Las inocentes manos
Se tiró en la cama exhausta, el viaje había sido espantoso, horas bajo un sol incandescente con pocas provisiones de agua y comida, acompañada de un compañero tan inepto como hostil, además un caballo necio. Enterró su rostro en la almohada que apestaba a humedad almizclada con pestilentes perfumes baratos que intentaban ocultar la antigüedad del objeto.
—¡Vas a ensuciar la cama! —fue el quejido del hombre. Ella gruñó, a veces él parecía más delicado que cualquier otra dama de la corte. No entendía cual era la obsesión de los sarracenos con la limpieza. Estaba sucia, ¡sí! Tenían seis días andando por la arena, durmiendo en la arena, comiendo y hasta cagando en la arena ¡desde luego que estaba sucia! En casa nadie daría un pimiento por eso bajo dichas circunstancias ni siquiera al Rey Richard le importaría dormir a lado de alguien sudoroso, chamagoso, pegajoso, pero no, Maria, no estaba con alguien de su casa, sino con un árabe estúpido que se preocupaba por el aseo. Se moriría de un infarto al saber que a veces no se bañaba en semanas. Enfurruñada se arrastró fuera de la cama, dejándose caer en el suelo—. ¡Levántate! ¿Qué crees que pensarán si te ven así los sirvientes de la posada? —Le importaba pito lo que ellos pensaran, sin embargo el rostro constreñido de su acompañante le decía que no iba a admitir réplica.
Se levantó lentamente, fulminando al hombre con la mirada, haciéndole saber lo mucho que detestaba el que no la dejara en paz, como de costumbre él la observó con ese gesto indiferente que la irritaba tanto. Si tuviera fuerza en los brazos, le sonrojaría el florero en la cabeza o lo primero que tuviera cerca.
Los sirvientes entraron y de inmediato comenzaron a colocar los aditamentos para el baño en el cuarto. No había mucha diferencia entre los baños de aquí con los de Inglaterra, al menos en su estructura principal, no obstante los accesorios, junto con la tubería de la mediocre posada, era un lujo que aduras penas se podría dar el hombre rico en su país. A diferencia de lo que su compañero pensaba a Maria le gustaba bañarse sobre todo si el agua estaba caliente, solo que si le daban a elegir entre dormir después de un arduo viaje o bañarse, ella elegiría el primero.
Al salir los sirvientes los observaron de soslayo, ella ya estaba acostumbrada a ello, así que los ignoró, pero a él le incomodaba o quizás no estaba acostumbrado a que las personas lo miraran tan intensamente, no lo sabía con exactitud, pero su única defensa era atemorizarlos con esa cara espantosa que tenía capaz de alejar hasta los ratones. Sí, deben ser todo un espectáculo los dos.
Maria se sentó en el suelo en cuanto se cerró la puerta, aunque el otro le habló ella se cruzó de brazos, ya hizo suficiente con no quedarse acostada en el suelo cuando entraron los sirvientes. Él le gruñó un par de cosas, cuando se cansó de no recibir respuesta tomó su lado de la cama. Al escucharlo desabrochar sus botas se giró un poco más, casi hasta darle la espalda, era el acuerdo que tenían desde que habían comenzando a viajar juntos. Suspira. Era solo cuestión de lógica, un hombre y una mujer viajando juntos no pueden tomar habitaciones separadas, levantarían demasiadas sospechas. Ir bajo la fachada de ser marido y mujer ocultaba bien sus rastros de los templarios, encima era más barato. Dormir en la misma habitación no tenía nada de malo, además no era la primera vez que lo hacían ¿acaso no la había arrastrado de Acre a Chipre consigo? Nada impropio había sucedido en el trayecto, él era demasiado respetuoso en ese aspecto. Así que todo sería sencillo, porque eran dos adultos, serios, comprometidos, respetuosos… hasta que las cosas comenzaron a cambiar.
Maria no sabía exactamente cuando sucedió, quizás cuando él empezó a reírse de sus palabrotas, cuando encontró divertido su mal genio, cuando le mostró su visión del mundo, cuando le dijo que quería viajar a Este y ella sintió esa súbita emoción explotando en su pecho o cuando descubrió que esos dedos mortales también podían hacer cosas delicadas, como cubrirle el rostro con la capucha apropiadamente para que no la quemara el sol. Entonces, el cuerpo del otro ya no era un bulto a lado, sino algo de interés. Tampoco era totalmente su culpa, ¿cómo podía serlo? Quien mandaba al asesino a no notar que Maria se despertaba temprano, que las sábanas tenía hoyos por los cuales podía verlo vistiéndose o desvistiéndose, que su piel bronceada bajo la luz de sol o de las velas la animaban a deslizar sus dedos sobre de ella y cuando aún estaba mojada por el baño, deseaba secarlo con los labios.
