Mil perdones por la tardanza. Sé es mucho más de lo que yo estoy acostumbrada a esperar, pero sinceramente, tuve la cabeza en cualquier lado y postergué el chap para el momento apropiado.

Espero que les guste. Ya saben; se aceptan críticas, sugerencias, lo que deseen :)

Sin más para agregar, el anteúltimo chap.

Enjoy!

Elianela

Capítulo VII: ¡A buscar, a buscar, que a Hermione hay que cambiar!

"Las propiedades del jugo de freya son, hasta el día de hoy, casi desconocidas. Numerosos eruditos creen que su principal cualidad es la de revertir hechizos sumamente potentes, aunque por otro lado otros magos de renombre sostienen que es un excelente remedio para las verrugas, la caída del cabello y la pérdida del deseo sexual.

Debido a las dificultades que se presentan a la hora de localizar una planta de freya, se recomienda recoger los frutos durante el crepúsculo, ni antes ni después. Se encuentra principalmente en bosques de temperatura media, de árboles añejos y en los que existe gran presencia de criaturas mágicas. Por lo tanto, no crece en regiones muggles, por la sencilla razón de que su limitada capacidad de observación…"

Hermione cortó bruscamente la lectura y cerró el libro de un golpe. "Plantas exóticas y dónde encontrarlas" era sin lugar a dudas un material de primera calidad, pero su autor era un sangre pura. Y ése en particular no le tenía mucha estima a la gente como ella. Muggles que poseían tanto talento como los que se hacían llamar auténticos magos.

- ¿Y qué es lo que encontraste?

Ginny no era muy adepta a internarse durante horas en la biblioteca, pero su amistad con Hermione era más fuerte que su mala predisposición. Por eso había soportado estoicamente durante media hora estar rodeada de libros, aguardando en silencio a que su amiga diera con la información deseada, rogando que los gruñidos de su estómago no fueran del todo audibles.

- Me temo que vamos a tener que esperar un poco para lo del jugo de freya – respondió cansinamente, dejándose caer sobre la silla contigua aunque con cierto cuidado – Y trata de no mirarme mucho, no vaya a ser que alguien se dé cuenta, Ginny.

Por obvias razones, los tres habían convenido en que Hermione debía usar la capa de Harry, como medida de seguridad. Luego de una pequeña pero intensa discusión, en la que Ginny llamó a Draco "cadáver putrefacto" por la palidez de su piel, a lo que el chico le respondió con una inscripción que rezaba "¿Acaso tomaste sol con un colador, Weasley?", se dividieron los deberes. Malfoy tendría que robar la sangre de dragón del armario de su padrino, en tanto ellas deberían buscar información sobre los ingredientes restantes. A Draco no le hacía mucha gracia su encomienda, mas no tuvo opción. Si quería recuperar la voz, no había otra alternativa que someterse al yugo de Granger y la comadreja menor.

- Hermione… - inquirió Ginny luego de unos instantes de silencio que su amiga aprovechó para sumirse en sus conjeturas - ¿puedo preguntarte algo?

- Hmm – la muchacha se encontraba tan abstraída que Ginny bien podría haberle confesado que era lesbiana y que estaba enamorada de Susan Bones. La chica tomó ese gesto como un sí.

- ¿Qué era lo que estabas haciendo con Malfoy? ¿Por qué estaba… él te estaba… se besaron? – el rostro de la menor de los Weasley se había arrimado de tal forma al suyo que Hermione dio un respingo y salió de sus cavilaciones.

- Bueno, el tema es que… Verás, Malfoy es un estúpido.

- Eso ya lo sé, pero no contesta a mi pregunta.

- Sí, está bien. Es que todavía no me dejaste llegar a la explicación – la sonrisa de conciliación de Hermione pasó inadvertida a los ojos de su amiga, sólo consciente de que ella se encontraba a su lado – Malfoy es un estúpido, y como buen estúpido que es no hay día en que no me moleste. Hoy, precisamente, se me acercó en uno de los pasillos y me lanzó uno de sus típicos insultos. Yo hice todo lo posible por ignorarlo, pero llegué a un punto en el que no pude soportarlo y le arrojé un maleficio. Y así, hechizo va, hechizo viene, es como sucedieron las cosas. ¿Qué loco, no lo crees? - sin darse cuenta comenzó a hiperventilar. De sólo recordar la sensación de los labios de Malfoy sobre los suyos se le ponía la piel de gallina.

-Pudo deducir por la expresión retorcida de su interlocutora que había creído su historia a medias, pero la sonrisa que la precedió la dejó más tranquila.

