Título: Cuatro letras.

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Cuatro letras

Había oído la palabra en susurros, algunas veces era obvio que se la dirigían a ella, otras veces era incierto. Le incomodaba. Dentro de sí una cosa se removía para hacer conexión con su cabeza susurrándole que debía hacer algo al instante, mientras que otra parte pugnaba por no darle importancia. Si respondía, entonces significaba que aceptaba el término y se sentía como tal, con lo cual la persona que quería molestarla lograba su cometido, si lo ignoraba, de todas maneras creerían que lo era, pero ella no se molestaba, lo cual era una victoria parcial. Ambas opciones le dejaba con la sensación de que le estaban quitando algo ¿cuántas veces había tenido que pasar por la misma situación? Desde que era joven la llamaban de esa manera, era el precio que debía pagar por no seguir las reglas que le imponía la sociedad.

No obstante esta vez era diferente, el hombre cuyo nombre desconocía la había llamado de esa manera en voz alta, frente a varias personas y le miraba a los ojos como si esperara una respuesta de su parte. Este anónimo no temía su reacción, o la de Altaïr, como las mujeres que solían susurrarla detrás de los velos o los hombres de avanzada edad quienes se cobijaban en sus capuchas. Maria suspiró, le importaba un carajo si la consideraban de esa manera, en casa la habían considerado eso, dentro de los templarios le habían enseñado a decir esa palabra en más idiomas de los que podía contar y dentro de los asesinos no esperaba que fuera diferente. Todo el mundo sabía que no era la mujer del Maestro, que no planeaba casarse con él y sin embargo dormía en su cama; las únicas mujeres a las que se les permitían semejantes relaciones eran a las que residían en el jardín, que eran consideradas por la mayoría como la recompensa justa por sus servicios. Así que desde luego no esperaba que alguien entendiera su relación con Altaïr.

No bajaría la mirada ni siquiera se sonrojaría, le habían nombrado con tan pintorescas palabras que honestamente, esa, era de las menos creativas. Le dedicó una mueca de abierto desdén al hombre y con ese gesto tan suyo, miró con altivez hacia el lado contrario, manteniendo la barbilla en alto. Siguió avanzando hacia su destino.

—No lo niega —prosiguió el asesino de voz media. ¿Cuál era su problema? Se preguntó la inglesa—. Quizás no sabe el significado. —Maria parpadeó, pese a que tenía un acento extraño ella hablaba su lengua, todo el mundo sabía eso. No había forma de que no entendiera lo que acaba de llamarle—. Aunque no debería ser ajeno para seres como ella. —Ahora eso sí era interesante ¿es que había más como ella? Ya quería conocerlos. Tuvo que luchar con las ganas de reír—. Siempre las hay en todos lados, corrompen a los demás. —Éste iba a ir tan lejos como fuera necesario, y ella no quería darle más problemas a Altaïr.

Fine, you got me —dijo cruzándose de brazos—. ¿Qué quieres? —demandó, fijando su vista en su agresor. Tenía la piel tostada como la mayoría de los hombres de la hermandad, su cabello estaba cortado de tal manera que se veía la forma de su cuero cabelludo, tenía una barba negra abundante que estaba recortada casi a ras de piel, no por ello se encontraba descuidada o sucia. No era un maestro asesino, pero vestía las ropas de alguien de alto rango, aunque extremadamente pulcras.

El hombre frunció el entrecejo con severidad.

—No hablo con gente de tu calaña.

Suspiró profundamente, este era uno de esos hombres obcecados que podían asegurar que las mujeres necesitaban y disfrutaban de ser golpeadas.

—No tienes el valor de hablarme de frente, pero sí de parlotear a mis espaldas. —Los hombres caían con suma facilidad cuando se les pinchaba el orgullo y para personas como él, Maria acababa de patearle en las pelotas delante de varios asesinos.

El gesto que hizo fue monumental, seguro que no se esperaba esa respuesta, ya podía dejar su sash caer porque ella apenas estaba empezando.

—Uhm, no lo niegas —Esa iba a ser difícil de tragar para él, en su vista periferia podía ver a los hombres detener sus labores para enterarse de lo que estaba sucediendo.

—Un hombre con principios no tiene la necesidad de explicarse ante un ser de tu clase—replicó con indignación.

—Vaya principios son esos de evadir una confrontación —murmuró con indiferencia. El único que estaba perdiendo la cabeza era él, para Maria esto no era nada nuevo, tampoco era algo que le gustara hacer.

