Este capítulo me quedó un poquito más largo que los anteriores, pero espero que igual lo disfruten.

Mil gracias por los reviews que me han dejado (me pongo muuuuy feliz XD) para el próximo capítulo va agradecimiento con nombre y todo. Lo prometo!

Enjoy!

Elianela


Capítulo II – Sal, huroncito, de donde quiera que estés

- Mmm… sólo cinco minutos… cinco minutos más…. diablos…

El estridente timbre del despertador perforó los oídos de Draco. A los manotazos, consiguió apagarlo antes de que cayera al piso o de que su mal humor matutino lo destrozara, el mismo destino que habían sufrido los cincuenta despertadores anteriores a lo largo de su vida escolar.

Se arrebujó en sus sábanas negras de seda, confortables debido al calor corporal. Aspiró el perfume de su almohada fuertemente. Sándalo. Un pequeño detalle que nadie salvo él conocía. Adoraba ese aroma, impregnado en sus sábanas y en su almohada, y mezclado en su vestimenta con el característico olor a menta, al cual estaba empezando a considerar algo aburrido.

Se tapó un poco más con la gruesa frazada, que lo protegía del frío invernal que por las noches se apoderaba de las habitaciones de los estudiantes, cubriéndose parte del rostro hasta por debajo de la nariz. Una perezosa sonrisa de comodidad afloró a sus labios, inhaló fuertemente y acto seguido frunció el ceño, sin abrir los ojos.

Un momento, se dijo. Si su exquisito olfato no lo traicionaba, el espantoso perfume que ahora contaminaba el aire de la habitación era nada más ni nada menos que Morgana, la fragancia femenina de moda más exclusiva del mundo mágico. Exactamente por qué era tan popular, era un misterio para Draco, puesto que a su criterio era tan sólo un horroroso pastiche de lavanda, rosas, cientos de flores más y algo que él juraba que era excrementos de Doxy. La fragancia en cuestión costaba sus buenos Galleons (demasiados, en opinión de Draco) y era, lamentablemente, el perfume preferido de todas y cada una de las conquistas de Draco, que creían erróneamente que lo cautivarían utilizándolo. Por supuesto, él les mentía con naturalidad, diciéndoles que lo que más lo había seducido de ellas era, justamente, el dichoso perfumito. Draco recordó las náuseas que había padecido en una ocasión, en Hogsmeade, al besar el cuello de… ¿cómo se llamaba?... Mary algo… en fin, la cita se había terminado a los diez minutos de comenzar por culpa del bendito perfume. Draco lo había lamentado en aquella ocasión; Mary era simplemente espectacular, toda una belleza…

Se relamió los labios lentamente, como saboreándola. Sería cuestión de que la chica volviera a buscarle otra vez, era seguro que no se resistiría. Pero sin Morgana. Que se busque otra fragancia, apuntó mentalmente.

Ah, esa obsesión de las mujeres por lo caro y exclusivo. Al menos, las mujeres que él frecuentaba.

Las mujeres.

Draco abrió los ojos bruscamente. La luz del sol que se introducía por las altas ventanas con marco de roble le dio de lleno en sus ojos grises. Se destapó rápidamente y se quedó muy quieto, aún con los ojos cerrados. Olisqueó el aire nuevamente.

Mujer. Morgana era un perfume de mujer. Entonces, ¿qué rayos hacía un perfume de mujer enviciando el aire de su habitación, una habitación de hombres? La idea de que quizás Theodore o Blaise hubieran llevado una invitada acudió rápidamente a su mente, pero de inmediato la descartó. Si alguno de los dos hubiera querido tener acción esa noche, él lo hubiera sabido, obviamente. Una de las reglas de convivencia impuestas por Draco obligaba a cualquiera de los tres a avisar con determinada anticipación si alguno iba a acudir acompañado. Nott, Zabini y él la respetaban a rajatabla.

- ¿Serías tan amable de alcanzarme el rímel, Theo? Está junto al labial, por favor…

Draco se levantó de un salto, como si le hubieran lanzado un baldazo de mil litros de agua fría. Observó rápidamente la habitación, sorprendiéndose a cada detalle nuevo que encontraba. Por regla general, él era el primero en levantarse y abrirse camino hasta el baño por entre el revoltijo de pertenencias de Blaise que cubrían el suelo de la habitación y cubriéndose los oídos para ahogar los ronquidos de Nott.

Una vez que se arreglaba (con toda parsimonia) tomaba sus cosas y bajaba a desayunar. Los otros dos se levantaban mucho más tarde, se bañaban no sin problemas y llegaban justo a tiempo para desayunar antes de las clases. De ordenar, ni hablar, por lo que al regresar a la habitación encontraba todo tal como lo había dejado por la mañana. Él era el más pulcro y ordenado de los tres, por lo que no tenía que preocuparse mucho; simplemente debía mantener todo en su lugar y reordenar muy de vez en cuando. Todas las mañanas sucedía lo mismo desde que Draco, Blaise y Theo compartían habitación en Hogwarts, y nunca se había registrado ningún cambio.

Hasta hoy, pensó azorado. Las camas estaban hechas, las mesitas a su lado ordenadas y la habitual montaña de ropa de Zabini había desaparecido: se había transformado en una limpia y alta pila que reposaba sobre la cama del joven.

No había ronquidos de Nott, ni calzoncillos tirados, ni botellas de whisky de fuego vacías, ni nada de lo usual. Draco se pasó la mano por el pelo revolviéndolo, extrañado por el orden reinante en el cuarto.

