Último capítulo. He decidido escribir un epílogo para que no se hiciera tan largo, el cual voy a subir tan pronto como pueda.
Espero que sea de su agrado. Se aceptan críticas, sugerencias y lo que quieran.
Gracias miles a todas los maravillosos reviews que he recibido a lo largo de estos ocho capítulos. Pido perdón a las personas que no recibieron mi respuesta, y les mando una ovación cibernética por haberme acompañado con este proyecto. Son geniales! :D
Sin más para agregar, el chap.
Enjoy!
Elianela
Capítulo VIII: ¡No! ¡Al Bosque no!
- ¡Alohomo…
Sin tiempo para pensarlo dos veces, Draco consiguió rescatar su varita de entre las profundidades de su túnica para aturdir a Harry con un hechizo no verbal. El agredido pareció congelarse en su sitio, observando fijamente el picaporte de la puerta que hacía dos segundos planeaba abrir y pestañeando repetidas veces. El resto de los presentes soltaron un bufido al unísono (Hermione incluida, aunque con alivio) y Theo se acercó al muchacho con el semblante irritado.
- ¿Qué demonios sucede ahora, Potter? – su voz otrora dulce y femenina ahora sonaba rasposa y brusca.
- Si, ¿qué pasa? ¿Por qué no abres la maldita puerta? – lo secundó Blaise, batiendo sus pestañas postizas adrede.
Harry se limitó a voltearse, su rostro surcado por la desorientación. Se rascó la cabeza con la mano izquierda, mientras que con la derecha procedió a contemplar su varita como si fuera la primera vez que la veía. Todos notaron al instante que algo andaba mal.
- ¡Harry! – gimió Ron desesperado, llevándose las manos a ambos lados de su cara - ¡Parece como si estuviera bajo los efectos de una fantasía patentada!
- ¡Oh, sí! Conozco una muy buena, comienza en un barco pirata y luego… – Blaise olvidó su lugar de enemigo declarado de Ron por un momento y se acercó a él con una evidente nota de emoción en la voz
- ¡Esa misma es la que usé yo! Merlín, esa chica sí que tenía bien grandes los…
- ¿Los viste? ¡Eran impresionantes! Podría jurar que tuve veinte orgasmos consecutivos, fue realmente...
- Niños, ¡concéntrense! - Mary lo interrumpió antes de que volviera a chillar y le cubrió la boca con su mano velluda y mugrienta. Era la única que había comprendido el repentino cambio en el chico.
- Genial. ¡Ahora se ha vuelto aún más estúpido de lo que era! Siempre sospeché que era un imbécil, pero… - la declamación burlona de Theo se vio impedida por la mano libre de su novia alzada en el aire.
- ¿Es que no se dan cuenta? – la expresión de vacío intelectual de los chicos – chica respondió a su pregunta. Frunció el ceño y a continuación liberó los labios de Ron de su contacto. Éste buscó rápidamente su pañuelo, apretando la boca con disgusto. La piel de Mary le había dejado una horrible sensación: era como besar un pedazo de lija.
- Alguien ha confundido a Potter. No estamos solos aquí – su mirada filosa se posó a centímetros de donde Hermione y Draco, quienes hasta ese momento habían estado oyendo la conversación con el corazón en la boca, se encontraban.
Ambos aferraban sus respectivas varitas con fuerza, tanto que las palmas de sus manos no cesaban de sudar. Hermione podría haber jurado que escuchaba el latido desbocado de su corazón, amenazando con dejar de funcionar ante la cantidad de estrés a la que había sido sometido ese día.
- ¿Qué esperamos entonces? Busquemos a los intrusos – siseó Blaise, y el grupo se dispersó. Ron tomó a Harry del brazo, todavía gimoteando, y juntos se dirigieron hacia el otro extremo del pasillo. Por su parte, Zabini y Theodore caminaron en dirección contraria, y Mary se paró frente a la puerta adoptando una pose autoritaria digna del más cruel dictador.
Draco cerró los ojos, intentando memorizar algún conjuro que les fuese de ayuda, pero era inútil. Su mente parecía no querer ayudarlo cuando más la necesitaba. Lanzó una mirada fugaz a Hermione y se sorprendió al ver que la chica exhibía su mejor sonrisa de triunfo, la misma que aparecía en su rostro cuando se quedaba con la última palabra en una de sus tantas discusiones. A pesar de estar a punto de ser descubiertos, no pudo evitar pensar que tenía una sonrisa muy bonita.
Hermione apuntó hacia ningún punto en particular, a dos metros por encima de sus cabezas, y el resplandor azulado los encandiló a todos. Era una especie de esfera, similar a un cuerpo celeste y del tamaño de una calabaza, y brillaba con desmesurada fuerza despidiendo haces de luz añil y celeste. Era absolutamente hermoso, fuese lo que fuese. El grupo volvió a reunirse, todos contemplando la esfera con la mandíbula desencajada. La aparición los atraía como imanes, de modo que cada vez se aproximaban más a ella, como si fuera la razón de su existir.
Draco reaccionó de igual manera. Sintió como si su vida no hubiese tenido propósito alguno hasta el instante en el que la esfera apreció. Toda su energía, su alma, su corazón, le pertenecían a ella. Debía acercarse, porque ella lo llamaba. Tenía que seguirla, ella se lo estaba ordenando, tenía que hacerlo o moriría…
Hermione se apresuró a cubrirle los ojos al muchacho, lo suficiente para que el efecto de atracción instantánea no hiciera mella en él. Movió ligeramente su varita hacia la derecha, y la aparición comenzó a desplazarse, tomando velocidad. Sus amigos y los Slytherins comenzaron a seguirla, obedientes, y mantuvo su atención centrada en ellos hasta que el bizarro conjunto se perdió de vista.
Chequeó su reloj, acto que a esas alturas se había convertido en una costumbre, y se quitó la capa de encima abruptamente. Draco la imitó.
¿A dónde ahora, Granger?
Hermione forzó una sonrisa, pero el chico notó la diferencia entre esa y la auténtica.
- Por ahora, entremos y veamos qué nos dice el juego. Y luego…
Al Bosque. Entiendo.
