Las garras de la sociedad

A través de sus pestañas vio la luz de sol entre las hojas de los árboles, respiró profundamente y sus dedos sobre el estómago sintieron su torso inflarse. Contrajo un poco los dedos de su otra mano notando los dedos delgados que se entrelazaban con los suyos. El viento sopló haciendo sonar el follaje verde que dejó caer algunas hojas. Apretó los ojos al sentir las gotas verdes tocar su piel.

Ojalá tuviera más tardes como aquella, con el aroma del desierto y las rocas calientes de la montaña flotando entre la vegetación que adornaba la parte posterior de Masyaf, en donde el lago perpetuo al pie de la fortaleza templaba el calor seco de Siria. Giró el rostro hacia su derecha, el olor a pasto fresco, humedad, piedra fría, nieve y algo que no podía identificar le inundó los sentidos, se dejó arrastrar por la esencia exuberante hasta el hastío. Su nariz se topó con piel cálida que reaccionó a su tacto. Enderezó la cabeza antes de entreabrir los ojos. Gélida, como la mañana del crudo invierno blanco, se presentaba ante él, impávida e inocua, respirarla era vivir con escalofríos, sin embargo, dejar de respirar no era una opción. Tan distinta del ardiente desierto cuya vida se inmolaba en el calor del sol, extraña como sus viejos dioses que intercambian ojos por el poder de mirar el futuro, como sus diminutos seres alados que vivían en los bosques o sus hombres roble tan sabios y místicos; incomprensible como los signos de su pueblo, heredados de un dios que era orgasmo y furia, como los relatos en donde había mujeres guerreras, hechiceras o consortes que lideraban ejércitos o países.

Sus labios se rozaron, un acto fortuito más que preestablecido, ella se alejó, él la persiguió, los papeles se invirtieron repetidas veces, llenando el ambiente de besuqueos sonoros. Ella clavó sus uñas en su nuca atrayéndolo hacia sí. Abriendo sus labios con mordiscos, invadió su boca para dejarle sin aliento. Aunque su piel le recordaba el helado invierno, dentro de ella solo había fuego. Contradictoria, eternamente contradictoria.

Se separaron para tratar de recordar cómo se respiraba. Altaïr se llevó una mano al pecho, el corazón le golpeaba con violencia, sus pensamientos se deshilvanaban mientras sus músculos se negaban a moverse. No le gustaba sentirse atontado después del sexo, pero, por mucho que luchara por mantenerse entero, siempre terminaba rendido, suponía que así era el cuerpo. Y Maria lo agotaba de maneras que iban más allá de lo físico, porque con ella el amor también era la guerra, aunque ahí no existiera nunca un ganador o un perdedor, simplemente los dos siempre querían mandar. Le gustaba eso, le gustaba la forma en la que lo subrogaba a complacerla, la fuerza con la que se arrojaba a él, tanto ardor, tanta pasión, lo apabullaban, lo derretía como el herrero funde el acero para hacerlo a su conveniencia.

El viento de la tarde le acurrucó, podría dormirse un poco antes de volver a la fortaleza, al fin y al cabo no había nada importante…

¡Bedat! —exclamó el hombre incorporándose de inmediato.

—Tu caballo no irá muy lejos, esa bestia no se aleja de ti —murmuró Maria dándole unas palmaditas a media espalda.

—No es eso, Maria —arguyó Altaïr buscando sus ropas entre la hierba— ¡Teníamos una reunión! —profirió alarmado mientras sacudía el bantalonat con fuerza, aunque le quitara el pasto, la tierra ya se había adherido a la tela—. Los Dais se desocuparían después de medio día y así podríamos hablar sobre nuestra postura con los acontecimientos recientes en el reino de Jerusalén.

Maria alzó la vista al cielo, la intensidad del sol comenzaba a bajar, eso hablaba de que estaban en la nona, lo cual quería decir que la sexta había pasado hacía mucho tiempo. Se levantó para ayudar al hombre que revolvía todo lo que encontraba a su paso y haciendo poco por vestirse en realidad.

—Acabas de contribuir a que tenga más puntos en su lista negra —bromeó la inglesa mientras le quitaba el sashs para colocárselo de manera correcta.

—No te odian —replicó Altaïr colocándose la muñequera del brazo derecho.

—¡Por supuesto que no! —dijo con sarcasmo al terminarle de amarrar el cinto rojo en la cadera—, solo no pueden evitar creer que tengo malas intenciones.