Pero, por encima de todos los cambios, estaba lo principal.

¿Qué DEMONIOS había sido eso del rímel?

La respuesta apareció en ese momento frente a sus ojos, blandiendo su varita y con un gesto de reprimenda que le recordó terriblemente a su madre.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------

No recordaba que los pasillos de Hogwarts fueran tan largos. Ni tan oscuros. Sin embargo, caminaba tranquila, segura. Podía, extrañamente, moverse sin problemas en la densa oscuridad.

Se abrazó a sí misma para contrarrestar el repentino frío que la había atacado al doblar la esquina. Qué corredor más extraño, pensó. No había cuadros ni armaduras; una espesa niebla invadía el espacio y cubría su campo de visión, impidiéndole ver lo que había al final del pasillo. Se armó de valor. Un paso, luego otro, y otro más. Comenzó a atravesar el banco de niebla lentamente, encontrando cada vez más difícil la tarea de ver en la oscuridad. Pronto llegó a un punto en el que tuvo que aferrarse a la pared para continuar caminando. Sólo podía oír el sonido de su propia respiración, acompasada y ajena al creciente nerviosismo que sentía. No escuchaba sus pasos, ni ningún otro sonido que delatara la presencia de una persona en ese interminable corredor.

Se preguntó cuánto tiempo más tendría que seguir caminando, cuando a través de la niebla divisó una motita de luz. Una pequeña e insignificante motita de luz, pero que a medida que se acercaba a ella crecía más y más. Sin darse cuenta, empezó a correr, atraída por la hipnotizante luz. No notó que la mayor parte de la niebla había desaparecido, pero sí pudo percibir el reconfortante calor que la había reemplazado. El corredor, no obstante, seguía a oscuras. Silencio total.

Unos metros más. Casi la alcanzaba, sí… extendió la mano para tocarlo, para palpar lo que fuera que estuviera envuelto en ese halo luminoso, invadida por una alegría indescriptible e inexplicable… y encontró un hombro, un hombro fuerte y masculino, y junto a él se encontraba el otro, y pudo aferrarse a ese ser con ambas manos posadas en los hombros de él. El hombre que estaba frente a ella dio un paso al frente, liberándose del contacto. Sintió cómo el frío volvía a aparecer y quiso detener al individuo, gritarle, rogarle que no se fuera, que no la dejara sola.

Pero ningún sonido salió de su boca. Desesperada, comenzó a caminar rápidamente detrás del sujeto, que parecía alejarse cada vez más de ella. Cuando por fin consiguió acercarse lo suficiente a él, volvió a tomarlo por los hombros con fuerza, clavándole las uñas.

El hombre no dio señales de alejarse esa vez, todo lo contrario; pudo sentir cómo se afianzaba en su sitio. Se preguntó qué iría a suceder ahora cuando de repente el individuo giró y se enfrentó a ella, y sus ojos la encandilaron, paralizándola, y su sonrisa… esa sonrisa era muy familiar, demasiado. Y el individuo abrió la boca para hablar pero ella no lo oyó, tan concentrada como estaba en contemplar sus ojos, muy profundos y grises… el joven se acercó a ella, tanto que sus narices se rozaban, y de pronto ella recordó, recordó quién era él y quién era ella y comprendió lo que él estaba a punto de hacer; pero se encontró con que no tenía intenciones de detenerlo… él exhibió una sonrisa de triunfo y ella cerró los ojos, rindiéndose ante lo que vendría a continuación. Ya casi, estaba tan cerca… el fuego de sus labios la estaba quemando…

- ¡Malfoy!

-------------------------------------------------------------------

Blaise. Blaise Zabini. Blaise Zabini de la cabeza a los pies.

Mejor dicho, Blaise Zabini de la cabeza al cuello, porque su rostro estaba irreconocible. Cantidades descomunales de polvo rosa cubrían sus mejillas, sus labios brillaban con un tono perlado y sus párpados estaban pintados de violeta. El cuello de su camisa daba cuenta de la generosa aplicación del perfume y algo que se parecía enormemente a hebillas para el pelo se aferraban débilmente al escaso cabello del joven.

La expresión de horror de Draco debía de ser muy graciosa, porque Blaise se echó a reír. Precisamente la risa de su compañero fue lo que sacó al chico del shock.

- Blaise, ¿qué… ¿qué es lo que pasó? ¿Qué le pasó a tu cara, y… y a tu voz?

- Mi voz está perfectamente, Draco. ¿Por qué lo preguntas?- le respondió en una voz musical y perfectamente femenina. Ningún rastro quedaba del grave vozarrón del muchacho, heredado de su difunto padre. Draco tuvo la sensación de estar en una suerte de mundo paralelo en la que era normal que los chicos tuvieran voz de chica. - Y en cuanto a mi cara, lo sé, se ve terrible, ¡pero es que tenía que hacer algo para cubrir los granitos! Mi acné está des-con-tro-la-do, y en las últimas semanas traté de cuidarme, lo sabes, pero una rana de chocolate aquí, otra allá… en fin, ya no quiero hablar de eso. Finge no haberme visto – le pidió compungido. Draco reprimió las ganas de pegarle un puñetazo para ver si volvía a ser el de antes. – Y en cuanto a ti, jovencito, me alegro de que al fin hayas despertado. Theo y yo nos estábamos preguntando cuándo lo harías, ya que el agua caliente no anda muy bien y tú eres el que más tarda en el baño – le dijo con una sonrisita. – Las toallas están allí – le mostró una pila de toallas que iban del lila al rosa chillón, todas ellas horribles - y el shampoo y el acondicionador en el baño. Trata de darte prisa; Theo quiere que le haga un peinado que vio en Corazón de Bruja y necesito rizarle el cabello - añadió echándolo de la cama. Draco obedeció sin chistar. Todavía estaba tratando de analizar que era lo que había sucedido para que Zabini se comportara así. No recordaba haber bebido nada la noche anterior, y al pellizcarse para comprobar si todavía estaba soñando, se dio cuenta dolorosamente de que no.

