Otra vez mil perdones por la tardanza. No tuve Internet por dos días y mi musa se fue en un crucero al Caribe, regresando de tanto en tanto. Disculpen las molestias :P
A las lectoras cuyos reviews no fueron respondidos: ¡Lo siento mucho mucho mucho! Mi computadora se empecinó en no dejarme entrar a la página para responderlos, la muy perra. En fin, espero que lo disfruten y ya lo saben: se aceptan críticas, sugerencias, lo que quieran.
Este capítulo va dedicado a Shashira, una maravillosa persona que conocí a través de y que se convirtió en una amiga genial. ¡ Te quiero, grossa! nos hablamos por MSN prontito. ¿Ya llegó la lluvia de reviews de Vampire Knight a Cádiz? Porque en cualquier momento se aparece por allí xD
Sin más comentarios, el chap.
Enjoy!
Elianela
Capítulo VI: El silencio de los rubios oxigenados
Si continuaba por mucho tiempo en la misma posición, temía que sus extremidades dejaran de responderle de un momento a otro.
Ya no sentía las piernas, y sus brazos iban por el mismo camino. Le dolía el trasero, incrustado en la rugosa superficie de piedra, y la espalda le pasaría factura en cuestión de segundos. Resopló con fuerza, y a continuación se reprendió mentalmente por eso.
¡Excelente idea la que habían tenido su novio y su hermano! ¿Desde cuándo ella era la encargada de realizar las tareas de espionaje? Hacía veinte eternos minutos que se encontraba en la misma posición y se moría de hambre: con la salida apresurada del Gran Salón había dejado su copioso almuerzo a medio terminar, y los constantes rugidos desaforados de su estómago no eran de gran ayuda. Decidió que en cuanto terminara con aquella ridícula misión se daría una vuelta por las cocinas. Dobby siempre la recibía con los bracitos abiertos y una generosa porción de pastel de limón, su postre favorito.
Y la próxima vez que Harry o Ron me vengan con una estupidez de estas, les voy a cortar el… Un ruido sordo interrumpió el hilo de sus iracundos pensamientos. Se apegó a la pared tanto como le fue posible, tratando de respirar de manera pausada y rogando que su presencia pasara inadvertida.
Una pareja de desigual altura se aproximaba por el corredor, caminando con bastante prisa. De vez en cuando la persona más alta soltaba una risita, a lo que la pequeña correspondía con un "no seas tonta". Ginny entrecerró los ojos, tratando de descifrar la identidad de los intrusos a través de la sedosa textura de la capa de invisibilidad de Harry.
Bah. Sólo es Luna. Reprimió un suspiro de alivio al ver que se trataba de su excéntrica amiga y su novio, un chico de Ravenclaw de su mismo año a quien, de acuerdo a su opinión, las extensiones fucsias le quedaban como una patada en el clítoris. Los aros de rábanos eran casi imperceptibles debido al desgreñado y kilométrico cabello de Luna, que llegaba a su cintura, y lo mismo sucedía con el collar de corchos, camuflado debajo de la barba. Ginny se preguntó con horror por qué la chica usaba aros y collares propios de mujeres. Dejando de lado lo estrafalarios que eran los objetos en sí, el hecho de que se los pusiera le daba un motivo perfecto a la gente para burlarse de ella.
Apretó los labios con irritación. Luna no era merecedora de los venenosos insultos que proferían los estudiantes. Ella era una persona genial, y sobre todo, una amiga de las que no se conseguían fácilmente. Alguien en quien podría confiar hasta con los ojos cerrados. Alguien que no dudaría en dar todo por ella.
Ginny sonrió al ver al par alejarse. Dalveen era, sin lugar a dudas, la mejor persona para Luna. Creía firmemente en los wrackspurts y en la Conspiración Rotfang; desde el primer momento en el que ambos habían cruzado palabra, una calurosa tarde en la biblioteca, todo el mundo percibió que había química entre ellos.
Una vez que el pasillo estuvo nuevamente desierto, se permitió relajar su postura. Hizo girar su cabeza una vez, con lentitud, y un sonoro ¡crack! reemplazó al sepulcral silencio. Luego, arqueó su espalda, con las manos posadas en sus caderas, y cada vértebra de su columna protestó con un tronido. Dejó escapar un bostezo y se rascó la barba con modorra, desordenándola levemente. Acto seguido, se sentó sin mucha suavidad con las piernas cruzadas, acomodando la capa sobre sus pies para que la cubriera por completo. Con un último bostezo, se dispuso a esperar con resignación.
Hermione y Malfoy no iban a quedarse allí encerrados por el resto de su vida, ¿o sí? Cruzó los dedos fuertemente, pidiéndole a Merlín y a todos los dioses que lo que estuvieran haciendo (nada impúdico, por el futuro de su salud mental) no les demorara mucho más tiempo. Si tenía que estar allí otros veinte minutos, dejaría a la muchacha librada a su suerte y correría directo a visitar a Dobby.
De sólo pensar en el pastel de limón se le hacía agua la boca, con lo que sus tripas volvieron a reclamar alimento. Rebuscó con frenesí en sus bolsillos, tratando de localizar aquella rana de chocolate que Harry le había dado ayer en la cena. Originalmente el regalo constaba de tres golosinas, pero las dos faltantes habían perecido a mitad de la noche, en pleno ataque de angustia oral. Al palpar finalmente la pequeña caja que contenía el chocolate se sorprendió de que la tercera ranita todavía siguiera con vida. Abrió el empaque rápidamente y devoró el dulce en una fracción de segundo, manchándose los labios con el chocolate derretido.
Una sonrisa glotona se dibujó en su semblante, prosiguiendo a relamerse con fruición. Al menos aplacaría el hambre un poco más, pero no por mucho tiempo. Cerró los ojos y apoyó la cabeza pesadamente contra la pared, el sabor de la golosina desvaneciéndose en su lengua. Pensó en Harry y en la noche anterior que habían compartido en la Sala de los Menesteres, y paulatinamente, el sueño la venció.
