Recapitulación: Altaïr llega de Chipre para continuar con las reformas en la Orden, sin embargo no llega solo. La entrada de Maria a la vida del castillo es bastante desastrosa, en parte por su forma de ser, en parte porque a la gente no le agrada la idea de una extemplaria sea la pareja del Maestro de la Orden, quien además no piensa apegarse a las convenciones sociales de su sexo.
Maria estaba tratando de acoplarse a la vida de los asesinos, siendo la ayudante del maestro de combate a caballo, Abu Ali. Su relación con la mayoría de los asesinos es distante, debido a su condición de mujer y por ser extranjera. Altaïr trata de ayudarla respaldando las decisiones que toma, así como integrándola en los entrenamientos, por el momento sus acciones han sido infructuosas, solo Ra'uf la trata con deferencia.
Maria no se quejaba de su vida hasta que se entera de que las mujeres del Jardín le están coqueteando a Altaïr, trató de terminar el asunto hablando con la regente del Jardín, Halima, pero ella se negó a parar los coqueteos de las mujeres, con lo cual Maria tomó el asunto en sus manos. Sus acciones enfurecieron a la hermandad en general, el Consejo de Asesinos le impone un castigo, por lo cual Maria tiene que ir a trabajar con las mujeres del Jardín por una temporada. Sin embargo, cuando va a ver a los hombres enfrentarse en el círculo de entrenamiento vestida con ropas occidentales, Abbas se escandaliza, confrontándola enfrente de todos los hombres. Maria responde dando rienda suelta a su mal carácter, con lo cual ambos terminan enfrentándose con las espadas. Maria sale victoriosa de la afrenta física, pero las repercusiones de sus actos están lejos de acabar con haber derrotado a Abbas.
De lo público a lo privado
Al abrir la ventana, el viento se coló en la habitación, acababa de salir del baño y exponerse al frío de la noche no era una buena idea, podría pillar una pulmonía. Sin embargo, tenía la imperiosa necesidad de no sentirse encerrada. Lo cual era ridículo porque por primera vez en su vida estaba en aquel lugar por elección propia. En retrospectiva, su entrada al Temple no había sido por su propia volición. Robert no la había obligado a unirse por la fuerza bruta, pero cuando él había tenido éxito en su treta para saber quién era ella, no le había quedado de otra. Al descubrirla ante la escuadra, sus aspiraciones de gloria en el ejército de Rey Richard habían terminado, justo después de eso, Robert le ofreció unirse al Temple, en los últimos meses pensaba que lo había hecho a manera de disculparse por dar al traste con sus sueños, en lugar de apreciar sus habilidades, después de todo Robert era un gentilhomme(1).
Su estadía en Masyaf no tenía nada que ver con ser su única opción. Altaïr le había ofrecido ayudarla a llegar hasta la India o más allá, si así lo deseaba. No solo le había ofrecido medios de viaje, si no que había estado dispuesto a financiar todos sus gastos, a cambio ella debía reportar los nuevos conocimientos que iría aprendiendo. El trato seguía pareciéndole la cosa más absurda que había escuchado en toda su vida, y estaba segura que solo lo había dicho por los sentimientos que le profería. También hablaron de la posibilidad de que ella se instalase en alguna de las ciudades que contase con una Guarida de Asesinos, podría continuar su vida adquiriendo un poco de normalidad. Incluso se ofreció a hacerla la líder una Guarida de Asesinos en alguna ciudad que no contara con una. A Maria a eso le había sonado a que Altaïr la mantendría como a una amante, claro que nunca se lo dijo porque era obvio que el hombre no entendía de esas cosas y en ese momento, él no quería perder la esperanza de que ella estuviera a su lado.
No, él nunca le pidió directamente que fueran a Masyaf, le ofreció una gama de opciones, algunas más ridículas que las otras, pero al final Maria optó por ahorrarle tantas complicaciones. No estaba con él porque era la única forma en la que podría seguir sus sueños, no era su prisionera ni su esclava personal.