Se giró por completo, eso era lo que se había convertido en un problema, sus pensamientos viajaban por lugares inapropiados. Ya era una mujer adulta, sabía lo que era el deseo, los caminos sinuosos que recorría. Se había prometido no volver a caer en esos senderos, eran magníficos por la noche, pero al llegar a la mañana el paisaje se volvía desolado. No había ninguna necesidad de arruinar su nueva vida, él la respetaba, la admiraba por su fuerza, su valor, su carácter, su manejo de la espada, en ningún momento había mencionado alguna otra característica. Sería por demás humillante hacerle saber que había confundido aquellos sentimientos. Además en casa debía tener miles de mujeres bellas, por todos era conocido que los asesinos no escatimaban gastos para comprar a doncellas que formaban el paraíso. Maria ni siquiera era linda a secas, ella era... un desastre de pies a cabeza.
Suspiró pesadamente encogiéndose sobre sí misma. Creía haber acabado con los hombres cuando dejó su matrimonio, pero ahí estaban poniéndose delante de ella con sus cuerpos bien formados adornados por lindas cicatrices, como esa que tenía justo en la cadera y bajaba hasta sabrá dónde pero cuando se había atrevido tocarla descendía hacia su redondo, duro y magnífico culo… Tenía que parar o tendría otra noche incómoda, cuando podría descansar en una cama limpia con sábanas frescas.
El sonido de la tela deslizándose sobre la piel la atrapó de nuevo ¿le gustaría que le retiraran el sash lentamente? Ella bien podría intentarlo, si se lo pidiera le quitaría la ropa interior sin las manos. Oh Maria, estás completamente perdida se lamentó apretando la mandíbula. ¿Qué la había llevado a aceptar su propuesta de viajar juntos? Estaba envuelta en una loca aventura.
Una aventura, a los quince años tienes una aventura, o a los dieciocho, pero Maria ya estaba demasiado vieja para eso, a su edad algunas mujeres ya eran abuelas. No debería estar fantaseando con un hombre más joven que tenía todo un harén para servirle.
—Te dije que te metieras a la bañera primero, pero me ignoraste, así que no te quejes ahora —bramó de pronto Altaïr.
—¿Qué?
—Estás bufando y murmurando para ti misma —le explicó el hombre.
¿Dijo algo en voz alta? Esperaba que no, porque no quería que se enterara de su frustración sexual, por dios, primero se decía que debía detenerse antes de continuar más allá de saber la extensión total de una cicatriz, ahora hablaba… ¿a quién engañaba? Tenía ganas de que se lo hiciera en el mismo suelo.
—Maria —volvió a llamar su atención.
—No me estoy quejando por eso —le contestó antes de volver a su ensimismamiento.
—El baño relaja los músculos, descansarás mejor de haberte aseado. Me lo agradecerás algún día —comentó el hombre con firmeza.
El orgasmo relaja el cuerpo, mejor que cualquier otra cosa en este mundo. ¿Él sería del tipo de amante que solo se preocupaban por sí mismo? Ella creía que no, prestaba mucha atención a Maria, a sus pensamientos, sus vivencias, sus acciones. La escuchaba como nadie antes lo había hecho, inclusive aprendía de ella sin sentirse avergonzado porque una mujer le aventajaba.
—Conozco mejores formas de relajarte.
El sonido de algo cayendo al agua se escuchó por la habitación.
—¿Cómo cual? —Tú y yo, rodando por la habitación hasta quedar exhaustos, le respondió mentalmente la mujer, antes de esconder su rostro entre los brazos. Si no dejaba de pensar en él iba a acabar mal. ¿Acaso no había aprendido la lección? Los hombres no respetan a las mujeres que se llevan a la cama, no quería ser tomada por una cualquiera, no con él, no con alguien que reconocía su destreza con la espada, valoraba su opinión, reconocía su educación—. ¿Te comió la lengua el ratón?
—No mereces saberlo —profirió Maria bruscamente.
El hombre rió como si la hubiera pillado diciendo alguna mentira.
—Pues si puede quitarme la incomodidad del hombro, tendré que hacer un esfuerzo —comentó.
—¿Te duele? —inquirió la inglesa olvidando su enojo así como su frustración, sonando preocupada por algo tan simple.
