Capítulo 6
El primer sol de primavera
Parte III
Bard abrió sus ojos castaños, cristalinamente alcoholizados.
¿Cuántas copas de esa maravillosa mezcla había bebido?
Siete, tal vez ocho. Las frutas enconfitadas, pequeños bocados entre trago y trago ayudaron a difundir velozmente la borrachera. No atinaba a moverse, sentía el cuerpo como si no fuera suyo, deliciosamente entumecido. Millares de patitas de insecto marchaban por la superficie de su piel.
Ah, y la maravillosa figura que se alzaba sobre él, una ilusión casi fantástica de no ser por el peso, el aroma y el calor vibrante de los labios del rey elfo sobre los suyos.
Entonces, una sensación de deja vu lo sacudió. No era la primera vez que pasaba.
Bard se preguntó, ¿por qué cada vez que se iba a dormir ebrio por culpa de los elfos despertaba con Thranduil robándole un beso?
La imaginación le jugaba una mala pasada.
Bard entornó los ojos, tratando de enfocar la vista, mientras su cabeza hilaba recuerdos.
La primera vez había ocurrido hace más de un año, precisamente la noche anterior a la Batalla de los Cinco Ejércitos. Tras recibir Arkestone, noble gesto del hobbit y pieza decisiva para los sucesos que restituyeron su honor y la grandeza de Esgaroth, celebró con vino e hidromiel junto a su majestad el rey Thranduil y Gandalf. Después, muy entrada la noche se retiró tan dignamente como se lo permitían sus pasos bamboleantes, como sólo puede hacerlo alguien que haya intentado seguir el ritmo del elfo y el mago.
De camino al refugio recordó al inútil que había dejado como guardia para el turno vespertino, aquella ratita vil y cobarde. Decidió que lo mejor sería asumir la responsabilidad de vigilar los peligros de la noche mientras sus futuros compañeros de armas descansaban. Eso es lo que significa ser un líder, sacrificar incluso el sueño por la seguridad de quienes confían la vida en las decisiones de uno.
Llegando al lugar de la guardia suspiró, pues había decidido bien. No había rastro del mentado. Se arremolinó como un gato en el gran abrigo que llevaba, intentando resguardarse un poco del frío. Con las piernas recogidas y la espalda apoyada en un muro de piedra casi destrozado, tenía una vista privilegiada desde el punto más alto, del campo que sería sembrado de cadáveres y regado con sangre de muchas razas para la noche siguiente.
La fortaleza de los enanos se alzaba a lo lejos, inmensa a la vez que impotente, pero intentó no pensar en ella y la maldición que se cernía sobre el rey enano que habitaba el nido del dragón.
La brisa le rozó el rostro. Inspiró profundamente sintiendo una paz que rozaba e lo místico. Su mente se permitió alegres devaneos augurando un porvenir lleno de esperanza para sus hijos y su pueblo. Una vez finalizada la batalla reconstruiría su hogar, mandaría a comprar telas por montones para vestir a sus hijas como princesas. Tras sus párpados las vio correteando por las calles fervientes de comercio en una ciudad magníficamente rejuvenecida mientras él enseñaba a su hijo cómo tensar correctamente un arco y mantener la firmeza de una espada en todas las situaciones posibles, transmitiéndole con el ejemplo la importancia del honor, porque una vida sin él es más bien fugaz y miserable.
Nunca supo cuándo el sueño lo venció. Apenas advirtió cómo su cuerpo era atrapado suavemente por la calidez de una manta cuya suavidad delataba no haber sido hilada por manos mortales.
Leves roces sobre su piel acompañaron la sensación de calidez y al abrir los ojos, el rostro perfecto, orlado de una cabellera con la lasitud de una lluvia oro de repente desaparecía como niebla; dejando un poco de su calor entre los labios de Bard.
Nunca lo dijo, pero tras la batalla el sueño se repitió con una frecuencia tan alarmante, que Bard llegó a no poder distinguir la realidad de la ficción. Se sentía inmerso en una segunda adolescencia, pues las erecciones matutinas no suelen presentarse cuando se es el alcalde de una ciudad en reconstrucción, decenas de cientos de personas dependen de las decisiones que se toma, y para coronar, la obligación de criar correctamente a tres hijos.
