Otro capítulo más. Espero que les guste, acepto críticas, sugerencias, lo que quieran :)
Estoy SUPER CONTENTA por todos los reviews y por las personas que, sin dejar reviews, han leído el fic. Sus comentarios me han hecho muy feliz!
Menos charla y más lectura. Enjoy!
Elianela
Capítulo IV: Con ustedes, ¡los marginados!
Theo y Blaise se encontraban cómodamente acostados en la cama de Draco, ambos mirando a la nada con aburrimiento. Las Brujas de Macbeth oficiaban de banda de sonido desde una radio relativamente nueva, propiedad de Blaise. La música, en volumen bajo, acompañaba al sonsonete monótono de sus voces. Blaise se giró hacia su amigo, sosteniendo su cabeza con su mano izquierda y mostrando aflicción en su rostro. Theo parpadeó rápidamente y salió de su ensoñación.
- Theo, estoy preocupado por Draco.
- ¿A qué te refieres? – preguntó sorprendido, incorporándose él también y apoyando su espalda contra la cabecera de la cama. Blaise lo imitó.
- No sé si tú lo has notado, pero hoy se levantó un poco…
- ¿Raro? Sí, claro que lo noté – respondió con el ceño fruncido. Blaise lo miró; él no parecía afligido, parecía estar atando cabos.
- ¿Qué crees que le haya sucedido? Normalmente él no falta a clases, y si lo hubiera pensado, al menos nos lo hubiera dicho.
- Bueno, nosotros tampoco le dijimos que íbamos a faltar a Encantamientos – replicó Theo en tono jocoso.
- Pero nosotros lo decidimos en el momento en el que salimos de Pociones - se justificó Blaise alzando las cejas – Aunque ahora que lo pienso, él también habría podido decidir de buenas a primeras que quería faltar, pero no lo sé, eso es demasiado impulsivo para él…
- Estás en lo cierto. Draco es de pensar con mucha cautela antes de actuar – razonó Theo – De todos modos, no es sólo eso. El dolor de cabeza…
- Y la forma en que nos miraba, parecía como si no nos conociera – recordó Blaise apenado.
- Pero sobre todo…
- Sí, ese asunto…
- La voz – dijeron ambos al unísono. Cada uno vio la misma preocupación en los ojos del otro, y por un momento se escudriñaron mutuamente, como si trataran de leerse el pensamiento. Una luz de alarma se encendió en la mente de Blaise.
- ¿Y si le sucedió algo malo y está en la enfermería? ¿Y si lo atacaron, o se batió a duelo y … - Theo cortó en seco su fatídica suposición.
- Sinceramente, no creo que si está en la enfermería sea por haberse batido a duelo – una sonrisa surcó su rostro y Blaise le correspondió. No recordaban a nadie que hubiera retado a Draco Malfoy a duelo y hubiese ganado – Tampoco creo que esté en la enfermería. Sólo dijo que tenía dolor de cabeza, nada serio.
- Sí, capaz que está en sus días, ya sabes – comentó Blaise, un poco más tranquilo – Cuando estoy menstruando me pongo imposible – se llevó una mano al abdomen, mordiéndose el labio inferior.
- ¡Si lo sabré yo! – dijo Theo poniendo los ojos en blanco - ¿Cuántas veces nos hemos peleado por el maquillaje?
- Tú tampoco te quedas atrás – lo acusó su amigo – Nadie puede ni hablarte que ya estás llorando encerrado en un baño – rió con ganas.
- Ya me conoces, soy muy sensible. Mary me lo ha dicho miles de veces – el brillo se hizo presente en los ojos de Theo al hablar de su novia. Blaise suspiró con pesar. Que no empiece a hablar de la dichosa Mary otra vez porque le parto la radio por la cabeza, pensó irritado. Se apresuró a reflotar el anterior tema de conversación.
- Entonces, ¿qué crees que ha sucedido con Draco? Porque me di cuenta de que tampoco se ha maquillado…
- Ni peinado – completó Theo, olvidándose por completo de Mary – Usualmente tarda más tiempo que nosotros dos juntos en desocupar el baño.
- Y volviendo al tema de su voz, ¡sonaba tan extraña! – comentó en un tono fingidamente ligero. – No sé, esto va a sonar gracioso, pero sonaba como a…
- Mujer – la voz de Theo sonó fría y seca – Draco hablaba con voz de mujer. Y no quiero sacar conclusiones apresuradas pero…
- No. No lo digas, no sé si podré resistirlo – Blaise cerró los ojos con fuerza, como si hubiera probado algo asqueroso y en mal estado. Theo lo tomó por los hombros, apretándolo fuertemente y sacudiéndolo en un gesto impaciente. No era momento de perder la cabeza.
- Blaise, escúchame. Saca las cuentas: el maquillaje, el pelo, la voz, la manera en que nos miraba… Todo encaja – concluyó, tragando saliva. Él tampoco estaba preparado para aceptar esa nueva y escalofriante certeza.
- ¿Crees que yo no lo pensé? – su voz se quebró – No podría soportarlo, traté de pensar en otra cosa, en lo que sea, pero vuelve a mi mente una y otra vez… ¡No lo digas en voz alta! – gritó al ver que Theo se disponía a hablar.
- Si estamos en lo cierto, tendremos que aceptarlo. Tendremos que aceptar… fue interrumpido por la enorme mano de Blaise, cuyas uñas ostentaban una perfecta manicura francesa, que cubrió su boca para impedir que emitiera sonido. Theo la apartó con brusquedad.
- Blaise – bajó la voz y tomó la mano de su amigo entre las suyas con ternura – Blaise, tranquilízate.
