La batalla perdida
La puerta se cerró con fuerza detrás de ella. La risa que había estado conteniendo brotó cual río desbordado de su cauce, estaba harta de ese grupo de mujeres, siempre había estado hastiada de las mujeres. Los hombres prefieren el azul (1), a los hombres les gusta las faldas con vuelos, los hombres se vuelven locos con los velos, los hombres prefieren los listones, los hombres, los hombres, los hombres, eternamente los hombres. ¿Sabían los hombres lo incómodos que eran los velos? ¿Qué incómoda se volvía la falda para hacer distintas labores? ¿Lo doloroso que eran algunos peinados? No, pero amaban que las mujeres lucieran bien para ellos.
¡Jódanse!
Ella no había nacido para complacer a ningún hombre ni a ninguna mujer. Si esa gorda vieja creía que Maria se iba a vestir como ellas, estaba en un error, se vestiría como se le hinchara la gana y punto, si a la matrona le parecía, bien, si no, pues se jodía. La inglesa sonrió de lado, las cosas siempre habían sido a su manera, no tendría por qué ser de otra forma. Querían verla usando faldas o vestidos, pues se atenían a lo que ella eligiera.
«•»
El frío entraba por la ventana abierta de par en par, adoraba respirar el aire helado de la mañana. Amaba el invierno como amaba su libertad. La casa dormitaba, incluso los sirvientes quienes eran obligados a trabajar porque Dios así lo había escrito, deambulaban con pereza encorvados debajo de sus escasos ropajes. La gente huía del invierno, la vida parecía menos activa en esa estación del año, hasta la naturaleza se encogía sobre sí misma guardando su energía para los rayos del sol. Que poco sabían de lo divertido que era rodar sobre las capas de nieve, combatir en el bosque con la blanca espesura que de tanto en tanto la sorprendía hundiéndola hasta que solo veía blanco. En invierno nadie la molestaba, preferían quedarse al calor de la fogata que seguirla en alguna de sus locas aventuras.
Sonrió encaramándose sobre el alfeizar, hoy tenía planeado cabalgar por el bosque buscando alguna bestia para darle caza, quizás un lobo, ese que atemorizaba al pueblo y ya se había comido a un par de gallinas.
—¡M'lady! ¡Bájese de ahí! —gritó Betty escandalizada. Pobre dulce nana, parecía que nunca se terminaría de acostumbrar a su forma de ser—. ¡Señor misericordioso! ¿Es que no te das cuenta que los sirvientes pueden verte así? Ya no eres una niña, m'lady. —Esa era la más nueva de sus peroratas, recordarle que ya había dejado atrás la época de su infancia. Desde luego, su madre no estaba de acuerdo con ello, seguía creyendo que era una salvaje.
—¡Oh! pero si ellos son amables, Beth —replicó alejándose de la ventana—. Geoffrey…
—Debería aprender que su lugar es en los porquerizos —le cortó tajantemente. Maria rodó los ojos, como normalmente hacía cuando escuchaba algo que le desagradaba—. Eres aún muy inocente para sospechar de sus maléficos pensamientos. —En realidad no, había visto varias veces a las mozas "gimotear" debajo de los sirvientes, a veces en los establos, a veces en los bosques. Sabía sobre eso que hacía a todos darse golpes de pecho diciendo que era pecaminoso. Desde luego ella no sabía por qué debía ser tan terrible, a pesar de parecerle un lío el acto, las mujeres no parecían quejarse demasiado, tampoco los hombres—. Y una mujer decente jamás debe mostrarse así ante ningún hombre, salvo cuando su marido lo desee.
Marido era una palabra que comenzaba a escuchar demasiado a menudo en los labios de su nana. Inclusive la apuraba para que se interesara en su arreglo personal, se preocupara por agradarles a los chicos, que aprendiera a llevar la casa en orden para cuando se casara. Al inicio no le había tomado importancia, pero el asunto seguía flotando entre ellas como las motas de polvo que se podían ver en los rayos del sol, ahora le inquietaba. Sabía que algún día debía casarse, su nana se lo había dicho, su madre se lo había dicho, su tío se lo había dicho, más importante su padre se lo había dicho, pero no lograba imaginarse con quién, ni siquiera lograba imaginarse a sí misma complaciendo a un hombre al cual no conocía ¿cómo iba a hacerlo si ni podía complacer a su padre en la más simple de sus órdenes?