—¿Y qué sabes tú de principios? —masculló rojo de ira.

Touché. Sabía perfectamente que Altaïr y ella, estaban caminando en círculos en esa cuestión, pero no era algo que discutiría con este subordinado.

—Para empezar no estoy como vieja chismosa hablando a espaldas de los demás —pon a un hombre al nivel de una mujer y armará un alboroto semejante al de una chica que se ha estropeado el vestido. Además así evitaba hablar sobre otros temas.

El hombre volvió a llamarla con aquella palabra, levantando un ¡oh! General, Maria no supo si de admiración o de asombro.

La inglesa le observó con aburrimiento.

—Ah, ¿y luego qué? —contestó menospreciando al hombre.

—No lo niegas.

—No lo afirmo tampoco —replicó con tranquilidad—, el que digas esa palabra ¿por qué habría de afectarme a mí? ¿Por qué habría de importarme lo que tú digas? —le cuestionó.

—Mucha gente opina lo mismo.

—Mucha gente opina que es imposible que una mujer maneje la espada —asentó— ¿acaso eso lo hace real?

El hombre bufó.

—Todo el mundo sabe en dónde duermes —Esta era la condena de la mujer, si no era doncella, madre o esposa, entonces sólo podía ser…

—¡Abbas! —clamó una voz entre la multitud—, métete en tus propios asuntos. —Los hombres alrededor comenzaron a murmurar.

—¿Tienes envidia o coraje? —Una nueva ola de exclamaciones se extendió por el gentío. Esto iba a ser la comidilla de la semana ni siquiera el hecho de que el uno de los ayudantes del cocinero tenía una relación ilícita con una de las mujeres del jardín lo opacaría.

Saida —la interpeló. Maria volvió sus ojos grises al asesino, era el maestro de entrenamiento con espada, siempre hablaba con Altaïr sobre los avances de los hombres antes de que los pusieran a prueba. Había sido de los primeros en aceptarla como contrincante e incluso había reconocido sus habilidades. Creía que Ra'uf era su nombre—. Por favor no preste atención a palabras necias.

—¿Crees que con esto ganarás un par de palmaditas? —La animosidad entre ambos era evidente, aunque el hombre no gastó mucho tiempo en Ra'uf, él definitivamente iba por ella.

—Gracias —terció Maria, pisar el orgullo de dos hombres que están en distintos bandos no era sabio—, ya me di cuenta de lo inútil que es dialogar con ciertas personas. De ahora en adelante gastaré mi tiempo en cosas mejores. —Aunque se mostraba agradecida, hacia ver que no necesitaba de nadie para que la defendiera.

Ra'uf le dirigió una mirada llena de elocuencia, Maria no necesitaba que alguien le dijera que hacer o no, si el hombre ese quería insultarla, ella le enseñaría que no era una presa fácil. Era una guerrera, no una dama.

—¡Qué desagradable! No tiene vergüenza —exclamó el asesino.

—¡Abbas! Es suficiente. Saida, por favor, acompáñeme —le pidió el maestro de armas, señalándole la rampa que ascendía hacia el castillo—. No es de sabios dar golpes a la pared con la mano desnuda.

Ra'uf tenía razón, pero el otro hombre se lo estaba ganando a pulso, tres segundos y haría haggis con el asesino que la estaba enervando. El paso que dio fue difícil, sintió todo el peso de su cuerpo caer en su pie, respiró profundamente mientras daba el otro paso. No estás perdiendo, Maria, no estás perdiendo, se tranquilizó.

—Qué podemos esperar de un Maestro que tiene a una de estas como consorte…

Ése acababa de cruzar la línea. Se arremangó las mangas de la camisa, muy bien solía decir su madre "actions speak louder than words" y este tendría el placer de verla en acción. Los asesinos de Masyaf conocerían la fuerza de una inglesa.

—¿Qué hacen todos aquí? ¿Acaso no tienen trabajo que hacer? —retumbó una voz desde la entrada del castillo.

Ra'uf apresuró a los demás a seguir con sus labores. Malik la observaba con suspicacia, si ese hombre se atrevía a decir algo en su contra, también haría haggis con él, siempre estaba a la espera de hacerla quedar mal. Sin embargo, el hombre desvió la vista antes de avanzar hacia el patio de entrenamiento. Entonces sus ojos grises buscaron a su agresor, pero este ya se escabullía entre los asesinos que retomaban sus labores. No, ella no olvidaría ese incidente.