La muchacha asintió, a medias temerosa de la reacción de Draco. Sin embargo, el chico no hizo más que abrir la puerta con ayuda de su varita, e invitarla a que la siguiera al interior del salón vacío. Hermione se encogió de hombros mentalmente y cerró la puerta tras de sí. Los ataques de resignación de Malfoy eran buenos para los planes que debían llevar a cabo.
Ambos encontraron el juego en perfectas condiciones, tal y como lo habían dejado. Draco, con la molesta pizarrita a cuestas, se aprestó a tomar la varita rosada para hacerla girar, pero la mano de su compañera se cerró en torno a su muñeca.
- Creo que es mi turno.
Creo que no. Apártate.
- Malfoy, trata de contener tus arrebatos de descortesía y escúchame. Haz memoria: cuando tú – recalcó la palabra golpeándolo con el dedo índice en el pecho - hiciste girar la varita por última vez, te quedaste sin habla por no decir… ya sabes qué – se corrigió justo a tiempo para evitar otra rabieta del muchacho - Así que supongo que te habrás dado cuenta de que es mi turno. Por lo tanto… - dejó inconclusa la frase y lo apartó con un no muy delicado empujón. La varita comenzó a dar vueltas en círculo lentamente, por lo que la chica supuso que no le había dado el impulso suficiente.
Hasta para hacer girar un palito eres inútil, Granger.
- Púdrete – replicó Hermione impaciente. Volvió a intentarlo, y está vez pudo oír el tenue susurro que hacía la vara al rozar la superficie de madera del tablero. Se detuvo, certera, en la pila de tarjetas que más aborrecían Draco y ella. Reto.
Se sobresaltó producto del golpe que le propinó Draco en el brazo, con la ayuda de la pizarra. Al parecer, sólo había querido apurarla. Lo fulminó con la mirada durante una milésima de segundo, para después abocarse a su tarea. Ya curada de espanto, tomó la tarjeta del interminable montículo y la leyó.
- "Lazos de amor y amistad, son los que deberán conformar. Unidos y juntos tendrán que caminar, si al final del camino quieren llegar. Mimblewimble"
- Demasiado críptico para mi gusto, ¿no lo… ¿Porqué me has tomado de la mano, Malfoy? – preguntó Hermione, observándolo como si se tratara de un leproso, en tanto Draco intentaba por todos los medios despegar su mano de la de la chica con una forzada expresión de asco en el rostro. La muchacha captó en el acto sus intenciones y trató de hacer lo mismo, pero no hubo caso. Las palmas parecían unidas con cemento. Hermione apuntó con la varita a la mano de Draco y éste se horrorizó. ¡No iba a permitirle experimentar con sus extremidades, ni en sueños! Con la otra mano, y la incordiosa pizarra colgando del listón, impidió por medio de otro golpe que la Gryffindor cumpliera su cometido.
- ¿Pero qué te sucede, Malfoy? ¿No ves que iba a tratar de separarnos? – escupió, irritada sobremanera.
Draco intentó tomar la tiza y el pizarrón al mismo tiempo, pero después de unos exasperantes minutos en los que probó de todo, hasta colocarse la tiza en la boca, terminó por romper la cinta en dos y así liberarse de su carga. Algo que, siendo sincero, quería hacer hacía mucho tiempo.
-Te felicito, Malfoy. Eso – señaló la pizarra que el muchacho había arrojado al suelo con desdén – es la solución a todos nuestros problemas. Ya verás, dentro de dos segundos aparecerá Ginny con el pelo limpio y Snape con la cara llena de grasa – se mofó. El chico emitió un sonido similar a un gruñido y blandió su puño de manera violenta en las narices de Hermione, a lo que ésta volvió a sujetarlo como si fuera una madre preocupada regañando a su travieso e impertinente hijito. Draco sacudió su mano cerrada de un lado a otro, pero ella no lo soltó. Ahora estaban pegados por completo.
- ¡Detente, idiota! – chilló histérica, y por alguna razón desconocida Draco obedeció. No estaban en igualdad de condiciones, por lo que al notar el brillo demoníaco en los ojos de Hermione comprendió que su vida podía finalizar dolorosamente en cualquier momento si no se controlaba - Deja ya esa pose rebelde y vámonos. Hay todavía… - comenzó a arrastrarlo hacia la salida tirando de su mano – mucho… - Draco no iba a ceder tan fácilmente. Si quería que fuera su lechuza fiel, tendría que empezar a pedirle las cosas de un modo más amable. Claro que lo que para el Slytherin significaba ser "amable", para Hermione era ser adulador – por hacer – completó la frase resoplando por el esfuerzo, de frente a la puerta. Se volvió para encontrarse con un Malfoy de lo más apático, concentrado sólo en mantenerse alejado de ella tanto como se lo permitía la unión de sus manos. Tironeó nuevamente su mano hacia sí con una fuerza deliberada que tomó a Draco por sorpresa, haciendo que la distancia entre ellos se acortara de forma abrupta.
Las puntas de sus narices se rozaron. Hermione sintió una agradable sensación de cosquilleo recorrerle el cuerpo, y sin poder evitarlo esbozó una pequeña sonrisa. Draco, dejando a un lado la petulancia, le correspondió frotando de nuevo su nariz contra la de la chica, en un gesto que hizo que Hermione, obnubilada, cerrara los ojos. Se preguntó en qué estaría pensando para sonreír de manera tan dulce, y como si pudiese adivinar la respuesta por medio de lo que iba a hacer, depositó un casto beso en sus labios. Se demoró un eterno segundo allí, limitándose a respirar al mismo ritmo acompasado que ella mientras por su parte Hermione se concentraba en algo parecido: seguir respirando.
Sus manos pegadas reposaban en el pecho del muchacho, en tanto que las que aún permanecían libres colgaban inertes en posición normal, todavía demasiado tímidas como para entrelazar sus dedos.
Hermione, recuperando momentáneamente la cordura, se apartó y abrió los ojos. Draco Malfoy le sonreía. A ella.
Pero no era una sonrisa forzada, no. Era una de verdad. Una que demostraba que tenía alma, que tenía corazón. Una sonrisa que respondía a todos los interrogantes que Hermione había formulado a lo largo del día, que inspiraba y la animaba a seguir luchando. Una sonrisa, a los ojos de la chica, hermosa.
