Perdón, perdón, perdón por la tardanza. Tuve problemas con la compu y a eso se le sumaron problemas personales... en fin. Espero que lo disfruten, y ya saben: acepto críticas, sugerencias, emails de amenaza, lo que gusten.

Gracias totales por los reviews, me hace superduper feliz que apoyen mis historias y sobre todo ésta xD

Enjoy!

Elianela


Capítulo V: Mi pequeño arándano

Draco, tan ocupado como se encontraba en su papel de héroe valiente y masculino, tardó unos segundos en darse cuenta de que más de cincuenta estudiantes, entre ellos sus amigos, iban a lanzarle maldiciones asesinas al mismo tiempo. Para cuando dio media vuelta y comenzó a correr como alma que lleva el diablo, notó que Hermione ya le había sacado una considerable ventaja. Sin embargo, debido a su excelente estado físico producto de los arduos entrenamientos de Quidditch, no demoró mucho para alcanzarla.

- ¿Por qué nos persiguen, dulce bombón de chocolate? – preguntó con ingenuidad. Hermione, con el cabello aún más revuelto de lo habitual a causa de la persecución y un brillo de demencia en sus ojos castaños, lo miró como si le hubiera preguntado cuánto era dos más dos. ¿Todavía seguía en aquel estado de estupidez? Le echó un vistazo a su semblante, parpadeando rápidamente para cerciorarse de lo que estaba viendo. Malfoy parecía estar corriendo por un bosque calmo y apacible, y no se mostraba preocupado en lo más mínimo por salvar su pellejo. Para él, esto no era más que un agradable paseo junto a su amada. Frunció el ceño, haciendo un esfuerzo hercúleo por no lanzarle un hechizo mocomurciélago a sus ceniciento y sonriente rostro.

Yo que tú me concentraría más en conservar la vida, Hermione. Los salvajes y las remilgadas les están pisando los talones.

Por primera vez, estuvo de acuerdo en obedecer a la impertinente vocecita. Los demás se encontraban a escasos metros de ellos, gritando de manera ininteligible y blandiendo amenazadoramente sus varitas. De entre todas las voces, sólo se destacaban la de Zabini y la de Ron, ambos aullando a todo el volumen que le permitían sus voces femeninas y recatadas.

Tomó de la mano a Draco, quien hasta ese momento había estado contemplando con embelesada atención las pecas de sus mejillas, y tironeó de ella para acercarlo más a él. A casi un metro de ella se abría una bifurcación: si recordaba bien, aquel corredor desembocaba en otro que los llevaría al aula desierta y olvidada en donde habían dejado encerrado el aún más olvidado juego. El quid de la cuestión. Era un recorrido bastante laberíntico, pero funcionaría para que los perdieran de vista. Su corazón pedía a gritos un descanso y sus pulmones no daban más, exigidos al máximo con la maratón improvisada que transcurría allí.

Harry y Ron intercambiaron sendas miradas de entendimiento. Preveían perfectamente lo que Hermione iba a tratar de hacer, por lo que con un gesto de la mano indicaron a Blaise, Theo y al resto que retrocedieran levemente y que disminuyeran la velocidad de sus piernas, pero no lo suficiente como para que la pareja pensara que habían dejado de seguirlos.

Hermione observó por el rabillo del ojo a la turba iracunda, que parecía haberse aplacado con los gritos, pero no daba señales de rendirse en su cacería. Era momento de actuar.

Sería una maniobra fácil de adivinar para sus amigos; después de todo, conocía a la perfección los implacables reflejos de Harry. Rogó porque las recientes cualidades femeninas que había aprehendido lo hubieran hecho más lento, aferrando con fuerza la mano nívea y floja de Draco, llegó a la bifurcación. Amagó con disparar para el lado izquierdo, y así lo pensó Draco, pero en menos de un segundo cambió de rumbo y se alejó de la muchedumbre a toda velocidad en dirección contraria. El chico la siguió dócilmente y los demás la perdieron de vista.

Harry se detuvo antes de doblar el corredor, apoyándose sobre una armadura para recuperar el aliento. El resto de los alumnos lo imitó, y Theo, cojeando suavemente, se acercó a Ron con un gesto de irritación.

- Y bien, Weasley, ¿qué hacemos ahora? Les hemos perdido el rastro – comenzó a quejarse, pero la mano levantada de Harry lo interrumpió.

Theo vio un destello de superioridad en los ojos verde esmeralda del joven, y se preguntó qué diantres era lo que Potter y la comadreja con exceso de maquillaje estaban planeando. Blaise también se acercó, enarcando las cejas con expectación.

- Han tomado… -Harry tomó una gran bocanada de aire y prosiguió – han escapado por un corredor sin salida. El final desemboca en un aula en desuso. Una puerta falsa. Es un corredor sin salida – miró subrepticiamente a Ron y éste comprendió. No por nada tenían el Mapa del Merodeador, que además de servir para encontrar a quien desearan, les permitía conocer a fondo cada rincón del castillo.

- Entonces, ¿por qué rayos no los seguimos? – inquirió Blaise, ofuscado.

- Tengo una idea – respondió Harry con malicia – Vamos a dividirnos. Un grupo los va a seguir en esta dirección – señaló el camino que Hermione había tomado – y el resto irá por allá – todos voltearon hacia el camino contrario. – Yo voy a ir en esa dirección, junto con Ron, Ginny y algunos más. Zabini, tú y Nott van a dirigirse hacia el otro lado con los demás. En silencio. – los detuvo al ver que ya se aprestaban a ponerse en marcha – Si actúan con sigilo, Hermione no los descubrirá – concluyó con su afinada voz musical.

Blaise asintió, conforme con lo acordado, y le hizo señas a Theo para que lo siguiera. La cojera de su amigo no pasó desapercibida ante sus ojos.

