Título: Los infortunios de la inocencia

Prompt|Tabla: Venganza|Emociones

Los infortunios de la inocencia

Aunque el sol del medio día era sofocante y el viento caliente penetraba por todos los rincones en los que podía, se mantuvo firme junto a su compañero que estaba un par de metros hacia su izquierda. El sudor bajaba por su frente copiosamente, cada vez que respiraba la piel de su rostro se pegaba a la cota de maya, a veces le incomodaba la sensación, aunque era un mal menor en comparación a la picazón que podía sentir en la espalda por la camisa de lana o el ardor en los ojos producto de sus pestañas húmedas rozando el metal. El viento sopló ligeramente llevando el calor del desierto hasta sus entrañas, incluso creía sentir como la arena del árido verano de Siria se adhería a su piel.

El caballo en la entrada relinchó antes de volver a masticar de la comida del pesebre. No había mucho que observar cuando se hacía guardia en las puertas de pueblo, solo la tierra, el pasto seco y las rocas del sinuoso camino eran su paisaje. Pese a tener un hermano a su lado no se podían dar el lujo de platicar, cualquier distracción podría significar la desgracia para quienes estaban dentro.

Masyaf, era objeto de tribulaciones.

El nido de los Asesinos del valle de Orontes estaba eternamente expuesto al ataque de cualquiera de sus numerosos enemigos, claro sólo si ellos eran lo suficientemente osados o idiotas para intentarlo. Balanceó el peso de su cuerpo de una pierna a otra. Ser elegido para cuidar de la puerta era un honor, la rápida intervención de ellos significaba el cierre del paso o la entrada de los invasores. No importaba que tan incómodo se pudiera sentir uno al estar parado por horas y horas si con ello defendía a la hermandad, además la comodidad no era algo que estuviera dentro de las prioridades de un asesino.

La jornada en ese sitio se sentía más larga de lo habitual en comparación a otras guardias, se debía a la falta aparente de movimiento o ajetreo, a veces esa monotonía era interrumpida de tanto en tanto por el ir y venir de los hermanos en una misión, otras veces por algunos comerciantes. El cuchicheo de las mujeres irrumpía el silencio del valle, sobre todo cuando el sol estaba en lo más alto del cielo pues el mercado estaba en su apogeo. Era normal que la gente hiciera sus labores o se limitara a salir a platicar a esa hora, sobre todo las mujeres que parecían tener predilección por congregarse casi todas alrededor de la fuente en donde se tardaban más tiempo por estar chismeando que por tomar agua.

El sonido de los cascos retumbando en la roca lo alertó, Imad pensó que era demasiado pronto para que los fedayines regresaran de su entrenamiento con Abu Ali. Al-Husayn, quien era su compañero de guardia, le observó de reojo y se posicionó en la entrada del pueblo alertando a los guardias que estaban en la parte interna de la puerta. Tres novatos venían montados en sus caballos dando gritos ininteligibles como si estuvieran peleando entre ellos o con sus caballos. Al-Husayn negó con la cabeza y se cruzó de brazos, era la tercera ocasión en que uno de los nuevos perdía el control sobre el caballo, Abu Ali tenía mucho por hacer si pretendía que ese chico llegara a algo.

El que iba a la cabeza pasó por la puerta a gran velocidad, Al Husayn profirió un insulto cuando casi es atropellado por el muchacho, sin embargo, a este no le importó ni siquiera le importó armar jaleo en el mercado en donde la gente se empujaba la una a la otra para quitarse del camino del caballo. El ajetreo y le desorden se elevaron por el aire al mismo tiempo que el polvo, producto del movimiento, se levantaba por encima de la cabeza de los transeúntes. Ese muchacho se llevaría un buen castigo. Algunas mercancías habían rodado por el suelo, así como algunos hombres. Imad se volvió hacia los otros dos jóvenes de mala gana, cuando ambos se bajaron de sus caballos profirieron un par de palabras incoherentes.

—Shhh, uno a la vez —les ordenó enojado—, tú —señaló Imad al de su derecha.

—¡Templarios! Afuera —exclamó el muchacho excitado, la intensidad de sus emociones se propagaron de inmediato entre la gente que comenzó a removerse al tenor del pánico.

Malik negó con la cabeza y Altaïr suspiró con pesadumbre. Llevaban varias horas discutiendo la información que habían enviado los informantes de Tiro como si se tratara de algo sumamente transcendental e incluso algunos creían justas las versiones más alarmistas que posicionaba a la hermandad entera en guerra.