- Malfoy, yo… - balbuceó. Dudaba poder hilvanar una frase coherente si el chico la seguía contemplando de aquel modo cálido y lleno de ternura. Draco, sin saber bien qué hacer a continuación, se dirigió hacia una de las sillas en donde descansaba la capa de Harry (llevándose a una atolondrada Hermione consigo), la colocó sobre ellos y abrió la puerta con suavidad. El pasillo volvía a estar milagrosamente vacío.
Aprovechó que la muchacha no se encontraba en pleno de uso de sus facultades mentales y era más fácil de manejar que un títere, para llevarla a su antojo por donde él quisiera. Trató de poner en orden sus pensamientos conforme se dirigían a las puertas del castillo, esquivando con dificultad a las manadas de chicas velludas que reían de forma estruendosa, molestándose entre sí y a los afeminados chicos. Ni siquiera prestó atención a la gigantesca capelina amarilla que el profesor Flitwick estaba usando con orgullo. Lisa y llanamente, no sabía que pensar.
La odiaba, claramente. El odio no se desvanecía de un día para el otro. Entonces, si tanto la aborrecía, ¿por qué absurda razón la había besado?
Corrección, Draco. Vuelto a besar.
Apretó los labios en una mueca de disgusto y a continuación el aire puro inundó sus pulmones. Ya la tarde estaba llegando a su final, sólo algunos estudiantes caminaban cerca de la orilla del lago, y unos pocos se guarecían de la luz del sol bajo las copas de los árboles. Ahora Hermione lo llevaba.
A medida que se acercaban al Bosque Prohibido, siguió reflexionando. Muchas cosas habían cambiado en su interior.
Ya no le provocaba repulsión el hecho de estar cerca de Hermione, ni de tocarla o respirar el mismo aire que ella. Comprendió que poco a poco, había dejado de prestarle atención a aquello. Seguramente esto se debe a estar junto a ella durante todo este tiempo, se dijo a sí mismo con una convicción que, justamente, no terminaba de convencerlo.
Los rizos azul profundo de Hermione bailoteaban frente a él, bañados por los débiles rayos de luz que filtraba la capa. Comprobó para su desagrado que ya habían llegado al Bosque. La chica se detuvo bruscamente, por lo que Draco, tan ensimismado como iba, chocó contra su espalda.
Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. Si mal no recordaba, la última vez que había estado en el Bosque Prohibido se había encontrado con nada más ni nada menos que el Señor Oscuro. Desde ese entonces, evitaba mencionarlo y por sobre todas las cosas aproximarse en un radio de trescientos metros. Y si a eso le sumaba su oculto terror a la oscuridad...
Tendremos que adentrarnos un buen trecho antes de poder quitarnos la capa, de ese modo nadie podrá vernos – alegó Hermione dirigiéndose a él por encima de su hombro – O quizás debamos dejárnosla puesta, pero no sería lo más recomendable… ¿Qué opinas tú?
Por toda respuesta, Draco retrocedió un par de pasos, rogando porque el miedo no se hiciera visible en su semblante. La muchacha negó con la cabeza, divertida.
Tranquilo, Draco. Todo estará bien – dijo risueña. El chico enarcó una ceja con una mezcla de sorpresa y satisfacción al oír su nombre en los labios de la chica. No sonaba tan mal. A decir verdad, no sonaba nada mal.
Hermione suspiró profundamente y encomendó su alma a los cielos antes de comenzar a caminar. Las entrañas del Bosque aguardaban ante ellos.
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Maldita sea esa estúpida de Parkinson.
¡Me estoy muriendo de hambre! ¡Voy a desfallecer! Van a encontrar mi cadáver putrefacto en millones de años, ya puedo imaginarlo. Se preguntarán "¿De qué murió esta hermosa y desdichada niña?" Les respondo ahora mismo: ¡de hambre!
Pansy Parkinson, me las vas a pagar. Juro que si salgo de este mugroso agujero te perseguiré, te cortaré toda la barba y luego haré que te tragues hasta el último pelo. Lo mismo con las uñas de las manos y los pies.
Me pregunto qué es lo que estarán haciendo Hermione y Malfoy en estos momentos. Le agradezco a mi amiga por preocuparse por mi paradero y tratar de localizarme, tan buena como es ella. No se hubiese molestado.
Seguramente ellos deben estar… haciendo lo que se supone que tenían que hacer. La verdad, su "objetivo" no me quedó muy claro que digamos. Sí, Hermione está azul por culpa de Malfoy, y el hurón se quedó sin habla como escarmiento. Hasta ahí entiendo.
Pero, ¿por qué demonios estaban juntos, desde un principio? ¿Por qué Malfoy se mostró aceptablemente cortés, cuando supuestamente no puede ver a Hermione ni en pintura? Y lo peor de todo, y que me provoca unas náuseas tremendas a pesar del hambre atroz me estruja las tripas, ¿porqué se besaron?
Mejor dicho, ¿Por qué Malfoy besó a la pobre de Hermione? Ya que de una cosa estoy completamente convencida: mi amiga jamás juntaría sus labios con los del Slytherin estando en sus cabales. Ni siquiera se atrevería a intentarlo.
Todo es muy confuso. Hay muchas cosas que todavía no me cierran… como el hecho de que ya está empezando a anochecer y yo aún sigo aquí. ¿Cuánto tiempo más voy a tener que..?
Un momento. Oigo pasos… ¡Alguien se acerca! ¡Por los pantalones de Merlín, esa persona tendría que ser ciega para no ver el gigantesco bulto detrás del tapiz! ¡Por favor, auxilio! ¡Socorro!
Oh, no. Está alejándose. Ya no puedo escuchar las pisadas.
Aunque tal vez… ¡Sí! ¡Está regresando! ¡Gracias, muchísimas gracias, quienquiera que seas!
- Ginny, ¿qué haces aquí? – la voz de Neville Longbottom actuó como un bálsamo para sus oídos. El chico apuntó con la varita a su pecho y el hechizo se rompió: sintió cómo sus extremidades reclamaban a gritos un poco de movilidad.
- Todo fue obra de la imbécil de Parkinson – respondió, masajeándose las mejillas y la mandíbula – Creí que iba a quedarme aquí para siempre. Gracias, Nev.