Ciertamente, él no estaba muy tranquilo que digamos, pero a pesar de ser el más sensible de los tres, también poseía la capacidad de mantener la calma en momentos como aquél. Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de su amigo, y su espalda temblaba por los sollozos contenidos. Suspiró con resignación.
- Escúchame con atención. Lo mejor que podemos hacer es ir y preguntárselo, seguramente va a aparecer en el Gran Salón a la hora de comer.
- ¿Y si… y si estamos en lo cierto? – preguntó Blaise limpiándose primorosamente las lágrimas con un pañuelo fucsia que había hecho aparecer. Theo se obligó a pensar en aquella posibilidad. ¿Qué harían si tenían razón?
- Si estamos en lo cierto, entonces tendremos que aceptar lo inevitable. Después de todo, no va a dejar de ser nuestro amigo sólo porque sea gay, ¿verdad?
¿Cuál era su nombre?
Empezaba con H, eso seguro. Quizás Herminia… no, ése era un nombre muy antiguo; Holly, no, ése le sonaba a mujer fácil; Hestia, ése le sonaba de algún lado, pero no era el suyo… Sabía que era difícil pronunciarlo y que muchas personas lo deletreaban mal; después de todo, era bastante peculiar.
Her… Her algo. Sus padres le habían dicho en alguna ocasión que la habían nombrado así por una obra de un tal William, un escritor muggle muy famoso, ¿cómo era su apellido? ¡Ja! Pretendía recordar el apellido del tipejo ese cuando ni siquiera recordaba el suyo propio. Volvió a concentrarse en la tarea, aunque fue inútil.
No recordaba su nombre, su apellido, su pasado, el nombre de sus padres, el lugar donde vivía. No recordaba absolutamente nada. Ni siquiera sabía cuál era su función en el mundo, pero un gemido ronco encendió la chispa de la memoria.
Sintió lentamente como la oscuridad se disipaba, dando paso al resplandor más intenso y fulgurante que había visto en su vida. Descubrió que podía tocarlo, que sentía su calidez, sintió cómo ésta se introducía lentamente por sus poros, invadiendo su interior, su alma. Llenándolo todo de una dulzura infinita.
Aquella luz incandescente parecía querer bebérsela. Acariciaba su boca con acuciante lentitud, y algo parecido a una lengua exploraba todos sus rincones, como si estuviera en búsqueda de un tesoro oculto. Mordía su labio inferior con suavidad, sin lastimarla, pero al mismo tiempo quemándola. Sentía como si un volcán apagado durante siglos hubiera entrado en erupción de repente, de manera violenta y emocionante, la lava esparciéndose por sus labios, su cuello, sus hombros, su cintura, su piel… su bajo vientre ardía de placer.
Sin lugar a dudas, aquella era la sensación más maravillosa y excitante que hubiera experimentado jamás. No quería que terminara nunca, quería permanecer por siempre unida a los labios de aquel desconocido ser luminoso. Sí, porque ahora recordaba que la estaba besando como si el mundo fuera a acabarse. El asunto era quién…
Un jadeo volvió a sumirla en el embriagante olvido. Mantuvo los ojos cerrados, dejándose estar, dejándose llevar por aquel eclipse de sol que la encandilaba y la sujetaba firmemente contra sí. Luego de unos segundos, o quizás años, siglos, milenios, ¿qué importaba?, comenzó a sentir la falta de aire. Maldijo a sus pulmones en todos los idiomas que conocía, y en los que desconocía también. Supo, muy dentro suyo, que una vez que se rompiera el contacto, el ser de luz desaparecería y todo volvería a ser frío y oscuridad. No quería por nada de nada regresar al mundo real, por lo que se aferró con desesperación al resplandor, suplicándole con los labios que no la abandonara, que no despegara sus deliciosos labios de los de ella. Haría lo que sea…
- Vaya, cariño. Eres insaciable, pero debo confesar que eso me vuelve loco.
No lo vio venir. Como si la oscuridad hubiera regresado con más fuerza que nunca, arrasando todo a su paso y llevándose al ser luminoso consigo, dejándola desamparada, la sensación desvaneciéndose de sus labios. Los recuerdos inundaron su mente con la fuerza de un poderoso torrente de agua. Recordó su nombre, su apellido, a sus padres y al lugar donde vivía. También recordó su pasado: el primer día en Hogwarts, cómo se había hecho amiga de Ron y Harry y las aventuras que habían compartido dentro y fuera del colegio. Se acordó de la función que cumplía en el mundo, el lugar que ocupaba, y con profundo pesar los últimos acontecimientos acudieron a su pensamiento. Lo que tenía que hacer…
Sintió cómo una mano fría acariciaba suavemente su mejilla y abrió los ojos ante el contacto.
Draco Malfoy.
Draco Malfoy le acariciaba la cara con una mirada tierna y una sonrisa digna de los galanes de las películas románticas muggle que tanto detestaba. Vio cómo abría la boca y le decía algo, pero el sonido llegaba a sus oídos distorsionado, como el de una radio mal sintonizada. Si su capacidad de leer los labios no la traicionaba, estaba diciendo su nombre.
- Hermione
¿Qué? Draco Malfoy llamándola por su nombre, ¡imposible! ¿Qué seguía a continuación, una lluvia de Snitches de colores? Rió para sus adentros, incrédula.
- Hermione, preciosa…
¿Preciosa? Ahora estaba empezando a asustarse. Draco Malfoy jamás le diría preciosa, ni siquiera para insultarla. Aunque ahora comenzaba a oírlo con más claridad; podría rectificarlo…
- Mis besos te han dejado un poco mareada, ¿no es así?