- ¿Estás bien, cielo? ¿Qué sucede? – quiso saber, escudriñándolo de pies a cabeza. Se detuvo en los pies del chico, enfundados en unos elegantes zapatos negros de invierno. Era evidente que le quedaban muy ajustados, debido a las toscas y anchas patas de las que su propietario siempre se quejaba, llamándolas "mis gigantes imperfecciones". Soltó una risita por lo bajo, que sin embargo fue claramente audible para Theo.

- Oye, ¡no te rías! – le pegó suavemente en el hombro, fingiendo ofenderse – Estos zapatos me están matando – el tono de su voz denotaba el dolor que le causaba el calzado, junto con el labio inferior que sus dientes se empeñaban en morder. Blaise rodó los ojos con exasperación, y con un ademán de su varita los finos zapatos fueron reemplazados por unas prácticas y cómodas zapatillas rojas y blancas. Theo le agradeció con una sonrisa radiante.

- Eso está mucho mejor – suspiró de alivio y Blaise lo tomó del brazo con suavidad, instándolo a que se apresuraran. Potter y su equipo todavía seguían allí, fulminándolos con la mirada. Se dirigió hacia él con toda la frialdad de la que era capaz, ya que a fin de cuentas, el hecho de trabajaran juntos no significaba que iban a transformarse en amigos incondicionales. El ruidito que hacían los zapatos de tacón de Finnigan al golpear el suelo estuvo a punto de sacarlo de quicio.

- Ya estamos listos, Potter.

- Al fin. Bueno, en marcha. Creo… creo que ya cada uno sabe con quién tiene que ir – titubeó, removiéndose con incomodidad. Los de Slytherin no lo acompañarían ni aunque les pagara, y los Gryffindors tampoco seguirían a Nott. Los estudiantes con el escudo verde se aproximaron a sus líderes, lanzando miradas reacias de vez en cuando al grupo formado frente a ellos. Obviamente, pensó Theo, todo el mundo va a seguir a San Potter. Un numeroso enjambre se había congregado en torno a Harry y Ron, todos ansiosos por encontrar a la pareja fugitiva.

Lejos de lamentarse, suspiró de alivio para sus adentros. Se llevaba mejor con la gente de su propia casa y no se encontraba de humor como para tener que arrastrar consigo a un tarado de Ravenclaw o peor aún, de Hufflepuff.

Un silencio absoluto se hizo presente en el ambiente y ambos grupos se dirigieron hacia su objetivo por el lugar asignado. No dejó de asesinar con la mirada a Weasley hasta que se topó de sopetón con la colosal espalda de su amigo. Blaise volteó súbitamente, y le hizo señas a Harry para que se acercara a él. El chico obedeció, no sin cierta reticencia.

Ron, a través del veloz batir de sus pestañas arqueadas, vio cómo Zabini se inclinaba sobre Harry para susurrarle algo al oído, y luego de unos instantes de meditarlo, éste asentía levemente. Carraspeó para llamar la atención de todo el mundo, y la muchedumbre entera clavó la vista en su amigo.

- Ejem… Aquí, Zabini ha tenido una idea que considero mejor… - se revolvió el pelo con cuidada despreocupación y señaló al grupo comandado por él con un gesto de la mano, indicándoles que avanzaran hacia él. Blaise lo imitó, y Theo no tardó en colocarse a su lado, secundándolo.

- He decidido que lo mejor será que los chicos vayan por el lado de Potter, con él como líder – Harry masculló unas palabrotas y el otro reprimió una sonrisa – y las chicas conmigo. ¿Están todos de acuerdo?

Un rápido vistazo a la multitud le hizo saber que jamás estarían de acuerdo, pero no podían perder mucho más tiempo, así que se tomó la libertad de decidir por ellos.

- Perfecto, todos están de acuerdo con mi plan – enfatizó el mi, y Harry le dirigió una mirada cargada de incredulidad. - ¿Qué? No siempre debes ser la voz cantante, cara rajada – le sonrió con suficiencia y el joven se limitó a volverse hacia su amigo, meneando las caderas con deliberación.

- Vámonos, Harry. Yo me voy contigo – susurró Ron con desprecio. El resto no tuvo más remedio que obedecer a Blaise, y viendo que Harry no iba a objetar su decisión, los grupos se desintegraron.

De esta manera, los chicos siguieron a Blaise, quejándose en voz baja de lo mucho que les dolían los pies y de los despeinados que estaban. Y las chicas a Harry, regalándose ocasionalmente un puñetazo y bromeando tan alto como el joven se los permitía. El líder rodó los ojos, hastiado.

¿Sigilo no era una palabra que se hallara en su diccionario, o sí?

------------------------------------------------------------------------------------------

A una breve distancia de donde se hallaban sus posibles captores, Hermione se estremecía violentamente, observando con desesperación la puerta que se encontraba unos metros más adelante y que a todas luces se notaba que no era más que un rectángulo pintado sobre la pared de piedra.

¿Cómo podría haberlo olvidado? Se sentía una completa estúpida, y la frustración la inundó. Se dejó caer pesadamente, apoyando la espalda contra la pared más próxima, y se aferró a la varita cual tabla de salvación. Si la encontraban, ella no iba a rendirse sin luchar. Aunque cada fibra de su ser le gritara lo contrario.

Estaba agotada. Apenas había desayunado por la mañana y había estado casi toda la mañana andando de un lado a otro del castillo. Para colmo, no habían avanzado para nada con la dichosa poción, y al colocar su muñeca frente a su rostro para averiguar la hora, una profunda desazón acompañó a la frustración. Ya eran casi las doce y veinte.

Draco, quien había estado observando atentamente a su abatida novia hasta ese momento, vio cómo ella se derrumbaba y las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos, esparciéndose por sus mejillas como el agua contenida de un dique. Con cautela y lentitud, se acercó a ella y se sentó a su lado. El delicioso aroma de la chica llenó sus fosas nasales.

