El error de Eva
El sol le dio directamente en los ojos, se llevó una mano a la frente. El sonido del choque frontal fue la única manera de poder seguir la pelea, los nuevos candidatos a Maestros Asesinos estaban combatiendo con las habilidades esperadas para los de su rango. Una vez más los dos se enzarzaron en repetidos choques con la espada caminando hacia el oeste en donde el sol coloreaba de terracota y anaranjado las murallas tras las cuales planeaba despedirse del día, el reflejo del metal hería los ojos de todos los presentes, no obstante seguían la contienda por el sonido de las estocadas. Fluidas, enérgicas, letales.
—Jamil es demasiado impulsivo, ataca hasta el punto en que se desprotege a sí mismo —dijo Malik concentrado en los dos hombres.
—No es malo tomar la iniciativa —replicó Altaïr, a lo cual el Dai resopló de mala gana—, pero estoy de acuerdo contigo, por momentos se olvida de protegerse como si creyera que nada pudiera hacerle daño.
—Además no se mueve lo suficientemente rápido para detener todos los golpes que da Hussein —añadió Ra'uf—. Es arrogante e imprudente, algo demasiado peligroso en la batalla. Los reportes del rafik de Hims indican que tampoco sabe esperar por la información o por sus enemigos, prefiere las confrontaciones abiertas aunque lo metan en muchos problemas.
—¿Qué está haciendo aquí como candidato? —preguntó Malik asombrado.
—Bueno, pese a todos sus defectos ha salido airoso en todos sus enfrentamientos —comentó el Maestro de espada con tranquilidad—. Él es muy bueno en el combate con armas.
—Podemos enviarlo a dos o tres misiones más en las que se requiera paciencia —soltó Altaïr con indiferencia. Tanto Malik como Ra'uf lo observaron—. No siempre que se hace el llamado, se asciende a Maestro Asesino, esa posición requiere de muchas cosas más que matar a todos tus contrincantes.
—Estoy de acuerdo —aceptó Ra'uf, Malik no tuvo que expresarlo se hubiera opuesto fervientemente si Altaïr hubiera querido poner a semejante idiota en tal posición.
—Hussein por otro lado, no es tan bueno con las armas —continuó Ra'uf.
—Sí, a duras penas puede contener a Jamil, apenas si llevan un par de minutos batallando y el cansancio es visible en él, además siempre tiende a bajar demasiado el brazo cuando piensa atacar, así que resultan previsibles sus golpes —añadió Malik.
—Podríamos enviarlo a entrenar a Zanjan o Hamadán —propuso Altaïr estirando sus piernas.
—Eso podría ser un poco agresivo —intervino Ra'uf. Las sectas cercanas a Alamut tendían a ser mucho más severas de lo normal, creían que de alguna manera debían preservar las tradiciones impuestas por Hassan bin al-Sabbah, a veces aunque ni en Alamut se siguieran. Así que recibir entrenamiento en esos lugares ponía en cintura al más rebelde de los fedayines, en la mayoría de las ocasiones.
—No lo creo, irá a mejorar sus técnicas no a ser disciplinado —terció Malik. El hombre lo tomaría como un honor. Altaïr asintió y Ra'uf se encogió de hombros, desde que había tomado su posición de instructor, había procurado enseñarle a todos sus alumnos no mediante técnicas correctivas extremas ni bajo el terror que algunos maestros acostumbraban, sino por medio del respeto, la comprensión y la paciencia, desde luego que estaba en contra de enviar a uno de sus alumnos para ser entrenado bajo los brutales métodos de las sectas más radicales de Irán—. Sé que no te gusta, Ra'uf—intervino el dai—, pero quizás si prueba otros métodos pueda comprender aquello que le falta.
Él estaba de acuerdo con eso, pero no tenían que enviarlo a Zanjan o Hamadán, había otras fortalezas en la facción Siria que lo ayudarían.
—He dado mi opinión, Maestro —declaró el hombre, Altaïr se giró para observarlo no le gustaba el descontento de Ra'uf.
—¿Qué lugares propondrías? —le preguntó Malik, a él tampoco le gustaba estar en desacuerdo con Ra'uf, solo un par de ocasiones había sucedido eso en la antigüedad y por alguna extraña razón siempre le había tocado estar en la opinión perdedora.
—¿Realmente lo tomarán en cuenta? —exclamó sorprendido, por lo regular cuando se trataba de elegir Maestros Asesinos el líder decidía por sí solo, nunca escuchaba a los demás.
—Escucho la opinión de todos —consintió Altaïr.