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Ése era uno de los dolores de cabeza más agudos que había padecido en su vida. Estaba acostumbrada a ellos, ya que en época de exámenes solía quedarse estudiando hasta altas horas de la noche y sólo la migraña la hacía finalizar sus sesiones maratónicas. De vez en cuando sufría una que otra jaqueca, pero ya estaba aprendiendo a lidiar con ellas y de todas formas, cuando el dolor pasaba a ser algo más intenso tenía siempre a mano una cajita de pastillas muggle que su madre le había obsequiado para tales ocasiones, "cuando se sobreexigía sin necesidad". Monica no se cansaba de decírselo cada vez que se presentaba la oportunidad.
Pero la dichosa cajita se hallaba a años luz de allí, y aunque hubiera intentado ir por ella no hubiese podido. Porque el atlético y escultural cuerpo de un metro ochenta de longitud de Draco Malfoy se hallaba tendido sobre ella cual inerte saco de papas, permitiéndole respirar a duras penas y haciendo que sus piernas comenzaran a adormilarse. Con sumo cuidado, se incorporó y trató de desplazar a Malfoy lejos de ella, para que el aire transitara sus pulmones de una manera saludable. Después de hercúleos esfuerzos y con el rostro colorado a causa del esfuerzo, consiguió que Draco se apartara. Lo recostó con suavidad, evitando que su cabeza golpeara el suelo de manera brusca. Estaba muy segura de que cuando volviera en sí, el dolor punzante que sentiría sería idéntico al de ella.
- ¡Accio ibuprofeno!
De su voz brotó un susurro cascado, y luego de realizar el movimiento de varita correspondiente la guardó en uno de los bolsillos de su túnica sin muchos miramientos. Abrazó sus piernas con los brazos, recuperando la movilidad, y apoyó su barbilla sobre las rodillas con aire pensativo.
¿Habrá sido real?, se preguntó a sí misma mientras observaba las facciones dormidas de Draco. Su rostro denotaba tranquilidad; parecía como si estuviera soñando con algo muy placentero. Sus labios exhibían un atisbo de la mueca socarrona que acostumbraba mostrar en lugar de una sonrisa, y algunos mechones de pelo platinado se deslizaban traviesos sobre su frente pálida.
Luce precioso. Si no fuera un completo idiota no estaría nada mal que tú y él se pusieran a…
- Cállate – ordenó Hermione con desgano. No estaba de humor para soportar los comentarios mordaces de la vocecita que habitaba su mente. Sólo ayudaría a incrementar el dolor de cabeza.
Su entrecejo se arrugó. ¿Cuánto más tardaría la maldita caja en llegar hasta allí?
La respuesta a su pregunta golpeó repetidas veces el grueso vidrio de la ventana del lado derecho. Se levantó de sopetón y en tres pasos estuvo junto a ella, abriéndola de par en par para dar paso al medicamento. Si no se hubiera hallado en tan desesperante situación, se habría reído con ganas al ver cómo la cajita de color azul repleta de instrucciones se acercaba a ella zumbando. Extrajo una pastilla del tamaño de un grano de café de su interior y se la metió en la boca. Intentó sin éxito disolverla con la lengua antes de tragarla, pero como esto no sucedía se encogió de hombros mentalmente y la dejó caer por su garganta. Seguramente el sabor habría sido un poco menos asqueroso si hubiera acompañado el remedio con un vaso de agua, pero en ese momento no había tiempo para tales detalles. Debía despertar a Malfoy ya.
Removiéndose en su posición, se acercó un poco más a donde el joven yacía y extendió una mano vacilante hacia él. ¿Realmente tenía que despertarlo? Parecía tan… humano de aquella forma, durmiendo profundamente y con gusto. No lucía como si se hubiera dado un golpe tremendo, a diferencia de ella, cuyo aspecto podía afirmar debía ser desastroso. Como si un huracán le hubiera pasado por encima unas diez o quince veces.
Aquel doloroso interrogante volvió a acometerla. Muy en el fondo, sabía con la misma exactitud con la que recordaba los ingredientes de la poción multijugos que Malfoy había sentido lo mismo que ella, que él había disfrutado tanto o más de ella de ese sagrado roce de labios. ¿Cómo lo sabía? Ni ella misma podría averiguarlo, pero a pesar de la rotunda negativa de Draco acompañada de su sequedad no cambiaría de parecer. Y en cuanto el Slytherin abriera los ojos lo ametrallaría a preguntas. Sin pudor alguno: la mera idea de enfrentarse a él hacía que olvidara cualquier indicio de temor o vergüenza. No le daría respiro alguno ni oportunidad de recibir respuestas evasivas. Necesitaba confirmarlo, hacerlo realidad. Enseguida.
Bueno, tal vez no enseguida. Mejor le doy unos minutos de reposo.
Sonrió sin quererlo, y sus mejillas se tiñeron de un agradable rubor. Tendrían que quemarle los labios con ácido muriático para que olvidara el sabor de los de Draco.
Hermione suspiró. Por mucho que le doliera admitirlo, iba a extrañar al Malfoy cariñoso y calenturiento. Después de todo, ella nunca había recibido las atenciones de un admirador tan devoto y fervoroso como él. Todo había sido tan nuevo y dulce para ella, como… como el primer amor. Por primera vez entendía a lo que sus compañeras se referían con eso de las mariposas en la panza, por primera vez su corazón latía a toda velocidad por una razón diferente a la adrenalina propia de las aventuras que corría junto a sus amigos. ¿Cómo algo tan hermoso podía ser mentira? Apartando el hecho de que el causante de semejante proeza era un narcisista por excelencia y la despreciaba, actuar de esa forma la trasladaba a un universo paralelo. En sus diecisiete años de vida no había quebrantado una sola regla, comportándose de manera correcta y monótona las veinticuatro horas del día. Sin cambios. Y el hecho de estar a menos de medio metro de Draco ya de por sí constituía algo estrictamente imposible para ella.
Eso, se dijo con entusiasmo a sí misma, era lo que lo hacía aún más excitante. Sentía el vértigo correr por sus venas con total libertad, el temor a que los descubrieran, el nerviosismo, la ansiedad… Había probado una tajada de lo prohibido y le había gustado. Mucho.