Never forget. Era el lema que había aprendido desde pequeña.

Avanzó hacia el castillo con la barbilla en alto. Las manos las tenía crispadas, si tan solo hubiera logrado darle un golpe a ese hombre, uno solo hubiera sido suficiente para que recordara toda la vida que no se jugaba con ella. Al pasar a lado de la mano derecha de Altaïr lo ignoró por completo, incluso se rehusó a mirarle.

La cabeza le zumbaba, sentía su sangre correr y hervir por todo el cuerpo. Las imágenes de sus puños conectando con el rostro del hombre que la insultó, se repetían una y otra vez en su mente, pero eso no hacía más que acrecentar sus ganas de buscarle para enseñarle que tan veloces eran sus manos.

Cuando pasó delante de un grupo de asesinos, estos se arremolinaron antes de salir huyendo de su presencia. Cobardes, los hombres tenían el valor de desmeritar a la mujer, pero no sabían hacerle frente si esta se presentaba. Ya había escuchado como la llamaban a espaldas de Altaïr, no solo por compartir la cama de éste, sino también por irrumpir en sus entrenamientos demostrando a veces que sabía hacerlo mejor. ¿Por qué el ser del sexo femenino siempre le daba problemas?

—Mujer —le llamó una voz a sus espaldas. Maria se detuvo en el vestíbulo del castillo antes girar hacia su interlocutor, ninguno de los dos deseaba entablar una conversación, en toda las ocasiones terminaban teniendo opiniones encontradas—, por favor camina conmigo —con la única mano que tenía le indicó el camino.

Ella se irguió en su arrogancia, del único que recibía sugerencias era de Altaïr.

—¿Qué quieres tú? —bramó de manera hostil.

Le vio fruncir el ceño mientras una mueca de exasperación aparecía en su rostro.

—Si fueras tan amable… —le pidió masticando las palabras.

—No soy amable y no se me da la gana serlo. —le cortó tajantemente. ¿Por qué siempre esperaban que obedeciera con pasividad?

El Dai le dirigió una mirada hostil, podía imaginarlo encrespándose por la desfachatez que ella le acababa de demostrar. Su rango superior no la intimidaba ni siquiera le hacía cosquillas el que Altaïr le recordara de vez en cuando quien era él.

—Hay cosas que no se pueden hablar en cualquier sitio, así que usa la cabeza —le recriminó el hombre en voz baja intentando contener su enojo.

¡Humpf! —exclamó con fuerza. No tenía ganas de hablar con ese hombre, él no esperaba nada bueno de ella y Maria tuvo suficiente con el patán de hacía unos momentos. Dio media vuelta sin prestarle atención al Dai.

Escuchó su irritación, así como sus pasos siguiendo los suyos.

—Abbas es una persona conflictiva —le dijo por lo bajo, observando a su alrededor para prevenir que alguien más los escuchara—, cree tener el derecho de incordiar a Altaïr.

Ahora sí se detuvo, giró sobre sus talones con presteza, tras lo cual entrecerró los ojos.

Go on —exigió cruzándose de brazos, lo que consiguió un nuevo resoplido por parte del hombre.

—De este lado por favor —le sugirió Malik, aunque podía ver en su rostro que deseaba arrastrarla con las dos manos, aunque no las tuviera.

Lo pensó por unos segundos antes de descruzar los brazos y seguir la sugerencia del Dai, lo hacía únicamente porque parecía ser que había algo más debajo de la fachada altanera del hombre de esa mañana.

—¿No me vas a llevar hasta él para que le cuente, verdad? —le interrogó la mujer deteniendo su andar al notar el rumbo que estaban tomando. Malik parpadeó, pareció querer decir algo, pero al final le dio una mirada locuaz—. Good lord! —se quejó—. No es mi padre para que le cuenten todo lo que me pasa.

—Se va a enterar —declaró el Dai con tranquilidad—, y no creo que le agrade —añadió aunque sabía que su opinión le importaba poco a la inglesa—. Eres nuestra, Saida —continuó.

—No eres el tipo de hombres que se rinden a las convencionalidades —declaró con rudeza—, tú menos que nadie me cree una dama.

El hombre suspiró.

—Creo en el respeto —le respondió.

—El respeto se gana, no se da —aseveró firmemente—. No te agrado, así que no vengas con esas excusas.

