El mundo de no-hombre (2 parte)

Lo había hecho bien, no había querido saltarse la autoridad de nadie, no había querido tener problemas con nadie, pero a veces parecía tan difícil. Maria suspiró, cuando decidió ir a Masyaf sabía que no la iban a recibir con los brazos abiertos, era una extranjera. Altaïr podría crearle un mundo maravilloso con sus palabras, pero ella sabía lo que era llegar a un lugar en donde los demás no tienen nada en común contigo. Había venido a Arabia a conquistar, a robar, a saquear, era una invasora, era el enemigo. Los dos habían pensando en los problemas que podrían surgir por su pasado como templaria, porque no haría lo que una mujer debería hacer, no obstante, Maria nunca había pensando en que alguien más intentaría quitarle a Altaïr. Si bien él no era un esperpento, tampoco era un dios griego. En sus viajes no recordaba que las mujeres se fijaran en él, se podía deber a que Altaïr evitaba que la gente lo observara, era difícil ver su rostro cuando tenía la capucha puesta, inclusive solo pudo apreciar los detalles de su faz tras los eventos de Chipre, antes de eso, solo recordaba esa especie de gesto entre la sonrisa y la ironía cada vez que ella intentaba en vano, pinchar su orgullo diciendo que sus planes no eran suficientemente buenos para atravesar las defensas de los templarios. O tal vez se debía a que Maria tampoco ponía atención a las demás mujeres. No, jamás pensó en eso, claro que tampoco había pensando en las ventajas de ser la esposa del Maestro de los asesinos. Ninguno de los dos se había visto interesado en esos pormenores. Altaïr tenía en sus manos un artefacto poderoso, los dos gastaban todas sus energías en estudiar, detener a los templarios y de paso salvar al mundo, para ponerse a pensar en eso.

Aún así, la situación ahí estaba. Primero había sido una galleta y pese a todas las advertencias que se habían hecho, ahora con la galleta venía uno de los adornos que se ponían las bailarinas en el cabello. No, ya no podía dejarlo pasar. Encontrar a la mujer dentro del jardín sería lo mismo que buscar a un asesino en una ciudad, así que haría lo mismo que los asesino con sus enemigos.

No le mencionó a Altaïr el asunto, probablemente el hombre quisiera optar por la vía de la paz, pero ya las mujeres habían tenido cuatro ocasiones para dejar su juego, no había funcionado la advertencia verbal, incluso había empeorado. Además si lo ponía sobre aviso quizás le negara la entrada al jardín. Así que recogió los regalos y actuó de manera cotidiana, el día de mañana se saltaría el entrenamiento de los hombres en el círculo al atardecer, ya lo había hecho algunas veces, por lo tanto no levantaría sospechas su desaparición, por otro lado, era seguro que no habrían hombres en el jardín. Era el momento perfecto.

Se había preparado para la ocasión, hasta se había arreglado el cabello, aunque aún tenía sus dudas sobre si llevarlo como si acabara de revolcarse en el suelo las intimidaría más, ese tipo de peinados aseguraba la impresión de ser salvaje, pero no sabía si eso solo las alentaría a iniciar una coquetería con el Maestro usando sus mejores ropas o maquillaje. Al menos se había asegurado de armarse lo mejor posible, eso impresionaba hasta los hombres y estas damas aunque vivían con los asesinos, lo más cerca que estaban de las armas era cuando veían las competiciones de Masyaf. Se acomodó la capa, dentro del castillo las armas no estaban permitidas, entrar al jardín con ellas tampoco lo estaba, pero los guardianes no iban a buscarle entre las ropas, la sola idea de ponerle un dedo a la mujer del Maestro ya era demasiado escandalosa para ellos. Tenía un plan para que le permitieran pasar la espada, esperaba que funcionara si no la dejaría sin protestar.

Bajó a la entrada, los guardianes del jardín la escudriñaban con la mirada detrás de los yelmos, nunca decían nada y tampoco le hacían ningún gesto, pero siempre la observaban. Ella le sonrió con afabilidad casi con ternura.