Elegir nuevos Maestros Asesinos era un proceso complicado, cada año cada maestro involucrado en entrenar a los hombres elegían a tres o cuatro candidatos que cumplieran con las habilidades necesarias, se hacía un consenso de los aspirantes, los nombres que más se repitieran eran los seleccionados. Los maestros, dais y rafiqs daban su opinión sobre las habilidades de cada uno, al final el Maestro decidía si alguno cumplía con todo lo necesario, luego vendría una prueba si la asignación era completada de acuerdo a los estándares, se convertían en Maestros Asesinos. Explicarlo era fácil, lograrlo no tanto, estar en la mente de cada persona que seleccionaba a los candidatos iba más allá de lo complicado, captar la atención del Maestro, a veces era imposible, cumplir los estándares de cada evaluador, todo un reto. Altaïr se había convertido en Maestro Asesino de una manera sencilla al detener a los Templarios dentro de Masyaf, nadie logró decir algo en su contra.
—Bueno eso depende de las habilidades que se deseen mejorar —respondió Ra'uf.
—Todas. —El Maestro de Masyaf no podía pedir menos.
Ra'uf se quitó el cubre cuello, desde luego no se había preparado para ello, tendría que pensar muy bien sus opciones antes de dárselas a Altaïr, no querría malgastar la oportunidad de poner a su alumno en mejores manos que los alrededores de Alamut.
—Puedes tomar tu tiempo para pensarlo —dijo Altaïr al notar que su amigo no decía nada.
Al volver a prestar atención a la pelea sintieron algo raro en el ambiente, una quietud inapropiada, por lo regular los hombres apoyaban a sus compañeros con gritos de ánimo, incluso los aplausos estaban involucrados. No obstante aunque quienes luchaban eran aquellos que habían sido elegidos como los mejores, las voces de los hombres parecían apagadas, distantes. Los tres fruncieron el ceño intentando descifrar qué significaba aquello.
Los asesinos se movieron permitiendo el paso de lo que causaba tal conmoción. El sol del atardecer parecía hacer arder su roja cabellera, y la sangre era su recubrimiento. De pies a cabeza el rojo la envolvía en vaporosas telas que flotaban a su alrededor como los movimientos de las llamas que bailaban en la hoguera, delicados pero poderosos. Malik nunca había visto semejante mujer en los jardines del paraíso, la hubiera notado, cualquiera que tuviera dos ojos enfrente lo habría hecho. Tampoco recordaba haber visto que alguna de ellas usara los vestidos del occidente. Altaïr se irguió en la larga banca en la que estaba, inexplicablemente se encontraba muy tenso.
—¿Interrumpo algo? —preguntó la dama con suavidad.
El Dai tuvo que parpadear varias veces antes de comprobar que no se estaba equivocando. La estupefacción fue visible en su rostro por algunos instantes, no lo podía creer, ¿cómo podría imaginarlo? Siempre la había visto con esas holgadas ropas propias de hombres, cubierta por el polvo, la arena o el pasto, con el cabello permanentemente amarrado sobre su cabeza, algunas veces los mechones sucios caían en desorden o su cabellera parecía un nido de pájaros. Había escuchado por lo bajo a más de uno preguntándose cómo el maestro podría encontrar atractiva a semejante mujer tan masculina. El misterio parecía haber sido resuelto, la seda se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, moldeando su figura, uno nunca habría imaginado que los ejercicios que les daban musculatura a los hombres formaban semejantes curvas.
—No deberías estar aquí —exclamó Malik de inmediato, no solo formaba parte de su castigo, sino que estaba revelando más de lo que cualquier hombre honrado le permitiría a su mujer.
Ella ladeó la cabeza con inocencia. ¿Cómo alguien podía moverse de manera tosca e intimidante y segundos después, delicada y frágil?
—Me prohibieron entrar en el círculo de entrenamiento —le dijo con tranquilidad—, pero no hay ninguna regla que me prohíba venir a ver los combates. —Aquello era verdad, nunca se le había ocurrido a los asesinos que una mujer se atreviera a salir del jardín para ir a ver como hombres semidesnudos y sudorosos peleaban—. No porto ningún arma, como puedes comprobar. —Sus manos recorrieron su figura antes de abrirse en una escandalosa invitación indecorosa, que Malik no pudo ni quiso responder, con eso ella se sentó delicadamente a lado de Altaïr quien no le quitaba la vista de encima. ¿Cómo podía moverse con tanta elegancia cuando tenía unas mangas que se extendían hasta el suelo?