—Los cruzados pudieron haberse conformado con que su reino por el momento esté hasta Haffa, pero la partida de Ricardo solo ha alentado a los cristianos a disputarse el control de las tierras. Los Templarios tienen otros planes con semejante caos —dijo Faysal mientras movía sus manos en el mapa, que estaba sobre el escritorio del Maestro, las tierras poseídas por los cristianos—. Guy de Lusignan en Chipre aún anhela su reino perdido y tiene planes con los mercaderes pisanos, pero de acuerdo a sus habilidades mostradas en la desastrosa pérdida de Jerusalén, no habría mucho que temer. —La mayoría asintió ante el abierto desdén que sentía el maestro de árabe clásico sobre el antiguo Rey de Jerusalén—. Sin embargo, Conrado de Monferrato se ha casado con Isabel para acceder a la corona de Jerusalén, además tiene el favor del rey de Francia y del Emperador bizantino, sin olvidar que ahora forma parte de los Templarios y él sí ha mostrado mayores habilidades para el combate, la defensa de Tiro es una muestra de ello.

—Acabar con Conrado de Monferrato sería lo mejor —declaró Sinan con ímpetu. La parquedad con la que fue recibida semejante propuesta pareció desanimar al erudito, quien se limitó a negar con la cabeza y cruzarse de brazos mientras lanzaba miradas conminatorias a los presentes.

—Sería difícil que las relaciones de Conrado con los cristianos sirvan de algo —insistió Malik quien estaba recargado en el estante derecho como si quisiera tomar su distancia con los demás Dai—. Felipe de Francia está tratando de invadir las tierras de Ricardo y el Emperador está ocupado con los búlgaros, además trata de cazar a Ricardo de Inglaterra. El que Conrado forme parte de los Templarios si debería motivarnos a tomar precauciones, pero no dirigir nuestra espada hacia él ipso facto. No ha hecho nada en contra de nosotros. —Las reacciones aunque variadas, demostraban que la mayoría estaba de acuerdo con él. El nuevo susodicho Rey de Jerusalén tenía las manos atadas para representar un severo problema para los Asesinos. Desde luego no podían dormirse en los laureles, pero la paranoia no debía dominar su vida.

—¿Hasta que muera un hermano tenemos que actuar? ¡Un rey Templario es lo último que necesitamos! —bramó Sinan, aunque era el erudito que se encargaba de la biblioteca se expresaba con enjundia—, suficiente tenemos con la Orden del Temple para encima tener ahora un reino que pudiera estar en nuestra contra. —La última idea sacudió a varios de los hombres, ciertamente esa perspectiva era la de un siniestro futuro, el cual preferían evitar.

—Aún así, una guerra en contra de los Asesinos es poco probable —terció Faysal y Sinan lo miró como si acabara de traicionarlo—, aunque los soldados de Conrado le sean fieles, marchar sobre nuestros territorios sería romper el tratado de paz con Salah Ad-Din.

—Salah Ad-Din no nos tiene estima —intervino el jefe de los guardias ceremoniales, Hashim, y Sinan le alentó a seguir hablando—, librarse de nosotros por medio de los cristianos pudiera serle conveniente, pero teme lo que le podemos hacer desde que dejamos el pastel envenenado en su almohada hace años, por otro lado no le sería conveniente el permitir el paso de los cristianos, sabe que en cualquier momento podrían decidir marchar sobre las tierras del norte, además sería severamente cuestionado por sus pares, la pérdida de Acre, Haffa y Ascalón ha minado la admiración que muchos le tenían. A ninguna de las dos partes les conviene iniciar o permitir una guerra con nosotros.

—Pero si Conrado se hace más fuerte marcharía sobre nosotros de inmediato, aún con la ayuda del señor de Alamut y los demás hermanos no sería suficiente. Es mejor cortar el mal de raíz. —Esta última moción fue aceptada casi por unanimidad. El sonido distante de las armas siendo chocadas no llegó hasta la habitación, no obstante, ninguno se cuestionó ese hecho.

—El que Conrado marche sobre nosotros es sólo una especulación —le interrumpió Malik—, ni siquiera ha mostrado interés en buscar a nuestros hermanos en sus tierras.

—Pero está ávido de poder —insistió Sinan—, traspasó las reglas de su religión para forzar su unión con Isabel de Jerusalén, en cuanto le cuenten del fruto…

—Si es que se lo dicen —siguió interrumpiéndole Malik.