Detente, semental. Éste no es momento para besuqueos. Tu chica te necesita.

Tomó una de las pequeñas y agarrotadas manos de Hermione y la apresó entre las suyas, tratando de que el frío sucumbiera ante el calor. La chica salió bruscamente del sopor y lo miró fijamente, demasiado cansada para replicar.

El amor y la ternura que había en los ojos de Draco la desarmaron. En aquel momento, con toda esa gente enfadada acercándose y con cada célula de su cuerpo exhausta, no le importó. No le importó que él fuera su enemigo natural, que cuando toda la parafernalia del hechizo terminara volvería a odiarla, que en realidad no la amaba. No le interesó, porque necesitaba un abrazo.

Un abrazo reconfortante, cálido, un refugio en donde guarecerse hasta que la tormenta pasara. Retiró su mano de entre las del muchacho y acarició lentamente su rostro, maravillándose de la textura de su piel, de sus rasgos marcados, de su perfección. Deslizó uno de sus dedos sobre sus labios admirando lo apetecibles que lucían, y una sonrisa tenue asomó a sus labios. Claro que eran apetecibles. Ella ya los había probado.

Mientras Hermione continuaba con la exploración, Draco la contemplaba con avidez y dulzura. Se quedó muy quieto mientras ella lo acariciaba, temeroso de que ante cualquier movimiento la chica se arrepintiera de lo que estaba haciendo. Grabó cada milímetro de piel en su mente, seguro de que no había nada más hermoso en todo el mundo que ella. ¿Acaso no era la mujer perfecta? Amaba sus ojos castaños, capaces de reflejar pasión e inocencia al mismo tiempo. Amaba sus labios, que podían prodigarle el más exquisito de los placeres. Amaba todas y cada una de las pecas desperdigadas por sus mejillas sonrosadas. Amaba sus manos diminutas y torpes, que lo llevaban al cielo y al infierno con la misma intensidad. Hacer el amor con ella era como entrar en una nueva y excitante dimensión, donde nada podía dañarlo y el calor de su cuerpo era lo único que necesitaba para vivir.

Sumido en sus pensamientos, no notó que Hermione había apoyado su cabeza sobre su hombro. La humedad repentina en ese sector de su túnica lo sacó de las cavilaciones. Comprendiendo repentinamente lo que Hermione necesitaba, la rodeó con sus brazos y la estrechó apegándola a él.

Permanecieron así durante unos minutos que a ellos se les antojaron eternos, y cada vez que Draco rompía la quietud para besarla de manera casta en los labios, ella no oponía resistencia.

Hermione creía haberse quedado dormida, pero se aseguró de lo contrario cuando la voz de troll de Ginny irrumpió en la estancia.

- ¡Ajá! ¡Con las manos en la masa otra vez, hurón! – le espetó con dureza. Draco abrió los ojos para encontrarse con la multitud que había dejado atrás hacía unos instantes, dividida en dos bandos. Pudo ver a Blaise seguido de Theodore, respaldados por un grupo grande de chicos, y a Potter por el otro lado, junto a las chicas. Todas ellas observaban fieramente a Hermione, quien todavía yacía en el piso, desmadejada.

- ¿Qué es lo que le hiciste, Malfoy? – ladró Harry con su voz melodiosa, apuntándole con la varita. Draco no se inmutó, pero retrocedió un paso, tanteando su bolsillo en busca de su propia vara. ¿Por qué Hermione seguía allí tirada? Él jamás le haría daño, pero sus amiguitos gallardos pensaban lo contrario. Cuánto los odiaba.

- Yo no le he hecho nada, Potter – respondió con tranquilidad y una sonrisa de falsa cortesía. Blaise se adelantó hacia él y Theo lo siguió. Ambos dirigieron sus varitas hacia Harry y Ron se apresuró a salir en su defensa.

Draco puso los ojos en blanco. Otra vez iban a empezar con aquella fantochada.

- Si Draco dice que no le ha hecho nada, no le ha hecho nada. Nos unimos para atraparlos pero hasta aquí llegó la alianza – declaró Theo con brusquedad.

- Y entonces dime, ¿porqué mi amiga está allí, retorciéndose como si la hubieran lastimado? – contraatacó Ron, señalando con la cabeza al cuerpo inerte de Hermione.

- Yo responderé esa pregunta, Weasley.

Draco suspiró con resignación. Había estado esperando con indiferencia a que terminara aquel insufrible intercambio de amenazas, pero la pregunta de la comadreja había abierto un abismo a sus pies. Ésta decididamente no era la forma en que sus amigos y los de Hermione debían enterarse de aquello, pero de no actuar pronto el cara rajada y Weasley terminarían de convencerse de que él en realidad había lastimado a su novia. Ni siquiera sabía con seguridad si era cierto, ya que no había tenido oportunidad de hablar con ella del asunto. No tenía tiempo ni imaginación para pensar en coartadas alternativas, por lo que armándose de valor, seguro de que su declaración iba a desatar el verdadero caos, despegó los labios para responderle a su inquisidor:

- Hermione se siente… descompuesta. El correr la dejó muy cansada – hizo una pausa para reprender con la mirada a Harry y a Ron, cuyos semblantes enrojecieron aún más a causa del polvo – Hermione… - cerró los ojos y tomó su varita – Hermione está em… embarazada.

La aludida abrió los ojos como platos. Se levantó de un salto, ante la sorpresa de la desorbitada audiencia, y se acercó a Draco por detrás, completa y totalmente aturdida. El joven percibió los pasos de la chica y atinó a tomarla de la mano, posicionándola a sus espaldas para protegerla.

Hermione se soltó del contacto como si éste le hubiera quemado, y apartándose los mechones de cabello enmarañado, se dirigió a su "novio por una hora" elevando el tono de su voz tres niveles por encima de lo normal.

