Primera impresión (o de cómo hacer amigos)

No les agradaba para nada. Cuando Halima escuchó los rumores de las encargadas de los dormitorios, se había puesto contenta, el Maestro no podía permanecer sin mujer por mucho tiempo y desde que Adha se había ido de la hermandad, Altaïr no se había vuelto a interesar por ninguna de las que residían en los jardines. Las chicas ya podían imaginar a la susodicha belleza exótica de la India, de piel cocida por la luz del sol, con los profundos ojos negros del misticismo del Trimuti, largo cabello lacio del color de la noche y con el cuerpo de una feminidad envuelta por el Kama. En cambio, lo que se encontraron fue un esperpento esmirriado de cabello negro encrespado, cubierto con ropas de hombre, piel tan blanca como la leche, ojos color de acero y un temperamento del demonio.

Las primeras palabras que le dirigió a la encargada de los jardines fueron:

—¿Qué diablos hago aquí? —su mirada gris observaba el lugar como si fuera el peor antro al que hubiera entrado.

Halima suspiró, sabía que Altaïr tenía gustos especiales en cuanto a mujeres, pero ésta sin duda era la peor de sus elecciones.

—El Maestro ha ordenado que se te atendiera. —La extranjera refunfuñó algo en un idioma que no conocía. La matrona ignoró aquello y ordenó a las jóvenes llevar a la invitada a los baños. Quizás después de quitarle la mugre resultara ser que tenía algo bonito.

Apenas si tuvo tiempo para respirar, pues ya la mujer armaba un escándalo, se negaba a quitarse la ropa delante de tanta gente y muchísimo menos en un lugar con las ventanas abiertas. Tras un par de minutos discutiendo, Halima logró meterla en la bañera a regañadientes, asearla no fue menos sencillo, no quería aguas perfumadas o jabones especiales, tampoco que las mujeres la bañaran, aunque en esa ocasión la matrona ignoró sus disparates; entre gritos y maldiciones, ella misma le talló el cabello negro hasta dejárselo lustroso, ayudada desde luego por otras seis mujeres.

La recién llegada estaba como una fiera, dedicándole a cada una miradas asesinas. Empero, quien gobernaba el jardín, se sentía muy contenta de haber hecho su trabajo de manera impecable. Al verla envuelta en las toallas mientras esperaba con impaciencia a que le terminaran de secar el cabello, Halima decidió que su trabajo estaba lejos de finalizar. Las uñas trozadas de las manos eran un espanto, su piel estaba reseca por el sol, sin embargo, lo que ella encontraba más alarmante era que la extranjera aún conservaba todo su vello, no entendía como el Maestro podía recibirla en su lecho de manera tan impura(1).

El simple hecho de intentar su cometido la dejó exhausta, además de estar a punto de recibir un macetazo en la cabeza. Indignada, mandó por la ropa que debía colocarse la extranjera, el último desplante que soportó de esa, fue su rotunda negativa a vestir las ropas apropiadas para una dama.

Desde entonces, Halima no quería volver a estar cerca de semejante bestia.

•••

No les agradaba para nada. ¿Cómo una mujer podía mandar a un hombre? ¡A un asesino! Cuando Malik la introdujo como suplente del maestro Abu-Ali, los fedayines se sintieron indignados, eran los de menor rango pero tampoco era para tanto, además, al credo no le faltaban instructores, incluso el mismo Malik podría dárselas si quisiera. Sin embargo, la mujer se limitó a ordenarles que tomaran sus caballos y salieran con ella hasta los alrededores de Masyaf. De inmediato formaron un plan para hacerle notar al Maestro, que necesitaban de alguien que realmente pudiera darles clases, incluso decidieron que Akram sería quien hablaría, ya que él era bueno con las palabras y podría explicarle al líder la situación sin ofender a la mujer del Maestro.