Su voz grave y ligeramente alegre resonó en su cabeza con toda claridad y potencia; hubiese sido lo mismo si le gritaba en el oído. Hermione se apartó rápida y abruptamente del alcance del joven, quien reemplazó la ternura por la inminente tristeza. Se acercó a ella, borrando la distancia que ella había establecido, e intentó abrazarla nuevamente pero Hermione se resistió. Todavía no comprendía muy bien lo que había sucedido, ni porqué Malfoy se comportaba como si fuera su príncipe azul. No era normal, debía ser un efecto secundario del juego.
El juego, La varita, La tarjeta. Echó un vistazo a su alrededor y descubrió el juego armado sobre uno de los pupitres. Juntó coraje para hablar, conteniendo las ganas de arrojarse por la ventana. Por Merlín, que lo que más temía no fuera cierto…
- ¿Tú… tú – Malfoy parecía muy divertido por la situación, y sobre todo orgulloso hasta la médula de haber dejado a la chica en ese estado de embotamiento – tú –no quería ni pensarlo – me besaste?
Draco soltó una carcajada que rebotó en las paredes del aula y en los oídos de Hermione. ¡A veces su novia se comportaba de maneras tan extrañas!
- Pues claro que te besé. ¿Quién más podría haberlo hecho? – la sola posibilidad de que alguien más hubiera probado el néctar de los labios de Hermione, sacó a relucir su faceta celosa y posesiva.
Hermione pensó que iba a desmayarse de un momento a otro.
Y, en efecto, se desmayó, pero los brazos gentiles y resistentes de Draco la atajaron antes de que se chocara contra el mugriento suelo de piedra. El muchacho se quitó la túnica con rapidez, la extendió en el suelo sin preocuparse por el hecho de que llegara a ensuciarse y tendió a Hermione sobre ella. Luego, hizo aparecer una mullida almohada de color verde agua, con sus iniciales en la funda, y la colocó debajo de su cabeza, teniendo mucho cuidado de no moverla demasiado. Sin saber bien qué hacer a continuación, se limitó a llamarla con voz dulce y comprensiva, acariciándole el dorso de la mano haciendo pequeños círculos con su dedo pulgar.
Nunca, desde que estaban juntos, se había desmayado ni enfermado. Pensó en las posibles causas del desvanecimiento, y velozmente llegó a una apresurada conclusión que provocó un estallido de algarabía en su interior. Una ancha sonrisa afloró a sus labios.
- Hermione – susurró, disfrutando de la mera acción de sentir su nombre en sus labios – ¡estás embarazada!
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Como para agregar más confusión al embrollo gigante en el que Hogwarts se había transformado, en la soporífera clase de Historia de la Magia, mientras los chicos- chica parloteaban despreocupadamente, Parvati y Lavender intercambiaban papelitos, temerosas de que Ron las oyera.
"Pav, ¡a que no te imaginas lo que tengo en mi habitación!"
"Todavía no me compré la varita que viene con el lector de mentes incorporado, así que escupe ya. No estoy de humor para adivinanzas"
"Yo tampoco estoy de humor, este viejo me trae de cabeza. Pero en fin, a lo que íbamos, compré por catálogo vía lechuza unas… revistillas muy interesantes"
"Mmm, algo me dice que esas revistas no son precisamente "Quidditch para fanáticos" ni "Corazón de Bruja". ¿Estoy en lo cierto, señorita Brown? O mejor dicho, señora Weasley…"
"Cállate ya, y no me hables de ese tema o tendré la migraña más grande del mundo mágico"
"¿Qué sucede? ¿Todavía no has llegado al poste del guardián con Ron?"
"No, todavía no. Siempre que estamos a punto de hacerlo, él se achicharra de miedo y murmura algo así como "tengo miedo, me siento inseguro de mi cuerpo, Lav – Lav, espero que lo entiendas" y yo le digo "está bien, amor, no hay problema", ¡pero ya van como veinte veces de esto, y mi cuerpo no da más! Estoy hasta la coronilla de sus disculpas, siento que voy a explotar, ¿me entiendes?"
"Uf, sí, sé lo que se siente cuando no has hecho ejercicio en mucho tiempo. ¿Así que para eso es la revista, eh?"
"Es como dicen: "Si no puedes alcanzar la Snitch, al menos atrapa la Quaffle". Pero tienes que verla, hay un moreno disfrazado de sanador que va a encantarte"
Lavender sacó la varita del bolsillo de su túnica discretamente y la agitó un par de veces, mientras Ron y Harry aprovechaban para pintarse las uñas con el esmalte de Dean Thomas, quien dormitaba profundamente abrazado a una extraña criatura peluda y rosada que resultó ser su mochila. El profesor Binns continuaba con su interminable cháchara sobre las mil y una revueltas de los duendes sin inmutarse ni preocuparse por el hecho de que casi toda la clase estuviera dormida o semi – consciente. Parvati aguardó con los ojos fijos en la ventana entreabierta, y cuando vio la revista aproximarse, con las tapas abiertas asemejándose a un pájaro, extendió la mano para tomarla. Lanzó una mirada fugaz por el rabillo del ojo; Ron y Harry cuchicheaban con las cabezas juntas, soltando de vez en cuando alguna que otra risita molesta. A Parvati se le vino a la mente la extrañísima imagen de Lavender y ella haciendo lo mismo. Negó con la cabeza, disipando la estampa de su cabeza y procedió a contemplar la revista con avidez.
