El mundo de no-hombres (1 parte)
La primera vez que había sucedido no lo tomó en cuenta, en realidad, ni siquiera se hubiera enterado del asunto de no ser por la cara que puso Altaïr, una mezcla de sorpresa y espanto. El asunto se zanjó con algo siendo lanzando por la ventana, mientras Maria hacía preguntas que el otro se negó a responder, pero terminó por no darle importancia porque el asesino le aseguró que era un aspecto interno de la Hermandad y a ella nada le correspondía, a menos que quisiera unirse a la Orden, con lo cual la batalla se dio por finalizada.
En la segunda ocasión, Altaïr no se dio cuenta, fue en una de esas noches en las que se quedó en su estudio, leyendo algún libro sobre los griegos, así que cuando Maria preparó la cama para irse a dormir lo encontró. Cuando lo vio, pensó que debía tratarse de algún regalo para ella o alguna especie de broma de mal gusto, no encontró otra razón para encontrar la paloma del espíritu santo hecha galleta entre sus sábanas, fuese una cosa o la otra, lo dejó para el día siguiente y se la comió. Eso sí, sabía deliciosa.
Con las clases en la mañana, sus lecturas en la tarde, las clases con el erudito Talha para aprender árabe y demás actividades que tenía, se le olvidó el asunto. No obstante, volvió a suceder, entonces Altaïr volvió a poner esa cara que usa cuando no está seguro si lo siguiente que hará ella será gritarle o golpearle, en ese momento, supo que la galleta debía significar algo, pues no encontraba amenazador, hacia Altaïr, el hecho de que ella partiera la galleta a la mitad. Para calmar su desazón le dio de comer una de las mitades, el asesino de inmediato se relajó incluso rió como si se hubiera dando cuenta de una tontería.
Sabía que Altaïr no le diría el significado de la paloma, de haber querido desde el primer incidente se lo habría explicado, pero ella no quería quedarse con la duda, sin embargo ¿a quién podría pedírselo? No había entablado amistad con nadie desde su llegada a Masyaf, la única persona con la que hablaba era Abu Ali y no sabía que tan impropio sería preguntarle el significado, sobre todo porque en la comunidad aún hablaban sobre el incidente con Abbas. Los novicios estaban descartados porque eran peor que cotorras, cualquier cosa que les preguntara lo sabrían hasta los del pueblo en menos de lo que cambiaba la guardia de las almenas. Estaban los sirvientes, a los que podría interrogar, pero ellos no tenían por qué contestarle con la verdad, aunque no sería una mala opción, finalmente los únicos que tenían premiso para entrar en el cuarto del Maestro a ciertas horas, eran ellos. Maria estaba por darse por vencida cuando vio la solución a su problema.
El sol estaba por ocultarse ese día, los hombres se encontraban cerca del círculo de entrenamiento, en esta ocasión los asesinos en vez de enfrentarse con las espadas o las dagas, lo hacían con los arcos y las ballestas. Ra'uf se encontraba solo, de pie en la parte alta de la rampa, observando los enfrentamientos mientras tomaba su ración de agua con total tranquilidad. Desde que Altaïr la presentó a sus hermanos, integrándola en las mismas actividades que ellos, el hombre se había portado con suma amabilidad, además fue de los primeros en aceptarla como una digna contrincante, inclusive había llegado a dirigirle un par de frases afables, también estaba el hecho de que había sido el único que intervino cuando Abbas la insultó. En varias ocasiones, quiso hablar con él, pero por extraño que pareciera, pese a que era un asesino hecho y derecho el hombre era tímido, o ella lo amedrentaba de tal forma que se cohibía. Maria creía que tenía que ver con el hecho de que lo intimidaba con la mirada, ya Altaïr le había advertido en muchas ocasiones que las mujeres evitaban contacto visual con los hombres, no obstante, ella tenía unos ojos demasiado altivos, francos y por encima de todo retadores. Eso o como una vez le había comentado Abu Ali, aunque no eran musulmanes en toda la regla, sí mantenían ciertas costumbres y en el Islam las mujeres solo podían hablar con los hombres de su familia o amigos muy íntimos de la familia, con lo cual los asesinos no estaban acostumbrados a entablar conversaciones con las mujeres que desconocían, además ella era la mujer del Maestro. Fuera lo que fuese, no había logrado conversar con Ra'uf por circunstancias ajenas a ella, pero en ese momento podía intentar sonsacarle la verdad sobre la galleta del espíritu santo, si cometía alguna indiscreción sabía que el hombre no se lo contaría a nadie, pues eso la podría en una situación desfavorecedora.