Sin pensarlo, dio rienda suelta a su imaginación y diversas imágenes comenzaron a aparecer en su mente en un mecanismo similar al de las diapositivas. Sólo aparecían dos personas, en diferentes situaciones y lugares, pero todas las historias terminaban de la misma manera: las narices rozándose, ambos regalándose sonrisas radiantes de felicidad, de amor…
¿Primer amor? ¡Ja! ¡Cuéntate otro, Hermione! Te estás olvidando de un pequeño pero vital detalle: es Malfoy. Mal – foy. Te odia. Las palabras de amor, los epítetos románticos y los besos apasionados fueron producto del hechizo bajo el que se encontraba. ¡Estaba fuera de sí! ¡Entiende eso de una vez por todas!
Él jamás podría amarte. Jamás. Olvídate de lo que sentiste por más maravilloso que haya sido. No lo recuerda. Tan pronto como abra sus cautivadores ojitos grises volverá a insultarte y a humillarte como siempre lo ha hecho. ¿Qué esperabas? ¿Que un simple beso lo convirtiera en el Sr. Encantador? ¿Qué se enamoraría de ti así como así y vivirían felices para siempre? Pues déjame decirte que no sucederá de ese modo. El mundo no va a cambiar en un segundo porque él te haya metida la lengua en la boca un par de veces. Merlín, Hermione, a veces puedes ser tan estúpida…
- Estúpida – repitió con la voz quebrada, enjugándose una de las lágrimas que surcaban sus mejillas como ríos. Dejó que las restantes siguieran su curso; no había necesidad de esconderse para llorar como era su costumbre puesto que nadie la vería. La única persona capaz de burlarse de ella y hacerla sentir peor se encontraba en quién sabe qué mundo onírico desconocido, en estado de inconsciencia. Un sollozo se abrió paso a través de sus labios y Draco exhaló ruidosamente.
Debía haberlo sabido. ¿Cómo se había permitido a sí misma hacerse ilusiones hasta tal punto? ¡Qué ingenua había sido! Se había comportado como una tonta, sin lugar a dudas. Se había tragado el cuento del príncipe azul y se había dejado llevar por sus fantasías. Una actitud impropia de Hermione Granger, quien rara vez se dejaba dominar por sus sentimientos y sus deseos. Una actitud impropia de la persona recta y centrada que creía ser. Debía a toda costa eliminar cualquier rescoldo de Malfoy y suprimir la sensación de sus labios, enterrarla en el fondo de su memoria para que nunca volviera a resurgir. Nunca más volvería a mencionar el asunto en su fuero interno ni con otra persona. Olvidaría todo, absolutamente todo. Cuando Malfoy despertara actuaría con suma normalidad y pretendería que nada había sucedido.
Eso si él conseguía recordar algo después de semejante golpe.
- Maldito desmemoriado... – farfulló incorporándose trabajosamente. Ya no le preocupaba la salud o las posibles contusiones del chico, así que pellizcó un pliegue de tela de su túnica y lo zamarreó con brusquedad. Malfoy ni se inmutó, y Hermione comenzó a perder la paciencia. Otra zarandeada, y sus párpados temblaron levemente, pero permaneció en la misma posición.
Hicieron falta tres sacudidas más y una o dos patadas propinadas con poca fuerza para que recuperara el conocimiento. Su semblante se contrajo de pura irritación, y Hermione preparó sus oídos para el comentario irónico con el que se despacharía. No obstante, la sorprendió el hecho de que le pidiera ayuda para levantarse del polvoriento suelo, tomándola de las manos. Su ceja izquierda se alzó con desconcierto. Draco Malfoy no le habría pedido ayuda de ese modo ni aunque se encontrara al borde de la muerte.
- ¿Estás bien, Malfoy? ¿Te golpeaste la cabeza? – inquirió al ver que el joven se frotaba la parte posterior de manera insistente. Trató de examinarlo apoyando una mano sobre la suya, con intención de retirársela para poder verlo mejor, pero Draco se apartó de su contacto con un ademán hosco. Mordiéndose la lengua, Hermione lo ayudó a llegar hasta la silla más próxima donde se dejó caer sin voluntad, con los ojos cerrados y una mueca de dolor. La cabeza debía estar explotándole.
- ¿Cómo te sientes? Puedo darte una pastillas para el dolor de cabeza, son muy… - se interrumpió al ver que Draco negaba lentamente, a todas luces escéptico. Su exasperación iba en aumento. No le había dicho si se sentía mal o bien pero tampoco quería el remedio. Típica conducta de niño malcriado.
Hermione se armó nuevamente de paciencia y apoyó la palma de su mano sobre su frente perlada. A diferencia de la temperatura normal de la piel de Draco, unos centígrados menos que el común de los mortales, en aquellos momentos estaba ardiendo. La chica retiró la mano, descartando la teoría de la fiebre (era ridículo, a fin de cuentas ella se había golpeado con igual de fuerza y su migraña ya había desaparecido casi por completo) y tomó otra pastilla de las profundidades de su bolsillo.
- Malfoy, lo que tienes y que no quieres decirme es una jaqueca grande como un dragón. Tómate esto y verás… - Draco gimió y la poca paciencia que Hermione había almacenado se esfumó - ¡Pues entonces quédate allí sufriendo, no me preocuparé más por ti! Haz lo que quieras.
Draco abrió los ojos para fulminarla con la mirada, tanto como el dolor se lo permitía. ¿Y quién le había dado el título de sanadora a la sangre sucia? No iba a aceptar ninguna patética e inservible droga muggle que de seguro surtiría el mismo efecto que un vaso de whisky de fuego. Y menos proveniente de Granger, quien tenía motivos de sobra para envenenarlo.
Abrió la boca para replicar, pero para asombro de los dos y alivio de Hermione, no emitió un solo sonido.
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¡Qué demonios está sucediendo! ¿Por qué no puedo hablar? Voy a intentarlo otra vez, a ver. Sí, abro la boca, el aire hacia fuera… no, nada.
¡Maldición! ¡El estúpido juego me castigó porque no dije la verdad y me quitó la voz! ¿Qué se supone que voy a hacer ahora? ¿Lenguaje de señas o algo así?
