Capítulo 5

El primer sol de primavera Parte II

Mientras el joven elfo corría por las bodegas de arriba abajo en busca de aguardiente e hidromiel que el rey quería, su embriaguez se esfumaba poco a poco. Pensó que la mezcla era muy salvaje, incluso para un elfo. Generalmente cinco rondas dejaban fuera de combate a él y sus amigos en las ocasionales reuniones sobre ramas de los árboles de Mirkwood.

Era bastante simple, escogían un árbol de buenas dimensiones, luego cargaban todo el alcohol que podían hasta las ramas más altas, se sentaban y comenzaba la fiesta.

A veces alguno caía de su rama y coreaban la canción del enano ebrio hasta que el aludido volvía a subir. Era una de las ventajas de ser los sirvientes personales de Thranduil: el rey los despedía para encerrarse a solas frecuentemente.

Los polvos de adormidera estaban en bolsitas cuidadosamente atadas para que no se escapara ni una partícula del precioso sedante. Afortunadamente encontró una buena cantidad que vertió en cada garrafa de aguardiente mientras calentaba la oleosa esencia de ajenjo. Por experiencia sabía que las gotitas de ajenjo quedarían suspendidas en el líquido si las vertía directamente pues no eran totalmente solubles a temperatura ambiente.

Con un embudo trasvasó el aceite, calculando aproximadamente el volumen para que la concentración de todas fuera uniforme. Buscar los barriles de hidromiel y llevarlos él solo hasta el cuarto de servicio vinculado al salón había sido agotador. Al terminar paró en seco.

- –Mi rey Thranduil dijo en proporción de cinco a uno… ¡pero nunca dijo DE qué y EN cuál! –soltó una maldición en voz baja y se enfrentó a la decisión más difícil de toda su élfica vida. Normalmente lo tomaban puro y a eso se debía el vertiginoso efecto.

Cinco partes de hidromiel en aquel brebaje o al revés. Esa era la cuestión.

En otra locación, Thranduil trataba que su semblante no desvelara la satisfacción que llevaba dentro. Los sirvientes habían servido la tercera ronda, el trago no tenía un gusto tan malo como él había pensado, y no pareció importarle mucho a la multitud. Gandalf andaba más parlanchín de lo normal, Galadriel brindaba a dos manos con Elrond y él mismo. En determinado momento de la noche, las luces se extinguieron en un parpadeo, asustando a todos.

El silencio se propagó por la sala y Lord Elrond desapareció de su derecha. Segundos más tarde, cuando los murmullos comenzaban a alzarse inquietos por doquier, las luces revivieron mágicamente en una explosión con la iridiscencia de todos los colores, dentro y fuera del palacio. El cielo de Mirkwood se inundó de olas resplandecientes, gracia del arte e ingenio que Gandalf proveía a su pirotecnia.

Fuera, gritos de júbilo y admiración acompañaban enormes pájaros y mariposas que emprendían el vuelo fugaz para extinguir sus últimas chispas en la infinidad del cielo nocturno.

Minutos más tarde Lord Elrond apareció con un Bard bastante ebrio, aunque lo suficientemente erguido para colgar del brazo del elfo. Parecía no tener idea de lo que estaba pasando a su alrededor y sin embargo se dejó hacer con toda docilidad cuando el mayor lo puso entre los dos señores elfos. Lord Elrond había quedado con ansias de saber los detalles más íntimos y escabrosos de la noche en la que Smaug fue derrotado. Pocos sabían que con la borrachera se encendía en él un interés rayando en lo mórbido por las hazañas heroicas y bélicas, deseo ante el cual Bard no opuso resistencia y satisfizo con una gran historia firmemente apegada a la realidad, aunque el alcohol le hiciese arrastrar algunas sílabas y exagerar un poco la valía de su hijo.

Al pasar las horas llegaron a algunas conclusiones, Galadriel era una excelsa compañera de fiesta, Bard estaba a punto de quedarse dormido y Gandalf tenía un terrible humor negro. Entre risas y numerosos brindis, por cualquier cosa que cruzase por las cabezas de los elfos y el mago, dieron buena cuenta de casi todo el surtido de botellas, incluso las que ni los sirvientes sabían que Thranduil tenía escondidas por allí. Cuando la vista del rey comenzó a distorsionarse, Elrond evitó que Bard fuera a dar contra la mesa en un repentino lapso de sueño.

- Deberíamos mandar a algunos sirvientes que lo lleven a sus aposentos.

- –Para este entonces deben estar en cualquier lugar menos aquí, Lord Elrond –de un vistazo confirmó que, en efecto, ni el más sobrio de sus sirvientes estaba ahí–. Tendremos que llevarlo nosotros –sentenció con seriedad.

Se despidieron cortésmente de Galadriel y Gandalf, que tenían tres botellas más por abrir y no paraban de elogiar "lo que quiera que le hubieran puesto al vino". El mago vio partir a los elfos llevando al humano, cada uno con un brazo lánguido extendido sobre los hombros.

Lord Elrond apenas recordaba la época en la que embriagarse al punto de chocar contra las paredes era normal y no percibió el engaño cuando terminaron por depositar a Bard en la cama de Thranduil en vez de la suya propia. Peor aún, cuando fue conducido hasta su habitación, donde quedó completamente horizontal mirando al vacío y descansando en un lecho asombrosamente mullido, con la mente totalmente limpia de preocupaciones y sin notar incluso que llevaba las botas calzadas.

De regreso, la expresión de Thranduil había cambiado. Se quedó a examinar el desarrollo de la fiesta desde una gran ventana. Era un éxito total, como todas las que organizaba. Entonces una especie de suspiro elevó su pecho, llevándose consigo los últimos vestigios de la sonrisa que había lucido antes. Faltaba aún para el amanecer y con pasos lentos dominados por la embriaguez, se recostó junto al cuerpo que dormitaba en la oscuridad.

Observó las sienes de Bard y sintió tristeza. Apoyando su cabeza sobre una mano, y con la tentada a palpar; otro suspiro, uno más grave y silencioso se le escapó.

El veloz envejecimiento de los humanos era algo a lo que profesaba una total indiferencia, o así lo hizo hasta que acarició uno de esos largos, escasos y blancos cabellos. Cerró los ojos y sintió cómo una lágrima se rebelaba, deslizándose por la comisura de sus párpados. Tal vez aquel vil brebaje hibridado en su fino hidromiel tenía algo que ver con la repentina tristeza y la nostalgia adelantada que sentía.

La gotita salina fue a dar sobre la frente de Bard, por medio segundo conservó su forma y antes que siguiera su curso descendente Thranduil la recogió con un beso, y luego otro, humedeciendo los labios con sus propias lágrimas y sobre todo el rostro del castaño, enredando los dedos entre las cortas y rebeldes ondas encanecientes, aspirando el aroma alcohólico cuyo trasfondo llevaba una marcada virilidad.

La música nunca se detuvo en el salón, los elfos celebraban la belleza y la alegría de una primavera más. Mientras, Thranduil llegaba a un sombrío pensamiento:

La vida de Bard sería tan breve como un suspiro, pero aceptar el sufrimiento era parte de amarlo.

Los párpados del castaño temblaron y se abrieron pesadamente para cuando Thranduil prodigaba un largo beso sobre sus labios.