Acá va otro capítulo. Espero que les guste, y me temo que la historia se va a alargar un poquito más de lo previsto, quizás un capítulo o dos.

¡Ahora sí, los agradecimientos! MILLONES DE GRACIAS A: tatty1, Shashira, Shiva Weasley, istharneko, beautifly92, Little Granger, Anna Granger 69, Edna Black, maring, LilithTey, andyts y silviota. Gracias por el apoyo recibido, sus reviews me motivan a seguir escribiendo y me divierto mucho con ellos xD

Sin más preámbulos, el chap!

Elianela


Capítulo III: Juego de niñas

Hermione, impactada por el fulgor de los ojos grises de Malfoy, no oyó que el muchacho la estaba llamando. Draco perdió la paciencia rápidamente, y aprovechando que todavía tenía su muñeca aprisionada, la zarandeó bruscamente varias veces. A la quinta sacudida, Hermione reaccionó.

- Por fin te has dignado a regresar de donde quiera que estabas, Granger – se burló Draco, levemente turbado por la mirada de la chica aún clavada en la suya.

- ¿En serio quieres ayudarme? – le preguntó Hermione en voz baja, todavía aturdida.

-¿Es la única alternativa, verdad? – la voz del joven sonó resignada. Hermione asintió severamente. – Entonces vamos a terminar con esto pronto. No quiero que las dos únicas personas que puedo llegar a considerar mis amigos se queden maquillados y afeminados para siempre. Y lo más importante… - hizo una pausa - mi activa vida sexual corre grave peligro. Es vital que las chicas vuelvan a ser… chicas.

Hermione rodó los ojos, sin dar crédito a las palabras de Malfoy. ¿Es que el sexo era lo más importante en su vida? Un oscuro y vengativo pensamiento se apoderó de ella, y por un momento deseó que las chicas de Hogwarts conservaran sus largas barbas para siempre, pero luego recordó a sus amigos y se arrepintió de ello. Debía hacerlo, se dijo a sí misma. Debía soportar a Malfoy por ellos, por las personas que más quería en el mundo.

Draco hizo caso omiso del gesto de hastío de la chica y prosiguió. – Y bien, ¿vas a decirme qué rayos es lo que hiciste para que esto sucediera, sabelot… - Hermione lo interrumpió a mitad de la pregunta con semblante adusto. - ¿Qué sucede ahora?

- Si vas a ayudarme, hay ciertas… normas de convivencia que debemos establecer – le aclaró, con voz grave y solemne.

-Olvídalo Granger, no voy a acostarme contigo. Que seas la única mujer en Hogwarts no quiere decir que vaya a tocarte… - se detuvo al ver la pétrea mirada de la chica.

- Eso no era lo que iba a decir, idiota – replicó fríamente. – No me acostaría contigo ni aunque me pagaran un millón de Galleons. Apuesto a que no eres tan bueno en la cama como dicen… - le sonrió sarcástica. Malfoy, lejos de sulfurarse, se acercó a ella interesado.

-¿En serio dicen que soy bueno en la cama? ¡Dime quién! – le pidió en un exasperante tono a medias divertido y jactancioso. Las mejillas de Hermione se tornaron de color rojo y Draco se puso aún más contento al ver el creciente enojo de la chica. Debió admitir que le encantaba sacarla de sus casillas.

-¡Ese no es el punto, Malfoy! En primer lugar, si vamos a pasar tiempo juntos – trató de imprimirle la máxima repulsión a sus palabras – debes dejar de llamarme por tus estúpidos apodos…

-¿Cuáles apodos? – preguntó Draco con fingida inocencia – Porque tengo muchos; sabelotodo, ratón de biblioteca, sangre sucia, cabeza de arbusto…

- Precisamente esos apodos son de los que estoy hablando, hurón impotente – lo picó Hermione. Una expresión parecida al asombro cruzó fugazmente el rostro de Draco, que adoptó rápidamente su mejor mueca símil sonrisa.

- Puedo asegurarte, Granger… – le susurró acercándose apenas unos centímetros a ella. Hermione hizo un esfuerzo sobrehumano para no transportarse a su sueño. Es Malfoy, trató de convencerse a sí misma. Sólo Malfoy. Recuerda, le diste tremenda golpiza en tercer año. Es un pobre idiota… - que no soy impotente. Y si quieres comprobarlo tú misma… - la provocó, algo molesto al notar la resistencia de la joven ante su acoso. Hermione volvió a establecer la distancia anterior entre ellos, con una sonrisa de triunfo en sus labios.

- Gracias por el ofrecimiento, Malfoy, pero paso. Necesitaría de un hechizo de ampliación para… - le lanzó una desinteresada mirada de la cintura para abajo y Draco se irritó sobremanera. ¿Quién se creía que era? Frunció el ceño. Ahora el que estaba molesto era él. –… confirmar mis sospechas – remató con sorna. – No necesito de tus servicios. Estoy muy bien atendida, creéme. – añadió para luego girarse con dignidad y seguir caminando con la barbilla en alto.

La misma expresión de azoramiento se dibujó en los rostros de ambos. Ninguno daba crédito a lo que acababa de escuchar. Hermione cerró los ojos con fuerza y se cubrió la boca con las manos. Se había atrevido a decir algo así, ¡y enfrente del inepto de Malfoy, la última persona a la que le diría semejante cosa! Oyó los pasos del joven, acercándose a su lado, y supo que Malfoy estaba preparando una réplica en grande.

Abrió los ojos para encontrarse con el familiar brillo de superioridad y burla en los ojos del chico. Dispuesta a ignorarlo, colocó tapones invisibles en sus oídos y siguió la marcha. Draco no tardó en colocarse a su altura para seguirle el ritmo.