Se querían, por extraño, irónico o absurdo que pudiera parecer, eran simplemente dos personas que deseaban estar juntas, el problema era que a los demás eso les parecía aberrante.
Una vez que habían decidido ir a Masyaf, Maria sabía que no todo iba a ser miel, fuera de sus típicas discusiones, el estigma de haber sido templaria no le iba a sentar bien a todos. Joder, podría encontrarse con los familiares o amigos, de la gente que había matado. Podría encontrarse con los asesinos que habían terminado con la vida de sus amigos. Pero no estaban peleando por eso, bueno el quid del asunto no era aquello, lo que amenazaba con separarlos era... lo que siempre le había traído problemas a Maria: no ser como la sociedad le exigía.
¿Acaso no era absurdo aquello? A miles de leguas de Inglaterra o Francia, con un pueblo tan distinto en sus costumbres como en su lengua y los hombres se disgustaban porque ella no quería actuar como la delicada flor que esperaban.
Golpeó la cama con el puño, era tan jodidamente injusto.
La puerta se abrió dando paso a un cansado Altaïr, lo primero que él notó fue su escasa vestimenta y la ventana abierta.
—Pillarás un resfriado, Maria —exclamó sentándose en la cama con lentitud. El silencio que se hizo en el lugar tras su acción fue demasiado incómodo, era obvio que ninguno de los dos sabía qué hacer a continuación, ambos tenían cosas que decir y ningún deseo por hacerlo. ¿Le pediría que se fuera de Masyaf? ¿por fin le habrían convencido de dejarla ir? ¿se había cansando de ella como todos los demás?
Maria suspiró, este embrollo lo había causado ella sola. Sí, nadie le dijo que debía ir a amedrentar a las mujeres del Jardín, pudo haber hecho algo más, pero ella no quiso tener ni la paciencia ni la delicadeza de hacerlo, se había dejado dominar por los celos y el miedo. No había estado bien que Halima hiciera oídos sordos a las peticiones de Altaïr, ni estaba bien que hubieran intentado llamar la atención del Maestro cuando él no estaba interesado en ninguna de ellas, aquellas acciones no las justificaba ni pretendía hacerlo, pero Maria sabía que al ir al Jardín con semejante espectáculo iba a provocar reacciones adversas. No se había parado a medir las consecuencias, solo había hecho aquello que le había proporcionado un goce inmediato.
¿Acaso no se había recordado a sí misma que Altaïr no era un simple campesino y que ella tendría que acoplarse a algo más que a sus vacas? Maria sabía jugar el juego de las posiciones sociales, lo había estado haciendo durante muchos años, ¿y ahora creía que iba a ser distinto? ¿por qué, por estar entre infieles?
—Lo siento, yo... no era mi intención. —Tenía que decirlo, ella se había equivocado. Altaïr se giró para observarla, como si hubiera hecho algo inesperado—. ¿Cómo iba a saber que se ofenderían? En verdad solo pensé que... —¿Qué había ido a hacer Maria al círculo de entrenamiento esa tarde? Siendo honesta, nada, solo escapar de faldas y bordados— podría escapar de estar entre... mujeres por unos minutos. —¿Por qué había ido vestida de esa forma? Eso era un poco más complicado de responder. Estaba cansada de las miradas de reproche de Halima sobre su vestimenta y todo lo que hacía para echarle en cara que era una bestia salvaje, quería decirle que sí sabía vestir como mujer, comportarse como tal, pero no se le daba la gana hacerlo. Lo cual era tonto porque en verdad ¿qué importaba lo que esa mujer pensara? Excepto... excepto que Maria estaba teniendo dudas sobre sí misma. El asunto de las mujeres haciendo propuestas indecorosas, le incomodaba a ella porque quería decir que había mujeres que se pensaban mejor que ella. No en la capacidad física, pero sí en áreas que Maria admitía, fracasaba. No podía competir con su belleza, ni con la sensualidad que desplegaban, ni con esa forma natural que tenía de agradarle a los hombres, menos aún se sentía con la confianza para contrarrestar sus métodos de seducción.