- ¿Qué yo qué? ¿Qué yo QUÉ, Draco? ¿Qué estupideces estás diciendo? Tú y yo ni siquiera hemos… - se detuvo de repente, con un evidente rubor escarlata desde la frente hasta la barbilla. El semblante contraído de Harry y Ron se relajó visiblemente, pero Theo y Blaise todavía miraban a Draco con el horror plasmado en sus rostros. El joven, olvidándose de que la multitud no despegaba la vista de él, se acercó a Hermione con ánimo conciliador.

- Vamos, preciosa, no me mientas. Tú sabes que estás esperando un…

- ¡No! ¡No le crean, es mentira! ¡Mentira! – chilló Hermione. Su actitud psicótica hizo que todos excepto sus amigos y Zabini y Nott se apartaran prudentemente de la escena.

- ¡Por supuesto que es mentira! – gritó Theo, perdiendo el control. A su lado, Blaise asentía fervientemente – Draco no puede haberte embarazado, ¡es imposible!

- ¿Porqué es imposible, Theodore? Explícate – la voz de Draco era aterciopelada, pero Hermione, Theo y Blaise supieron que en cualquier momento su furia estallaría.

- Porque… - comenzó Theo en un hilillo de voz – porque – le lanzó un silencioso pedido de auxilio a Blaise, quien se hallaba en el mismo estado de desesperación – bueno, pues porque… - la voz de Theo terminó de quebrarse y Blaise escupió lo primero que se le vino a la mente.

- ¡Porque sabemos que eres gay!

Blaise soltó un gritito y se prendió del brazo de Theo. Su amigo no estaba mucho menos asustado que él.

Una fracción de segundo en mortal silencio, y luego la platea femenina de Hogwarts allí presente comenzó a desternillarse de risa. Se doblaban aferrándose a sus compañeras para no perder el equilibrio mientras proferían aullidos descomunales, señalando groseramente a Draco con el dedo índice y haciendo gestos de burla que escandalizaron a los chicos.

En su grupo, en tanto, sólo había miradas de comprensión, extrañeza y alguna que otra de repulsión.

Harry y Ron permanecían impasibles, aunque el primero se estaba esforzando lo suficiente como para no reírse y el segundo se mordía el labio inferior evitando que una sonrisa aflorara a sus labios.

Theo y Blaise, mientras tanto, permanecían abrazados el uno al otro con los ojos cerrados, esperando las represalias que no tardarían en llegar.

Hermione, quien se encontraba de frente a Draco, vio sus puños fuertemente apretados y aquella familiar ira en sus ojos grises, y esbozó una amplia sonrisa. Malfoy, el narcisista, déspota e infeliz de Malfoy, había regresado. La acometió el súbito impulso de abrazarlo, pero se contuvo al ver que él volvía a darle la espalda. Destilaba un desprecio tal, que no pudo evitar retroceder un buen trecho inconscientemente.

Las risas de las chicas se detuvieron al instante y los chicos se apartaron la máximo posible de ellas, a sabiendas de lo que podía llegar a sucederles.

Theo dejó escapar un gemido y Blaise volvió a soltar un grito frenético. Los dos seguían aferrados como sanguijuelas. Harry y Ron prepararon sus varitas dentro de los bolsillos de sus túnicas. La bronca de Malfoy se veía venir monumental.

- Repite lo que dijiste, Zabini – masculló. Blaise negó con la cabeza de manera casi imperceptible, el miedo brillando en sus orbes húmedos.

- Repite lo que dijiste. Ahora.

De dos zancadas, Draco acortó la distancia que los separaba y lo tomó bruscamente por el cuello de la túnica. Theo dejó libre a su amigo y corrió a esconderse cobardemente detrás de Millicent, pálida como el papel.

- Yo… no dije nada, no dije nada… fue una estupidez, Draco, ¡por favor, no me hagas daño! – suplicó con voz aguda, cubriéndose el rostro con las manos, al verse librado del agarre del joven. Draco le dedicó una última mirada amedrentadora al público y acto seguido caminó con pasos largos y lánguidos hacia el lugar en donde Hermione se encontraba. La chica trató de detenerlo, de articular una queja, pero todo lo que salió de su boca fueron balbuceos. Un Malfoy en estado salvaje era muy peligroso.

Draco, sin modificar la expresión de granito de su semblante, se limitó a rodear su cintura con uno de sus brazos de manera brusca y posesiva. Con el brazo libre, colocó su mano sobre su nuca, debajo de su cabello, y acercó sus labios a los suyos. Lo último que Hermione pudo vislumbrar antes de hacer contacto con la boca del joven fue la oscuridad, la oscuridad insondable de sus ojos…

Y la estaba besando otra vez, pero ése no era precisamente un beso dulce y cadencioso. Era rudo, abrupto, impersonal. No era el Draco que ella había conocido y soportado durante una hora. Era el Malfoy real. Auténtico.

Por eso el fuego que abrasaba sus labios era su marca personal. No se parecía en nada a algo que ella hubiera experimentado, y mucho menos al calor agradable y suave que los besos anteriores le habían hecho sentir.

Draco acariciaba su lengua a su antojo, la entrelazaba, recorría rápidamente el cielo de su boca para volver a arremeter con furia. No había cariño, ni amor, ni ternura en aquel beso. No era para nada lo que ella esperaba de un beso.

Por eso le encantaba. Por eso sentía que por más que sus labios jamás volvieran a rozarse, el fuego seguiría allí, quemándolo todo y aniquilando cualquier otra sensación. No le importaba que él la estuviera besando por el puro y simple hecho de demostrarle a Nott que él era heterosexual. No le importaba en lo más mínimo, mientras la siguiera besando. De forma salvaje, primitiva. Despertando todos y cada uno de sus instintos básicos.