Pero el shock más grande lo esperaba en el baño. Theodore Nott, aplicándose delineador en sus ojos castaños, estaba vestido con una bata rosa con florcitas amarillas y unas pantuflas del mismo color. Tenía una toalla enrollada en la cabeza, y un muestrario de cremas y maquillaje sobre un estante debajo del espejo. Sus uñas estaba pintadas de color rojo furioso y el maquillaje de su rostro era idéntico al de Blaise, salvo que él tenía menos polvo en sus mejillas y, por consiguiente, menos acné.

Y lo peor de todo, estaba moviendo sus caderas cadenciosamente al ritmo de la canción que tarareaba. Draco se planteó seriamente aturdirlos a ambos y salir corriendo, pero la sonrisa amistosa de Theodore lo detuvo. Quizás estuvieran jugándole una broma, pensó. En caso de que fuera así, iba a matarlos primero, y a felicitarlos luego: se habían lucido con lo de las voces y el maquillaje; él jamás se hubiera atrevido ni a ponerse una gota de rímel. Ni por una broma pesada.

- Buenos días, hurón dormilón – la aniñada y suave voz de Nott lo devolvió bruscamente a esa bizarra realidad; si hubiese sido una broma a esas alturas Theodore ya hubiera confesado. No era ninguna broma, no. - Quedó suficiente agua caliente como para que puedas lavar tu preciado pelo – se mofó con un gesto de la mano – pero apresúrate. Blaise, fíjate aquí, ven – el chico se acercó a él y Theodore comenzó a explicarle exactamente cómo quería que le quedara el peinado. Draco aprovechó que habían dejado de prestarle atención para observarlos detenidamente.

Por fuera, su aspecto físico era el mismo. A excepción del maquillaje, nada había cambiado. Se alivió internamente por ello, porque si hubiera tenido que ver a Nott y a Blaise con senos y pollera, no habría podido soportarlo.

Pero por dentro… por dentro, algún espíritu maligno se había introducido y les había cambiado la personalidad. Draco sabía que esa teoría era ridícula, pero no se le ocurría otra cosa que explicara lo que había sucedido. No conocía de ningún hechizo o poción que causara ese cambio tan repentino de personalidad, y no recordaba nada de los libros de magia negra que había leído que le diera una idea del asunto. Quizás habían sido víctimas de niñas despechadas, que habían introducida alguna de esas estúpidas pociones de amor a algo así en sus vasos de jugo de calabazas, y eso era un efecto secundario, algo que había salido mal… O quizás era todo lo contrario, algún enemigo habría querido vengarse mediante un poderoso hechizo de magia negra y ése había sido el resultado.

Negó con la cabeza. Esa teoría podría ser aplicable a Blaise, que se batía a duelo al menos tres veces por semana. Draco tenía noción de incontable cantidad de personas que querrían perjudicarlo. Pero… Theodore Nott era el chico más tranquilo y reservado que él hubiera conocido. No tenía problemas con nadie ni los buscaba. No conocía de nadie que hubiese querido lastimarlo, y estaba seguro de que eso nunca sucedería. Theodore odiaba las peleas.

Por lo pronto, debía bañarse, arreglarse, tomar sus cosas e irse. Actuar con normalidad. Desayunaría y luego iría a la biblioteca. Debía buscar respuestas, y principalmente, soluciones.

- … y ese rizo en particular debe quedar bien pegado al otro, así, ¿lo ves? Y luego… Draco, ¿te encuentras bien?- le preguntó Nott preocupado al ver el estado ausente del joven.

Decidió seguirles la corriente. Lo que menos quería era levantar sospechas y que se dieran cuenta de que él era diferente a ellos. – Todo está bien, es sólo que me duele un poco la cabeza… - se cubrió la mano con la frente para darle más énfasis a su supuesto malestar y Blaise salió corriendo del baño. Theodore se acercó más a él y el apestoso olor de Morgana hizo que sus tripas se retorcieran. El joven examinó su rostro detenidamente, con el ceño fruncido, y extendió la mano para recibir una pequeña botellita de parte de Blaise, quien ahora se apoyaba en el marco de la puerta, tratando de recuperar el aliento. Theodore le tomó la mano y colocó en ella la botella, cuyo contenido era de un color casi transparente, parecido al Veritaserum. A Draco le llamó la atención el enorme anillo de plata con una piedra similar al lapislázuli engarzada en el centro que reposaba en su dedo anular.

- ¿No es perfecto? – comentó al ver que el chico miraba el anillo con detenimiento – Mary me lo regaló cuando cumplimos dos meses – sus ojos comenzaron a brillar por las lágrimas contenidas y Draco se apresuró a arruinar la emotiva escena.

- Y, ¿qué se supone que debo hacer con esto? – preguntó abruptamente señalando la botella.

