas se deformó para retirar la parte que estaba ardiendo y tirarla al suelo, librándose del fuego negruzco. El estruendo y los rugidos de los Susanoos de Mei y Madara al otro lado les llegaban a los oídos. Las criaturas horripilantes del Juubi seguían atacando a la Alianza.
Sai saltó hasta colocarse encima de la invocación de Katsuyu en la que estaba de pie Sakura, la cual había deshecho su posición para realizar el jutsu curativo y miraba a sus compañeros.
- Sakura… ¿Puedo preguntarte algo? – obtuvo el silencio sin que Sakura se girase para mirarlo. – No lo conozco bien, así que puedo ser más objetivo… - continuó el ex-Raíz. – No confío en Sasuke como compañero. ¿Qué piensas tú, Sakura?
La chica de pelo rosado apretó los puños.
- Me alegro de que Sasuke volviera por fin. Yo sí confío en él. – giró ligeramente la cara para mirarle con una sonrisa. Sai estrechó los ojos. "No… Aunque tus palabras suenan sinceras… Tu sonrisa es falsa. Algo no está bien".
No. Desde luego algo no estaba bien. Sakura no iba a desacreditar a Sasuke delante de nadie, pero ella notaba constantemente cómo el aura de Sasuke era diferente. Cuando eran genins el chacra de Sasuke era picante, eléctrico. Llegaba a hacerle cosquillas en la nariz cuando le tenía cerca. Ahora era como una masa oscura y retorcida, llena de furia y rencor. Hacía que se le pusieran los pelos de punta. "El que está ahí de pie es Sasuke, sí. Pero… No está como debería si de verdad fuera nuestro aliado de nuevo". Sakura estaba muy turbada. Cuando le vio aparecer en el campo de batalla, aterrizando con esa elegancia nata, el estómago y el corazón le dieron un vuelco por dentro. Los sentimientos la traicionaban. Sasuke siempre tenía ese algo que la hacía desconcentrarse, y no era sólo su físico. Ella había llegado a amarle por encima de ese envoltorio exterior. Era difícil que la chica se deshiciera de esos sentimientos tan fácilmente.
Pero ahora Sasuke le daba escalofríos. Perdida en sus pensamientos, notó un temblor en la tierra, seguido de un rugido que no provenía del Juubi.
El enorme Susanoo verde de Mei abría las fauces entre destellos, mientras se agitaba, dando zarpazos con las patas delanteras en el aire. Tenía la espada del Susanoo de Madara atravesándole el estómago y la punta asomaba por el lomo. Mei chilló. No podía mantener más toda esa energía. Le ardían los ojos. Le ardían demasiado. Creía que no podría llegar a sentir dolor en ese estado resurrecto, pero se equivocaba. El chacra de su núcleo estaba comenzando a fallarle y se lo transmitía a su cuerpo.
Poco a poco, el lobo comenzó a desaparecer, haciendo que la chica descendiera con las llamas verdosas que se deshacían. Terminó en el suelo, con una mano apoyada en una rodilla y la otra sujetándose el lado de la cara donde tenía el profundo corte.
Hashirama no lo dudó un instante. Formó 6 clones de madera y los mandó hacia donde se encontraba Mei. Era lo máximo que podía formar si quería seguir manteniendo la barrera.
- ¡Mei! – los clones se colocaron a ambos lados de la chica. Madara se rió cruelmente.
- ¡Qué, Hashirama! ¿Vas a protegerla y mandas a esos clones de mierda? ¡Creía que la tenías en estima! Fíjate… Creía que la querías. – uno de los clones frunció el ceño y apretó los dientes. Madara deshizo parcialmente su Susanoo hasta que quedó una parte del esqueleto y el brazo que sostenía la espada.
- Madara, estás ciego por el odio y la venganza. ¿No ves que es ella? ¡Es tu mujer, maldita sea! ¿Vas a clavarle una espada, en serio? – Mei levantó la vista, todavía con una mano tapándole media cara. Ya no tenía el Sharingan activo en sus ojos, sólo su color natural. Miró al Uchiha, envuelto en esas llamas azules con el brazo de la espada levantado.
