Título: El yo timado.

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El yo timado

Se sentó dejando su espada recargada en la banca, el entrenamiento había sido muy duro ese día. Había pasado varias horas con los novatos a caballo mientras ellos formaban grupos y pretendían simular un ataque, luego habían planeado emboscadas a caballo o en tierra. Subir a pie la montaña para entrenar en el círculo era algo que había sacado muchos quejidos de parte de los jóvenes, pero Rauf, les hizo callar de inmediato. Al Maestro se le había ocurrido entrenarlos personalmente y desde luego, la única que podía imitar los movimientos de los templarios era ella. Los retos entre los asesinos a modo de entrenamiento no se hicieron esperar conforme avanzaba la tarde, parecía que se estaban acostumbrando a ella pues esta vez le tocó participar en varias ocasiones. Aunque el día le había parecido provechoso, ansiaba con ganas un baño caliente para sus músculos adoloridos y tirarse en la cama para no abrir los ojos hasta el día siguiente. Esa idea era excelente, pero sus piernas se negaban a moverse, así que por el momento se encontraba sentada contemplando a los asesinos mayores reunirse en grupos para platicar… en realidad, Maria pensaba que se juntaban para cotillear como adolescentes. Una sonrisa apareció en sus labios. Conocía el tema de sus conversaciones, no es que le diera por husmear, pero a veces hablaban lo suficientemente fuerte para que, gente ajena a la conversación, se enterara. Siempre versaban sobre si alguien había hecho un mal movimiento, que si un hermano había perdido el sash, que si alguien derramó shai ma'nana, nimiedades del día a día.

Le agradaba ese ambiente, hablaba de una franca camaradería, muy diferente a los templarios quienes conversaban muy poco y mucho menos se reunían en grandes grupos, salvo para rezar. Aún recordaba las reglas: Manduca panem tuum cum silentio. Posui ori meo custodiam. In multiloquio non effugies peccatum. Mors et vita in manibus lingue. Come tu pan en silencio. Yo reprimí mi lengua. Hablar en demasía no está libre de pecado. La vida y la muerte están bajo el poder de la lengua. Los templarios, pese a portar espadas, eran hombre entregados a la vida religiosa y ahí no había cabida para los placeres. Las murmuraciones aunque también prohibidas, era lo más común, pero uno tendría que acercarse lo suficiente para escucharlas.

—La paz sea contigo, Maria—Abu Ali se sentó cerca de ella. Ese hombre, aunque de mala gana, se había acostumbrado a ella… o quizás ella a él. El caso era que ambos se encargaban del entrenamiento de los novatos y aunque él ya se había recuperado de su pierna rota, no daba señales de querer dar clases solo.

—Y contigo, Abu Ali —respondió, el saludo aún le parecía extraño, a veces sentía que una persona diferente a ella fuera quien lo dijera.

—Creo que debemos dejar de practicar con la espada —comentó, no era una afirmación, sino una idea que se podía discutir—, el intento de emboscadas el día de hoy ha demostrado que les hace falta…

—Cabeza —completó Maria a lo que el hombre asintió con una media sonrisa—. Podríamos llevarlos a lugares que sean propicios para una emboscada y luego a campo abierto. Cada uno dirigirá un equipo, podríamos preguntarles cómo planean atacar al otro equipo e irles señalando los posibles fallos o variantes de un ataque y qué ellos piensen en posibles soluciones.

—Suena bien, que piensen antes de actuar —apuntó el hombre llevándose una mano a la barbilla.

Aquello parecía un acuerdo entre ambos. El maestro de combate a caballo iba a decir algo más cuando el ruido en los hombres que rodeaban el círculo de entrenamiento llamó la atención de ambos.

—Hassan no deja de hablar de él —le susurró Abu Ali, haciendo que la inglesa volteara a verlo— y eso que hasta entonces, había sido alguien parco con las palabras.

Al volver la mirada hacia el grupo de hombres, se dio cuenta que había un nuevo integrante, uno lo suficientemente pequeño para que aún tuviera que ser llevado en brazos. El padre, debía tener apenas unos años más que Maria, lo mostraba a todos los hombres que le prestaban atención. Ella no pudo menos que compadecerse del pobre bebé, quien era cargado como si fuese un pesado jarrón de agua, y el muy desconsiderado, en su emoción parecía no darse cuenta de la irritación del niño que movía sus piernas y brazos pidiendo estar en una posición más cómoda.

Aún así la reacción de los asesinos le divirtió, todos esos grandes, ariscos, peludos, rudos y temibles hombres rehuían del bebé como si fuese un arma mortal.

El hombre a su lado se levantó de la banca antes de decir con respeto:

—Ma'a salama.