—¿Qué le hiciste a tu cabello? —gruñó el hombre entre asustado y enojado.
Maria frunció el ceño como si no hubiera entendido la pregunta del asesino.
—¿No te gusta? A…—comenzó a hablar acariciando los mechones rizados pelirrojos.
—No —le interrumpió bruscamente— Deshazlo —le ordenó.
¡Le estaba ordenando! ¿Con qué dere…? Ella suspiró, incluso bajó los ojos como si se sintiera triste por su rechazo.
—¿En serio quie…?
—Sí.
No había duda alguna a este hombre no le gustaba el pelirrojo, por un lado Maria se sentía alegre pues él prefiriera su color natural, por el otro demostraba que tan controlador podía llegar a ser, sólo por esta vez, se dijo, lo dejaría decidir sobre su apariencia. Se llevó sus manos a la cabeza y tiró de los cabellos rojos. La peluca salió con suma facilidad, desvelando sus cabellos negros sostenidos por diversas horquillas en su cuero cabelludo. Ra'uf desvió la mirada así como apresuró a sus alumnos a hacer lo mismo, la parte trasera del vestido dejaba al descubierto gran parte de la espalda de la Saida. Maria se retiró las horquillas al ver el temor en los ojos de Altaïr, el zoquete pensó que se había cortado el cabello, no es que ella no quisiera, era una incomodidad tener que lidiar con un cabello tan largo teniendo una rutina como la de ella o en caso de salir de viaje para alguna misión, no sin mencionar lo caluroso que se volvía bajo el sol, lo mucho que pesaba cuando se mojaba, tenía muchas razones para desear costárselo por encima de los hombros o quizás tenerlo tan corto como los demás asesinos, si no lo hacía era por esa mirada dorada que viajaba fascinada de principio a fin, sin cansancio, por esos dedos que lo tocaban con reverencia descubriendo misterios indescifrables. No lo hacía porque por ridículo que pareciera, a los ojos de Altaïr así ella era bella. Más absurdo aún era que ella se sentía muy bien con ello.
Altaïr tiró la peluca al suelo.
—¿Qué haces? —exclamó Maria alarmada levantándose a recoger el objeto—, ¿Sabes cuánto cuesta? Esto es cabello natural, observa el peinado no cualquier hija de vecina tienen la habilidad para hacer Dutch cascading crown with two accents, esto fue creado por la mano de un verdadero artista —le regañó volviéndose a sentar a su lado— y mira el listón es seda bordada ¿tienes idea de lo que la arena le hace a esto?
Esa fue la primera vez que la inglesa parloteaba demasiado rápido sobre un tema tan femenino, trivial desde el punto de vista de Altaïr, pero femenino.
—¿Debería importarme?
—Es de tu Orden —replicó asombrada—, esto cuesta más que el salario de la mayoría de tus asesinos. —Para el hombre lo que ella tenía entre manos no era más que una maraña de pelos que no superaban la belleza de su cabello negro como la noche—. No lo entiendes ¿verdad?
Las profundas líneas de khol hacían parecer sus ojos más claros de lo que eran, además acentuaban la fuerza de su mirada, ¿cómo podían parecer sus pestañas más largas de lo normal? Y ese rosa sobre sus mejillas la hacía lucir más joven, quería quitarle la pintura de los labios. No le gustaba el maquillaje sobre su rostro, era cierto que resaltaba sus facciones de formas inauditas, nadie podría dejarla pasar sin voltear a verla; ella era hermosa sin estúpidos trucos visuales, pero sobre todo, no le gustaba la idea de que alguien más la observara. En ese momento podía sentir los ojos de todos escudriñándola.
—Sí, Malik se hará cargo de que sea restaurada y vuelva a su lugar —le contestó agarrando la peluca para dársela a un nada contento dai. Esa era una pésima idea, no obstante Maria se limitó a sonreírle al hombre, un par de molestias no lo matarían—. Y tú… —Sus blancos dedos le acariciaron la mejilla en un movimiento tan lánguido que parecieron haber pasado horas.
—A gentleman shouldn't be dirty —susurró con suavidad, cuando ella lo miraba tan intensamente sentía que para Maria no existía nadie más salvo él. Le gustaba, le gustaba saberse el centro de su universo. Las delicadas caricias que le prodigó por debajo de la capucha lo dejaron perplejo, no sabía si alegrarse o aterrarse por semejante comportamiento, sabía que debía hacer algo, sin embargo, no tenía ganas para detenerla.