Haciéndola sentir poderosa, libre, haciéndola renunciar a sus valores y su moral para adentrarse con él en el infierno.

Un infierno al que sus labios letales la habían conducido.

El gemido que había estado conteniendo durante aquellos escasos segundos de gloria finalmente se escapó, más gutural y ronco de lo que ella habría deseado.

Draco lo oyó y supo que había llegado demasiado lejos. Con un ademán igual de brusco que el beso, se separó lentamente de Hermione. Al encontrarse con los ojos de la chica cerrados, las mejillas arreboladas y los labios rojos y marcados, lo invadió una sensación de satisfacción total. Apartándole con lentitud el pelo de los hombros, se inclinó para susurrarle al oído, en su mejor voz seductora:

- Una vez probados mis labios, no querrás que nadie más vuelva a besarte en tu vida. Recuérdalo, Granger.

Hermione abrió los ojos paulatinamente, ubicándose en tiempo y espacio. Malfoy se encontraba de espaldas a ella, con los brazos extendidos, y la muchedumbre los observaba a ambos con una mezcla de sorpresa y terror.

- ¿Y bien? ¿Alguien más dispuesto a dudar de mi hombría?

El grupo femenino en pleno negó con la cabeza, sin siquiera pensar en contradecirlo. Poco a poco, la multitud se despejó entre murmullos y exclamaciones. Sólo permanecieron allí Theo, Blaise, Harry y Ron, clavados al piso, mirándolos con idénticas expresiones inescrutables.

- ¿Terminaste con la demostración, Malfoy? – inquirió Harry con sorna, tomando del brazo a la desprevenida y atontada Hermione y jalándola hacia sí – Mi amiga se viene con nosotros, si no te molesta.

- Draco vuelve con nosotros, Potter. No creo que quiera volver a estar a menos de cien metros de la sangre sucia después de esto – se mofó Theo con una sonrisa cruel. Ron reaccionó ante el insulto y trató de abalanzarse sobre el joven, pero Harry lo detuvo agarrándolo por el pelo. Ron hizo un mohín de dolor y retrocedió.

-¡Cuántas veces tengo que decirte que no–me- toques-el-pelo! – lo retó en voz baja. Harry se encogió de hombros, restándole importancia a la salud capilar de Ron, y se las apañó para sujetar con más fuerza a Hermione, quien luchaba por soltarse a toda costa.

Blaise hacía lo propio con Draco, sin acercarse lo suficiente como para que Draco lo golpeara o le echara una maldición. Él también, por alguna extraña e inexplicable razón, se empeñaba en acercarse a la sabelotodo.

- Vamos, Draco – la voz de Theo resonó con potencia en las paredes del corredor, tan autoritaria como su feminidad se lo concedía. Draco obedeció como un autómata y comenzó a caminar detrás de sus todavía temerosos amigos, volteándose de tanto en tanto para observar la ansiosa expresión de Granger. Parecía estar buscándole con la mirada, mientras se alejaba del brazo de San Potter en sentido contrario. ¿Querría decirle algo?

Esperó pacientemente hasta que la chica volviera a mirarlo, y una vez que establecieron contacto visual, la atención de Draco se concentró en su boca. Hermione repitió en silencio la misma palabra varias veces, haciendo la mímica con sus labios. Pensó que Malfoy no la había entendido, al no recibir señal alguna de él, pero justo antes de doblar la esquina percibió con alivio cómo el muchacho asentía una sola vez.

-----------------------------------------------------------------------------

- Genial, Draco. Son la una menos cuarto, casi la una menos diez, y no tendremos tiempo ni de tomar un vaso de jugo de calabaza. ¿Qué demonios estabas haciendo con Granger, se puede saber?

No se molestó en responder. Un poco más lejos, en la mesa de Gryffindor, Hermione tampoco respondió a las preguntas de sus amigos.

- ¿Te sucede algo, Hermione? Deberías comer, hoy casi no desayunaste – sugirió Harry con dulzura. Ginny, con los carrillos hinchados, farfulló algo similar y roció de comida a su hermano, quien se limpió el dorso de la mano con asco.

- Ginny, ¿podrías ser más cuidadosa para comer? Los escregutos de cola explosiva son más educados que tú.

- Yo trago como se me da la gana, Ronnie. No me van tus modales de señorita – replicó Ginny con desdén. Ron rodó los ojos y volvió a concentrarse en su novia. Le dio unos golpecitos en el hombro para que volteara a verle, pero por alguna razón Lavender se encontraba tan ensimismada en su conversación con Parvati que había olvidado prodigarle los mimos a los que lo tenía acostumbrado. Apretó los labios con fuerza y contuvo las lágrimas que estaban a punto de salir. No quería montar un escándalo y menos con la de escándalos que había habido ese día. Todas aquellas personas que habían presenciado la huida de Hermione y Malfoy ahora se desvivían por obtener una vista privilegiada de él o de ella, o uno de los chismes que rápidamente Dean y Seamus habían hecho circular por el colegio.

Bufó. Aquel par no hacía más que molestar a la gente con sus estúpidos cotorreos.

Trató de entablar conversación con su amigo, pero éste estaba muy ocupado realizando una inspección general a la boca de su hermana. Miró adrede hacia otro lado para evitar las náuseas, y se topó con la expresión desconcertada y distante de su amiga. Pobrecilla. Seguramente el haber besado al hurón la había dejado en estado de shock.

De otra manera, ¿por qué mantendría la mirada fija en McGonagall?

---------------------------------------------------------------------

En muy pocas ocasiones Draco había experimentado un dejavú. La última vez, a los trece años.

Pero allí estaba, reviviendo la mañana de aquel día horrible en el que el mundo se había vuelto del revés. Granger se encontraba de espaldas a él, pero podría apostar toda su fortuna a que ambos compartían la misma sensación de aturdimiento. Y no se equivocaría.

