Mujer educada

Nunca había sido muy popular entre las mujeres. Alzó la mirada para observar a unas jóvenes cuchichear detrás de la jarra de agua que llevaban, cuando se dieron cuenta que Maria las observaba corrieron a refugiarse tras un grupo de mujeres adultas que aparentemente estaban impasibles, aunque de vez en cuando la más grande la miraba de soslayo. ¿A quién mentía? Ella solía ser expulsada de los círculos llenos de féminas con regularidad. Masyaf no tenía por qué ser un sitio diferente, si bien en este caso también intervenía el hecho de haberlas amenazado con la muerte, ahora que lo recordaba en casa había sucedido algo semejante y en… o quizás las mujeres no la querían porque no podían aguantar que alguien las pusiera en su lugar.

—Estás aquí para trabajar —habló la matrona con sus manos sobre sus caderas. La inglesa bostezó, estaba recostada sobre cojines mullidos de diversos colores adornados con patrones abigarrados, a su lado una jarra de agua reposaba medio vacía. Había sido castigada, la habían mandado al gallinero para gastar sus días mirándose al espejo y quejarse de los hombres, cierto, pero estaba como cabra esa vieja si creía que iba a obedecerle al pie del la letra.

—Estoy trabajando tanto como ellas —respondió con indiferencia, sin dignarse a mirar a la mujer rolliza, quien soltó un bufido al escuchar su réplica. Las mujeres que bordaban los hermosos cojines detuvieron su labor para observarle con desprecio—. ¿Realmente quieres darme un instrumento punzocortante? —le preguntó adornando su rostro con una sonrisa maliciosa, provocando que todas las mujeres volvieran a sus labores o aparentaran volver a prestarle atención a su trabajo.

Halima resopló con enjundia, iba a ser un infierno tratar con esa mujer, estaba empezando a ver las ventajas de que los hombres lidiaran con ella. Era la quinta vez que intentaba ponerla a trabajar en algo en donde no causara ningún conflicto. Su primera opción había sido el jardín, cuidar de las plantas era arduo, la limpieza se tenía que hacer todos los días, mas la endiablada inglesa se las había arreglado para sacar de quicio a la dulce Buna. Luego trató de enviarla con Kvuda, para que ayudara a hacer los uniformes de los asesinos, sin embargo, todas tenían miedo de lo que pudiera hacer si le daban tijeras y no tenía experiencia haciendo patrones de ropa. Pensó en enviarla a ayudar a preparar los refrigerios de las mujeres con Aisha, no obstante, replicó que no sería la sirvienta de nadie. Su siguiente opción fue enviarla con Meredith a cuidar de los niños, creía haber escuchado que tenía algo de talento para eso, sin embargo desistió de ello cuando ella había alentado una riña infantil que acabó con un niño en la enfermería. Las opciones de trabajos honorables se le estaban acabando, lo último sería enviarla con los sirvientes a las cocinas generales, a fregar el castillo, recoger agua de los pozos bajos o lavar la ropa.

—Bien, no puedes hacer lo que cualquier jovencita. —Maria puso los ojos en blanco si pensaba herirla diciéndole que era inútil como mujer, estaba yendo por un camino que ella ya había recorrido un montón de veces. No, no sabía hacer lo mismo que ellas, sabía hacer mejores—. Mas algo debes hacer.

Sus ojos grises la miraron con aburrimiento, no pensaba mover un dedo para hacerle menos pesada la labor a la matrona. Su castigo consistía en pasar el día con las mujeres del jardín, en ningún momento acordó volverse una de ellas, estar recostada sobre los cojines sin hacer nada era una buena manera de pasar los siguientes días de su castigo sin molestar a nadie.

—¿Es que no hay algo que sepas hacer? —exclamó la mujer exasperada ante su actitud.

—¿Además de asesinar y golpear? —respondió Maria lanzándole una mirada de superioridad.

—Se lo reportaré al Maestro —le advirtió la matrona cruzándose de brazos mientras golpeaba el suelo con su pie izquierdo.