Sonriendo para sí misma se acercó a él con cautela, algo complicado de hacer cuando se trataba con los maestros del espionaje. No obstante fingió caminar con naturalidad, como si no estuviera interesada en hablar con el hombre, al llegar hasta él pretendió interesarse por la contienda que sucedía abajo, ocho jóvenes se enfrentaban con el arco, hasta el momento sólo dos de ellos no habían dando en el centro en dos ocasiones, pero todavía quedaban varias rondas por tirar. Ra'uf asintió con la cabeza cuando el joven de turno dio en el centro en su cuarta ronda.
—Tira bien, pero parece que no sabe controlar la presión que el ambiente ejerce sobre él —dijo Maria colocándose a lado de Ra'uf.
El hombre se volvió hacia ella, el asombro en sus ojos fue evidente como si el que le dirigiera la palabra fuese un milagro. Después de voltear hacia ambos lados para verificar que efectivamente se dirigía a él y no a alguien más, le dijo de manera apresurada:
—LapazseacontigoSaida. —¿Por qué ese hombre se ponía tan nervioso con ella? No era como si de pronto se fuera a abalanzar sobre de él y comérselo. Ante la imagen mental, Maria se contuvo de sonreírle de esa manera maliciosa que le ponía los nervios de punta a Altaïr.
—Y contigo, Ra'uf —respondió con tranquilidad, manteniendo la mirada fija en el hombre.
Lo primero que notó de él, fue que no llevaba el cubrecuello, algo casi extraordinario en él, pues aunque el calor fuera intenso solía usarlo —algo que ella creía inaudito, en esos días, Maria aduras penas soportaba llevar alguna camisa ligera—. Entonces lo observó, tenía la piel tostada por el sol, de un tono muy similar al kebbe recién hecho, incluso sus facciones le recordaban la redondez del alimento, aunque el hombre no tenía nada de rechoncho, pero las curvas en su rostro suavizaban las marcas dejadas por la vida de la hermandad y lo hacían lucir mucho más joven de lo que quizás era. Su faz combinaba muy bien con sus ojos negros que brillaban cual obsidiana al sol. Le gustaba, su rostro afable le hacía confiar en él. Ella le sonrió con sinceridad, incluso casi con efusividad. Lo siguiente que saltó a la vista fue ver lo tenso que estaba, sus hombros estaban tan rígidos, como si se estuviera a punto de enfrentar a un enemigo.
—¡Oh! Él tiene que practicar con sus nervios —continuó hablando, desviando la mirada hacia los jóvenes de abajo—. O tirar antes de que los ruidos exteriores le quiten la concentración.
—Sí, sí, —contestó el hombre girando en seco hacia la competición—, dejarse distraer es malo, por eso ellos aún no salen a realizar misiones —añadió de manera casi mecánica—, debido a ello Uthmar ha pedido esta práctica, para que se vayan acostumbrando a la presión de una situación real.
En una misión real, ellos deberían enfrentarse a más cosas que los gritos de sus compañeros y las miradas de los maestros. Claro que las misiones de los asesinos eran diferentes a lo que ella había vivido, mientras que ellos reptaban entre las sombras para acabar con un solo hombre, Maria había estado en batallas, en donde además de tener varios objetivos, se tenía que evadir los ataques del enemigo.
—Ya veo —dijo, si esos jóvenes estuvieran siendo preparados para batirse en la guerra, tendrían aún mucho que aprender.
—No suenas convencida, Saida.
—¿Conoces a los arqueros ingleses? —le preguntó la mujer.
El hombre se irguió, los arqueros ingleses eran famosos en Tierra Santa y mucho más allá de ella. Su presencia era temida entre los musulmanes, inclusive entre los asesinos. Esos hombres eran conocidos por su puntería letal y sus mortíferas flechas.
—Todos los conocemos, Saida.
Maria solo le sonrió de lado, a lo que el hombre tuvo que interpretar lo demás.
—Pero es diferente —añadió la inglesa—, ellos no tienen que aprender a trepar o espiar, algunos inclusive no saben cabalgar, se limitaban a proteger su lado del muro.
—Por favor no sea tan franca con Uthmar.
Maria rió.