Pero esta vez, la visión no se desvaneció.
Los dedos del rey elfo recorrían su cuello, provocándole ecos lejanos de cosquillas sobre la piel entumecida. Suspiró sin pensarlo. Se sentía bien, cálido y suave.
- –¿Esto es un sueño? –preguntó en un susurro, arrastrando algunas sílabas. Esperaba que sí, entonces rehuiría del inminente despertar y haría todo lo que su anatomía pedía a gritos desde hace un año. Así, al menos tendría un buen recuerdo del que sería su último viaje a Mirkwood.
Thranduil se estremeció con la pregunta. Bard había despertado y escuchar su voz aún afectada por el alcohol le provocó un torrente de pensamientos.
Conservó la calma, acariciando el cabello oscuro, muchos centímetros más corto que el año pasado. Rehuyó los ojos castaños que le demandaban contacto, en una mezcla de ansiedad y deseo que no esperaba.
- –Sí.
El castaño no preguntó más. Tensó los músculos del cuello para erguirse y atrapar la boca de Thranduil. Sus manos torpes trataron de aferrarse a las telas que cubrían al elfo, hundiendo los dedos impacientemente en los costados del elfo, quien sorprendido, no rompió el beso.
Le había mentido, pero tenía motivos. Si le decía que no, tal vez el decoro ganara la partida en Bard y entonces saldría en una etílica huida. ¿Cuánto tiempo tendría que esperar para verlo nuevamente, incluso de lejos? ¿Hasta la siguiente primavera?, ¿Dos años?, ¿Diez?
No. Noches como esa no se dan aunque uno viva mil años y vea millones de lunas. Un año es un pestañeo para el elfo, pero una eternidad para la hoguera de deseo que lo consumía por dentro.
Se dejó hacer de las manos laxas que se esforzaban en quitarle la gran túnica que llevaba encima. Ayudó a desatar los broches y se deleitó de la calidez de las manos que se colaban por debajo de la camisa ligera que llevaba. Se acomodó totalmente sobre las caderas de Bard, quien de espaldas a la cama, sintió la presión de los músculos de Thranduil a los costados.
Desvestía al castaño tan rápido como sus manos y la posición se lo permitían. La excitación en su entrepierna crecía y notó cierta dureza en Bard justo bajo sus caderas, incluso a través de las capas de tela que los separaban.
La noche era fresca, y los invitados seguían bebiendo, cantando y bailando fuera. Una ebria Galadriel iba del brazo del mago irrumpiendo ruidosamente en la habitación de Lord Elrond. Ni su visión de elfa le permitió evitar el tropiezo con una de las finas enredaderas que cruzaban el piso de la habitación, terminó aterrizó entre estrepitosas carcajadas sobre el cuerpo del moreno, y sobre ella, Gandalf que no había soltado a tiempo el brazo de la rubia.
¿Qué diría Celeborn si viera a su esposa en semejante posición?!
El grito de un aplastado Lord Elrond se perdió entre risas. Afortunadamente la botella ambarina que Galadriel llevaba no había sufrido ningún daño y Gandalf que de repente caía en cuenta que su sombrero se había extraviado. Elrond trataba de quitárselos de encima en vano, se ahogaba entre los incipientes pechos de Galadriel y esta a su vez trataba de desenredar sus rizos que tironeaban en cada movimiento de la barba de Gandalf.
Mientras la celebración continuaba alegremente en la habitación del señor elfo, Bard se deshacía en gemidos a unas cuantas puertas de distancia, a manos de rey Thranduil. Nadie en Mirkwood llegó a escuchar el escándalo que los viudos provocaron.
Thranduil se impulsaba de arriba abajo rozando las caderas de Bard, quien despojado de casi toda su ropa, sentía el miembro palpitante del rey creciendo a cada momento. Intentó deshacerse de los metros y metros de tela que componían el traje de Thranduil, mas este terminó de hacerlo por su cuenta. Se dejó el brazalete de gemas que Bard le había regalado, pues refulgía en destellos a cada movimiento, reflejando la escasa luz que venía de afuera y ocasionalmente los iluminaba en leves explosiones de color.