Ginny lo besó a modo de agradecimiento y Neville se ruborizó hasta la raíz del cabello. La muchacha comenzó a caminar a toda velocidad y él trastabilló en su intento de seguirle el paso. La observó detenidamente; parecía poseída por un espíritu maligno o bajo el control de un maleficio Imperius
- ¿A... dónde vamos… con tanta… uf, prisa? – resopló,
- A la sala común. Necesito hablar con Harry y Ron – afirmó Ginny en tono resuelto. Luego de unos minutos, ambos doblaron un recodo que los llevó a uno de los corredores principales, próximos al Gran Salón. Una multitud de gente se hallaba reunida alrededor de una persona u objeto que no consiguieron identificar a primera vista.
- ¿Qué habrá pasado? – se preguntó Neville extrañado, casi en un susurro. Volteó para comentárselo a su compañera, pero descubrió que ya no se encontraba a su lado. Parado de puntillas, echó un vistazo en general entre la muchedumbre en busca de su cabellera rojo fuego característica, pero no pudo hallarla. Decidió entonces acercarse más al grupo. Ahora lo movía la curiosidad.
De repente, la vio. Allí estaba, la solución a todos sus problemas y sus desgracias. La fuente de su felicidad eterna. Aquel resplandor azul, puro y brillante, tan hermoso. Invitándolo a acercarse solamente a él.
Estaba moviéndose. Obviamente tenia que seguirla. A partir de ese momento, donde ella fuese, él la acompañaría. Sus caminos estarían unidos.
Pero, ¿por qué todos estaban rodeándola? ¡Era sólo suya y de nadie más! Ninguno de aquellos parásitos tenía derecho a verla excepto él. Apartó a los empujones a las personas que lo rodeaban, pero instantáneamente ellos volvieron a su sitio. Intentó e intentó, pero era imposible. Todos formaban parte de ella y ocupaban un lugar específico, inamovible.
Así fue que, cuando la esfera comenzó a desplazarse de nuevo, Neville la siguió. Cada vez más chicos y chicas se sumaban a aquel extraordinario cúmulo, hipnotizados por la luminaria. Inclusive algunos profesores, intrigados por lo que estaba sucediendo y dispuestos a castigar al responsable del embotellamiento humano que se había producido, habían caído en sus redes. Parecía como si todo Hogwarts estuviese allí, admirando y alabando a la pelota. Porque al fin y al cabo era eso, una pelota.
Claro, todo Hogwarts menos Draco y Hermione. Quienes exactamente en ese instante, estaban lidiando con…
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-¡Centauros!
Draco miró en todas direcciones alarmado, haciendo crujir su cuello y lamentándose de no tener otro par adicional de ojos en la nuca.
- Allí – Hermione señalo un punto a unos diez metros por delante de ellos – Saben que estamos aquí, y apuesto cien Galleons a que no están muy contentos con nuestra visita – agregó preocupada.
Por medio de gestos, el chico indicó que redoblaran la apuesta. Hermione negó con la cabeza, incrédula de la capacidad del chico para bromear en momentos críticos como ese.
- No es momento para chistes, Malfoy – lo reprendió a medias enojada y divertida. Supuso el enorme esfuerzo que significaba para el chico encontrarse tan lejos del calor y la seguridad del castillo. Aunque ahora, en el estado de anarquía total en el que se encontraba, no era muy reconfortante que digamos.
La muchacha entrecerró los ojos, acostumbrándose a la espesa oscuridad del bosque. Si sus cálculos eran correctos, las freyas tendrían que empezar a aparecer en breve. Indicó a Malfoy que la siguiera, y ambos caminaron aún tomados de la mano, procurando no pisar muchas ramitas o hacer algún ruido brusco que delatara su presencia. Los centauros ya estaban advertidos de ella pero el resto de las criaturas no, por lo que para ahorrarse problemas y salir de allí ilesos, preferían mantenerse lo más ocultos posible.
¿Y por qué no usamos la capa? – quiso saber Draco. Hermione puso los ojos en blanco: le había formulado la misma pregunta más de diez veces.
- Ya te lo dije, Malfoy. La capa puede resultar muy molesta y se engancharía en cada ramita habida y por haber. Y además, está lo suficientemente oscuro como para que nada o nadie nos vea. Si los hombres lobo nos encuentran, la capa no haría ninguna diferencia – finalizó satisfecha al comprobar que Draco se había asustado de sobra y no haría más preguntas tontas. ¡Qué divertido era ver su rostro, siempre tan altivo y desafiante, fruncido como el de un niño de tres años que le teme a los fantasmas!
Hermione no comentó nada más y continuaron caminando en silencio. Buscó en su bolsillo el rollo de pergamino que había llevado consigo a la biblioteca y lo extrajo. En él estaban todos los datos que consideró eran útiles para hallar las dichosas plantas: su color, su forma, su tamaño. Estrujó el papel en su mano libre, lanzó una mirada rápida al sendero que se abría delante de sus ojos y se detuvo súbitamente.
- Tiene que ser aquí – murmuró, observando con detenimiento el ambiente. No tenía nada de particular: muchos árboles de incalculable altura, hojas y ramas esparcidas por el suelo, y nada más. No obstante, notó que a los pies de los árboles crecían pequeñas flores, del color del ébano, cuyos tallos se bifurcaban en todas direcciones. Eran bastante llamativas, con sus diminutas hojitas rodeándolas a modo de adorno. Sin duda, ésas eran las freyas.
¿Dimos la vuelta al mundo caminando para toparnos con estas florcitas de porquería?
Draco también las había visto. Con impaciencia, tiró del brazo de su compañera para aprestarla a iniciar la recolección. Hermione, acercándose al árbol más próximo, se agachó sobre la plantita. Draco se vio obligado a hacer lo mismo, y a continuación la mano libre de la chica se posó sobre la suya y la colocó en la raíz del pequeño arbusto.
- No muevas tu mano de allí por nada del mundo, Malfoy – ordenó Hermione, y el chico asintió. Acto seguido, releyó el pergamino para asegurarse de cumplir con el procedimiento – Bien… ahora debes presionar con fuerza el tallo – Draco obedeció, creyendo escuchar un suave gemido – y a la cuenta de tres, tiras con fuerza y la sacas. ¿Está claro? – después de recibir la confirmación del Slytherin, Hermione se preparó.