- Vaya, vaya, vaya – dijo en voz baja, observándola como si fuera la primera vez que lo hacía - ¿Quién lo hubiera dicho? Tú, bien atendida… - la citó divertido. Era evidente que la estaba pasando en grande, y Hermione comenzó a contar para sus adentros. Uno, dos, tres – Y dime, Granger, ¿quién posee el dudoso honor de atenderte? – cuatro, cinco, seis - ¿Acaso es la comadreja? – siete, ocho, nueve… - ¿O es San Potter? – diez, once, doce, trece - ¿O acaso hacen un trío? No, no me lo digas; no podría soportarlo. Tendría pesadillas por el resto de mi… - catorce, quince, ¡DIECISEÍS!

Draco detuvo su molesta perorata para encontrarse con una iracunda Hermione Granger plantada frente a él, con los labios apretados y las cejas tan fruncidas que pensó que le llegarían a la punta de la nariz. Se apartó, sobresaltado por la repentina aparición, pero la chica lo tomó fuertemente por la pechera de la túnica y acercó su rostro al suyo, tan cerca que Draco pudo ver los destellos dorados esparcidos por sus ojos avellana, y descubrir que sus mejillas se encontraban salpicadas por pequeñas y ¿adorables? pecas.

Esperen un segundo. ¿Adorables? ¿ADORABLES? ¿En verdad pensé eso? Por Merlín, es Granger, la hermafrodita y asexuada Granger, ¡en qué estoy pensando!

- Regla número uno: no más apodos. Regla número dos – lo zarandeó para traerlo de vuelta a la realidad; Malfoy se había abstraído observándola, contemplándola. Al notarlo, Hermione aflojó levemente la presión sobre sus manos, turbada. Draco despertó. – Regla número dos: no nos insultaremos ni pelearemos por estupideces. Regla número tres: cada uno respetará las decisiones del otro y aceptará sus sugerencias sin chistar. ¡Sin chistar! – reiteró, al ver que el chico abría la boca para replicar - Regla número cuatro: declaramos tregua durante el tiempo que tengamos que emplear para resolver esto. Luego de que todo haya vuelto a ser como antes, también lo haremos nosotros. ¿Entendido?

Draco, quien parecía complacido por esta última regla en particular, asintió en señal de aceptación. No le agradaba para nada el hecho de tener que pasar tiempo con Granger, y menos ahora que había descubierto que sus pecas le parecían adorables. Meneó la cabeza, incrédulo, y Hermione interpretó el gesto de otra manera.

- ¿Algún problema, Malfoy? ¿Estás en desacuerdo con alguna de las normas? –inquirió desafiante.

- No, Granger, no hay ningún problema. Estoy de acuerdo con todas y cada una de tus estúpidas reglas – respondió arrastrando las palabras. Hermione sonrió satisfecha. Ambos retomaron la caminata por el desierto corredor en silencio durante unos minutos, sin saber bien qué decir. Nunca habían estado tanto tiempo juntos sin insultarse, y cualquier palabra que se dirigieran el uno al otro sonaría a incomodidad. Después de todo, era imposible que dos personas que habían pasado siete años odiándose con punzante intensidad mantuvieran una conversación civilizada así como así. Pero de repente Draco recordó una cuestión muy importante que disolvió la timidez del momento.

- ¿Granger? – preguntó casi en un susurro - ¿Vas a dignarte a decirme qué sucedió? ¿Qué demonios fue lo que hiciste?

Hermione tragó saliva. No sería sencillo explicarle a Malfoy que el colegio se hallaba en proceso de revolución por culpa de un juego de adolescentes, y que ella era la directa responsable. Inconscientemente, metió la mano en el bolsillo de su túnica, donde su varita se hallaba junto a la tarjeta. Aferró la vara con seguridad; si Malfoy intentaba atacarla ella podría defenderse dignamente. No por nada era la alumna más inteligente de Hogwarts.

Sacó la tarjeta del bolsillo, la releyó aún sabiendo que no podría sonsacarle nada más, y sin articular palabra se la entregó al muchacho. Draco la recibió con mucho cuidado de no tocar la mano de la chica, extrañado. ¿Y ahora qué? Leyó la tarjeta rápidamente y su entrecejo se frunció todavía más. Aquellas palabras no tenían ningún significado para él, y sin embargo al intentar devolvérsela a Hermione ella negó con la cabeza, haciéndole una seña con la mano para que volviera a leerla.

Draco se encogió de hombros y dejó que nuevamente las palabras bailaran delante de sus ojos.

Hermione vio como el chico se detenía al llegar a la parte a la que ella esperaba que llegara, y no se sorprendió al ver cómo volvía a mirarla, pidiéndole con los ojos una explicación. Suspiró, abatida.

- Es por eso que te pedí que me ayudaras – se limitó a responder. Draco aún se encontraba perdido. No tardó en relacionar aquello del "rubio camarada" con la petición de la chica, eso era más que obvio, pero, ¿y el resto?

Acababan de doblar una esquina y se encontraron con un pasillo en el que había varias puertas. Hermione se detuvo frente a la más próxima, giró lentamente el picaporte y ésta se abrió, revelando un aula sucia y descuidada. Por su aspecto, parecía que ningún estudiante había puesto un pie en ella en años. Los pupitres, la mayoría de ellos rotos, se amontonaban en un rincón junto con las sillas. El suelo se hallaba diseminado de pelotitas de papel, seguramente obra de Peeves, y en el pizarrón se leía una sola palabra: Tarea.