—M'lady ¿no me estás escuchando? —le llamó la atención Betty—. Tu tío te trajo varios regalos ¡Son preciosos! —Todos los regalos de su tío eran preciosos, aunque su nana normalmente no entendía por qué le daba libros o arcos, en vez de peinetas o muñecas—. ¿Quieres verlos?
Asintió con la cabeza, dejando que su nana le colocara el cote(2) que le había regalado su hermano en navidad. Era de un bello color azul claro, se lo había traído de Milán o quizás era de Nápoles, no lo recordaba, pero era de un lugar muy lejano.
Beth abrió la puerta de su cuarto, varias sirvientas entraron cargando telas de brillantes colores, se congeló al verlos extendidos en su cama. Había tenido varios bilaut(2), su ropero aún albergaba algunos que no había estropeado, pero jamás había tenido unos tan bonitos. Puso sus manos sobre las coloridas telas, no era del tipo de jovencitas que le gustara pasar enormes cantidades de tiempo observando telas, sin embargo los colores brillantes, las texturas tan suaves y los patrones bordados sobre ellos: la extasiaban.
Pensó que quizás no siempre debía arruinar sus ropas.
«•»
Se observó en el espejo sin reconocerse, era la vieja lucha nunca ganada. ¿Quién era ella? Esa que le miraba pacientemente sin emitir ninguna palabra, esa cuya sonrisa parecía perfecta, educada, femenina. No eres ella, se dijo, no podía serlo, pues esa hasta parecía bonita. Maria era un esperpento, todos se lo habían dicho. Además nunca le habían quedado bien los vestidos, su nana se encargó de recordárselo todas las veces, no tenía esa figura delgada y frágil que los hombres buscaban, todo lo contrario era demasiado ancha por todos lados, tenía el vientre plano en lugar de tener esa barriguita que hablaba de fertilidad, su cuello no era demasiado largo, nunca había dejado que le rasuraran el pelo de la frente ni que le quitaran las cejas y pestañas por completo(3).
Le dio la espalda al espejo, buscando en el lugar otras ropas, se veía ridícula. ¿Pero qué podía usar si solo había vestidos? No le permitirían usar la ropa holgada que ocultaba su figura falta de curvas. Tampoco deseaba usar esas sábanas que cubrían a las mujeres de pies a cabeza dificultando todos sus movimientos, parecían fantasmas. ¡Por eso odiaba ser mujer! ¿Por qué tenía que complicarse la vida pensando qué ponerse? ¿Por qué no podía hacer sus labores con la ropa de siempre? ¿Por qué tenía que importarle cómo se veía con un trapo barato encima?
Era una pelea que creía había quedado hace tiempo estancada, en realidad perdida por una aplastante diferencia. Era fea. No había nada más que discutir. No había poder en el mundo que la hiciera más bonita, sin importar lo que usara iba a seguir siendo fea. Se miró a sí misma, si no iba ser una belleza ni portando un traje de reina ¿qué más daba lo que usara? Alzó el rostro recuperando aquel porte de seguridad que había ido creando a lo largo de los años. Lo que pensaran los demás de ella no tenía porqué importarle, nunca iban a pensar nada bueno. Lo que dijeran los demás no tenía por qué lastimarla, nunca iban a decirle nada agradable.
Ese era el precio a pagar por ser diferente.
¿Por qué diablos no había nacido como hombre? Su vida hubiera sido más sencilla, no tenía que preocuparse por llenar un vestido como era debido. Desgraciadamente tampoco había sido demasiado masculina, no tenía la espalda lo suficientemente ancha, ni las manos grandes, menos aún sus facciones toscas.
Dio media vuelta enfrentándose dentro de su cabeza a lo que vendría detrás de la puerta de salida. La vida nunca había sido para ella un mar de pétalos de rosas, sobreviviría, quizás con el orgullo un poco herido, pero sobreviviría. Estaba haciendo esto por Altaïr porque algún idiota decidió que defender su relación era algo malo, decidió que los hombres podían permitir que cualquier zorra trepadora se les acercara, que no importaba si ese hombre tenía una relación, los hombres tenían derecho de ser cortejados por cualquier vagina que se les acercara. Ella no estaba buscando ser la más guapa de Masyaf, solo pasar por el castigo sin permitir ser humillada en el camino.