Los dos mantenían la mirada fija en sus profesores favoritos. Draco, de acuerdo con la petición de la chica, tendría que buscar a Severus para que los ayudara. Estaba completamente seguro de que él tendría la solución exacta para aquel problema, como siempre la tenía para todo.

Toda esa seguridad se desvaneció al entrar al Gran Salón y encontrarlo en su lugar de siempre.

La única palabra amable que podía usar para describirlo era "irreconocible". No quedaba rastro de la piel cetrina ni del pelo grasiento, tampoco de la túnica negra que lo caracterizaba. Su pelo brillaba de manera impresionante, límpido y refulgente a la luz del sol que se colaba por los ventanales. Su piel lucía fresca y rozagante, como la de un niño, y en sus ojos se leían la paz y la tranquilidad que Draco no había conocido nunca en él. Era como si la persona más amable y generosa del planeta se hubiera apoderado de su cuerpo y de su mente.

Gracias a Merlín no llevaba maquillaje. Ése hubiera sido el principio del fin. Un colapso nervioso.

Desvió la vista a propósito, al notar que Severus interrumpía su alegre conversación con la profesora Vector para mirarle. Su foco de atención se posó en McGonagall, y de no tener presente la amargura y la desazón de la situación hubiera soltado una risotada.

El habitual rodete tirante de la profesora había dejado lugar a una zarza espesa e inmanejable, difícil de ocultar con el sombrero que tenía encasquetado. Se notaba a leguas que no se lo había lavado en varios días, y la sombra sobre su labio superior al igual que el espesor de sus cejas le dio a entender que había otras cosas que no había hecho en varios días. O en semanas quizás. La barba le llegaba hasta debajo del pecho.

Sus anteojos estaban muy maltratados y la túnica que usaba estaba raída y remendada. Su estado era simplemente deplorable.

La imagen que Draco tenía de la profesora McGonagall, quien a pesar de ser la jefa de la casa rival de Slytherin por antonomasia era un modelo de rectitud, se derrumbó estrepitosamente.

Negando con la cabeza, absorto en sus pensamientos, ignoró las súplicas de Theodore y de Blaise de que ingiriera alimento. Luego de unos irritantes minutos, se llevó un trozo bastante grande de pollo a la boca y lo masticó concienzudamente. Se preguntó con sarcasmo desde cuándo habían recibido los títulos de madres preocupadas.

Tragó. Se llevó su vaso a los labios y el frío líquido descendió por su garganta. Oía a su alrededor el zumbido proveniente del parloteo de los chicos y las voces graves de las chicas, pero era sólo eso. Un zumbido. No distinguía de quién era cada voz, ni qué era lo que estaban diciendo.

Sólo podía pensar en una cosa.

El ardor incesante de sus labios.

-------------------------------------------------------------------------------------------------------

- Lav, dímelo de una vez por todas. ¿Por qué no delatamos a Hermione enfrente de todo el mundo? ¡Era la oportunidad perfecta!

- Pav, ¿es que no lo entiendes? Habrá oportunidades mejores de denunciarla. Ése no era el momento. Lo sé.

- Es una pena. Un desperdicio.

- Lo sé, Pav, era buena idea, pero por Merlín, apiádate de ella. ¿No ves cómo está?

- Sí, parece como si hubiera visto una banshee. ¡Tanto escándalo por Malfoy!

- Me pregunto cómo besará. ¿Será tan bueno como dicen?

- No lo sé, amiga, pero a juzgar por la cara de Hermione cuando Malfoy la soltó, debe besar muy pero muy bien.

- Entonces ni me imagino cómo será en la cama. Una vez oí decir a Dean que había oído que una chica de Slytherin le contaba a otra que su prima había tenido dieciocho orgasmos cuando estuvo con él. ¡Dieciocho!

- Guau, yo no llego a eso ni por asomo.

- Pues yo sí. Te apuesto a que puedo sobrepasar los veinte.

- No apuestes nada, que mientras Ronnie siga manteniendo su tercera pierna sin usar la ganadora soy yo.

- ¡Oye!

Las risas sofocadas de Parvati y Lavender hicieron a Hermione volver en sí. Su plato de verduras y pescado se encontraba casi intacto, y comprendió que no tenía sentido esperar a que el apetito despertara. Todavía quedaba mucho por hacer.

Hizo ademán de levantarse y se lamentó al instante. Harry la miró con creciente suspicacia, dejando caer el tenedor sobre su plato con sonoridad, y Ron se levantó súbitamente. El hecho de que sus orejas se estuviesen poniendo coloradas no era una buena señal.

- ¿Adónde crees que vas, Hermione? – quiso saber Harry, frunciendo pronunciadamente el entrecejo.

- Sí, cuéntanos – acotó Ron.

- Yo… bueno… - la excusa surgió en su mente con tanta facilidad que se sorprendió – voy al baño. No tengo mucha hambre – agregó al ver que Harry se disponía a replicar – y el beso de Malfoy me ha provocado unas náuseas tremendas – procuró estar lo suficientemente pálida como para que el mareo fuera creíble – Me dejó un sabor asqueroso – finalizó, enfatizando la última palabra. Tanto Ron como Harry aparentaron estar convencidos, por lo que Hermione se despidió abruptamente con un escueto "nos vemos". Ron dejó que se alejara lo suficiente e intercambió una breve mirada con su amigo. Éste a su vez se dirigió a Ginny, quien con un gesto hosco se levantó de su asiento y se escabulló por el mismo lugar por el que Hermione había desaparecido.

Iban a llegar al fondo del asunto, costara lo que costara.

------------------------------------------------------------------------

Draco vio con horror como la comadreja menor se iba del Gran Salón en la misma dirección que Granger y tragó con dificultad. Observó por el rabillo del ojo a sus amigos, muy ocupados en intercambiar confidencias junto a la peluda novia de Theo. Confiado en que no iban a tomar la misma resolución que San Potter, se levantó con discreción y se dirigió hacia la salida.