—Ellos son solo aprendices, Ra'uf —terció la mujer, el hombre iba a protestar—, pero haré lo que me pides —comentó invadiendo su espacio personal, algo que incomodó aún más al hombre— este será un secreto entre tú y yo —susurró, guiñándole un ojo mientras sonreía de oreja a oreja. El hombre había puesto de inmediato distancia entre ellos, pero lo que más le había sorprendido a Maria y por lo que le seguía sonriendo de manera tan abierta, era porque el color se le había a galopado en las mejillas, dándole un toque rosado a su piel oscura. Ese hombre le agradaba cada día más. Maria estaba dispuesta a saber hasta dónde podía orillarlo—. ¡Oh, mira! El más joven es quien ha acertado en todos sus turnos —exclamó tratando de romper con la incomodidad del asesino, finalmente ella quería saber sobre la galleta, no si Ra'uf era un buen objetivo para sus bromas.
—Sí, sí —volvió a contestar de manera monosilábica y con cierto nerviosismo—. Él es bueno lanzando dagas también.
—Hablando de los más jóvenes, uno de los chicos me preguntó sobre una cuestión que no supe qué responderle —Ra'uf giró su cabeza con lentitud, como si tuviera miedo de lo que ella fuera a decirle.
—El Maestro, sabrá…
—Altaïr ha estado demasiado ocupado —le cortó tajantemente—. Además no creo que sea tan importante, es solo que… habló de una paloma y no sé porqué tanto alboroto por ello.
Ahora la miraba como si estuviera diciendo que las vacas volaran y las serpientes caminaran.
—¿Una paloma? —exclamó desconcertado— ¿recibió un mensaje de algún pariente?
—No, no, no… no de una paloma viva —se apresuró a corregir al ver las conjeturas que estaba sacando Ra'uf—. Me mostró una galleta en forma de paloma —le explicó, el hombre se llevó una mano a la barbilla y pareció meditar sobre el asunto, quizás él tampoco sabía—, creo que dijo que alguien la dejó sobre su cama… —¡Ah! Profirió el asesino—. ¿Ra'uf, tiene que ver con el hecho de ser cristianos?
—No ¿por qué habría de relacionarse con eso, Saida? —le preguntó desconcertado.
—Porque es una paloma —replicó Maria perpleja.
—¿No se identifican los cristianos con la cruz?
—Sí, en general, pero la paloma es la representación del espíritu santo.
—¡Ah! No lo sabía —exclamó con indiferencia, quizás esa era la razón por la que él no conocía el asunto de la galleta—. En todo caso… bueno, sí, pudiera ser una paloma —murmuró más para sí mismo que para ella con una mano sobre la barbilla—, Saida, ¿acaso lo que le mostraron fue una galleta de harina de trigo en forma de pájaro?
Sí, la galleta era de harina de trigo y su forma era la de un pájaro, no forzosamente tenía que ser una paloma, ella había asumido que era una paloma porque estaba acostumbrada a asociar la forma de un pájaro con las alas abiertas con la de la simbología cristiana.
—Sí, también pudiera ser un pájaro —musitó enojada consigo misma.
—Ya vaya. Ahora está claro por qué acudió a usted. —Maria le interrogó con la mirada, para ella no tenía sentido que Altaïr se pusiera frenético, ni que en el hipotético caso de que uno de sus alumnos le mostrara la galleta le pidiera un consejo a ella—. La galleta la hornean las mujeres del jardín para mostrar su interés por algunos de nuestros hermanos, Saida —Estupefacción era un adjetivo que poco alcanzaba a describir su situación, inclusive creía que había abierto la boca. Ni por todas las Veras Cruces del mundo, había imaginado que la dichosa palomita significara aquello—. Él debe estar contento, Saida —continuó el hombre— siempre es un honor que una dama se fije en nosotros. Guíelo para que complazca a la dama, Saida los hombres no comprendemos a las mujeres y cometemos tonterías. —¡Como si Maria fuera a darle consejos a Altaïr sobre eso!
—O créeme, Ra'uf, hablaré con él —dijo la mujer con un tono seco.
En ese momento pensó que los hombres no eran los únicos incómodos en Masyaf por su llegada. Ya podían ir ajustándose los velos las doncellas, porque Maria trataba a todos sus contrincantes de la misma manera: sin piedad.
