- ¡Que calor hace! – Exclamo, Nami abanicándose con una revista - ¿No crees, Zoro? – pregunto melosa.

- No –contesto, el, cortante.

Nami frunció el ceño.

-¿No? Quizás se deba a que a ti te distrae el ejercicio y por eso no lo sientes – comento ella, sonriendo de nuevo y jugueteando con su pelo.

Zoro la miro un instante fastidiado, y opto por ignorarla.

No sabía que tramaba esa bruja pelirroja, pero no tenía ni la más mínima intención de terminar enredado.

- Oye, Zoro-kun – susurro Nami, acomodándose en la tumbona – Ya que no tienes calor ¿Te importaría traerme un helado?

-….

-¡No me ignores! – exclamo, molesta

- Ve tu misma – contesto, indiferente

Nami enrojeció, indignada.

- ¿Qué te cuesta traérmelo? – pregunto.

- Lo mismo que a ti ir a por el. – replico el espadachín.

- Que poco galante, eres- murmuro Nami. – Sanji-kun es mucho mejor que tu.

Zoro sintió que se le hinchaba una vena en la sien.

¿Qué ese estupido pervertido de Sanji era mejor que el? ¡Ni en sueños!

- Es amable, caballeroso, valiente, sabe cocinar, detallista, y además, al contrario que cierto espadachín que yo se me, no solo tiene músculos, sino también cerebro. – relato Nami divertida, mientras observaba las reacciones de Zoro a cada una de sus palabras.

- Y ¿Sabes?

-¡No me importa!- exclamo el mientras apretaba con más fuerza de la necesaria, las pesas.

- Oh, valla. También se puede decir que no es tan infantil ni…

-¿De que quieres el maldito helado? - pregunto Zoro levantándose furioso. Aparte de que así la callaría, podía aprovechar su improvisada visita a la cocina para darle un buen puñetazo al rubio.

-¡De chocolate! – exclamo Nami sonriendo, observando con satisfacción, como el chico iba a por su helado.