—Escucha…

—Thorpe, tengo un apellido y en mi país se usa también.

El hombre estaba luchando con su mal temperamento, lo podía ver porque mantenía los dedos de su mano apretados, además de que las aletas de su nariz vibraban.

—Bien, Thorpe —le llamó cuando recobró parte de su calma—. Eres Saida, te guste o no y solo por ese hecho te deben mayor respeto.

—Nunca lo he entendido, sólo por abrir las piernas con un tipo con título, cualquier fulana se convierte en algo respetado. Bollocks! —Está vez fue él quien se detuvo, parpadeó varias veces antes de mirarle con severidad y negar con la cabeza.

—Eres una mujer con recursos —apeló Malik a la razón y no a sus ganas de reprender a la mujer por su zafio lenguaje—, aún no sé si buenos —Maria creyó que podría haber dejado caer su ropa interior de no ser porque usaba bantalonat. Pero aquellas palabras eran lo más cercano que había recibido como halago de parte de él—. Conoces muy bien el juego de la política como para ignorar las implicaciones de tu relación con el Maestro. —Desde luego que las sabía, si se hubiera juntado con un granjero a las vacas no les habría importado que existiera un nuevo miembro que les tocara las ubres, pero lamentablemente los asesinos no eran vacas y Maria solía patear más testículos de los que tocaba—. Entre Altaïr y Abbas hay viejas querellas, demasiado antiguas que a veces pareciera que son de toda la vida.

—¿Por qué es eso? —le cuestionó, sin embargo, ella sabía la respuesta de antemano: si quieres saber, pregúntale a él.

—Tu estadía no ha sido muy larga, pero sabes que el lago no es tan apacible como parece. —Donde sea que haya poder, habrá gente que tenga necesidad de obtenerlo sobre la sangre de los demás. Los asesinos, hombres de guerra, no podían caer tan lejos del árbol—. Hemos pasado por muchas cosas desde que Al Mualim nos dejó, los hermanos aún no terminan de adaptarse, necesitan confiar en el Maestro. No sé qué es lo que pasa en la cabeza de ambos, pero la hermandad es algo por la que vigilaremos. —Conocía la situación de sobra. Robert siempre se había quejado de noche, cuando sólo estaban ellos dos, trabajando en los mapas Los subordinados esperan del líder la perfección, él es todo aquello que ellos no pueden ser. Y los hombres siempre confiarán más en las palabras de un borracho ignorante, que en las de una mujer por muy letrada que sea—. Abbas es un hermano respetado en la comunidad, no es un buen luchador, pero no por ello tiene un rango menor. —Interpretación: tiene poder y puede hacerte daño, extranjera.

Maria bufó con fuerza.

—Escucha, no fue mi culpa ni siquiera sabían quién era él y si soy honesta lo hubiera ignorado —Malik entrecerró los ojos—, mira ustedes podrán decir una letanía sobre cuán diferentes son de los demás hombres, pero yo sé algo, aquí y en Inse Gall para los hombres las mujeres o somos esposas o somos putas. No se necesita ser genio para saber en qué categoría estoy. —El hombre intentó protestar—. Me importa un carajo eso, lo he escuchado tantas veces que ya hasta me aburre. Pero sabía que él iba a ir hasta las últimas consecuencias. No vine aquí a crearle problemas.

—Él es el Maestro y necesita ser el ejemplo —replicó el Dai sin ninguna malicia o reclamo en sus voz.

—No hice nada.

—Como dije, Abbas es un miembro conflictivo.

Maria suspiró, nunca le había gustado este juego, pero a donde quiera que fuera este parecía seguirle. Siempre había soñado ser un caballero, batiéndose en duelos por el honor y la gloria de un Rey justo o una nación que se caía a pedazos; buscaba la aventura de lo desconocido con una espada en la mano, el campo de batalla era el suelo que había nacido para pisar, sus batallas debían librarse con choques de armas, no detrás de las cámaras.

No puedes huir por siempre, Maria.

Altaïr casi estaba de espaldas a la puerta, sentado de forma incómoda en la silla, completamente absorto en su lectura. La comida que le habían llevado estaba fría, recolectando moscas a su alrededor. Las hojas desorganizadas se apilaban en el escritorio inclusive una que otra se encontraba en el suelo y otras amenazaban con caer de la pila muy pronto si no les prestaba atención.