El asesino iba a protestar, pero al ver a Maria merodear por el lugar completamente desnuda, otros pensamientos le inundaron la cabeza, su mandíbula descendió al verla acercarse a la orilla del lago.

—¡Vuelve aquí, mujer! Ten algo vergüenza —le gritoneó el asesino alterado. Ella le sonrió con malicia antes de meter sus manos al agua—. ¡MA-RI-A! —chilló sin ser escuchado—. ¡Te pueden ver! —insistió al ver que la mujer tenía intenciones de zambullirse en el lago.

—Nadie puede ver este lado del valle —contestó con tranquilidad, limpiándose las piernas de las hierbas que se le habían pegado a las piernas.

—Los centinelas…

—Deja de gritar como una damisela a la que se le ha visto el tobillo, Altaïr. —El hombre gruñó algo indescifrable—. Tus centinelas vigilan el lado sur de la fortaleza, no el norte. Es improbable cualquier ataque por este lado, escalar miles de pies hacia el castillo no es un camino viable por ahora, mucho menos si tienen que cargar con la armadura.

—¡Te pueden ver! —insistió poniéndose de pie con las botas a medio amarrar. La inglesa dejó por la paz el asunto, tomó entre sus manos el djellaba negro del pasto, el cual sacudió con fuerza antes de entregárselo. Él lo agarró y jaló a la mujer hacia sí.

—Dales tiempo para que se acostumbren —pidió, recobrando el hilo de la conversación, acariciándole el cabello que en este momento traía suelto—. Entenderán, lo harán. —Sus ojos grises le decían que era un soñador, sin embargo, sus labios no emitieron ningún sonido, por el contrario sus manos blancas arreglaban sus atuendos arrugados y sucios.

—Espero no te pregunten por qué parece que te revolcaste en el suelo —la inglesa cambió la conversación. A lo largo de su relación los dos habían aprendido que había temas irresolubles, empero, este le preocupaba al asesino. Quería hacerla sentir cómoda, segura, quería que pensara en Masyaf como su hogar, no quería que tuviera argumentos para irse. Le aterraba la simple idea.

Altaïr sonrió.

—Las bestias en esta región rondan a menudo, no es inusual el ataque de una fiera… —sugirió juguetonamente a lo cual ella respondió entrecerrando los ojos como lo haría un gato montés al percibir una presa— salvaje —Ella bufó—. Y necia.

Arsehole —replicó Maria.

•••

Malik le observaba deambular por la habitación con inquietud, podía ver que le estaba dando demasiadas vueltas al asunto, cómo si supiera algo que los demás no. Faysal y Sinan aún discutían sobre sus posturas, en tanto Hashim intentaba intervenir, aunque era evidente que los otros dos no querían que les interrumpieran. Al final pareció darse por vencido porque se volvió hacia él y le preguntó:

—¿Cuál es tu postura?

Las palabras a veces eran más peligrosas que las armas, así que meditó la manera en la que diría las cosas, si bien no estaba de acuerdo con Sinan, tampoco era que estuviera totalmente de lado de Faysal, en cualquier caso eso podría la balanza de dos contra dos, dejando en Altaïr la última decisión. Cosa que no le agradaba al susodicho en la mayoría de las circunstancias, por otro lado Malik sentía que su mente estaba en otro lado.

—Tomar una postura ofensiva hacia el reino de Jerusalén no nos beneficia, matamos a su Rey y presentarnos de manera hostil hacia el nuevo Rey, que no sabemos quién es y si estará de lado de los templarios, nos coloca en desventaja.

—¡Aprenderán a no involucrarse en nuestros asuntos! —saltó Sinan con ahínco. El dai no entendía por qué deseaba tanto una batalla contra el reino de Jerusalén, a veces parecía más una afrenta personal que un deseo por proteger a la hermandad.

—Nuestro objetivo no es ser temidos por la gente —terció Altaïr con paciencia, aunque era evidente que él estaba totalmente en contra de la idea y no planeaba ni siquiera pensar en las palabras del erudito.

Sinan asintió con la cabeza, más por obligación que con resignación.

—Pero tampoco debemos ser menospreciados —continuó con su infructuosa labor. Malik sabía de sobra que tanta insistencia en el tema solo lograría fastidiar a Altaïr.