—Cómo puedes permitir que se burle de nosotros —exclamó una voz que Maria conocía muy bien. Altaïr la rodeó con su brazo por la cintura antes de alzar la vista, solo una vez más iba a advertirle a Abbas que aprendiera a respetar a su mujer—. No debería estar aquí, interrumpiendo nuestras actividades.
—¿Existe una regla que prohíba a las mujeres venir a verlos entrenar? —le preguntó la inglesa al Maestro como si ignorara al otro asesino.
—No —respondió con indiferencia. Hasta el momento no había encontrado a una sola mujer que se interesara en los duelos o que no se sintiera incómoda cuando estuviera rodeada de hombres.
Abbas se indignó, lanzando un resoplido encolerizado, se cruzó de brazos antes de volver a increpar a la mujer.
—¿Y cómo puedes permitir que venga con esos ropajes? —exclamó exasperado acusándola con el dedo índice.
—¿Ahora usar un vestido es un crimen para una mujer? —cuestionó Maria frunciendo el ceño.
Altaïr sabía a lo que se refería Abbas, no era el hecho de que ella usara un vestido, era el tipo de vestido y probablemente Maria también lo sabía pero decidía ignorarlo.
—Pareces una… —clamó el hombre y Malik por un instante sostuvo la respiración, una cosa era que él llamara a Maria puta cuando no estaba el Maestro, pero enfrente de Altaïr, el hombre estaba pidiendo que lo mataran.
—Dama del occidente —le interrumpió la inglesa, todos sabían que Abbas no iba a decir eso—, en mi tierra las mujeres usan este tipo de vestidos ¿qué hay de malo con ello? —Además del tremendo escote(1) que tenía por delante y la tela ajustándose a ella para dejar poco a la imaginación.
—¡Tu desvergüenza no tiene límites! —bramó Abbas furibundo.
—Y tú hablas si sentido —declaró Maria. Altaïr apretó su mano sobre su cintura, le estaba pidiendo que se detuviera—. No veo ningún crimen en usar un vestido como en mi tierra, ¿yo nunca me he quejado porque no usen kilt(2)? —Nadie tenía idea de qué demonios sería eso—. No sería tan malo en algunos casos —sonrió de manera tan inocente que dejó perplejos a la mayoría, en esos momentos realmente lucía como una frágil doncella, eso por extraño que pareciera les aterraba.
—¿Cómo puedes permitirle comportarse de esa manera? —le recriminó Abbas al Maestro—, hablarme de esa manera, deberías enseñarle a comportarse como una mujer.
Altaïr percibió de inmediato el cambio de Maria, no solo en su postura antes relajada, mimosa y hasta aletargada dio paso a una tensa, hostil, lista para atacar ante la menor provocación, su aura, se volvió pesada y corrosiva, incluso aunque no pudiera verla imaginaba que hasta sus facciones se habían transformado. Él sabía muy bien que ese era un tema muy sensible para ella, se podía meter la pata hasta el fondo sin siquiera advertirlo o sacar a flote lo peor de ella en un par de segundos.
—Abbas —habló Altaïr antes de que Maria lo hiciera de nuevo—, no hay regla que le prohíba venir a vernos entrenar o usar ropa extranjera. Eres tú quien está fuera de lugar.
El hombre gruñó iracundo.
—Así que no te importa que se exhiba como cualquier otra…
—¿Has observado a las mujeres del jardín? Ellas usan menos tela que yo —intervino una vez más, levantando sus pies y colocándolos encima de la banca de manera perezosa, sus dedos blancos se observaban por entre la tela roja.
Eso era más complicado de lo que a simple vista parecía, sí, las mujeres usaban trajes de danza del vientre, docenas de telas vaporosas, semitransparentes, lo usaban para llamar su atención, pero no las usaban fuera del recinto, si salían del lugar usaban los velos como cualquier otra mujer decente. Además todas las mujeres casadas dejaban de usarlas en público. Ella estaba enfrente de todos los hombres mostrando su cuerpo
—Tu comparación es un insulto a toda la decencia de este lugar —bramó Abbas furibundo.
Malik respiró profundamente, creía que la inglesa había aprendido la lección, pero solo parecía querer agravar la situación. Era claro que ir con esos ropajes ofendería a la mayoría, brindándole a la bancada que aún se oponía a Altaïr armas para intentar destituirlo. ¿Cuándo entendería que ella solo daba problemas?
—No debes juzgar las costumbres que son ajenas a las tuyas, Abbas —intentó apaciguar las aguas observando cómo quienes les rodeaban comenzaban a prestarles mayor atención a ellos que a la pelea.