«•»
Las sirvientas no dejaban de alabar su belleza, su cabello rubio que en el invierno a duras penas se distinguía de la nieve, sus ojos azules clarísimos tan llenos de bondad que derretían a cualquiera, sus facciones tan suaves como las de un ángel. Si alguna vez le preguntaban quién era la mujer más bella del planeta, diría que su hermana sin pensarlo dos veces. Magdalene le había robado el aliento a todos los que la veían desde el primer día en que había venido a este mundo, incluso padre, quien pocas veces prestaba atención a sus hijas, la había tomado entre sus brazos como si se tratara del más sagrado objeto.
Ahora que se había convertido en toda una mujer, padre estaba listo para presentarla ante la sociedad. Había mandado traer los mejores vestidos de diversos países lejanos, solo lo mejor para la más querida de la familia. Ciertamente, las ropas poco podían hacer para mejorar su aspecto, todas palidecían ante su belleza natural.
—Será mejor que subas para ver qué se puede hacer por ti. —Maria torció los labios con desagrado. Si le preguntaban quien era la persona más horrible del planeta, sin duda respondería que Elizabeth, la hermana que eternamente estaba a la espera de meterla en algún problema con madre, era verdad que no necesitaba de la metiche de su hermana para ello, pero ésta se regodeaba en la miseria de Maria—. Ya sabemos que no tienes mucho remedio, hermanita, pero seguro encuentran algo tan bonito que los invitados nunca se fijarán en tu espantoso rostro.
—¡Métete en donde te llaman o te dejaré un rostro que ni madre querrá mirarlo! —le gruñó ofendida levantando sus puños cerrados al nivel de los ojos de Elizabeth.
Su hermana se asustó alejándose de ella con presteza.
—¡Madre! Maria quiere asistir a la fiesta con ropas de niño —chilló la muy cobarde estando muy lejos de su alcance.
—¡Oh, Maria, por favor! Solo usa un vestido esta vez —intervino Magdalene bajándose del banco en donde las sirvientas le estaban arreglando hasta el último detalle de su vestimenta. Las sirvientas la miraron irritadas, tratando de disuadir a su hermana de que fuera hasta ella, no obstante Mady la agarró por los brazos observándole con sus tiernos ojos—. No me arruines la noche.
No era tan idiota como para intentar ir a la fiesta en ropas comunes, sabía que si no quería quedarse encerrada tendría que ponerse uno de esos estorbosos vestidos que tanto adoraban sus hermanas. Tampoco estaba demasiado entusiasmada por el evento, probablemente la obligarían a saludar a gente que odiaba, a bailar con más de un imbécil que la pisara, incluso soportar alguno que otro comentario soez de los vejetes viudos. Estaba necesitada con URGENCIA de un esposo, su madre se lo recordaba todos los días.
No tuvo tiempo de tranquilizar a Mady, pues una fría mano la tomó por el cuello. Cerró los ojos ante lo inevitable, escuchó más el grito de miedo de su hermana que el golpe.
—Insolent! Mauvaise fille —comenzó a decir su madre mientras le azotaba la biblia en la cabeza—Tu ne humilieras pas à ma famille —exclamó con enjundia la mujer sin dejar de utilizar el libro contra su hija.
—¡Madre por favor! —le gritó Mady una vez que se puso a salvo del brazo de hierro de su progenitora, no obstante la mujer no dejó su labor. Maria se limitaba a mantener los brazos en alto tratando de amortiguar lo más que pudiera—. Arrêtez ! Mère, s'il vous plaît. Arrêtez!
La señora de la casa dejó la biblia en la mesa más cercana, sus fríos ojos azules miraron con desagrado a Magdalene, ella era la única persona que nunca se había ablandado por la apariencia dulce de su hermana menor, a veces pensaba que la detestaba, pero madre parecía detestar a todo el mundo; excepto por Elizabeth, pero a ella nadie la quería tampoco. Mady no necesitó que su madre le dijera qué hacer, con una simple mirada la hizo retroceder hasta volver a subirse al banco, las doncellas volvieron a su labor sin rechistar. Si había alguien en esa casa a la que nunca debías desobedecer esa era Madre, su ira era devastadora.
—Diable —le dijo antes de abofetearla con toda su fuerza. Dolía, siempre dolían sus golpes, en algún momento creyó que dejarían de hacerlo, como había aprendido a aguantar las heridas de las peleas en las calles, como había dejado de dolerle el cuerpo tras el entrenamiento, pero no, el látigo que era la mano de su madre, era un arma contra la que se hallaba indefensa. La mujer volvió a tomar su biblia entre las manos antes de salir del lugar, sabía que su órdenes serían acatadas sin siquiera pronunciarlas y que la más rebelde sus hijas haría lo que debía de hacer.