—Me preguntaba —les habló— si creían posible dejarme pasar a afilar mi espada en el jardín, el atardecer se ve increíble desde el jardín y no querría perdérmelo, pero necesito hacerlo —ningún movimiento por parte de los guardianes ni siquiera un parpadeó— o ¿debería decirle a Altaïr que me creen demasiado peligrosa para las demás mujeres? —inquirió poniendo el gesto más inocente que tenía. Podía ver sus mentes trabajando en las implicaciones de su frase, estaba prohibida la entrada de armas en el jardín, pero insultar a la mujer de un superior nunca era inteligente. Así que le dejaron pasar, aunque la duda se veía en sus miradas. Maria caminó con serenidad, mientras más lento se camine, menos sospechas levantarás, eso lo había aprendido de Altaïr. Cuando vio que los hombres volvían a posar su mirada hacia el interior del castillo, la inglesa se dirigió a los recintos en donde las mujeres vivían.

Todas parecían estar apresuradas, arreglando los salones para recibir a los hombres después del entrenamiento. Maria se colocó la espada en el cinto y se retiró la capa, era momento de que empezara la diversión. Se irguió en toda su arrogancia, levantando el rostro como su padre le había enseñado a hacer. Nunca los mires a los ojos Maria, porque ellos no están a tú nivel. Cada paso que daba lo dejaba sonar, clavando el tacón firmemente haciendo vibrar el suelo ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum! Resonaba en los recintos del jardín. Siempre hazles saber que tú puedes disponer de sus vidas a tu capricho. Ella nunca dio un paso hacia atrás o hacia un lado, eran ellas las que se movían, atemorizadas por su vestimenta, por su postura de guerra, por su arrogancia, porque toda ella gritaba que te hicieras a un lado sino querías ser aplastada.

Irrumpió en el recinto que congregaba a la mayoría de las mujeres, esta vez incluso las mayores se encontraban ahí. Algunas platicando entre los mullidos cojines, riendo mientras comían o bebían con indulgencia, otras se encontraban de pie chismorreando, arreglándose para recibir a sus amantes, o simplemente paseándose por el lugar, unas cuantas bailaban al ritmo del derbake. De inmediato se hizo un silencio sepulcral, ninguna le impidió el paso hasta el centro del lugar, incluso las que estaban alrededor se alejaron del sitio, colocándose a una distancia prudente o al menos era lo que ellas pensaban.

Halima salió de inmediato de entre de las mujeres que se escudaban tras sus compañeras o sus velos.

—¡¿Pero quién… ? —bramó sin temor alguno.

—¡Silencio! —hizo estallar su voz como si de un látigo se tratase. No pidas permiso u opinión, al hablar, sólo ordena la sumisión absoluta, a la primera y sin errores. La matrona entrecerró los ojos antes de abrir los labios—. El Maestro está conmigo —le recordó con arrogancia al mirarle a los ojos, haciéndole saber que sabía lo que eso implicaba. Aún quedaba un poco de valor en la mujer mayor pues hizo el amago de dar un paso hacia adelante—. Yo ordeno, tú obedeces —clamó por verdad absoluta, esa simple frase le caló muy en lo profundo a la administradora del jardín quien sin hacer caso a la bravuconería de la extranjera, se plantó con los dos pies delante de todas las mujeres que se escudaban tras de ella, como si la campeona de un torneo se tratara—. O te haré obedecer. —Su rostro mostraba que sabía a la perfección lo que estaba diciendo, era la promesa de hacer su vida un infierno ante la más mínima falta. Esta vez Halima ni siquiera se atrevió a respirar ruidosamente.

Ese es tu privilegio y tu poder, Maria.

No necesitaba mirar a su alrededor para saber que tenía la atención de todas, a través de las vestimentas coloridas y los ojos rodeados de negro, intentó descifrar quién era. ¿Acaso una joven moza que apenas llegaba a la pubertad? ¿Sería esa de caderas anchas y pechos abundantes? ¿La rubia de cabello lacio como la cascada de Measach? O quizás sea una mujer mayor, una cuya experiencia en el arte del amor la hiciera la más deseable entre las exóticas bellezas del paraíso ¿Tenía los ojos negros como la Kaaba, azules cual lapislázuli egipcio, castaños como al piel de la gente del desierto? ¿Quién era?

Maria sacó la galleta de entre sus ropas, luego con suma lentitud para que la mayoría pudiera ver lo que sucedía la dejó sobre el plato central de la mesa.

—La siguiente que quiera mostrar sus sentimientos al Maestro, deberá tener esto en cuenta —con un movimiento rápido, sencillo y elegante, clavó la daga en el centro de la galleta, ensartándola al plato de madera, provocando que las mujeres gritaran o chillaran— así es como resuelvo los problemas.