—Maestro —le llamó Malik.

—Déjalo en el escritorio —contestó el hombre con un tono monótono, parecía ser más un reflejo que el reconocimiento de la entrada de una persona.

Los dos recién llegados sabían muy bien que el hombre era capaz de desconocer el día de la noche cuando se encontraba concentrado en su trabajo. Maria estaba lista para dejar al hombre enajenado con lo que sea que estuviera leyendo, sin embargo, Malik sabía que a Altaïr no le agradaría la idea de descubrir los sucedido entre los chismeríos de los sirvientes, mucho menos entre los asesinos. ¿Cómo algo tan mudando se volvía tan importante? Quien creía que el poder se podía resumir en sentarse en la silla más alta y das órdenes, estaba en un craso error.

—Hay cosas que no se pueden poner el escritorio —replicó A-Syaf recogiendo algunos de los papeles que había caído.

—Haz espacio en la mesa, sino déjalo en el suelo —respondió el Maestro de los asesinos dándole la vuelta a la hoja del libro.

Maria le lanzó una mirada a Malik para que dejaran en paz al hombre, sin embargo, el sirio se negó y la apresuró para que cruzara la puerta. La inglesa puso los ojos en blanco antes de entrar al cuarto con pasos pesados.

—¡Apesta! —se quejó la mujer. El Dai frunció la nariz a manera de indicarle que no estaba de acuerdo con ella, pero era uno de los tantos desacuerdos que tenían. Lo que ella definía como exceso de repugnantes olores dulces, para ellos simplemente eran los resabios del incienso de sándalo, bergamota, lavanda, rosas o jazmín, Malik pensaba que eran mejor esos resabios que el olor a acero sudado, caballo viejo, saliva con sangre y todos los olores producto del entrenamiento de los asesinos.

Aunque el Dai movió las sillas delante del escritorio, Altaïr no levantó sus ojos del libro, para el Maestro parecía que no había nadie en la habitación. Así que el hombre de un solo brazo caminó hacia él y le arrancó el libro con un solo movimiento.

—¡Hey! —se quejó el Maestro—. Malik, haré… lo que sea que haya olvidado en un rato, devuélveme eso.

—Gracias por prestarme atención, Maestro, me siento honrado —dijo el hombre, Maria sonrió pues había sonado más como si el Dai le hablara a un novicio que al dirigente de los asesinos, solo en esos momentos creía que podía llegar a agradarle.

—¡Malik! —se quejó el maestro asesino levantándose de su asiento—. ¿Qué haces aquí?

A-Syaf miró fijamente a Maria, la mujer recargó su espalda en el respaldo de la silla mientras se cruzaba de brazos. Hasta ese momento Altaïr notó su presencia y la sorpresa en su rostro no se hizo esperar, así como el desconcierto.

—No fue mi culpa —replicó una vez más.

El Maestro pasó su vista de Maria a Malik y viceversa intentando descubrir lo que estaba sucediendo.

La mujer se encogió de hombros, aquella situación le traía a la memoria cuando alguien la pillaba haciendo algunas de sus trastadas y la arrastraba hasta el despacho de su padre, en dónde el viejo la miraría con severidad mientras escuchaba lo que los otros tenían que contarle sobre su hija. No le agrada ¡no tenía quince años! ¡Y no había hecho nada malo!

Hogwash! —exclamó enojada.

Malik le volvió a mirar reprobatoriamente.

—¿Qué esperas que haga? Que le sonría y baje la mirada, no soy una puñetera dama —clamó levantándose de la silla de un salto.

—Todo el mundo sabe eso —replicó Malik con tranquilidad—. Y no es lo que nos concierne. —añadió antes de que la inglesa le arrancara la cabeza—. Abbas le llamó de una manera irrespetuosa, sumamente irrespetuosa —acentuó el Dai.

Altaïr alzó el rostro dejando al descubierto sus facciones.

Tosh! —bramó Maria—, me llamó: puta —recalcó— eres un asesino, no una nena, nombra las cosas como son, no es como si tu madre te fuera a dar un par de nalgadas por decir palabrotas.

Ambos hombres hablaron a la vez aunque no para el mismo propósito.

—¡Silencio! —exclamó Altaïr al ver que Maria iba a volver a hablar—. Antes de que se tiren a la garganta del otro, expliquen que es todo este lío.

El Dai le indicó a la inglesa que hablara, finalmente él solo sabía lo que le habían comentado.