- ¡Pues bebértelo, tontín! – exclamó Blaise con una risita, y una voz dentro de su cerebro le dijo que quizás esa no sería la única voz de ese tipo que oiría en el día – El dolor de cabeza desaparecerá en un santiamén. Ahora, báñate tranquilo que Theo y yo desocuparemos el baño para ti. Vamos, Theo.

- ¡Pero necesito el espejo! – protestó el aludido con un mohín – Ven, estoy seguro de que a Draco – le lanzó una mirada furtiva en busca de apoyo - no le molestará.

- Pero Draco necesita relajarse – replicó Zabini aceradamente, en un tono que dejaba claro que debía decirle algo sin que Draco los oyera – Vámonos, no necesito un estúpido espejo para peinarte. No por nada te hice ese alisado genial para tu primera cita con Mary, ¿lo recuerdas?

- Oh, fue maravilloso – recordó Theodore con voz soñadora – Pero no voy a contártelo de nuevo, ya hemos hablado muchas veces de esto…

- Vamos, no seas malo. Cuéntamelo, es tan linda su historia de amor… - lo lisonjeó Blaise al joven, tomándolo suavemente por el brazo para llevárselo. Le guiñó un ojo a Draco y éste le agradeció en silencio. Cerró la puerta tras de sí, y se quedó solo.

Suspiró con resignación, y comenzó a quitarse lentamente su ropa de dormir: una remera negra ajustada al cuerpo que dejaba entrever su torso fibroso y marcado, y luego los pantalones del mismo color, que al caer al suelo dieron lugar a sus piernas firmes, blancas. Se revolvió nuevamente el pelo y se miró en el espejo. Unos fríos ojos grises le devolvieron la mirada.

- Todo en su lugar- murmuró quedamente, tocándose el rostro para asegurarse de que todo estaba en su lugar: las cejas, la nariz, los pómulos, los labios… todo como de costumbre. Se preguntó porqué él no había cambiado. ¿Por qué su esencia, su personalidad, seguía siendo la misma?

¿Qué era lo que había pasado?

En la torre de Gryffindor, más concretamente en el dormitorio femenino de séptimo año, Hermione Granger se preguntaba lo mismo en aquel instante.


Abrió los ojos violentamente, respirando de manera entrecortada. Se incorporó, obnubilada por el sueño tan vívido que había tenido, en el que había estado a punto de besar a Draco Malfoy, de sentir sus labios de fuego sobre los de ella… se quitó los molestos mechones de pelo que caían sobre su frente y se encontró con las familiares cortinas de su cama, cerradas. Pestañeó un par de veces para acostumbrarse a la claridad, y acto seguido se destapó, apartando las sábanas de encima de sus piernas. Se arrodilló sobre la cama y se acercó a los pies de ésta para abrir las cortinas de un tirón.

Lo que vio la dejó boquiabierta.

La habitación era un auténtico desorden: la ropa tirada en el piso, junto con los libros y ejemplares de revistas de Quidditch junto un montoncito de algo que Hermione no quería identificar pero que se parecía mucho a ropa interior sucia. Los doseles de las camas estaban corridos, pero no era posible vislumbrar a sus compañeras debido a que estaban enterradas bajo sus frazadas. Un olor pestilente provenía del baño, y el espejo colgado en la pared más próxima a su mesita estaba sucio en los bordes, como si no lo hubieran limpiado en meses.

Una botella de whisky de fuego a medio terminar reposaba en la mesita de Parvati, junto a dos vasos largos.

Las imágenes de lo sucedido la noche anterior se mostraron a toda velocidad en la mente de Hermione: la fiesta, el juego, la tarjeta, el caos… Corrió las cortinas de su cama y se apresuró a cubrirse con la frazada, por encima de la cabeza.

Su respiración se aceleró. ¿Estarían allí afuera las repercusiones del hechizo que había formulado? ¿Serían tan terribles como le habían vaticinado Ginny, Parvati y Lavender? Y lo más importante de todo, ¿qué sería lo que había sucedido?

Pues aquí encerrada tienes pocas oportunidades de averiguarlo, le espetó una vocecita mordaz dentro de su cerebro. ¿Dónde está la valentía de los Gryffindor cuando se la necesita? Menuda niñita miedosa. ¡Sal de aquí ya!

Hermione decidió obedecer a la impertinente voz. Se destapó muy despacio, de la misma manera se incorporó y tomó las cortinas por su unión. Pase lo que pase, se dijo, mantén la calma. Respira.

Descorrió los doseles lentamente, sin hacer ruido, y volvió a encontrarse con el mismo panorama caótico. Se preguntó qué era lo que debía hacer para saber sobre el estado de sus compañeras, pero en ese momento Lavender se incorporó en su cama cual sonámbulo, y la respuesta saltó a la vista.

El rostro de Lavender, todo el tiempo lampiño y sin mácula, estaba cubierto hasta menos de la mitad por barba. Sí, barba. Aquella barba que los chicos solían mostrar luego de dos o tres días de no afeitarse, y que exhibían junto a sus bigotes. Algo que también tenía Lavender. Bigotes y cejas gruesas como las de un hombre lobo. Su cabello, siempre brillante y limpio, se encontraba opaco y descuidado. Y revuelto, sobre todo revuelto. Si había algo de lo que Lavender se jactaba con frecuencia era de levantarse en el pelo perfectamente desenredado y aplacado, algo con lo Hermione no podía ni siquiera soñar y que secretamente envidiaba, cansada de siempre encontrarse con el mismo arbusto impenetrable que era su cabello.