- Pornografía pura, Lav. ¿Dónde están tus valores? – imitó la voz pomposa de Hermione cuando las regañaba y Lavender rió por lo bajo. Comenzó a hojearla, tan despacio que sacó a su amiga de sus casillas. Ésta le quitó la revista sin mucha delicadeza y la hojeó velozmente, buscando una página que tenía señalada. Mientras tanto, Parvati volvió la vista al frente, resignándose a esperar. Pero algo llamó su atención. Un pedazo de pergamino escrito se había desprendido de la revista y había ido a parar a sus pies. Se agachó para recogerlo, llena de curiosidad, y cuando volvió a incorporarse con la cara colorada por el esfuerzo, Lavender dejó morir en su boca lo que iba a decir. Una sonrisa extensa y malévola cruzaba el rostro de Parvati como un gran tajo blanco, y una de sus cejas se hallaba alzada, mientras sus ojos devoraban el pedazo de pergamino que sostenía en sus manos.
- ¿Qué es eso, Pav? ¿Un machete? – ante el intento de humor Parvati no respondió- Luego de unos instantes que le parecieron eternos, Parvati le entregó el pergamino con disimulo, sin decir palabra. Lavender lo examinó. Unas anotaciones sin sentido para ella, ¿qué tendría de importante? Un momento, esa caligrafía le resultaba extremadamente familiar…
- ¿Dónde lo encontraste?
- En el piso – se limitó a contestar Parvati. Mantenía la misma expresión enigmática, observándola como si supiera algo que ella no. Se irritó enormemente; odiaba que su amiga la mirara de aquella forma. Quiso pincharle el globo, así que con voz indiferente le preguntó:
- Quizás se le cayó a Hermione – comentó al pasar. Parvati giró su rostro para mirarla de manera tan brusca que su cuello crujió. Colocó sus manos a ambos lados de la cabeza de Lavender, con tanta fuerza que comenzaba a hacerle daño, y la hizo girar de un lado a otro, muy lentamente. Acto seguido la dispuso frente a ella y la soltó. Ambas compartían la misma mirada de comprensión y maldad.
- ¿Ves a Hermione por alguna parte? – le preguntó con sorna en voz baja.
Lavender se abstuvo de responder. Sus ojos iban de la revista al pequeño trozo de pergamino, sin cesar.
- Traviesa, traviesa Hermione… - murmuró con una sonrisa maliciosa.
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Draco observó atentamente cómo Hermione volvía en sí. Decidió no tocar el tema de su supuesto embarazo por el momento, ya que corría el riesgo de que volviera a desmayarse. Ya encontraría él la situación apropiada para preguntárselo, aunque estaba tan ansioso que le resultaba difícil contenerse. ¡Un hijo, de la mujer que amaba! Sí, era demasiado joven para ser padre, eso era lo que iban a decirle, pero a él no le importaba en absoluto. Que hablaran, él haría oídos sordos a los chismes.
Hermione se sentó, con la habitación todavía dando vueltas a su alrededor. Se llevó una mano a la frente, tratando de serenarse, pero el joven de sonrisa reluciente que tenía plantado frente a ella no sirvió de mucha ayuda.
- ¿Te encuentras bien, cielo?
- Hazme el favor de no llamarme cielo, ni cariño, ni preciosa, ni nada. Por lo que más quieras – le espetó. Cada apócope que Draco utilizaba se dirigía como un taladrante zumbido hacia sus oídos. El chico frunció el ceño, claramente disgustado.
- Nunca te quejaste de eso, Hermione. Al contrario, me pedías por favor que te llame así – replicó con tranquilidad, aunque la sonrisa se había esfumado y su voz sonaba trémula.
- ¿Yo te lo pedía? Por Merlín, esto ha ido demasiado lejos – se incorporó tambaleándose. Inhaló y exhaló aire varias veces, hasta que el entorno que la rodeaba dejó de girar. Se encontró brutalmente con los ojos grises y abismales de Malfoy que la contemplaban con intensidad. Sintió la confortable ola de calor recorrer su piel, que a esas alturas ya era una sensación muy familiar para ella, conforme Draco se acercaba a ella, como un cazador al acecho. Hermione retrocedió, consciente de lo que el muchacho trataría de hacer, pero para su desgracia pronto su espalda se topó con el ventanal que daba al lago. La había acorralado.
- Te ves hermosa cuando te mareas, ¿lo sabías? – le dijo cuando sus labios estaban a milésimas de segundo de tocarse. Hermione percibió cómo su mente comenzaba a desconectarse nuevamente, pero cuando quiso detener a Malfoy ya era demasiado tarde. Su lengua se había adentrado en su boca con la misma lentitud exploradora, pero esta vez la caricia era diferente. Se había tornado más pasional, más lujuriosa; Hermione se descubrió a sí misma paladeando el interior de la boca de Draco con su propia lengua, revolucionada por el deseo. No quería pensarlo, no quería admitirse a sí misma que la única razón por la que Malfoy la estaba besando era porque se encontraba bajo los efectos del hechizo. Se engañó durante unos gloriosos instantes, en los que sus lenguas se anudaron y la necesidad de avanzar más allá del beso se intensificó. Draco bajó las manos que hasta ese momento habían rodeado su cintura con cautela. Si Hermione quería detenerlo, ese era el momento adecuado, porque si ella lo dejaba llegar a donde él quería llegar, ni con el más potente de los Cruciatus podría pararlo.
De un rápido movimiento, tomó los muslos de Hermione y los aferró a su cintura, todavía presionándola contra la pared. A esas alturas, a ella no le importaba nada. Sólo quería que Draco hiciera lo que sea que iba a hacer con su cuerpo, no le interesaba, ella no planeaba oponer resistencia. Pero de todas las voces que resonaban en su cabeza, gritando al unísono algo que logró distinguir como "deja que Draco Malfoy te haga el amor", se alzó la más cuerda, y por ende sumamente irritante, de todas.