Ella suspiró.

—Regresaba de dar una cabalgata

—Hoy no hay entrenamiento a caballo —comentó Altaïr.

—¿Y qué? Hay caballos y la llanura está disponible.

—Por favor, dime que no saliste sola —terció el Maestro de los Asesinos, ella cambió el balance de su cuerpo de la pierna derecha a la pierna izquierda mientras movía los labios sin emitir sonido alguno—. ¡Maria! —le regañó—, es peligroso, afuera hay templarios… ¿Qué tienes en la cabeza?

—¡Ese no es el punto! —Esta vez quien intervino fue Malik—. Pueden pelear sobre esto después. —Él ya había sido testigo de sus estólidas discusiones con ridículos argumentos que nunca los llevaban a ningún lado, pero por alguna estúpida razón por más tonta que fuera la pelea ninguno de los dos cedía. No sabía si competían por ridiculizar al otro o ver quién hacía más el ridículo.

Si las miradas mataran, Malik yacería en el suelo con más agujeros de los que se podrían contar, por suerte, la mujer se tenía que conformar con intentar intimidarle.

—Abbas te insultó y tú le contestaste ¿no es así? —dijo tratando de volver al asunto que los había llevado hasta ahí.

—¡No fue así! —farfulló indignada—. Él me insultó y lo ignoré hasta que me di cuenta que no iba a dejarlo pasar.

—¿Él no iba a qué? —preguntó Altaïr.

—Dejarlo pasar —le repitió la mujer. Suspiró antes de explicarles a los hombre o intentarlo—, no es la primera vez que me llaman así y no será la última —aseveró de tal forma que dejó a los otros dos desconcertados—. Escuchen, en el transcurso del tiempo cuando eres insultado varias veces aprendes que hay gente que te insulta y cuando los ignoras, ellos vuelven a su tarea, a otros les toma más tiempo pero pierden el interés. Él quería ver mi reacción a como diera lugar.

—Así es Abbas —comentó Altaïr—, no prestes atención a lo que él diga, habla más de lo en realidad hace.

—¿En serio? —cuestionó la mujer—, si no me dices no me doy cuenta.

El Maestro entrecerró los ojos, sin embargo, decidió dejar el asunto por la paz.

—En cualquier caso, este asunto es ridículo…

—No lo es —respondieron los dos hombres al unísono.

Ella lo sabía, pero no había querido prestarle demasiada atención. Si fuera la esposa de un granjero las mujeres simplemente se sentarían lo más alejadas posible de ella a la hora de lavar la ropa o se limitarían a no hablarle mientras tomaba agua del pozo, lamentablemente Maria no era una mujer hogareña, no tenía esposo y se había liado con el líder de los asesinos.

—Ambos aceptan que… quien sea este hombre, sólo quiere molestar ¿por qué vamos a darle la satisfacción de hacerlo? En serio, no me importa.

—Ya sé que no te importa lo que la gente piense de ti, Maria —terció Altaïr—, créeme que lo sé —suspiró, aunque a la mujer le pareció más una lamentación—. Hablando francamente, tampoco me importa lo que piense Abbas, pero no puede pretender insultarte y no recibir castigo por eso.

La inglesa puso los ojos en blanco.

—¡Estás bromeando! Es absurdo.

Pero no lo era, ella lo sabía muy bien, aquí y en Finisterre insultar a la mujer del otro era suficiente justificación para matar al osado. Estúpidos hombres y su estúpido orgullo.

—Faltarte el respeto es como faltarle al respeto al Maestro, eso es básico —declaró Malik.

—¡No somos uno! —gritó Maria indignada—. Yo soy yo.

—No está permitido insultar a nuestros hermanos —intervino Altaïr—, mucho menos a sus… err… a las mujeres con las que están casados.

—Deberías practicar tu vocabulario —replicó Maria. El Dai pensaba que era ridículo, decir las esposas de los asesinos no era un insulto, se limitaba a decir la verdad, además era un honor—. Pero ahí hay un error no soy tuya, mucho menos esposa.

La cara de desacuerdo de A-Syaf no se hizo esperar, era verdad que no existía un vínculo legal entre ellos y la relación que decían llevar, le provocaba un dolor de cabeza a cualquiera cuando intentaban entenderlo, sin embargo, se debía estar ciego para no ver el trato que le daba el Maestro a la inglesa.