Bard admiró los contornos pálidos y rosáceos del elfo, deseando sólo un poco más de luz para que sus ojos cansados pudieran examinar la magnificencia que se erguía ante él. ¿Cómo podía ser tan perfecto? Sus manos ganaron autonomía, y sin permiso recorrieron los pectorales pálidos y marcados, los costados firmes y las líneas que describían el abdomen del elfo. Sintió la suavidad del cabello dorado y desordenado que los cubría, y sentándose, lo abrazó fuertemente, sus erecciones cálidas, ansiosas y endurecidas hasta lo imposible se rozaron entre sí y sus fuertes vientres.
No vio cómo Thranduil echaba la cabeza hacia atrás cuando él atrapó entre sus labios uno de los pezones del rey, mordisqueándolo, lamiéndolo y succionándolo hasta dejarlo endurecido. Tal era la excitación contenida que Thranduil llevó una de sus largas y pálidas manos a los miembros de los dos, y agarrándolos firmemente, inició una lenta masturbación.
Sorprendido, Bard abandonó el trabajo que hacía sobre la piel de Thranduil y, levantando el rostro le demandó besos infinitos. Thranduil cedió sin más, cruzando las piernas alrededor de la espalda baja del castaño, notó cómo la mano de este se unía a las caricias entre sus erecciones, arrancando gemidos y suspiros de los dos.
Se sentía bien, como no lo había hecho en mucho tiempo. No eran un par de jovencitos que pueden hacerlo por horas, una y otra vez hasta caer rendidos de cansancio, sin remordimientos. Thranduil lo sabía, su mente no estaba nublada como la de Bard, y a cada segundo, con cada caricia, deseó que el tiempo se detuviera y así poder tener al castaño para siempre. Sus ojos encerraban una tristeza infinita, no podía decirle con palabras lo mucho que lo amaba, que no era un sueño, que lo que sentía era real, tan real como los latidos acelerados de su corazón inmortal; y cuánto sentía el haber irrumpido en su vida y su mente, causándole esa horrenda ansiedad y un deseo malsano del cual nunca obtendría felicidad, sino una satisfacción pasajera que tal vez nunca se repetiría.
Las palabras estaban de más. Un tormento para el elfo, un sufrimiento si paragón que iba más allá de la carne que se movía en un apasionado y extrañamente lento frenetismo.
De repente, su mano se detuvo. Empujó a Bard contra la cama, y situándose entre sus piernas, inició un lento recorrido de besos desde el rostro, pasando por el cuello moreno succionando y dejando marcas, sintió las manos de Bard pasar por su cabellera y enredarse en ella, no le importó, seguía hacia abajo, mordiendo y lamiendo la piel de su vientre, al llegar al miembro del castaño se desvió para morder los muslos, que se abrían desvergonzadamente ante él.
Los gemidos de Bard se hicieron notar nuevamente cuando las manos de Thranduil se apoderaron del miembro que necesitaba atención, estas manos fueron rápidamente reemplazadas por la boca de Thranduil, introduciéndolo por completo, experimentó una sensación de ahogo por un momento. Los elfos no comían carne de ningún tipo, pero tratándose de Bard, estaba dispuesto a devorarlo entero. La presión de su boca provocó que Bard se retorciera entre las mantas, arqueando su espalda desesperadamente, embistiendo en la boca del elfo, que se deshacía en un inmenso placer interno, con sus dedos húmedos de saliva y pre seminal acarició los testículos de Bard, describiendo un camino que lo llevó a la entrada del arquero, tan estrecha como lo comprobó, el arquero era virgen, al menos en ese sentido.
Thranduil trató de recordar cómo se hacía, tantos siglos habían pasado desde sus inocuos juegos con Elrond y Celeborn. Introdujo uno de sus largos dedos con delicadeza, sin que su boca abandonara la virilidad del castaño ni por un segundo, y rápidamente buscó el punto que enloquecería de placer al castaño. Cuando lo encontró, Bard liberó un gemido como nunca había escuchado, continuó acariciando ese punto, al tiempo que lo dilataba disimuladamente, al introducir el segundo dedo notó que Bard levantaba las caderas a causa de la intromisión, esperó un par de segundos y siguió embistiendo con sus dedos. Esperó a un tercero, pese a que su propia erección contenida le causaba un dolor muy particular.