No tenía nada más que decirles así que salió del lugar sin ningún problema, apenas dio media vuelta y las damas le abrieron el paso como si Maria fuera Moisés en el mar. Salió con la misma energía con la que entró e inclusive con un poco más. Se sentía como una chiquilla a la que acababa de salirle la travesura mucho mejor de lo que esperaba. Y quizás así fuera porque al salir de la habitación pudo ver a todas esas mujeres temblando tras los vestidos de seda. A ver si aprendían a mantener sus encantos detrás de sus faldas y velos, ya que tanto les gustaban.

Se volvió a cubrir con la capa antes de pasar por los guardias, quienes la observaron con cautela una vez más.

—¿Es normal que las mujeres griten? —les preguntó poniendo la cara más ingenua que tenía, colocando una de sus manos sobre los labios. Ellos no respondieron y Maria no esperaba que lo hicieran, pero se observaron mutuamente—. Qué extraño —exclamó con soltura antes de subir por las escaleras.

No tenía idea de si las mujeres se quedarían en el recinto y harían correr el chisme justo cuando los hombres fueran a visitarlas o si la matrona reuniría el valor suficiente para ir a encarar a Altaïr mientras estaba rodeado de los asesinos. En cualquier caso tendría que deshacerse de inmediato de su atuendo, cuando la bomba explotara las cosas se iban a poner tensas, por experiencia propia sabía que era mejor no estar presente. No importaba como lo dijera, romper un par de reglas de la hermandad, además de aterrorizar a las mujeres, no era algo que sonara lindo bajo ningún tono de voz. Desde luego los hombres no estaban capacitados para entender porqué tuvo que hacerlo, y personas como Abbas o Sinan estarían encantados de humillara públicamente. No, tendría que agarrar a Altaïr solo para terciar el asunto, sabía que no iba a salir indemne de esta, pero era necesario para marcar el territorio.

«•»

El desarrollo de la contienda había sido excelente, los dos jóvenes del rango de veteranos estaban dando un espectáculo ejemplar, las estocadas eran fuertes pero precisas, sus movimientos veloces apenas si podían ser seguidos por los ojos más entrenados para ello. Aún les faltaba pulir algunos movimientos, sobre todo en cuanto a no dejar espacios en donde el enemigo pudiera dañarles, pero no existían muchos errores. Ra'uf le estaba mencionando algunos de los fallos que estaba encontrando, sin duda su ojo crítico detectaba más de lo Altaïr o Malik veían en la pelea. Los gritos de los hombres animando a sus hermanos se escuchaban desde todas las direcciones, esa fue la razón por la que la mayoría no prestó atención a las mujeres que bajan por la rampa, hasta que los gritos de Halima para abrirse paso, rebasaron a los que daban los hombres. Al verla en el círculo de entrenamiento franqueada por los dos eunucos gigantes que eran sus guardias, junto con las otras mujeres de velos, tuvo el súbito impulso de buscar a Maria entre la marea de hombres. Desde luego no la encontró, en ese momento una sensación desagradable ascendió por sus piernas hasta enroscársele en la barriga. Sabía de ante mano que aquello iba a acabar muy mal.

—Guarda silencio, Bakr —le ordenó Malik. Las mujeres no salían del harim, salvo en casos especiales, eso era de sentido común, pero ellas no sólo estaban saliendo del lugar que les correspondía, sino que además estaban irrumpiendo de manera abrupta en un sitio casi sagrado para los asesinos como era el círculo de entrenamiento en donde se probaba la valía de los hombres. Encima, tenían el descaro de apartar a aquellos que se interpusieran en su camino para plantarle cara de buenas a primeras al Maestro, semejante ofensa no se había visto en años. Así que desde luego, los hombres no pudieron quedarse callados, comenzando a lanzar frases para recordarle a la comitiva de damas cuál era su lugar.

Halima se detuvo frente Altaïr.

—As-Salamu Alaykumdijo con reverencia.

—Aleikum as salaam —le contestó el asesino—. No es un buen lugar para ustedes, Halima, —pudo ver la furia en los ojos de la mujer, algo que lo desconcertó la única que ponía esa cara era Maria cuando sentía que Altaïr le estaba diciendo que no podía hacer esto o aquello por ser mujer. No obstante a diferencia de la inglesa, la matrona no iba a interrumpirle hasta que terminara de hablar, no tenía el valor ni la desfachatez de esa mujer—, cualquier cosa que quisieras explicarme pudo esperar.