—No puedo decir que lo entiendo —contestó Altaïr tardíamente—, no sé lo que es pasar mucho tiempo entre ellas.
—No quería pelar con él, pero es tan...
—Irritante —terminó él por ella, a lo cual Maria simplemente asintió—. Conozco a Abbas desde que éramos niños, sé lo mucho que se esfuerza para molestar. Maria, Abbas... Abbas no me perdona por haberle contado la verdad, se niega a creerla y prefiere pensar que soy su enemigo. No es nada personal lo que hace en tu contra, aunque el mismo Mahoma te nombrara el ejemplo a seguir para sus seguidores, Abbas te encontraría algún defecto por el simple hecho de estar a mi lado.
Había una larga historia detrás de la animosidad entre ellos dos, Malik ya le había dicho que Abbas tenía una afrenta personal con Altaïr, pero pensó que tras última la batalla verbal la dejaría en paz. O por lo menos había entendido que si él ladraba, ella le iba a dar de palos.
—Él fue el primero en agarrar una espada, yo solo me defendí. —Hasta que se convirtió en una ataque bastante personal y entonces ella no quiso dejar pasar la oportunidad de meterle una tunda al necio. Eso también pudo haberlo evitado, pero en verdad le enervaba que el hombre pensara que podía meterse con ella cuando le viniera en gana.
—La mayoría afirma lo mismo. —Eso le caló, ¡¿cómo podía pensar que ella lo había provocado?!—. No te culpo por ello, a veces me dan ganas de hacerlo.
—¿Piensas que yo lo provoqué? —exclamó Maria indignada.
—No —se apresuró a contestar Altaïr frunciendo el ceño, como si la reacción de ella lo hubiera sorprendido—. Maria, todos saben que Abbas te estaba provocando. —No podía culparla de su escepticismo, los asesinos la veía como un peligro—. Tu reacción pudo ser... vehemente, pero era obvio lo que estaba buscando Abbas.
—¿Vehemente? —recalcó con enojo— ¿y cuál debió ser mi reacción? Bajar la mirada para escuchar en silencio sus críticas.
—No, yo no estoy diciendo eso —terció el asesino, dedicándole una mirada de soslayo—, Abbas te insultó, tenías derecho a defenderte, pero en el proceso terminaste insultando... a todos. A los hombres por... arrogantes y a las mujeres por... pueriles en el mejor de los casos.
—¿Y no es arrogancia asumir que son mejores que las mujeres por derecho divino?
Altaïr suspiró.
—Tú sabes que no pienso así, y si les dieras tiempo a las personas tal vez te escucharían, en vez de pensar que simplemente te crees mejor que todos los demás. —Maria abrió la boca para protestar—. Sé que no es tu intención. Entiendo que quieres demostrarles a los demás que el ser mujer no te impide hacer lo mismo que los hombres, pero no puedes esperar que suceda de la noche a la mañana.
—Lo sé, Altaïr toda mi vida he luchado con eso, dudo si quiera que muchas personas lo acepten. —Altaïr iba a añadir algo, pero ella le interrumpió, discutir sobre si la gente estaba dispuesta a cambiar su opinión acerca de lo que podían hacer o no las mujeres, no tenía sentido, iba a ser una discusión llena de meras especulaciones—. Lo único que quiero es que me respeten. Abbas puede pensar lo que quiera de mí, pero no quiero que por eso piense que tiene el derecho a insultarme cuando le venga en gana, o que piense que puede cuestionarme y no recibir respuesta.
—No voy a permitir que Abbas...
—TÚ no vas a permitir... —rezongó molesta—, YO no lo permito.
—No tienes que gritarme, Maria. —No, no tenía que hacerlo, pero le estaba ayudando a poner los puntos sobre las i—. Y no puedes esperar que no me afecte el hecho de que alguien te ofenda. ¿Crees que no quería romperle la nariz por lo menos?
—¡No necesito de tu protección, puedo hacerlo yo sola!