—Saben de lo que somos capaces —dijo el Maestro—, no veo la razón para volvernos hostiles con el nuevo Rey de Jerusalén…

—Si es el primo de Conrado, su postura será clara —señaló Sinan—, esos puercos tienen pocos valores, pero saben usar los lazos familiares para argumentar la guerra —La mayoría de los presentes estuvo de acuerdo con eso, los Monferrato tenían muchas cosas en contra de los asesinos, había asesinado al viejo señor y al nuevo, que había sido elegido como rey. El primo de Conrado lo primero que haría sin duda sería emprender acciones en contra de ellos, haciéndolo pasar como una cuestión de honor.

—Dudo que Hérail marche a la guerra con nosotros, al menos no como Robert de Sablé lo hizo al asediar Masyaf —comentó observando los jardines a través de los cristales—, no es su estilo, él lo hará de manera más sutil.

—¿Cómo puedes afirmar eso? —preguntó Sinan—. Hasta hace unos días no sabíamos nada de él.

—Es mi deber el saber —aseveró Altaïr de mala gana—, las tácticas de Hérail son menos espectaculares, pero no menos atroces —el hombre parpadeó como si estuviera recordando algo. Malik entrecerró los ojos, no recordaba haber leído en las palomas mensajeras informes relevantes sobre las tácticas de pelean de Gilbert Hérail, no obstante, Altaïr se mostraba confiado de la información que poseía. ¿Había algo que se le había escapado de las manos?—. Su ataque a Masyaf en días recientes debería servirnos de muestra para ello.

—Fue un ataque muy extraño —puntualizó Sinan—, ni siquiera llegó a nuestras puertas, sólo tenemos la palabra de una mujer para especular sobre ello —la mayoría sintió la tensión crecer en el aire— y ni siquiera es alguien de nuestra facción…

—Templarios entrenados atacaron a novicios, eso es lo único que debe contar —le interrumpió Faysal—, es un ataque infame, aunque eso no prueba que no vendrán a nuestras puertas con sus soldados.

No eran templarios plenamente entrenados, quiso añadir Malik, pero no podía revelar información que Altaïr le había proporcionado de manera confidencial, además eso no ayudaba en nada a las proposiciones de su amigo.

—Hérail ni siquiera ha mostrado interés por nuestras otras casas —añadió A-syaf—, su juego no es armar alboroto, jugará entre las sombras, así que no debemos preocuparnos por un asedio ni por despliegue de odio hacia nosotros. A menos que el nuevo Rey de Jerusalén diga lo contrario, lo más conveniente sería pedirle al Rafiq Jabal que envíe espías a la corte y nos mantenga informados diariamente.

—Es prudente —aceptó Faysal.

—¿Es qué nadie recuerda a nuestros hermanos caídos en manos de los templarios? —replicó Sinan indignado.

—No actuamos por venganza —le interrumpió Altaïr.

—Lo sé, Maestro —le interpeló el erudito—, pero ya nos atacó una vez ¿por qué cree que no volverá a hacerlo? Eran jóvenes, Maestro ni siquiera conocían mujer.

Era triste, Altaïr lo sabía, la pérdida de dos novatos por un descuido había sido un hecho sumamente lamentable, no quería que volviera a suceder y Maria había dicho que probablemente, Hérail lo haría. Asesinar a uno o dos inocentes, eso hace que baje la moral te empiezas a cuestionar ¿es que ni siquiera los que no tenemos nada que ver nos podemos sentir aliviados? Una hermandad vulnerable, un Maestro inútil.

—Por eso mismo no podemos actuar sin saber a quién nos enfrentamos —insistió—, actuar precipitadamente nos ganaría un enemigo no deseado.

—Bien Maestro, entonces esperaremos a tener mayor información, diré a los muchachos que prioricen esa búsqueda —declaró Hashim, a lo que Faysal asintió complacido, Sinan por el contrario le miró como si le hubiera traicionado.

—Si es lo que el Maestro desea —murmuró Sinan de mala gana—. Así sea pues —no le agradaba la idea en lo absoluto, pero Altaïr estaba demasiado acostumbrado a verlo en desacuerdo con todo ni siquiera recordaba haberlo visto contento en el mandato de Al Mualim, pero, jurar que era así sería una falacia, en aquella época él se dedicaba a matar los objetivos que le ordenaban, no consideraba importante si un erudito le mal miraba, eran hombres con la nariz en los libros, nunca se manchaban las manos.