Los asesinos encargados de cuidar a los fedayines a las afueras observaron con curiosidad al grupo al pasar, e incluso les dedicaron sonrisas burlonas. Si la extranjera había notado eso o no, no dio señas de eso, se limitó a seguir cabalgando. Al llegar a la planicie les ordenó… Nadîm no lo recordaba con precisión, pero se negaron a hacerlo por considerarlo demasiado fácil. Ella escuchó sus protestas, aunque se mantuvo firme recordándoles que quien dirigía la clase era ella y no ellos, al final, propuso que si lograban descabalgarla cambiaría de opinión. ¡Aquello era sencillo! O eso pensaron cuando los chicos tomaron sus espadas de entrenamiento, Sirâj les hizo prometer que nadie la lastimaría más de lo necesario, todos sabían que el que cometería semejante tontería sufriría la furia del Maestro. Al verla esperarlos con un simple palo de madera, algunos pensaron que tal vez enseñarle una lección no estaría tan mal.

Uno tras otro los jóvenes trataron de llegar a ella, no obstante, no podían hacerlo, se movía sobre el caballo con agilidad como si éste leyera sus pensamientos, el palo de madera hacía de lanza por lo cual era más fácil que ellos perdieran el equilibro o las espadas, a que lograran tocarla siquiera. Lo intentaron uno a uno, cuando no pudieron, entonces lo hicieron por grupos e inclusive cuando quisieron emboscarla todos, la mujer se las arregló para soltarles una tunda a cada uno. Al regresar al castillo, ella llevaba un semblante aburrido y aunque el sol había enrojecido su piel, no se veía cansada o sucia, en cambio, ellos estaban adoloridos, agotados y llenos de tierra, a vista de todos parecía que se revolcaron en el suelo.

Así fue como se tragaron cualquier duda sobre la valía de su nueva maestra, pese a que les costaba en algunas ocasiones seguir sus instrucciones, e inclusive seguían pensando que en algún momento lograrían demostrarle que no era tan buena, hacían su mejor esfuerzo para aprender de sus extraños métodos.

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No les agradaba para nada. La primera vez que la vieron con las ropas propias de un hombre se desconcertaron, sabían que en algunas ocasiones las mujeres dejaban sus faldas y vestidos, usando otras prendas para asear, sin embargo, eso era considerado un castigo. La desconocida no tenía ningún utensilio de limpieza.

Omar reunió a todos para comenzar la marcha, puso especial atención en los novatos que se estaban desperezando, algunos quejidos se escucharon cuando comenzaron a salir trotando, la mañana era fría y aún no se acostumbraban a dormir pocas horas. Los demás se integraron conforme los demás iban avanzando.

Los asesinos de alto rango fueron los primeros en notar la presencia del Maestro, le saludaron respetuosamente, sin embargo, nadie hizo un comentario acerca de la mujer que le acompañaba. Los dos corrían ligeramente separados de las filas que conformaban el grupo de hombres en entrenamiento. Aunque el líder regresaba los saludos de los asesinos, su atención estaba puesta en la mujer, quien tenía una sonrisa burlona en el rostro.

Ella reía, no sabían de qué o porqué pero ella reía, aunque el Maestro le había ordenado callar en varias ocasiones. Algunos le lanzaban miradas suspicaces, pero ella las barría con un simple parpadeo; los ignoraba, con una pasmosa frialdad que les hacía sentir que no existían. No seguía su ritmo, avanzaba a su propio capricho, moviéndose, bromeando, era como si disfrutara de crear caos.

Los fedayines comenzaron a rezagarse, Omar bajó su ritmo a fin de no perder de vista a ninguno de los jóvenes, pese a que la presencia del Maestro lograba intimidarlos lo suficiente para mantenerlos sin quejarse y avanzar, no sabían cómo estos tomarían el hecho de que una mujer atraía más la atención del líder que cualquier otra cosa.

Los dos trastabillaron, se detuvieron por una fracción de segundo, la intrusa comenzó a correr a gran velocidad y así comenzaron una carrera frenética. Ella corriendo varios metros por delante de él, serpenteando por el camino, evadiendo al Maestro mientras reía. Lo último que vieron de ambos fue una nuble de polvo.

•••

No les agradaba para nada. Desde que bajó el escarpado sendero que llevaba al pueblo, la gente la observó con suspicacia, sabían que el Maestro había traído una mujer extraña con él, la gente del castillo comentaba de sus vestimentas y costumbres. Comía entre los hombres como si fuera igual a ellos, no ponía un pie en los jardines ni hablaba con las mujeres de ahí, entrenaba la mayor parte del tiempo, a veces con el Líder, a veces sola.

