Título: La habitación desdoblada
Prompt|Tabla: Pérdida|Angst
La habitación desdoblada
Sofocante, respiró profundamente tratando de jalar el máximo de aire, pero el calor y el polvo se adentraron en sus narices provocándole un acceso de tos. El chillido perforó sus oídos, se llevó las manos instintivamente a los brazos para abrazarse a sí misma. El sonido de caballos se mezclaba con voces graves dictaminando la muerte. El fuego apoderándose del cielo, alzándose como una gran muralla de purificación. Unas cuencas de ojos calcinadas la miraban acusadoramente. Golpes interminables en la puerta. Personas como estrellas en el firmamento corriendo desesperadamente por el campo en busca de ayuda, mientras la piel se les achicharraba. El hervidor pitando con estruendo anunciando que el agua estaba lista. Tiene que huir de inmediato, su cabeza le pide que corra, mas sus pies están clavados en el suelo.
Un golpe. La oscuridad. El terror.
Corre, corre a través de los pasillos interminables, necesita llegar lo antes posible, tiene que encontrar la forma de avisarle, tiene que decirle, no puede permitirse fallar, no quiere perderle. Opresivo, el sudor resbaló por su cuello y su cabello rozando aquella zona le escoció. Es la primera vez que en verdad siente necesitar de alguien. El humo se apodera del horizonte, todo es consumido por la nube tóxica. La nube tóxica se adhiere a su piel, roe su garganta, carcome sus ojos, envenena sus pulmones: asfixia su alma. Resbala en el fango, la sangre brota de sus rodillas, ha perdido el rosario familiar, pero eso no es lo que le preocupa. El mundo se detiene, ha llegado demasiado tarde.
Una explosión de rojos intensos, gemidos agudos, el cuerpo desfigurado se agita jadeando desesperadamente al tiempo que trata de desprenderse del poste que lo sujetaba y vibra fuertemente sobre la base. La gente ríe alegremente celebrando la crueldad. Muertos, las partes mutiladas todas juntas arden en un montículo fatuo. Ha terminado, todo ha terminado, su cuerpo sin vida se incinera junto a otros tantos infieles. Sin honor, sin gloria, sin nombre. La armadura choca contra las rocas, el caballero cae al suelo perdiendo la fe, el mundo se ha acabado.
A pesar de estar bien amarrado el cuerpo se dobló por la mitad, la mitra cayó a las entrañas de la pira consumiéndose por completo. Duele, el dolor se le anuda en la garganta. Es vulnerable. Una cortina de color gris los envolvió, cuando esta se disipó todos ardían. No puede hacer nada, aguanta con las uñas hundidas al suelo. Gente corriendo en todas direcciones. Fuego, fuego por todos lados.
Esto es el infierno.
Trata de respirar con la boca abierta, las cenizas se le meten a la laringe y queman, sus ojos se humedecen mientras el dolor se le extiende por toda la garganta. El pecho le arde del esfuerzo por obtener oxígeno que se le escapa. Sus manos clavadas en la piedra de la ventana tensan sus brazos de tal modo que si se mueve de su posición, siente que se le quebrará los huesos y que el mundo se derrumbará. Abajo las llamas calcinan la túnica blanca con la cruz roja. El suelo es inestable, la noche se mueve al ritmo de las flamas incandescentes. El niño que le sonrió en Acre está siendo incinerado. Imperturbable, sus cuencas de los ojos ennegrecidas la observan. Una vez más el fuego lo consumía todo. No puede controlar su respiración, no puede controlar su cuerpo, ya no puede controlar su realidad. De las profundidades de la hoguera emerge el hermano que derramó su sangre en Damasco para envolverle en un fraternal abrazo, el inocente que rió de alegría en Haffa se carboniza agonizantemente mientras le acaricia el cabello. Ella también arde en medio de la pira.