—¡Maria, ya lo sé! —exclamó Altaïr exasperado—. Sé que no necesitas de alguien que hable por ti, o te defienda o te proteja, lo sé. ¿Por qué siempre piensas que estoy tratando de controlarte o menospreciarte o que te veo como una desvalida?
Maria abrió la boca para protestar, sin embargo no tenía claro qué iba a decir a continuación. Ante cualquier problema que se presentaba todo el mundo iba a hablar con Altaïr, como si él pudiera controlarla, en vez de hablarlo directamente con ella. Y Altaïr... ¿qué hacía Altaïr? En realidad, nada. Le decía que no se preocupara, que tuviera paciencia, que tratara de llevarse mejor con las personas que le rodeaban, pero él nunca había hecho nada.
—Maria ¿Esperas que no sienta nada cuando alguien te insultan? ¿tu orgullo es tan sensible que no quieres a nadie como tu aliado?
—Yo... yo... —No era justo que le dijera eso. Todos la veían como un problema, una zorra desalmada que se metía en la cama de su líder para sacarle todos los secretos de su Orden. No tenía ningún aliado—. No me busqué nada de esto. Yo no insulté a Abbas ni a esas mujeres adrede, por mí nunca me hubiera acercado a su jardín.
—No te culpo por eso, Maria. Ellos se buscaron tu reacción, pero ¿por qué te tomas como un insulto el que yo quiera defenderte? ¿Es que acaso está prohibido?
—No quiero que me respeten solo porque me ve como si fuera de tu posesión.
—Y por el simple hecho de decirles que sus acciones están mal, ¿yo estoy denominándote una posesión mía? Nunca he dicho o hecho algo para que crean eso, Maria. Siempre les he dicho que tú eres la dueña de tus acciones, si tienen algún problema deberían comentártelo, aunque todos los demás opinan que es absurdo porque eres mi, mi, mi... invitada. —Altaïr se levantó de la cama, cruzándose de brazos mientras comenzaba a caminar por la habitación—. Yo sé que no tengo poder sobre ti y no busco tenerlo. Tú eres libre, libre de ir a dónde tú quieras. —No sabría explicar porqué, pero sus palabras le dolieron, sin embargo, no podía culparlo por las mismas. ¿Acaso no siempre se empeñaba en hacerle saber que ella no era su mujer?
—No quiero que peleemos por ellos. —Era la verdad, aunque sentía que estaba poniendo todos sus esfuerzos en tratar de no abrir una caja de pandora, en vez de lidiar con el problema verdadero—. No debí confrontar a las mujeres del Jardín de esa manera, fue estúpido. No debí dejar que Abbas me incomodara. ¿Cómo debemos lidiar con esto? ¿Tengo que hincarme y rogar por perdón?
—No lo sé, ni siquiera sé qué piensan hacer al respecto o si querrán hacer algo. —Altaïr se volvió a sentar sobre la cama—. Todos concordamos en que Abbas te provocó. Como mujer, no hay una regla que te prohíba ir al círculo de entrenamiento con vestidos, ni tampoco hay nada dicho sobre irrumpir una batalla, defenderte de sus acusaciones es tu derecho. En teoría no hiciste nada malo.
—Pero ellos no lo ven así —terció Maria, de lo contrario ni siquiera estuvieran teniendo esta conversación.