Volvió a concentrarse en la lectura de otro libro con ahínco, aliviada al pensar que ya no tendría que dar más explicaciones.

- Sí. Loquísimo. - respondió Ginny escuetamente. No se había tragado ni una sola coma de toda la coartada, sin embargo, por el momento era mejor abocarse a los pendientes urgentes. Ya llegaría la hora de rendir cuentas para Hermione.

Diez minutos adicionales transcurrieron antes de que Hermione decidiera que ya había acopiado suficientes datos como para plantar y mantener diez hectáreas de freyas durante veinte años. Devolvió los libros a su sitio con un ademán de la varita y se dirigió a Ginny llena de empuje.

- ¡Vamos, Ginny! – la animó, acercándose a ella – Debemos encontrar a Malfoy, ya son las tres… - frunció el ceño con preocupación ante el decaimiento y el sopor de la chica - ¿Qué sucede? ¿Te sientes mal?

- Tengo mucha… pero mucha hambre – gimió Ginny sin observar ningún punto en particular, y a continuación abrió la boca cual hipopótamo furioso para lo que Hermione suponía era bostezar.

El descomunal eructo que fue a dar directo a su rostro la convenció de lo contrario.

- Creo que lo mejor será pasar por las cocinas antes de ir a buscar a Malfoy.

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Mary Elinor Wesley creía que su vida giraba en torno a tres cosas: Theo, Theo y Theo. La devota adoración que sentía por su novio era tal, que llegaba a rayar en lo obsesivo. No importaba el estudio, ni sus amigas, ni su familia. Vivía por y para él.

Existen muchas mujeres, tanto muggles como hechiceras, convencidas de que su único propósito en la vida es formar una familia modelo, casarse y dedicar cada segundo de sus vidas al bienestar de su cónyuge y de sus retoños. Mary era una de ellas.

Por eso llevaba una estricta agenda, vigilando cada movimiento del muchacho. Qué desayunaba, si seguía su dieta, cuándo era su próximo examen o quién se sentaría a su lado en Pociones. Sabía que eso no era del agrado de Blaise, pero a decir verdad, eso no le interesaba en absoluto. Zabini se preocupaba más por el estado de su depilación que por su amigo.

Ni él ni Malfoy. Sólo ella.

Y hablando de Malfoy….

- Theo…

- ¿Qué sucede, corazón de arroz?

- ¿Dónde está Draco? Porque desde que se fue del Gran Salón no he vuelto a verlo – la expresión de Mary era la inocencia personificada. Theo y Blaise interrumpieron su hasta ese momento alegre caminata con el semblante contrariado.

- ¿Hacia dónde dices que se fue, Mary Elinor? – inquirió Blaise con un amago de sonrisa. Mary bufó. El chico adoraba molestarla, y por desgracia conocía sus puntos débiles. Entre ellos, el odio encarnizado hacia su segundo nombre.

- No lo sé, creo que hacia las mazmorras – respondió de manera hosca, mesándose la barba. Luego de quitarse una pelusa especialmente grande, añadió: – Deberías haberle prestado más atención, después de todo, es tu amigo ¿o no? Por cierto, se te corrió el maquillaje – agregó con sorna, señalando a un punto en particular del rostro del muchacho. Mientras Blaise se apresuraba a encontrar su pequeño espejo portátil, que llevaba consigo hasta para dormir, Theo miraba uno de los cuadros empotrados en el muro sin prestarle mucha atención. Sus neuronas trabajaban a toda velocidad. Mary, sin advertirse de aquello, lo zarandeó para devolverlo al presente.

- ¿En qué pensabas, terrón de azúcar? – la voz cascada de la chica se sumó al sonido que hacía Zabini revolviendo entre sus pertenencias en búsqueda del dichoso espejo. Theo se tomó unos segundos para responderle.

- No tengo idea de dónde está Draco, pero me parece que sí sé con quién esta.

- Nosotros también.

Harry Potter se apartó un mechón de pelo alisado del rostro y se acercó al grupo, acompañado de Ron Weasley. Ambos lucían serios y consternados, a pesar de que la excesiva cantidad de sombra rosa en los párpados de Ron estropeaba un poco el efecto. Theo notó que el primero portaba un pergamino ajado y garabateado, sujeto con firmeza. Harry siguió la trayectoria de su mirada, y comprendió que había expuesto al Mapa del Merodeador a la atención pública.