—Maria —una voz a la distancia, era una súplica suave murmurada en medio de la nada. Lo recordaba como si fuera ayer. Maria, Maria, Ave Maria. Pero hacía mucho tiempo que cualquier dios la había abandonado, hacía mucho tiempo que no merecía tal honroso saludo—. Ma-ri-a —lento, pausado, con una erre remarcada y un acento extraño. Maria pleine de grâces. ¿A dónde se había ido la gracia?
Ella recibía un roce gentil en la mejilla mientras las llamas lo destruían todo y no podía hacer nada… no quiso hacer nada. Sus manos se sujetaron a los brazos que la rodearon, para luego continuar su sinuoso camino, cual náufrago en pleno tifón se aferró desesperadamente a la espalda de él como si fuera la tabla de salvación; enterrándose en su pecho, aspiró su aroma para encontrar el camino de vuelta a la playa.
Dejando al incontenible mar agitarse, se permitió verter toda la tormenta por sus ojos.
«•»
Le dolía la cabeza, sentía los ojos hinchados, los párpados los tenía irritados, la nariz estaba congestionada y le disgustaba esa mirada cautelosa del asesino como si en cualquier momento ella se fuera a romper. ¡Jesucristo! Había llorado por un par de minutos, no se acababa de lanzar al río. Se pasó la mano por el cabello, debía amarrárselo o se le enredaría para en la mañana, lo cual le quitaría tiempo porque tendría que darse espacio para desenredárselo.
Se levantó de la cama para limpiarse la nariz y lavarse la cara con el agua de la bandeja, esperaba que para el alba la hinchazón hubiera bajado, así como el color rojo alrededor de los ojos hubiera desaparecido, esa era una de las razones por las que odiaba llorar, con su piel pálida todo se notaba. Bonita se iba a ver al enfrentar a los estudiantes con semejante apariencia, no es que le importaran demasiado esas cosas, pero si les costaba aceptar a una mujer templaria como instructora, jodido lo iba a tener si encima creían que era demasiado sensible.
—Debí ordenar enterrarlos en el desierto —comentó Altaïr disculpándose—, no sabía que los quemarían tan cerca del castillo. Si quieres mañana, las cenizas…
Maria negó con la cabeza.
—No —su voz se escuchó ronca y poco atropellada—. Haz lo que sea que ibas a hacer —declaró sentándose en la cama.
—Si me hubieras dicho que ellos… —Maria le interrumpió con la mirada—, tal vez debieron recibir cristiana sepultura.
—No crees en nada de eso —exclamó la mujer con el ceño fruncido—, son enemigos, no merecen una honrosa despedida.
—No es eso, pero…
—Altaïr, no puedes… no puedo permitirlo —habló vagamente, ella respiró profundamente—, de cualquier manera es mejor que tener cuerpos enterrados por ahí —declaró con firmeza y con una mirada que no admitía réplicas—. Solo olvídalo, por favor. —El asesino le miró con elocuencia y se acercó a ella. Maria retrocedió instintivamente, aunque detuvo el avance del hombre, éste se mantuvo cerca. La mujer dejó de contener la respiración—. No fue solo por ellos —murmuró mirando hacia el lado contrario de él—, yo… he, personas que… la carne humana quemada me… —suspiró pesadamente— traemalosrecuerdos —susurró a tal velocidad que ni ella misma se entendió.
—¿Qué?
—Me trae malos recuerdos —repitió con pesadumbre—, cuando era niña… mi madre… me atormentaba con el infierno y… y… he presenciado, he visto… gente que conozco morir… así. —Sólo hasta el final de la frase se atrevió a observar al moreno de reojo, a veces llegaba a odiar esa máscara imperturbable que era su rostro, impasible ante la más cruenta noticia; imposible de descifrar—. No le temo al fuego, tampoco a la gente quemándose, en Acre era normal que eso sucediera, en la guerra con Robert… —Maria se mordió los labios—, es sólo que esta noche…
—No tienes que explicarlo —le aseguró colocando una de sus manos en la rodilla de ella.