- Aquí vamos. Tienes que estar listo, ¿de acuerdo? A la una – un ruido de cascos se escuchaba tenue en la lejanía – a las dos – el gemido aumentó en intensidad – y a las tres, ¡ahora!
Draco arrancó la planta de freya del suelo y las raíces se enroscaron como serpientes de cascabel alrededor de su mano. Hermione soltó un grito ahogado.
- ¡Por Merlín! ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? – chilló, presa de la desesperación. El muchacho notó que su mano estaba perdiendo el poco color que poseía, a medida que las raíces lastimaban su piel. Le propinó un codazo para instarla a que se apresurara, pero la chica lucía tan frenética y fuera de sí que dudó de que lo hubiese sentido. Hermione se mordió el labio inferior con ansiedad, evaluando rápidamente qué era lo que podía hacer: al ver que la mano de Malfoy había comenzado a sangrar optó por el conjuro más efectivo y a la vez más complicado.
-¡Dimissum manus! – con un intrincado movimiento de la varita y una floritura final, la freya cayó inerte a los pies de Draco. Hermione reprimió las ganas de saltar de alegría.
- ¿Te encuentras bien, Malfoy? ¿Te lastimaste mucho? ¡Episkey! – la sangre dejó de manar a chorros y la chica procedió a limpiársela – Creí que no iba a funcionar, ¡pero lo hizo! – sonrió ampliamente y continuó hablando como si nada. Draco mantenía el ceño fruncido en extremo, sin preocuparse por su salud – Para la próxima vez tendremos que… - el muchacho, liberándose de sus cuidados, se llevó el dedo índice a los labios y Hermione calló. Luego, la mano de Draco se posó en su oreja izquierda en forma de C. ¿Qué era lo que estaba escuchando?
La muchacha aguzó el oído. Cascos. Los centauros andaban cerca, quizás demasiado cerca… Ambos clavaron la mirada en la del otro durante unos instantes y a continuación se incorporaron con rapidez. Debían poner manos a la obra o de lo contrario, los encontrarían. Con mucho cuidado de no herirse con las raíces, recogieron las freyas de los árboles aledaños y las guardaron en los bolsillos de la túnica de Hermione sin miramientos. Pronto descubrieron que había un centenar de ellas, tal vez más, lo que equivalía a horas y horas de cosecha. Debido a ello, acordaron reunir sólo quince plantas. Con eso tendría que bastar.
- ¡La última! Por fin llegamos –suspiró Hermione al inclinarse por enésima vez. Draco cerró su mano en torno al engañoso tallo, pero ella lo detuvo – Déjalo, Malfoy. ¿No crees que ya has tenido suficiente? – exhibió una sonrisa amable y el chico se apartó a regañadientes. Se hallaba muy intranquilo, puesto que los centauros parecían haber cesado en su actividad y los cascos habían dejado de oírse…
Repentinamente, oyó un aullido. De la nada brotaron diez centauros, todos ellos formándose en un círculo que los encerraba. Sus arcos y sus flechas relucían de manera amenazadora en la lúgubre atmósfera del Bosque Prohibido, un lugar que consideraban suyo y que ellos habían profanado al entrar sin permiso. No quiso ni pensar en lo que podían llegar a hacerles.
- ¿Cómo osan apoderarse de estas freyas? – habló el que parecía ser el centauro más antiguo en un tono de voz nada conciliador. Hermione se apegó a su espalda, temblando – Son nuestras. No tienen derecho a quitárnoslas.
- Sólo... queríamos...¡Estamos preparando una poción! – soltó Hermione, llorando desconsoladamente. El pecho de Draco se inundó de pena por su suerte y la de ella – Eso es todo… por favor, déjennos ir… no somos ladrones… ¡por favor!
- ¡Te atreves a decir que no son ladrones, humana, cuando sabemos perfectamente que llevan nuestra preciada freya en sus ropajes, escondiéndola! - contraatacó el centauro, y el resto de su manada tensó sus rostros y sus arcos. La mente de Hermione trabajaba a un ritmo frenético a pesar del llanto, buscando la forma de escapar - Los astros nos han informado acerca de ustedes. Por su causa, reina el caos y la revolución en el castillo. Y la culpable – la punta afilada de la flecha que sostenía el centauro la señaló – eres tú.
Draco negó con la cabeza, comprendiendo rápidamente. No iba a permitir que le hicieran daño a Hermione por nada del mundo, no. Aunque tuvieran que pasar por encima de él, no los dejaría.
Su interlocutor golpeó dos veces el suelo, y un integrante de la manada se separó de la formación, aproximándose peligrosamente a ellos, El resto se dispersó en cuestión de segundos, perdiéndose de vista.
- Tú eres poseedora de las freyas que tanto significan para nosotros y cuyo inmensurable poder desconoces. Por lo tanto, deberás pagar por tus acciones.
El centauro que se encontraba a sus espaldas avanzó cautelosamente, y Draco se colocó frente a él de modo que Hermione quedara resguardada por completo. Mantuvo su varita en alto, confiado en que la criatura lo atacaría en cuanto viese la oportunidad. La chica a sus espaldas se limitó a cerrar los ojos con fuerza, esperando el primer embate.
Desafortunadamente, todo había sido una emboscada. Dos de los centauros que presuntamente habían abandonado el lugar, surgieron desde sus respectivos escondites y tomaron a Hermione por la cintura. En consecuencia, Draco volteó, viéndose arrastrado por el forcejeo, pero el centauro que suponía iba a atacarlo se aferró a sus hombros y jaló en dirección opuesta. La criatura líder contemplaba la escena impertérrita.
- ¡Ordeno que se separen!- vociferó, tensando su arco él también - ¡Déjala ir, humano!- al ver que Draco no hacía caso, sino que luchaba para acercarse más a la muchacha, decidió aplicar medidas drásticas - ¡Sepárenlos, de inmediato!
