Título: Juegos de niños.
Prompt|Tabla: Tristeza|Emociones
Malik se detuvo al ver a la mujer refunfuñar mientras merodeaba alrededor de su caballo. Le dirigió una mirada a su amigo, pero Altaïr estaba demasiado ocupado revisando el filo de sus cuchillos como para notar el singular escenario.
Tras la confesión del novato en el círculo de entrenamiento, Malik no había vuelto a escuchar algo más sobre el asunto. Quizás tuviera que ver con el hecho de que Maria ayudaba al temporalmente lisiado Abu Alí para entrenar a los fedayines en el combate a caballo. Los rumores en la fortaleza sobre el asunto de aquella noche se habían apagado al día siguiente, los dos dormían en el mismo cuarto así que de alguna manera eso significaba que las cosas estaban bien. Malik por el contrario observaba un distanciamiento y una frialdad. Además Altaïr estaba más pensativo de lo normal y en más de una ocasión pareció inclinado por comentarle algo, pero al final se quedaba callado.
Un bufido se escuchó seguido de un golpe fuerte en el suelo. El caballo de color azabache relinchó y golpeó el suelo con sus patas en varias ocasiones inquietando a los otros animales. Malik odiaba ese caballo, era la bestia más irritable que había visto en su vida, bastaba acercársele a unos cuantos metros para que comenzara a inquietarse e inquietar todo lo que estuviera a su alrededor. No sabía como la inglesa podía sentirse segura encima de semejante animal o si quiera montarlo. A veces pensaba que tenía que ver con que los dos eran similares, nunca se sabía cuándo o cómo iban a reaccionar ante cualquier movimiento. Malik lo sabía por experiencia propia.
—Maria —dijo Altaïr, pero la mujer siguió removiendo la paja ignorando al asesino.
—¡Ah! —exclamó de pronto, palmeó al caballo quien sólo movió la cabeza. Un torrente de palabras en inglés brotó de ella mientras terminaba de colocarle la cabezada al animal. Cuando se digno a observar a los asesinos simplemente parpadeó—. Dile a los fedayines que no remuevan las cosas, es difícil encontrarlas. —Fue el saludo que les dedicó, en realidad, sólo se lo dedicó a Altaïr.
Los dos hombres fruncieron el ceño.
—Pero ellos asean las caballerizas y colocan las cosas en orden —replicó Altaïr sin comprender.
—¿En orden para quién? —gruñó ajustando las correas—. Mira esto, las cosas están muy lejos de Tonnerre y están revueltas.
—Quizás si tu caballo fuera menos…
—¡Si fueran menos torpes, Tonnerre no se espantaría! Es un caballo de guerra ¿cómo esperan que se comporte? —Maria chasqueó la lengua mientras movía la cabeza negativamente, el Maestro respiró profundamente tratando controlar su molestia—. Sólo te estoy pidiendo que les digas que no toquen las cosas de Tonnerre, no que comprendan al caballo ¿Es eso tan difícil?
—Alguien tiene que venir a asear el sitio de Tonerr todos los días —sentenció Altaïr—, parte de su entrenamiento es tener este sitio limpio. —Maria farfulló un par de frases en inglés entre dientes.
—¡Que barran, frieguen el piso o lo que sea, pero que no toquen los aditamentos! Esos yo los ordenaré. —El asesino asintió con la cabeza mientras volvía a respirar profundamente—. ¡Hombres, siempre tienen que complicarlo todo! —El caballo relinchó una vez más dirigiendo su mal genio a las tablas de madera que formaban el corral.
—Los novatos aprenden el orden en el que se colocan los…
—¿Y por qué crees que esa es la mejor manera? —protestó la inglesa.
—Porque es rápido —respondió Altaïr.
—¿Has probado alguna otra manera? —insistió.
—Sí y no ha sido tan eficaz.
—O tú has sido muy torpe.
Malik rodó los ojos, había cosas más importantes que discutir el orden adecuado para preparar un caballo.
—Maria —dijo Altaïr exhalando cansancio.
—¡¿Qué? Sólo porque tenga otra forma de ensillar un caballo no significa que esté mal o sea erróneo ¿por qué los hombres creen que sólo existe una forma de hacer las cosas?