La providencia jugó a su favor esa vez, ya que todos los alumnos comenzaron a abandonar el comedor con destino a sus respectivas clases. Tardó un poco más de lo deseado en abrirse paso entre los estudiantes que lo observaban con interés. Sus compañeros de casa no habían armado mucho alboroto con lo sucedido entre Granger y él, y se encontraba profundamente agradecido por ello. Gracias a los cielos todavía existía gente que optaba por no dar crédito a los chusmeríos.

Llegó rápidamente al aula en el que se suponía debía estar Granger. No había rastro de la Weasley peluda por ningún lado, pero aún así debía estar alerta. Desenvainó su varita con presteza, pero antes de que pudiera siquiera proferir una sílaba, la puerta se abrió con celeridad y una mano tiró de él hacia dentro.

-¿Qué de…

- ¡Shhh! ¡Cállate, soy yo!

El conocido perfume de la chica lo hizo cerciorarse de que en realidad era ella. Se soltó con una fuerza deliberada de la presión de su mano pequeñita y se adentró aún más en el salón. El juego aún seguía allí, tal y como lo habían dejado. Las tarjetas, la varita. Todo igual.

Hermione se acercó a él cautelosa. Aprovechando que no le prestaba atención, se permitió analizarlo de pies a cabeza.

Evidentemente, no recordaba nada de su lapsus de romanticismo porque ni siquiera lo había mencionado. En una ocasión normal, se habría burlado de ella a rabiar y se habría jactado de sus cualidades como besador experto.

Eso era lo que ella esperaba, de un momento a otro tendría que suceder.

Pero Draco permanecía en silencio.

¿Crees que recuerde algo, Hermione? Porque yo no.

Por segunda vez, y muy a regañadientes, tuvo que admitir que la maldita voz estaba en lo cierto.

Por supuesto que no recordaría nada. Él seguiría adelante con su vida, muy campante, y ella tendría que cargar con ese peso, con ese recuerdo, durante el resto de sus días. Jamás volvería a sentir el calor y el placer que Draco Malfoy le había proporcionado, y lo peor de todo era que había cobijado la minúscula e infantil esperanza de que él hubiese sentido lo mismo que ella. Qué idiota que había sido.

Una sonrisa rota se dibujó en su rostro. Se acercó con desgano al pupitre en donde estaba emplazado el juego, apartando al chico, e hizo girar la varita con el mismo ímpetu escaso. Draco vislumbró su semblante apesadumbrado y supo que algo andaba mal. No obstante, no se atrevió a preguntar. No cuando sospechaba que el sombrío estado de ánimo de Hermione guardaba relación con la indescriptible sensación de armonía y bienestar que lo invadía y con el calor de sus labios.

La varita se detuvo con brusquedad en la primera pila de tarjetas y Hermione resopló con fastidio. Era la segunda vez que le tocaba una tarjeta "Reto", y considerando los efectos catastróficos que había desencadenado la primera, no estaba segura de que lo que le deparaba ésta fuera mucho mejor.

La tomó con gesto firme, sin rastro del anterior estremecimiento que la recorría cuando jugaba, y la leyó.

- "Te felicitamos, muy valiente eres tú. Por lo tanto, como premio, cambiaremos los pelos por el color azul"

Los pelos por el color azul. ¿Qué demonios querría decir con eso?

La expresión de pavor inidentificable de Malfoy la hizo entrar en pánico. Lo que fuera que hubiese sucedido, sin lugar a dudas era muy, muy malo.

- ¡Malfoy, dime qué sucedió! ¿Qué me pasó? – reclamó, palpándose la cara en busca de alguna protuberancia extraña o de colmillos de vampiro. No encontró nada fuera de lo común, por lo que supuso que el supuesto cambio se había producido en algún lugar de su cuerpo del cuello para abajo.

Deseó nunca haber mirado al suelo. Sus manos conservaban la forma original y la misma cantidad de dedos. La única diferencia era que en vez del blanco acostumbrado, ahora la piel mostraba un color azul oscuro, profundo, de una tonalidad que ella nunca había visto. La tocó repetidas veces, pellizcándose febrilmente los antebrazos, con la esperanza de que fuera sólo una pintura superficial. Frente a ella, Draco se limitaba a observarla, demasiado sorprendido para burlarse de ella.

Por la manera de mirarla de Malfoy, supo que aquella horrenda tintura se había extendido a cada resquicio de piel de su ser. Tomó asiento tambaleándose, recordando ocasionalmente que debía respirar para vivir. Colocó la cabeza entre las rodillas, procurando serenarse, y durante unos instantes las respiraciones de ambos fueron el único sonido de la habitación.

- La verdad es que no te ves tan mal, Granger.

Hermione alzó la cabeza con una expresión de incredulidad pura y dura para encontrarse con aquella sonrisa torcida tan típica de Malfoy. Draco se sentó en la silla contigua, evitando romper a reír, y Hermione supo que al fin y al cabo no iba a librarse de la chanza.

- Aunque pareces un camaleón. Me pregunto si podrás cambiar de color – comentó interesado. Procedió a apretujar la mejilla de Hermione con tal fuerza que la agredida soltó un estridente quejido de dolor y se levantó como un resorte de la incómoda silla.

- ¿Qué demonios crees que haces? ¡Maldición, Malfoy! ¡Eso duele!

- Qué pena que no puedas cambiar de color. Vas a ser un arándano humano para siempre – el tono de voz de Draco estaba cargado de burla y diversión. Hermione frunció el azulado entrecejo y preparó su réplica.

- Será mejor que te comportes, o le contaré a tu amada y velluda Pansy que me besaste. ¡Más de una vez! – remató con una sonrisa de triunfo al ver que lo había dejado momentáneamente desarmado.