- Lo hará, Hashirama. – respondió ella entre jadeos. – Ni lo dudes. – la chica lobo se incorporó y se sacó la lanza de la espalda para encararle otra vez. Con un quejido roto, Mei corrió hacia Madara seguida de los clones de Hashirama. Con la espada del Susanoo, Madara barrió a tres clones de un plumazo antes de que consiguieran llegar a él.
Formó otro brazo más donde se podía ver perfectamente la estructura esquelética y agarró a Mei de los brazos y el tronco superior. La lanza cayó a los pies del moreno. Deshizo dos clones de madera más con dos estoques de la espada. Mei gruñía y se retorcía en el agarre del Susanoo.
- ¡Madara, por Kami! ¡Te lo suplico, basta! – Madara sólo sonrió de medio lado macabramente. Con un rápido movimiento, atravesó al clon de Hashirama por el estómago y le dejó clavado al suelo, hundiendo la punta que salía por su espalda en el terreno terroso.
- Tú vas a quedarte ahí para que el verdadero vea hasta dónde me importan las súplicas cuando te parta por la mitad.
Mei seguía atrapada en la mano del Susanoo, pero ésta se abrió, haciendo que la chica cayera al suelo. Madara redujo las llamas azuladas, dejando sólo el brazo con el que mantenía la espada que tenía atravesado al clon de madera. Éste intentó zafarse, pero era imposible.
Mei intentó coger la lanza que tenía delante de sus narices, pero Madara la envío lejos de una patada. Acto seguido, se agachó para coger a la chica de ambos brazos y ponerla en pie de un tirón. La agarró apresándola por encima de sus brazos y la espalda, en un abrazo. Tenían sus narices muy cerca. El Rinnegan de Madara se chocó con los verdes orbes de ella. La castaña le devolvía la mirada con una mezcla de terror y tristeza.
Madara no dudó ni un instante lo que iba a hacer. Seguía sujetándola con un brazo y con el otro, subió su mano hasta dar una suave caricia con el dorso de la mano en la mejilla de la mujer. Mei abrió muchísimo los ojos, mirándole ahora con una expresión estupefacta.
- Sí que eras hermosa. La más hermosa que mis ojos vieron jamás. – susurró él. – Y eras mía. Mía. – con esa sorprendente declaración, Madara ladeó la cabeza un poco y posó los labios encima de los de Mei. Ella se quedó estática, con los ojos casi queriéndole salirse de las órbitas. Todos los recuerdos que tenía con él pasaron por su cabeza como una violenta ráfaga. Ella se quebró. Poco a poco, según él continuaba besándola, los brazos de Mei se relajaron. Poco a poco, fue cerrando los ojos. La nostalgia invadió cada fibra de su ser. Tuvo el impulso de rodearle la cintura con los brazos, pegándole más a él.
Sintió una sonrisa en los labios de su esposo contra los suyos ante ese gesto. Oh, esto era cruel. Muy cruel. Pero lo echaba tantísimo de menos. La chica tenía los ojos completamente cerrados y ya no hubo más guerra, ni shinobis, ni Bijuus, ni nada. Sólo él.
El clon de Hashirama observaba la escena con la incredulidad pintada en la cara. "¿Qué narices hace ahora?". Cuando empezaba a creer que Madara podía haber entrado un poco en razón, vio claramente cómo la mano que no estaba sujetando a Mei, se alzaba por encima de su hombro, envuelta en chacra dorado, con los dedos estirados en dirección hacia ella. "No… No. NO. NO. ¡NO!".
- ¡MEI! ¡MEI! ¡SUÉLTALA MALDITO HIJO DE PUTA! ¡MEEEEEEEIIIIIIII! – el clon de Hashirama se retorció como un descosido para liberarse de la sujeción de la espada anclada al suelo, pero fue inútil. Ya era tarde.