—¿Desde cuándo eres tan condescendiente con los Templarios? —gruñó el erudito.

—No lo soy —le aclaró Malik enojado—, simplemente me guío por los hechos. El que Conrado sea ahora un Templario no significa que él sea de alto rango, usar el poder de Conrado es una posible estrategia de Gilbert Hérail, pero si él quiere usar el poder del reino contra nosotros, deberá explicarle el motivo al Rey, lo cual lo obligará a compartir el poder y desde luego Conrado lo querrá usar para reconquistar las tierras perdidas y no buscará la paz a través de la esclavitud como los Templarios. Matarlo sin razones, solo podría dar pie a una afrenta abierta en contra de nosotros.

—Perdonamos a los Templarios, les dejamos comer entre los nuestros y ahora dudamos de que quieran acabar con nosotros ¿qué más vamos a permitir? —El griterío proveniente de abajo pareció hacerle eco a la propuesta del erudito.

Malik se enderezó y observó de reojo a Altaïr quien escuchaba en silencio la discusión detrás del escritorio con los brazos cruzados. La acusación del erudito ponía de relieve el tema irresuelto sobre la posición de Maria en la Orden, sabían que era la mujer del maestro por la intimidad entre ambos aunque no sabían si existía un vínculo legal o formal entre ellos, tal era el caso que Maria nunca se había referido a Altaïr como su esposo o viceversa ni siquiera él había denominado a Maria como su mujer. No era extraño que los asesinos omitieran ciertas cuestiones formales cuando formaban parejas, sus vidas lo propiciaban. Eran educados para no sentir apego hacia las personas, tenían hijos porque lo dictaminaba la Orden, pero el tener una esposa no era algo necesario de ahí la funcionalidad de las mujeres del jardín. Sin embargo, Maria no se había unido a la vida de Masyaf como una doncella del jardín o la esposa del Maestro, ella rondaba por la fortaleza a su libre albedrío, expresaba su opinión cada vez que se le antojaba, ahora mismo entrenaba a los fedayines y la desconfianza que sentían los asesinos hacia ella no mermaba.

Cuando Altaïr alzó la mirada, observó a los Dai quienes esperaban pacientemente su respuesta. El asunto de Conrado estaba claro, aunque los informantes de Tiro afirmaran que ahora era un Templario, matar al Rey de Jerusalén sin excusa alguna estaría comprometiendo a toda la hermandad, era peligroso dejar que Conrado se hiciera de más poder, pero tampoco podían matarlo sin que éste hubiera hecho algo en contra de los Asesinos. En cuanto al otro tema, Altaïr ya había declarado que Maria había roto todos sus lazos con los Templarios y no tenía por qué contestar preguntas necias.

La puerta se abrió de golpe atrayendo la atención de todos los presentes. El fedayín estaba cubierto de tierra y sudor. Jadeando ruidosamente dio un paso hacia adelante, no obstante, se amedrentó visiblemente al sentir las miradas de los hombres de alto rango congregados en la habitación. Cuando uno de los guardias del castillo le tocó el hombro, el chico pareció perder su vergüenza.

—Los Templarios atacaron a un grupo de novatos —pronunció rápidamente—, salieron de pronto… algunos pudieron emprender la huída, los otros…

Novatos, ataque, templarios. El panorama desastroso ya se podía augurar.

La gente había corrido a refugiarse a la fortaleza de inmediato dejando sus pertenecías esparcidas por el suelo. Las puertas de Masyaf se habían cerrado en cuanto el numeroso grupos de fedayines a caballo había llegado con el ruidoso Abu-Ali a la postre, quien refunfuñaba que deberían de ayudarle a tomar su espada en vez de cuidar que no se cayera del caballo.

La masa de hombres y mujeres que corrían hacia todas direcciones complicaba el paso de los soldados quienes estaban tomando posiciones para que en caso de que los templarios derribaran las puertas o comenzaran a lanzar flechas, se encontraran con el contraataque. Los fedayines trataban de explicar a sus superiores lo que había sucedido en campo abierto, pero el griterío de los soldados, de la gente y de los fedayines dispersaba las palabras dificultando el entendimiento de las historias.