—Si usted deja a esa… salvaje —exclamó furibunda poniendo demasiado énfasis en la última palabra— suelta para que interrumpa nuestras labores. —Malik le lanzó una mirada colérica a Altaïr a manera de reclamo—. Pero sobre todo nuestra paz. No veo porqué no he de venir aquí.

Respiró con profundidad, si la inglesa había bajado al jardín por cuenta propia sólo podía ser por un solo motivo. El asunto de la estúpida galleta lo estaba hartando y Halima tenía gran parte de la culpa, si tan solo diera su brazo a torcer, entonces haría lo que debió haber hecho desde la primera vez que habló con ella sobre la situación; impedir que ese juego continuara. Pero la mujer, estaba empecinada en meter su cuchara en donde no la requerían. Todo el mundo sabía que al obtener el rango de Maestro se permitía tomar esposa, cuando uno se convertía en Asesino se convertía en deber tener descendencia, hasta entonces nadie lo había molestado porque, y en esa época todos estaban de acuerdo, era demasiado joven. Huelga decir que estar en un cargo administrativo era entrar en un mundo totalmente diferente al que uno estaba acostumbrado cuando toda su vida había lidiando con armas. Ahí los estándares de la sociedad se volvían casi una obligación a seguir. Por otro lado, las mujeres estaban demasiado intimidadas por la belleza sin igual de Adha, claro que hubo ocasiones en las que encontró las famosas galletas, que a los chicos les fascinaba, pero se limitaba a tirarlas o comerlas, dependiendo del hambre, finalmente rara vez ponía un pie en el jardín. Desde luego tuvo encuentros ocasionales, pero siempre se quedaron en eso, noches fortuitas de necesidad o urgencia según se viera, si alguna de ellas era la dueña de la galleta nunca lo supo, nunca lo preguntó y Adha nunca se enteró porque nunca entró al cuarto de él, no obstante aunque lo hubiera hecho lo más probable es que hiciera como la mayoría de las mujeres, hacerse de la vista gorda pues lo que hacía el marido no se cuestionaba, menos aún lo que hacía un asesino. Las mujeres sabían que pese a que no eran musulmanes en toda la regla, las viejas costumbres se conservaban, desde hacía siglos atrás los hombres tenían permitido tomar cuatro esposas como máximo, además de las esclavas que pudieran mantener. Maria tendría que estar ciega para no notarlo, muda para no protestar, manca y sin piernas para no actuar… aunque no estaba seguro, su intuición le decía que pesar de todo eso ella encontraría alguna manera de hacerse escuchar. Me importa un carajo lo que seas, yo no comparto. Habían sido sus palabras textuales, jamás había dudado de la veracidad de sus palabras.

—Maria —dijo con lentitud, provocando que la matrona le mirara con extrañeza—, su nombre es Maria, no es ninguna salvaje.

—¡Usted no la vio en el jardín! —bramó la mujer furibunda.

—Halima. —Estoy cansado de ese estúpido tema quiso decir, pero se contuvo—. Hablé contigo sobre las medidas que debías tomar, Maria habló contigo con tranquilidad, un gesto que pocas veces está dispuesta a dar. —Pregunta a cualquiera de los presentes, quiso añadir—. Pero no quisiste tomar en cuenta nuestras peticiones, tú también tienes la culpa de esto.

Eso le caló profundamente a la mujer, así como a las que llevaban los velos.

—Le dije…

—Tú puedes engañar a Maria con esa excusa —le cortó Altaïr—, o creer que ella toma por verdaderas tus palabras. Tú gobiernas el jardín —declaró con firmeza a lo que la mujer respondió alzando la cabeza—, si no quisiste hacer algo al respecto antes, no puedes culpar a nadie de eso. —Halima podía hacerlo, lo había estado haciendo desde mucho antes de que él fuera un novato, ella no había querido hacerlo, los dos sabían la verdad. La matrona no odiaba a Maria, podría no agradarle, pero sus sentimientos hacia la inglesa no iban más allá de eso. La antigua templaria no se interponía entre ella y sus obligaciones, ni siquiera tenía que lidiar con ella todo el tiempo, mujeres como Laleh, Aasiyah o Ra'eesah eran a las que en verdad odiaba. No obstante estaba empeñada en mantener la tradición. Los Maestros Asesinos deben tener hijos… el Maestro de la Orden con mayor razón.