Como si eso le importarse a él, quizás le diría algo similar a "por favor, trata de hacer amigas", mas no iría más allá porque esa frase parecía que la repetía para convencerse a sí mismo de que decía lo correcto o que repetía los consejos de Malik y aparentemente decía algo bueno, porque al hombre en verdad le importaba un pimiento si se llevaba bien con alguna dama o no. Los dos tenían cosas más importantes que discutir.

—No te canses al subir por la escaleras —le dijo con apatía antes de volverse a servirse una copa de agua.

—¡Haz lo que te plazca! —terminó por proferir la mujer fastidiada. Sin más salió de la habitación refunfuñando. Una semana entera lidiando con la terquedad de esa extranjera, era suficiente para la matrona, tenía un jardín que dirigir, no lo iba a estropear por una visitante.

Maria contempló el techo, escuchando el sonido de las agujas rompiendo la tela para permitir el paso del hilo. Las mujeres de ahí hacían una estupenda labor, los singulares patrones que recreaban con sus manos eran tan complejos como exquisitos, los reyes del occidente matarían por tener uno como estos en sus palacios. Madre se moriría de la envidia, a ella siempre la había gustado la costura, solía sentarse durante horas frente a la ventana trazando minuciosamente las líneas que formarían las múltiples figuras. La mayoría de las veces trabajaba sobre santos o sobre pasajes bíblicos, pocas eran aquellas ocasiones en las que se dedicaba a recrear alguna otra cosa. La vida de su madre siempre giraba en torno a la religión.

El ruido metálico que reverberó en la habitación la sacó de sus cavilaciones, la joven se disculpó numerosas veces, tras lo cual recogió el diminuto instrumento del suelo.

—Eres demasiado atolondrada, Nez, así nunca conseguirás un buen marido —dijo una mujer con condescendencia, las demás asintieron en suaves murmullos. A la muchacha se le pusieron las orejas coloradas, trató de emitir alguna disculpa pero solo vocablos agudos similares a las de un pato en apuros fue lo que le salió.

—Yo lo sien… —pensó que quizás la chica había descubierto alguna rata caminando o algo similar porque puso una cara de espanto que le bajó el color de inmediato. No obstante, simplemente se había dado cuenta de su presencia—. Lamento haberla molestado —profirió aterrada haciéndole una reverencia.

El temor de la chiquilla le sentó muy mal, no había deseado aquello. Maria volvió a recostarse sobre los cojines, preferiría que la joven olvidara el accidente por completo. Ciertamente no había imaginado que su espectáculo intimidara a las inocentes, estaba bien que no fuera a convertirse en una mujer del paraíso, pero tampoco tenían que verla como un demonio. Había metido la pata, otra vez.

—Haytham no es muy paciente, Nez, será mejor que vayas a tus clases —comentó alguna de las mujeres del círculo, Maria no pudo ver quién era pues estaba esforzándose por hacerles creer que no les prestaba atención—. El oud(1) no se aprende observándonos tejer.

La chica murmuró algo que generó la risa de la mayoría, tras lo cual salió de la habitación a toda prisa. La inglesa continuó observando el techo, moriría de aburrimiento si se quedaba todo el día tirada en el suelo, la matrona tenía razón, aunque nunca lo reconocería abiertamente, debía hacer algo y la jovencita había llamado su atención, en realidad, saber que había clases de música era lo que había levantado su interés.

Halima le había explicado detalladamente que las mujeres del jardín recibían una amplia educación, después de todo, las esposas de los asesinos no podían ser unas fulanas cualquiera, aquello a ella le había parecido un vago intento de impresionarla, como si Maria hubiera crecido en algún tugurio en tierra de bárbaros. No obstante, a ella le parecía algo típico, de su casa a la India había muchas mascotas entrenadas para agradar a su amo. Sabía de las clases de baile, no obstante, no se había detenido a pensar en que aquello acarrearía clases de música, sonaba obvio ahora que lo pensaba con detenimiento, pero ahí radicaba el problema, no se había detenido a pensar en nada desde la imposición de castigo.