Lo guardó rápidamente en uno de los bolsillos de su túnica, luego de murmurar entre dientes "¡Travesura realizada!". A continuación se dirigió al muchacho parado frente a él con el entrecejo fruncido. Se ajustó los anteojos sobre el puente de la nariz y tomó aire para hablar.

- ¡Aquí está! ¡Lo encontré! – Blaise, ajeno hasta ese entonces a la tensión del ambiente, reparó en la mirada de soslayo de Weasley y los labios apretados de su amigo y supo que había obrado mal – Lo siento – se excusó con su timbre agudo, y pretendió acomodar el desastre en el que se había convertido sus bolso mientras observaba de reojo los movimientos de los Gryffindors.

- ¿Qué buscas, Potter? – el hastío de Theodore era evidente. Harry procuró imprimirle a su voz el mismo sentimiento.

- Sabemos con quién está Malfoy y dónde.

- Nosotros también sabemos. Está con Granger – al parecer la labor de Blaise había terminado. Se acercó a su amigo, colocándose a un lado y con un brillo calculador y sagaz en sus orbes oscuras. No confiaba en ésos dos.

- Tenemos que encontrarlos. Quién sabe qué cosas horribles le estará haciendo la serpiente a Hermione – argumentó Ron con un mohín de angustia. Theo puso los ojos en blanco, a todas luces escéptico.

- No la va a violar ni nada por el estilo. Ya nos demostró a todos que no es… - le tembló la voz al tener que pronunciar la palabra. Sólo tres letras, Theo. Tú puedes. – gay. Sin embargo, no va a intentar propasarse con ella. Draco es un caballero – finalizó con un delicado ademán de la mano.

- ¿No te preguntaste por qué ha estado con ella casi todo el día, Nott?- le espetó Harry.

- ¡Claro que sí! ¡Pero no puedo andar controlándolo a cada segundo que pasa!- se defendió el aludido – Lo último que recuerdo es que estaba sentado a nuestro lado en la mesa de Slytherin y de repente…

- ¡Zas! Desapareció. – concluyó Blaise con un gesto grandilocuente, simulando una gran explosión.

- De todas formas, hay que encontrarlos – acotó Mary por primera vez, y todos se volvieron a mirarla – Pero no debemos armar otra ridícula persecución como la del mediodía, no. Eso fue un grave error – dicho esto observó a los presentes con desdén, y éstos se limitaron a bajar la cabeza y mirar hacia otro lado con vergüenza.

- ¿Y qué propones, Wesley? – quiso saber Ron, conteniéndose para no lanzar una maldición. Se encontraba sumamente impaciente por saber sobre el paradero de su amiga, y de no haber sido por Harry habría ido a buscarla hacía horas. No obstante, el muchacho sostuvo que debían actuar con precaución.

- Potter y tú saben cómo localizarlos, ¿no es cierto? – preguntó señalando con la cabeza el bolsillo derecho de la túnica de Harry.

- Sí – contestaron ambos al unísono, en un tono a medias defensivo.

- Pues entonces ustedes serán los guías. Nos llevarán hacia ellos, y una vez que los encontremos los traeremos de vuelta aunque sea arrastrándolos de los pelos, ¿de acuerdo? – los chicos asintieron – Está bien. En marcha.

- ¿Sabes, Mary Elinor? A veces tienes muy buenas ideas para ser una chica – comentó Blaise

- Ya ves, no sólo pienso en Quidditch, sexo y chicos, como la mayoría de ustedes los machistas suelen creer – replicó la greñuda muchacha.

- ¿Y bien, Potter? ¿Qué es lo que tienes? – agregó dirigiéndose a los dos muchachos, quienes ahora se hallaban de espaldas al trío.

-Al voltearse, Harry exhibía una sonrisa triunfal, enmarcada por sus labios de un rojo desmesurado.

- Cuarto piso. Ala oeste, tercer corredor a la izquierda…

- … último aula – concluyó Ron. La sonrisa se hizo presente en todos los rostros.

-¿Qué hora es?

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Tres y media.

Eran las tres y media y todavía no había hecho ningún progreso significativo. Había montado guardia afuera del despacho de Severus durante lo que a él le parecieron horas, al mismo tiempo que su cerebro bullía de actividad. Su voz parecía haberse amplificado en su interior, hablando a diestra y siniestra. El pequeño pizarrón que llevaba cual correa de perro atada a la muñeca pesaba como si fuera de plomo.

Estúpida Granger. Una y mil veces la maldecía. Por su culpa estaban metidos en este embrollo gigante, por su culpa tendría que cometer un crimen contra una de las personas que más apreciaba, por su culpa no podía hablar…

Error. Si tú hubieses dicho la verdad acerca de ese estúpido e infantil beso, ahora no estarías dependiendo de un pedazo de madera para comunicarte con el resto de la gente.