La cuarta vez que volvió a aparecer, se hizo un silencio en el sitio, en esa ocasión Maria le arrebató la galleta de las manos al asesino, aventándola por algún recóndito lugar de la habitación. Él murmuró algo sobre que hablaría con Halima, no sabía por qué tenía que hablar con esa arpía, pero no se detuvo a preguntarle en ese momento, lo que hizo fue besarlo, con tal fuerza, con tal arrojo que lo tumbó en la cama, sus manos hicieron el resto mientras le arrancaban la ropa entre gemidos entrecortados. Lo acarició, lo arañó, lo besó, lo mordió hasta arrástralo a los límites de la locura en donde lo hundía y lo volvía a sacar a capricho. Que importaba si mañana todos preguntaban por las marcas en su cuerpo, le pertenecía aquí, ahora, hasta que se hartara, hasta que se cansara, hasta que ya no pudiera sostenerlo.
La noche se esfumó entre súplicas que se convertían en delectaciones, aprendiendo que las noches de Arabia podían ser tan calurosas como el día y cuando el sol salió por detrás de las montañas que rodeaban Masyaf, el Maestro no tuvo la fuerza para separarse del lecho. Fue la primera vez que Altaïr cambió un entrenamiento por placer. Después de eso, Maria pasó varias semanas comiéndose las uñas, demasiado preocupada para pensar sobre la mujer que andaba tras la galleta o de las nuevas atenciones que le daba Altaïr, sentía que el mundo se le derrumbaba cada día que su periodo no llegaba. Cuando el sangrado lunar le llegó, estaba tan feliz que casi lloró de alegría por los cólicos, ni siquiera le importaron los malos chistes de Altaïr sobre las mujeres y sus cambios de humor.
Al volver a ver la galleta, supo que no tenía caso molestar a Altaïr con ello, el asunto no estaba en sus manos. Recordó que entre las mujeres que seguían a los ejércitos de los cruzados, cuando una de ellas se metía en la tienda equivocada era probable que amaneciera con una nueva cicatriz, un dedo menos, inclusive con el cabello hasta las orejas, aunque las ideas sonaban tentadoras, esos eran ajuste de cuentas entre prostitutas. No quería saber el alboroto que se armaría si ella le dejaba algún recuerdo a una de las damas del jardín, además le tomaría mucho tiempo descubrir quién era la que se estaba queriendo pasarse de lista inclusive podría ser que fueran varias. No, se dijo a sí misma, debía hacer las cosas por la vía legal, así fue como se le ocurrió visitar a la endemoniada matrona del jardín.
Cuando entró al jardín los guardias de la puerta se miraron entre sí, como si no supieran qué hacer con ella. El jardín estaba vedado para los hombres que no pertenecían a la Orden o los que no tuvieran rango de aprendiz, la posición de ella era incierta, no estaba dentro de la Orden, pero no era un hombre, ella era una auténtica laguna en las leyes de los Asesinos.
El jardín era un lugar hermoso, eso no podía negarlo, tenía una vista espléndida del valle de Orontes, además de contar con fuentes cristalinas, pasto verde siempre cortado, flores multicolores que combinaban con los mosaicos de las paredes. Era un auténtico paraíso, no obstante se sentía tan fuera del lugar en ese sitio como cuando la obligaban a ir a los bailes de la sociedad. El sonido de la música llegaba a sus oídos invitándola a dejarse arrastrar por las complacencias del sitio. La risa indiscreta de las mujeres la devolvió a la realidad, ellas la observaban con los velos de chiffon en el cuello y bastones coloridos entre sus manos. Se acercó con aplomo, lo que causó que se apiñaran haciendo resonar las monedas de sus vestidos, si así se le podía llamar a las cosas que portaban, los trajes de las bailarinas de vientre eran famosos entre los hombres del occidente. Eran tan pequeños como llamativos, dejando al descubierto más piel de lo que cualquier mujer cristiana o musulmana querría. Maria recordaba lo incómodo que era andar con esas cosas, sentía que se le veía todo.
—Halima —se limitó a decirles, se miraron entre ellas como si no entendieran lo que les había dicho, iba a volver a abrir la boca cuando la que estaba al frente se decidió a señalarle un pasillo. Iba a darles las gracias pero los cuchicheos con miradas menospreciado su vestimenta, le hicieron negarles ese privilegio. Ella no lucía telas brillantes de seda o charmeuse, era cierto, pero ella no era una muñequita con la cual los hombres jugaban cuando les convenía.
Se adentró en el pasillo llamando la atención de las habitantes del lugar, pero al no encontrar a la que buscaba no les dedicaba más de unos segundos. No le costó localizarla, después de todo, la mujer estaba rodeada de muchachas que escuchaban su parloteo como si fuera algo sagrado. Desde que la conoció había sentido antipatía por ella, hablar con Halima le causaba tanta gracia a Maria como hablar con Abbas. La mujer entrada en años la miró con altivez, no la quería en sus territorios, la inglesa tampoco tenía ganas de estar en ese lugar, por donde sea que lo mirase a ella le parecía más a un prostíbulo de alta alcurnia que un jardín de descanso. No obstante, había cosas que debían hacerse.