—Aún así eso no le da derecho a ir al jardín a hacer lo que les plazca. Ahora tenemos a muchas mujeres al borde de las lágrimas.

Eso era una exageración, Maria podía intimidar a las personas, o intentarlo, pero no haría daño al inocente y la inglesa sabía que todas esas mujeres no podían hacerle frente. Además a ella no le interesaban todas las damas del jardín, solo aquellas que habían ido a dejar sus invitaciones en la cama, no tenía manera de saber quien o quienes habían sido. A veces ni siquiera los asesinos lo sabían.

Halima les dio una orden a las mujeres, una de ellas llevaba un platón de fruta en donde una galleta estaba clavada con una daga. Malik resopló ruidosamente.

—Eso no es… —comenzó a decir Ra'uf, pero se calló al instante.

Altaïr casi sonrió de lado, ya podía oír al dai regañándolo por haberle contado a Maria un par de historias sobre los asesinos. Era la tradición de la Orden, desde que Hassan bin al-Sabbah se estableciera en Alamut y proclamara lanueva da'wa(3), pasada de hujja a hujja para advertir a los enemigos de los assassiyun(4) sobre lo fácil que sería matarlos. Fue el arma lo suficientemente poderosa para obligar a Salah ad-Din a quitar sus ejércitos de las puertas de Masyaf. Una fría nostalgia lo sobrecogió… Maria había hecho su propia versión, esperaba que la mayoría lo tomara de manera tan calmada como Ra'uf y no le imputaran malicia alguna. Se habría dado cuenta esa mujer que muchos podrían interpretar su bravuconería como una mofa al credo. Porque lo que acaba de hacer se equiparaba a modificar a conveniencia la cruz o la luna.

—Ella irrumpió en el recinto ¡Armada hasta los dientes! —Eso no era posible, había guardias que impedirían el paso de cualquiera con tantas armas encima ni siquiera el Maestro podría entrar con una espada, pero estaba hablando la mejor embustera que había visto en su vida—. Para proclamar que usted le pertenecía —Eso tampoco lo diría Maria ni aunque su vida dependiera de ello—. Y que si alguien se le acercaba la mataría. —Eso podría ser en parte verdad.

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Altaïr a veces se preguntaba, pero sólo de vez en cuando, si el Maestro de la Orden no debía ser Malik. Por alguna extraña razón, siempre le regañaba el hombre por algo, incluso por lo que estaba fuera de su control, como el asunto de Maria y las demás mujeres. No recordaba una sola ocasión en la que la situación fuera a la inversa.

—No vas a dejarla ir sin un castigo, ¿verdad? —continuó su perorata.

—Ella rompió una regla de la Orden al entrar al recinto con armas —afirmó Altaïr, no obstante, Malik entrecerró los ojos. Eso no era lo que él esperaba.

El dai negó con la cabeza, colocó su mano sobre la esquina del escritorio del Maestro.

—¡No puedes dejar que crea que está por encima de la Orden! —protestó el hombre.

—Malik… Maria tomó el asunto con mayor tranquilidad de la que esperaba. —Era cierto, si alguien estuviera intentando seducir a Maria, Altaïr no tendría idea de cómo iba a reaccionar, pero algo le decía que de manera no muy agradable. Y aquí estaban las mujeres del jardín, tratando de colarse entre los dos. Intentar quitarle el amante a otro, no es un asunto sin importancia—. ¿Esperabas que no se tomara este asunto con seriedad?

—No tiene ningún derecho sobre ti —profirió el dai alzando la mano.

El Maestro le miró de soslayo.

—Por favor dime que no sentirías nada si alguien corteja a…

—Solo porque aparecieron un par… —le interrumpió Malik restándole importancia al asunto.

—Oh, solo vio un par, me deshice de las demás —replicó Altaïr—, pero había días en los que… pensé que se cansarían al no recibir respuesta. Ya había hablado con Halima al respecto, pero la mujer seguía insistiendo en que simplemente se aseguraba de que cumpliera con mi deber —comentó mientras colocaba algunas cartas abiertas de manera aleatoria sobre el escritorio, como si no supiera qué hacer con ellas—, también es culpa de Maria, si no le hubiera dicho a Halima que no quiere tener niños… bueno, ya no tiene remedio.