La mano de Madara descendió hacia el pecho de Mei como un rayo, atravesándola. La chica abrió los ojos de manera desorbitada al notar cómo la mano de Madara agarraba su interior, justo en su núcleo central de energía. Seguía con los labios de él encima de los suyos, pero ella había dejado de responder al beso. Madara levantó la cabeza para mirarla. Nunca había contemplado esa expresión de miedo y dolor en la cara de Mei. Por un fugaz instante, algo se removió en su interior. Algo que mató de una sacudida. No iba a dejar que los estúpidos sentimientos que tenía por ella en vida le impidieran todo lo que había creado en su sed de venganza.
Sintió en la palma de su mano todo el centro de energía del cuerpo de la chica y comenzó a absorberla. Notó cómo la energía cálida e indómita de Mei se traspasaba a sus células a gran velocidad. Entre sus brazos, la joven castaña comenzó a abrir la boca para gritar, pero no le salió ningún sonido. En un alarido mudo, Mei echó la cabeza hacia atrás mientras su esencia le era arrancada de su alma. Hashirama estaba horrorizado con lo que veía. Era lo último que creyó poder ver en su vida.
Madara no soltaba a la chica, que había comenzado a tener espasmos y convulsiones en sus extremidades. El Uchiha sólo mirada concentrado al hueco por donde había introducido la mano en el pecho de Mei. De los ojos de la joven comenzó a salir un líquido oscuro. Tenía la boca entreabierta, con todo el cuello echado hacia atrás. Se le resquebrajó más el rostro y se le oscurecieron los ojos verdes. Ella desvió los ojos hacia Hashirama. El líquido comenzó a caer hacia su frente. Parecía que le estaba nombrando sin voz.
La piel mortecina de Mei empezó a emitir una suave luz blanca. Esa luz se hacía mucho más intensa alrededor de la muñeca de Madara.
- H-Ha… Hashirama… - la voz de la chica estaba completamente quebrada. Toda ella estaba quebrada. Colgaba del agarre de Madara como si fuera una muñeca de trapo. – Por favor… - el clon del atormentado Senju miraba con expresión rota a Mei. Asintió levemente, comprendiendo su petición sin que llegara a formularla. El cuerpo de la portadora de Okami se hacía cada vez más luminoso, apenas podían distinguirse ya sus rasgos.
Se escuchó un desagradable sonido como de miles de ramas crujir y el cuerpo de la joven se fue haciendo etéreo, traslúcido. Lo último que quedó de ella, fue la daga multicolor de cristal, la cual agarró Madara antes de que cayera al suelo al desaparecer su dueña entre sus brazos. El Uchiha había absorbido toda la energía de Mei, encerrando su alma de nuevo en ese misterioso material que podía soportar la esencia de la chica. Miró por un largo rato el cristal en la palma de su mano, moviéndolo ligeramente para que todos los colores de su interior bailaran.
- Madara… Eres un monstruo. - el clon de madera seguía sujeto al suelo, atravesado por completo por la brillante espada azul del Susanoo.
- Sí… Soy el monstruo que creasteis vosotros mismos. – escupió el aludido.
- Ni siquiera su recuerdo ha podido salvarte…
- Precisamente su recuerdo es lo que me impulsó en todos mis actos, Senju. – Madara miró virulentamente al clon. – Estamos malditos, como bien no para de repetir Tobirama. Y él fue el que desencadenó mi propia maldición. Así que… - la armadura roja traqueteó a cada movimiento, acercándose al falso Hashirama. – Espero que el verdadero vea todo lo que has visto. Estoy deseando que venga a por mí. – con esa última declaración, Madara estrechó los ojos morados y partió al clon por la mitad. Era el último.
Con él, el auténtico Hashirama terminó por recibir lo que acababa de ocurrir. Su expresión se endureció y tuvo que cerrar los ojos y apretar la mandíbula mientras seguía manteniendo la posición, aguantando la barrera. Su chacra se violentó en su interior. Los demás Hokages pudieron sentirlo.