Y el colmo de mi desgracia: la cara de ratón de biblioteca de Granger transformada en un rictus de felicidad. Seguro debe estar reprimiendo sus inmensurables ganas de mofarse de mí, la muy idiota.
La veo parada frente a mí, tratando de que la voz no se le quiebre a causa de la risotada que detiene en su boca. Que se ría. La desafío a que se burle de mí. Será lo último que haga.
Ahora me pregunta qué me sucedió. Vaya estupidez. ¿Qué crees que me haya sucedido, Granger? ¿Un escreguto de cola explosiva me mordió la lengua? ¡Pues no! ¡Tu jueguito de porquería me privó de mi maravillosa, espectacular y sexy voz! Y ahora no sé cómo voy a comunicarme con ella.
Porque de una cosa estoy convencido. Terminaremos con todo esto antes de la medianoche, y luego tomaré el tablero, le arrojaré diez maldiciones asesinas y veinte Cruciatus y lo destrozaré. Después voy a arrojar pedacito por pedacito al lago, para que pasen a formar parte de la reserva de aperitivos del calamar gigante.
Y en cuanto al resto de las cosas… siempre me atrajo la idea de los incendios. Así que las tarjetitas se caen accidentalmente en la chimenea junto con la varita, y el resto es historia.
Genial. Ahora Granger me mira como si fuera un Grindylow disecado. Apuesto a que está tratando de averiguar qué es lo que me pasó para que me haya convertido en mudo de un momento a otro. Vamos, sangre sucia, no es tan difícil de adivinar. Creí que eras un poquito más inteligente, no pensé que tardarías tanto tiempo en darte cuenta.
- Merlín… No dijiste la verdad, ¡así que ahora no podrás decir nada!
Eureka, Granger. Descubriste el fuego.
Por todos los cielos. ¿Cuándo se va a acabar este martirio? ¿Qué hora es, Granger?
Oh, lo olvidaba. Maldita sea. Intento gesticular con discreción para que consulte su reloj, pero no logra captar mis señales. Probaré otra vez. Despacio, para que las órdenes lleguen a su cerebro de snitch y puedan ser procesadas.
Hora, Granger. La hora. ¡Sí, tu muñeca! Así, ya estás cerca. Ahí vas, muy bien. H-o-r-a, sabelotodo… no, no, tu pulsera no… más arriba… un poco más… ¡sí!
- Son… no, maldición, la una y media. Hemos perdido demasiado tiempo en tonterías, Malfoy. Vamos, andando. Tendríamos que comenzar por la búsqueda de la san… ¿Qué? ¿Qué me ves? – el entendimiento surcó el semblante de la muchacha y sus labios se fruncieron con desdén – Ah, sí. Eso.
Sí, Granger. Eso. El hecho de que estás tan azul como el cielo de mediodía. ¿Ya te habías olvidado, celestina? No creo que tu salida al exterior en esas condiciones sea muy conveniente. Además, a fin de cuentas, ¿qué es lo que "tenemos que encontrar"? ¿Cómo se supone que haremos una poción para todos los malditos estudiantes con menos de cincuenta mililitros de mezcla? Lo más factible es que al seguir jugando nos aparezca el ingrediente faltante que debemos agregarle.
Tiene que ser de esa manera. De lo contrario, estamos fritos.
Y todo esto sin tener en cuenta un pequeño interrogante. La forma en que los energúmenos van a bebérselo. Porque honestamente no creo que si se lo preguntamos van a acceder. Yo tampoco lo haría, a decir verdad. Sangre. Puaj.
No puedo evitar dejar escapar un suspiro. ¡Qué fácil sería atosigar a la sabelotodo amargada con todas estas cuestiones! De esa manera, la preocupada al borde de un ataque de nervios sería ella, y no yo.
Momento. Granger acaba de soltar algo y yo no le presté atención. Quizás sea importante.
Repítelo, ratoncito teñido, repítelo. Eso, sí, que lo repitas. No, no te escuché.
.- Malfoy, sería de mucha ayuda si intentaras utilizar tu cerebro deficiente para tratar de prestar atención a lo que digo.
- Lo siento, mi pequeña fruta, me distraje mirando tu piel de camaleón. ¿Qué pasó, Hermione, se te cayó un litro de tinta encima?
Esa hubiese sido una buena contestación, claro que sí. Pero como no puedo hablar, maldito sea todo el mundo y este estúpido colegio de bolas de pelo, Granger se quedó con la última palabra. Y eso es algo que odio profundamente.
Por ahora me conformaré con dirigirle mi mirada asesina de oro. Suficiente para que deje de molestarme. Ahora sí, a lo que me compete.
La Pócima Liberadora.
Con la ayuda de mi eximia magia seguramente podré…mmm… veamos, dónde puede estar… ¿Dónde está mi varita? No, Merlín, por favor, sería la gota que rebalsara el vaso. ¿Dónde rayos está ese estúpido palito?
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- ¿Buscas esto, Malfoy?
Hermione balanceaba ligeramente la varita frente al rostro impasible de Malfoy. El incremento de su ira casi podía palparse en el aire. Demonios, lo estaba disfrutando más que en cualquier otra ocasión en que hubieran discutido. Era diez mil millones de veces mejor.
Simplemente, el hecho de que Malfoy se hubiese visto desprovisto de su aguda y filosa voz era formidable. La octava maravilla del mundo. Un milagro enviado por los dioses.
Muchas veces, mayormente en sus primeros años en Hogwarts, había soñado con eso como una forma de castigar a Malfoy por humillarla y hacerla llorar. Y ahora se había hecho realidad, y el Slytherin tendría que aguantarse las ganas de insultarla de cabo a rabo mientras ella se aprovechaba descaradamente de la situación. Era maravilloso poder percibir el silencio en su totalidad, librado al fin de los insidiosos comentarios del joven.
En otra ocasión, hubiera sido muchísimo más divertido y se lo hubiera pasado en grande. Pero muy a su pesar, tuvo que reconocer que hoy no era el día indicado para entretenerse a costa del hurón.
Se aclaró la garganta con un sonido que hizo que Draco diera un respingo. El chico se incorporó en su asiento, y procedió a observarla con aburrimiento y un desinterés que se notaba a todas luces.