—Sí y no. El problema es que no eres una mujer del Jardín... pero tampoco eres un hombre de la Orden. —En otras palabras, no tenían idea de cómo tratarla—. Si el problema con Abbas fuera un asunto aislado, a lo sumo causaste un irrupción de nuestras labores ¿pero de qué te pueden acusar? ¿de que los hombres no tuvieron el suficiente control para no observarte o escucharte? Pero no es un asunto aislado, sin embargo, el problema recae en Abbas, quien te acusa de comportamiento inapropiado. —A lo cual Maria solo rodó los ojos—. Lo cual es cierto, pero ¿entonces deberían también protestar porque usas una espada? Tú haces cosas que los hombres en la Orden hacen y te comportas más como uno que como una mujer del Jardín, pero ¿debemos tratarte como un hombre? si así lo hiciéramos, entonces las acusaciones de Abbas no tienen fundamento, pero ¿debería forzarte a unirte a nosotros? ¿prohibirte usar vestidos? ¿prohibirte la entrada al Jardín? ¿qué clase de castigo entonces se te pondría? no pueden obligarte a vivir o servir con los novicios u hombres de menor rango. —Si estuvieran bajo otras circunstancias, hasta resultaría divertido ver a los asesinos discutiendo sobre cuestiones tan inverosímiles.
—No me importaría nunca usar vestidos —fue lo único que se le ocurrió responder.
Altaïr gruñó, haciéndole saber que su broma no era apreciada.
—También está Halima, quien... tiene pocas cosas buenas que decir. —Maria bufó, tenía claro que la matrona la odiaba—. Pero de nuevo, no podemos esperar que te comportes como ellas. Sin embargo, ¿en verdad no hay nadie que te agrade? —Maria lo observó detenidamente, tratando de averiguar si lo estaba diciendo en serio o solo estaba bromeando—. ¿Ni siquiera un poco?
Estaba a punto de soltar un rotundo no, sin embargo, sus labios se detuvieron. No podía decir que había hecho el esfuerzo de conocer a alguien, cuando todo lo que hacía era ahuyentar a las mujeres. Si lo pensaba detenidamente, hasta ese momento no había permitido que nadie se le acercara, hombre o mujer.
—No lo sé —contestó con sinceridad.
Altaïr posó su mirada en ella, tras un par de minutos asintió con la cabeza.
—Maria, ¿acaso no te agrada vivir entre nosotros?
Sintió como si el corazón se le fuera a salir del pecho. ¿Cómo podía pensar aquello? Ella... ella... ¿le agradaba vivir entre asesinos? Nunca se lo había preguntado.
—No te sientas forzada a...
—No me pidas que me vaya —Tal vez la frase había salido de manera casi automática, pero era de las cosas más difíciles que había tenido que hacer en su vida, la mandíbula le dolía de la tensión que sentía como si algo más importante hubiera salido de su boca.
—Nun... —El hombre ni siquiera terminó aquella palabra. En ese instante las palabras sobraban, no había forma de vocalizar lo que estaba sintiendo. Cuando Altaïr posó su mano sobre la de ella, Maria lo asió con fuerza.
Ambos tenían un largo camino por recorrer. Maria tenía que enfrentar los fantasmas de su pasado para despejar su cabeza de tantos prejuicios; Altaïr tenía que aceptar que ya no podía ignorar lo que la gente decía de él, por mucho que le disgustara, incluso su vida personal era de carácter público, pues era el Maestro de la Orden y todos lo veía como el ejemplo a seguir.
—Haz con Abbas lo que tengas que hacer —El hombre ya había probado lo que era enfrentarse a ella, estaba más que claro que no estaba a su altura. No le gustaba que nadie peleara sus batallas, no obstante, el cometido de Abbas no solo era humillarla, sino darle problemas a Altaïr. Mas su orgullo no era tan grande como para deshacer lo que el asesino había logrado.
Altaïr asintió con la cabeza, reconociendo la gran concesión por parte de Maria.
—Halima no te odia —dijo Altaïr, Maria le sonrió de lado y se encogió de hombros tratándole de quitar importancia al asunto—, ella solo cree estar haciendo su trabajo. —La inglesa alzó una ceja. Altaïr respiró, de todas las cosas que le quería contar a Maria de los asesinos, algunas viejas tradiciones de la Orden, eran algo que nunca hubiera querido explicarle—. La Orden... nuestras vidas son cortas y es cierto que recibimos huérfanos sin importar su procedencia, pero eso no quiere decir que ellos vayan a comprometerse con la hermandad. Si les ofrecemos seguridad y libertad ¿cómo podemos forzarlos a vivir una vida que no desean y que está llena de peligros? Desde luego que a los hijos de los asesinos tampoco se les fuerza a unirse a la Orden como guerreros, pero sí están obligados a realizar actividades que beneficien a la hermandad.