Los represores intercambiaron una señal de acuerdo. Tiraron de ellos al unísono con toda la potencia que eran capaces de aplicar, y la magia finalmente se rompió. Hubo un gran chispazo verde y rojo, y de pronto la pelea se detuvo. Draco y Hermione se observaron mutuamente, sorprendidos y asustados al mismo tiempo. El líder aprovechó ese momento de quietud y distracción para transmitir una silenciosa y única orden al centauro que sujetaba a la chica. Éste la rodeó con sus brazos, aprisionándola.
Draco abrió los ojos como platos, paralizado por el temor. No de que aquellos estúpidos híbridos le hicieran daño, sino de que los estúpidos híbridos lastimaran a Hermione. ¿Qué podía hacer? No tenía muchas herramientas a su alcance y el tiempo apremiaba.
- Llévensela, y que los cielos decidan su destino – proclamó el líder con solemnidad- Y en cuanto a ti – Draco cayó de bruces al suelo al verse liberado – procura que ningún miembro de mi clan vuelva a hallarte merodeando por esta región, o sufrirás las consecuencias.
Escupiendo las hojas que había tragado al caer, Draco se levantó con apresurada dignidad. Los centauros comenzaron la retirada, y el que mantenía a Hermione encerrada los siguió, cubriendo los gritos de la chica con su mano. La aguerrida Gryffindor lo mordió y éste retiró el tapón de su boca
¡Draco! ¡No dejes que me lleven! ¡Draco! ¡Por favor! ¡DRACO!
- ¡HERMIONE!
Si. Esa era su voz. Su preciada voz, ¡de vuelta! ¡Imposible! ¡Podía volver a hablar!
No se preguntó la razón del cambio y no tuvo tiempo para maravillarse lo suficiente. El extremo de su varita se dirigió al resquicio de cielo que podía vislumbrarse a través de la masa boscosa, y luego de proferir el hechizo deseado enfundó su varita y echó a correr detrás de la manada.
- ¡Hermione! ¡Hermione!
No se encontraban muy lejos, por lo que, debido a su estado atlético, tardó poco tiempo en alcanzarlos. Se ocultó detrás de un árbol de tronco especialmente grande al comprobar que se habían detenido a deliberar el destino de la muchacha.
- Debemos dejarla a su merced. Si pretende abandonar el Bosque, deberá hacerlo por sus propios medios.
- No es lo correcto. Los habitantes del castillo nunca se han comportado de manera inapropiada para con nuestra raza… hasta hoy.
- Propongo que la liberemos. Sin embargo, antes tendrá que responder ante Bane y Magorian por las freyas robadas.
- Si me permiten, me gustaría tener la oportunidad de defenderme.
La voz de Hermione sonó tranquila y pausada. Los centauros se apartaron de ella, midiendo sus fuerzas, y la chica aclaró su garganta antes de hablar.
- Siento profundamente haber tomado las freyas sin su consentimiento. Mi compañero y yo las necesitamos con suma urgencia para elaborar una poción y así liberar a Hogwarts del embrujo al que se ha visto sometido. Pido perdón nuevamente por los daños inflingidos, así como también pido permiso para utilizar sólo una planta en la preparación, regresando las otras a sus dueños primigenios - concluyó en tono cordial, bajando la cabeza.
Durante un minuto que se le hizo interminable a Draco tanto como a ella, el grupo deliberó con las cabezas juntas, conformando una especie de asamblea. Pudo llegar a escuchar murmullos de desaprobación y objeciones, pero nada más. Miró por el rabillo del ojo, tratando de encontrar alguna señal del chico, mas no lo logró.
- Hemos decidido lo siguiente – el centauro líder actuó de voz cantante una vez más – Vamos a dejarte libre y cederemos una de nuestras freyas para tu noble propósito, con la condición de que jamás vuelvas a pisar estas tierras. ¿Has comprendido?
- Sí… - Hermione iba a llamarlo "señor", pero se detuvo al pensar que no era propiamente un hombre. Hizo una breve reverencia, a lo que las criaturas respondieron con sendos movimientos de cabeza, y retrocedió unos pasos lentamente, sin despegar la vista de ellos. Acto seguido, vació sus bolsillos, dejando las plantas en el suelo de la manera más delicada posible. Imaginaba perfectamente las miradas de reprobación que los centauros estaban dirigiéndole.
Sin tiempo a preverlo, una mano nívea la tomó por la muñeca, y en un parpadeo se halló montada en la escoba de Draco Malfoy, quien observaba con recelo a las atónitas criaturas.
- Despreocúpense. No volveríamos a venir aquí ni aunque nos pagaran. ¡Hasta nunca! ¡Saludos a los hombres lobo! – gritó jubiloso, mientras empezaban a tomar altura. El viento nocturno azotó su rostro, proporcionándole una maravillosa sensación. ¡Se encontraba libre otra vez! Nunca había comprendido la importancia de aquello hasta ese momento. Aumentó la velocidad, percibiendo la poderosa descarga de adrenalina correr por sus venas, y voló a ciegas durante unos segundos, abriendo los brazos ante la noche que le daba la bienvenida.
Pronto dejaron atrás el Bosque, y Draco viró bruscamente de modo que Hermione, quien hasta ese instante había mantenido sus ojos religiosamente cerrados, ajustara más su presión contra sus costillas.
- ¡No voy a dejarte caer, Hermione, pero tienes que dejarme respirar!
- ¡Lo siento! ¡Nunca había volado en escoba y mucho menos tan alto! – gritó Hermione, aterrada hasta la médula - ¿Qué es lo que pretendes, llegar a la Luna?
- ¿Me parece a mí, o tienes miedo? – rió Draco, feliz como no lo había estado en mucho tiempo. Hermione respondió apoyando su rostro contra su hombro, apenas disminuyendo el agarre. El muchacho movió la cabeza de un lado a otro, incapaz de creer en eso. ¿Acaso la prefecta perfecta Hermione Granger le tenía miedo a un inocente viaje en escoba? No podía ser posible. Derrapó justo frente a la ventana del salón escogido como sala de investigaciones, sus siluetas recortadas sobre el muro de la torre.
Abrió la ventana con un ademán violento y ayudó a Hermione a bajarse de la escoba. Lo cual fue bastante divertido, ya que en un descuido la chica se olvidó de su recomendación de no mirar hacia abajo y tuvieron que pasar otros diez minutos para volver a intentarlo.