Pasaron varios minutos hasta que consideró que no le haría daño, entonces los retiró. Bard, por su parte sintió que su interior se contraía en pulsaciones. Sintiéndose vacío, lo deseó como nunca.
- –Por favor… -suplicó-. Te quiero dentro.
Bard quiso decir muchas cosas más, pero su mente se arremolinaba y no encontraba las palabras. Era un sueño demasiado bello, una parte muy pequeña de su mente no dejaba de susurrar que deseaba no despertar jamás. Ni siquiera pensó en sus hijos al formular el deseo. Luego, al despertar, se sentiría culpable.
Thranduil lo besó posesivamente, abrazándolo al tiempo que tomaba las caderas de Bard, levantándolas a la altura de su miembro y colocando a sus costados las piernas del castaño, sus tobillos se cruzaron sobre la espalda del elfo y sus brazos rodearon el cuello pálido, atrayendo aún más al elfo, temeroso de que de repente se disolviera en el aire.
Bard se estremeció al sentir la punta de la virilidad de Thranduil en su entrada, introduciéndose con estudiada lentitud. Dio un respingo al pensar en las dimensiones del miembro que había tocado hace unos minutos. Era grueso, largo, imponente. Los elfos habían sido maravillosamente dotados por la naturaleza en todos los sentidos.
La penetración continuó hasta el final, forzando la entrada y los músculos de Bard, sin embargo, éste no sintió mayor dolor. El alcohol aún circulaba por sus arterias y era un magnífico anestésico. Un par de embestidas más y Thranduil se irguió sobre sus rodillas, abrazando a Bard. Haciendo gala de su fuerza, lo levantó en el aire, y girándose lo llevó hasta el muro más cercano. Bard sintió la dureza y frialdad de la pared de piedra contra su espalda mientras Thranduil se movía dentro de él en una cadencia que crecía en el tiempo, subiendo y bajando sus caderas según su voluntad.
El castaño notó cómo su peso ejercía efecto sobre el placer de Thranduil y, aferrándose con fuerza a la amplia espalda, moviendo las caderas, hundió el rostro en el cuello del rubio, besando, succionando y dejando marcas que tardarían en sanar, en un intento de ahogar los gritos que luchaban por escapar de su garganta.
Thranduil sentía a Bard ardiente y ajustado. Los músculos de él lo atraían hacia adentro cada vez más, en una suerte de succión difícil de controlar a la que sucumbió prontamente.
Los minutos pasaron raudos para el gusto de ambos, en determinado momento el miembro de Bard liberó toda su tensión en una abundante eyaculación. El líquido salpicó la piel de ambos, y Thranduil poco después, terminó dentro de Bard inundándolo con su semilla. Entonces se dejó caer entre los brazos de Thranduil, que plantó el último beso sobre los labios húmedos.
La mañana siguiente Bard despertó sobre su propia cama, con sus hijos dormidos cerca de él. Intentó levantarse cuando una sensación extraña lo embargó. Recuerdos fugaces lo tomaron por sorpresa e hicieron palpitar rápidamente el corazón del arquero. Culpó la resaca a los elfos y sus extrañas mezclas.
El desayuno se serviría casi al medio día. Se dirigió al salón que lucía rejuvenecido, como si las fiestas de los elfos alegraran al corazón del bosque, el trío de Galadriel, Gandalf y Lord Elrond lucían magníficamente y no paraban de comentar lo maravillosa que había sido la fiesta, y lo bien que estaría la noche siguiente.
Bard por su parte, sentía una terrible debilidad en todo el cuerpo, como si se hubiera enzarzado en una batalla épica la noche anterior. Cuando se acercó a saludar y felicitar a su anfitrión, alcanzó a ver una serie de marcas de dientes en el cuello pálido del rey elfo, vagamente cubierto por lujosas prendas color granate.
- –No fue un sueño -susurró.
No lo fue.