—El profeta ha dicho…
—Nosotros no seguimos a ningún profeta, Abbas —le interrumpió Altaïr con frialdad—, es una lección que desde niño nunca has aprendido, somos asesinos, no una secta religiosa.
—¿Así que ahora vamos a permitir que nuestras mujeres vaguen por ahí con vestimentas provocadoras? ¿Qué clase de moral es esa?
—¿Y tú te crees con el poder de gobernar sobre todas las mujeres? —habló la inglesa sin mirar a su acusador. Malik clavó su mirada en ella no solo por estar a la espera de que dijera algún improperio, esa era su costumbre, sino también porque había algo distinto en ella, algo que no había visto antes y alarmaba sus sentidos—. ¿Quién eres para decidir que podemos o no vestir?
—Todos sabemos lo que una mujer decente usa —aseveró con desprecio.
—En mi tierra las mujeres usan este tipo de vestidos —comentó alisando la falda sobre sus muslos, el movimiento de sus dedos era delicado aunque rígido—, pero en tu cabeza parece que solo podemos usar telas que nos cubran de pies a cabeza.
—Una mujer decente no muest…
—¿Quién lo dice? —le interrumpió Maria observándolo con firmeza. Los ojos negros de Abbas parecieron sorprenderse al verse increpados, incluso Malik casi pudo verlo dar un paso hacia atrás—. ¿Tu profeta lo dice? —El hombre se apresuró a asentir con la cabeza para romper la conexión—. No soy musulmana —declaró con aplomo— y no me convertiré en una —añadió remarcando el "no".
—¡Por eso los cristianos son malvados, no tienen moral! —puntualizó Abbas. El cuchicheó se alzó a su alrededor, no era para menos, varios de los asesinos había nacido de padres cristianos, unos pocos aún eran cristianos.
—¿Por qué le tienes tanto miedo a una mujer con vestido?
—¡No te tengo miedo! —bramó encolerizado, estaba casi tan rojo como el vestido que portaba la inglesa—. ¡Me indigna tu infame comportamiento! —acentuó el hombre llamando la atención de la mayoría.
—¿Por qué no obedezco tus órdenes como si fueran ley divina? —inquirió Maria manteniéndose en su lugar.
Abbas gruñó algo indescifrable, cambió su peso de una pierna a otra antes de caminar de lado a lado, su respiración era agitada, su enojo era palpable, su intranquilidad irrefrenable. El Dai sentía que en cualquier momento se lanzaría al ataque y su oponente no era menos volátil. No obstante, ella se mantenía estática en su lugar, como si estuviera sentada en algún lugar inalcanzable. Fue entonces que notó la diferencia. Conocía varios estados de su variable forma de ser, enojada la mayor parte del tiempo, embustera cuando le apetecía, frívola si estaba rodeada de mujeres, altanera estando cerca de él, alegre, risueña, seductora, boba, caprichosa y demás estados capaces de volarle la cabeza a cualquiera estando con Altaïr. Esta actitud era nueva, con esa pose tan rígida en la que se mantenía como si estuviera frente a cien inquisidores que buscaran algún defecto en el más mínimo de sus movimientos, mirando al frente con la barbilla en alto. Podría parecer ridícula su actuación, sobretodo tomando en cuenta que estaba sobre una banca casi destartalada, no obstante, el cuadro que se presentaba era el de la emperatriz sentada sobre el diván más refinado del medio oriente, observando a la chusma desde su inaccesible balcón. Incluso Altaïr cuya presencia siempre había visto imponerse con naturalidad, se veía relegado a mero acompañante, cual sirviente que sigue a su señor.
—No son mis leyes, son las naturales. La mujer no es igual al hombre, por tanto debe comportarse acorde a su lugar —dogmatizó el asesino. La mayoría estaba de acuerdo, después de todo la prueba estribaba en que llevaban siglos siendo casi en su totalidad hombres los que se entrenaban en esa dura vida que les deparaba a los asesinos, tanto para los que salían al combate como aquellos que se convertían en eruditos.
—¿Naturales? —dijo Maria con aberración— Quienes declaman semejante cosa todos son hombres, nunca han preguntado a las mujeres. —Una risilla generalizada se extendió por el lugar.
—¿Qué les vamos a preguntar? Son débiles de mente y cuerpo.
—¿A cuántas has educado en las ciencias? ¿A cuántas has entrenado para el combate? ¿A cuántas de esas has comparado con los hombres? —le cuestionó la inglesa irguiéndose un poco más sobre la banca. Altaïr incluso puso su mano delicadamente sobre el brazo de Maria, Malik también tenía la sensación de que en cualquier momento la mujer se lanzaría sobre Abbas. ¿Pero porqué Altaïr no detenía esta locura?