Así que una vez más el asunto volvía a recaer en las manos de esa mujer, Malik suspiró pesadamente.

—¿Y cómo piensas cumplir con tu deber a la hermandad y tu —absurda quiso añadir— relación?

Maria jamás había afirmado que nunca engendraría hijos. A Halima le había espetado eso porque la matrona había criticado su caderas no tienes caderas para ser madre, y la inglesa ofendida había respondido lo primero que se le vino a la mente. El quid del asunto residía en que ella no estaba segura de cuanto tiempo estaría en Masyaf, para una mujer como Maria, tener un romance era una cosa, pero los hijos eran otra, huelga decir que todo este asunto no le ayudaba a Maria a decidir quedarse para siempre. En cualquier caso él esperaba que con el tiempo, la mujer accediera.

—Eso es algo por lo que no deberías preocuparte.

—A los mayores no les gustó el espectáculo, Altaïr. —Jamás se había visto a las mujeres del jardín interrumpir un entrenamiento, tampoco se había visto que un asunto tan íntimo afectara la Orden—. Esas cosas no deberían afectarnos, son tonterías de mujeres.

—¿Si fuese un asunto entre hombres, es un ajuste de honor, pero si es entre mujeres es una idiotez? —inquirió el Maestro. Malik lo observó como si hubiera dicho alguna cosa extraña.

—En realidad tú apruebas lo que ella hizo ¿verdad? —soltó con enfado el hombre— ¿Cómo puedes…?

Aprobar no era la palabra apropiada, pero sí Altaïr estaba disfrutando de todo ello, no solo porque el sexo era magnífico, si antes era un deleite, ahora, apenas si podía mantenerse sobrio ante la mera idea. No obstante lo más significativo para él, era toda esa posesividad desbordada de Maria pues lo hacía sentirse… muy bien, no, aquellas dos palabras apenas si podían describir lo que le hacía sentir. Le gustaba, adoraba saber que Maria estaba dispuesta a hacer un sinfín de locuras con tal de tenerlo a su lado. Era una clara muestra de qué tan importante era Altaïr en su vida, y saber eso, constituía la gloria para el asesino.

—Malik, solo pienso que Maria tiene el derecho de defenderse, la forma en la que lo hizo no fue la más correcta, estoy de acuerdo en ello. Pero las mujeres siguieron insistiendo, nadie puede ignorar eso.

—Altaïr ¿Qué no acabas de comprender? No eres un asesino más, eres el líder, debes dar el ejemplo, sobretodo porque mataste a Al-Mualim por traicionarnos, por dejarse corromper por el poder, tú cambiaste las reglas porque sus reglas no eran las mejores y ahora pretendes que todos ignoren el hecho de que una antigua templaria rompe nuestras reglas. Esto no es bueno para ambos. Altaïr, la Orden está dividida, todavía hay gente que quiere remplazarte por alguien de mayor edad y experiencia. Este tipo de problemas, les da argumentos.

Hasta ese momento, Altaïr no lo había visto desde ese punto de vista.

—Será castigada, Malik —le aseguró. El susodicho suspiró con pesadumbre antes de salir del cuarto, se había hecho escuchar y eso era lo que le importaba, esperaría a ver como las cosas se desarrollaban, inclusive estaba preparándose para hablar con la mujer de ser necesario.

Altaïr observó los papeles alrededor de su escritorio, no tenía idea de qué hacían ahí, estaba seguro de que Maria o Malik le había dicho cual era el propósito de semejante orden pero no lograba recordarlo. Eran asuntos ya resueltos, de eso sí se acordaba pero ¿por qué los tenía ahí? Creía que se debía a que alguien le había dicho que no era bueno tirar los papeles enseguida. Demasiado papeleo para asuntos tan simples.

—Sería más fácil si simplemente hago yo el trabajo —exclamó con resignación la mujer. Altaïr dejó las hojas que había recogido. Después de horas de buscarla, la inglesa se aparecía de la nada como si solo hubiera dado un paseo. Era la única mujer en toda su vida que tenía semejante descaro.