Draco consideró seriamente la posibilidad de golpearse la cabeza con la madera y así perder el conocimiento, pero luego lo pensó mejor y se arrepintió.

¿¡¿El resto de la gente?!? Hacía una eternidad que no hablaba con nadie, y su única compañía hasta el momento habían sido las dos Gryffindors. Lo que daría por tener alguien con quien conversar…

Se arrepintió de aquello al instante al ver a Severus Snape atravesar la puerta de su despacho con un pergamino enrollado en una mano, y un recipiente cuya etiqueta llevaba de título "Wonderbruja: hace magia en tu piel!" . Tarareaba una canción de Celestina Warbeck con mucho ritmo. Su pelo negro brillaba por el reflejo de los rayos del sol de media tarde, agitándose de un lado al otro al igual que sus caderas. Draco contuvo el impulso de vomitar, y en el instante en el que el profesor dobló la esquina, se introdujo a hurtadillas en el despacho. Se extrañó de que no hubiese colocado ningún hechizo de seguridad, pero más tarde lo atribuyó a su nueva personalidad aseada; quizás se encontraba tan preocupado por su imagen que no se fijaba en asuntos tales como prevenir que alumnos depravados ingresaran a su recinto en busca de ingredientes prohibidos que, casualmente, se encontraban en su armario.

Porque eso era él, un depravado. Una alimaña. Sólo una persona de la peor calaña le hacía eso a alguien que tanto se había preocupado por él.

Pero por otro lado, sólo una persona que se interesaba por él de manera recíproca tenía el deber de ayudarlo a volver a la normalidad. Por más mugre que esto conllevara

Cerró la puerta tras de sí con un ligero clic. Había estado allí muchas veces, por lo que ya no se impresionaba ante los diversos frascos y objetos extraños que albergaba el profesor en sus estantes. Procurando dirigirse solamente a su objetivo, atravesó la habitación de dos zancadas y llegó a lo que buscaba.

¿Necesitaré una llave para ésta?, se preguntó al ver la cerradura oxidada de la puerta del armario. Con el simple propósito de descartar opciones, comenzó con el básico hechizo Alohomora. Obviamente no funcionó, de modo que prosiguió con otros conjuros más difíciles, que paradójicamente había aprendido de Snape. Trató de no pensar en ello.

Después de intentar abrir la puerta sin éxito por todos los medios de los que él disponía, se dijo a sí mismo que sólo restaba una alternativa: buscar la llave. Quizás le llevara horas, pero era la opción más segura y sobre todo, más silenciosa. Podría haber bombardeado la puerta tranquilamente, pero eso habría significado llamar la atención de manera indeseada.

Revisó los cajones del escritorio tan minuciosamente como le fue posible, teniendo cuidado de devolver todo a su lugar exacto. Si había algo que sabía con certeza sobre Snape era que desconfiaba en extremo de todo y de todos, aunque no lo demostrara.

Una vez despachado el escritorio, se abocó a los estantes. La tarea se hizo aún más complicada, ya que la mayor parte de los contenidos de los frascos eran tan horripilantes, que Draco no se atrevió a tocarlos. Luego de inspeccionarlos de manera superficial, se apoyó cansinamente sobre el borde de la mesa. Las cuatro. Se preguntó dónde se encontrarían Granger y Weasley en aquel momento, y si ellas habrían avanzado más que él con sus deberes.

Esbozó su mueca sonrisa favorita, esa que arrancaba suspiros y besos por doquier. Había dejado a Granger hecha una gelatina después de besarla, como las dejaba a todas las demás. Sin embargo, algo había sido diferente.

Ella no le había soltado una frasecita melosa del tipo "te amo, Draco", símbolo inequívoco de que la relación tenía sus días contados. Hermione se había limitado a contemplarle en silencio, desafiándolo. Reclamándole el por qué de su beso.

Si no fuera una sangre sucia sabelotodo prefecta de Gryffindor, tú y ella podrían ponerse a…

Cállate – cortó a su voz en seco. Su psiquis no se encontraba apta para oír ese tipo de sandeces. Hermione Granger era la última persona a la que le tocaría un pelo en todo el mundo. Y eso era palabra santa.

Se masajeó las sienes lentamente. Acto seguido, abrió los ojos para encontrarse con la realidad. Sin quererlo, posó su atención en uno de los recipientes más grandes del cuarto estante. Aquella extraña planta que albergaba era espantosa en extremo, verde musgo y con dos pelotas achatadas que parecían ojos, pero no tuvo muchos reparos en moverla de su sitio apenas unos centímetros para dar con la herrumbrosa llave.