—Es antinatural —afirmó obtusamente—, por eso los padres las crían para obedecer a seres superiores, para que no caigan en caminos pecaminosos.
—Que arrogancia la tuya, asumir que eres mejor que todas —exclamó la mujer exudando desprecio en cada una de sus palabras—. Sentirte con el derecho de quitarle a la mujer la posibilidad de defenderse con sus propias manos, con su propia mente.
—Siempre ha sido así y nunca cambiará…
—No eres mejor, Abbas —le interrumpió abruptamente llamándole por su nombre de pila por primera vez—. No tienes la fuerza para derrotarme en combate, menos aún la inteligencia, no obstante te atreves a pensar qué no hay otras que puedan hacer lo mismo.
Eso causó una conmoción tal que la mayoría de los hombres pusieron sus manos sobre las armas. Aquello era peor que un insulto, cuestionar a tal grado a un hombre era demasiado estúpido incluso para alguien como ella. No obstante Malik sabía que Maria tenía razón, Abbas jamás sería capaz de derrotarla en las armas, él tenía una posición acomodada en la Orden, pero no dejaba de ser alguien que se estancó en un rango desde hacía muchos años. La inglesa había batallado en la toma de Acre, en todas las escaramuzas entre los bandos, incluso había tomado la vida de varios asesinos, había sobrevivido al combate con Altaïr en dos ocasiones. Él también la había probado en el campo, no, Abbas no era rival para ella. En cuanto a inteligencia… era una mujer de conocimiento, mas no de ciencia… bueno, sí, lo superaba en cuestiones administrativas eso podía reconocérselo, también sabía un puñado de idiomas. Abbas no era tonto, tenía buena mente con una excelente capacidad para lo números, sin embargo, tenía una mente muy cerrada cuyo límite era la palabra del Corán, sus estudios en este libro eran tan amplios que solía ser llamado para las clases de Fiqh(3), eso sí, siempre renegó de las clases de falsafa(4), sin embargo, Malik creía que se debía a su obsesión por no salirse de las normas de la religión y no porque fuera un mentecato.
—¡Miren su arrogancia! —Abbas volvió a condenarla señalándola con el dedo, como si se tratara de una hereje que mereciera ir a la hoguera—. Erróneamente se cree mejor, igual que Eva antes de comer la manzana.
—¡El error de Eva fue darle a Adán de la manzana! —bramó fuera de sí la mujer—. ¡Debieron quedarse los hombres ignorantes! —lanzó con enjundia, provocando un estremecimiento total. Altaïr se limitó a negar pesadamente con la cabeza.
—Deberías enseñarle a comportarse, empezando por que guarde silencio —le recriminó esta vez al Maestro, quien entrecerró los ojos de mala gana.
—¡Callarme no prueba que estoy equivocada! —exclamó con firmeza la mujer, logrando que Abbas diera un paso hacia atrás y soltara un gruñido encolerizado—. Solo que no tienes contraargumentos. —Sus ojos grises se volvieron feroces, duros, crueles… inhumanos. Malik había sido objeto de sus coléricas miradas incontable número de veces, algunas de las cuales lo habían inquietado, llegando a preguntarse si debiera esperar que su ira se materializara en un hueso roto. Mas nunca lo había mirado de la misma forma que a Abbas, no deseaba que lo hiciera.
—¿Callarte? —la voz de Abbas sonó menos confiada—. Azotarte es lo que deberían hacer por no obedecer.
—Sí, usa la fuerza justo como los animales resuelven sus disputas —replicó con aplomo, logrando conmocionar una vez más a la multitud.
—Porque hay mujeres que no saben comportarse mas que como mulas.
—Aquí pueden criar mujeres para ser borregos —sentenció con una voz fría, a diferencia de Abbas que se veía visiblemente alterado tanto en su voz como físicamente, Maria había mantenido su cuerpo tranquilo, algo extraño para una persona que no le importaba mostrar su estado de ánimo, no obstante su voz había cambiado de un tono ofendido a uno helado, casi podría pasar como desprovisto de emoción alguna, excepto porque cada palabra que pronunciaba estaba dicha para humillar a su adversario. Ella se estaba conteniendo ¿Por qué no lo destrozaba como comúnmente lo hacía? ¿Qué era lo que estaba esperando? ¿Quién era la mujer que estaba delante de ellos? —¡Pero yo no fue criada para obedecer, ple…!