- Shodaime… - Minato miró preocupado hacia su dirección. Él, como muchos shinobis, sobre todos los sensitivos, que se encontraban en el lugar, dejaron de sentir en el ambiente el característico y diferente chacra de Mei Uchiha. Eso era mala, muy mala señal.
- Hermano. – el Segundo Hokage llamó la atención de Hashirama. – Ve. Mantendremos la barrera.
El Primero se quedó observando a su hermano pequeño. Él era de las poquísimas personas que quedaban en el Mundo Shinobi que vio la aldea nacer. Que vio cómo se entrelazaban los vínculos entre él, Mei y Madara. Nadie más podría comprender lo que significaban para él. Tras cerrar los ojos un instante, asintió. Tobirama creó un clon y se posicionó en el lugar de Hashirama.
- Gracias, Tobirama.
- Date prisa. No podremos mantenerla por mucho tiempo. – Hashirama volvió a asentir y salió disparado hacia Madara, que le volvía a esperar sentado en el suelo con expresión aburrida. Tenía la daga colgada de su cuello. El Senju estaba más que enfurecido.
- No tienes perdón.
- Tú tampoco. – su eterno rival se incorporó y en seguida estuvo envuelto en esas llamas azules de chacra. – Por fin me enfrentas de verdad, Hashirama. Terminemos con lo que tenemos pendiente.
"Mei… Lo siento. Otra vez". Hashirama se colocó en posición y al momento estaba subido en un enorme demonio de madera rodeado de un dragón del mismo material mientras que Madara estaba en dentro de su Susanoo, esta vez llevado a otro nivel, con armadura samurái.
- ¡Hashirama! – el Uchiha se proyectó con toda su fuerza contra él.
- ¡Madara! – y una vez más, el mundo vio cómo el Senju y el Uchiha chocaban en un combate que no parecía tener final ni con el paso de decenas de años.
Notas de autor: Qué triste :( Pero tenía que ser así... ¡Me costó HORRORES escribir este capítulo! No saben lo que me costó -.- ¡Pero aquí lo tienen! Sí, sí, lo sé, sorry! Sé que la pareja de Madara y Mei ha tenido mucho protagonismo hasta ahora, pero es lógico, todo esto empezó con ellos, ¡y de verdad que me ha costado deshacerme de esta pareja! Los amé en toda la trama. Me ha encantado escribir tanto sobre ellos. Pero... Ya no van a tener el papel central.
Sí que debo aclarar una cosa: Como comprenderán, ya no voy a relatar lo que ocurre en la Cuarta Guerra Ninja tal cual, puesto que, con la desaparición de Mei en escena, la historia seguiría lo que acontece en la serie original, ok? Por tanto, el siguiente capítulo tiene un salto de tiempo importante, ya verán cuándo retomo el control de los acontecimientos. Esto ha sido una despedida y una introducción poco a poquito de la pareja de Sakura y Sasuke. Todavía no tengo claro cómo quiero que continúen estos dos, pero lo verán.
Por otro lado y hablando de esta pareja, ya voy montando más o menos el nuevo fic, ¡pero no tengo título! Toda sugerencia será bienvenida para darle título a esa nueva historia. A modo de resumen quiero crear un fic con el final de la Cuarta Guerra y el regreso de Sasuke a Konoha, donde se encontraría a una Sakura bastante cambiada con respecto a él y no muy dispuesta a lanzarse a sus brazos... Muahahaha.
De nuevo, MILLONES DE GRACIAS por el apoyo, sugerencias, comentarios y de todo. ¡Me hace sumamente feliz ver que de verdad siguen esta historia! Wiii! No me cansaré de repetir que todo eso es mi combustible para seguir escribiendo. El feedback es fundamental para nosotros, humildes escritores de fanfictions amateurs como es mi caso. Imagínense que hacen un trabajo que les costó horrores realizar y que no reciben nunca su calificación o comentarios del profesor... No way! ¿Entienden? Así que... Muchísimas gracias, de corazón :)
Sin más, espero sus reacciones y nos leemos, ¿verdad?
¡Un fugaz saludo, amigos del bosque!
Shirokami Mori :3