—Es absurdo —rió—, no lloré cuando Robert murió. —El asesino respiró profundamente le hacía sentir incómodo cada vez que ella hablaba de él, no era porque de Sablé fuera un templario ni siquiera creía que fuera el hecho de que otrora lo creyera su más férreo enemigo. Simplemente, la manera en la que ella pronunciaba su nombre con suavidad casi con dulzura, las palabras cuidadosas al desdibujarlo, su mirada puesta en la distancia de manera taciturna; le desagradaban. Sabía que Robert había sido importante para ella, pero a veces no sabía si quería saber qué tan importante había sido—. No lloré cuando nos dijeron que Sibrand había caído, durante todo lo sucedido en Tierra Santa, incluso cuando escuchaba los insultos de los caballeros o cuando soportaba sus crueles burlas, yo nunca… me había prometido que nunca más lo haría, no desde que ellos me… ni siquiera cuando él… cuando él… cuando ese… —las palabras se le atoraron en la garganta, el labio inferior le tembló.
—Está bien, Maria, está bien —murmuró Altaïr abrazándola. Él tenía que reconocer que pese a todo, de alguna manera se sentía aliviado. Al verla tan vulnerable al pie de la ventana del castillo había temido que el interrogatorio de esa tarde con los Dais en Masyaf, le hubiera afectado demasiado, aunque durante el proceso ella se había mantenido ecuánime y sumamente calmada, incluso dócil ante la agresividad del erudito encargado de la biblioteca, la había notado inquieta (tras su confesión sobre las verdaderas intenciones de los Templarios no era para menos). Claro que tres horas bajo las constantes preguntas de los Dais no eran algo fácil de afrontar, sobre todo cuando algunos aún pensaban que ella era parte de alguna conspiración.
—¿Cómo es que ahora me comporto como una magdalena? —su voz sonaba exasperada mientras luchaba por contener las lágrimas con sus manos—. Él me hirió, él me… él me… él se atrevió a hacerme daño —la indignación se entremezclaba con la desesperación—, pero no me debilité, aguanté… soporté aunque tuve miedo —el asesino frunció el ceño, tenía tantas dudas, no alcanzaba a llenar los espacios en blanco, no comprendía los momentos de silencio. Las cosas en la cabeza de Maria parecían demasiado revueltas y sus palabras disueltas—. No entiendo. —Él mucho menos.
—Estás aquí y nadie va a hacerte daño.
Ella bufó.
—¿Ni siquiera tú? —preguntó Maria observándole a través de las lágrimas. Una sonrisa sardónica apareció en su rostro—. La primera vez que vi a Ian me dijo: yo soy quien tengo miedo, tú no deberías tenerlo. Había noches en las que no dormía pensando en lo que pudiera hacerme a continuación, las noches se hacían más largas cuando trataba de entrar a mi cuarto. Fue la única vez en mi vida en la que prefería dormir en el fango antes que en mi cama.
—¿De quién estás hablando? —Nunca le había escuchado hablar de ese hombre, nunca le había escuchado decir que temía a alguien.
—Ian… con quien me obligaron a casarme —respondió secamente—, todo el mundo dice que el matrimonio hace feliz a una mujer, para mí era el infierno.
Recordaba haberse enzarzado con ella en una batalla verbal, de esas en las que solían enredarse en las diferencias entre hombres y mujeres, a menudo perdiendo el hilo de la conversación. Entre los dimes y diretes Maria había repudiado el matrimonio, concibiéndolo como una prisión en donde la mujer era esclava, Altaïr había tratado de matizar el asunto, pero al tratar de darle sustento a sus argumentos se encontraba falto de experiencia, con lo que Maria había ganado al decir que su corto matrimonio le había probado que tenía la razón. Él no quiso ir más a fondo, la confesión le había tomado desprevenido, por otro lado, ella dio por terminado el tema y jamás volvió a hablar del asunto o permitir que él le cuestionara. No había vuelto a pensar demasiado en ello, sabía que ella tenía sus razones basadas en malas experiencias para no querer algo formal y huir de todo lo que se asemejara al matrimonio. Presionarla solo acababa por enfurecerla y Maria enojada no era algo con lo que quisiera enfrentarse.