—¿Pretendes que los demás lo entiendan? —bromeó Malik—, mira tú podrás pensar lo que quieras de tu relación con el Maestro, si quieres pensar que él es tu esclavo, puedes hacerlo —Maria sonrió ante la idea—, pero para los demás el asunto es sencillo, eres su mujer y ningún hombre puede insultar lo que es suyo.

—No soy una maldita vaca que tiene dueño —objetó la mujer furiosa—. ¡No soy un objeto que pueda ser poseído!

—Maria, no tienes porqué gritar —le dijo Altaïr—, tienes una voz que se escucha con mucha claridad —la inglesa se cruzó de brazos, le frunció el ceño e hizo una mueca con la boca. Estaba por caer en ese estado en donde todo lo que le digan lo convertiría en una amenaza—. Te lo dije, no importa lo que los demás piensen de nosotros. Escucha, Abbas acaba de incordiar la paz en la hermandad, eso no está permitido, existirá un castigo.

—Yo no me he quejado, no hay nada de qué acusarle.

¿Por qué esta mujer era tan difícil? Se quejó Malik, acababan de insultarla por el simple hecho de querer molestar, pero ella en vez de dejar que el culpable recibiera el castigo, se oponía. No la entendía.

—Esto no es un juego, Maria. Las reglas son claras, si Abbas incordia la paz tendrá un castigo te parezca a ti o no —le respondió tajantemente Altaïr.

—¿Y qué si dice que no fue su culpa?

—Todos lo presenciaron —replicó Malik con tranquilidad—, es difícil negarlo.

—Sí, pero pueden decir que yo lo provoqué, entonces es su palabra contra la mía —les aclaró, era algo que sucedía con mayor normalidad de la que ellos pensaban. La mujer siempre tenía las de perder cuando su palabras se contraponía a la de un varón.

—Entonces tienes suerte de que Ra'uf… —comenzó a decir el Dai.

Maria golpeó el escritorio con ambas manos.

—No necesito que un hombre me defienda —clamó.

Malik rodó los ojos, en cualquier otro caso se llamarían testigos y si todos resultaban ser hombres era porque todos los asesinos, eran hombres.

Altaïr suspiró, sabía muy bien que Maria era muy sensible a que alguien le pisaba el orgullo. Él entendía, de verdad que entendía por qué no quería armar alboroto. No quería que los asesinos pensaran que ante cualquier problema iría corriendo al Maestro para que él tomara venganza, no, Maria quería resolver sus problemas ella sola, quería que la gente la respetara por ser ella, no porque era la mujer del maestro. El problema era que Abbas lo estaba haciendo para molestar a Altaïr.

—Malik, habla con Abbas deja que te diga su versión del asunto, si acepta haber incordiado a los hermanos, sanciónalo —dijo Altaïr.

—¿Y si no lo acepta? —preguntó Malik consternado.

—Recuérdale las reglas —finalizó el hombre. Maria sonrió—. ¿Acaso no tienes una clase que preparar?

La mujer levantó sus manos del escritorio y se salió del lugar aprisa.

—Altaïr si tú no haces algo, los demás van a creer… —dijo Malik cuando los pasos de la dama ya no se escuchaban.

—Oh, Abbas aprenderá a no meterse con ella —exclamó Altaïr con tranquilidad.

—Ella tiene un lío en la cabeza sobre las relaciones, lo entiendo, pero no puedo creer que le sigas el juego ¿o es que acaso no te importa lo que los demás piensen?

El asesino miró a su amigo y le sonrió.

—Nunca dije que iba a dejarlo pasar —terció el hombre con frialdad. Malik se enderezó, su amigo estaba enojado, a pesar de haber permanecido bastante tranquilo, incluso indiferente, Altaïr estaba molesto. Abbas se daría cuenta del craso error que había cometido, de eso, el Maestro iba a hacérselo saber con claridad—. Además… voy a darte un consejo, Malik. —El Dai frunció el ceño, eso era algo nuevo—. No hagas enojar a Maria, cree en mis palabras cuando te digo que esa mujer es muy desagradable cuando la fastidias.

—Si ella toma venganza en contra de Abbas, los demás van a querer un castigo —aseveró A-Syaf.

—¿Quién habló de venganza?