- Debemos darnos muchísima prisa, ¡ya son las diez y media! Merlín, estuvimos demasiado tiempo en ese estúpido bosque - farfulló Hermione sacudiéndose el polvo de la túnica y depositando las semi-destruidas freyas sobre el pupitre.
- Con mucho gusto prepararé el jugo, Hermione – anunció Draco con grandes bríos. El chico estaba disfrutando cada palabra pronunciada, tal como si las saboreara. Podría jurar que nunca antes había tenido tantas ganas de sonreír. La Gryffindor lo miró como si se hubiese transformado en Grawp.
-Lo que digas, Malfoy. Pero antes… - lo tomó de la mano y lo condujo hacia el otro pupitre. Seguidamente, le entregó la varita rosa abruptamente y aguardó a que la hiciera girar. Lleno de ímpetu, ésta se movió tan rápido que cuando quisieron darse cuenta, ya se había detenido. Pero esta vez, en la pila contraria de tarjetas.
- "Creemos que ya aprendiste la lección, y por eso el ingrediente secreto vendrá a continuación. ¿Qué es líquido, posee una temperatura como la de un cubo de hielo, sabe muy bien acompañado de caramelo y es naranja como un pomelo? Averígualo, te lo recomiendo. ¡Te queda poco tiempo!
- Líquido, posee una temperatura como la de un cubo de hielo y sabe muy bien acompañado de caramelo. Es naranja como un pomelo… - Hermione realizó el recuento con los dedos, deteniéndose al llegar al último punto con una ceja enarcada - ¿Los pomelos son naranjas?
- Existen algunos que sí lo son – explicó Draco, con las manos sucias de un líquido agrio y repugnante que agregó a la poción. Revolvió el caldero, en el que ya había vertido la sangre de dragón, y la mezcla se tornó espesa y grumosa - Bien, Hermione, es tu turno ahora. Dije que iba a preparar el jugo, pero no me voy a convertir en un apestoso elfo doméstico – se limpió las manos con la capa de Harry haciendo un mohín. Hermione sonrió. Sabía que el Malfoy diligente y servicial duraría el mismo tiempo que un suspiro.
Se acercó al caldero intentando contener la respiración; el olor era inaguantable. Una mezcla de calcetines sucios de Ron con el aliento a cloaca de un troll.
- Y bien, ¿qué opinas? – inquirió, después de tomar su lugar no sin cierta reticencia.
- Mmm… - titubeó el chico – Puede ser alguna especie de poción, tal vez hidromiel o alguna bebida que…
- Sí, claro, pero ¿y eso del caramelo? ¿Conoces algo que se beba acompañado de caramelo? – la expresión de Hermione indicaba que algo no terminaba de cerrarle.
-¿Acaso tengo cara de borracho? – Draco enarcó las cejas, fingiendo haberse ofendido, y la muchacha soltó una carcajada – Puede que conozca muchos tragos, pero éste en particular no me suena de nada.
- Quizás, si volviéramos a sacar otra tarjeta… - sugirió Hermione, echándole otro vistazo a la poción. Sonrió satisfecha de su trabajo; la pócima ya había adquirido la liquidez requerida.
- Buena idea –apuntó Draco. La varita volvió a girar una vez más, ante la expectación de los dos. Ya no eran cada uno por separado. Lo sucedido en el Bosque, aunque ninguno lo sospechase, los había unido en más de una forma.
- "¿Necesitan un dibujo o una señal luminosa? ¡Vamos, que no es tan difícil la cosa! Esto se está poniendo pesado, ya lo tendrían que haber adivinado. Una última pista les daremos, mas no vuelvan a buscarnos pues nada diremos. Cada mañana con una tostada, ¡bebes un sorbo y atacas la mermelada! Mimblewimble"
Durante los minutos siguientes, el silencio se apoderó de la sala, tan concentrados como estaban los dos en ponerse colorados del enfado.
- ¡JUGO DE CALABAZA! – exclamaron los dos a un tiempo.
- Jugo de calabaza. ¡El famoso ingrediente secreto no es nada más ni nada menos que el maldito jugo de calabaza! – Draco caminó en dirección al tablero con los puños apretados y Hermione pensó que iba a pasar a una mejor vida, pero por alguna razón el muchacho se contuvo.
- Bueno, podría haber sido mucho peor – murmuró, un tanto más apaciguada. Draco le lanzó una mirada de incredulidad - ¿Qué? ¡Tengo razón! – se defendió - ¡No sé que hubieses hecho si el ingrediente secreto fueran pelos de unicornio o… o las uñas de los pies de tu adorada Pansy!
- En primer lugar, no adoro a Pansy y nunca la adoraré – aclaró Draco – y en segundo, tú hubieras tenido que cortarle las uñas de los pies, ya que por lo que sé tiene hongos y callos por donde la mires, la muy sucia…
- Nos desviamos del tema – cortó Hermione secamente, aunque el chico notó sus considerables esfuerzos por contener la risa – Ahora el problema es el siguiente; ¿có…
- … mo haremos para que lo beban? Yo me he preguntado lo mismo, no te creas – la atajó el muchacho – Lo más razonable sería que lo echemos en las copas de la cena.
- Esa es una idea genial, Draco – admitió Hermione
- Gracias. Siempre las tengo – rectificó él.
- Sí, sí. Te felicito – ironizó la chica – Sin embargo, hay otro problemita. ¿Cómo vamos a echar la pócima en el jugo sin que se den cuenta? – añadió preocupada. El tiempo corría y ellos no avanzaban.
- Querido ratón de biblioteca, ya lo tengo todo planeado – aseguró Draco con aires de capitán al mando. Hermione bufó – Existen dos alternativas. La primera; ir a las cocinas sigilosamente, echar la poción allí, y el resto sale solo – concluyó mostrando una sonrisa ganadora. La muchacha se preguntó en ese momento de dónde sacaba tanta confianza en sí mismo – Y la segunda y última sería…
- Hipnotizarlos a todos y ordenarles que la tomen. Sencillísimo – acotó Hermione posesionada por el desánimo.
- ¡Tú lo has dicho! Lo único que tenemos que hacer; mejor dicho, que tienes que hacer – enfatizó el verbo señalándola – es crear uno de esos planetas en miniatura, como el que hiciste aparecer hoy, y que todos los que estén en el Gran Salón queden prendados de él. En ese preciso instante es donde entraríamos nosotros, ¿me sigues?