—¡Silencio! —Interrumpió Altaïr al notar que Abbas tenía la mano sobre su arma en tanto que la mujer parecía estar a punto de lanzarse al combate—. Ya han dicho bastante los dos, interrumpiendo la prueba de nuestros hermanos. —Abbas iba a replicar algo, pero el maestro no se lo permitió—. ¡He ordenando que se callen! —Ninguno de los presentes se atrevió a emitir ruido alguno, algunos incluso se giraron hacia el círculo de entrenamiento ahora vacío—. Vuelvan a sus labores.
Abbas continuó estando de pie, observando con desprecio a la mujer. Maria mantenía sus puños apretados sobre la banca, sin embargo, su mirada estaba en el suelo y trataba de darle la espalda a su inquisidor. Los hombres comenzaron a volver a sus puestos esperando el anuncio del siguiente combate. Los de menos rango observaban intranquilos hacia el Maestro como si esperaran que de pronto sucediera alguna catástrofe, algunos incluso le lanzaban miradas de soslayo a Sofian, para ver si se atrevería a tentar una vez más la paciencia de Altaïr. A Malik comenzaba a dolerle la mandíbula de tan apretada que la tenía, fue un gran alivio para él cuando vio que Abbas daba media vuelta. Con eso les dirigió una mirada furibunda a los novatos quienes se replegaron de inmediato volviendo a prestar atención al círculo de entrenamiento. Ra'uf le sonrió amablemente, antes de volver su mirada al Líder, aunque este no tenía ojos para nadie más salvo la mujer que estaba a su lado.
Ella no había cambiado su postura, mantenía su vista en el suelo, dubitativa alzó la vista, casi apenada, casi, porque Malik no podía tragarse semejante farsa.
—Maria —fue lo único que le dijo Altaïr, con un tono decepcionado. Ella se encogió de hombros, no obstante el asesino recrudeció su mirada, logrando que la inglesa se diera por vencida. Con aquel gesto tan simple, fue suficiente para que se levantara de la banca y comenzara a caminar hacia la rampa. Ra'uf hizo el amago de seguirla, pero el Maestro lo detuvo con una mano. Sabía que sus intenciones eran nobles, pero era mejor no armar jaleo.
El aura electrizante que había desplegado a su llegada se había apagado, incluso su porte se había desvalijado. Sin mucho ruido se fue alejando, tratando de no llamar la atención. Altaïr volvió a prestarles atención, aunque Malik ahora había cruzado el brazo y le miraba desaprobatoriamente. Eso no desmoralizó al asesino, por el contrario parecía ya haberse acostumbrado a las negativas del Dai.
—Algo debe ser hecho —declaró Malik firmemente. El Maestro se limitó a parpadear de manera lenta, ambos sabían que las cosas con Abbas solo iban a empeorarse, el hombre no estaba acostumbrado a cambiar de opinión una vez había hecho su decisión, no importaba qué hiciera Maria parecía haberla puesto en el escalón más bajo del estrato social.
Las voces de los hombres se alzaron en incomprensibles gritos, al tiempo que varias espadas fueron desenfundadas. Altaïr avanzó hacia la muchedumbre sin pesarlo dos veces, Ra'uf observó a Malik con miedo, si alguien se atrevía a tocar aunque fuera el cabello de Maria podría darse por muerto. Los dos siguieron al Maestro de la Orden, sin embargo fueron repelidos por la misma turba que se abría para evitar mayor daño.
Un grito lleno de furia retumbó por las paredes de Masyaf. Dos dagas pasaron entre Ra'uf y el Dai, en ese instante los dos se abrieron paso entre los asesinos a empujones. Abbas y Maria estaban peleando a muerte en el centro, algunos de los mayores le gritaban al asesino que se detuviera, en tanto el Líder estaba valorando sus posibilidades de ponerse en medio de ambos, incluso algunos lo habían intentado pero habían sido rechazados por los dos. Era complicado esquivar las estocadas tan viciosas, los golpes tan perversos, pero al mismo tiempo el vestido obstaculizaba la vista, todo lo que se veía era una cortina vaporosa de color rojo ondeando de un lado hacia el otro cual torbellino, envolviendo a un asesino que retrocedía interminablemente, Abbas estaba perdiendo demasiado terreno. Ra'uf le indicó que intentaría detener a Abbas, a lo cual Malik asintió, tratando de llamar la atención de Altaïr para hacer lo propio con Maria. El Maestro pareció haber entendido su plan, pues se apresuró a tomar posición.