Malik no fue capaz de sonsacarle algo más a Altaïr, el hombre volvió a su libro ignorando sus demás deberes. Al inicio el asesino estaba preocupado, sabía que la inglesa era capaz de armar un alboroto capaz de escandalizar a toda la orden, ya lo había hecho con anterioridad, y desde luego, cuando Malik habló con Abbas el hombre negó todo, aunque sí dijo que el Maestro debía enseñarle a la mujer el lugar en donde pertenecía, así que no hubo ninguna consecuencia, aparente, pero en tres ocasiones cuando Abbas fue al círculo de entrenamiento, Altaïr lo escogió como su oponente. Las peleas entre ambos siempre habían ido a algo más allá del simple entrenamiento, pero en esas ocasiones, Altaïr le había hecho ver su suerte y en la tercera ocasión terminó con un tobillo lastimado, un costo menor, si a Malik le preguntaban. Aunque lo más seguro a Abbas le dolía más el orgullo por haber sido humillado por su archienemigo en tres ocasiones consecutivas, porque a Altaïr le gustaba lucirse, jugar con sus oponentes exponiendo sus faltas a la vista de todos, y como era el Maestro podía tomarse el lujo de hacer pasar sus payasadas como enseñanzas. Ella nunca hizo ningún comentario, hasta en una ocasión ni siquiera observó la pelea, estaba más interesada en chismorrear con algunos novatos que comenzaban a tomarle confianza.

Y justo cuando creía que todo el asunto se había olvidado, Abbas entró en la enfermería por haberse roto una pierna. Lo único que se pudo saber, fue que su silla de montar había estado mal colocada, provocando que en un momento se deslizara y con ello su jinete, asustado el jinete trató de agarrarse al caballo, con lo cual ambos cayeron al suelo. Quizás se podría tomar como un desafortunado accidente, de no ser porque el hombre juró haber visto a la mujer burlarse de él antes de que se cayera, no era una prueba sólida, Maria se burlaba de cualquier que se dejase, en cualquier caso. No había pruebas de que ella hubiera provocado el accidente, pero Malik sabía, como todos los demás que la mujer trabaja con los caballos desde pequeña, hacerle algo al caballo o la silla de Abbas, hubiera sido cosa fácil, y dadas las circunstancias bastaba con no ser vista por los novicios, lo cual muchos creían imposible. Pero el Dai no menospreciaba sus habilidades sólo por ser mujer, ella había sido la templaria capaz de engañar al Maestro de los Asesinos. Más por curiosidad que por compromiso la interrogó, ella no se tomó a mal el encuentro, por el contrario rió como loca antes de dirigirle una mirada traviesa, casi diablesca para acompañar sus cripticas palabras "¿acaso no te ha dicho Altaïr que soy una bruja?" con eso ella dio por terminada la conversación, salió del lugar sin darle lugar a réplica y casi podría jurar el sirio que la mujer estaba cantando.

Desde entones Malik aunque no dejaba de discutir con ella, trataba de no fastidiarla lo suficiente y revisaba hasta el último de los detalles de su silla si planeaba montar un caballo.

Sigo viva, y aparentemente me he acostumbrado a escribir relatos largos. No era mi intención hacerles esperar tanto, pero tuve varios trabajos que entregar que me impedían trabajar en los fanfics y luego no pude trabajar porque mi computadora sufrió unos fallos técnicos, así que no podía escribir nada.

Me pareció bueno relatar la entrada de Abbas, porque me parece un personaje curioso. Esta idea surgió de una escena de The Secret Crusade, que aún considero un libro mal estructurado, pero me pareció interesante exponer esta situación en donde la mujer si no entra dentro del rol asignado por la sociedad entonces es puta. Y Maria parece irrumpir en la vida de los asesinos de manera muy áspera (extemplaria, se viste como hombre, se mete en asuntos de hombres, se niega a ser reconocida como "la mujer del maestro" etc.), provocando reacciones, pienso que quizás fue mucho más difícil para ella, pues su sociedad era la del siglo XII, época en la que se nos consideraba faltas de raciocinio o inteligencia entre muchas otras facultades, en pleno siglo XXI y algunos aún piensan que el lugar de la mujer en la casa con los hijos y no en el ejército o la policía, entre muchos otros lugares que podría mencionar. También porque creo que esta parte es fundamental para entender que esta lucha interna de Maria, se debe en parte porque ella quiere demostrar que es tan valiosa como cualquier otro hombre, pero no es hombre y no puede permitirse ser mujer, pues ser mujer es signo de ser débil.

Comentarios ya saber a donde van.