- No soy estúpida, Malfoy. Ya entiendo a dónde quieres llegar – Hermione tomó asiento, agotada, y con un ademán de su varita el fuego que yacía debajo del caldero se apagó. – La primera opción me parece menos descabellada que la segunda – Draco asintió - pero por otro lado, ya tuve suficiente estadía en las cocinas por hoy. Propongo que sigamos la segunda alternativa.
- ¿La del planeta en miniatura?
- La del planeta en miniatura, ni más ni menos. Por lo demás, la pócima ya está lista – declaró Hermione, seguido de un bostezo al mejor estilo hipopótamo. Draco se aproximó al caldero para husmear el resultado final, mientras que la chica apoyó la nuca sobre el respaldo de la silla y cerró los ojos.
- ¿Hermione?
- Dime.
- Fuiste muy valiente al hablarle de ese modo al centauro – la voz de Draco sonó como si se estuviese adentrando en terreno prohibido. La sorpresa hizo que Hermione abriese los ojos y se pusiera de pie.
- Oh, bueno, no fue para tanto – contestó, segura de que se había ruborizado hasta la coronilla – Estoy segura de que tú hubieras actuado de la misma forma.
- No, no estés tan segura – sin querer, ambos dieron un paso hacia adelante – Eres mucho más valiente que yo, Hermione Granger.
- Draco extendió su mano derecha, y ella la tomó. Permanecieron así durante lo que pareció una eternidad, contemplándose en silencio. Ambos dejaron escapar una sonrisa.
- ¿Sabes una cosa? No fue tan malo estar unido a ti – comentó Draco como quien no quiere la cosa, sin dejar de mirarla. A continuación, atrapó un mechón de pelo de su melena, alborotada en exceso debido al viaje en escoba, y lo colocó detrás de su oreja. Hermione rogó porque la tierra la tragase justo en ese instante, y sintió como las orejas le ardían.
- ¿En serio? – su voz se oyó confiada, sólida. Estaba segura de lo que iba a hacer. Por fuera se mostraba poderosa y llena de decisión a pesar de haberse ruborizado, pero sabía perfectamente que en su interior sólo era una chiquilla asustada. No obstante, no había tiempo de echarse atrás. Por más que su mente le ordenara lo contrario, su corazón y su cuerpo avanzarían de todos modos.
En un gesto que tomó a Draco completamente desprevenido, Hermione depositó ambas manos alrededor de su cuello y acercó su boca a la de él. El chico no supo qué decir ni qué hacer, ya que ni en sus sueños más alocados hubiese imaginado esa situación. Pero allí estaba, a punto de ser besado por una de las personas que más había odiado durante siete años. Y no pensaba oponer ninguna clase de resistencia.
- ¿Sabes una cosa?
- ¿Qué? - balbuceó Draco.
- Me alegra que hayas recuperado tu voz.
-Sus labios colisionaron, y sus lenguas pasaron a un estado de fusión absoluta. Los ojos de Draco casi se le salen de las órbitas al percibir la pasión con que Hermione lo estaba besando, pero pronto olvidó todo y se rindió al control del beso. Limitándose sólo a responderle con el mismo entusiasmo, dejó que ella lo manejara a su antojo. Después de todo, lo estaba haciendo de maravilla.
Y además lo estaba volviendo loco. Nunca hubiera imaginado que el sabor de sus labios sería tan delicioso y adictivo a partes iguales. En un acto de inercia, la rodeó con sus brazos en un gesto posesivo, para impedir que aquella caricia tan agradable llegara a su fin.
Pero al cabo de unos minutos, ambos necesitaron una bocanada de aire. Draco abrió los ojos lentamente, y se encontró con las sonrosadas mejillas de Hermione y sus orbes castañas reclamando una justificación. Pidiendo la verdad.
- Pensé… creí que… - a Draco le costaba hallar las palabras correctas, pero no por eso aflojó su abrazo - ¿qué es lo que estamos haciendo, Hermione?
La muchacha comprendió en el acto su error. Otra vez había pecado de ingenua, de impulsiva. Atinó a bajar la mirada y de esa forma deshacer el contacto visual, antes de que las lágrimas comenzaran a rodar por sus mejillas.
- Lo siento – pronunció en voz muy baja – Fui una estúpida al comportarme de esa forma, no tendría que haberlo hecho.
Draco vio la tristeza repentina en sus ojos y supo que había obrado mal. Alzó su barbilla con la mano derecha, sin ceder un ápice la presión de su cuerpo contra el de ella, y meditó detenidamente durante unos segundos antes de volver a hablar. Tiempo suficiente para que el llanto de Hermione se rebelara.
- No llores, por favor – muy a su pesar, la soltó para poder emplear su otra mano. Apoyó uno de sus dedos sobre la piel añil del rostro de la muchacha y recogió una de las gotas saladas. Observándola con atención, descubrió algo que lo maravilló.
¡Mira! ¡Es azul! – y era cierto. Hermione no pudo evitar soltar una pequeña risita, a la que Draco acompañó. La catarata de lágrimas de la chica se detuvo y el Slytherin esbozó una mueca de complacencia.
- Toda yo soy azul, Draco – dijo Hermione, elevando un poco el volumen de su voz.
- Lo sé - respondió, transformando la mueca en una sonrisa – Y eso me gusta. Te ves muy linda, a pesar de parecerte a un arándano.
- ¿Gracias? – dudó Hermione en tono bromista
- Por nada – ambos rieron. Ella se secó las pocas lágrimas que aún permanecían en su rostro con la manga de la túnica, y el muchacho la tomó de la mano nuevamente.
- Debemos irnos. La medianoche se acerca – informó, esfumándose la alegría de su semblante..
Hermione asintió en silencio por toda respuesta. Aferrando el caldero con las dos manos, dejó que Draco le colocara la capa de invisibilidad por encima y lo precedió hacia la salida.
- ¿Listo, Draco?
- No. Pero estoy contigo, así que estamos listos.
Espero que les haya gustado. Ya saben: críticas, etc, etc.
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Gracias por leer!
Elianela