—¿Dónde has estado? —le preguntó. Alzó la vista para confrontarla, no obstante se encontró divagando su mirada. Maria llevaba el cabello en su mayoría suelto, era un peinado que nunca antes le había visto, normalmente no se percataba de esos detalles, pero rara vez ella dejaba que su cabello cayera hasta su cintura y a él había aprendido a disfrutar de los escasos momentos en los que sucedía aquello. Se veía muy diferente, sus facciones se suavizaban, su piel se veía más pálida. Adoraba verla con el cabello suelto, y sus manos sentían la compulsión de enredarse en los bucles que se le hacían, justo ahora tenía uno que estaba sobre su hombro izquierdo.

—En la fortaleza —contestó encogiéndose de hombros. Dubitativa dio un paso hacia adelante, le observó con detenimiento antes de dar otro paso. Aunque aparentaba calma, Maria no sabía que reacción esperar de él, por eso ella no dejaba de mirarle a los ojos.

—Creaste una terrible conmoción.

Una traviesa sonrisa apareció en sus labios, así como sus orbes grises resplandecieron. Debía pensar en ello como si lo sucedido fuera la más graciosa de las bromas.

—Ah, reunieron el valor para chillar desde detrás de sus velos.

Altaïr le advirtió con la mirada que no fuera por ese lado.

—Las asustaste si ese era tu cometido —comentó con severidad—, pero también has incordiado a la hermandad, Maria, además de que has roto reglas. —Aquellas palabras no tuvieron ningún impacto en la mujer—. Ya lo sabías ¿no es así? Y no te importó. —No tenía miedo, sabía lo que él diría a continuación mas no le importaba. Había hecho lo correcto, había hecho lo que necesitó hacer, como el soldado que cumplía con su deber.

—Maestro —terció con una voz suave. Cualquier cosa que pudiera estar en la mente de Altaïr se desvaneció, ella nunca le había llamado con ese título, tampoco con ese tono tan suave entre la súplica y el delirio—. Vas a castigarme. —Su cabello negro cayó sobre sus manos, aunque sus ojos dorados no se despegaban de los grises, sintió el peso de ella encima de sus piernas, si extendía sus dedos tocaría sus muslos o si se atrevía… Respiró profundamente. Olía a piedra helada, a hierba fría, a nieve, a veces tenía ganas de preguntarle si así olía Inglaterra, o si su país también olía a fruta y a pan recién cocido, claro que le gustaba pensar que esas eran esencias del medio oriente, prueba de que ella pertenecía a este lugar como lo demostraba su vago olor a arena cálida, a aguas dulces, pero más importante a las sábanas que compartían.

—De… bo —contestó sosteniendo la palabra mucho más tiempo de lo que creía posible. La camisa que había elegido tenía el cuello redondo, podía ver con claridad como su piel se amoldaba a la clavícula, incluso el punto más bajo de la curvatura de la tela, le invitaba a seguir el recorrido en la oscuridad de ese camino que se abría entre sus pechos.

—Oh —exhaló la mujer. Su nariz estaba caliente, toda ella debía estarlo. Altaïr deseó enredarse en su candor. Cerró los ojos casi por instinto, esperando pacientemente cual asesino tomándose su tiempo para encontrar a su víctima en el momento más vulnerable. La nariz y los labios de la inglesa se estaban deslizando sobre su mejilla—. Debo advertirle, Maestro —le susurró haciendo vibrar su oreja y mucho más debajo de ella—. Soy una alumna. —Las manos de ella se posaron sobre sus hombros—. Muy —le besó la barbilla—, muy —ahora le besó cerca del pezón izquierdo—, muy —sus muslos se deslizaron sobre los de él, haciéndole refunfuñar porque no quería dejarla de sentir tan cerca; ella le besó a la altura del ombligo— indisciplinada. —El siguiente beso hizo gruñir a Altaïr arqueando la espalda, colocando sus manos en la cabeza de Maria.

La tomó de los hombros para obligarla a ponerse de pie, incorporándose en el acto de la silla. La besó colocando sus manos en ambos lados de su rostro. Encontraría la manera, sí, encontraría la manera de hacerle entrar en esa cabeza tan dura un par de reglas.

—Tú aprenderás —aseveró el asesino recostándola sobre el escritorio y tirando al momento cualquier cosa que se interpusiera en su camino. La inglesa le lanzó una de esas miradas retadoras que decía ya veremos quién tiene la razón. Y él no pudo resistir las ganas de pelear, le encantaba, adoraba enfrentarse, porque sí, porque le daba la gana, porque ella no le tenía miedo. No era como los demás, no lo levantaba en un pedestal, tampoco lo colocaba con los anormales. Lo hacía sentir como cualquier otro hombre de este mundo, eso era aterrador porque tenía miedo de perderla al no ser lo suficientemente bueno, después de todo Maria era una mujer que detestaba quedar atrapada en el estándar.