Gracias, instinto.

El armario era, en comparación, mucho menos repugnante que el resto del lugar, pero eso no quería decir que la búsqueda iba a resultar más sencilla. Infinidad de botellas, botellitas y frascos se hallaban ordenadamente desperdigados en tres estanterías que cubrían por completo la estancia, desde el suelo hasta el techo. ¿Dónde se encontraría la sangre de dragón?

Todo un misterio, Draquito.

Agradeciendo a su inteligencia suprema el haber dominado totalmente los hechizos no verbales el pasado año, de una floritura de su varita surgió una pequeña escalera, que aproximadamente tenía un metro de altura. La colocó frente a la primera estantería, dispuesto a treparse, cuando un rayo de comprensión atravesó su mente y se recriminó a sí mismo el ser tan estúpido en algunas ocasiones.

¡Accio sangre de dragón!

En cuanto tuvo la botella en sus manos, volvió a sonreír con más ganas. Las cosas estaban resultando ser bastante sencillas hasta el momento. Quizás demasiado.

Sin pararse a plantear el por qué de las bajísimas medidas de seguridad de su padrino, apoyó su mano sobre el picaporte de la puerta.

- ¿Quién eres, intruso? ¡Muéstrate!

Con un demonio.

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- ¿Ya terminaste, Ginny?

- Szólo… un fofo… másf - respondió su amiga con los carrillos exageradamente hinchados.

Hermione suspiró. Ya casi eran las cuatro y el buche de la muchacha no parecía tener fin. Habían dejado al juego abandonado a miles de años luz de distancia, seguía sin noticias de Malfoy y ella se encontraba allí sin nada que hacer.

Había rechazado cortésmente los numerosos ofrecimientos de los elfos, ya que hacía horas que tenía el estómago cerrado y no podría tragar ni un sorbo de agua. A medida que Ginny pedía más comida, el malestar se incrementaba.

- Ya devoraste tres pasteles de limón, medio pavo, una fuente de patatas asadas y cuatro bolas de helado de chocolate. Con ésa, serían cinco – apuntó al pequeño plato que la chica sostenía entre sus manos. Ginny, lejos de avergonzarse, se irguió en su sitio como un pavo real ofendido - ¿No crees que ya has tenido suficiente comida por el resto de la semana?

- Deberías ser – tragó ruidosamente – más considerada conmigo, Hermione. Yo tuve que soportar sin chistar que tú leyeras todos los libros de la biblioteca habidos y por haber, así que tú esperarás a que yo termine de alimentarme – sentenció secamente.

Recibió como respuesta un bufido de fastidio por parte de la muchacha, Finalmente, una porción de torta de chocolate y dos helados más tarde, abandonaron las cocinas despedidas por los elfos y las elfinas, quienes le regalaron a Ginny una cajita rebosante de galletas.

- ¿Y ahora a dónde vamos?

- A buscar a Malfoy. Si todo salió de acuerdo al plan, a estas alturas ya debería estar en el lugar acordado – Hermione consultó su reloj por enésima vez. Las cuatro en punto.

- Date prisa, Ginny. Nos quedan sólo ocho horas y todavía no hemos avanzado nada – apremió la Gryffindor, tomando a su pelirroja amiga del codo con celeridad y obligándola a caminar a su altura. Para su sorpresa, descubrió que Ginny no se movía de su sitio, con el horror plasmado en sus facciones. ¿Qué rayos sucedía ahora?

- Hermione, la capa…- comenzó Ginny con voz trémula, señalándola con el dedo índice. La chica comprendió al instante.

La capa seguramente se encontraba reposando sobre el respaldo de su pequeño asiento, allá en las cocinas. Se la había quitado para poder acomodarse en el diminuto rectángulo de madera que era su silla, ya cansada de estar oculta. Y con las prisas, no había recordado volver a ponérsela. No se encontraban muy lejos, sin embargo el riesgo de que alguien las descubriese; o mejor dicho la descubriese a ella, eran enormes.

- Ven, volvamos a …

- ¿Granger? ¿Eres tú?

La voz de Pansy Parkinson fue, nunca mejor dicho, la guinda del pastel.

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- Y por eso, Draco, te repito: sólo tienes que pedírmelo, ¿sí? Sólo pídeme lo que necesites y yo te lo daré. No hay necesidad de entrar aquí a hurtadillas, como si fueras un ladrón.