Ahora que había bajado al pueblo, observaba con franca curiosidad todo lo que sucedía a su alrededor. Desde las mujeres que llenaban sus jarrones de agua de la fuente hasta los hombres que conversaban sentados en los bancos alrededor de la plaza. Se acercaba a los puestos para ver las diversas mercancías, aunque nunca le dedicó atención a los que vendían joyería o sedas. Le dedicó especial atención al puesto de instrumentos musicales, en realidad, se detuvo a escuchar a Taleb, quien tocaba con el oud "Lama Bada" de manera un tanto torpe, aunque lograba mantener un ritmo agradable al oído. Al inicio el joven se sintió cohibido cuando la vio obsérvalo, no estaba acostumbrado a que una mujer lo mirara de manera tan franca, casi como si pudiera leer sus pensamientos. Ella debió entender que ponía nervioso al chico porque desvió su vista hacia los instrumentos que vendía su padre, con lo cual el muchacho pudo tocar con mayor soltura, aunque se sabía escuchado por la extranjera.

Pese a que no le agradaba la sensación de sentirse observando, le agradó que alguien pusiera atención a la música que él tocaba.

•••

No le agradó. Con el simple hecho de verla avanzar arrogantemente entre los hermanos portando la cruz templaria como si estuviera en el patio de su casa y no en el comedor de los asesinos, fue para Malik un gancho al hígado. El antiguo rafiq de Jerusalén le dio al Maestro una mirada iracunda. Al parecer Altaïr tampoco supo que responder, pero en cuanto ella tomó asiento enfrente del líder, este le hizo un gesto que demandaba una explicación.

—¿Qué? —respondió irrespetuosamente la mujer de mala gana.

Altaïr suspiró, quizás había captado algo que a los demás se les escapaba y por mucho.

—Pensé que Halima… —comenzó casi con tranquilidad.

—¿La odiosa mujer de ese lugar infernal? —le interrumpió, ella hablaba un árabe con un acento muy fuerte en las r y nasal en algunas sílabas.

—La encargada del jardín —le corrigió Altaïr. Ella lazó un gruñido de desaprobación—. Te daría ropas apropia… —Él se detuvo a mitad de la frase al ver los gestos duros de Maria.

—¡Jump! —dijo áridamente— ¿Por qué no me lo habías dicho antes? —exclamó con una falsa alegría—. No sabía que los asesinos corrieran y lucharan con faldas de mujer —Malik y todos los que la escucharon se escandalizaron ante la idea— no olvides decirme que día entrenan. ¡Seguro aprendo algún truco! —El sarcasmo en su voz se pudo sentir en todo el lugar.

—No hacemos eso, Maria —replicó Altaïr con firmeza.

—¡Ah! Entonces —inquirió— ¿por qué dices que es ropa apropiada?

El Maestro estaba consciente de haber errado de manera desastrosa.

—Mi error —dijo con acritud—, pero pensé que te gustaría —Malik podía verla preparar su siguiente ataque— descansar apropiadamente después del largo viaje y en el jardín, podrías encontrar algo que te agradara. —La cabeza del líder había trabajado lo más rápido posible cuidando de no volver a echarlo todo a perder.

—¿Has estado en ese lugar? —siseó ácidamente, si fuera una gata, pensó Malik, bien podría verle todo el pelaje erizado.

—Sí —respondió Altaïr confundido—. Y nooooo —añadió como si hubiera resuelto el problema en al aire—. Nunca he estado como miembro del jardín, así que…

—Bien —indicó la mujer—, la próxima vez que se te ocurra una brillante idea —ella tomó el tenedor que le pertenecía al líder y lo apuntó al rostro del susodicho— asegúrate de saber de qué se trata o lo que esa infernal mujer me haga, me aseguraré de que recibas el mismo trato —Al final Malik no sabía si había tratado de pincharle un ojo o la nariz.

Altaïr le quitó el cubierto de la mano.