¡HERMIONE! ¿Vas a dejar que el sinvergüenza de Malfoy se aproveche de ti? ¡Recuerda mis palabras! Vas a arrepentirte cuando regreses del País de las Maravillas y descubras que perdiste tu virginidad con tu peor enemigo…
- Malfoy… - Draco se limitó a gruñir, tan ocupado como estaba en regar de pequeños y ardientes mordiscos la piel de su cuello – Malfoy, detente - se horrorizó al comprobar cuánto le había costado esa petición.
- Hmm – recibió como única respuesta. El empuje para pararlo se había ido a volar en escoba – Está bien, cariño, como tú quieras – cuando se separó de ella, no parecía molesto, sino más bien satisfecho por la inmensa sonrisa de placer que seguramente se hallaba impresa en su rostro. Hermione se encargó de borrarla en un instante y la reemplazó por su mueca más severa. Draco volvió a sentarse en la silla, pero antes de que pudiera quejarse la tomó de la muñeca y la sentó en su regazo, aprisionándola entre sus brazos.
Hermione tomó la demasiado sencilla decisión de seguirle la corriente: ya habían pasado quince de los sesenta minutos que duraría el conjuro. Descubrió muy a su pesar que estaba acostumbrándose con una velocidad asombrosa al contacto de Draco, a sus caricias, a su piel…
¡Basta de divagues, Hermione!
- Bien, Malfoy, escúchame con atención…
- ¿Por qué me llamas por mi apellido, Hermione? – quiso saber el joven, enarcando una ceja en lo que a Hermione le pareció un gesto increíblemente sexy. - ¿Es una broma o algo así? – preguntó con inocencia.
- Eh… ¡sí! ¡Qué broma, eh! – respondió, mirando adrede hacia otro lado para evitar que Malfoy volviera a besarla. Se levantó de un salto, liberándose de los brazos del chico, y se acercó a la mesa donde reposaba el juego. Si su afectada memoria no le fallaba, era el turno del joven para hacer girar la varita. Se volvió para decírselo pero él ya se encontraba allí, separado de ella por escasos centímetros. Dio un respingo y regresó a su posición original, incapaz de mirarle a los ojos.
- ¿A qué jugamos? – la voz aterciopelada de Draco acarició los oídos de Hermione
- Debes… debes girar la varita y… - balbuceó Hermione. No podía hilar una oración sin perder el autocontrol.
- Lo que mi novia quiere, mi novia tiene – Draco sonrió con sencillez, y rodeando su cintura, colocó la varita en la posición correcta y la hizo girar rápidamente. Acto seguido procedió a enterrar su rostro en el cabello alborotado de la chica, que desprendía un embriagador aroma frutal. Hermione sintió cómo sus pies se despegaban del suelo.
- ¡Ya se detuvo! – chilló precipitadamente, sus manos crispadas sobre la superficie de madera. Draco, sin abandonar su tarea, tomó la tarjeta de la pila e hizo el ademán de entregársela a Hermione.
- ¿La leerías para mí?
- Ss... sí, claro.
Hermione se aclaró la garganta carraspeando deliberadamente. Draco apoyó su barbilla en su hombro izquierdo y procedió a aguzar el oído. La chica trató de que su voz no temblara demasiado.
- "Si una tarea debes acabar, a un buen profesor puedes consultar. Pero ten cuidado, no te expongas. Puede ser que no todo salga como te lo propongas".
Hermione metió la tarjeta en la bolsa e intentó alejarse de Draco sin mucho éxito; el chico se le había pegado como una deliciosa e irresistible lapa. Tomó asiento en la silla más próxima, con el ceño fruncido y un brillo suspicaz en sus ojos avellana, y cuando Draco se aproximó sigilosamente a ella con la intención de reanudar la sesión de besos, ella lo detuvo mostrándole la palma de la mano.
Draco vio cómo los ojos de la joven se abrían desmesuradamente y percibió que había comprendido algo muy importante.
¡Los profesores! Se reprendió mentalmente por no haber pensado en ellos antes. Seguro la profesora McGonagall o el profesor Flitwick sabrían remediar aquel lío sin necesidad de ninguna estúpida Pócima Liberadora o como quiera que se llamara. ¡Por fin veía algo de luz al final del túnel! Se dejó caer en el respaldo de la silla, presa de una mezcla de alivio y culpabilidad. Pedirle ayuda a la jefa de Gryffindor significaría admitir que había quebrantado las normas y había actuado de manera estúpida e impulsiva. Bueno, se dijo a si misma con resignación, todo sea por volver a Hogwarts a la normalidad.
Se preguntó porqué no había reparado en ellos a la hora del desayuno, pero rápidamente encontró la respuesta: había estado tan absorta observando a sus amigos que apenas había recordado la mesa de los profesores.
Una horrible idea cruzó su mente. ¿Y si ellos también habían cambiado? La tarjeta no especificaba a quiénes iba a afectar el conjuro, así que la posibilidad de que la profesora Sprout tuviera la barba por la cintura y de que Hagrid se hubiera hecho trencitas en su enmarañado pelo era muy grande. Se frotó las sienes, afligida. Si eso era así, entonces estaba perdida.
Draco esperó pacientemente a que Hermione terminara de sacar sus supuestas conclusiones o lo que fuera que estaba pensando, sentado frente a ella. Adoraba la manera en que su rostro se contraía cuando estaba preocupada por algo: el entrecejo arrugado, los labios apretados y ese encantador rubor en sus mejillas. Sonrió. Toda ella era adorable.
- ¿Todo bien, mi pequeño caramelito de miel?