—¡Mis ojos! —exclamó Malik dando media vuelta—. ¡Oh, eres peor que un novato! Debería llamarte mustajib(5).

—¿Es necesario hablar, Malik? —preguntó Altaïr con cierta aprensión, era obvio que él estaba buscando una respuesta negativa. Maria no pudo contener su risa.

El dai resopló furibundo.

—Sinan quiere ser el encargado del castigo de tu mujer —bramó.

—Tengo un nombre, macho —replicó Maria de mala gana.

Malik se volvió indignado y luego se arrepintió tapándose los ojos con su mano.

—Puedes voltear, todo está… bueno, no exactamente en su lugar, pero esas cosas no se ven a través de la tela.

—¡No necesito detalles! —le reclamó el asesino—. ¿No te parece suficiente con lo que has hecho?

—Espantar a esas gallinas gordas. —El dai le lanzó una mirada de advertencia—. Ellas tienen derecho a saber con quién se están involucrando ¿no?

—No hiciste una obra de caridad —refutó el hombre entrecerrando los ojos—. Las palabras de Sinan están encontrando oídos en Abbas y sus amigos.

—¡Eso no les concierne! —replicó Altaïr—. No tienen el poder.

—Pero no confían en tu juicio sobre ella y no puedes culparles —aseveró Malik—. Faysal y Hashim están de acuerdo en que seamos nosotros quienes le impongamos la sanción.

—El Maestro va a perder la oportunidad de castigarme —ronroneó la mujer, enredando sus brazos alrededor del cuello del susodicho.

—¡Claro que no! —sentenció Altaïr y Malik estuvo a punto de interrumpirle, disgustar aún más a una parte de los asesinos no era sabio—, pero creo que está bien dejar que ellos te impongan un castigo, Maria —terció el asesino acariciándole la frente—. Tú y yo tenemos mucho tiempo para discutir. —El Dai deseó perforarse los oídos, él no necesitaba escuchar esas confesiones.

La inglesa retiró sus brazos.

—De cualquier forma planeaba hacer lo que quisieran —exclamó con indiferencia, era obvio que a ella el asunto no le parecía importante y que no estaba arrepentida.

—¿Todo? —preguntó Altaïr colocando su mano sobre el rostro.

Maria le sonrió socarronamente.

—Pueden romperte la pierna, pero nunca el alma. —Esa era ella, altiva incluso de rodillas. Ahí estaba, no importaba qué hicieran, ella no iba a cambiar de actitud.

—¿Cuál es tu propuesta, Malik? —le preguntó Altaïr y él no estaba interesado en hacerla cambiar.

—Que trabaje con las mujeres del jardín, los dais creen que si se comporta y viste como debería…

—Si les gustan tanto los vestidos ¡pónganselos ustedes! —Al menos eso sí la fastidiaría.

—Eso no puede ser tan malo —Sus ojos dorados la estaban vistiendo con seda, muselina o shantung

—Lo haré —insistió la mujer cruzándose de brazos—. Solo asegúrate de no lamentarlo después.

—¡Maria! —profirió Altaïr.

—No voy a tocar a nadie —le tranquilizó—, me comportaré como cualquier dama, después de todo, las infusiones se pueden servir de muchas maneras. —El Maestro buscó la respuesta en su amigo, pero éste tampoco sabía de lo que estaba hablando.

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Espero hayan disfrutado de la última parte de este relato. El siguiente capítulo no está muy bien definido sobre lo que abordará, pero un personaje recurrente deberá ser Abbas… porque el tipo me cae muy bien, aunque he descuidado al pobre de Robert y eso me preocupa, pero bah! Tendré que darme tiempo para los dos.

(3) da'wa: Originalmente se refiere a la invitación a los no musulmanas para convertirse al islam, en este contexto se refiere al mensaje de Hassan ibn Sabbah.

(4) assassiyun: Es la manera en la que los asesinos se referían a sí mismos. Hashshashin es la manera en la que sus enemigos los llamaban.

(5) mustajib: Así se le denominaba al aspirante que deseaba ser acogido en la Orden, un estado previo al noviciado.

Gracias a todos por sus comentarios, no estamos leyendo.