Draco volvió a asentir, ambos encaminándose a la salida. La mano de Snape descansaba sobre su hombro en un gesto cálido, al igual que el esbozo de sonrisa dibujado en su rostro. El hombre no era muy demostrativo y prefería mostrarse frío y reservado; sin embargo, Draco también conocía esa faceta de su personalidad.

Como también supuso que no le había preguntado la razón de su silencio por el simple hecho de creer que se encontraba demasiado aterrorizado y arrepentido para hablar. Cuando lo encontró dentro de su armario privado, reaccionó de manera contraria a como Draco lo había previsto. En lugar de enfadarse, o al menos mostrarse enfadado, le había hablado suavemente, sin retarlo. Presa del azoramiento, el chico salió de la pequeña habitación procurando mantener oculta la pizarra, y tomó asiento junto al escritorio del profesor. A continuación, el hombre lo sermoneó de forma indulgente, explicándole las consecuencias de tomar algo sin permiso y utilizando las mismas palabras que un padre emplearía para decirle a su hijo que no debe acercarse a "los objetos de papá".

Sin pedirle razones, ni explicaciones.

- … y eso es todo. ¿Está claro, Draco?

Trató de formular alguna especie de sonido para indicar su asentimiento, mas no lo logró.

- Entonces te dejo ir. ¡Oh, espera! – Draco temió que se hubiese arrepentido de su ataque de bondad – He notado que tienes un poco de acné en la zona T, así que creo que deberías usar una crema que conozco, es excelente…

Draco asintió fervientemente y se apresuró a abrir la puerta, despidiéndose con la mano de su padrino. Una vez que oyó el chirrido de la puerta a sus espaldas, se alejó de allí a toda velocidad resoplando de alivio. Granger debía estar aguardándolo.

Palpó la superficie de la botellita en las profundidades de su bolsillo. Esperaba que al menos la muchacha hubiese obtenido algún progreso.

La sacaste barata esta vez, Draco.

Sonrió.

Pero eso del acné, ¡qué patraña! Él desconocía el acné, no sufría de tales problemas, él era perfecto, era un…

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- ¿Qué es lo que quieres, Parkinson? – la voz ronca de Ginny retumbó en las paredes del corredor. Ambas amigas intercambiaron miradas de comprensión durante escasos segundos, Hermione de espaldas a Pansy

- Sólo venía a comer algo. Un aperitivo antes de la cena – justificó la Slytherin con malicia. - ¿Y tú?

- ¡Qué coincidencia! Yo también estaba aquí por lo mismo – Ginny sonrió falsamente. Aprovechó el pequeño instante de distracción que le proporcionaron los ojos de la muchacha fijos en los suyos, para adelantarse y dejar el camino libre a la huida de Hermione. Si disponían de minutos, era mucho decir.

Unos metros las separaban ahora. Pansy caminó hacia la chica, de modo que quedaron frente a frente. Destilaban odio por los poros. Segura de que ya se encontraban en su mundo bélico personal, Hermione emprendió la retirada. Pansy ya se había olvidado de ella.

- ¿Siempre tienes que estar en los mismos lugares que yo, serpiente rastrera?

- Ídem, comadreja piojosa.

- Vete. Yo llegué primero.

- En tus sueños. Los traidores a la sangre como tú no me dan órdenes.

- ¡Eso lo veremos!

- ¿Ah, sí? – Pansy se situó en posición de ataque, y Ginny la imitó. Ambas respiraban agitadamente, sus rostros ruborizados por la discusión.

- ¡SÍ!

- ¡BIEN!

- ¡BIEN! – y en un abrir y cerrar de ojos el pasillo se vio iluminado por los destellos de los hechizos y los maleficios que se lanzaban mutuamente. Parecía un espectáculo de fuegos artificiales. Como eximias duelistas, podrían haber continuado batallando durante horas. Pero el ego primitivo de Ginny le jugó una mala pasada.

Pansy iba en desventaja, por lo que Ginny aprovechó su momento de debilidad para atacarla sin respiro y así acabar con ella. Un hechizo rozó su brazo, pero el siguiente le dio de lleno en el pecho. La Slytherin chocó contra la pared, de espaldas, con el rostro sucio y cubierto de perlas de sudor.

- ¿Qué me dices ahora, Parkinson? – escupió Ginny, con la respiración entrecortada. Para ese momento el motivo por el cual se había originado la pelea era parte del olvido.