- Te pedí por favor que no me llames así – graznó Hermione, asqueada. Una cosa era que le volvieran loca sus besos y otra muy diferente era que le agradaran sus apodos excesivamente melosos – Limítate a decirme Hermione, ¿está bien?
- Sí, cielo. Lo que tú digas – Hermione levantó la vista para comprobar si se estaba burlando de ella, pero no encontró el menor atisbo de mofa en el semblante de su "novio por una hora". Al parecer, su pedido le había entrado por un oído y salido por el otro. Se levantó con decisión. Resolvió ir a visitar a la profesora McGonagall en primer lugar; después de todo ella era su favorita.
Dudó antes de pedirle a Malfoy que se separaran para que él pudiera ir a busca a Snape. El estado de idiotez enamoradiza en el que se encontraba hacía mucho más difícil cualquier progreso que pudieran alcanzar. Decidió llevarlo consigo, ya que a fin de cuentas no le desagradaba tanto su compañía. Sólo tendría que mantener la boca cerrada por… media hora más, y entonces volvería a ser arrogante y presumido como lo había sido toda su vida.
Malfoy seguía allí, mirándola hipnotizado como si ella fuera la octava maravilla del mundo. Se sonrojó violentamente. Nunca alguien la había mirado de esa forma; bueno, a excepción de Viktor Krum. Pero ni siquiera él la había podido transformar en un manojo de nervios con un simple beso.
Bufó. Si seguía haciéndose a la idea de que Malfoy era un romántico incurable, terminaría convenciéndose irrefutablemente de ello. Lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la salida, abriendo la puerta sin hacer el menor ruido. Volteó, recordando súbitamente el juego que había quedado armado allí, junto con el caldero. Debería asegurar la puerta con un hechizo, ya que si bien el aula no era la más concurrida del castillo, no podía arriesgarse a que alguien aparte de ellos dos ingresara.
Draco la siguió como un dócil corderito, y al detenerse junto a ella en el umbral, le preguntó en voz baja, evidentemente divertido:
- ¿De quién nos estamos escondiendo, mi amor?
- De nadie, Draco, de nadie. Vámonos de aquí – murmuró, cerrando la puerta tras de sí. Apuntó con su varita a la cerradura y ésta emitió un sonoro crujido, como si no hubiese sido utilizada en años. Hermione miró hacia ambos lados del desierto corredor, decidiendo qué rumbo tomar. Recordó que la profesora Mc Gonagall se encontraba en aquel momento en una de las aulas más grandes del segundo piso, en la clase de Transformaciones de quinto año.
Miró el reloj. Las doce menos veinte. Deberían darse prisa antes de que los tragara la masa de alumnos que cada mediodía se dirigían famélicos al Gran Salón. Tironeó de la mano de Draco y éste salió de su ensimismamiento, soltando uno de los rebeldes rizos de Hermione que había estado acariciando hasta el momento.
- ¿A dónde vamos, mi dulce de melaza? – preguntó en tono ingenuo, llegando rápidamente a la altura de su novia.
- Tengo que preguntarle algo a la profesora McGonagall, Draco – respondió con una sonrisa tierna y condescendiente. Draco le correspondió el gesto y rodeó su espalda con su brazo izquierdo.
- ¿Y por qué la prisa? Estábamos tan… solos en aquella aula – Hermione notó el cambio inmediato en el tono de voz del chico y se apartó como repelida por una descarga eléctrica. Estar a menos de un metro de Malfoy era perjudicial para su cordura en ese momento. Debía evitar a toda costa que la besara de nuevo, o aquella caminata apresurada terminaría en una cama, o sobre un pupitre, o en el mismo suelo de piedra desnuda que ahora pisaban.
Frenó en seco y se paró frente a él, manteniendo una distancia prudencial y mirándolo con nerviosismo, reprimiendo las ganas de empujarlo y que rodara por las escaleras para que se le quitara lo dulzón.
Eso no sería muy agradable, ¿verdad, Hermione? Aunque si lo mandan a la enfermería, tú podrías ser su enfermera a cargo de la guardia nocturna.
Una voz nueva surgió en su cabeza, hablando en un tono atrevido y pícaro. Hermione hizo caso omiso de la aparición y se dispuso a reprimir al muchacho. Éste le devolvía la mirada con tanto amor y ternura, que las duras palabras que había pensado escupirle descendieron por su garganta como puñales.
- Draco, escúchame con atención – comenzó, tomando su rostro con ambas manos en un gesto dulce. El chico volvió a exhibir su sonrisa perfecta y Hermione sintió cómo el suelo temblaba bajo sus pies. Nuevamente se enfocó en su objetivo. – No, escúchame – lo detuvo al ver que acercaba sus labios a su boca con un brillo sediento en sus ojos grises – Debes portarte bien ahora, ¿sí? Hagamos un trato: primero me acompañas a hablar con la profesora McGonagall, y luego hacemos lo que tú quieras, ¿de acuerdo? – concluyó en un tono maternal.
- ¿Lo que yo quiera? – preguntó con voz ronca, pero sin acortar la distancia entre ellos. Hermione vio cómo sus ojos grises se tornaban más oscuros y peligrosos, y supo al instante que su proposición no había sido la mejor. Tragó saliva, consolándose con la certeza de que cuando hubieran terminado de hablar con Minerva, él habría vuelto a su aristocrática realidad. Eso no la alegró mucho en particular: se permitió la libertad de reconocer que le gustaba más aquel Malfoy amable y atento, que el egocéntrico déspota de siempre.
- Lo que tú quieras – mintió. Draco pareció satisfecho, y la tomó de la mano dispuesto a seguirla fielmente. Hermione se esforzó para recordar qué camino era el que debían tomar a partir de allí para llegar al lugar indicado.