—Necesito hablar contigo —fue directamente al grano sentándose en los almohadones delante de la matrona logrando que las ocupantes previas se alejaran de ella como si trajera la peste.
Halima alzó una ceja con incredulidad, a la guerrera no le estaba gustando en absoluto el ser menospreciada por esa hurraca.
—Soy la Hatun(1), niña. —Halima sería atún si seguía con esa actitud, ¡por Dios Bendito! Habían pasado muchos años desde que la llamaron niña por última vez—, trátame con mayor respeto —Primero trátame tú con respeto quiso replicar Maria. Sin embargo, se contentó con ver como con un simple gesto las jóvenes salían de la habitación, la última de ellas cerró la puerta. Para cuando Maria cruzara la puerta que dividía los territorios de las mujeres y de los asesinos, todas sabrían lo que había venido a decir, pero por el momento estaba bien, que le mostraran respeto.
—Sólo porque estoy tratando de hacer las cosas de buena manera —le dijo la más joven con dificultad, era obvio cuanto se estaba aguantando las ganas de ponerla en su lugar—, Halima, necesito hablar contigo —pronunció de manera suave aunque con firmeza.
—Estoy ocupada, ven mañana a verme, después la clase de danza… —Maria se puso de pie, lanzándole una mirada de advertencia.
—No voy a tolerarlo ni un día más —declaró la inglesa aventándole la galleta— o me escuchas ahora o te atienes a las consecuencias —el tono de voz, la posición agresiva del su cuerpo, los ojos penetrantes y el dedo índice señalando a la matrona, indicaban que la antigua templaria no estaba jugando—. Dile a tus pajaritos que no canten en la ventana equivocada o voy a quitarle sus plumas una por una.
La encargada observó la galleta con poco interés y a pesar de la amenaza de la mujer caballero, no dio muestras de haber sido intimidada.
—Las mujeres de aquí son libres de expresar sus sentimientos por nuestros hombres —tuvo la desfachatez de decirle con total tranquilidad, eso fue para Maria peor que una bofetada—, así que no veo ninguna inconveniencia en que alguien muestre interés por el Maestro —en ese momento recordó qué tan fría era el agua de las montañas de Escocia.
The nerve of that woman!
—Él no está solo —replicó Maria con ecuanimidad, aunque sentía como si algo estuviera jalando su estómago hacia abajo.
Halima bufó, se acomodó los anillos de la mano derecha con parsimonia.
—Los hombres nunca lo están —declaró indiferente a la situación—, un hombre puede estar con varias mujeres a la vez. —Los musulmanes y sus múltiples esposas, la simple idea escandalizaba a la menos cristiana de las mujeres del occidente—. Si el Maestro lo desea, puede tomar las mujeres que él quiera, es su privilegio. —Repulsivo, había tratado de aceptar la vida de los asesinos con total naturalidad, hasta el momento todo le había parecido fácil de aceptar, ella había crecido con costumbres diferente a ellos y existían diferencias, pero esto le parecía por completo aberrante. No porque los hombres tuvieran varias mujeres, aún incluso los cristianos que se daban aires de superioridad por sólo poseer una esposa, ellos tenían amantes, los musulmanes por lo menos en algunas ocasiones tenían la decencia de reconocerlas legalmente, además de mantenerlas. Pero rebajar a las mujeres a meros trofeos, le parecería obsceno. Es su privilegio, como si estuvieran hablando de más almohadones para su cama o de comida extra—. Vete acostumbrando a ello —le ordenó.
—Él ya habló contigo, Halima —dijo con tono oscuro, grave y rasposo, ese que usaba cuando hablaba con los templarios en su mando—. No va a tomar a nadie más. —Maria se lo había advertido hacía mucho tiempo, él podía ser el Rey de Roma, pero ella no compartía.
La mujer entrecerró sus ojos, Maria sabía que nunca pasaría el examen, no usaba ropa agradable a la vista, su cabello era un nido de nudos, no hacía resaltar sus ojos con khol, no cuidaba de su piel, no era el prospecto de mujer para un hombre de alto rango.
—No puedo impedir que las mujeres quieran mostrarle su interés al Maestro. —Zorra mal parida, podía hacerlo, una sola orden suya y esas damiselas mantendrían sus narices detrás de los velos.