Tras el infructuoso intento de saber sobre el ataque de los templarios, enviaron al grupo de fedayines hacia la fortaleza, aunque muchos protestaron pues algunos de sus compañeros seguían afuera, no obstante, a la segunda llamada de atención emprendieron el camino que ascendía por la montaña mientras ayudaban a la gente rezagada a subir. Ya las vías hacia la fortaleza se habían cubierto de soldados quienes estiraban el cuello para observar al enemigo desde los tejados.

Los hombres con djellaba oscuros comenzaron a descender, algunos fedayines se detuvieron al ver pasar al Maestro de la Orden quien observaba a sus alrededores en busca de algo o alguien. El brazo derecho de la hermandad le seguía muy de cerca y también buscaba algo entre la multitud. Cuando llegaron al mercado, el orden en el sitio ya se había establecido, algunos arqueros estaban colocados en los parapetos para comenzar, en tanto un grupo de soldados tenían la espada desfundada, esperando pacientemente para acatar las órdenes.

El primero en recibir al Maestro fue Abu-Ali quien rengueaba de la pierna izquierda y se apoyaba para caminar con ayuda de un bastón. Uno de los soldados dispuestos para cuidar de los fedayines en sus entrenamientos fueran de Masyaf estaban en el suelo, tenía el brazo derecho atravesado por una flecha. A su lado un fedayín tenía la ropa salpicada de sangre.

—Salieron más templarios de la nada —le anunció el instructor de combate a caballo—, ellos estaban cuidando el flanco derecho de mi grupo en la retirada —dijo señalando al soldado herido.

—¿Están todos adentro? —preguntó Altaïr.

El hombre apretó el mango del bastón con su mano.

—No —respondió secamente—, el grupo se dividió desde mucho antes del ataque y… no sabemos dónde están los otros.

—¿Se quedaron novatos afuera? —preguntó Malik alarmado. Incluso para los asesinos más experimentados enfrentar a un templario era difícil, los fedayines apenas estaban comenzando su entrenamiento.

—Sí, faltan unos cuantos… —El maestro trató de encontrar la mejor forma de decirle lo siguiente al líder de la Orden, sin embargo, el soldado con el brazo herido se quejó mientras se levantaba del suelo.

—Lady Maria se quedó con ellos —habló entrecortadamente el joven—, ella nos ordenó proteger a los demás.

Templarios. Maria. El ambiente se tensó, el hombre de un brazo dirigió su mirada hacia Altaïr quien no manifestó ningún cambio en su rostro. Escuchó a unos cuantos murmurar por lo bajo, sabía de lo que hablaban, Malik también tenía sus pensamientos en ello. Quizás esa era la trampa, el líder de la orden saldría solo en busca de su dama. Nadie lo permitiría. Si esa mujer esperaba atraer al mejor asesino con tan estúpida artimaña estaba subestimando por mucho a los asesinos.

—Llévenlo con el doctor —fue lo único que dijo Altaïr antes de caminar hacia la entrada.

—Maestro —le interpeló Malik colocándose por delante de él.

—Tenemos que ver lo que sucede —le contestó el hombre dando un paso hacia la derecha para continuar su camino.

—Ya hay un grupo en ello —dijo Malik señalando a los asesinos a su alrededor.

—Los atacantes siempre vienen con una exigencia hacia el líder, tengo que ver de qué se trata. —Altaïr llevó su mano derecha a la hoja oculta, tocando el anillo que activaba el mecanismo del arma. Malik suspiró, esperando que al novato no se le ocurriera actuar como príncipe encantador en rescate de su damisela en apuros, suficientes problemas tenía él para que encima pusiera en duda su estatus como Maestro.

Las puertas de la aldea se abrieron, un novato entró, la sangre le escurría de la frente del lado izquierdo hacia abajo, su ropa también estaba manchada de carmesí, al descender del caballo algunos soldados le rodearon, tenía el ojo izquierdo amoratado y el labio partido.

Altaïr apenas si se detuvo a contemplar al chico.

—No podemos dejar que los chicos mueran afuera —intervino el jefe de la guardia del pueblo.

—Envíen un grupo de búsqueda —ordenó Altaïr—, si el grupo ha caído en las manos del enemigo y está muy lejos, que alguien rastree en dónde están.

—La maestra ha pedido que no salgan —les interrumpió el novato mientras escupía la sangre que se le había acumulado en la boca—, ella dijo que su objetivo no era la hermandad, así que no atacarían el pueblo.

—¿Cómo sabe ella eso? —le cuestionó Malik.

El chico se encogió de hombros.