Hermione no terminaba de recuperarse de la sorpresa cuando Lavender soltó el eructo más estruendoso y asqueroso que hubiera oído en su vida. Una risa grave y varonil proveniente de la cama contigua le heló la sangre. ¿Qué era lo que había hecho?

- Buenos días a ti también, Pav. Debo decirte, ése es de los mejorcitos que he escuchado hasta ahora. Deberías mostrárselos a las demás, seguro van a querer meterse sus eructitos de niño en el….

- Buenos días, Hermione. ¿Te ha despertado el canto del hipogrifo, o qué? – indagó Lavender a modo de saludo, con voz decididamente masculina. Hermione comenzó a considerar seriamente la posibilidad de haber enloquecido. – Siempre llegas tarde por quedarte dormida y no desayunas mucho. Supongo que por eso estás tan debilucha – comentó señalando con la cabeza a su figura esbelta y de curvas suaves. – A Parvati y a mí – comenzó, con una sonrisa burlona y apuntándose a sí misma con el dedo índice – nos gusta comer bien, ¿verdad, Pav? – rió.

- A mi chico le gustan las mujeres con carne – declaró Parvati con su voz profunda y rasposa, tomando con ambas manos un rollito en la parte inferior de su vientre y blandiéndolo de un lado a otro con celeridad, como si lo estuviera exhibiendo ante una multitud con orgullo. Se sentó en la cama, frunciendo el ceño; acto seguido se inclinó levemente hacia un costado y soltó una ruidosa flatulencia. Lavender se lo festejó con risas y aplausos y Parvati improvisó una pequeña reverencia.

- Buena pedorreta, Pavsie, pero las de Lovegood son aún más fuertes. Deberías ver cómo…

Hermione perdió el hilo de la conversación en aquel punto, aturdida por un golpe de comprensión y fuertemente impactada por lo que acababa de presenciar.

Cambio de personalidades. Eso era lo que probablemente había ocurrido. La personalidad de las chicas había cambiado y se habían transformado en chicos.

Eso quería decir que si las chicas eran chicos, los chicos ahora eran… No quiso ni siquiera formularlo en su mente. La idea le causaba repulsión y terror. ¿Cómo se suponía que iba a revertir esa situación? Jamás, en siete años de asidua concurrencia a la biblioteca había leído sobre un hecho semejante. Por lo tanto, no conocía ningún hechizo ni pócima que le fuera útil. Quizás, si buscara un poco más a fondo en la Sección Prohibida, pudiera encontrar algo que le sirviera de ayuda… después de todo, el juego no era otra cosa que eso: magia negra. Leve, pero magia negra al fin.

Bueno, se dijo a sí misma observando cómo Lavender se rascaba la peluda axila izquierda con modorra, podría haber sido peor.

Recibió un fuerte golpe con una almohada que la sacó de sus cavilaciones.

Frotándose la zona del golpe con gesto adolorido, apenas prestó atención a lo que Parvati, quien había enviado el golpe, le decía.

-Oye, Hermione, ¿y a ti qué te pasa, eh? ¿Por qué gritaste el nombre de Malfoy?

La chica, muy ocupada contemplando su aspecto, no se molestó en responder. Parvati se encontraba en un estado aún peor que el de Lavender: su pelo largo y enmarañado llegaba hasta debajo de sus hombros y le daba un hilarante aire de hombre de las cavernas, su barba y bigote eran tupidos y estaban sucios, y sus cejas estaban tan crecidas que formaban una sola. No obstante, Hermione notó que, al igual que su amiga, Parvati no tenía acné. Tan concentrada estaba analizándola, que no vio que la almohada de Lavender se dirigía justo hacia su cabeza.

- Despierta, despierta, pequeña soñadora – ironizó Lavender, luego riendo sin vergüenza al ver cómo Hermione despotricaba por el golpe recibido - ¿En quién estabas pensando, Hermione? ¿Acaso… estabas pensando en Malfoy?

- Hermione y Draco sentados bajo un árbol – canturreó Parvati soltando de tanto en tanto pequeños eructos – Se besan, se abrazan, se quieren y se aman, Hermione es una hermosa muchacha y Draco tiene ganas de bajarle la…

- ¡Detente ya, Parvati! – la detuvo Hermione antes de que prosiguiera con su grosera oda – Para su información, NO estaba pensando en Malfoy, así que dejen de molestarme de una vez – mintió tratando de sonar convincente.

Ambas chicas – chico intercambiaron miradas de comprensión, y luego comenzaron a acercarse peligrosamente a Hermione, almohada en mano. Una idéntica sonrisa malévola adornaba sus velludos rostros.

- Sabes, si hay una cosa que no sabes hacer, ésa es precisamente mentir – susurró Lavender con un dejo de suficiencia. Hermione retrocedió hasta chocarse con su propia almohada, a la que colocó rápidamente delante suyo como escudo, y para utilizarla como arma cuando llegara el momento.

- Y Lav – un eructo - …ender y - otro eructo – yo… rayos, creo que bebí demasiado – se excusó Parvati inclinándose hacia delante por el dolor de hígado.

- Sí, yo también lo creo – comentó Lavender sin darle demasiada importancia a la pataleta al hígado de su amiga - En fin, como te decía, querida – volvió a dirigirse a la aterrorizada Hermione – no sabes mentir…

- Y los mentirosos… - Parvati alzó las cejas y amplió su sonrisa macabra.