Maria suspiró.
—Te lo advierto, Hatun, si tus pajaritos se meten en mí cuarto, yo vendré a cortarles las alas de una manera que me recordaran el resto de su vida —con eso último la inglesa salió del lugar de manera apresurada, derrumbando a un par de muchachas que traían golosinas en bandejas, no había sido su intención tirarlas, las jóvenes tenían la culpa por estar espiando detrás de la puerta y no calcular cuando se abriría, iba a ayudarlas, pero una vez más, ahí estaban los ojos inquisidores sobre su persona con sus murmullos entre velos. Su padre solía decir que mujeres juntas ni difuntas, esto, bajo la fachada de las cándidas compañeras de los guerreros, debía ser un nido de arpías a la espera de destazar a la que diera un paso en falso. Así que salió del sitio dejando a las mujeres agazapadas entre las columnas del paraíso.
Cuando Altaïr se enteró de su visita a los jardines, lo primero que hizo fue correr hacia ella.
—Ya había hablado con Halima, Maria, desde que apareció por primera vez —se defendió el hombre con premura. A veces se preguntaba cómo era que tenía nervios de acero para infiltrarse en territorio hostil y matar a hombre que tenía mayor seguridad en una fortaleza, pero temblaba ante la idea de hacerla enojar.
—Lo sé —le contestó sentándose cerca del final de la tarima del extremo izquierdo en donde los hombres ejecutaban sus saltos dementes—, no dudé de ti, Altaïr —le aseguró. Las alturas no le desagradaban, pero ella prefería tener los pies en un suelo que sintiera seguro. La última vez que habían ido los dos juntos, el gracioso pretendió hacerla dar un salto de fe, ahora no quería darle la oportunidad de intentarlo—. Pero no todas las cosas están a tu alcance. —Él frunció el seño como si no entendiera lo que ella había querido decirle—. Estas son… mmm… cosas de mujeres —añadió pasando sus dedos sobre su frente para que dejara de arrugarla.
El asesino asintió con la cabeza, atrapando la mano de Maria entre las suyas.
—He escuchado decir que es mejor no interponerse en esas cosas —recitó como si estuviera leyendo uno de los diez mandamientos.
Maria no pudo evitar sonreír, Altaïr podría parlotear sobre las ideas de diversos filósofos de la antigüedad, pero si se trataba sobre cosas de mujeres el hombre prefería hacerse el loco, como todos los de su especie.
—Aunque… ¿qué es hatun? Halima dijo que ella era la hatun y debía respetarla, pero no sé qué es eso —le preguntó recostándose sobre las piernas del Maestro.
—Significa gran dama, es el título que se le da a la mujer que gobierna en el harim —le explicó con tranquilidad mientras se acomodaba a Maria.
—Creí que los asesinos tenían un jardín, no un harén —exclamó la inglesa incorporándose un poco y frunciendo el ceño con evidente molestia.
—Lo llamamos jardín por obvias razones —le dijo elocuentemente— pero es un harim, no me pongas esa cara, el harim, es como se le llama al lugar en donde residen las mujeres de una casa, en este caso de la fortaleza.
—¿No es de uso exclusivo del sultán?
—No ¡ah, Maria! No te creas las tonterías que dicen los francos sobre eso —le pidió imaginando lo que ella había pensando con la idea. Docenas de mujeres desnudas listas para darle placer al sultán, conocía las hilarantes historias de la gente del occidente sobre los harenes—. En cada casa musulmana encontrarás un harim, que es en donde viven las mujeres: esposas, hermanas, madres, familiares femeninos que no tienen a dónde ir, niñas, inclusive viven niños o jóvenes, hasta que sean lo suficientemente mayores para salir a la sociedad, las esclavas… En cualquier caso, Halima sólo estaba diciendo que ella tenía el control del jardín —aclaró el asesino poniendo sus manos sobre los hombros de Maria, con lo cual se volvió a recostar sobre de él.
—Pensé que eras tú.
—Sí, en cierta forma —murmuró meditando sobre el asunto—, lo cierto, Maria, es que el harim es territorio de las mujeres. —Ella alzó una ceja mientras se cruzaba de brazos—. Tú entiendes mejor que yo esto. —Al menos podía hacerse a la idea, Altaïr podía decir cuánto se gastaba en seda, pero quién la recibía y para qué, era una batalla interna.
—Así que ella es la que gobierna el harim —se reafirmó a sí misma—. ¿Cómo fue eso?
—Uhm, porque Al-Mualim no tenía madre o esposa cuando llegó a Hujja(2).