Hermione reservó las ganas de partirle la nariz para otro día y, con su mejor voz clara y marcadamente autoritaria, tomó las riendas del asunto. Lanzó la varita en dirección a su dueño, quien la atajó con una atrapada limpia y ágil.
- Bien, Malfoy, esto es lo que haremos. Y no quiero objeciones – Draco frunció el entrecejo, visiblemente ofendido, y la chica retuvo la sonrisa en sus labios. Tal vez podría burlarse un poquito después de todo, ¿o no? - Los dos juntos iremos a buscar los ingredientes, luego los traeremos aquí y prepararemos la poción, ¿de acuerdo?
Draco asintió a regañadientes. Había un asunto que le urgía tratar. Unió las yemas de sus dedos en un cúmulo y agitó la mano hacia arriba y hacia abajo, luego fingió estar revolviendo el interior de un caldero y por último movió sus manos en forma elíptica alrededor de su pecho, debajo de su barbilla. Hermione lo captó al vuelo.
- ¿Qué cómo lo van a tomar? Pues no lo sé, y tampoco creo que debamos preocuparnos por eso ahora – mintió con convicción. Ese punto en particular del plan la aterraba, por lo que trataba de no pensar en ello si no era estrictamente necesario. Sabía que su actitud era infantil e inmadura, pero su mente bullía de actividad y prefería empezar por el principio: si no había poción, no había nada para darles de beber.
- ¿Quedó claro, Malfoy? – preguntó cortésmente. La intensidad del ataque de risa estaba disminuyendo paulatinamente.
El joven volvió a asentir con una mueca de desprecio y los ojos grises fijos en un punto en particular en el suelo. Hermione siguió la trayectoria de su mirada penetrante y sus ojos chocolates chocaron con la pequeña tarjeta que Draco había dejado caer anteriormente, chamuscada en las esquinas.
Malfoy fue más rápido que ella. Se acercó en dos pasos, se inclinó para recoger el papel y a continuación lo leyó con avidez. La chica se preguntó qué era lo que diría para que el semblante de Draco se volviera de granito y sus nudillos se tornaran blancos como la leche. La curiosidad no tardó en carcomerla.
Se paró de puntillas, ignorando la sorpresa de Malfoy al verla tan cerca, y trató de leer la inscripción al revés, enfrentada al muchacho como estaba. No le resultó difícil, y pronto comprobó que el párrafo había cambiado considerablemente su contenido.
"Una de las reglas de nuestro juego es decir siempre la verdad.
Hasta que no pienses con plena y pura honestidad
En las consecuencias de tus mentiras
Nadie va a escuchar lo que tú digas"
Recuérdalo. Mimblewimble
- Bueno, hurón, creo que de ahora en más deberás actuar y pensar con la verdad. Si no, la nariz va a crecerte como a Pinocho – finalizó con una risita.
¿Qué? ¿De quién está hablando? ¿Pingocho? ¿Quién es Pingocho?
- ¡Ah, cierto! Olvidaba que es un cuento muggle – explicó al ver el gesto de incomprensión de Malfoy – Ya está, sólo pretende que no he dicho nada, ¿sí?
No te preocupes, Granger. Lo haré. ¡Ja!, Pingocho. Menudas ideas las de los sangre sucia.
Hermione sacó su varita de entre sus ropas y acto seguido se dio unos golpecitos en la cabeza con un extremo, cerrando los ojos con fuerza en actitud expectante. Draco comprendió que iba a conjurar un encantamiento desilusionador; mas no entendió porqué seguía viendo su azulada humanidad con toda precisión. La chica abrió los ojos rápidamente, creyendo haber logrado su cometido, y se dirigió a Malfoy con cuidado, procurando hacer que él la viese. Su accionar sigiloso cual auror en misión de máximo riesgo hizo reír a Draco con ganas, lo que provocó el enfado de la Gryffindor.
- ¿Qué es lo gracioso, Malfoy? – inquirió ofuscada y divertida a partes iguales, ya que en lo que otros tiempos habría sonado como una carcajada fuerte y estruendosa ahora se oía más como un aullido quejumbroso - ¿Vas a seguir con tu pseudo risotada por mucho más tiempo o ya podemos largarnos de aquí?
Draco detuvo su escandaloso ataque y negó con la cabeza de un lado a otro, chasqueando la lengua en señal de incredulidad y con algo parecido a la ternura instalado en sus orbes. Esbozando una sonrisa débil, tomó la mano de Hermione y la sostuvo frente a su campo de visión. La elaborada mueca de disgusto fue rápidamente reemplazada por un rostro cargado de decepción y angustia.
- ¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Cómo voy a salir de aquí? – chilló desesperada. Era el turno de Draco de vengarse. Aparentando una tranquilidad que no sentía, se encogió de hombros y caminó lánguidamente hacia su posición de siempre, pero Hermione adivinó sus intenciones y antes de que el joven pudiera dar el último paso lo aferró del brazo y lo atrajo hacia sí.
- Malfoy… - su voz tembló más que nunca. Iba a odiarse por el resto de su vida por cometer la misma estupidez dos veces en un mismo día, pero las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas, y aquella era una situación que rebasaba la desesperación - … ayúdame. Por favor.
Draco no la miró a los ojos cuando, después de meditarlo durante un interminable minuto, aceptó, asintiendo en señal de conformidad. No la miró cuando le dio la espalda, no la escuchó cuando le habló, en un tono más relajado. No hizo contacto visual con ella en ningún momento.
No se atrevió. No se atrevió a dejarse perder en ese intrincado laberinto de matices castaños y dorados, porque sabía con toda certeza que si lo hacía, volvería a sentirlo.
Volvería a sentir cómo el calor le traspasaba la ropa, la piel, adentrándose en su ser y derribando diecisiete años de creencias y costumbres que apenas un día atrás había apreciado y respetado hasta con los ojos cerrados. Estaba luchando con todas sus fuerzas contra esa sensación, la más dulce y espectacular de todas cuantas había experimentado en su vida, pero poco a poco percibía cómo ésta ganaba más y más terreno. Se estaba dejando ganar, y eso comenzaba a importarle cada vez menos.