—El agua no te hace daño ¿sabes? —se burló.

—¡O cállate por el amor de Dios! —bramó en árabe— 'Sann à Alba a tha mi! ¿Qué vas a saber tú del agua? —Al principio, Malik, creyó que su inglés no era tan bueno porque la mitad de la frase no la había comprendido en absoluto.

—Sí, sí, lo que quieras, mujer —replicó.

Ella dijo algo incomprensible para quien la escuchó, eran palabras guturales, fuertes en su sonido, melódicas en cierta forma, aunque hubo sonidos que jamás se le hubiera ocurrido a Malik que la voz humana pudiera hacer.

—Sólo entendí un par de palabras, Maria, habla en un solo idioma y más lento. —A la mayoría le sorprendía que entendiera algo de tanto sonido que parecía lo mismo—. Eso lo entendí y será mejor que cuides tu lengua.

La mujer movió la mano restándole importancia al asunto.

—Tú y tus oídos de damisela —murmuró. Altaïr le miró con elocuencia aunque enojado, sin embargo, a ella parecía darle tan igual el enervar al mejor asesino de la secta.

Cuando llegó la comida los sirvientes observaron a la dama desconcertados, ¿una mujer en aquella mesa? Nunca habían visto a la favorita del Maestro compartir la comida con todos los hombres. Ante la fría recepción de los sirvientes, ella sola se alcanzó lo necesario para comer. Malik volvió a mirar a su amigo.

—¿Por qué usar eso? —le preguntó Altaïr, señalando la túnica.

La mujer llamada Maria puso los ojos en blanco.

—Porque combina con el color de mis ojos —replicó mordazmente. El Maestro bufó—. No me des esa mirada ¿Quién tuvo la fantástica idea de estropear…?

—¡No fue mi culpa! —se apresuró a decir el sarraceno—. Se llaman ataques sorpresa por algo, Maria. Y dije que lo sentía.

Aye… well, ahora es un buen momento para en verdad lamentarte por ese hecho. —Satisfecha consigo misma la templaria prestó atención a lo que tenía en el plato. Malik en cambio trató de llamar la atención del Maestro, pero parecía estar demasiado ensimismado.

—Es carne, Maria —se quejó Altaïr. A-Sayf estuvo a punto de bufar, aparentemente en ese momento, el líder de los asesinos, sólo tenía ojos para la mujer sentada enfrente de él.

—Sí, pues… mira, sucede que el día en que servían comida siria en mi casa, no sé porqué, pero yo no estaba, así que disculpa si trato de averiguar que carajos me voy a llevar a la boca. Y ya que estamos, me avisas el día en que sirvan comida inglesa.

—Es Moughrabiyeh —contestó con acrimonia el asesino.

—¡Oooh! Qué bueno es saber el nombre —se burló la mujer.

Altaïr suspiró.

Mo ghaol—terció el Maestro de los asesinos, sintiendo su lengua enredarse con las extrañas palabras, aun así la tomó de la mano, a lo cual ella respondió relajando las facciones de su rostro y bajando la mirada como si estuviera dejando su espada en el suelo—, comamos en paz.

Ella obedeció con cierta docilidad, aún así Altaïr no volvió a dirigirle la palabra a alguien más, esa mujer atrapaba al Líder por completo y eso a Malik le desagradaba totalmente.

•••

Se cruzó de brazos determinado a hablar con el Maestro, no importaba qué ni cómo. Altaïr suspiró antes de acomodarse en su silla, tenía pocos días de haber regresado de su último viaje, así que aún tenía mucho papeleo por hacer, aunque era una actividad que le desagradaba por completo trataba de hacerlo lo mejor posible.

—He hablado con varias personas —comenzó Malik—, y esa mujer tuya…

—No es mi mujer —le interrumpió el Maestro con naturalidad, mientras colocaba la lista de las provisiones enviadas del este. Al ver el rostro estupefacto del Dai se adelantó a explicarle—: ella se pertenece a sí misma.

El antiguo dirigente de Jerusalén no necesito dar voz a sus pensamientos, porque la frase esto es el colmo de la estupidez se imprimió claramente en su rostro.