—No, pero me incomoda, sobre todo después de dormir recargado en esa roca —dijo el hombre moviendo sus manos sobre el agua. Malditos hombres y su puta hombría que no les permitía decir: sí me duele, como a cualquier otro mortal—, supongo que dormir en la arena no hubiese sido tan malo después de todo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —profirió la mujer. Ella estaba tan enojada con él que lo mandó al carajo cuando Altaïr le propuso hacer la primera guardia, después de todo había sido su culpa el haber salido apresuradamente del pueblo. Maria le había pedido que la dejara ir por los víveres sola, él llamaría la atención con su vestimenta en un lugar controlado por los templarios, pero él creía que sería mucho más estúpido dejarla ir sola podrían lastimarla. Fue así que le pillaron por el camino, se tuvo que enfrentar a varios y le habían lastimado el hombro, Maria no sabía con qué, pero le había visto masajearse la zona contantemente en los primeros días de su desenfrenada huída por el desierto. El muy cabeza dura no le permitió observarle ni tratarle, así que eso acrecentó su enojo. Al paso de los días se le olvidó. Con toda honestidad, cuando lo vio durmiendo en esa posición tan incómoda, pensó que lo tenía bien merecido por ser un auténtico besugo mientras la arrastraba por el desierto a una velocidad infernal.
—Por si no lo recuerdas, tú no querías hablar demasiado en aquellos días —comenzó a decir Altaïr. Maria suspiró, claro ahora la culpa era suya, estaba enojada con él por ser tan idiota para no permitirle tomar algunos riesgos, a veces quería gritarle ¡sé manejar la espada, no la aguja! Por no permitirle curarlo, por arrastrarla de un lado para otro sin decirle a dónde se dirigían o cuál era el siguiente movimiento. Sin embargo, no era tan desalmada para no ayudarle si sentía mal—. No pensé que te preocuparías. —La mujer cerró los ojos e ignoró las siguientes palabras, el hombre era un completo idiota, no obstante merecía su ayuda y no debía ser tan dura con él, los estaba manteniendo con vida.
La piel carecía de moretones, el dolor que sentía el asesino no se debía a un golpe o similar, no podía ser rotura de algún hueso o hubiera dejado de moverse hace unos días, eso solo la dejaba con una opción. Al posar sus manos sobre su espalda pudo sentir como se tensionaba por completo y se quejaba, apretó sus dedos por varias zonas hasta dar con el bulto.
—Ma… ¡ah! ¡Uhm! Qué… ¡oh! ¡oh! ¡ah! ¡mmh! —los sonidos graves que emergían de su garganta le fascinaron, ella no era de las que gustaba de gritar o de escuchar al otro gritar, pero siendo él un hombre tan parco, escucharle emitir incontrolables vocablos indescifrables era majestuoso. Le gustaría saber que melodía entonaría al tocarlo como el organista que deslizaba sus dedos sobre las teclas de principio a fin con diferente fuerza.
—Relájate —le susurró pegando sus labios a su oído. Aquello lo sobresaltó, sus rodillas aparecieron por encima de la superficie del agua mientras que sus manos intranquilas vagaron del filo de la bañera de madera a sus muslos—. No voy a lastimarte —sonaba como a una promesa inexacta.
Cuando sus manos volvieron a su trabajo, Altaïr respiraba irregularmente, podía sentirlo temblar cada vez que sus dedos lo tocaban, lo estaba disfrutando tanto, no necesitaba verle el rostro para saberlo. El nudo que tenía en el músculo trapecio disminuyó su tamaño, iba a tener que darle un par de masajes más, dudaba que el hombre se quejara por aquello.
—Será mejor que te cubras lo más rápido posible —le dijo al retirar sus manos de su cuerpo. El agua aún caí por su espalda, varias cicatrices lo marcaban, algunas tan delgadas que dudaba si estaban ahí en verdad. Asustada desvió la mirada al suelo cuando Altaïr se giró para observarla, sus ojos dorados parecían detectar sus verdaderas intenciones—. Mañana necesitarás otro… —¿Por qué la miraba con tanta intensidad? Había sido él quien había gemido como si estuviera en pleno éxtasis, no obstante era ella la que se sentía avergonzada—, si no te molesta.
Su corazón palpitó tan fuerte que casi lo escupe de una sola vez, eso era lo que había provocado la mano de Altaïr sosteniendo su muñeca con firmeza. No podía imaginarse qué le sucedería si la tocaba por donde ni siquiera el sol se atrevía.
—Nunca pides mi consentimiento para tocarme, de cualquier forma —declaró el asesino. Él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía, él lo sabía.
Deseó que la tierra se abriera en ese instante y se la tragara de un solo bocado, pero como de costumbre Dios no estaba de su parte.