—¡Ja! Así que los hombres son los que deciden.
—Maria, es raro que un Maestro Asesino ascienda a Hujja con una madre o una esposa —le aclaró el hombre de inmediato—. Así que quienes realmente aspiran a ese puesto son las mujeres que deciden tomar algún puesto administrativo, lo demás te lo puedes imaginar. —Una pelea por el poder entre infusiones y bailes, las mujeres no eran tan distintas de los hombres en ese aspecto.
—Pero si llegan con una esposa, ella gobierna.
—En términos generales, sí —concedió el Maestro—, por lo regular eso significa que esa mujer además de beneficios materiales, puede darle órdenes a las demás mujeres, pero solo se hará cargo del harim si sabe administrar, lo cual sucede raras veces.
—La esposa se dedica a tener hijos —declaró Maria, a lo que Altaïr asintió. En Inglaterra sucedía más o menos lo mismo, a las mujeres de cierta posición se les enseñaba a mandar sobre sus sirvientes, pero raras veces estas ejercían control sobre la administración de su casa, no siempre era porque se les prohibiera el acceso a la educación, sino porque como mujeres acomodadas creían que el esposo siempre las proveería.
—Mientras más alto sea el rango de su esposo, más comodidades tienen, supongo que no son necesarios los cargos administrativos en ese caso. —Los dedos de Altaïr siempre encontraban la forma de enredarse en su cabello, esa era la razón por la que solía tener nudos.
—Es una empresa arriesgada —meditó la inglesa—, aún en el caso de que te conviertas en la esposa del Maestro, nadie puede asegurar que ese puesto dure toda la vida —le explicó al ver su desconcierto—, en cambio tener un puesto administrativo, te asegura que con o sin esposo, tienes una posición favorecedora. Además, la belleza no es algo que dure por siempre, la inteligencia, eso aumenta con los años. —Si Altaïr seguía acariciándole la cabeza, ella se iba a dormir.
—Tú sobrevivirías por ti misma —le halagó, aunque Maria detectó tristeza en sus palabras ¿era tan malo ser independiente? No, ella no creía que él pensara eso, a Altaïr le había agradado eso de ella.
—¡Oye! Que sucede si los asesinos no tienen esposa pero una mujer que hace lo mismo, sólo que sin el título —En otras palabras, Maria estaba hablando de una concubina—. ¿Tienen los mismos derechos?
—Bueno, sino hay esposas que se nieguen a recibir lo mismo que ella, sí.
La inglesa se levantó de sus piernas, tenía el cabello desordenado, parecía como si le hubiera crecido un chipote de lado derecho.
—¿Por qué yo no he recibido dinero? —preguntó perpleja. Altaïr parpadeó varias veces, no estaba muy seguro si ella lo preguntaba en serio o sólo lo hacía de broma—. El Maestro está conmigo. —Era fácil para ella decir que él estaba con ella, pero nunca a la inversa.
—¡¿Te preocupa el dinero, Maria? —prorrumpió estupefacto. No era la primera vez que hacía referencia a ello, pero siempre había pensando que solo era uno más de sus extraños juegos.
—Claro —respondió con total franqueza—, se necesita para sobrevivir. Que tal que necesito una túnica nueva o una espada o un caballo, bueno me debes un caballo porque perdí el mío por tú culpa.
—No hemos encontrado caballos que cumplan con tus exigencias —Por mucho que Altaïr detestara a Tonnerre, sabía que esa endemoniada bestia había sido un excelente caballo de guerra además de que debió valerle una buena suma, e independientemente de las quejas de Malik, ella había perdido a su caballo en el ataque de los templarios defendiendo a los fedayines. Por otro lado Maria sabía de caballos como sabía de espadas, y no iba a aceptar cualquier cosa—. Y si necesitas algo, yo puedo proporcionártelo.
La vio poner los ojos en blanco, cosa que lo hizo enfurecer aún más.
—No te comportes como el gallo del gallinero —Eso había herido al hombre, ya podía verlo haciendo mohines tras la capucha como niño de tres años en pleno berrinche—. Altaïr, ya me proporcionas comida, un lugar en donde dormir y seguridad, no creo que sea demasiado pedir que me dejes hacerme cargo de otros gastos que quiera hacer.
—Pero puedo hacerlo, quiero hacerlo —farfulló poniéndose de pie. Él solo se estaba dejando desangrar por la herida. ¿Cuántas mujeres quisieran escuchar que por fin todas sus carencias económicas serían resueltas? Pero Maria, siempre quería lo que no podía tener. Se levantó esperando que pudiera espantar todos los fantasmas de las inseguridades que Altaïr tenía en la cabeza y no poner más sal en la herida.