—En cuanto tengamos la información, lo discutiremos, ¿no es así, Maestro? —dijo Faysal. Altaïr asintió con la cabeza.

—Desde luego, pero por favor, Maestro —terció con cierta ironía en su última palabra—, evite los contratiempos, hay más cosas que hacer.

Se lo merecía, no debió permitir que asuntos de índole personal le distrajeran.

—Le haré saber tu deseo a las bestias, Sinan —replicó con calma.

Enfurruñado el hombre salió del lugar apresuradamente, los otros dos hombres se despidieron deseándole una buena tarde. Altaïr relajó los hombros, cuando había empezado su entrenamiento y había deseado ser como Al Mualim, no había pensando demasiado en lo que implicaba estar a cargo de la Orden. Se había limitado a pensar que haría grandes hazañas aplastando a los enemigos de los asesinos con su espada, pero el papeleo y las disputas por decidir si el excedente de ganancias iría a los establos o la herrería, nunca habían cruzado por su cabeza.

—Sinan presionará a Hashim —dijo Malik— o buscará quien lo escuche.

—Esperemos que para entonces conozcamos al nuevo Rey de Jerusalén.

El Dai negó con la cabeza, esa no era la cuestión, el hombre no había estado de acuerdo con el asenso de Altaïr como Gran Maestro y no era el único, la sedición no era algo por lo que se distinguiera la Orden de los asesinos, pero no era algo ajeno a ellos. El ser depuesto de la posición era poco factible, pero no imposible.

—¿Y si quiere atacar? —inquirió el asesino.

—Tendrá que traerme pruebas de que el nuevo Rey de Jerusalén es un templario —proclamó sentándose en la silla detrás del escritorio desordenado.

—Atacar al Rey de Jerusalén no es su única ocupación —comentó Malik.

—Lo sé, para eso estás tú, Malik —declaró desvergonzadamente, mientras comenzaba a buscar sus últimas anotaciones del libro que estaba leyendo.

A-Syaf resopló enojado.

—No soy tu nana, debes aprender a resolver tu solito tus problemas.

—Si estoy aquí, en gran medida es por tú culpa —insistió Altaïr con tranquilidad.

—Siempre queriendo echarle la culpa a los otros —masculló el hombre mientras recogía algunas notas del escritorio desorganizado de Altaïr—. ¿No has leído las cartas del regente del pueblo?

—Las leí —se defendió el Gran Maestro—, es sólo que no sé dónde están los informes que él menciona.

—En su lugar —respondió Malik a lo que el otro simplemente se encogió de hombros—, en los anales, Altaïr, te lo expliqué la semana pasada y la semana pasada a esa ¿alguna vez prestas atención? —farfulló mientras se metía entre los libreros del Gran Maestro.

Creía que Malik le había dicho un par de cosas o dos, pero no las recordaba con precisión, además estaba buscando la información por toda la biblioteca, tenía la intención de dar con las notas mencionadas, hasta que se topó con unos libros interesantes que Al Mualim había hecho traer del oriente, justo los que tenía sobre el escritorio y que no veía motivo para detener su lectura.

—Alguien necesita urgentemente una esposa o alguien que le entretenga —dijo Maria entrando en el lugar cerrando la puerta tras de sí—, aunque compadezco a la chica que se atreva, deberías enseñarles a tus hombres a divertirse, ya sabes liberar todo ese enojo…

—¿Disculpa?

—Ese hombre, que se encarga de los libros de la biblioteca general, siempre está enojado. Juro por Dios que cada vez que le pido un libro piensa que está besando a un templario. La última vez se atrevió a preguntarme si en verdad leía o sólo observaba los dibujos, estuve tentada de escribirle un par de palabras en varios idiomas en la frente. —La inglesa se sentó delante de Altaïr, la larga trenza que le caía de lado izquierdo estaba mal hecha y la hierba aún permanecía en ella. Al igual que él, su ropa se encontraba tan arrugada como sucia.

—¿Te refieres a Sinan? Maria.

—Viejo, huraño y con forma de rata —describió la mujer—, los libros no son para mentecatos —arremedó la inglesa imitando la voz gastada, fría y enojada del erudito—, si es ese, sí. Él me odia, pero ¿quién de tu Orden, no?