—¿Su principal trabajo es ser alcahueta?
Era tan típico de Maria decir las cosas de manera tan cruda.
—No —negó con severidad—, es solo que... cuando uno llega a cierto rango dentro de la Orden, es una cuestión de obligación, desde el punto de vista de Halima supongo que es un deber que no he cubierto con la Orden desde hace mucho tiempo. La mayoría de los Maestros Asesinos tienen esposa o hijos cuando llegan a ese rango, pero yo era muy joven en ese entonces...
—¿Todo esto es sobre obligarte a tener engendros?
Para una mujer que sabía cuidar muy bien de los bebés, Maria tenía una manera muy peculiar de referirse a ellos.
—Es una obligación. —Maria no estaba sorprendida, estaba anonadada—. Tengo que hacerlo...
—¿Tú? —A veces era irritante que ella quisiera tomar sus palabras de manera literal, cuando sabía exactamente su significado.
—Maria...
Esta vez ella se levantó de la cama, llevándose una mano al puente de la nariz.
—No, no vamos a discutir esto. —Exactamente por eso él no había querido explicarle sobre las verdaderas razones de Halima o sobre las mujeres del Jardín. Después de todo ella había viajado miles de leguas para no convertirse en madre o esposa.
—No tienes por qué preocuparte, yo sabré lidiar con esto en el momento necesario...
—¿Solo tú? —Él sabía su postura acerca de los hijos, no iba a obligarla a algo que no deseaba, además el deber con la hermandad era suya—. El día que toques a otra, yo me largo. —No se había esperado esa reacción, él pensaba que Maria sería mucho más insistente en el hecho de no querer tener hijos—. ¡No voy a tolerarlo, no me importan las reglas de la Orden!
Altaïr asintió con la cabeza, era de las primeras cosas que ella le había dejado en claro.
—No pienses más en eso. —Maria bufó sin dejar de caminar por la habitación—. Vamos a descansar. —Ella asintió con la cabeza, mas no se aceró a la cama.
Comenzó a quitarse la ropa con delicadeza, tratando de mantener la calma por los dos, dado que Maria seguía dando vueltas. Y él que había pensando que lo peor había pasado cuando Maria había capitulado en su afrenta contra Abbas, sin embargo ahora miles de pensamientos revoloteaban por la cabeza de Maria, Altaïr tenía la sensación de que ninguno de ellos era agradable.
—¿Tú quieres tener hijos? —la pregunta le sorprendió, porque de todas las cosas que Maria podía haberle dicho en ese instante, eso era lo que menos esperaba. Además, niños era algo en lo que no ocupaba su mente.
—Maria, vamos a descansar.
—Esa no es una respuesta. —El problema era que él no tenía una respuesta—. ¿Quieres tener hijos?
—Dijiste que no íbamos a discutir esto. —No era justo, ella cuando quería evitar un tema Altaïr debía tragarse sus dudas, ahora que él no quería hablar de esto, Maria no tenía derecho a forzarlo.
—¡SÍ O NO!
—No lo sé, no he...
Pero Altaïr no pudo terminar la frase, porque Maria había salido de la habitación dando un portazo.
•••
Hacía mucho que no observaba un amanecer, de hecho, más allá de usar la posición del sol para medir el tiempo, Altaïr no se había parado a observar nada. Contemplar la naturaleza o algo que no tuviera que ver con cometer un asesinato no estaba en él. En algún momento de su vida Ra'uf, Malik e incluso Kadar habían tratado de hacerle notar la belleza en la naturaleza, mas él nunca había tenido ojos para nada que no fuera ser el mejor asesino de la Orden.
El día de hoy tampoco estaba contemplando el amanecer por voluntad propia, sino que se había quedado en el mismo lugar desde que Maria había dejado la habitación la noche anterior, ni siquiera se había levantado a cerrar la ventana, ahora los rayos del sol le daban directamente en el rostro.