- Junto a los traidores y a los cobardes… - continuó Lavender con malicia. Las dos habían llegado a la cama de Hermione y se habían parado encima sin mucha delicadeza. Ahora las contemplaba desde las profundidades, con su almohada cubriéndole el pecho.

- Todos ellos…

- Merecen – eructo – el mismo destino…

- ¡GUERRA DE ALMOHADAS!

Hermione gimió.

-------------------------------------------------------------------------------------------

Draco untaba su tostada con la mirada fija en ella, intentando por todos los medios no mirar a su alrededor. Si lo hacía, se decía a sí mismo, iba a volverse loco de una vez por todas.

Bajar a la sala común de Slytherin y querer lanzarse un embrujo desmemorizante a sí mismo fueron uno. Lo peor no eran los chicos (casi se había acostumbrado a ellos), si no las chicas.

Las chicas. Junto a molestar a Potter, la comadreja y la sabelotodo, y molestar a los sangre sucia, las chicas eran hasta ese día lo que él amaba de Hogwarts.

Mujeres de todos los tipos y sabores disponibles para él, a cualquier momento del día. Como locas derritiéndose a sus pies cada vez que él pasaba, muriéndose por salir con él, por acostarse con él, deseando que él las hiciera pasar una noche inolvidable…

Y ahora, se habían convertido en una manada de pequeños Hagrids andando de aquí para allá, comportándose de manera ruda y descortés, mientras los chicos cuchicheaban penosamente a sus espaldas y les hacían caídas de ojos. A lo que las chicas se envalentonaban y alguna que otra se acercaba a hablarles, con esa voz que lo hacía querer irse a vivir al Bosque Prohibido y adoptar el celibato para siempre.

Un aterrador interrogante se abrió paso en su mente.

¿Con quién iba a tener sexo ahora, si las chicas se habían transformado en bolas de pelo caminantes?

Tranquilo, Draco. A no desesperar, se dijo. Aquel mundo al revés no iba a durar para siempre, ¿verdad? Tarde o temprano iba a encontrar una solución, o con mucha suerte, todo aquello se solucionaría de la misma manera que había comenzado: una mañana despertaría y se encontraría con el mismo desorden de siempre, las botellas tiradas… las queridas cosas de siempre.

Además, no era posible que todas las chicas se hubieran transformado. Si él, al parecer, era el único hombre que no había sido afectado por la maldición, entonces debía haber una chica que se hubiese salvado de los pelos largos.

Tenía que haber. Era su única esperanza.

Arriesgándose a llenar su mente con imágenes repulsivas, buscó entre la multitud de barbas y gestos afeminados algún indicio de vida totalmente femenina. Se encontró con las más perturbadoras situaciones: un chico de Ravenclaw le daba de comer a su novia en la boca y le limpiaba la barba con su lengua; más allá una chica de Hufflepuff estaba a punto de pelearse con su compañera mientras el tercero en discordia gimoteaba patéticamente, el maquillaje arruinado por las lágrimas; más cercano a él, en la mesa de Gryffindor, buscó al cabeza rajada y a la comadreja.

Los encontró a ellos, a la comadreja pequeña y a la sangre sucia. Weasley estaba de espaldas a él, pero pudo ver su complicado peinado recogido en una cola de la que afloraban grandes rizos. Al parecer, estaba comentándole algo muy gracioso a Potter, quien llevaba el pelo asombrosamente bien peinado, sombra verde esmeralda en sus párpados y usaba un labial rojo escarlata. A su lado, Weasley menor llevaba el pelo largo y pelirrojo recogido en una cola baja. Se había afeitado y sus modales no eran tan bárbaros como los de las demás chicas. Y a su lado, la sangre sucia estaba… un momento, la sangre sucia estaba igual que siempre. Su cabello rizado, indomable como siempre, le llegaba hasta los hombros. No llevaba maquillaje, y lo más importante de todo, no tenía barba ni bigotes. Barba ni bigotes. Su rostro estaba impoluto y sonrosado. Nada había cambiado en ella, excepto esa mirada de inmenso desconcierto al observar a Weasley detenidamente, investigándolo.

Y entonces Draco lo supo. Reconoció en ella la misma mirada que había tenido él aquella mañana, al ver a Zabini y a Nott, al encontrarse con ese desagradable gentío en la sala común, al ver como aquellas que antes lo saludaban con un fogoso beso en la mejilla ahora lo saludaban golpeándole el hombro y zarandeándolo, y viceversa. Supo que ella era la única mujer de todo Hogwarts, y quiso morir.

- Tenías que ser tú, Granger, maldita sea… - siseó con desprecio y amargura, observándola fijamente, cómo sostenía la cuchara en el aire, a medio camino de su intacto plato de avena. La observó, queriendo, deseando que ella le devolviera la mirada, que le asegurara que había otras, que ella no era la única…

Y de un momento a otro, consiguió lo que quería. Los ojos avellana de la sabelotodo se clavaron en los suyos, y le sostuvo la mirada durante lo que parecieron horas, eternas. Vio su semblante, altivo y desafiante, atravesado por la comprensión, y su expresión se transformó rápidamente en una de decepción, la misma que él sentía al verla a ella. Parecía estar recordando algo importante, algo que tuviera que ver con lo que estaba sucediendo… y con él.