No quería recordar lo bien que se había sentido abrazar a Hermione, rodearla con sus brazos, envolverla en su halo protector. Las imágenes se agolpaban con frenesí en su mente: la mano pequeña de la chica sobre su corazón, las suyas propias entrelazadas con sus rizos suaves, su perfume volviéndolo loco desde la primera vez que había penetrado sus fosas nasales.
Era de extrema importancia que se mantuviera alejada de él, que mantuviera la distancia apropiada.
Porque si volvía a acercársele demasiado, no se haría responsable de sus actos. Le gritaría a ella y a todo el mundo mágico que había amado ese beso, y de allí en adelante no descansaría hasta que Hermione Granger le quitara los últimos resquicios de cordura que aún conservaba.
- Tu turno, Malfoy - lo instó Hermione con una sonrisa, ajena a la fuerza centrífuga que se había desatado en el interior de Draco. Le entregó la varita con diligencia y el joven la tomó, procurando por todos los medios posibles no tocarla.
Aléjate, Granger. Por tu propio bien. No me toques.
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Vaya.
Esa no era la Sala de los Menesteres.
Esa era su habitación. En la torre de Gryffindor.
Curioso. Nunca había soñado con su habitación. Sus sueños eran más del tipo agitado, en donde corría emocionantes aventuras junto a Harry que desembocaban en su rincón privado del castillo, ambos sudorosos y respirando entrecortadamente. Todas las noches lo mismo. Sin cambios.
Pero esta vez era diferente. Todo a su alrededor se venía más nítido, más vívido. Era casi tan realista como la vida misma. Muy curioso, sin lugar a duda.
Sin razón alguna y plenamente consciente de que estaba desnuda, se levantó, presa de una serena exaltación. Sintió el frío a través de sus pies descalzos de camino al baño, acariciándole la piel. Cerró la puerta tras de sí tratando de no hacer ruido, ya que sus compañeras todavía se encontraban en la fase del sueño profundo. No había contemplado el reloj, pero sabia de alguna manera que era muy temprano. El sol comenzaba a hacer su aparición en aquel momento.
Se lavó la cara con agua fría, para despabilarse. Era normal que amaneciera de mal humor, y una buena lavada de rostro siempre ayudaba a templar su ánimo y evitaba que contestara mal a sus amigas.
En cuanto las palmas de sus manos rozaron sus mejillas notó que algo andaba mal. Se secó con brusquedad, raspándose las mejillas con la rugosidad de la toalla, y alzó la cabeza para encontrarse con su reflejo.
Cualquier rastro de la Ginevra Weasley que había conocido, se había evaporado. Desaparecido.
Palpó cada centímetro de piel, los ojos, los labios. Sabía que no era real, no podía ser real, era sólo un sueño.
Sí, tan sólo un sueño.
Porque, de no ser así, ¿cómo explicaba el hecho de que la tupida y prolija barba que cubría parcialmente su rostro había dejado paso a unas mejillas pecosas, sonrosadas y sobre todo lampiñas? ¿Y el hecho de que su pelo ya no era opaco y ligeramente grasiento, sino lacio y lleno de vida? En su minucioso y escalofriante análisis encontró más detalles; sus curvas ahora más pronunciadas, sus manos de uñas esmaltadas, la tersura de su piel, millones de detalles…
Esto había dejado hacía rato la categoría de sueño normal para ocupar cómodamente la de pesadilla.
Se pellizcó con fuerza deliberada el antebrazo, convencida de que despertaría puesto que era reconocida en Hogwarts por su capacidad de infligir tales torturas como pellizcos y cosquillas.
Nada. El espejo seguía allí, devolviéndole la imagen de una encantadora y aterrada jovencita de dieciséis años que obviamente no era ella.
Otro pellizco más. Esta vez, más fuerte. Con pasión.
Nada. Sus pestañas arqueadas se sacudieron de conmoción.
Tercer pellizco. Pero esta vez fue especial. Más duro, como si alguien le estuviera retorciendo un pedacito de piel en vez de hacerlo ella misma.
El ardor continuó. Quien quiera que la estuviera martirizando lo estaba haciendo muy bien. A decir verdad, estaba empezando a molestarle. Bastante.
Quiso pedirle que se detuviera, pero de su boca sólo salió un gruñido sordo. La molestia ya se había transformado en dolor.
¡Que parara, por favor! Sentía el escozor de su brazo extenderse hasta llegar a la mano, mientras el contacto aún persistía, tenaz en sus intenciones. Quería despertar, debía despertar y su torturador iba a conseguirlo en cualquier momento… el pellizco se sentía cada vez más intenso, en el umbral de la muerte… quería gritar pero sus cuerdas vocales no respondían…
- ¡GINNY! ¡DESPIERTA!
Al sobresaltarse se golpeó la cabeza contra la pared, por lo que se frotó la zona afectada con un mohín. Sus ojos tardaron un segundo en acostumbrarse a la claridad, y otro segundo más en volver a cerrarse al ver a Hermione convertida en un engendro azul.
- Ay, no. Aquí vamos de nuevo.
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- "Apresúrate a conseguir los ingredientes aunque sea a regañadientes. Añade un poco de jugo de freya, otras gotitas de sangre de dragón y el ingrediente secreto a continuación. ¡Haz que alguien lo pruebe y respeta su opinión!" – Hermione concluyó con un suspiro. Draco la secundó.
¿Cómo vamos a encontrar a alguien que lo pruebe?
- ¿Cómo vamos a encontrar a alguien que lo pruebe? – se preguntó Hermione hablando para sí misma. El joven no se sorprendió; ambos tenían las ideas bastante coordinadas.
Draco intentó llamar su atención, moviendo la palma de la mano y chasqueando los dedos. Hermione salió de sus cavilaciones y examinó al muchacho con aire crítico.
- Sí, vamos a tener que solucionar esto primero – resolvió, rascándose suavemente la barbilla. El rostro de Draco se iluminó por un momento, y su clásica mueca- sonrisa apareció en sus labios.