- Digo… - la chica se llevó una mano al pecho y Ginny se asustó. Si le había inflingido daños severos, tendría que pagar los platos rotos. Sería castigada, ¡y de qué forma! – que habrás ganado una batalla, Weasley… - tomó una gran bocanada de aire y la Gryffindor cantó victoria para sus adentros, desestimando a su enemiga - ¡pero no la guerra!

Un amago de sonrisa asomó a sus labios, y en un ademán que tomó a Ginny completamente por sorpresa ya que estaba segura de haber ganado, apuntó con su varita directo hacia ella y pronunció:

- ¡Petrificus Totallus!

El cuerpo de su contrincante cayó al suelo con un ruido sordo, y Pansy se incorporó, todavía apoyándose contra el muro. Se tomó unos minutos para recuperarse y dejar que su corazón adoptara un ritmo normal, y luego se acercó lentamente hacia el lugar donde Ginny yacía. Saboreando su triunfo, inexorable.

- Weasley, Weasley – negó con la cabeza, chasqueando la lengua - ¿cuántas veces tengo que decirte que no te metas conmigo? – añadió, pisando con deliberada fuerza algunos mechones de su barba esparcidos por la superficie de piedra. La expresión de dolor de la damnificada se hizo aún más intenso. Pansy comenzó a caminar en círculos a su alrededor, cual predador que se prepara para dar la estocada final a su presa.

- Me duele todo el cuerpo – pronunció cada palabra como si fuera un dardo envenenado hacia Ginny, quien emitió un sonoro gemido – Y eso es por tu culpa. Por lo tanto… - la rabia mutó a maldad en su tono de voz – ahora vas a sufrir las consecuencias.

Exhibió una sonrisa demoníaca, y a continuación tomó con una mano los mechones de cabello desgreñado y tironeó de ellos hasta conseguir arrastrar a Ginny. Ésta supo perfectamente las intenciones de la muchacha en cuanto vio a dónde quería llegar.

Con mucha dificultad, Pansy logró poner de pie al cuerpo inerte, junto a un antiguo y mohoso tapiz. Lo sacudió un par de veces con el sólo propósito de que Ginny lo viera, antes de dirigirse a ella.

- Vas a quedarte aquí, muy quieta, ¿me entendiste? – recibió como única respuesta una especie de chillido desesperado - ¡Oh, lo olvidaba! No puedes moverte – Pansy lanzó una carcajada y amplió su sonrisa mostrando todos los dientes, si eso era posible – Adiós, Weasley. Dudo que alguien te encuentre porque – echó sendos vistazos a ambos lados del corredor – nadie suele venir por aquí.

Ginny clavó sus ojos en los de su enemiga, buscando algún atisbo de piedad. Pansy terminó con sus débiles esperanzas.

- Si es misericordia lo que buscas, no la encontrarás. Esto es por todas las veces en las que me atacaste, comadreja. Adiós, y suerte.

Y con un último movimiento, terminó de ocultar el cuerpo de la Gryffindor tras el tapiz. Se detuvo durante unos instantes a evaluar los resultados de su obra. Perfecto.

Acto seguido, se alejó caminando con parsimonia y una expresión victoriosa plasmada en su semblante, dejando a Ginny Weasley abandonada a su suerte.

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Draco llegó al aula del cuarto piso con el alma a la altura de los pies, de tan rápido que había corrido. Tratando de recuperar el aliento, se acercó dando pequeños pasos a la puerta del salón, oteando el aire en busca de algo fuera de lo común que indicara la presencia de Hermione.

Hizo ruido adrede durante unos minutos, golpeando el pizarrón con la punta de la tiza. Cuando Hermione se materializó a escasos centímetros de su posición, lamentó profundamente no poder gritar.

- ¡Malfoy! ¿Conseguiste la… ¡Espléndido! – agregó Hermione sumamente contenta al ver que el muchacho le arrojaba la botella a las manos y se sentaba con los codos apoyados sobre las rodillas. Tomó asiento a su lado, pero Draco ni siquiera se inmutó. Su cansancio se notaba a leguas.

La chica se limitó a contemplar el líquido rojo y espeso encerrado en el envase de vidrio. No cabía en sí de gozo; era el primer paso para devolver todo a su sitio. Oyó el rasgueo de la tiza contra la madera, y a continuación el dedo índice de Malfoy la golpeó insistentemente en el brazo.

¿Dónde está Weasley? ¿Obtuvieron algo?

- Ginny vendrá en un momento, se presentó una… - Hermione buscó una palabra apropiada que no fuera sinónimo de "zorra" – complicación y ella se quedó a solucionarlo.

Oh.