Hermione le lanzó una mirada irónica al pizarrón antes de volverse hacia Draco, quien observaba reticente el lugar, como si no creyera que realmente fueran a entrar allí. La chica miró fugazmente a ambos lados del corredor, asegurándose de que nadie aparecería por aquellos lares. Se internó en el salón y le hizo un gesto con la mano a Draco, indicándole que la siguiera. El joven enarcó una ceja con altivez.

Ni lo sueñes, Granger. Es repugnante.

¿Quieres enterarte de todo o no? – le espetó.

Draco bufó antes de cerrar la puerta tras de sí.

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- Así que eso es lo que sucedió.

Hermione agradeció a los cielos el que Malfoy se lo estuviera tomando tan bien. Por supuesto, había gritado, insultado a Lavender y a Parvati y había amagado con agredirla verbalmente a ella también, pero Hermione le recordó no muy amablemente la primera regla del pacto y Malfoy tuvo que morderse la lengua. Había proferido mil clases de maldiciones y había pateado la silla que Hermione le había ofrecido para sentarse en reiteradas ocasiones, pero al final parecía haberse apaciguado un poco. Hermione detectó un cierto tono de furia contenida en su voz, como si estuviera a punto de estallar otra vez, por lo que se apresuró a cambiar de tema.

-Bueno, ¿por dónde propones que comencemos? – le ofreció una sonrisa conciliadora.

-¿Qué tal si matamos a Brown y a Patil, las despedazamos y las arrojamos al lago para que sirvan de alimento del calamar gigante? Después podemos continuar por donde tú quieras – respondió exhibiendo una sonrisa sádica. Hermione suspiró. Al diablo la conciliación.

- No, sería bastante desagradable y vomitaríamos sobre los cuerpos – comentó en un tono despreocupado que hizo que Malfoy esbozara una imitación de sonrisa. Ella no pudo evitar corresponderle. Draco se masajeó las sienes durante unos instantes, pensativo, y tomó una gran bocanada de aire antes de hablar.

- Bien… propongo que para comenzar, encontremos el maldito juego y veamos si nos sirve de algo – Hermione asintió, de acuerdo con la proposición.- Si no nos sirve de nada, lo quemamos – La chica rió y los oídos de Draco se llenaron de la risa fresca y cristalina de la chica. Eso se sintió extrañamente bien. – Luego, vayamos a la biblioteca y busquemos algo que nos sirva, aunque dudo que lo encontremos.

- Vaya, eso era justo lo que yo tenía en mente – admitió Hermione, compartiendo la misma sensación de extrañeza que él. – Aunque, para serte franca, tenía mis serias dudas acerca de la biblioteca; no creí que quisieras acompañarme y menos que fuera iniciativa tuya – confesó sorprendida.

- Pues ya lo ves, Hermione, soy una caja de sorpresas – declaró en tono de broma. Captó la expresión de desconcierto de la chica y comprendió la estupidez que había hecho.

La había llamado por su nombre. Se había dejado llevar por la reciente cordialidad que se había establecido entre ellos y la había llamado por su nombre. Y lo más triste era que se sentía mejor al llamarla por su nombre que por su apellido. Mucho mejor. El nombre se sentía cálido en sus labios, cómodo.

Apartó esa idea de su mente rápidamente, retándose a sí mismo por el exceso de confianza y asegurándose de no volver a cometer el mismo error en el futuro. Aclaró su voz antes de volver a dirigirse a Hermio… a Granger, quien parecía encontrarse en una especie de limbo, su semblante surcado por la conmoción.

Chasqueó los dedos y la joven salió del trance abruptamente.

- Bien, Granger – carraspeó, tratando de pronunciar el apellido con la mayor indiferencia posible - ¿tú qué propones?

- Creo que lo mejor será que busque el juego en mi habitación, para empezar. Es el último lugar en donde lo vi, roguemos a Merlín y a los cielos que se encuentre allí, de lo contrario… - se detuvo, alarmada por la conclusión a la que había llegado.

- ¿De lo contrario qué? – el tono de voz de Hermione no le gustó para nada.

-Podría estar en cualquier lugar de Hogwarts, y tardaríamos años para encontrarlo. – finalizó, desesperanzada.

Draco tragó saliva. Supo que Hermione estaba pensando en lo mismo que él: si no lograban encontrarlo ese mismo día y no revertían el hechizo, lo más probable era que todos conservaran su aspecto de forma indefinida. Evitó pensar en eso; tendrían que encontrar una solución y pronto. Intuyó que sólo tendrían hasta la medianoche para resolver el asunto, y lamentablemente, se encontraba en lo cierto, aunque no podría saberlo en aquel momento.

- Tú ve a tu habitación y busca la caja; yo iré a la biblioteca a ver que puedo encontrar. Nos vemos allí en media hora.

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¡Demonios! ¿Dónde se encontraba la maldita caja? Recordaba haberla visto por última vez junto a uno de los postes de la cama de Parvati, pero el desorden de ropa era tal que tendría que hacer un hoyo con una pala para desenterrarla. Se arremangó la túnica, decidida, y comenzó a buscar.

Los elfos habían ordenado las camas, como de costumbre, pero era evidente que no habían querido meter sus manos diminutas en aquel asqueroso menjunje de botellas, ropa sucia y demás basura. Hermione se pregunto cómo habrían podido refrenar su hacendosa voluntad y supuso que el hediondo aroma los había inutilizado, pero aquél no era el momento para detenerse a sacar conclusiones; debía encontrar el juego y pronto. Confió en que Malfoy estuviera haciendo su parte del trabajo y no holgazaneando como hacía en las contadas ocasiones en las que visitaba la biblioteca. Todavía se encontraba sorprendida por el hecho de que le hubiera propuesto ir allí.

En realidad, estaba sorprendida porque la había llamado por su nombre, pero eso era algo que jamás se admitiría a sí misma. Ni en un millón de años.