—Creo que le caes bien a Ra'uf —contestó Altaïr—, ¿qué hizo Sinan?

—Me llamó estorbo, pero creo que todos en ese momento le incordiábamos. Incluso regañó a los novatos por no caminar de manera erguida ¿puedes imaginarlo? Solo mi madre se quejaba de eso y mi madre no es una persona agradable.

—No obtuvo lo que quiso.

—Brillante deducción, Aristóteles —se mofó— ¿No accediste a su plan de matar al primo de Conrado? —Altaïr negó con la cabeza—. Si conociera al primo de Conrado, sabría que es más peligroso el templario de paja, además sería demasiado difícil de controlar, es tan caprichoso como una adolescente, en un momento quiere oro en el siguiente quiere flores. Ahora que si pides mi opinión, lo peor que le puede pasar a la orden es que los Ibelín vuelva al poder, Gilbert se llevaba bien con la mayoría de ellos. Con los demás podrían llevar una buena relación.

—Pero si se convierte en Rey…

—No lo será, Altaïr —afirmó Maria—, es demasiado estúpido pensarlo. Ni Philippe ni Richard, ni Heinrich estarían de acuerdo, aprendieron su lección con Guy de Lusignan, no pueden permitir que lo queda del Reino de Jerusalén esté en manos de un Rey tan inestable. Además a Gilbert no le agradan mucho los reyes, puede ser el Maestro Templario, pero sigue siendo un vasallo. La sangre noble es más pesada.

—¿A quién crees que pongan?

—No lo sé —dijo alzando las manos—, es complicado, la Haute Corte, tiene varias facciones, Trípoli y Antioquia buscarán anexarse el reino, los Ibelín desearán volver a tener a un Rey, Francia y el Sacro Imperio Romano ya deben estar disputando quién sería su mejor candidato, Richard lo haría sino estuviera encarcelado, aunque si Jhon se pone al tanto quizás logre algo, las órdenes religiosas con los obispos deben estar alistando a sus hijos legítimos o ilegítimos. La verdad Altaïr, los nobles deben estar sacándose los ojos en este momento. Yo que tú aprovecharía para hacer otras cosas. Las sucesiones reales pueden ser tardadas y muy violentas, deja que entre ellos se maten.

—Suenas muy segura de ello.

—He vivido en constantes guerras por las sucesiones reales, Altaïr, así que creo saber un par de cosas sobre ellas. La intervención de facciones indeseables, no será tolerada, unirá el reino en su contra —le advirtió con firmeza—. Además los asesinos no pueden elegir al Rey que mejor les convenga, está totalmente fuera de su alcance.

—Lo sé, Maria.

—Pero no te preocupes, encontraremos la forma de sobreponernos a cualquier Rey —afirmó la mujer estirando su brazo para agarrar la mano del asesino—. ¡Oh, el Maestro de Qadmus te ha contestado! Te felicita por tu sabia decisión —recitó la mujer sarcásticamente.

—No lo había leído —exclamó Altaïr quitándole la carta de las manos—. Escuchar un sabio consejo, también es de sabios —le contestó con una media sonrisa.

—Uhm, la próxima vez que quieras un sabio consejo, pediré una sabia recompensa por adelantado —comentó con ligereza.

—¿Dónde han quedado las personas que ayudan por buena voluntad? —Maria frunció la nariz—. Sin tu ayuda no sé qué tonterías le habría contestado.

Ella resopló.

—Las palabras no llenan mis arcas —dijo como si estuviera hablando para sí misma.

—Interesada —replicó el asesino con frialdad.

—Abusivo.

—¡Hey! Tú quisiste darme tu opinión —le aclaró—. Y no me importaría que me dieras tu opinión sobre esto —exclamó entregándole unas hojas.

—Puedo ayudarte con algunas, pero las que están en arábigo no sabría qué dicen —le indicó al empezar a revisar las cartas que le habría entregado el asesino.

—Oh, por el momento te las leeré, Maria, pero debes aprender a leer arábigo si vas a quedarte y a escribirlo también.

—No sabía que tenían una dependencia en…

El escritorio se tambaleó ante peso del libro que Malik había dejado caer. Maria giró su cabeza para ver al hombre, su rostro tenía un gesto adusto casi enojado. La mujer dobló las cartas con delicadeza, era el momento de retirarse, ella no creía estar haciendo nada malo, pero eso era algo que los demás aún no comprendían.