La chica se incorporó y él también. Nadie parecía reparar en el hecho de que los dos se hubieran levantado al mismo tiempo, mirándose fijamente. Esperó unos instantes para romper el contacto visual, a sabiendas de que le sería muy difícil, absorto como estaba en contemplarla. Ella también estaba queriendo hacer lo mismo, pero además parecía querer comunicarle algo… decirle algo, ¿ella sabría algo de lo que estaba pasando?, ¿Tendría algo que ver?

Por lo que leía en sus ojos, sí. Y él también estaba involucrado.

No entendía lo que le quería decir Granger, pero tampoco quiso quedarse a averiguarlo. Un impulso repentino se apoderó de él, y rápidamente se alejó de la mesa de Slytherin, ignorando los grititos de Blaise clamando que no se había terminado su desayuno y que le podía dar migraña otra vez, y los rugidos de Pansy y de Millicent preguntándole si no iba a terminar de comerse sus tostadas.

Necesitaba alejarse de allí antes de que la sangre sucia lo encontrara y lo importunara pidiéndole su ayuda.

¿Porque eso es lo que iba a hacer, no? Tenía el oscuro presentimiento de que, de alguna forma, él y ella estaban metidos en ese problema.

Juntos.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------

- Hermione, ¿por qué no me dices de una vez qué es lo que tengo en la cara, que tanto me estás mirando? ¿Acaso tengo monos?

Todos le festejaron la gracia, a lo cual respondió con una voz fina asombrosamente parecida a la de su novia. Hermione se abstuvo de contestarle que no. Que no tenía monos, pero que estaba más pintado que una puerta. El maquillaje de Ron se encontraba en la gama de los azules; rímel celeste pata sus pestañas cortas, distintos tonos para los párpados y labial con un leve brillo azulado. No llevaba polvo, por lo que sus pecas hacían un gracioso contraste con el maquillaje que se había puesto. A su lado, Lavender no paraba de dirigirle miradas libidinosas y de susurrarle cosas al oído que hacía que sus orejas se pusieran coloradas.

- ¿O te gusta mi maquillaje, acaso? Es de una nueva colección, Lav- Lav me lo regaló por nuestro aniversario – explicó con una sonrisa almibarada, acariciándole el grasiento pelo a Lavender.

- El mío me lo regaló Ginny por mi cumpleaños – Harry se encontraba más discretamente maquillado que Ron: una tenue sombra verde esmeralda sobre sus ojos, rímel común y un poco de polvo sobre sus mejillas. Lo único que estropeaba un poco el efecto era ese horrendo labial rojo que se había puesto; Hermione sospechaba que sólo lo había hecho para no herir los sentimientos de Neville, quien se lo había prestado aquella mañana y que llevaba accesorios muy parecidos a los de su abuela.

Desvió la mirada de las parejas sentadas a su lado y se dedicó a mirar la nuca de un chico de Ravenclaw que usaba un grueso y antiguo collar de perlas, pensando…

Si antes cuando eran normales, eran románticos, ahora se habían puesto diez veces peor. Todo el colegio había entrado en una especie de ebullición hormonal. Las chicas acercándose como pirañas a los chicos, quienes iban siempre en grupitos de un lado a otro, riéndose como idiotas y susurrándoles cosas a las chicas al pasar. Por lo menos eso era lo que ella había visto en la sala común de Gryffindor.

Eso, y la imagen de sus dos amigos maquillados y perfumados esperándola al pie de la escalera.

Sabía que podría llegar a encontrarse con algo parecido, pero de todas formas la impresión fue demasiado fuerte. Tanto, que casi estuvo a punto de desmayarse al oír la voz pequeña y melodiosa de Harry reclamándole por haber llegado tarde, y la voz cantarina de Ron riéndose de su cara de desconcierto. Amenazaron con llevarla a la enfermería pero ella se negó rotundamente. Si la señora Pomfrey llegaba a ver los moretones que le había dejado la guerra de almohadas, la dejaría internada durante tres días.

Y ella no podía perder tiempo. Para nada. Después del desayuno se iría corriendo a la biblioteca, a buscar en todos los libros hasta que hubiese llegado a la solución. Porque si no lo hacía, corría la posibilidad de que todos se quedaran así para siempre. Y ella no podía permitir eso. Por su salud mental, no lo haría.

La tarjeta "Hechizo" descansaba en su bolsillo, inerte. Hermione la había leído y releído miles de veces, intentando analizarla, sacar conclusiones, pero todo había sido en vano. Lo único que había podido sacar en limpio era lo del "rubio camarada"

Lo que la llevaba al sueño de Malfoy. Mientras se bañaba, había discutido consigo misma, diciéndose que el sueño nada tenía que ver con lo que decía la estúpida tarjeta, y que por lo tanto no era de Malfoy de quien hablaba.

Sin embargo, desde otro punto de vista, todo encajaba bastante bien. Teoría tras teoría surgían en su mente, todas para ocultar el hecho de que el sueño, a pesar de su protagonista, le había gustado. Le había gustado mucho.

Buscó inconscientemente con la mirada a Malfoy, riéndose para sus adentros al imaginarse cómo sería maquillado.

No tuvo que girar su cabeza más de diez centímetros para encontrárselo.

Y lo maldijo. Lo maldijo por estar igual que siempre, igual de guapo que siempre, más atractivo que nunca aquella mañana. Lo odió nada más verlo, porque apenas posó sus ojos en los grises de él, supo que él tampoco había caído en las redes del juego. Él, al igual que ella, estaba solo en ese mundo de gente desconocida y… peluda.