Se colocó boca abajo sobre el suelo, con la intención de revisar debajo de las camas, pero el olor a putrefacción terminaría por asfixiarla, con lo que volvió a incorporarse. Agitó su varita en un movimiento grácil, y su perfume preferido inundó el ambiente.

- Ahora está mejor – se dijo a sí misma en voz alta. Volvió a acostarse en el suelo, apoyándose sobre la polvorienta superficie, pero fue inútil. Lo único que encontró debajo de la cama de Parvati fueron botellas, botellas y más botellas. Lo que sin duda explica los eructos, pensó. En cuanto a la cama de Lavender, había revistas de Quidditch, botellas, corpiños mugrientos y pergaminos viejos. Revisó los cajones de las mesitas, pero sólo contenían objetos de escaso valor. Se llevó una sorpresa bastante desagradable al encontrar revistas con chicos ligeros de ropa debajo del colchón de Lavender, pero una vez que se atrevió a tocarlas, ya no le parecieron tan asquerosas. De hecho, estaba entreteniéndose bastante con una foto en particular de un rubio despampanante, que llevaba como único atuendo un sombrero negro en punta igual al del uniforme y le sonreía descaradamente desde la fotografía, posando de manera seductora y meneándose ligeramente para llamar su atención.

- Gary Stu… guau – murmuró con una sonrisa pícara. Alzó una ceja y volvió a observar detenidamente el torso trabajado del hombre, pero otra vez la severa vocecita hizo irrupción en su mente.

¡HERMIONE! ¿Qué se supone que estás haciendo? Distrayéndote, mirando fotografías de hombres desnudos mientras el pobre de Malfoy busca la manera de salir de esto. ¡Qué vergüenza! ¿Dónde quedaron tus valores, tu ética, tu moral?

Cerró la revista de golpe, avergonzada y sonrojada a partes iguales. Se abanicó durante unos instantes con la revista doblada a la mitad; acto seguido se dirigió hacia su mesita y la guardó cuidadosamente en el cajón, segura de que ese sería el último lugar que Lavender registraría en caso de buscarla. Se tomó un minuto para sosegarse y luego, continuó con la búsqueda, con un tenue rubor en sus mejillas al acordarse de Gary Stu.

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Draco recorrió los pasillos de la Sección Prohibida con su típico andar lánguido y despreocupado que arrancaba más de un suspiro. Agradeció que a esas horas la biblioteca estuviese vacía, puesto que todos estaban en sus respectivas clases. Se preguntó si los profesores estaban expuestos a los efectos del hechizo, y ahuyentando la imagen de Severus con voz de mujer, recordó divertido que la sabelotodo no había mencionado nada sobre el hecho de perderse las clases del día. Supuso que estaba más interesada por la suerte de sus amigos que por ella, y debió confesar que a él tampoco le importaba faltar a clase en lo más mínimo.

Se obligó a prestar atención a los lomos de los libros amontonados prolijamente en los estantes. Observó detenidamente estante por estante, en busca de algún indicio, algún nombre relacionado con los que Granger le había dado. Continuó buscando durante un buen rato, hasta que por fin, algo en el anteúltimo estante llamó su atención. Estiró la mano para alcanzar el libro, y lo tomó sin dificultad. Se dirigió a la mesa más próxima, apoyó el libro suavemente sobre ella y tomó asiento elegantemente. Se cruzó de brazos y se dispuso a contemplar el pequeño ejemplar, distante.

Había visto y leído muchísimos libros de magia negra, pero ninguno como aquél. Las tapas eran de un negro perfecto, uniforme, y parecían desgastadas en las esquinas, como si hubiera recibido muchos golpes. Los grabados eran simplemente grotescos: había esfinges rugiendo amenazantes, hipogrifos feroces, horrendas criaturas parecidas a los Inferi y por sobre todo, rostros. Rostros humanos que expresaban agonía, ira, sufrimiento, tortura, horror. Espeluznantes rostros.

Draco acercó una mano y acarició la contratapa con cautela, como si esperara que de un momento a otro uno de los hipogrifos le mordiera los dedos, pero nada sucedió. Lo abrió despacio, dispuesto a investigarlo, y lo que encontró fue aún más repugnante. Las consecuencias de escoger la tarjeta "Hechizo" iban desde cambios en el color del pelo hasta muerte súbita, y las posibilidades de revertirlos eran, en su mayoría, casi nulas. Pronto encontró un pequeño apartado referido al hechizo de Hermione en particular. Constaba de dos párrafos y una ilustración en la que una niña se miraba al espejo y éste le devolvía la imagen de un niño con el ceño fruncido. Leyó rápidamente lo que rezaba el texto, y sintió como si hubiera desayunado excremento de dragón.

- Definitivamente, hoy no es mi día.


Hermione entró a la biblioteca agitada y ruborizada, con un bulto prominente debajo de su túnica que le daba el aspecto de estar embarazada de varios meses. Afortunadamente, Madame Pince no se encontraba allí, así que se dirigió a la Sección Prohibida sin temor a ser vista. La mesa en la que Malfoy se encontraba era la más alejada y oculta de todas, por lo que no tendrían problemas.

Al llegar a donde el joven se encontraba, Hermione se extrañó de su postura corporal; parecía querer alejarse la mayor distancia posible de la mesa, como si ésta tuviera un campo de fuerza. Encontró la razón rápidamente, cuando su mirada se posó sobre el librito que reposaba inofensivo encima de la mesa. Se alivió en su fuero interno; al menos Malfoy no había papado moscas como ella creía.