«•»
Maria mantuvo la frente en alto, a pesar de los cuchicheos a su alrededor, sí sabía perfectamente que ella en ninguna parte del mundo sería considerada como bella. También sabía que todas esas mujeres, algunas más niñas que otras, a su alrededor eran elegidas para entrar en ese lugar por su destacada belleza, que se dedicaban a cultivar. Incluso Halima, quien estaba entrada en años cuidaba de su apariencia todos los días.
Ella en cambio, jamás había cuidado su piel con tantísimas cremas, ni acostumbraba acicalar su pelo día tras día. No tenía la más mínima idea qué colores le sentaban bien o cuáles le resaltaban los ojos. Las mujeres de ahí lo sabían a la perfección, creía que nunca había visto a una sola que fuera desalineada, o quien se hubiera equivocado de tono al pintarse los labios, no, todas ellas siempre lucían impecables.
Probablemente se veía bastante ridícula, pues aunque vestía con algunas de sus vestimentas, no estaba tan arreglada como ellas, incluso Maria usaba una forma diferente de trenzarse el cabello a las pocas que usaban trenzas(4), así que sabía muy bien que la criticaban a sus espaldas por sus maneras extrañas, tampoco es que incluso las mujeres de su país no hubieran pensando que Maria era un ser de otro mundo. De cualquier forma ¿de qué serviría que se lo dijeran abiertamente? Maria diría que ellas solo eran juguetes desechables cuya valía tenía una fecha de expiración muy corta y ellas dirían que Maria estaba tratando de desafiar el orden natural de las cosas al querer ser hombre.
Una de las mujeres en un intento de valentía, o quizás desafío, irrumpió con el silencio que se hacía cada vez que ella entraba en el gran salón, haciendo gala de sus dotes de bailarina. Maria sonrió para sí misma, si ella creía que le estaba presumiendo algo, la mujer estaba muy equivocada, dado que no envidiaba para nada la delicadeza con la que se movía, al contrario lo único que estaba haciendo era satisfacer la curiosidad de Maria por las danzas del vientre que tanto cuchicheaban los hombres del occidente como si fuera la cosa más mística en esta tierra.
No podía negar que esa danza era cuando menos hipnótica.
«•»
Se llevó las manos al rostro tratando de contener las lágrimas que salían por montones. ¡Detente! Suficiente era con haberse avergonzado a sí misma ¡Detente! Es que ¿acaso no era suficiente, Maria? ¿Qué más quería?
¡Ya basta!
No debía llorar, no debía permitir que nada de esto le afectara ¿acaso no decía estar por encima de las fruslerías femeninas? Ella no quería ser como todas esas idiotas que buscaban desesperadamente un marido, ella no quería vivir encerrada en un castillo, ella no necesitaba a nadie.
Tironeó de los listones que adornaban su cabello, no le importaba si se llevaba mechones de pelo en su paso ¡que importaba si se quedaba calva! No era una dama, nunca lo sería.
—Sí, vuelve al estado salvaje al que perteneces —Maria mantuvo la cabeza agachada, no quería, no debía darle la satisfacción de verla derrotada—. Después de todo, ya los escuchaste, no importa lo que hagas ningún hombre se fijará en ti.
Maria apretó los dientes asegurándose que ningún sonido saliera de su garganta, ni siquiera se atrevió a respirar por miedo a que la escuchara. La risa que brotó de su hermana le hirió en lo más profundo, Elizabeth y ella nunca se había llevado bien, tenían humores muy diferentes, sabía que siempre la delataría ante madre o padre, o buscaría la forma de meterla en problemas con el vicario de Notthingham pero nunca pensó que su hermana sería capaz de ser cruel con ella.
Mas Elizabeth era la favorita de su madre y madre encarnaba la crueldad.
No supo cuanto tiempo estuvo en aquella posición, quizás fueron minutos o quizás fueron horas, cuando se volvió a mover removió todos los adornos que tenía en la cabeza, así como se deshizo del vestido, no le importó romperlo ni romper todo lo que acoplaba su cuerpo a los ridículos estándares de belleza, con tal de salir de él(5).