- El aula de McGonagall está por esa dirección. Ven, preciosa, sígueme – esta vez fue Draco el que lideró el paso. Hermione comprendió al instante el porqué de la prisa del muchacho, y una oleada de sentimientos encontrados la invadió de repente.
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- ¿No crees que la profesora McGonagall debería cuidar un poco más su pelo?
- Sí, parece paja seca. Mi hermano me contó que el otro día vio cómo un enorme piojo saltaba de su barba al escritorio. ¡Tuvo que ir a la enfermería corriendo, del dolor de estómago! Vomitó tremendamente…
- Lo sé, es muy asquerosa. Debería pedirle consejos a Snape sobre cómo cuidar su cabello…
- ¡Ya basta, niños! – la voz fiera de Ginny silenció a los dos chicos que hasta ese momento habían estado charlando de manera ininterrumpida. Ginny volvió la vista al frente y se topó con Minerva McGonagall perforándola con la mirada, semi oculta por sus tupidas cejas. Ese día, con el pelo enmarañado como lo tenía y la barba llena de restos de pan tostado, a Ginny le dio más miedo que nunca, recordándole a uno de esos primitivos seres que había visto en un anuncio muggle. Nean… bueno, el nombre comenzaba así.
- ¿Algún problema, señorita Weasley? – preguntó en un tono marcadamente autoritario.
- No, profesora – respondió Ginny con voz queda. La profesora siguió explicando las propiedades de la transformación humana desde el punto de vista biológico, y la chica- chico se hundió en su asiento, avergonzada. Clavó sus ojos color chocolate en el reloj de pulsera que Harry le había regalado por su cumpleaños el año pasado, rogando silenciosamente que se hicieran las doce.
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Hermione y Draco llegaron al corredor en el que la profesora McGonagall estaba impartiendo clase en aquel momento. Draco aferraba la mano de Hermione con fuerza, como si pensara que ella iba a salir corriendo de un momento a otro.
Habían recorrido el último trecho en silencio, aunque de vez en cuando Draco le lanzaba miradas llenas de misterio a Hermione, quien se preguntaba constantemente el porqué de ese destello de júbilo en los ojos del joven. Percibió también cuán inestable era su estado de ánimo: en una de las breves conversaciones que habían mantenido a lo largo del camino ella había deslizado la posibilidad de separarse y él se había arrodillado a sus pies suplicándole que por favor no lo dejara. Hermione pensó que había enloquecido definitivamente, y cuando intentó tranquilizarlo convenciéndole de que no iba a abandonarlo, Draco recobró la alegría y la sonrisa de quinceañera enamorada en un segundo, diciéndole lo mucho que la amaba y que era su "pequeño pastelillo de calabaza".
Precisamente, esta declaración de amor había sido la que había instalado el silencio en Hermione, dejándola aturdida y shockeada por un buen rato.
- Bien, hemos llegado – la voz de Draco sonó ansiosa sobre el tenue murmullo que provenía de los salones y que iba in crescendo. Hermione salió de su sopor y le echó un vistazo al reloj con premura. ¡Las doce menos cinco pasadas! Debían salir de allí en ese preciso instante o los estudiantes hambrientos los aplastarían.
- Draco, quizás no sea buena idea esperar a la profesora aquí. Vamos al aula contigua, seguro está vacía – tiró con fuerza del brazo de Malfoy pero éste no se movió, sino que se quedó anclado al lugar en donde estaba parado, con una sonrisa radiante y una mirada de cachorrito abandonado muy convincente, en opinión de Hermione.
- Dame un beso y voy a donde tú quieras – pidió Draco, con la misma voz que habría empleado para confesar que había cometido una travesura. Hermione resopló de fastidio. Se había comportado bastante bien hasta el momento; no se había acercado lo suficiente y la había acorralado contra la pared sólo una vez, de la que Hermione se zafó a regañadientes. ¿Por qué tenía que empezar a complicar las cosas justo ahora?
- No creo que sea buena idea, Draco. Vamos al salón vacío y te beso allí adentro, ¿sí? – procuró sonar seductora. Habría jurado que Draco aceptaría su propuesta sin dudarlo ni siquiera un segundo, pero en lugar de eso, volvió a enlazar sus brazos alrededor de ella. Hermione recordó con pavor al calamar gigante.
- Vamos, preciosa, es sólo un beso. No va a dolerte, un pequeño besito y ya, lo prometo – aseguró Draco con su mejor sonrisa de vendedor, en un tono zalamero y persuasivo. Hermione, consciente de que le quedaba tan sólo un minuto, perdió la paciencia y se rindió sin luchar.
- Maldita sea, ¡está bien!, pero júrame que es sólo un pequeño beso. Nada de lengua.
- Nada de lengua, lo juro – Draco cruzó los dedos por detrás de la espalda de Hermione, y tomando el rostro de la chica con ambas manos, como si estuviera sujetando algo de incalculable valor, procedió a juntar sus labios con los de ella.
Se limitó a acariciar la superficie de sus labios con ternura y suavidad, pero ella podía palpar el gran esfuerzo que él estaba realizando para refrenar sus emociones. Se preguntó si él había sentido lo mismo que ella cuando la había besado, y sin pensarlo, sin planearlo, rozó con su lengua el labio inferior de Draco.
Y ése fue el detonante. Draco se había estado conteniendo durante todo el maldito camino para no besarla, ni tocarla, ni abrazarla. Había luchado contra el impulso invasivo de encerrarla en su habitación y hacerla suya, hacerla tocar el cielo con las manos y que gritara su nombre entre gemidos mientras le arañaba la espalda. Y ahora ella tenía el valor de jugarle sucio. Sonrió con malicia para sus adentros. Adiós al pequeño beso.