—Lo sé, y te lo agradezco. —Maria agarró las manos del Maestro—. Ya sé que quieres hacer muchas cosas por mí, cosas que nunca nadie quiso hacer y eso es… no tengo palabras para describirlo. —Él pareció tranquilizarse—. Suena fantástico cuando lo dices, pero si haces cosas por mí ¿dónde quedo yo? —Sonaba demente, como uno más de sus líos lingüísticos que daban dolor de cabeza, sí hacía cosas por ella es porque sólo se debía a ella ¿qué había de malo con eso?—. No hagas cosas por mí, Altaïr, nunca. —¿Qué podía ofrecerle a esta mujer? Altaïr a veces tenía la sensación de que si le ofrecía el paraíso ella lo rechazaría como quien desprecia un leproso—. Quiero que hagas cosas conmigo.
Si encontraba las diferencias entre una y otra frase a Maria no se lo dijo, se limitó a abrazarla antes de exhalar un suspiro, probablemente no entendía el contraste, pero al menos lo intentaría.
—Eso también significa que tengo poder sobre Halima ¿no? —le preguntó la mujer como si acabara de encontrar el mana.
—Si vivieras en el jardín, sí. —La sonrisa en sus labios le indicó que estaba imaginándola con esos ropajes diminutos de colores vívidos, adornada con joyas y demás faramallas—. Maria, no hagas nada… de forma apresurada —le pidió.
Era una manera delicada de pedirle que pensara en las consecuencias antes de actuar. Maria no tenía intenciones de ejercer su poder en el jardín, empero, poder bajarle los humos a la matrona regañona era algo que no iba a desperdiciar.
—¿Sabes de qué otra forma puedes aumentar tus ganancias? —le cuestionó Altaïr con una sonrisa en sus labios. La inglesa se encogió de hombros—. Se les da más dinero a las mujeres cuando tienen hijos de los asesinos.
Maria río secamente.
—Eso no es una ganancia, es lo mínimo que puedes hacer por las que paren a los engendros —aseveró la mujer—, y esa es una mala inversión —agregó, a lo que el hombre frunció el ceño—. Porque tienes que compartir el dinero.
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Mi ausencia en este ocasión se debió a múltiples catástrofes técnicas como personales, estos primeros meses del año han sido terrible, pero ¡hey! Aquí seguimos ¿no? Bueno, espero que hayan disfrutado de la primera parte del relato, antes de que acabe mayo subiré la segunda. Yeap, la primera vez en la que escribo demasiado para ponerlo en un solo capítulo. Créanme este es laaargo.
Sobre las galletas, es algo que me inventé por completo, pero creo debía existir alguna forma en la que las mujeres llamaran la atención de los asesinos de manera más personal y no tan obvia, que bailar, cantar o tocar algún instrumento en el jardín, donde no hay privacidad. También porque la función de las mujeres en el jardín no es muy clara en AC, no obstante, lo poco que dejan ver Al-Mualim y Altaïr, es que no son prostitutas, pero debía de elegir de ahí a sus mujeres, al menos la mayoría debería hacerlo o no tendría sentido tenerlas ahí, por ende, debe existir una especie de cortejo. Entregar la galleta es más similar a que un joven le regale una flor a una chica, es decir, no es una invitación abiertamente sexual. Claro que quizás en el relato no se note ese matiz porque lo estamos viendo desde el punto de vista de Maria, quien desconoce por completo la tradición.
(1) Elegí Hatún, aunque este es persa, sobre otras maneras de denominar a la regente del Harim porque es más corto. En este aspecto, lo que relata Altaïr, no me lo inventé, hay muchos libros que disertan sobre lo que el occidente entiende por harén y lo que la gente del medio oriente entiende por ellos.
(2)Hujja, de acuerdo a Peter Berling, pese a que originalmente se entiende como la prueba, en el contexto de los asesinos se refiere a líder de la secta, se podría decir que es otra manera de llamar a Al-Mualim, que en árabe significa Maestro. Recurrí a este epíteto porque Al-Mualim es el rango no el nombre de la persona. Y no me pareció correcto que Altaïr se refiriera a él como Rashid ad-Din Sinan/Viejo de la Montaña porque este es un nombre dado por gente externa a la secta.
Comentarios y aclaraciones, ya saben en donde van.