—Antes de que un templario muriera bajo su espada le dijo varias cosas, todavía no entiendo el francés, así que no sé todas las cosas que le dijo, pero ella nos ordenó a todos montar nuestros caballos y ponernos a salvo en el pueblo.

Malik observó a Altaïr.

—Pero no todos han llegado —insistió el jefe de la guardia.

—No todos siguieron sus órdenes en ese instante —replicó el joven—, ella no tuvo la culpa.

—¡Templario! —exclamó uno de los arqueros.

El Maestro subió por las escaleras hasta los parapetos de la puerta de madera donde pudo observar lo que sucedía fuera del fuerte. El caballo corría enloquecido llevando a su jinete cual marioneta en su frenética marcha, se alzó en sus patas traseras y su montador cayó al suelo como si de un montón de metal se tratara, rodó por el suelo haciendo retumbar el sonido de la armadura entre las rocas, levantando polvo, pasto y sangre hasta que al final solo el eco desvaneciéndose lentamente quedó. Inerte, el cuerpo cubierto con el pesado metal no se volvió a levantar bajo los rayos del sol.

El segundo caballo que apareció en el camino traía dos jinetes sobre de él. Malik escuchó la profunda exhalación de Altaïr al ver a la inglesa aparecer. El líder de la Orden descendió del parapeto más rápido de lo que lo había subido. Las puertas del pueblo apenas si se abrieron para darles paso, tras lo cual se volvieron a cerrar férreamente.

Easy, easy —exclamó la inglesa cuando los jóvenes de la retaguardia le estaban ayudando a desmontar al fedayín que traía entre sus brazos. Una herida profunda cruzaba el pecho del joven desde su hombro izquierdo hasta su vientre, el brazo derecho le colgaba en un ángulo extraño, su rostro estaba visiblemente constreñido por el dolor—. Lo hiciste bien para un bobo —le dijo acariciándole los dedos de la mano sana cuando fue colocado en el suelo—, lo hiciste con valor. —El joven evitó mirarla de frente y apretó fuertemente el puño.

—Maria —llamó su atención Altaïr.

Ella se puso de pie, abundante sangre manchaba su ropa y su piel, la mano con un dedo menos del asesino le acarició el rostro ensangrentado. Ella se alejó de su tacto.

—No es mía —contestó con parquedad—. Es… —Algo tembló en su mirada— no importa. —Aventó su hombro derecho hacia atrás y movió el cuello en círculo. Le observaron respirar pesadamente como si aún siguiera en una carrera a caballo—. Fue una advertencia —murmuró, aunque su voz era firme, parpadeaba insistentemente—, solo quería… solo quería hacer… llegar el mensaje de que será implacable.

—Quizás nos quieren engañar y sólo es la avanzada —expresó mordazmente el jefe de guardias externo.

—Sí, claro, el brillante plan de los templarios era atacar la fortaleza con siete hombres —respondió sarcástica y enfáticamente—, acaban de descubrir una nueva forma de tomar castillos —el hombre hizo una mueca desagradable ante la desfachatez de la mujer.

—Permanezcan alerta —fue todo lo que Altaïr dijo antes de tomar a Maria por el antebrazo y comenzar el regreso al castillo.

Una vez más, ella rechazó cualquier contacto aunque le siguió el paso sin protestar.

—Los… templarios… salieron, ellos… yo… no pude, dos chicos…

—Está bien, lo hiciste lo mejor que pudiste. —Altaïr puso su mano en el hombro de la inglesa.

Ella no quería su lástima, detestaba recibirla. El rechazo de todo contacto se lo confirmaba. Maria se llevaba las manos a la frente constantemente y pretendía limpiarse el sudor que le caía, sin embargo, al mezclarse con la sangre de su rostro sólo terminaba por mancharse más de lo que aparentemente se quería limpiar.

—¿Quién lo ordenó? —le cuestionó Malik secamente—. ¿Conrado?

La mujer parpadeó varias veces como si no hubiera comprendido lo dicho por el asesino, se llevó una mano a la cabeza, embarrándose el cabello de sangre y sudor, volvió su mirada gris sobre la de Altaïr, unos segundos inquietantes pasaron antes de que ella intentara hablar, pero el Dai le interrumpió.

—¿Cómo sabes que solo eran siete? —le cuestionó el hombre con rudeza.

—¿Conrado? —preguntó confundida—. Eh… Ah… ellos llegaron de frente…

—¿Por qué no emprendieron la huida de inmediato? Sabes que los novatos no están entrenados —Malik levantó su acusación con invectiva.