Hermione sintió cómo la lengua de Draco se adentraba una vez más en su boca, reconociendo el terreno, y se preparó para abandonarse nuevamente al placer, a la lujuria. Pero una voz ronca, muy parecida a la de Hagrid, acabó en un segundo con el éxtasis en el que se hallaba sumergida
- ¡DRACO! ¿Qué demonios crees que estás haciendo?
Blaise Zabini y Theodore Nott habían aparecido de la nada, ambos con sendas miradas de desconcierto y repugnancia. Hermione abrió los ojos, paralizada, y se encontró con los grises de Draco. Una chispa de diversión había surgido en ellos.
- ¿Cuál es el problema, Theo? – preguntó como quien comenta el lindo día que hace afuera.
- ¿Y todavía me lo preguntas? ¡Estás besándote con Granger! ¡Con una sangre sucia!
Al menos algo no ha cambiado, pensó Hermione con ironía al ver el desprecio en el semblante de Nott y Zabini, el mismo que tantas otras veces había visto en Malfoy. La estúpida superioridad de los sangre pura se mantenía vigente.
Escuchó un leve pitido proveniente de su reloj. La aguja mayor y la menor, unidas señalando un solo número. Las doce del mediodía.
Vio las puertas de las aulas abrirse estrepitosamente, los alumnos saliendo en tropel, y supo con seguridad que ése era su fin.
- ¡Hermione! ¡Malfoy, quítale las manos de encima a Hermione ahora! –rugió Ginny, apuntando con su varita al pecho de Draco. Éste, sin dejar de abrazarla, se colocó delante de ella en gesto protector. Espiando por encima del hombro del chico, Hermione calculó rápidamente la cantidad de alumnos que había en aquel abarrotado corredor. Más de cincuenta, eso seguro. Maldición.
- Mejor dicho, que la sangre sucia se aparte de Draco ya – Pansy se abrió paso a codazos entre la multitud que se había congregado para presenciar la escena, todos estupefactos. No tardó en apuntar a Ginny con su varita. No le temblaría la mano para atacar a cualquiera que se atreviera a lastimar a su futuro novio. Y menos, si tenía que lastimar a esa estúpida y entrometida Weasley.
- Baja la varita, comadreja peluda. Como oses lanzarle un hechizo a Draco yo...
- ¿Tú qué? – la desafió Ginny con una sonrisa burlona. Ambas chicas- chico comenzaron a acercarse, con un brillo asesino en la mirada, y todo parecía indicar que iban a pelearse hasta morir, pero en ese momento la voz femenina y preocupada de Harry consiguió retenerlas.
- ¿Ginny, qué es lo que está sucediendo? – preguntó en un hilo de voz al llegar junto a su novia. Ron cayó de sopetón detrás de él, empujando a la concurrencia. Ginny, sin romper el contacto visual con Pansy, señaló con la cabeza a Draco y a Hermione. Harry y Ron soltaron agudos grititos, tapándose la boca con las manos y dando pequeños saltos en el lugar.
- ¡Suelta a mi amiga, Malfoy! – chilló Harry, sacando su varita del bolsillo de la mochila.
- ¡Sí, suéltala! – Ron secundó a su amigo, sacando él también la varita.
- Por primera vez, debo decir que estoy de acuerdo contigo, Weasley – admitió Blaise. Él y Theodore sacaron sus varitas de sus túnicas con un movimiento idéntico que parecía ensayado, y las dirigieron hacia Harry y Ron respectivamente.
Hermione nunca había presenciado un partido de tenis, pero supuso que debía ser bastante parecido, si no igual, al ambiente que se había establecido en aquel momento en el pasillo.
Pansy y Ginny se miraban fijamente, ajenas a todo y a todos, olvidando rápidamente por qué había comenzado la pelea en primer lugar. Harry y Ron apuntando con sus varitas a Draco, quien permanecía impertérrito, y Nott y Zabini apuntándoles a sus amigos, haciendo tintinear las pulseras de plata que llevaban en sus muñecas. Y actuando de escenografía, los alumnos de Slytherin, de Gryffindor y de Ravenclaw, debatiéndose entre observarlos a Draco y a ella con decepción e incredulidad, o a los duelistas con expectación, aguardando a que comenzara la batalla. Se preguntó dónde diantres se habían metido los profesores, que normalmente acudían en el acto a neutralizar situaciones como aquella.
La voz de Draco rompió el silencio sepulcral que se había instalado en el aire.
- Todos, bajen las varitas. Ya – ordenó, con voz fría e impersonal. Hermione creyó reconocer al Malfoy de siempre y creyó que el hechizo había terminado – Hermione Granger es mi novia, y nada de lo que hagan o digan va a separarnos.
Sacudió la cabeza en señal de negligencia. Malfoy no podría haber dicho semejante idiotez, ¡justo en aquel momento, cuando todos parecían querer asesinarlos! Retrocedió unos centímetros, percibiendo la estampida a punto de desatarse.
Todo el mundo se hallaba en posición de combate, listos para abalanzarse sobre ellos en cuestión de segundos. Draco, inmutable, no cedió un ápice.
- Draco, sé que eres muy valiente y eso me encanta… - en sus marcas – pero por lo que más quieras – listos - ¡CORRE!
Aclaración: el término "machete" se utiliza en mi país para darle nombre a los famosos papelitos que utilizan los estudiantes para copiarse en los exámenes. No encontré una palabra más apropiada. Sepan disculpar las molestias xD
Espero que les haya gustado.
Gracias por leer!
Elianela