—¡Halima no quiere volver a verla, los fedayines no están contentos, pone nerviosa a la gente del pueblo y se atreve a pasearse con rompas inapropiadas delante de los asesinos!

—¿Lo dices por lo de la cruz o porque viste como hombre? —le preguntó Altaïr como si aquello no tuviera importancia.

—¡¿Cómo se atrevió? —profirió Malik poniendo su mano en el escritorio.

—Eso fue mi culpa, no me mires así y escúchame ¿quieres? —dejó sobre el escritorio los papeles sobre las ganancias de la venta de trigo en Hama—, fuimos atacados por beduinos, aunque tuve tiempo para tomar nuestras provisiones, no presté atención a sus cosas. Parte de su ropa iba a ahí.

—¿Y guardaba esas túnicas para recordar viejos tiempos? —Altaïr le miró con elocuencia.

—Ella pensó y yo estuve de acuerdo, que quizás nos servirían para adentrarnos en territorio enemigo. Es buena espiando a los templarios. Mira Halima debió advertir que no estaba enviando a Maria al jardín para que la hiciera una de las mujeres de ahí, pensé que después del largo viaje le gustaría un baño caliente, un lugar reconfortante para descansar, cosas frescas que comer, ella siempre se estaba quejando del clima tan árido, el jardín podría mostrarle que no todo es tan seco como en el valle. —Pese a que el Maestro parecían estar sinceramente arrepentido, eso lo le decía a Malik que ella, no estaba arrepentida de nada—. Tampoco tenía idea de que no le gustara usar vestidos… quiero decir, la vi una vez —sonrió mirando los libros—, pensé que… bueno ya no tiene caso.

—Los hombres, la gente del pueblo.

—No esperaba que la aceptaran de inmediato, pero tarde o temprano se acostumbraran. No voy a obligarla a ser quien no es —declaró Altaïr con seriedad—, escapó de su casa por esa razón, aquí no va a ser castigada por actuar diferente a las demás. Sólo porque es mujer no quiere decir que ella no puede tener libre albedrio.

Había conocido mujeres que con maridos, hijos y vestido que habían logrado grandes cosas, incluso las mujeres del jardín eran temibles, podían ser tan letales como cualquiera de los asesinos, pero la mujer de Altaïr, aunque él dijera lo contrario, quería además pisar suelo masculino. Ya podía augurar muchos dolores de cabeza.

—Tenemos, hermanas, Malik ¿por qué te parece tan extraña la idea?

Las mujeres de la orden de los asesinos, todo el mundo rumoreaba acerca de ellas, pero pocas veces eran vistas, inclusive en Alamut, apenas si se veía una mujer entre los fedayines cada varias décadas. La experiencia más cercana que ellos tuvieron, fue haber visto a uno de los escoltas del Maestro de Lamasar con unas facciones muy delicadas, aún se debatía si era una mujer o un joven afeminado, Al Mualim jamás disipó esa duda.

—Tú lo has dicho, a su tiempo, quizás será aceptada, por el momento, porque no la dejas…

—Malik —le interrumpió Altaïr—, Maria se va a quedar aquí —aseveró observándolo directamente a los ojos, su tono de voz no era rudo, pero estaba claro que no iba a cambiar de opinión.

—¿Por cuánto tiempo? —intentó encontrar otra alternativa.

El Maestro no contestó a la pregunta, pero el desaire que le hizo le dejó en claro al Dai que pretendía retenerla para siempre.

A veces las cosas no son tan sencillas como pensamos. Es verdad que los asesinos no se han tomado muy bien la llegada de Maria, pero quizás también ella tenga que ver con ello. Este capítulo debió ser uno de los primeros en salir, pero no había encontrado un momento adecuado, no obstante ahora lo hago, porque ayudan a esclarecer algunos detalles de los capítulos que vienen.

(1) En la sunnah (estilo de vida de Mahoma y que los musulmanes toman como ejemplo a seguir) se establece que la mujer debe depilarse las axilas y el vello púbico, en otros lugares es opcional, salvo por las cejas las cuales no deben ser depiladas por completo, hacerlo se considera haram, es decir está prohibido.

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