—Es difícil imaginar que alguien pueda intimidarte —dijo Altaïr cuidadosamente, Maria se encogió de hombros.
—Pude haberle hecho muchas cosas, pero… la fuerza física es inútil ante el peso de la sociedad. Un hombre puede golpear a su mujer cuantas veces quiera y es correcto, pero una mujer no puede ni siquiera alzarle la voz —le explicó con tristeza—, no era fuerte ni siquiera sabía agarrar una espada correctamente... la fuerza bruta no es lo único que somete a la personas. —El furor de la avaricia, la creencia de una superioridad, el clamor de una pertenencia, las ideas de los hombres sobre un Dios más justo, más poderoso o más benévolo era lo que traía al mundo de cabeza. ¿Por qué debían detenerse a rezar a medio día en dirección a la Meca? ¿Por qué debían inclinarse ante una cruz de madera? No se cuestionaban, ninguno de ellos dudaba si era necesario, todos se sometían sin la necesidad de un arma. Kurdos, beduinos, persas, mamelucos, otomanos, todos se sentían parte de una nación, por tanto defendían su honor y gloria mientras asesinaban a los otros, que eran indignos de vivir en la tierra que debería pertenecerles. Morir por una bandera, por un rey, por una fe.
—Creo que puedo entenderlo.
—Hmpf. —Ella alzó la nariz—. Lo dudo, tú no has tenido que vivir como mujer. —Ese era un argumento que nunca podría rebatirle.
—Debió ser terrible obedecer sus caprichos.
Maria frunció el ceño.
—¿Crees que permitiría eso? —gruñó— Por eso todos los días era un infierno, él tratando de obligarme a cumplir los deberes de una esposa y yo huyendo de ello. No podía bajar la guardia ni un solo instante, no tenía fuerza con los puños pero tenía una puntería excelente, en especial con el hervidor caliente, después de eso no he querido volver a tomar infusiones. —Una vez más esquivó los ojos circunspectos de Altaïr, el asesino le acarició el brazo con sus dedos para hacerla sentir más cómoda. Siempre habría despreciado a los hombres que maltrataban a sus mujeres como si ellos fueran los dueños de sus esposas, podía imaginar el odio de Maria hacia su antiguo esposo, podía también intuir lo mucho que eso le dolía a ella—. De cualquier forma nunca dejé que esa alimaña me sacara una sola lágrima.
«El sacerdote que confesaba a mi familia, siempre me decía que los infieles tenían el poder de debilitarnos para arrastrarnos a hacer cosas que van en contra de nuestra propia voluntad, por eso debíamos mantenernos alejados. —La intensidad de sus ojos dorados le hacían temblar, era como si no pudiera escapar de ellos al mismo tiempo que desvelaba sus mentiras, la hacía sentir indefensa, completamente desnuda aunque portara la más gruesa de las armaduras. No podía esconderse. Se sentía incapaz de valerse por sí misma; lo detestaba, quería ver a esos ojos y sentirse libre—. Supongo que no se equivocaba. —Una suave sonrisa apareció en su blanca faz. La punta de la nariz de Altaïr tocó la comisura de sus labios, ascendiendo lentamente se topó con las aletas de la nariz de Maria luego continuó dibujando la forma de la nariz de ella, hasta que llegó a sus ojos, el frío de sus lágrimas mojó la punta de su nariz. Cuando él posó sus labios sobre los párpados de ella, un nuevo torrente bajó por las mejillas de ella. No entendía cómo es que el pecho podía dolerle y sentirse aliviada al mismo tiempo.