Draco observó con interés cómo Hermione se quitaba la túnica, dejando ver su figura delgada y graciosa, con sus curvas ondulantes y sus piernas torneadas asomando por debajo de la pollera. La devoró de arriba a abajo con la mirada, aprovechando que la chica luchaba para quitarse la túnica de la cabeza, y no pudo evitar soltar:

- No estás nada mal, Granger… - en un tono cargado de lascivia, sonriendo de medio lado y con un brillo felino en sus orbes grises.

- ¿Qué dijiste, Malfoy? - quiso saber Hermione, quien por fin se había librado de la túnica y la había dejado hecha una masa deforme en el suelo.

- Que menos mal que encontraste esa estúpida caja, si venías con las manos vacías iba a ser humillante para ti – se burló. Hermione farfulló palabras ininteligibles y depositó el bulto sobre la mesa con extremo cuidado. Se apartó con celeridad los rizos que le obstruían la visión y procedió a quitarle el envoltorio a la caja. Desató los nudos que había hecho con las mangas de la camiseta de Lavender, que olía a cebolla, y arrojó la prenda al suelo arrugando la nariz, gesto que repitió Draco. Había camuflado la caja con la camiseta de Lavender y otras dos de Parvati; por último le había echado su ropa de dormir encima y luego se había escabullido silenciosamente de la sala común, tratando de que nadie la viera por los pasillos actuando de manera tan particular. Había tenido un encontronazo con Seamus Finnigan, pero éste no había dado muestras de reconocerla, tan ocupado como estaba en volver a colocarse las pestañas y las uñas postizas al mismo tiempo.

Draco imitó a la joven y tiró las camisetas de Parvati al suelo, manchadas de sudor en la zona de las axilas. Sin embargo, tomó los pantaloncitos cortos y la remera sin mangas que Hermione removió a lo último, y los examinó. Eran las primeras prendas de mujer limpias que veía en mucho tiempo. Además, olían espectacularmente bien. Acercó la remera a sus fosas nasales y comprobó que era sándalo, su fragancia favorita, mezclado con otro aroma frutal que era igual de delicioso. Hermione vislumbró a Malfoy hundiendo su refinada nariz en su ropa de dormir, y se la arrancó bruscamente de las manos.

- ¿Eso es tuyo, Granger? ¿Es tu ropa?

- Sí, es mi ropa. ¿Algún problema? – respondió Hermione a la defensiva. Malfoy mantuvo una expresión que no supo cómo descifrar.

- Ninguno, excepto que huele a san… Está bien, está bien, haz de cuenta que no iba a decir nada – levantó las manos a la altura de los hombros en un gesto de rendición al ver la mirada amenazante de la muchacha. Mientras ella abría la caja y le explicaba qué función cumplían las tarjetas y la varita, él se limitó a observarla en silencio, sin prestar atención a lo que decía.

Había sido un momento de debilidad. Nada más. El hecho de que Granger era la única chica que quedaba en Hogwarts estaba empezando a hacer mella en su inconsciente, seguramente. De otro modo, ¿cómo explicaba el hecho de que hacía unos instantes la había encontrado atractiva? ¿Cómo explicaba el haberse zambullido en sus prendas suaves y perfumadas y haberse sentido en las nubes?

Esa sensación no tenía explicación racional alguna. Draco se consoló a sí mismo con la idea de que su abstinencia femenina le estaba produciendo alucinaciones, y que ese erróneo momento de confusión no volvería a tener lugar. Después de todo, ella seguía siendo la sangre sucia Granger, y él era el Rey de las serpientes, Draco Malfoy. Eso no cambiaría jamás.

- … y cuando se detiene en una de las pilas, ésa es la tarjeta que… ¿Malfoy, me estás escuchando? – preguntó Hermione ligeramente exasperada

- Sí, Granger, escuché todo – respondió con un dejo de cansancio en su voz.

- Perfecto, ahora déjame ver el libro. ¿Encontraste algo útil?

Draco titubeó. Estaba muy seguro de que la reacción de Granger sería exactamente igual a la suya cuando lo leyera.

- Bueno… - comenzó, mirando fijamente al suelo – he encontrado algo. – cerró los ojos, tomó el libro de la mesa y se lo entregó a Hermione, siempre cuidando de que sus manos no se rozaran – Tú sabrás.

Apoyó sus codos sobre las rodillas y entrelazó los dedos en pose reflexiva, esperando. Hermione volvió a depositar el libro de la mesa y lo abrió con lentitud, pellizcándolo con las puntas de los dedos. Su imagen de éste no había cambiado en absoluto; le seguía produciendo el mismo asco, o incluso más. Pasó las páginas de a una, haciendo caso omiso de la gruesa cinta negra que funcionaba como señalador y que Malfoy había utilizado. Las leyó velozmente, ávida de información, pero sólo encontró reglas y más reglas: cómo utilizar la varita, la cantidad máxima de participantes y la forma correcta de responder las preguntas, entre otras normas. Pronto llegó al pasaje señalado por Draco: una hoja en blanco que funcionaba a modo de índice y que llevaba impresas tan solo dos palabras, una encima de la otra:

Hechizos……………………………………… 45

Reversibilidad……………………………..55

- ¿Diez páginas de hechizos? Qué macabro… - pensó Hermione en voz alta. Draco se limitó a encogerse de hombros, manteniendo su misma postura de meditación.

- Continúa leyendo y verás que no es lo único macabro. ¿Y dices que es tan sólo un juego? – soltó Draco con sorna y un leve dejo de reproche en su voz.

Hermione no respondió. Estaba impactada por lo que sus ojos habían encontrado al cambiar la página. Espantosas transmutaciones, niñas mitad mujer mitad animal; niños con aspecto de desequilibrados que corrían de un lado a otro, con la boca desfigurada en un grito de horror; dos mujeres idénticas una al lado de la otra, una joven y rozagante y la otra vieja y decrépita, a punto de sucumbir ante la muerte.