«•»

Escurriéndose por entre las grandes cortinas del gran salón, pudo contemplar a la perfección el desastre que era la supuesta clase de música. Estaban aquellas que aporreaba los tambores enojadas hasta aquellas que miraban enfurruñadas los instrumentos como si con sus ceños fruncidos lograran hacerlos sonar adecuadamente. Maria sonrió, no las enviaba, recordaba sus años mozos bajo la estricta mirada de su madre quien la aporreaba en las manos con la vara cuando tocaba mal el órgano o perdía el ritmo en el monocorde, la viola de arco… su madre la había torturado con tantos instrumentos que sus manos se habían acostumbrado a tocarlos aún con los dedos entumecidos. Nunca había sido buena en ello, a ella le gustaba escuchar la música, no producirla.

Los instrumentos desafinados resonaron por el sitio de forma cacofónica, pasaría mucho tiempo antes de que alguna de ellas pudiera producir algún sonido dulce, si es que lo llegaban a hacer. Sin embargo esa no la desanimó, en algún lugar debían de estar las mujeres que sabían hacerlo, era imposible que los asesinos se sentaran a ver bailar mujeres semidesnudas al ritmo del choque de trastos.

—Nezayem, estás fuera de ritmo, otra vez—refunfuñó una joven exasperada a su compañera.

La chica que había interrumpido las labores de las que practicaban costura en la otra habitación suspiró, acomodándose el instrumento entre las manos ante la atenta mirada de la joven que le ayudaba a aprender o lo que sea que estuviera haciendo. Maria sonrió de lado, tenía el presentimiento de que pasaría mucho tiempo antes de que Nezayem aprendiera a tocar el instrumento correctamente, saber las notas de la melodía no era suficiente.

Alguien pasó a su lado con prisa, ni siquiera se detuvo para pedir disculpas por haberla empujando. Estuvo tentada de decirle algo pero ¿de qué serviría? Prefería pasar desapercibida, así nadie la molestaría o la ignorarían.

—A sus lugares —exclamó el hombre, su voz era dulce pero enérgica. Todas las jóvenes se movieron de inmediato en completo silencio—. Comiencen —ordenó, en seguida resonaron las darburkas cual tormenta descontrolada.

Maria suspiró adentrándose en el siguiente salón. Ahí solo había diversos instrumentos algunos estaban rotos, otros eran demasiado viejos, algunos más allá simplemente estaban apilados como si se trataran de bancos. La mayoría eran instrumentos árabes, aunque también había algunos que reconocía como europeos u orientales, otros que ni siquiera sabía cómo servían. Merodeó por el lugar agarrándolos, después de todo no creía que se molestarán porque alguien curioseara con lo que nadie tocaba.

El sonido del salón contiguo parecía menos desordenado, incluso parecía emerger una melodía homogénea. Tocó las cuerdas de un oud, sacando un ruido estridente que le provocó escalofríos. A madre le daría un infarto si un instrumento de la casa sonara de esa manera, padre le rompería la cabeza a quien se atrevió a dejarlo sonar así. La música no había sido algo realmente importante en su familia, pero a madre le gustaba mantener las apariencias, si fuera por ella lo único que sería permitido escuchar serían lo cantos monásticos, en cuanto a su padre, adoraba la algarabía, a duras penas podría distinguir entre un niño rascando la citara y un auténtico prodigio, no obstante entendía de la vibraciones que sacudían a la gente de sus estirados vestidos para llevarlos a bailar al ritmo de un pobre trovador.

Tomó una fidula entre sus manos, escuchando sus desgastados quejidos. Habían odiado tantas cosas de casa, los vestidos ridículos, los modales insufribles, las costuras tan aburridas, los sirvientes inútiles, había odiado a todos por no permitirle ser quien realmente era. No así, jamás se pudo permitir odiar los instrumentos. Toda buena esposa debe saber entretener a su esposo, Maria. La había repetido incansablemente su madre en las innumerables, ridículas clases que le había dado. Cada vez que observaba a los instrumentos de mala gana, recordaba a los juglares del gran salón desdibujando las aventuras de los caballeros, las danzas tan alegres de los vasallos, los días de fiestas en las que parecía no haber diferencias entre señores y siervos, su voz resonando en las montañas heladas, en los bosques encantados, en las praderas frescas. Las notas tocaban su interior aliviando incluso las heridas que no había notado, con sus suaves manos melódicas elevaban sus oscuras plegarias hasta algún lugar iluminado, liberaban los sentimientos hechos nudos con cada dulce silencio.