—Ya sé que te está dando —exclamó con desagrado—. ¿Cómo te atreves? —profirió dirigiéndose a Altaïr.

—Tiene experiencia en ello, Malik —respondió Altaïr con tranquilidad, revolviendo los papeles de su escritorio—. Sabes muy bien que no tengo idea de cómo administrar todos los recursos de la Orden, dónde hace falta renovar periódicamente algo, a dónde enviar los excedentes, si está bien tener tanto ganado. Tus conocimientos como hijo de un granjero nos han ayudado, pero sabes que se necesita más que eso para mantener a toda la Orden.

—Mi padre era un agricultor, Altaïr, no era un granjero —le corrigió.

—¿Acaso tú no eras el que cuidaba las ovejas? —preguntó Altaïr.

—Cuidé las ovejas del Sheikh, obteníamos ganancias de ello, pero no eran nuestras —le aclaró poniendo su mano en la cadera—. En cualquier caso, tienes a Mustahabb, él estaba con Al Mualim.

—Él ya es muy viejo —replicó con cierto enfado mientras colocaba algunas hojas en blanco cerca de los botes de tinta medio abiertos—, la última vez que lo vi estaba leyendo el Corán al revés —agregó con un deje de dramatismo.

—Bien, mis conocimientos como hijo de un humilde campesino ¿por qué son sobrepasados? —exigió la explicación el hombre, volviéndose hacia la mujer.

Maria le sonrió, no buscaba ofenderlo, sólo le había sorprendido saber que él había sido el hijo de un campesino. Por la forma con la que se dirigía hacia los demás, pensaba que por lo menos había sido hijo de un citadino con cierta posición o de algún mando superior de la orden.

—Toda buena mujer casadera debe aprender a manejar los menesteres del hogar —expresó con una voz dulce, una media sonrisa y un bajando sus párpados de manera tan delicada que incluso Altaïr la miró perplejo—, no puede permitir que su honorable esposo se preocupe por cosas tan superfluas —agregó, sabía que el dai no estaba acostumbrado a su sentido del humor, pero no era una mentira, le habían enseñado a manejar una propiedad.

—No puedes comparar una casa con la hermandad —bufó el hombre que no había comprado su actuación barata.

—Está bromeando, Malik —le aclaró el Maestro.

—Sí le enseñan eso a las mujeres, Altaïr —exclamó Maria enfadada—, tienes que aprender a manejar a los… recursos del hogar —la inglesa suspiró, Maria sabía que la información no era suficiente. A Altaïr no le parecía raro, porque no era algo en lo que realmente estuviera interesado y porque honestamente el hombre sabía de los quehaceres de la mujer como sabía de la música, no obstante, Malik era demasiado perspicaz para dejar la información pasar—. Mi padre era mercader, así que a veces le ayudaba en el trabajo. Pero, si preguntas por mi experiencia manejando grandes recursos, yo me encargaba de algunas finanzas de los templarios. Robert, como Altaïr, estaba demasiado ocupado para lidiar con problemas de índole más mundana y era demasiado arrogante para establecer buenas relaciones con los subordinados.

—¡No estoy demasiado ocupado! —bramó Altaïr enojado por la comparación—. Al menos yo acepto que no sé cómo manejar estos asuntos.

—Robert era un noble, Altaïr, uno de los hombres más poderosos del Anjou, sabía qué debía hacer, pero estaba muy ocupado. —Eso no le había parecido al sirio, en lo absoluto. Hablar de Robert era incómodo para los dos—. Malik, pediste mi experiencia, ya la tienes —trató de zanjar el asunto—. ¿Qué más quieres?

—No confío en ti. —La mujer se puso de pie—. No me refiero a tus capacidades, pero…

—¡Malik! —se quejó Altaïr.

—Pides que confíe en un antiguo miembro del Temple, la administración de la Orden —inquirió el Dai con elocuencia.

—Ya no tiene nada que ver con ellos —replicó Altaïr a la defensiva.

—No puedes pedirme que confíe en tu juicio acerca de ella, porque no es neutro mucho menos racional.

—No estaba con los templarios —habló la inglesa—, quiero decir, que no estaba de acuerdo con todos los ideales de los templarios —les aclaró al ver la cara de desconcierto de ambos—, estaba con ellos, por Robert… —dijo tratando de hacerles ver cuál era el punto a donde quería llegar— y Sibrand —añadió pensando que había sido demasiado inapropiado decirlo de esa manera. Maria se sintió incómoda ante el escrutinio de los asesinos.