Todo se veía teñido de color rojo, cuando de pronto el mundo se apagó por unos segundos, Malik se llevó una mano al ojo. Esperaba haber recibido un golpe con la empuñadura de la espada y no con la manga de un vestido ¡ni siquiera podía ser posible! Volvió a intentarlo, pero esta vez lo que esquivó fue la punta de una espada. Observó que Ra'uf se había agachado para evitar una daga, Altaïr había hecho contacto, pero al menos tanto Abbas como Maria estaban de acuerdo en que nadie debía meterse en su afrenta.
Ella se movía demasiado rápido, el asesino apenas si podía contener sus golpes, se podía ver porque caminaba hacia atrás todo el tiempo con los brazos a la defensiva. Dos dagas más salieron volando, la inglesa las esquivó a la perfección moviéndose hacia la derecha, así como arqueando la espalda. Abbas intentó tomar ventaja de aquella posición, empero, la mujer movió la mano izquierda deteniendo la estocada del asesino. Dos espadas, Maria era demasiado peligrosa con una sola. Un solo desliz de Abbas lo pondría a merced de la inglesa.
El eco del acero siendo rebotado en el suelo reverberó en el oído de Malik. La sangre había salpicado a la gente que estaba enfrente de él, Abbas había perdido una de sus espadas cortas, la mano le sangraba. Tres dagas volaron. Ella tuvo que agacharse, el hombre le jaló el vestido, desbalanceándola. Eso era un golpe bajo. Aun así el que salió perdiendo fue él, porque el rodillazo que le dio Maria lo obligó a doblarse y antes de que pudiera reaccionar, el puño de ella hizo contacto con su nariz. El sonido del hueso rompiéndose lo escucharon todos, algunos se hicieron hacia atrás para evitar mancharse de sangre, los novatos se llevaron las manos la nariz haciendo una mueca de dolor. Abbas trató de agarrarla, sin embargo, un segundo, tercer y cuarto puñetazo se lo impidieron. Al quinto el hombre cayó de espaldas llevándose las manos al rostro para protegerse.
La pelea había acabado, con un vencedor indiscutible, o mejor dicho vencedora.
Maria le dio la espalda a Abbas, se pasó las manos desde la frente hasta el final de sus largos cabellos, como si se estuviera peinando frente a un espejo.
—Tienes razón, Abbas —habló con tal tranquilidad en su voz que de no haber presenciado su batalla, nadie pensaría que recientemente había hecho un esfuerzo físico—. Hombres y mujeres no son iguales. —Zalamera, su mano izquierda reptó desde la raíz sus cabellos a su cintura, en tanto que su mano derecha ascendió con parsimonia hasta que sus dedos se posaron delicadamente sobre su hombro. Recargando su peso sobre la pierna derecha, permitió que se le acentuara la cintura de ese lado, después giró la cabeza observando al asesino que se quejaba de dolor en el suelo—, los hombres lucirían estúpidos con un vestido —comentó estirando la mano derecha haciendo el mismo movimiento elegante como hipnótico de la serpiente—, y no sabrían moverse con elegancia. —Para salir del lugar su caminar se convirtió en el vaivén cadencioso de la femineidad que atontaba a los hombres al pasar.
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Culpen en este ocasión a mi ligero comportamiento obsesivo-compulsivo por tener la escritura lo más perfecta posible, y a mi paranoia por los errores ortográficos. Espero que este capítulo les haya gustado, es uno de mis favoritos.
1) Escote. Para la época imaginen uno tipo blusa sport. Recuerden que para aquel siglo, el uso del velo, a veces del tipo griñón (velo que cubría parte de la cabeza, el cuello y los hombros) eran algo de uso diario en el occidente, en el medio oriente eran comunes el hiyab, el chandor o similares. Mostrar el cuello podría ser considerado un escándalo, aunque con jovencitas o mujeres no nobles las vestimenta podía variar un poco.
2) Kilt. La mal llamada falda escocesa.
3) Fiqh. Jurisprudencia Islámica, en términos generales es decidir que es lícito (halal) o prohibido (haram) requerido (wajib), recomendado (mandub), desaprobado (makruh) o neutral (mubah) de acuerdo a lo que indican la Sunna/Shi'a, la Sharia y el Corán.
4) Falsafa. Es una concepción intelectual de las cosas, para muchos fundamentalistas esto implica anteponer la ciencia a la religión.
Muchas gracias a todos por sus reviews, en verdad que los aprecio muchísimo. También me ayudan a saber si continúo algunas ideas o si es hora de explorar un nuevo tema.