—Que pases buenas noches —respondió la mujer. Ninguno de los dos se había acostumbrado a la despedida, quizás nunca lo harían, pero Maria no pensaba decir Allah ysalmak, estaba con los asesinos, sí, pero aún era cristiana, pronunciar el nombre de Allah en ese sentido sería una aberración.

Abu Alí se alejó con pasos cortos y silenciosos. Maria en cambio se giró para seguir disfrutando del espectáculo que ofrecían los asesinos. Malik observaba al bulto rosado con cierta aprensión, él sabía que de seguir así el niño pondría sus pulmones a prueba y eso iba a repercutir en los oídos de todos, pero, no se atrevía a intervenir. ¿Quién lo haría? Encargarse de los niños era cosa de mujeres, no de asesinos entrenados en el arte de matar. Algo llamado hombría les estorbaba.

Altaïr en cambio, observaba al pequeño miembro de la hermandad con agrado, ella sabía que él había introducido los cambios necesarios para que los padres pudieran expresarles todo su cariño a sus hijos. Además de permitir que los hombres que así lo desearan con un rango alto o no dentro de la hermandad, tomaran esposas. Aunque aprobaba los cambios hechos, era evidente que el hombre no tenía ni idea de lo encrespado que estaba el niño con tanto hombre hosco, sudoroso y que lo traía de un lado para otro con tan poca sutileza.

Cuando el hombre acercó el bebé al Maestro, éste no hizo otra cosa más que parpadear como si le estuvieran presentando un ser de otro mundo. Palmeó la cabeza del niño, si bien delicadeza no era algo que le caracterizara, Maria esperaba que no lo hubiera hecho con tanta dureza. El niño hizo un ruido de desaprobación con la boca, quejándose una vez más, pero para los hombres parecía más importante el hecho de que el Líder le prestara atención a un bebé. Tanto así que se replegaron a su alrededor.

Y sucedió lo más natural, el niño comenzó a llorar a los cuatro vientos, logrando dispersar a los hombres como si por su boca saliera fuego griego y no simples berridos. Había aguantado bastante bien el mocoso, pero tanto feo a su alrededor cercándole, seguro lo espantó demasiado. Ella rió aunque nadie pareció notarlo. El padre agitó al niño en sus brazos, Maria suponía que era su burda imitación del mecer de los brazos de una madre, porque si lo hacía adrede, alguien debía atravesarle en la garganta su propia espada.

Una suave exclamación de asombro se escuchó a su derecha. Una mujer, con el velo de casada sobre el rostro, se llevaba las manos a la boca. Maria supuso que ella era la madre del pobre pillastre que estaba retorciéndose en los brazos del muermo que se asumía como el padre. Alguien debía detener aquello. La madre se llevó las manos al pecho contemplando con horror a su pobre hijo. Maria suspiró ¿por qué no tenía el valor de plantarse en medio de los hombres y parar semejante tontería? No sería difícil, nadie sabía qué hacer o no quería hacerlo, le entregarían al mocoso de inmediato, además, no era como si la fueran a atacar. Pero no, ella seguía clavada en un lugar alejado, viendo a su hijo sufrir.

—Ssshhh —le ordenó uno de los hombres al niño con rudeza, con lo cual sólo empeoró la situación. Alrededor del niño que berreaba los asesinos comenzaban a manifestar su desagrado por el llanto. Algunos trataron de llamar su atención… haciendo ruido al chocar las dagas.

Idiotas.

Maria hizo una mueca de franco desagrado, se giró, no era problema de ella. La madre estaba a punto de ponerse a llorar junto con el niño. La inglesa puso los ojos en blanco, lo haría por el pillastre, él no tenía la culpa de que sus padres fueran unos tontos de remate.

Valor, mujer, se dijo, al fin y al cabo, ya estaban acostumbrados a verla hacer cosas raras. Se acomodó el mechón de cabello que se había salido de la trenza mientras peleaba con uno de los maestros asesinos. Intentó caminar con soltura, como si sólo fuera a dar un paseo entre los hombres. Podía sentir las miradas en ella al acercarse y antes de que se arrepintiera llegó hasta el niño en dos zancadas, golpeó en la cabeza al joven que pretendía llamar la atención del bebé con las dagas. Así la próxima vez no se le ocurriría semejante bobada. Y le quitó el niño al padre.

Los lagrimones que salían del rostro del niño la hicieron sentir culpable por haber tardado tanto, así que se los limpió con la manga de su camisa. No creía que fuera lo mejor, estaba llena de polvo, pero era mejor que dejarlo con las lágrimas en el rostro. Aunque no dejó de llorar sus manitas se aferraron a ella.