Una sonrisa de comprensión afloró a sus labios al darse cuenta de que el chico no sabía que contestar. Decidió comentarle sus resultados.

- Pero sí encontramos algo. Debemos esperar hasta el crepúsculo para recoger las plantas de freya. Están en el Bosque Prohibido, así que lo único que tendremos que hacer es entrar y… - el mismo dedo índice que la había golpeado ahora se hallaba posado sobre sus labios, interrumpiendo su cháchara. Hermione se ruborizó, y una mueca vanidosa se hizo presente en el rostro de Draco. Éste retiró el dedo lentamente, acariciando el labio superior y disfrutando de las reacciones de la chica. Era divertido; ninguna de las mujeres con las que había estado se avergonzaba, nunca. Ni hablar de ponerse coloradas.

Dispuso su atención en pleno sobre la pizarra, dándole tiempo a Hermione a recuperarse. Todavía con la vanidad a cuestas.

Hermione se dijo a sí misma que debía controlar sus emociones si no quería transmitirle un mensaje equivocado. ¿Cómo había sido capaz de ponerse roja como una amapola por un gesto tan mundano como aquél? Comenzó a evocar sus besos y aquella increíble sensación de bienestar, pero esta vez la insidiosa vocecilla no dio señales de aparecer. Por lo que cuando Draco volvió a dirigirse a ella, se la encontró con una sonrisa vaga y deliciosa, de oreja a oreja, y la mirada perdida en Circe sabe qué sitio de su imaginación.

Luego de llamarla repetidas veces, tirando de la manga de su túnica, Hermione regresó al mundo real.

Yo no voy al Bosque Prohibido.

- ¿Por qué no?- preguntó Hermione extrañada.

No es lugar apropiado para gente como yo.

La muchacha arqueó las cejas con incredulidad. ¿Quién se creía que era, el Príncipe de Gales?

- Ah, no. Tu vas a ir, y aquí termina la discusión –sentenció de manera categórica – No te comportes como un chiquillo, Malfoy. No quiero discutir contigo, sabes que llevas las de perder – añadió lanzándole una mirada fugaz a la pizarra apoyada entre sus piernas. Draco apretó los labios en señal de disgusto.

Ya he dicho que no iré, Granger. Y es mi última palabra.

Hermione lo maldijo en su fuero interno. Lo que tenía de atractivo, lo tenía de terco. Se preparó para responderle con sus mejores y más efectivos métodos de persuasión, pero se detuvo al ver que Malfoy fruncía el ceño y tomaba la capa por uno de sus extremos, cubriendo a ambos con ella.

- ¿Pero qué de….

- ¡Vamos, ya casi llegamos!

Abrieron los ojos como platos, con los rostros enfrentados. Cinco personas se aproximaban presurosas hacia donde estaban situados: Harry, Ron, Nott, Blaise y una chica-chico a la que Hermione reconoció a duras penas como la novia de Theodore.

- ¿Están seguros de que es aquí?- inquirió Zabini con desconfianza.

- Ya te lo hemos dicho cientos de veces, nuestra fuente es infalible – respondió Harry letárgicamente. Hermione se mordió el labio inferior, conteniendo un insulto. Estaban usando el Mapa del Merodeador.

- Tiene que ser aquí – habló la peluda muchacha, refiriéndose a la puerta del aula tras la cual se encontraba el juego. Los camuflados se pusieron en alerta.

- Pues entonces, ¿a qué esperan? – los instó Ron empujándolos hacia ella. Su ansiedad era evidente. Harry rodó los ojos antes de desenfundar la varita y apuntar con ella al picaporte desteñido. Suspiró acompasadamente y abrió la boca para proferir el hechizo.

- ¡Aguanta ahí, Hermione! – soltó Ron acompañado de un gritito.

- Ya estaremos contigo, amigo– acotaron Theo y Blaise tomados de las manos.

Draco y Hermione volvieron a mirarse, presas del pánico. Si no actuaban con rapidez, estarían perdidos.

- ¡Alohomo…


Espero que les haya gustado. Recibo críticas, sugerencias y muchas cosillas más, recuerden

Ah, por cierto. Junto con mi amiga Shashira hemos iniciado un foro, Soñando Fics, en el que pueden discutir sobre fics tanto de esta pareja como de otras, además de charlar sobre las películas, poder subir sus fanarts y recomendar fics que les gusten y que hayan leído. En fin, las esperamos :D

Aquí dejo la dirección : .net. Espero verlas allí!

Si te gustó, dejame un review. Si no, también :D

Gracias por leer!

Elianela