Hermione no quiso seguir mirando y comenzó a pasar las páginas a la velocidad de la luz, las náuseas gestándose en su estómago. Alcanzó a detenerse ante un párrafo que podría contener información.

Y en efecto, había llegado a la misma sección que Draco había leído con anterioridad. El título, de letras nada parecidas a las ampulosas grabadas en la tapa, decía "Intercambio de esencias" y antecedía a dos breves párrafos junto a una ilustración. Hermione recordó los libros de cocina de su madre, que ella solía investigar cuando era pequeña. Se aclaró la garganta y procedió a leer en voz alta, de modo que Malfoy y ella pudieran oírlo.

- Ya lo he leído – aclaró el joven con voz monocorde y sin levantar la vista del piso.

Hermione, impertérrita, se dispuso a leer.

"El intercambio de esencias es uno de los conjuros más simples y a la vez más complejos de revertir. Su duración, por lo general, es de veinticuatro horas. Este factor depende del individuo que haya formulado el hechizo, y del caudal de esencias a intercambiar. Si el grupo de personas es reducido, la potencia del hechizo disminuirá gradualmente y las esencias volverán al individuo correspondiente por sus propios medios"

"No obstante, si la cantidad de personas bajo los efectos del conjuro es superior a cien… - Hermione tragó saliva y Draco supo que había llegado a la parte preocupante – el proceso de devolución de esencias se torna mucho más complicado, ya que es vital que éstas regresen a sus dueños antes de la medianoche del primer día. De lo contrario, la magia del hechizo tenderá a intensificarse y en los días siguientes, los efectos secundarios se acentuarán hasta tornarse permanentes"

Permanentes.

Hermione sintió como las estanterías y las mesas de la biblioteca giraban vertiginosamente a su alrededor. En cualquier momento se dejaría caer, se dejaría caer al abismo y dejaría a otros solucionar el problema… Malfoy sería el único responsable y ella podría ser feliz, feliz y sin preocuparse por nada…

- Granger, ¿qué te sucede? – inquirió Draco; la voz llegaba a los oídos de Hermione como un eco distante. Apartó una silla y se dejó caer pesadamente. Todo había dejado de girar y había podido recuperar el equilibrio. Hundió la cabeza entre sus rodillas y preguntó en un hilo de voz:

- ¿Qué se supone que debemos hacer ahora?

- Granger… todavía no has llegado a la mejor parte – la voz de Malfoy sonaba divertida y Hermione se preguntó qué era lo gracioso. – Reversibilidad, página 57.

Hermione colocó el libro en su regazo, con manos temblorosas, y buscó la página que el joven le había indicado. Draco observó las manos pequeñas de la chica moverse frenéticamente entre las páginas. Si estaba así de alterada ahora, entonces cómo estaría después de leer…

- Aquí está… - su voz apenas era audible en el silencio de la biblioteca.

"Intercambio de esencias"

Las posibles alternativas al intercambio de esencias son las siguientes:

- Aguardar veinticuatro horas, en pos de que los efectos del conjuro se desvanezcan a medida que transcurre el día. Recordar que esta opción sólo funciona con grupos de reducidos, inferiores a cien personas.

En caso de que los afectados superen esa cantidad, debe aguardar un plazo mínimo de dos años, dentro de los cuales existe una posibilidad de que las esencias, cansadas de habitar en una persona diferente, regresen a sus respectivas moradas. Cabe aclarar que el porcentaje de casos en los que esto ha ocurrido es prácticamente nulo.

- Pócima Liberadora.

¿Pócima Liberadora? ¿Qué demonios era eso? Nunca había oído hablar de ella, ni en "Las pociones más potentes". Trató de requisar su memoria, en un intento de recordar si alguna vez había leído algo sobre ella. Draco pareció adivinar sus intenciones, porque carraspeó sonoramente. Hermione lo miró, agradeciendo que al fin diera muestras de vida.

- La Pócima Liberadora sólo aparece allí, Granger. He buscado en casi todos los libros de pociones de la Sección Prohibida y no he encontrado nada. Así que dudo que tú sepas algo - finalizó con el descortés y arrogante tono Malfoy. Hermione contuvo las ganas de destrozarle su aristocrática cara. Era muy fácil adoptar una pose apática y sentarse con la cola entre las patas a esperar que todo se solucionara. Estúpido e indiferente Malfoy, pensó con rabia.

Inflándose de orgullo, prosiguió con la lectura.

"La Pócima Liberadora es de sencilla y rápida elaboración. Recuerde que debe prepararla dentro de las primeras veinticuatro horas; de lo contrario sus efectos serán inútiles. A continuación se detallan los ingredientes:

- Diez milímetros de fragancia femenina, de cualquier índole.

- Veinte milímetros de fragancia masculina, de cualquier índole.

- Tres gotas de sangre extraídas de una mujer, virgen y soltera.

- Tres gotas de sangre extraídas de un hombre, virgen y soltero.

Por último, un cabello por cada persona afectada. Es decir; si hay diez personas bajo los efectos del conjuro, usted debe extraerles un cabello a cada uno y colocarlos en la preparación.

En cuanto a las instrucciones, debe ayudarse con el juego. Remueva las tarjetas "Hechizo" y manéjese solamente con las de "Reto" y "Verdad"

Advertencia: Al utilizar el juego, éste retomará su actividad, por lo que pueden presentarse pequeños contratiempos.

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- Definitivamente, hoy no es mi día.

- Yo dije exactamente lo mismo, Granger.