—Estabas siguiendo a un hombre —profirió Malik disgustado, la implicación de su frase se escuchó muy fea.

—¡No! —exclamó la extrajera—, bueno, sí, pero… él me dio la oportunidad de ser caballero, a pesar de ser mujer —continuó evitando mirar a sus acompañantes—, no podía irme del Temple si quería lograr mi cometido, ¿a dónde iría si no? Y él… Robert, él no era una mala persona conmigo, en general no era… no parecía una mala persona, así que yo creí que la mejor forma de retribuirle lo que hacía por mí era, ayudándolo. —Viéndolo en retrospectiva, lo que para ella en esos años había sido una gran aventura, ahora parecía el peor error de su vida. Más tonta no pudo ser—. Mira, no sabía las verdaderas razones del Temple, no sabía quiénes eran ustedes. No es como si nuestros maestros nos enseñaran sobre los asesinos o los sarracenos, lo único que nos dicen es que son infieles y hacen el mal. Sólo cuando puedes estar en ambos lados del conflicto notas las incongruencias.

—Estabas dispuesta a morir por el Maestro del Temple —aseveró el Dai, como si aquello fuera algo malo—, eso no es estar simplemente agradecida.

—Esa es una pregunta muy personal, Malik —intervino Altaïr, con voz trémula. En ese momento, él no estaba muy seguro de si su intención de detener a su amigo con su interrogación se debía a que no quería incomodar a Maria o si se debía a que no estaba muy seguro de querer escuchar la respuesta a esa pregunta.

—Nunca he negado que Robert, era algo más que mi superior —contestó Maria con tranquilidad. Los ojos inquisidores del asesino la intimidaron—. Yo… Robert era… él… en toda mi vida, él fue la única persona que creyó en mí, hasta ese momento, fue el único que no me menosprecio, él único que me trató como su igual, él… fue bueno conmigo.

—Tenías sentimientos por él.

—Lamento no ser de piedra —murmuró sarcásticamente—, sí, tenía sentimientos por él —le confirmó sin sentirse avergonzada por eso, no tenía porqué, hasta ese momento ningún hombre la había tratado de la manera en la que Robert lo había hecho. Muchos hombres la había rodeado en toda su vida, la mayoría la despreciaba o la maldecía, aquellos pocos que no lo hacían, toleraban con incomodidad su ideales, algunos incluso trataron de adecuarse, pero el fantasma de lo que debería ser una dama persistía, muchos otros simplemente creían que lo hacía por jugar a revelarse, otros tantos confundidos la tomaban por hombre, pero Robert, oh Robert había tomado en serio sus palabras, sus pensamientos, tratándola como una igual …a pesar de saber usar el cerebro y la espada, eres una mujer, enorgullécete de ello.

—¿Y ahora estás con nosotros por convicción?

Maria suspiró, sabía muy bien de qué intentarían acusarla, era fácil preverlo. Ella, una templaria cercana a Robert, despojada de su rango por culpa de los asesinos, hecha prisionera por sus enemigos, arrastrada de un lado para otro. Venganza, la oportunidad de volver triunfante con sus antiguos compañeros. Si tenía la sangre tan fría para matar, también debía tener hielo en el corazón para meterse en la cama de quien mató a su líder.

—Oh, no lo sé, quizás tiene que ver con que fui traicionada, engañada, degradada… descubrir que ellos no quería mantener a salvo a los peregrinos en su camino a tierra santa. No puedo cambiar lo qué hice, quienes fueron mis compañeros, pero eso ya está en el pasado, además, ni siquiera he dicho que quiero ser parte de los asesinos. —Bien hecho Maria, le dices a un hombre que desconfía de ti que tienes sentimientos por su enemigo y no quieres formar parte de sus filas, sin duda es la mejor forma de ganar su confianza—. Me parece que está demás explicar cómo o porqué terminé aquí —exclamó sin mirar a Altaïr, no iba a darle el placer al hombre de regocijarse en sus declaraciones, ya tenía el ego lo suficientemente inflado para contribuir aún más.

—Todos cometemos errores, Malik —le dijo Altaïr dirigiéndole una profunda mirada para hacerle recordar el pasado—, pese a que no podemos cambiarlos, nosotros sí podemos hacerlo.