El líder de la Orden se llevó una mano a la frente, vestigios de desesperación aparecieron en su mirada. No sabía cómo contestarle, cualquier cosa que dijera, su mujer encontraría la manera de ponerlo en su contra.
—Si tienes algo que decirme ¡hazlo! No lo mires a él como si fuera mi domador —le bramó Thorpe al hombre con un solo brazo, quien sintió que de pronto ella se abalanzaría sobre de él y le arrancaría la cabeza a mordidas.
—Mujer —terció Malik—, hay mil maneras de ensillar un caballo, pero de momento no podemos detenernos a discutir cuál es la mejor forma de hacerlo. Tú tienes asuntos que atender al igual que nosotros. —No desestimaba su opinión sobre las diferentes maneras de ensillar un caballo, pero le hacía ver que había otras cosas más importantes que hacer el día de hoy.
El ceño fruncido se suavizó, los ojos grises parecieron tranquilizarse y dejar de querer lanzar dagas con la mirada.
—¿A dónde van? —demandó.
—A dónde sea que vayamos, mujer —respondió Altaïr quien ahora estaba preparando el caballo de Malik, ella alzó una ceja.
—Uhm —profirió irritada—, ¿podrías cuidar de que no se tropiece con su propia espada? —le dijo a Malik. El sarraceno tenía que admitir que la mujer a veces tenía un sentido del humor de lo más agradable.
—Haré lo posible, pero quizás se caiga un par de veces —respondió A-Syaf con una media sonrisa. A lo que el otro hombre respondió con un bufido.
—Si se pega en la cabeza no te preocupes, la tiene demasiado dura —El hombre de un brazo deseó decirle mira quién habla, pero aquello no los llevaría a ningún lugar productivo.
Cuando Maria pasó a lado de Altaïr este la detuvo colocando su mano en el vientre de ella. Maria le ordenó a Tonnerre salir de las caballerizas, ella no dijo nada, pero tampoco se movió, como si nada hubiera sucedido. El sonido de los caballos era lo único que se escuchaba en el lugar.
—Se hace tarde para que vayan a jugar con sus espadas —dijo la mujer dando un paso hacia adelante, pero el Maestro le impidió el avance colocándose enfrente. Los ojos grises esquivaron a los color miel— no tendrán mucho tiempo para alardear quien degolló a más infieles —canturreó.
—¿A eso jugaban los niños de tu pueblo? —preguntó Altaïr.
—Bueno, supongo que aquí les dicen que maten cristianos —comentó ella con indiferencia—. ¿En Masyaf juegan a que matan templarios? —le preguntó Maria a Malik.
—Aquí sólo juegan a molestarse el uno al otro. No debemos odiar al enemigo y no fomentamos eso —aseveró el Dai con reticencia. Ella alzó una ceja, pero permaneció en silencio—, fuera de Masyaf las cosas son diferentes. —Sus ojos grises le anunciaron su incredulidad, casi le echaron en cara sus hipócritas palabras. Malik conocía las incongruencias de su discurso, empero era verdad, Altaïr se empeñaba en enseñar que los Templarios seguían siendo humanos y no monstruos. Lo que Malik sintiera por los salvajes cristianos, no tenía nada que ver con lo que enseñaba la hermandad. Pero esas sutilezas no las veía la inglesa ¿cómo podría verlas? Era tan difícil estar cerca de ella.
—Anda, novato, deja que vaya… a jugar cualquier cosa que jueguen las niñas —le dijo el Dai.
—Uhm —manifestó—, eso será difícil porque no lo sé —replicó la inglesa.
Altaïr frunció el ceño, la infancia de él se había reducido a entrenar con las armas en la fortaleza, no había entablado amistad con nadie salvo Malik —a medias— y quizás lo más importante: los novicios no jugaban; no existía cabida en su vida para nimiedades. Pero ¿qué había de la de Maria? Nunca se lo había preguntado ni siquiera habían hablado sobre su familia.
—No me digas, jugabas con los niños —intentó adivinar Malik.
Maria dio un paso hacia atrás poniendo distancia entre ella y Altaïr, la mujer observó las caballerizas. Se mordió el labio inferior mientras se tronaba los nudillos.