- Es más; este día es un firme candidato a ser el peor día de mi vida. De sólo pensar que voy a tener que meter mano en aquellas cabezas piojosas…

El silencio sepulcral de la biblioteca se vio roto por la risa grave y sonora de Draco. Hermione sonrió ampliamente. Era la primera vez que oía a Malfoy reír así, de manera tan auténtica y sana. Las únicas veces que lo había visto reír, había soltado una carcajada cruel y grotesca, como si quisiera ocultar el hecho de estar alegre del resto del mundo. Sumida en sus cavilaciones, no notó que Draco había dejado de reírse y la observaba fijamente. La chica lo contemplaba, absorta.

- ¿Granger? – la llamó - ¿Granger? Vamos, ¡despierta! – levantó el volumen de su voz para que pudiera escucharlo y volver en sí.

-¿Qué? Eh… ah, sí – murmuró Hermione, volviendo al presente – Bueno, propongo que comencemos por buscar un caldero, luego debemos… - Draco alzó una mano para interrumpirla.

- No esperas que preparemos la pócima aquí, ¿verdad? ¿Por qué no buscamos un lugar más… -echó una mirada de elocuencia a su alrededor – apropiado?

- Está bien. Sé de un lugar más cómodo en el que podremos trabajar tranquilos. Vamos, ya hemos perdido casi media mañana y debemos apresurarnos.

Se levantó de su asiento y le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera. Draco hizo desaparecer la ropa, olvidada en el suelo, con un movimiento indolente de su varita. Acto seguido comenzó a caminar tranquilamente hacia la salida, y no tardó mucho en darse cuenta de que Hermione se había detenido y le dirigía una mirada furtiva.

- ¿Sucede algo, Granger? – preguntó ligeramente descolocado.

- Sí, Malfoy. ¿Vas a dignarte a traer el juego, o esperas que le salgan alas y te siga como una lechuza faldera? – le espetó. Draco la miró como si le hubiera hablado en sirenio, y con la misma pasividad continuó su camino.

Hermione tomó el juego de la mesa con brusquedad, aplicó un encantamiento desilusionador sobre él y siguió al Slytherin a regañadientes hasta alcanzarlo.

Maldito Malfoy.


- ¿Otra vez aquí, Granger? Este lugar me provoca náuseas – escupió con desdén frente a la puerta del desvencijado salón en el que habían estado horas atrás.

-¡Pobre Malfoy, le provoca náuseas! – se mofó Hermione tapándose la boca afectadamente con una mano – Yo que tú me guardaría los vómitos para cuando tengamos que sacarles los pelos a Parkinson y Bulstrode – agregó dejando escapar una risotada. Ingresó seguida de Draco, quien cerró la puerta bruscamente tras de sí.

- ¿Tengamos? Yo no pienso tocar el cabello grasoso y maloliente de nadie – aclaró Draco con altanería.

- A mí tampoco me hace mucha gracia, Malfoy, pero tendremos que hacerlo. Sí, tendremos – especificó, cortando la réplica del chico. – Ahora sí, comencemos.

Ordenó las tarjetas, la varita y el tablero sobre la mesa y realizó un suave movimiento con su varita. Un caldero de medianas proporciones que Draco reconoció como perteneciente a la chica se materializó en ese instante sobre el pupitre que habían decidido emplear como mesa de trabajo.

- Bien, Malfoy, acércate, no perdamos tiempo. Haz girar la varita y… - se detuvo al ver la expresión de escepticismo de Draco.

- Está confirmado, Granger: estás loca de remate si piensas que voy a jugar a un juego de niñas – se excusó, lanzándole una fugaz mirada de odio al tablero.

Hermione comenzó a perder la paciencia nuevamente. No estaba de humor para las exquisiteces de Malfoy. Se paró frente a él colocando los brazos en jarras y adoptando una pose de reprimenda.

- ¿A qué te crees que se refiere el libro con eso de "deberán ayudarse con el juego", Malfoy? Tenemos que jugar y no pienso hacer todo el trabajo sola – concluyó dirigiéndole una severa mirada. – No hay nadie que pueda verte jugando, y yo no voy a gritar nada a los cuatro vientos – le aseguró, lamentándose no tener en aquel momento una cámara fotográfica muggle para congelar el instante en el que Malfoy hiciera girar la varita.

El joven pareció meditarlo seriamente durante unos minutos, luego se incorporó y se acercó, no sin cierta reticencia, al pupitre, enfrente al tablero. Suspiró profundamente antes de tomar la varita por un extremo, como si ésta tuviera una infección mortífera, y la colocó de manera horizontal junto a las pilas de tarjetas dejándola caer. Dispuso sus dedos índice y pulgar a ambos lados de la vara y, previo a hacerla girar, se dirigió a Hermione con una mirada penetrante. La chica dio un respingo al ver que el joven clavaba sus ojos grises con fiereza en los suyos.

- ¿Tengo tu palabra de que no vas a decir nada, Granger?

- Sí, Malfoy, la tienes – respondió obnubilada. Draco hizo girar la varita con fuerza, y luego de unos segundos ésta se detuvo secamente sobre la primera pila de tarjetas. Suspiró nuevamente y tomó la tarjeta con la palabra "Verdad" escrita en el dorso. Hermione, quien había ocupado la silla de Malfoy, se aprestó a escucharlo.

- "Joven bienaventurado, las cartas te han llamado, haz el favor de responder, ¿cuál es tu mayor secreto, aquel que te empeñas en esconder? - Draco enarcó ambas cejas, incrédulo de lo que acababa de leer, y se aprestó a arrojar la tarjeta en la bolsa, pero la expresión de burla y comprensión en el rostro de Hermione lo detuvo.

¿Qué? No me mires así – ordenó al ver cómo la mirada de ella clamaba una respuesta – Que haya leído la tarjeta no significa que tenga que responder la estúpida pregunta. No pienso abrir la boca.