—Sí, pero…

—¿Por qué los templarios te dieron la información tan fácil? —continuó presionándola sin darle tregua.

—¡NO FUE SENCILLO! —vociferó enfurecida llevándose las manos al cuello.

El hombre iba a contraatacar pero Altaïr le interrumpió.

—Malik, necesito que te quedes aquí para supervisar a los soldados —declaró el Maestro indiferentemente—, vigila que nadie haga cosas estúpidas, como salir a buscar templarios. Si hay algún movimiento del que deba estar enterado, me avisas.

A-Syaf entrecerró los ojos, sabía que estaba protegiendo a la templaria y eso desde luego a él no le parecía en lo absoluto, pero no le daría el gusto a la inglesa de verlos pelearse. Ya encontraría el momento para hacerle llegar al Maestro de manera muy clara y certera sus múltiples quejas en lo que concernía al comportamiento de esa mujer.

—Maestro —respondió áridamente antes de dar media vuelta para comenzar con su encomienda.

El agua del baño se había enfriado, la luz del sol comenzaba a desvanecerse en el horizonte y la noche traía consigo una brisa fría, la piel blanca de sus manos estaba tan arrugada como la de un anciano, su húmedo cabello negro se pegaba al rostro obstaculizándole la vista, no obstante, nada de eso parecía importarle a la dama que seguía sentada en medio del agua mirándose los dedos.

El hombre llevaba varios minutos observándola y en todo ese tiempo ella no se había movido en lo absoluto. Algo había sucedido, algo, allá abajo, en el ataque de los templarios le había afectado. Lo había notado desde que ella se levantó del suelo para mirarle a los ojos y dejar tambalear sus férreos orbes grisáceos, como si le estuviera pidiendo que le devolviera el horizonte al mundo.

—Maria —le susurró mientras caminaba hacia ella con una toalla entre sus manos. La inglesa permaneció inmóvil, ajena a la presencia del asesino al igual que a su voz—. Maria —le volvió a llamar, pero esta vez se estiró para sacudirle el hombro. Ella salió del trance a medias, pues aunque pareció reconocerlo no hizo ningún intento de salir del agua—. Ven.

El sonido del agua resbalando por su piel fue lo único que resonó en el lugar. Las antorchas de la habitación comenzaron a adquirir mayor intensidad al mismo tiempo que las sombras ganaban mayor terreno. Las gotas cristalinas derramándose de sus largos cabellos negros se estrellaban contra el suelo estrepitosamente, perdiéndose entre la áspera roca y sus distantes pensamientos. ¿Por qué sus ojos parecían querer compartir tan trágico destino? No hablaba, no focalizaba, apenas si se movía.

Con sus dedos callosos, el hombre retiró los cabellos de su rostro y secó sus mejillas, alguna extraña alucinación lo había llevado a pensar, que tal vez no era agua lo que se vertía sobre faz, no obstante, ahí no había rastro de dicho evento. Ella se mantenía estoicamente sobre sus dos piernas sin trazas de sedición sobre su cuerpo, era como la deidad que observa desde el altar la masacre de su pueblo. Altaïr prefería una expresión indignada antes que esa máscara impasible casi insensible que no le develaba nada.

La envolvió en la toalla que traía en sus manos y la arrastró fuera del lugar. Dos sirvientas le hicieron una reverencia antes de entrar a limpiar el baño, ambas evitaron observar a la mujer que el Maestro llevaba en los brazos, pero la curiosidad era tan grande que los observaron desaparecer en el pasillo que conducía a cuarto del líder.

Al cerrar la puerta de espaldas, el asesino se sintió aliviado, como si con ello se hubieran acabado sus pesares. Empero, la presión por parte de los Dai para forzarle a llevar a Maria y someterla a un interrogatorio aún la podía sentir, Sinan había sido quien había insistido con mayor ahínco, repitiendo una y otra vez que era necesario conocer la amenaza íntegra de los templarios. Pero no podía hacerlo, no era lo correcto, ella no estaba bien y él no tenía porqué aventar a Maria a un despiadado interrogatorio en donde su palabra sería puesta en duda, no podía dejar que las viciosas lengua de quienes aún desconfiaban de ella, pudieran calarle puntos sensibles que le herirían directa o indirectamente. Altaïr sabía muy bien cómo reaccionaba la inglesa ante ambientes tan hostiles, a él le había tomado bastante tiempo y sapiencia entender que tales reacciones explosivas no tenía por objetivo dañar a las personas. Él entendía, el comprendía, pero dudaba que los altos rangos de la hermandad tuvieran tanta benevolencia con ella. Además en tales situaciones, las acciones de la mujer eran más veloces que sus pensamientos.