- Un momento. ¿Cómo es eso de que yo te besé, Granger? – inquirió con el ceño aún más fruncido que ella. Hermione no dio señales de retroceder y se plantó frente a él con una irritante sonrisilla de suficiencia.

- Sí, Malfoy, lo que oíste. Me besaste. Y me llamaste… ¿cómo era? ¡Ah, sí! "mi dulce de melaza" – rió con afectación. Draco no respondió, atormentado como estaba por lo que la sabelotodo le había dicho. Si aquella agradable calidez se debía a la abominación que había cometido, se encerraría a si mismo en San Mungo hasta los cincuenta años. Sorteando a Hermione, llegó rápidamente a la mesa en donde se encontraba el tablero. Cualquier cosa que le impidiera pensar en la imagen mental que se esforzaba por plasmarse en sus pensamientos sería bien recibida.

Observó cómo la varita giraba a una velocidad anormal hasta que se detuvo certera en la segunda pila. Soltó un par de palabrotas por lo bajo que consiguieron atraer la atención de Hermione.

- ¿Sucede algo, Malfoy?

Draco masculló un cortante "no" antes de tomar la tarjeta con un gesto que habría hecho que la pila entera se deshiciera; sin embargo, ésta permaneció en pie.

Hermione tomó asiento otra vez, más sosegada, y se cruzó de piernas. ¿Qué tarjeta le habría tocado a Malfoy para que se hubiese puesto así de arisco? Que tenga que convertirse en un Grindylow o algo más asqueroso. Se lo merece por bravucón desmemoriado.

- "Confiesa, confiesa, pequeño hurón picarón. Sabemos que te ha gustado comprobar de los labios de Granger su sabor. ¿Te gustaría hacerlo en otra ocasión?"

La garganta de Hermione se secó de repente. Aquel sádico y estúpido jueguito le había dado la oportunidad que ella inconscientemente había estado esperando, el momento perfecto para cerciorarse de que a él le habían gustado los besos tanto o más que a ella. Se sentía una completa idiota al admitirlo, pero no se sentía capaz de negarlo por mucho más tiempo.

Draco se encontró de pronto entre la espada y la pared. Si sus suposiciones y sus conjeturas resultaban ciertas, el beso le había gustado de una manera inigualable, inmensurable. La espada.

Pero confesar que lo había disfrutado más que a cualquier otro sería admitir que en realidad había besado a Granger. La sangre sucia sabelotodo de Granger. Y eso no podía permitírselo.

- No. No me gustó.

La voz carente de emoción del joven la partió en mil pedazos. De ninguna manera él diría que le había gustado, ni aunque lo torturaran. Debió haberlo sabido desde el primer momento. Se levantó sin pensarlo y se acercó a él, percibiendo su aura de frialdad que la lastimaba a medida que se aproximaba. Draco mantenía la misma postura, con los ojos cerrados. Una batalla descomunal se estaba librando en su interior.

- No te creo.

El talante desafiante de Hermione tomó por sorpresa a ambos. Draco se volvió para mirarla, con un premeditado brillo burlón en sus ojos, y comprobó con deleite que Granger estaba paralizada por su atrevimiento.

- ¿En serio creíste que alguna vez existiría una posibilidad de que besarme contigo sería lo mejor que me hubiese pasado? – escupió en voz baja y sibilante. Esperó ver algún atisbo de humedad en sus ojos, pero la chica no denotó tristeza alguna. Al contrario, parecía aún más segura de sí misma conforme cruzaba los brazos a la altura del pecho.

- Por mucho que trates de aparentar, Malfoy, sé que lo disfrutaste – Hermione no encontró razón lógica para su respuesta. Simplemente, no encontraba ninguna grieta para dejar entrar las dudas. La certeza de que ambos habían gozado del contacto era aplastante.

- No seas infantil. Que yo sepa, todavía no sabes leer las mentes así que no puedes saber lo que…. ¡Ay! ¡Con un demonio!

Draco dejó caer la tarjeta que había estado sosteniendo con la mano derecha, sintiendo la quemadura latiente de su piel con un nudo formándose en su garganta. La tarjeta se sacudió brevemente y a continuación emanó la luz más brillante que hubiera visto en su vida.

Se cubrió los ojos con el brazo sano, al mismo tiempo que Hermione. Súbitamente las paredes y el suelo comenzaron a temblar, al igual que las mesas y las sillas. Buscó a Hermione, quien se hallaba unos metros más allá de él con el terror desdibujando su rostro.

- Granger. ¡Granger! ¡Maldición, Granger, despierta!

Hermione sólo atinó a aferrarse al joven con toda la fuerza que era capaz de emplear. Draco, sin ser claramente consciente de lo que estaba a punto de hacer, la rodeó con sus brazos, depositando un suave beso en su frente. La chica no paraba de sollozar y de retorcerse, como si quisiera salir de allí a toda prisa.

- Tranquila, Hermione. Yo estoy contigo.

Hermione no necesitó más. Allí, segura dentro de su abrazo, no pudo evitar sollozar con más intensidad. La última vez que todo a su alrededor había girado de tal manera, el resultado había sido aquel limbo en el que se encontraban ahora. No quería que la situación empeorara antes de mejorar. Deseaba más que nada que todo terminara, lo más pronto posible… por favor…

Ambos sintieron como una poderosa fuerza invisible los levantaba en el aire, similar a un huracán, y los empujaba violentamente contra la pared haciéndolos caer con gran estrépito.

Hermione sintió cómo Draco se desplomaba a su lado, inconsciente, y luego no recordó nada más.


Espero que les haya gustado. A mí personalmente no, pero estoy muy cansada como para modificarlo, así que me lavo las manos. Lo dejo a su criterio xD

Gracias por leer!

Elianela