¿Vas a solucionar mi problema? Vamos, Granger, dime que vas a devolverme mi voz, mi preciada voz. Después de todo eres Hermione Granger, la prefecta perfecta. Seguro sabes cómo ayudarme, vamos, dilo…
Hermione realizó un movimiento indolente con la varita, en un ademán lleno de desinterés, y a continuación se dirigió hacia la salida. La alegría y emoción de Draco desaparecieron al ver cómo de la nada aparecía una pequeña pizarra de color verde colgada a su muñeca. A su vez, el rectángulo de madera también poseía una tiza blanca y larga, unida por una delgada cinta de color granate similar a la que ahora actuaba de pulsera en su brazo.
Hermione volteó hacia él, con ambas manos apoyadas en su cintura y el ceño contraído. ¿Cuál era el problema ahora? ¿Quería comunicarse? Así podría hacerlo. ¿Qué pretendía, un lector de mentes?
Draco reclamó imperiosamente con la mirada que se deshiciera de ese aparato inservible. No era ningún árbol de Navidad para que la chica le anduviera colgando adornitos o algo así. Hermione se limitó a ignorarlo y abrió la puerta con brusquedad antes de recordarse a sí misma que debía ser más cuidadosa. No quería iniciar otra loca persecución que los dejaría Merlín sabe donde.
- ¿Vas a dignarte a venir, Malfoy, o te tengo que sacar a la rastra?
Draco forcejeó furiosamente con la pizarra antes de poder tomarla. En un ademán febril, aguijoneó la superficie con su escritura. Hermione rodó los ojos cuando él le mostró el resultado.
- ¿Sabes? "Púdrete" no es tu mejor insulto. He oído mejores, como aquel día… - la perorata descaradamente molesta de Hermione surtió efecto; Draco la atropelló adrede al salir del salón y la chica sonrió con ganas. Era divertido hacer enojar a Malfoy, y más en aquel momento en el que se encontraba verbalmente indefenso.
Asomó parte de su cuerpo, y lanzó sendas miradas recelosas a ambos lados del corredor. Estaba desierto. A nadie se le ocurriría pasear por allí ni en un millón de siglos. Más confiada, salió y cerró la puerta tras de sí con un imperceptible clic.
Perfecto.
Chocarse con la espalda firme y recta de Malfoy le hizo saber que no todo estaba perfecto. Y lo que vio terminó de convencerla.
Había una mancha negra y de forma ligeramente ovalada en el piso. Al acercarse más, con Draco pegado a su pecho comprobó que se trataba de un pie. Un pie de mujer que conocía perfectamente.
Negó con incredulidad. Harry y Ron eran tan predecibles…
Se adelantó al joven, desconociendo su silenciosa advertencia, y cerró su mano derecha en torno a lo que Draco creyó que era aire. La capa se deslizó con un ruido tenue y cayó, dejando ver a Ginny Weasley, quien roncaba ruidosamente con el semblante contrariado. Parecía estar inmersa en alguna clase de pesadilla de la que no podía despertar, y su abundante y revuelta cabellera rojiza indicaba que había permanecido allí durante mucho tiempo.
¡Weasley! ¿Qué rayos está haciendo aquí? ¿Acaso estaba espiándonos? Seguramente fue por orden del cara rajada y de la comadreja. Qué idiotez. Mejor dicho, ¡qué idiotas!
Ahora vas a despertar, comadreja junior. Claro que sí.
Draco se agachó junto a la chica- chico, procurando no acercarse lo suficiente, y con una mezcla de repugnancia y picardía, aferró uno de los pliegues de tela de la manga de la túnica y lo retorció con malicia. Hermione abrió la boca para protestar pero recibió a cambio un intencionado golpe en la punta de su pie izquierdo.
- ¡Ouch! ¡Malfoy, detente ya! ¡La estás lastimando! Ginny, despierta ya…
Ni lo sueñes, Granger. Lo estoy disfrutando de veras.
Hermione olvidó la agresión y tomó la mano de Malfoy con fiereza para apartarla de su cometido, mientras con la otra disponible zarandeaba a Ginny para que volviera en sí. Draco se despidió con un último pellizcón final al que le aplicó toda su fuerza disponible, y una mueca de satisfacción se dibujó en su rostro al ver cómo los párpados de la chica temblaban de manera apenas visible. Retiró la mano por debajo de la de Hermione y se levantó con dignidad. Acto seguido se apartó de las dos muchachas, relegándose a un segundo plano e ignorando olímpicamente la sacudida de su corazón ante el contacto de sus manos.
- Ginny, despierta, vamos… Ginny…. ¡GINNY! ¡DESPIERTA!
Ajena a su impaciencia, su amiga se desperezó con toda tranquilidad, bostezando de manera grandilocuente. Echó una mirada de reconocimiento a su entorno, probablemente recordando en donde estaba, y sus ojos se clavaron con horror en el rostro de Hermione, tan azul como un nomeolvides. Se llevó la mano al corazón con el semblante completamente desorbitado, y luego, en un ademán tragicómico, sus párpados volvieron a ocultar sus pupilas marrones.
- Ay, no. Aquí vamos de nuevo – soltó Hermione con hastío. Sintió reiterados golpes en la espalda y volteó para encontrarse con Malfoy, emocionado hasta la médula. El joven señaló rápidamente a Ginny, quien se encontraba con la cabeza volcada sobre su hombro izquierdo y la boca entreabierta, y a la puerta del aula que habían ocupado hacía unos instantes.
Malfoy, no te di la pizarra para que la usaras de brazalete - aclaró con las cejas alzadas, sin ganas de descifrar los gestos de Draco.
No eres más estúpida porque no te da el cerebro, ¿verdad, Granger? Está bien, usaré tu tonta pizarra. Veamos…
- "Usa a Weasley para que pruebe la…. ¡Claro, Malfoy! ¡Excelente idea! – lo alabó Hermione con una sonrisa. Draco le correspondió con su mejor expresión arrogante. La chica se sentó frente a su amiga con las piernas cruzadas y comenzó a sacudirla de un lado a otro cual hierba mecida por el viento, sumida de repente en sus pensamientos. En otra ocasión y con un temperamento habría encontrado aberrante el hecho de utilizar a Ginny como conejillo de Indias y habría puesto el grito en el cielo, pero era tiempo de dejar su moral a un lado, dadas la circunstancias.