—Lo sé —le dijo abrazándolo—, son feos. —El niño parecía no comprender su humor pues seguía llorando. Maria lo meció con delicadeza, tratando de calmarlo al darle palmaditas suaves en su espalda. Él respondió a su gentileza pues ya no soltaba gritos desesperados, sólo un gimoteo pausado. Ella le observó la cara regordeta, con la piel un poco más clara que la de Malik pero oscura como la gente del desierto, ojos negros que hacían juego con la pelusa negra que tenía en la cabeza y que se arremolinaba cual marcas de serpiente en la arena. Oh, sí, causaba la ternura que producían la mayoría de los niños pequeños al llorar y que a ella nunca le había conmovido demasiado.

El padre se acercó a ella para ver al bebé, quien le clavó las uñas en sus brazos en un atento llamado para que no lo entregara a su torturador. El asesino se acercó un poco más a ellos con la clara intención de agarrar al niño y este volvió a chillar a todo pulmón. Maria le dirigió una mirada malhumorada al hombre, quien de inmediato retrocedió.

Ella trató de repetir el mismo trato de hace unos momentos atrás, pero esta vez no funcionó, por el contrario las lágrimas parecieron aumentar. Maldijo al padre por su torpeza al no sentir el rechazo del niño. El bebé que berreaba en sus brazos le pedía consuelo con sus manitas que la golpeaban, rogándole con sus lágrimas que le diera algo mejor. Maria se mordió el labio inferior, sabía lo que tenía que hacer. Lo había hecho muchas veces antes, cuando sus hermanos no podían dormir, cuando necesitaban sentirse mejor, cuando papá le pedía que le recordara su amada Alba.

Suspiró profundamente intentando hacer desaparecer la incomodidad ni siquiera había abierto la boca pero ya podía sentir las miradas clavadas en ella. Ya te miran como si tuvieras dos cabezas en lugar de una, se consoló.

Théid mi dhachaidh —comenzó con suavidad, sintiendo las palabras atorarse en su pecho—, hi ro dhachaidh. —Aunque esa frase había salido con más facilidad, apenas si había sido un poco más fuerte que un susurro—. Théid mi dhachaidh —entonó con mayor firmeza, dejando las notas fluir. —Chrò Chin t-Sàile —encontró sencillo deslizarse por las palabras—. Théid mi dhachaidh. —Le acarició la frente ligeramente sudorosa, acomodándole el cabello, sintiendo su respiración agitada—. Ho ro dhachaidh —cantó está vez dejando su voz sonar un poco más alto—. Théid mi dhachaidh. —Los ojos negros como el carbón le observaron a través de las lágrimas—. Chrò Chin t-Sàile —El lloriqueo que emitió el niño fue fuerte, y volvía a abrir su boca con intenciones de hacerse escuchar en toda la fortaleza— Théid mi fhìn —le cortó Maria alzando la voz sintiéndola rebotar en las paredes de piedra—, leam fhìn, leam fhìn ann —continuó dejando al bebé con la boca abierta—. Théid mi fhìn, leam fhìn a Geàrrloch. —Sus labios se cerraron para fijar su mirada en ella como si de pronto se hubiera olvidado de lo que había estado haciendo—. Théid mi fhìn, leam fhìn, leam fhìn ann .—Le limpió el rostro una vez más y él frunció la nariz ligeramente, aunque no dejaba de observarla como si ella tuviera algo interesante—. Gabhaidh mi 'n rathad mór Chinn t-Sàile.

En ese momento sólo era ella y él. Sus ojos grandes e inocentes la miraban perplejo, asombrado por lo que estaba sucediendo. Bi mi nochd am buaile Phearsain. ¿Eran los sonidos ajenos a él? Maria encontraba difícil de creer que nunca en su vida el niño hubiera escuchado una canción, su madre debía cantarle todas las noches. ¿Qué era? ¿Qué era eso que a él le asombraba? ¿Qué era eso que le hacía mirarla con tanta atención? Bi mi 'n a chuid mhart am màireach. Ella le sonrió y él le respondió con una sonrisa desdentada. Le agradaba, esa sensación que él le transmitía, esa sensación de estar haciendo algo bien aunque aparentemente fuera extraño. El bebé estiró sus brazos para tocarle el rostro, sus dedos regordetes le hicieron cosquillas en la barbilla. Bi mi nochd am buaile Phearsain.

Agarró su mano pequeña con delicadeza y él le apretó los dedos, haciendo un ruido extraño. Las mujeres que lo cuidaban debían tener las manos de seda, ella en cambio, tenía la piel curtida por los climas extremos en los que había vivido y las duras batallas que había librado, no debía ser un tacto muy agradable. Bi mi 'n a chuid mhart am màireach. Sin embargo, no la soltó, sino que la agarró con más fuerza. No a todos les costaba tanto aceptarla, pese al polvo, pese a la acritud con la que pudiera vagar, pese a no usar vestidos, pese a todas las incongruencias y errores que ella pudiera tener.

Théid mi dh'Uraigh bhuain a' mhurain.