El dai se cruzó de brazos.

—Bien, quizás no está aquí para darle información a los templarios —concedió, Maria pensó que aquellas palabras debieron costare tanto como su brazo perdido—, pero no puedes dejar la Orden a expensas de sus caprichos. —Eso la había ofendido, ella no se tomaba la Orden a la ligera—. Su lealtad estará en donde esté su cama.

—¡He! Ne pas mélanger les choux et les carottes —protestó la mujer—, que quede muy claro, Robert y yo, nunca, tuvimos ese tipo de relación.

—No estabas de acuerdo con los ideales de los templarios, no estás aquí por los ideales de los asesinos —comparó el hombre haciéndole saber que su razonamiento no era descabellado.

—Es difícil comulgar con una hermandad que te acusa de traición a cada instante —objetó Maria—, y eso es sólo el principio del dilema.

—Aún así no confió en quien confiaba el Maestro del Temple.

Altaïr iba a protestar, pero Maria se le adelantó.

—Eso es hipócrita de tu parte —bramó enojada acercándose al hombre que la acusaba— quieres que vea a Robert como un monstruo, pero jamás he visto que algunos de ustedes vean a Al Mualim de la misma manera. —La comparación había disparado el mal humor de Malik, se podía ver que estaba preparando el contraataque—. Robert me mintió, me lastimó, de la misma manera que Al Mualim lo hizo con ustedes, pero no por ello puedo odiarlo, como no pueden odiar a Al Mualim.

Había puesto el dedo en la llaga. Malik dio un paso hacia adelante, entreabrió los labios, pero justo en ese momento algo en su mirada cambió. Maria se sintió incómoda bajo su escrutinio, los ojos del hombre no trataban de desnudarla, pero le recordaban las miradas que recibía de su madre cuando estaba buscando un desperfecto en su vestimenta y normalmente la mujer lo encontraba. Si lo hizo o no, no lo compartió, guardándose las críticas para sí mismo, se volvió hacia Altaïr con tranquilidad o eso aparentó hasta que le vio bajar la capucha del djellaba.

—¿Así es como quieres que confíe en las decisiones que toman? —le espetó mostrándole la hierba que se le había quedado a Altaïr en la cabeza.

—No volverá a suceder —aseveró con firmeza, volviendo a colocarse la prenda sobre la cabeza. Maria trató de mantenerse indiferente cuando los ojos del hombre perforaron sus pensamientos, sin embargo, se sintió avergonzada, retrocedió presa del remordimiento que comenzaba a carcomerle la cabeza. No había sido su culpa, ella no sabía que Altaïr tenía cosas importantes que hacer, no obstante lo que más le molestaba era esa vocecilla susurrándole que aunque lo hubiera sabido lo hubiera hecho.

El dai negó con la cabeza antes de salir del lugar dando un portazo.

Si supieran cuanto tiempo tiene este relato en mi PC, probablemente me golpearían. Tardé en actualizar porque estoy escribiendo un fanfic que no quería escribir. Cuando inicié La Manzana Masculinizada, la idea era relatar momentos de la vida de Maria et al, sin algún orden cronológico, los relatos ni siquiera iban a estar ligados, pero terminé escribiendo una historia, lo cual no es terrible, pero eso requiere que tenga una trama planeada y no la tengo. Hacer una me toma mucho tiempo y las actualizaciones más, esa labor me la tomo muy enserio. No quiero terminar haciendo una historia que no tenga sentido, con más hoyos en la trama que un colador, así que de aquí a unos dos o tres capítulos más seguiré con la idea original: relatos simples, desde luego que si ustedes se dan a la tarea de leerlos todos, se puede ver cómo de alguna manera se conectan. Aunque no necesariamente tiene que ser así.

Como lectores y si les interesa, pueden hacerme llegar sus sugerencias en cuanto a qué cosas quieren leer.

Por cierto, les invito a leer Bajo la Arena, que es… podría decirse que son los relatos de los asesinos,pueden verlos como complementarios a La Manzana Masculinizada. Aunque no aseguro que vayan a estar ligados o sean del mismo género. La Manzana Masculinizada está hecha para relatar cosas de Maria o como los demás la perciben. Bajo la Arena es sobre los asesinos desde su infancia hasta su muerte.

Lamentando las molestias y esperando los abucheos.

Atte: Kirsche.