—¡Ja! ¿Cuántos niños dejan a una niña jugar con ellos? —exclamó ella con amargura, negando con la cabeza—. ¿Y para qué quería yo jugar con ellos? —por un instante dio la sensación de que hablaba con alguien más. Chasqueó la lengua—. Siempre siendo tan… —las palabras se le fueron en la mirada, el tiempo parecía convertirse en presente— idiotas y de grandes solo confirman que la idiotez no tiene límites —aseguró colocando sus manos en la cintura—. La única relación que teníamos era la de sus provocaciones con las de mis puños.
—Eso era… un poco agresivo —replicó Malik.
—¿Y cómo esperabas que los tratara cuando ellos me arrojaban piedras? ¿Debía sonreírles, regalarles flores, soportar una niña educada espera pacientemente? —Maria negó con la cabeza firmemente—. Lo único que ellos entendían era la fuerza, yo no tenía otra opción.
—¿Es que los cristianos gustan de abusar de las mujeres y los indefensos? —le cuestionó Malik—, algo así sería impensable aquí.
Maria rió secamente.
—¡Ja! ¿Debo estar contenta por estar en el país donde podría ser enjaulada en un palacio en dónde no hago nada y sentirme halagada por llamarme la primera esposa? Una mujer adultera en mi país es azotada con el látigo de cuero, da un paseo en público desnuda, lleva una cruz en sus ropas, pero no es muerta apedreada. Una mujer allá es libre de ir sin velo si lo desea, acá es reprobatorio que no lo haga.
Malik se mordió la lengua, había metido el pie en arenas movedizas.
—¿Por qué lo hacían, entonces? —le interrumpió tratando de salir del problema.
—Lo hacían porque era diferente —murmuró— sólo porque era diferente —aunque mantuvo la frente en alto bajó la mirada. Altaïr conocía esa mirada, esa que intenta mantenerse inquebrantable e indiferente ante cualquier acontecimiento, sin embargo, en el fondo la amargura se entremezclaba con la tristeza y el orgullo.
Sí, la conocía muy bien pues al ser el hijo de un musulmán y una cristiana, las cosas no habían sido nada fáciles para el niño que desconocía las diferencias entre la cruz y la media luna. Un incómodo silencio acaeció en el lugar. ¿Debía estirar la mano hasta tocar sus corrosivos recuerdos? Maria detestaba acicalar sus heridas y más aún, odiaba que alguien lo hiciera. No quería lástima, no quería compasión, no quería nada que la hiciera sentir débil. ¿Qué era lo que quería?
Malik observó a Altaïr de reojo, se preguntaba qué tanto sabía él de la mujer con la que compartía su vida. Por las elucubrándose que pasaban por la cabeza de su amigo podía hacerse una idea. Observó a la mujer que tenía por delante. Si le preguntaban a Malik, todos los cristianos se parecían entre sí, tenían piel extremadamente blanca, ojos claros, una obsesión por su dios, delirios de grandeza además de una desmesurada avaricia. El hombre suspiró. Así como los sarracenos no eran iguales entre ellos, los cristianos tampoco. ¿Por qué siempre notábamos más las diferencias en vez de las similitudes?
Maria negó con la cabeza.
—No pierdan más el tiempo —exclamó colocando una vez más sus manos en las caderas—, ¡vuelvan a sus deberes! —les ordenó y como si nada hubiera sucedido, la mujer continuó su camino.
Altaïr se giró para observarla salir y montar su espantoso caballo azabache, había demasiadas cosas no dichas, se mantenía franqueando la línea por respeto; él tampoco sabía si quería desvelar algunos temas. Pero los momentos taciturnos casi crípticos de Maria no le agradaban, volvían mucho más volátil su temperamento y se encerraba en una encarecida negación de lo que sucedía —una pésima combinación si se lo preguntaban—, lo que menos le agradaba era que se sentía excluido de su vida.
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Yup, lamento el retraso con este capítulo, me tomó mi tiempo hacerlo y rehacerlo, al final no sé si quedó como debería, pero uhm, bueno aquí está, aunque he de decir que me agrada más esta versión que las otras que escribí, duh~ en fin, nos vemos en el siguiente capítulo.
Gracias por los comentarios que me han dejado.