Presionó sus uñas en la nuca de él, deseando poder componer el tiempo y con él, los recuerdos. Los labios de Altaïr recorrieron el mismo camino que su nariz pero a la inversa y con mayor velocidad, tanta que la inglesa sintió perderse en su presteza. Fue inevitable rendirse a su ritmo y cadencia, tan fuerte, tan hambriento, tan adictivo. Los infieles seducían a los creyentes al mal. Los dedos de él se movían por su cuerpo con mucha mayor rapidez que sus pensamientos o que sus sentimientos. El corazón le palpitaba de tal manera que sentía otra vez la necesidad de una vasta cantidad de aire. Maria respiró profundamente cuando sus lenguas se separaron, un segundo de tranquilidad al mismo tiempo que un segundo de necesidad; era mejor el ajetreo y la saciedad, aunque muriera por asfixia. Las caderas de él aprisionadas con sus muslos parecieron querer darle horizonte a su mundo, pero sus manos que había perdido agarre le recordaron lo inestable de su vida. Ayer una templaria, hoy parte de los asesinos, mañana no lo sabía. Eso la asustaba, le atemorizaba más que los ojos dorados que veían con reverencia su piel imperfecta. A veces, en los momentos de intimidad se preguntaba si esas manos callosas seguirían acicalando sus cicatrices durante la eternidad, se retorcía bajo su contacto por la adrenalina que lograban descargar de ella, pero también porque no quería descubrir el límite de la eternidad o descubrir que ansiaba la eternidad a su lado. Acarició el pecho masculino lleno de heridas en combate. Tenía miedo de que él descubriera sus temores, su inseguridad hacia él, hacia ella, hacia todo el mundo y la nada. Había sobrevivido a todas las tempestades así, levantando el rostro sin bajar por un solo segundo el mentón, haciéndole ver a quien la observara que estaba orgullosa incluso de sus errores. La roca podría erosionar, cambiar de forma, pero bajo ninguna circunstancia se amedrentaba ante el mar, se mantenía firme en su lugar. No podía demostrar fragilidad, no era débil, no era una noble, no era una mujer, era…
Arqueando su espalda, sintió las húmedas manos de Altaïr toquetear su espalda interrumpiendo la caída del sudor. Ella colocó sus manos en los hombros de él para darse impulso. Le escuchó gemir al tiempo que apretaba los párpados y mordisqueaba la clavícula izquierda de ella. ¿Sería igual? ¿Sería igual la vida después de esto? Si decidiera hacer lo más fácil para todos, si dejara las diferencias ganar ¿todo pasaría como el agua del río? La fuerza con la que la agarró le obligó a aferrarse al asesino. Él demandaba, exigía de ella el todo, su cuerpo, su mente, su alma. Altaïr estaba con ella en ese momento, Maria no debía divagar en ningún otro lado. Él no le decía que debía hacer; mas estaba cansada y aún así, sentía que si bajaba la guardia estaría acabada. Le obligó a quedar de espalda a la cama. El mundo visto desde arriba se percibía tan diferente, desde arriba Maria sentía que no estaba sometida al patriarcado que la menospreciaba. Él se sostuvo de sus caderas, empero, quien imponía el ritmo era ella.
Al cerrar los ojos podía ir hacia donde quisiera, era como si el mundo la dejara libre, sin embargo, esta vez no quería estar en ningún otro lugar, sólo podía pensar en el aquí. Las manos de Altaïr agarraron sus brazos, ¿por qué pensaría en ir a otro sitio? No había otro sitio mejor que donde estaba. Y ese simple pensamiento, le atemorizó más que cualquier otra cosa.
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Sé que me tardé demasiado… lo más vergonzoso fue que simplemente me había olvidado que ya había terminado de escribirlo, por estar leyendo un libro. En cualquier caso aquí está, aunque aún me debato en si debí continuar un poco más la escena o no, recuerdo que quería poner más información, pero sentía que iba a ser demasiado largo el capítulo, así que lo corté en donde me parecía conveniente, al fin y al cabo, siempre puedo tener otro capítulo más ¿no?
Gracias a Maki-san, laicka, aniAcullenBlack y nanda18 por sus comentarios acerca de la historia.
Ya saben, cualquier sugerencia, idea, etc. será bien recibida.