Y tras un largo momento de observación mutua, en la que ella se perdió en sus ojos grises, profundos como un abismo, aterradores, fascinantes, recordó su sueño. Recordó cómo había estado a punto de besarlo, de sentir su calor abrasador en sus labios. Recordó cómo lo había sentido, cómo lo había deseado, con una sed irreal, propia del mundo onírico en el que se encontraba en aquel momento…

Y sin apartar la vista ni un segundo, lo comprendió. Comprendió que el rubio camarada del cual la tarjeta hablaba era nada más ni nada menos que Draco Malfoy, el rubio oxigenado, prepotente y narcisista que la había hostigado durante siete años. Supo, muy a su pesar, que él era el único que podría ayudarla.

Y al notar cómo él rompía el contacto visual y se iba abruptamente, comprendió también que no sería fácil hacer que él la ayudara.

Maldición. Además del gran problema de volver todo a la normalidad, ahora tenía que encontrar a Malfoy.


Se perdió por los pasillos de Hogwarts que conducían a las mazmorras, confiado en que la sangre sucia no lo encontraría allí. Los Gryffindor no osaban ni poner un pie en territorio Slytherin, y viceversa. Sólo cuando era estrictamente necesario.

Mas grande fue su sorpresa al descubrir, en un recodo, a la sangre sucia, obviamente agotada por el enorme esfuerzo que implicaba seguir sus pasos. Se dio vuelta para seguir huyendo, pero una pequeña mano se cerró en torno a su muñeca, impidiéndole el escape.

Volteó nuevamente para quedar frente a ella, asombrado y asqueado a partes iguales.

¿Cómo te atreves a tocarme, sangre sucia? – le siseó con su mejor voz ponzoñosa. La sabelotodo no se dejó amedrentar, a pesar de que logró deshacerse de su contacto.

Escucha, Malfoy – replicó con frialdad – tú no me agradas, yo no te agrado. Eso lo sabemos desde que teníamos once años, y no va a cambiar nunca, ¿está claro? – Draco asintió, inmovilizado por la poderosa mirada de la chica aunque no lo demostrara – Pues bien, no sé si lo has notado pero hoy todo el mundo se levantó un poquito…

Diferente, lo sé – completó la frase. Recordó a Pansy con su barba kilométrica y un escalofrío le recorrió la espalda – Maldita sea que lo sé. Pero también sé – adoptó nuevamente su clásico tono de desdén – que has venido a pedirme ayuda – la joven abrió la boca para hablar pero él la detuvo volviendo a juntar sus labios – aunque no sé por qué – concluyó con un leve dejo de extrañeza en su voz.

Déjame explicarte por qué. Hay una especie de… - Draco volvió a interrumpirla, y se deleitó al notar que la chica estaba empezando a enfadarse seriamente – No te he pedido explicaciones, Granger. Y mi respuesta es no. No voy a ayudarte a resolver nada, puesto que por la forma en que me miraste – otro escalofrío recorrió su espalda, pero éste no era en nada parecido al anterior – sé que tú tienes parte de culpa en todo esto, sino toda la culpa. Tú nos metiste en esto, tú lo arreglas. Buenos días.

Dio media vuelta para seguir caminando, pero la pequeña mano lo detuvo otra vez.

Por eso necesito que me ayudes, Malfoy. ¿Crees que me gusta venir a rogarte? – Draco percibió el tono de amargura en la voz de la chica - ¿Crees que me gusta? Pues no. Hubiera elegido a cualquier otra persona en el mundo menos a ti – le escupió con desprecio – Pero debes ser tú. Está escrito que debes ser tú – su voz se quebró y Draco se preguntó que quería decir con eso. – Pero, ¿sabes qué? Olvídalo. No me ayudes. No lo hagas. Yo trataré de resolverlo como pueda, y si no lo consigo, te quedarás con un ejército de barbudas piojosas persiguiéndote a todos lados por el resto de tu patética y miserable vida. Buenos días.


Hermione rompió a llorar amargamente en cuanto se alejó lo suficiente de Malfoy. Se había rebajado al hecho de ir ante él a pedirle ayuda, a pedirle por favor que la ayudara. Pero él ni siquiera la había dejado formular la pregunta. Simplemente se había negado. Así de sencillo.

Ella, que había tenido que tragarse su orgullo, que había tenido que prácticamente suplicarle, que había estado a punto de desmoronarse frente a él, lo resolvería sola.

Sola. Hacía los deberes sola, estudiaba sola. Podía con todo sola. No necesitaba de ese mal nacido para arreglárselas. Era perfectamente capaz de sacar a Hogwarts de aquel problema sin necesitar del imbécil de Malfoy.

Adiós, rubio camarada.

Se secó las lágrimas con la manga de la túnica. Tratando de calmarse, pensó detenidamente en los lugares en los que buscaría información. La biblioteca, primera parada. Y luego, por supuesto, tendría que buscar el dichoso ó porque aún se encontrara en la habitación.

Se encaminó con rumbo decidido, la frente en alto. No había dado ni dos pasos cuando una mano fuerte y suave la tomó de la muñeca bruscamente, obligándola a voltearse.

- Dime qué demonios es lo que sucede aquí y cómo quieres que te ayude, antes de que cambie de opinión.


Bueno, espero que les haya gustado. Críticas, sugerencias, lo que quieran. Todo será bien recibido!

Si te gustó, dejame un review. Si no, también :D

Gracias por leer!

Elianela