Capítulo IV

El primer sol de primavera

Parte I

Más de un año había pasado desde la batalla de los cinco ejércitos, el tiempo de llorar a los muertos había terminado y Bard sentía que de alguna manera todo pasaba por un buen motivo: la avaricia del ex gobernante de Esgaroth había perecido junto con su sebosa y constreñida humanidad. La ciudad marchaba bastante bien y él, aunque cansado, aún tenía la fuerza para continuar.

Iba de camino al salón donde se llevaría a cabo la cena con los altos mandos, al torcer una esquina bellamente ornada de enredaderas y salpicadas de florecillas azules, vio a su anfitrión junto a Lord Elrond en medio de una conversación muy íntima, a juzgar por cómo el moreno sostenía la pálida mano de Thranduil, que asomaba colgando perezosamente por entre los pliegues oscuros del brazo curvado. La frente de Lord Elrond había distendido esa cuasi perpetua expresión de preocupación, en tanto que el rubio parecía alojar algo parecido a una sonrisa entre los labios, que dejaban ver una hilera de dientes como perlas que Bard distinguió pese a los metros que los separaban.

Como correspondía a un hombre de su posición, Bard se inclinó en una reverencia en avant a pocos pasos de la pareja de nobles elfos que se acercaba. Cuando volvió a levantar el rostro, la mano de Thranduil había desaparecido del brazo de Lord Elrond y se crispaba en un puño casi escondido en la manga azulada. En un rápido vistazo Bard notó cómo los nudillos se volvían blancos por la tensión, y Thranduil transformaba las líneas de su bello rostro en una máscara fría y controlada.

Lord Elrond estableció una conversación de lo más trivial con Bard pues el humano tenía cierta fama. La historia de cómo había matado a Smaug el Terrible había llegado en canciones hasta sus tierras. Bard respondía con una cortesía que rayaba en la rigidez, ¿por qué Thranduil había retirado la mano? No, para empezar, ¿por qué estaba allí?

- -Tal vez se trata de una usanza normal entre los elfos, -terminó por decirse.

La esencia que Elrond desprendía a su paso tenía notas de justicia, valor y sabiduría. Todas las grandes cualidades concentradas y añejadas por siglos en el noble elfo; y sin embargo, Bard se tomó su tiempo antes de obligar a desaparecer de su estómago esa indefinible y helada sensación que le produjo verlos tan cercanos. Mas, antes de despedirse de Lord Elrond para tomar su lugar en una posición de honor, aunque algo alejada de la cabeza, concluyó con esa mente preclara suya, que no tenía nada que pensar, y mucho menos comentar al respecto de lo que había visto. Inspiró profundamente y se tranquilizó a la fuerza a pesar de que una llamita en su interior pugnaba por propagar una gran explosión cuyos orígenes apenas entendía.

Thranduil se adelantó, dejando al par que conversaba cordialmente seguir la trayectoria hacia el mencionado salón. Una vez dentro, los presentes se levantaron educadamente. El recibimiento al rey anfitrión tenía algo de ceremonial, pasaron los segundos hasta que el rey tomara posesión de su lugar a la cabeza de la inmensa mesa y, en silencio los demás se sentaron.

Los presentes conservaron el mutismo mientras un joven elfo trasegaba vino purpúreo a una bella copa a la derecha del rey. El soporte, de alguna extraña y resistente aleación con plata, se alzaba en formas onduladas aludiendo a fantásticas enredaderas, conteniendo el cristal más puro que podía hallarse en la Tierra Media. Cuando fue llena, Thranduil la recibió de entre los dedos del elfo quien parecía hallarse en trance, aunque lo cierto es que el pobre trataba de no cerrar los ojos y sucumbir al sueño. Se retiró pensando, asegurando y jurando que nunca volvería a mezclar polvos de adormidera y ajenjo con el aguardiente de contrabando que ocasionalmente llegaba a Mirkwood.

- -Si empapara un lienzo con esa bebida del averno y lo envolviera en algún madero, tendría una magnífica antorcha -se lamentaba al sentir sus vísceras arder.

Entonces, la voz suave y segura de Thranduil se dispersó por la sala. Las palabras danzaban con cierta elegancia etérea entre los invitados más notables, que a su vez tomaban las delicadas copas entre los dedos y giraban sus cabezas, demostrando atención al pequeño discurso del rey, que trazaba un recuento de la historia, belleza y magia de la estación que iniciaría la mañana siguiente.

Entre tanto, Bard buscaba con la mirada alguna cara conocida. Aus hijos disfrutaban fuera con los habitantes e invitados llanos, que comenzaban a embutirse de alcohol y de vez en vez les ofrecían dedales de hidromiel a los pequeños. No tardarían en quedar dormidos y Bard pensó fugazmente que no hacía falta preocuparse, chicos tan inteligentes como los suyos no podían meterse en demasiados problemas entre un montón de elfos.

El discurso de Thranduil terminó en una explosión de aplausos breve, que precedió a un brindis de pie, en el que se entrechocaron delicadamente las copas.

- -Deberías compartir con los invitados lo que tomaste después del desayuno –le sugirió en voz bajísima al elfo que acababa de servirle, claro está que tal sugerencia llevaba un tono más imperativo –Estoy seguro de que animará un poco más la fiesta.

- -Pero… ¡mi rey! –El muchacho regresó del malestar a una vertiginosa velocidad, y con ojos suplicantes trató de explicarle que era una mala idea–. Además, no hay el suficiente…

- -No importa, mezcla lo que sobre en el vino de la siguiente ronda. Luego corre a la bodega donde escondes ese infierno embotellado y prepara más. Sé que tienes doce barriles llenos. Ah, y también añádelo al hidromiel en proporción de cinco a uno. Luego irás al scriptorium y anotarás la receta para las siguientes fiestas–.El joven resignado inclinó su rubia cabeza y con cierto alivio por no haber sido reprendido gracias a la borrachera adelantada, corrió a cumplir las órdenes de su rey.

Thranduil lo miró desaparecer tras los enormes lienzos que decoraban el salón, el jovencito era su paje de confianza, incluso le había ayudado a elegir vestuario pocas horas atrás. Sonrió y recorrió la mesa con la mirada. Todo se veía precioso y suculento. Los confites parecían cristales opalescentes ante las luces que variaban del azul hasta el naranja, los pétalos bañados en almíbar acariciaban los labios de sus convidados, la propia Galadriel parecía encantada con la belleza y colorido del banquete.

Thranduil asintió para sí mismo mientras Lord Elrond le comentaba acerca de las medidas impositivas que había diseñado para suavizar el impacto del contrabando, añadiendo que tal vez podría considerar para aplicarlas en sus propias tierras. Por su parte, Thranduil sólo pensaba en lo fácil que sería igualar la borrachera que tenía prevista, junto a otros planes que se habían macerado largamente en su cabeza.