Los novicios ya debían de estar saliendo de la puerta de la villa para la corrida matutina que tenían por entrenamiento. Altaïr suspiró, tenía que levantarse de su lugar, de hecho debía estar con los novicios, desde que había regresado había tomado por hábito salir a correr con ellos por lo menos tres veces a la semana, hoy era viernes y debía estar ahí abajo, mas no tenía intención alguna de hacerlo.
Ni siquiera sabía qué iba a hacer el día hoy.
La puerta se abrió, parecía que Maria tampoco había descansado esa noche. Ella se sentó junto a él con pesadumbre.
—A nada he temido más en esta vida que a mi madre, decir que ella era desagradable es un eufemismo, quizás podría decir que ella estaba amargada y hacía todo lo posible por hacernos la vida imposible. —Maria evitaba hablar de su familia, o de su pasado en general, Altaïr no podía culparla, su pasado tampoco era algo que le gustara discutir, sin embargo para ella, era como si todos sus demonios residieran ahí—. Cuando me... cuando me obligaron a casarme... la sola idea... me repugnaba, la odiaba. My blood and flesh... yo iba a odiarlo. Cómo podría guardar sentimiento alguno por una... cosa que me iba a arruinar la vida, invadiendo mi cuerpo, nacida de... él, la primera vez me golpeó en la cabeza, perdí el conocimiento por unos instantes, cuando traté de quitármelo de encima... él me golpeó con una jarra de hierro... él... me...—Altaïr la abrazó, Maria no tenía que continuar recordando aquello que le hacía tanto daño.
—Nunca voy a hacer algo en contra de tu voluntad. —Maria no lloraba, pero Altaïr conocía muy bien los gestos de alguien que parecía haber perdido la habilidad. Físicamente ella no iba a llorar pero el dolor y la tristeza estaban ahí atascados.
Maria hizo una mueca extraña, Altaïr no sabía si aquello era de dolor o de tristeza.
—No sé si un día pueda dejar de pensar que me va a arruinar la vida y me vaya a convertir en mi madre. —La gente hablaba de la maternidad como algo inherente a las mujeres, una situación que anhelan, desean o adoran. El amor de una madre por un hijo se creía incuestionable; inhumano era aquel que no amaba a la mujer que lo había parido, pero ¿Qué clase de amor da la madre que se convierte en la peor pesadilla de su hijo?—. Después de todo viajé casi al otro lado del mundo para alejarme de una sociedad que me estaba asfixiado, de un marido al que detestaba y ahora estoy...
—No voy a permitir que te prohíban ser quien eres, Maria.
—Yo no puedo obligarte a elegir entre tu Orden y yo.
—No tienes que hacerlo. —Maria iba a protestar—. Quiero que me escuches atentamente: Nuestro credo está cambiando, la Orden está cambiando. Te necesito a mi lado, no solo por lo que tenemos, sino también para que les demuestres que existen otros caminos. Sabíamos que existían hermanas dentro de la Orden, pero la mayoría las consideraba un mito, podríamos aleccionar a los hombres docenas de veces, mas tú sabes que la gente necesita pruebas. Necesito que tengas paciencia, que les des tiempo antes de decidir si en verdad ellos nunca van a cambiar. —Ra'uf, Abu Ali, los novicios que entrenaba para montar a caballo e incluso Malik empezaban a aceptarla, pero Maria también tenía que aprender a ser aceptada.