Acto seguido, tomó asiento en otra silla, cruzándose de brazos con firmeza y clavando la vista en ningún lado en particular. Hermione supo que Malfoy mantendría su determinación hasta el fin de los días, tan tozudo y orgulloso como era. Se incorporó de un salto y se dirigió a él con los puños apretados y los labios fruncidos. Draco pareció no notar el brillo asesino en la mirada de la chica.

- Mira, Malfoy – hizo un grandísimo esfuerzo para no insultarlo - Son casi las once de la mañana, ya hemos perdido mucho tiempo y tenemos que seguir jugando. Así que si no contestas la maldita pregunta te juro por lo que más quieras que te haré tragar un caldero entero de Veritaserum para que abras la boca- concluyó, con la respiración entrecortada.

Draco no dio señales de molestarse, a pesar de que en su fuero interno se había sorprendido por la osadía de la chica. Cerró los ojos por un segundo, armándose de valor, los abrió y le pidió fríamente a Hermione que le alcanzara la tarjeta. Una vez que la tuvo en sus manos, volvió a leerla, cerciorándose de que no había confundido nada. Hermione esperó, con el corazón latiendo a toda velocidad y la carcajada pugnando por salir de su boca.

- Bueno… esto es muy difícil – se pasó una mano por el pelo, revolviéndolo – lo diré rápido, de esta forma dolerá menos. Tápate los oídos, Granger.

- ¿Qué?

- ¡Que te tapes los oídos, maldición! – Hermione rodó los ojos con hastío y se cubrió las orejas con las manos. Draco apoyó la nuca sobre el respaldo de la silla, dejando caer su pelo platinado y brillante hacia atrás.

- Mi mayor secreto…- su voz pareció flaquear – mi mayor secreto es… es que… rayos, letengomiedoalaoscuridad.

- ¿Qué dijiste? Lo siento, no pude entenderte bien – el tono de voz de Hermione dio a entender que se estaba divirtiendo muchísimo. Lo había entendido perfectamente, pero quiso hacerlo sufrir un poquito más.

- No te hagas la idiota, Granger – la delató, desdeñoso – Sé que me oíste muy bien, no eres sorda. No voy a volver a repetirlo.

- Muy bien, Malfoy. Te felicito, es muy bueno decir la verdad – lo alabó con una risita – Ahora, dime una cosa ¿quién te da más miedo: el cuco, el monstruo del armario o la garra verde que duerme debajo de la cama? – le preguntó con la voz quebrada por la risa.

- ¿Te crees muy graciosa, Granger? Vamos a terminar con esto de una vez. Ahora es tu turno – la instó, con una sombra rosada en sus mejillas apenas perceptible. Le arrojó rápidamente la varita rosa, y la chica apenas atinó a atraparla.

Hermione dejó de reír en el acto. Se incorporó y caminó hacia el pupitre aparentando seguridad. Colocó la varita junto a las tarjetas, y luego la hizo girar presionando el centro. Siguió atentamente con la mirada el extremo de la vara, hasta que éste se detuvo con certeza apuntando a la pila de tarjetas restante.

Una mueca de dolor afloró a sus labios; los retos estaban próximos a los hechizos en la lista de calamidades, y rogó no tener que hacer ninguna ridiculez delante de Malfoy.

- Anda, Granger, lee la tarjeta – la animó Draco con una sonrisa maliciosa. Se incorporó en su asiento; había llegado su turno de divertirse.

Llenándose de un valor que no sentía, tomó la tarjeta e inhaló profundamente antes de comenzar a leer.

- "Tu rubio camarada no tardará en admitir, que es en ti en quien piensa antes de dormir. Durante una hora de su cariño disfrutarás, y la magia del amor verdadero conocerás" – concluyó con el ceño fruncido.

- Bien, Malfoy, tienes mi permiso para reírte. Anda, es tu turno.

Un silencio mortal se apoderó de la habitación. Hermione se paralizó en su sitio, temerosa de lo que podría llegar a encontrar si se giraba a mirarlo. No se oía rastro de él. Trató de hablar con la mayor naturalidad posible.

- Malfoy, es tu turno, así que si me haces el favor de acercarte…

- ¿Quieres que me acerque, Hermione?

Una voz lujuriosa y aterciopelada le habló al oído, y los brazos largos y fuertes de Draco Malfoy rodearon con firmeza su cintura, atrayéndola hacia él. La lengua de él atrapó suavemente el lóbulo de su oreja, y sus manos pálidas se adentraron sin temor por debajo de su camiseta, acariciando su vientre de manera pausada, quemándole la piel, la cordura, la razón… Hermione sintió como una oleada de abrasante calor le recorría el cuerpo, y descubrió que no podía moverse de donde estaba.

- Respóndeme – le exigió en un susurro, mientras sus labios expertos comenzaban a descender cadenciosamente por su cuello - ¿Quieres que me acerque un poco más? – mordió su piel suavemente y Hermione no pudo articular palabra, dejando escapar un gemido - ¿o prefieres que me aleje? – su voz ronca indicaba que no tenía ninguna intención de apartarse de allí.

Hermione volvió a gemir por toda respuesta y Draco, con una sonrisa de satisfacción en su rostro, la volteó de modo que quedaran enfrentados.

- Eso pensé – murmuró, su aliento mentolado entrechocándose con el de ella, sus labios rozándose, expectantes. Hermione estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejarse llevar, para no rendirse en sus labios, en sus brazos…

Cerró los ojos, preparándose para lo que vendría. Draco atrapó su boca, triunfante, y todo se sumergió en las tinieblas.


Espero que les haya gustado. ¡Hasta el próximo capítulo!

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Gracias por leer!

Elianela