Era la única forma de gritar sin ser castigada.

Al pasar sus dedos una vez más por el instrumento se dio cuenta de que los había afinado sin pensarlo, lo acomodó sobre su hombro izquierdo y dejó a su mano derecha deslizar el arco como antaño lo había hecho. Las escarpadas montañas aparecieron frente a sus ojos al escuchar el primer acorde, el frío viento le golpeó la cara al deslizar sus dedos presionando las cuerdas contra el diapasón. El pasto húmedo se extendió a su alrededor al recordar las notas de la canción. La hermosa tierra que la vio nacer jamás había sido amable con nadie, era dura como la cabeza de sus habitantes, difícil de cultivar cual tartán difícil de cambiar, con un temperamento tan voluble como su clima, indomable como las heladas aguas marinas que la rodeaba. Podrían tener en abundancia lo que en el desierto no, sin embargo, la vida bajo el crudo clima de Alba nunca había facilitado la vida.

Nach truagh mo chas.

Unos aplausos entrecortados resonaron por el lugar, Maria se volvió para observar a su audiencia. El maestro de música le sonreía con afecto, detrás de él algunas jóvenes le observaban fascinadas. Se sintió intimidada por la concurrencia, aunque pareciera absurdo. No había esperado llamar la atención, solo pasar el rato mientras esperaba a que el día acabara para poder volver a sus aposentos.

—Me encantaría que nos deleitaras con otra canción —le pidió el maestro con amabilidad haciendo volar su acento extranjero suavizando las erres y enredándose con las eses. Debajo de su voz no había ningún tono zalamero o temeroso, tan solo una simple petición de un simple hombre que encontró algo agradable. ¿Acaso no sabía quién era ella? Poco probable porque la matrona que se había encargado de hacerles saber a todos quién estaría en el jardín.

Sin pedir su aprobación el hombre se sentó enfrente de ella, cual niño observando a los saltimbanquis. La fuerza de sus manos comenzó a flaquear, no le gustaba que la escucharan, había dejado a esa Maria o lo que fuera, atrás. Si había agarrado el instrumento había sido porque… bueno, no lo sabía, solo lo había hecho, pero no tenía ninguna intención de dejar que alguien la escuchara.

Varias jovencitas se sentaron alrededor del hombre, observándola con vehemencia, como si el incidente que la había traído a este lugar no hubiese ocurrido. Solo quieren escucharte pero no sabía que ella no podía hacerlo, ¿qué excusa podría dar? Quizás podría salir sin que nadie le dijera nada ¿qué más daba? Ya la tenía por mercenaria loca. Sí eso estaba bien.

—¿Por lo menos sabes cómo colocártelo? —exclamó la recién llegada matrona de mala gana.

Furibunda, la inglesa retomó el instrumento, al diablo con sus demonios personales. Era vieja hurraca estaba comenzando a cansarle, podía hacer mucha más cosas de las que sus preciosas flores artificiales podrían imaginar. Creía que los trucos elegantes de su supuesta gran escuela para esposas tontas era buena, pues Maria le demostraría que patear pelotas no era su única especialidad, ella también sabía jugar a las muñecas.

Hiùraibh o 's na hòro èile —resonó su voz por la habitación, dándose su tiempo para recordar las notas de la vieja canción—. Faill il o hill u ill o…

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Oh, lamento la tardanza… en verdad, no planeaba dejar esto por tanto tiempo pero no encontraba un tema del cual escribir antes de pasar al siguiente capítulo, así que por eso me tarde, pero no se preocupen que la siguiente actualización no tardará ni un mes, porque ¡ya está escrito! En fin, espero que les haya gustado este interludio. Ya sabes en dónde van las quejas.

(1) Oud: laúd árabe.