—La, la… la pró… xima… vez —balbuceó incontrolablemente—, te, te, te… quedasconeldolor —finalizó dando media vuelta y volviéndose a sentar de espaldas a él. ¿Cómo diablos sabía? Ella siempre se había asegurado que cuando sus dedos le tocaban los brazos o la cadera en las pocas ocasiones en las que se dejaba tan expuesto, él estuviera completamente dormido ¡inclusive hasta roncaba! Deseó poder azotarse la cabeza contra la pared, quizás de milagro se la reventaba, sería mejor eso que enfrentarlo de nuevo. Se llevó las manos a las orejas, las tenía demasiado calientes, posiblemente tenía toda la cara tan roja como el sash que Altaïr portaba, solo esperaba que él no la hubiera visto así o se hubiera delatado, aunque dudaba que el hombre fuera tan estúpido para no darse cuenta de su culpabilidad. ¿Dónde estaban los templarios cuando uno los necesitaba? ¿Qué era lo que debía hacer ahora? ¿Cómo podría mirarlo a los ojos ahora? Detestaría hacerle pensar que tenía ventaja sobre ella solo por el hecho de que sentía algo por él. Al menos no se sentía disgustado.
Maria se enderezó, la había acusado de manosearlo, pero en ningún momento él había expresado su desagrado. ¿Acaso eso podría significar algo? No, estaba haciéndose falsas ilusiones, quizás se refería a aquellas ocasiones en las que habían amanecido demasiado juntos. No era culpa de nadie, la gente se mueve mientras duerme. Además si alguien podía quejarse, esa era ella porque a veces amanecía con el asesino respirando sobre su oreja como si aquello fuera algo de todos los días. Si volvía a acusarla de algo, ella tendría cómo responderle.
—No dejes que se te enfríe el agua, Maria —exclamó el hombre ya sentado sobre la cama.
Esta vez la mujer obedeció sin rechistar, metiéndose en la bañera tan rápido que apenas si le dio tiempo al asesino de ponerse de espaldas a ella, aunque la inglesa no parecía estar muy interesada en cuidar de su persona, desde luego el sarraceno decidió no arriesgarse, quizás tuviera la mente en otro lado, pero en cuanto notara que la estaba viendo, fuera culpa de ella o no, era capaz de arrancarle la piel a tiras con sus propias uñas. Le gustaba su piel en donde estaba.
Cuando Altaïr volvió a tomar consciencia del mundo, las velas de la habitación se habían consumido, la mujer dormía en el extremo opuesto más alejado de la cama, su cabello se encontraba esparcido por el colchón. Podía contar con los dedos de una mano las ocasiones en las que la había visto con el cabello suelto, la escena más devastadora que había presenciado hasta ahora. Un acto tan simple, capaz de trastocar sus sentidos.
Alargó la mano hasta tocar aquella suave negrura, se metían entre sus dedos, se enroscaban en él atrapándolo con premura. Podía pasar la eternidad simplemente acariciando su cabello. Se acercó a ella, tenía un olor extraño como la hierba en invierno, frío, ella olía a frío. La inglesa se movió, si se inclinaba un poco más; estaba seguro que en cualquier momento sucedería, acabaría en el suelo, así que la asió por una de sus muñecas para coaccionarla a girar hacia el centro de la cama. Había aprendido una cosa la primera noche que había dormido cerca de ella, era capaz de rodar por toda la cama durante la noche entera, en pocas palabras, la mujer no sabía estarse quieta ni siquiera en sueños. Las primeras tres noches que habían dormido juntos lo había manoteado y pateado un par de veces, la cuarta noche la abrazó, esperando que no le diera por tomarlo como muñeco de práctica. Los dos habían dormido bien desde entonces, claro que había aprendido también a despertarse antes que ella para evitar morir apaleado mientras dormía.
Desde luego había pensando en comentarle sus extrañas costumbres, aunque no estaba seguro de las reacciones que esto podría provocar, después de todo aunque una mujer debía agradar a los hombres, a Maria eso le importaba poco. No quería que ella se alejara de él por algo tan simple. Además no era malo, podía acercarse a su cabello, a sus manos, a sus brazos… Sabía que era incorrecto lo que hacía en muchos sentidos, sin embargo, ¿acaso ella no lo tocaba cuando creía que dormía y cuando dormía también? Él nunca había puesto sus manos o cualquier otra parte en lugares que ella no hubiera tocado antes… cada vez que sus dedos lo acariciaban deseaba que lo recorriera por completo hasta el amanecer, hasta saber cómo se sentían sus manos por todo su cuerpo. Abrió los ojos, si quería dormir en la misma cama que ella debía detenerse, no debía ir más allá o tendría problemas. ¿Lo rechazaría? ¿Por qué buscaría su contacto entonces? ¿Querría lo mismo que él? ¿Había aceptado el viaje por algo más que aventura?
¿Eso en dónde los dejaba?
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Tenía ganas de escribir algo que fuera antes de que ellos se convirtieran en pareja, así que esto salió, espero les haya gustado.
Gracias por los comentarios. Y ya saben a dónde pueden ir si me quieren dejar su opinión.