Se quitó el djellaba negro y lo colocó en una de las sillas de la antesala. Lo que más le había pesado no fueron las exigencias de los hombres de su alrededor, fue la indiferencia e incluso la casi aprobación de Malik ¿Qué no estaba haciendo bien Altaïr? Cuando entró en la habitación Maria estaba sentada en la cama con las piernas encogidas y sus brazos rodeando sus rodillas, seguía medio envuelta con la toalla húmeda y los cabellos negros empapando las sábanas. La temperatura comenzaba a bajar precipitadamente, así como en el día Siria ardía con el sol, en las noches la luna congelaba la arena.

—Pillarás un resfriado —le dijo extendiéndole una de las camisas que usaba para dormir. Ella estiró la mano y agarró la prenda—. ¿Qué pasó allá afuera, Maria?

Ella negó con la cabeza mientras continuaba abrazando sus piernas.

—No lo sé —contestó vagamente—, yo solo… —se encogió de hombros y escondió su rostro tras sus manos—, tuve que… yo… quisiera… él es… si…

Altaïr no entendía nada de lo que ella estaba diciendo.

—¿Qué te dijeron?

Movió sus pies sobre la cama.

—Me llamaron traidora —exclamó tranquilamente—, entre otras cosas —una mueca entre sardónica y triste apreció fugazmente sobre su rostro—, yo sabía que… cuando decidí ayudarte en Chipre, ya lo sabía…

—Te conocían… ¿todos ellos? —Maria escondió su rostro detrás de sus rodillas y sus brazos, murmuró algo que Altaïr no alcanzó a distinguir—. Se convirtió en un ataque personal —expresó, el Maestro parecía haber entendido un poco más el asunto.

Maria hizo un sonido entre una risa y un bufido. Respiró sonoramente antes de volver hablar:

—Ellos… no traían ningún mensaje para el líder de Masyaf. —Altaïr entornó sus ojos desconcertado—. Yo solo… tu amigo es imposible —terminó y en silencio él estuvo de acuerdo con ella. Malik había llevado las cosas demasiado lejos—. El mensaje era para mí —continuó con acritud—, iniusti in aeternum disperibunt.

—Los pecadores perecerán para siempre —hizo la traducción el sarraceno a lo cual ella asintió.

—Es el Salmo 37. La felicidad será para el justo y la ruina para los impíos —murmuró lentamente—, la justicia siempre prevalece —ella se retorció las manos—, Hérail ha dictado su sentencia sobre mí —Altaïr le agarró las manos— sabía que esto podía suceder —le dijo—, soy una traidora y el Temple no tiene piedad con aquellos que…

—No eras formalmente parte de ellos, su arrogancia no les permitía reconocer que una mujer era mejor que muchos de sus inútiles caballeros.

—Lo sé —la observación del asesino le había irritado—, quizás no era un caballero, pero era la más cercana al Gran Maestre. Me quiere muerta no por haber dejado el Temple, me quiere muerta por lo que sé y porque ahora estoy aquí, represento un peligro para ellos.

Altaïr negó con la cabeza.

—No sabías muchas cosas, Maria.

La mujer se deshizo de las manos del asesino visiblemente enojada.

—Está bien, no sabía los detalles para dominar al mundo ¿y eso qué? Robert confiaba en mí, más de lo que confiaba en todos esos hombres. No trates de rebatirme de lo que NO conoces —bramó, apuntando al hombre con el dedo índice—, él confiaba en mí, más de lo que alguna vez Hérail o cualquiera de otro rango hubiera querido.

Altaïr se mordió la lengua porque claramente ella estaba mal, el hombre que según ella le confiaba intimidades la había engañado vilmente, no solo eso, la había usado como señuelo para dejarla morir a manos de los adversarios, jamás había reconocido su valía como era debido y encima la había dejado a su suerte tras su muerte. Así que debería dudar de esa supuesta "confianza". No merecía que ella le recordara con tanta estima, pero tampoco merecía la pena que Maria se enojara con él por Robert de Sablé.

—Te quieren muerta —el hombre volvió al punto de partida.