El niño se recargó en su pecho sosteniéndola fuertemente, ella le abrazó como cuando James iba a buscar su compañía en medio de la noche pidiéndole que le contara más historias sobre los Tuatha Dé Danann o cuando el pequeño Jhon corría a ella en las noches tormentosas pidiéndole cobijo. Era fácil, era fácil abrir las sábanas de su cama para ir con ellos a un mundo en donde las reglas terrenales y divinas no se interponían en sus fantasías.

Théid mi dh'Uraigh leat a ghràidh.

¿Puedes oler los cardos? ¿El pasto fresco de la mañana bañado en rocío? ¿Las piedras alrededor del lago impasible? ¿Puedes ver las escarpadas montañas cubiertas de nieve? ¿Las nubes arremolinándose mientras los hombres trabajan la tierra? ¿O el sol mientras las mujeres abatanan la ropa? ¿Sentir la tierra lodosa por la constante lluvia pegarse a tus pies? Esto es Alba, la tierra de donde yo vengo.

Cuando terminó la canción la madre del niño estaba a su lado. Maria le entregó al pequeño, la mujer no le dijo nada, pero en su mirada había una especie de agradecimiento. Aunque el pillastre protestó, no se quejó demasiado al sentirse en los brazos de su madre. La inglesa se quedó de pie, sintiéndose observada ¿por qué la gente era así? ¿Por qué siempre tenían que ver sus acciones como si fueran sobrenaturales? Sí, sabía usar un arma, pero también sabía canciones de cuna ¿por qué tenía que ser raro eso?

Después de unos segundos, los hombres comenzaron a dispersarse y cuchichear como de costumbre, ella en cambio sólo atinó a mirarse las manos. Una mano le agarró por el brazo, observó de reojo al asesino.

—Gracias —dijo Altaïr. Ella se sintió incómoda, como si hubiese hecho algo sumamente complicado. Movió el talón de su pie izquierdo. No les había ayudado en nada, ella sólo no creía que el bebé debiera sufrir a causa de la inutilidad de los asesinos—. Es hermoso—le susurró, provocándole un escalofrío. Evitó el contacto visual con el asesino, sintiendo sus mejillas enrojecer. Por Dios, Maria, pareces una chiquilla a la que le han halagado las trenzas, se regañó tratando de recobrar la compostura, pese a todo, la sensación burbujeante de bienestar se expandió por su pecho hasta aturdir su cabeza.

Los dos subieron por la rampa de piedras hacia el castillo, Altaïr mantenía su mano en el brazo de ella. Maria se cruzó de brazos sintiendo con la yema de sus dedos el tacto de él, una suave sonrisa apareció en sus labios sin que lo notara. Los eruditos los saludaron y siguieron su camino a toda prisa, cuando llegaron a las escaleras que conducían a los aposentos del Maestro. Maria se sintió con la confianza de recargar su cabeza en el hombro de Altaïr.

El asesino giró el rostro para observarla, sorprendido por aquel gesto. No le disgustaba aquello, por el contrario le gustaba, le encantaba que con él, ella se quitara la armadura de metal que la protegía del exterior, desvelando facetas nuevas muy femeninas sin dejar de ser ella.

—Deberías hacerlo más a menudo —comentó como quien no quiere la cosa.

Ella no respondió ni se dignó a verlo para hacerle saber que le había escuchado, pero podía ver en sus labios esa sonrisa boba que hacía que se le hicieran hoyitos en las mejillas.

Oh, yeah… sí todavía vivo. Uhm, aquí un pequeño relato cursi… muy cursi, porque quería hacer ver que pese a veces pelean los personajes, también tiene sus momentos. Por otro lado también me tomó tiempo porque me llegó "A la sombra de las dagas, el paraíso" que es una novela que relata las aventuras de dos jóvenes asesinos de la fortaleza de Masyaf y estaba tratando de corroborar algunos detalles históricos. Asimismo, tuve la oportunidad de leer Assassin's Creed: The Secret Crusade ¿Alguien más lo ha leído? La historia de la vida de Altaïr… err, bueno definitivamente Bowden se come el canon de manera despampanante y es todo lo que diré, pero si alguien lo ha leído, por favor dejen su opinión del libro, me encantaría comentarlo.

Ahora tengo una invitación para todas aquellas autoras de fanfics o fanarts para participar en un intercambio de dichos materiales, en donde Assassin's Creed se encuentra como fandom permitido, así como muchos otros más, no importa si te gusta el yaoi el yuri o sólo parejas het, ahí se acepta de todo, pero para mayores detalles, por favor acudan a mi profile, ahí tienen el link. Por favor, lean la invitación, si no les interesa está bien, pero divúlguenla, así gente que sí está interesada se enterará y habrá más gente participando.

Gracias a todos por sus reviews, espero que este capítulo les haya sido más digerible. Cualquier comentario, ya saben en dónde pueden hacerlo.