¿Qué había pensando que iba a lograr? ¿Qué había planeado hacer? ¿Por qué se había involucrado en aquel embrollo para empezar? Pateó la ropa, enojada consigo misma. ¡No era una tonta como Mady! ¡Ella no era la estúpida de su hermana Mady! Sin embargo había intentado lucir bonita porque el estúpido de Eadberht le había halagado, por mucho que desde un inicio Maria había determinado que el hombre estaba mal de la cabeza, sus constantes adulaciones habían terminado convenciéndola de que, de que... quizás no estaba mal arreglarse. Y sí quizás también tenía que ver con el hecho de que Eadberht le agradaba físicamente, ¡la mayoría de las jóvenes creía que él era guapo!
¿Cómo pudo pensar que Eadberht se iba a fijar en ella? Él era el hijo de una ilustrísima familia, con un linaje intachable. Todos sabían que ella era una vergüenza para el honor de la familia, era la menos agraciada físicamente, la que menos modales tenía, la que... ¿A quién engañaba? Elizabeth tenía razón en algo, ningún hombre quisiera ver su nombre involucrado con alguien que solo lo humillaría.
«•»
—¡Ponte algo, mujer! —gritó Altaïr escandalizado. No obstante la inglesa se limitó a rodar los ojos e ignorarlo por completo—. Maria pudo haber entrado un sirviente, un...
—Ellos no entran aquí después de la puesta de sol. Tú lo dijiste.
—El sol aún no se pone —puntualizó señalando el horizonte anaranjado. Para muchos era un poco extraño que a Altaïr no le perturbaran las actitudes de Maria, cuando para él simplemente le parecían consecuencia de su gusto por las armas, eliminando el hecho de que era mujer, ella actuaba como cualquiera que se dedicara a la guerra, no obstante estaban equivocados si creían que ninguna de sus actitudes lo desconcertaba. Su gusto por estar desnuda era una de esas cosas que le ponía los nervios de punta.
—Bueno, cierra los ojos si la vista te es ofensiva. —Altaïr gruñó, el cuerpo de Maria desnudo distaba de ser desagradable.
—Maria, por favor, recuerda que alguien más puede entrar a este cuarto.
La mujer se giró dándole la espalda, ignorando por completo su petición. Él suspiró, suponía que siempre podía pedir que no entraran a su cuarto a menos que estuvieran seguros que nadie se encontraba en él. Se quitó el djellaba negro y se lo puso a Maria, si ella quería estar desnuda, él no se iba a quejar, pero estar sin cubrirse cuando la temperatura bajara podría provocarle una enfermedad, por mucho que ella afirmara que en su país natal el frío era algo común, ella no era inmune a este.
Altaïr le dio la espalda tratando de recordar por qué había subido al cuarto, había abandonado su oficina por una buena razón, estaba seguro de ello. Cuando escuchó como Maria tiraba su ropa al suelo, volvió a suspirar, esa mujer era necia, pero Altaïr podía serlo más.
Ella le dirigió esa mirada viciosa con la que le gustaba amedrentar a sus enemigos, antes de hacerle el desaire de darle la espalda.
—Ya sé que no te gusta estar abajo, Maria.
—Cierra los ojos y cállate.
—Me gusta lo que veo. —No estaba mintiendo en lo absoluto, la razón por la que Altaïr se sorprendía al verla desnuda era porque cabía la posibilidad de que no fuera él quien la viera así, no porque no quisiera verla—. Puedo bajar a hacerte compañía si quieres. —No había horarios de entrada para el Maestro, a diferencia de todos los demás.
—¡No te atrevas! —respingó la inglesa levantándose de la cama—. Métete en tus propios asuntos.
—Si Halima...
—¡No voy a hablar de esto! —volvió a acostarse dándole la espalda.
Oh, así que tenía que ver con las mujeres del Jardín, más que con el hecho de estar ahí abajo. En realidad, Altaïr nunca se había parado a pensar qué relación podía llevar Maria con las mujeres de allá abajo, ni siquiera la había imaginado en el Jardín, él nunca fue de los que pasó mucho tiempo ahí. Las mujeres le eran... desconocidas, no recordaba haber conversado una sola vez con alguna de ellas, salvo por Adha pero ella nunca fue una mujer del Jardín, no tenía idea de quiénes lo habían atendido durante los años, ninguna le interesó lo suficiente como para buscar su compañía con regularidad. Recordaba el nombre de algunas, desde que les era permitido entrar al Jardín, todos los hombres acudían con regularidad y los hombres siendo hombres hablaban de mujeres, algunos estaban más obsesionados que otros. Sabía que Ra'essah era una de las más buscadas, pero le daba su favor a pocos, hace tiempo Malik había ganado su atención. Aasiyah era otra de las mujeres que causaba problemas, sabía engatusar a los hombres con palabras bonitas. Sí, había muchas cuya belleza igualaba su mezquindad.