—Sí —asintió—, pero les interesa más tu cabeza y la de toda tu Orden no se detendrán ante nada, los asesinará en cuanto tenga la oportunidad, hombres, niños, lo que sea para acabar con todos —añadió relajando sus hombros y dejando atrás su tono hostil—, sólo sucede que Hérail es un maniaco de la justicia, ofendí al Temple y ahora debo pagar por ello. Honestamente no esperaba salir de esta sin algún tipo de amenaza —terció—, mi simple presencia en la Orden ya era un escándalo, ahora estoy con sus enemigos, no esperaba un aplauso.

—¿Entonces?

Maria desvió su mirada, respiró profundamente.

—Los salvé… a todos ellos yo los salvé de la muerte en Acre, en Haffa, en Ascalón. Eran niños, Altaïr, niños que comenzaban a transformarse en hombres, niños convertidos en Caballeros Templarios enviados al desierto para traer de vuelta a la Ramera de Babilonia, a la que había traído la desgracia sobre el Temple —el hombre frunció el ceño—, él los engañó, les dijo mentiras sobre mí y cuando eso no funcionó les prometió concederles sus más profundos sueños. Tuve que matarlos, no tuve otra opción, no sólo por mí, tuve hacerlo porque si no lo hacía… si no lo hacía entonces ¿en qué clase de monstruos los convertirían? Sin embargo… sin embargo, Simon… Simon vino hasta aquí para defenderme… él murió para defenderme, para advertirme y yo, yo… tenía que matar a esos niños para salvar a tus niños, pero no sé… no sé a quién estaban salvando… yo los maté… yo los maté… —El asesino la envolvió en sus brazos, ella luchó con sus manos y sus piernas para zafarse de su abrazo, al ver que no podía se limitó a retorcerse mientras le golpeaba el pecho con las manos y comenzó a gemir desesperadamente. Ella necesitaba externarlo todo y él la dejó, le dejó arañar, gruñir, morder, pegar lo que ella quisiera.

Dolía.

Era doloroso saber que nuestros actos a veces tienen terribles consecuencias.

-.-.-

OMG! Esto ha sido muy largo, pero el capítulo lo ameritaba, al menos no creí que fuera bueno separar cada escena por capítulos ¿Qué les ha parecido? A mí me ha gustado un poco… bueno, la sangre siempre me ha gustado, así que definitivamente quiero escribir más escenas de acción, hay otras cosas que me han agradado… como Robert de Sablé, escribiré más de él… definitivamente, ese personaje se me hace tan interesante y la manera en que interviene en la vida tanto de Altaïr y de Maria (aunque esté muerto), creo que puede ser fantástica. Adelanto un poco, Maria no idealiza (tanto) a Robert, pero no puede verlo de la misma manera que Altaïr.

No me he olvidado de la discrepancia que tenían ellos dos, simplemente ha pasado algo que la ha relegado a un segundo plano. En los siguientes capítulos hablaré de ello, finalmente tiene relación con la manera en cómo se comporta en general Maria, pero no se preocupen no alargaré demasiado el asunto.

Un poco de historia, Gilbert Hérail fue el siguiente Gran Maestre de la Orden del Temple tras la muerte de Robert de Sablé, los relatos cuentan que el sentido del honor y la palabra tenían un valor muy alto para Gilbert, era muy estricto en cuanto a seguir las reglas de la Orden y de los reyes o del Papa, incluso llegó a acusar a la Orden de traición (sólo que aún no sé porqué, pero habrá que buscar en los libros… no me puedo quedar con el chisme a medias).

Por cierto ¿alguien sigue The Borgias de Showtime? Es inevitable pensar en Enzio, sobre todo cuando se les ocurre nombrar a uno de sus capítulos "The Assassin" y eventualmente hay un asesino a lado de Cesare, pero no es un Hassassin si a eso vamos, es más del tipo: mercenario. Seguro los fans de Assassin's Creed en el renacimiento lo encontraran entretenido por lo menos. La familia Borgia tiene una historia que vale la pena leer.

Bien, ya saben que cualquier cosa que me quieran decir lo pueden hacer, aprovecho para agradecerle a todas las personas que me han dejado sus comentarios, los cuales he respondido y ya debe haberles llegado su respuesta… si no es así, por favor, avísenme. Espero que les haya agradado este capítulo y haya valido la pena tanta espera.

Nos vemos en el siguiente capítulo.