- Despierta, dormilona… despierta ya – canturreó en voz muy baja. No volvería a sorprenderla tratando de despertarla de manera violenta; lo mejor era que la hermana de Ron se acostumbrara poco a poco a su nuevo aspecto y no quería que volviera a desmayarse otra vez. Acarició su mejilla por encima de la barba en actitud nostálgica, por lo que no percibió la cercanía de Draco. El joven se acomodó a distancia prudencial de su compañera, y procedió a escribir en su pizarra con su caligrafía estilizada y ampulosa. Al finalizar, rozó con su mano derecha el hombro de Hermione, quien giró la cabeza en su dirección con aire ausente. Esbozó una sonrisa rota y el chico no pudo evitar devolvérsela, a su modo.
- No, Malfoy. No le voy a tirar agua en la cara. Puede ahogarse – respondió con suavidad, en el mismo tono que emplearía para explicarle a un niño de dos años que no se puede jugar con fuego.
Draco frunció los labios y puso los ojos en blanco, lo que hizo que Hermione ampliara su sonrisa, haciéndola parecer más genuina. El joven volvió a abocarse a su pizarra y Hermione regresó a su posición original, sosteniendo su barbilla con la mano izquierda mientras continuaba con la infructuosa tarea de despertar a Ginny de modo gentil. Decidió aumentar la intensidad del zamarreo.
Otro roce más, y otro mensaje de Draco. Hermione, ya lejos de sonreír, se encogió de hombros con pesadumbre. Su pelirroja amiga dio un pequeño respingo.
- No. No tengo ni la más mínima idea de qué es el jugo de freya, como tampoco conozco el modo en que vamos a conseguir sangre de dragón.
Draco compartió su desasosiego, pero reservó sus preguntas para después. No quería atormentar ahora a la chica con esas cuestiones, por mucho que le costara reconocerlo.
- Hermione… ¿eres tú?
La voz de Ginny sonó contenida, como si estuviera evitando por todos los medios ponerse a chillar. Hermione la tomó por los hombros, agradecida de que no se retirara. Estableció contacto visual con ella, haciendo caso omiso al descontento de su amiga, y aclaró su garganta.
- Ginny, escúchame – la aludida se limitó a asentir fervientemente, paralizada por el shock. – Necesito que me ayudes. Yo … - miró por el rabillo del ojo a Draco, quien la instó a seguir con un corto movimiento de cabeza. No iba a contarle toda la verdad… sólo una versión diferente de los hechos - he quedado así por un hechizo que Malfoy me lanzó, y ahora necesito que me ayudes a revertirlo. ¡No, espera! – añadió al ver que la sorpresa de Hermione había mutado a enfado, conforme sus orbes se clavaban con un brillo macabro en la persona que tenía detrás – Él también recibió su merecido de mi parte, ahora no puede hablar – Ginny sonrió con malicia y Hermione la imitó, aprovechando que Malfoy no podía verla – Por eso, necesito que me ayudes. Quiero volver con Harry y Ron y explicarles lo que sucedió, porqué me vieron junto a Malfoy – mintió con habilidad
Ginny no lo pensó dos veces. Se levantó con resolución, acomodándose el pelo para que luciera presentable al mismo tiempo que observaba a Draco con desconfianza. El destinatario de su desprecio ni se inmutó.
- Está bien, Hermione – accedió con voz decidida – Todo sea porque vuelvas... a la normalidad. ¿Y bien? ¿Qué es lo que tengo que hacer?
Tragar sangre de dragón, eso es lo que tienes que hacer, cabeza de zanahoria. Me muero por presenciar ese momento.
Hermione titubeó unos instantes antes de responderle. Lo más fácil era llevarla con ellos mientras buscaban los ingredientes de la poción, ya que no podía dejarla allí esperándolos sabiendo que quizás tardarían horas. Tampoco iba a dejarla en el salón; allí era donde el juego se encontraba y era peligroso ponerlo al alcance de su mano. Ginny no era estúpida, pero la curiosidad es la peor trampa de la mujer, y ella ya había tenido suficientes experiencias como para refutarlo.
Pero tú no quieres que Ginny vaya contigo y con Draco, ¿verdad? Lo que quieres es estar a solas con él, ¿o me equivoco?
- ¡Te equivocas! – le espetó Hermione a la vocecita, para asombro de Ginny y Draco.
Siempre sospeché que Granger estaba loca, pero acaba de confirmármelo. Voilá.
- ¿Sucede algo, Hermione? ¿Quién se equivoca? – preguntó Ginny con extrañeza, escrutando severamente a su amiga.
- No, Ginny. Todo está bien – volvió a mentir Hermione. Todo era un desastre. Dejando a un lado la chocante sinceridad de lo que su fastidiosa voz interior acababa de insinuarle, pensó en lo mejor para ella y para todos. Y eso de que quiero estar sola con Malfoy es puro invento tuyo, para que lo sepas, respondió de mal talante en su fuero interno. ¿Por casualidad aquella voz no tenía un interruptor incorporado, o sí?
- Tendrás que acompañarnos, Ginny. A Malfoy y a mí – aclaró para establecer las pautas desde el principio. Porque, obviamente, Draco y su amiga no tenían la mejor de las relaciones.
- ¿A dónde iremos, Hermione?
Draco se adelantó a responder. Apuntó con la tiza al texto inscripto en la pizarra, y la cara de Ginny expresó mil reacciones al mismo tiempo.
"Iremos a buscar sangre de dragón, Weasley. ¿Te apuntas?"
Primero: No sé si se entiende la gracia del título. El silencio de los inocentes, Malfoy no puede hablar, el silencio... bah, déjenlo ahí, Por favor pretendan que les causó gracia XD
Segundo: El nombre Dalveen no es mío (ya quisiera yo :P ), pertenece al protagonista de la trilogía "Las crónicas de Nightshade" de Stan Nicholls.
Bueno, espero que lo hayan disfrutado. El final se acerca (por suerte!) dentro de dos capítulos. Lo sé, soy una pesada.
Si te gustó, dejame un review. Si no, también :D
Gracias por leer!
Elianela