Altaïr se recostó a lado de Maria, recordando lo mucho que esa mujer detestaba que le curaran las heridas.
—Hay mujeres en el Jardín que tienen lenguas muy viciosas y solo buscan incordiar a los demás.
Por un momento creyó que Maria iba a golpearlo porque tensó los brazos, sin embargo cuando ella se giró por entero para observarlo tuvo una sensación rara, como si Altaïr hubiera despertado alguno de sus muchos demonios internos, uno con el cual ella no sabía cómo batallar.
—Altaïr, quítate las botas si vas a quedarte en la cama.
Ah, la Maria que daba órdenes, era la que más le gustaba.
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Este capítulo irrumpe un poco con la secuencia de la historia, sin embargo me pareció justo ponerlo aquí primero como respiro de lo que vendrá a continuación, segundo para entender un poco más las reacciones de Maria ante las mujeres que son muy diferentes a como ella maneja a los hombres.
Gracias a todos por sus reviews y por leer esta historia que llevaba tiempo sin actualizarse, nos estamos leyendo.
(1) En la edad media el color para las mujeres era el azul dado que representaba pureza/castidad, el color se encuentra asociado con la Virgen María.
(2) The Cote, es una especie de túnica cuyas mangas colgaban un poco, las usaban mujeres de todas las clases, se podía decir que era una vestimenta informal, este iba por encima del chemise. El bilaut, es una túnica/vestido usado por la gente adinerada, por tanto es de telas caras, con bordados llamativos, patrones más complejos y las mangas pueden llegar a colgar hasta las rodillas. Usualmente dentro del fanfic cuando digo vestido, realmente me estoy refiriendo al bilaut, pero me parece engorroso usar la palabra.
(3) En el ideal de la belleza en el Medievo (al menos del siglo 12), las mujeres debían carecer de vello al contrario de los hombres en donde se veía muy masculino, en las mujeres una frente amplia era deseada, de ahí que las mujeres se raparan parte del cabello de la frente, las cejas y hasta las pestañas.
(4) Los peinados occidentales estaban hechos para que las mujeres solteras lucieran el cabello, desde luego formaba parte de ser atractivas para los hombres, aún una mujer casada que por regla debía cubrirse el pelo (ya no tiene necesidad de atraer hombres y su cabello ahora es propiedad del marido), era libre de peinarse a su gusto siempre y cuando recordara usar el velo o el velo podía servir como parte del peinado. En tanto que en el medio oriente el uso del velo para cubrirse por completo el cabello restringe algunos peinados, hay una cita en donde Mahoma dice que el cabello de las mujeres no debe parecerse a la joroba de un camello, la interpretación incluso en la época actual suscita debates, pero algunos dicen que hace referencia a peinados que se abultan en la cabeza, o que son estrafalarios, o etc. (luego recuerden que sobre de ellos va el velo), para algunos lo permitido es que cualquier peinado no debería dejar ver bultos en la cabeza. Por otro lado hay citas en donde Mahoma dice que una mujer no debe destrenzarse el cabello para lavarse la cabeza después del sexo, sino que con echarse agua sobre la cabeza tres veces es suficiente, con lo que se puede notar que las mujeres solían usar trenzas. Otra cosa importante a tomar en cuenta es que una cosa es el arreglo que se tiene para salir de casa o ver personas que no son sus familiares cercanos y otro cuando está en casa con los familiares que sí pueden ver a la mujer sin el velo.
(5) En todos los libros y páginas que consulté, no hay más ropa interior que el chemise, una especie de camisón hasta los tobillos y de manga larga, pero en aquella época el estándar de belleza era que la mujer debía tener pechos pequeños, por ende las mujeres que no entraban en este estándar trataban de ocultarlos, no se especifica cómo y siendo sinceras no creo que anduvieran las mujeres con los pechos sueltos, sería incómodo sobre todo para las que trabajaban en los campos. Existe el bandeau (top) que se ocupaba desde épocas romanas, y hay rumores de aparentes bras, breastbags, algunos hasta mencionan el basquine para el siglo 12, no encontré nada certero, en mi opinión quizás una versión antigua del breastbags recién encontrado del siglo 15 o bien un bandeau debió ocuparse. Además, no imagino a Maria ocultando su sexo o corriendo por los techos con Altaïr sin nada debajo de la túnica, sería cuando menos muy incómodo.