—Yo no sé, si quiero pertenecer a la Orden. —Maria tuvo cuidado con cada una de sus palabras—. Admiro su dedicación a pesar de los tiempos tan difíciles por los que están pasando, creo que lo que haces —Ella negó con la cabeza antes de corregirse a sí misma— lo que hacen es bueno, sin embargo, ¿Cómo puedo entrar en una Orden que no confía en mí? No sin mencionar que soy buena con la espada, pero estoy muy vieja para aprender a dar saltos por ahí y no sé si quiera perder un dedo ¿has pensando en qué puedo hacer y si el hecho de ser mujer no te causará más problemas de los que puedes manejar? —Cierto, Maria era muy grande para convertirse en Maestra Asesina, era muy buena con la espada, en combate cuerpo a cuerpo, en combate a caballo, pero su puntería con las dagas era mala, aunque sabía escalar le daba miedo hacerlo en estructuras muy altas, saltar entre edificios muy separados le causaba pánico y a Altaïr le gustaban sus dedos tal y como estaban—. Me fui de mi hogar porque no tenía otra opción, Robert no me dio opción, era unirme al temple o volver a Inglaterra. Tu causa es digna, pero no quiero entrar solo porque estoy contigo.
En eso no podía estar más de acuerdo con ella, aunque le gustaría que ella se uniera a su Orden, su compromiso con la misma debía ser por su propia voluntad. Por último solo le queda aclara un punto:
—Las cosas están cambiando, mas no puedo prometerte que revocaré la obligación de los hijos, existe por una razón y no podemos pensar únicamente en nuestro caso...
—Yo tengo que lidiar con eso, Altaïr.
—No te voy a obliga...
—¡Altaïr! Tú no tendrás al niño. —Ella tenía razón, físicamente él nunca podría hacerlo—. Y tú no eres el que tiene el problema. —No lo pondría en esos términos—. Puedes acompañarme, apoyarme, pero al final soy yo la que tengo que lidiar con ello. —Para engendrar hijos se necesitaban dos, pero los primeros nueve meses de crecimiento, recaían totalmente en la madre, era ella y ella sola la que pasaba por el proceso. Maria tenía todo el derecho a decir qué sucedía con su cuerpo—. Es solo que... tienes razón, necesitamos tiempo.
Ese podrían tenerlo, la Orden comandaba que tuviera hijos, pero no decía cuándo debían tenerlos.
—¿Debería ir con las mujeres o espero a que me llamen los dais?
No tenía idea de cómo iba a ser ese proceso, el día de hoy tenían mejores cosas que hacer que atender las protestas de Abbas, y él debía estar en el ala médica recibiendo el tratamiento oportuno.
—No lo sé, pero creo recordar que Malik me mandó a revisar la atalaya sur. ¿Te gustaría venir conmigo?
Maria lo observó con detenimiento antes de sonreír de lado.
—¿No nos traerá más problemas?
—Podríamos escabullirnos sin ser vistos, así nadie nos dirá nada. —Esta vez, cuando Maria sonrió lo hizo con sinceridad.
•
•
•
¡Milagro, milagro! Regresé a un fic que en donde ya no había actualizado desde hace años (seamos francos, estaba abandonado), pero ¡oh! he vuelto, la musa ha vuelto. Espero sientan que soy digna para que me dejen comentarios, si no, bueno, solo lean y disfruten, que para eso estamos aquí.
Quiero agradecerles a todos los que dejaron reviews a lo largo de estos años de ausencia: nanda18, Maki-san, Jill Sabaku no Nara, Blaise Black, cada vez que lo hacían me hacían pensar en lo genial que era/es esta historia y trataba de retomarla pero por alguna razón no podía continuarla. A ese guest que dejó review en dic del 2014, le hago una mención especial, pues gracias a su llamada de atención, le tocó la suerte de ser quien volviera a traer a mi musa.
Sí desde diciembre retomé la historia, (en los siguiente capítulos notarán porqué he tardado más en hacer unos que otros) pero he tardado en actualizar por una simple razón: no iba a volver para subir un capítulo cada tantos meses, así que por ahora anuncio que por cuatro semanas, habrán actualizaciones semanales, después nos vamos a periodos de un mes.
(1)Gentilhomme: Gentilhombre en francés, quizás algunos reconozcan más el término en inglés, gentleman. Son el estrato más bajo de la baja nobleza, no tienen un título nobiliario, pero su estatus social es más elevado que el del pueblo o los siervos.
