Buenas a todos otra vez. Antes de desearles una agradable lectura quisiera disculparme por este capítulo, tenía pensado subir
de una sola tirada toda la aventura de Kristoff en la mansión pero he visto que se me están acumulando los trabajos y
exámenes de mala manera, por eso he decidido subirlo en dos partes antes del final. Otra cosa por la que me quería disculpar
es por la estructuración y contenido del capítulo, no lo veo al mismo nivel de los anteriores pero por desgracia se que si no subo
esto es posible que lo abandone -por desgracia soy de esas personas que si no se fuerzan en ciertos momentos se acaban echando
en la cama y dejándose morir como una planta. Dicho esto espero que al menos lo disfruten un poco, a lo que sí me comprometo
es a re editarlo y subir una versión mejorada pero con el mismo contenido.
El momento más espantoso es siempre justo antes de empezar. Stephen King.
Con el Sol de medio día como único testigo y una mochila por compañera, mi viaje acababa de iniciar.
Mientras caminaba por las calles del pueblo en silencio, los aldeanos hacían ver que no existía; hubiera sido completamente inútil pedir ayuda a los lugareños, mi expedición era una locura y además el pánico parecía dominarles tanto o más que a mi, de ahí que mi único acompañante fuera la mochila de tela junto al barril de alcohol y la carne seca.
A cada paso que daba una oleada de valentía se iba apoderando de mi, conocer la verdad que se escondía tras la terrorífica historia que se escondía en el pueblo era lo único que me importaba y me hacía sentir seguro.
Creía que tras la verdad habría algo que me protegería y evitaría que enloqueciera definitivamente, de verdad que lo creí.
Mientras caminaba hacia el bosque, poco a poco me fui aislando de lo que me rodeaba y pronto me hallé sumergido en mis pensamientos más racionalistas y lógicos que se asemejaban a un pequeño halo de luz en medio de la oscuridad. De repente, tropecé y salí de mi aislamiento, alcé la vista y vi a lo lejos una arboleda que parecía parecía vigorosa pese a la época en la que nos encontrábamos, sonreí feliz por ver algo lleno de vida en medio de aquel desolador paraje pero pronto esa sonrisa se desvaneció. Conforme me iba acercando al bosque cada vez veía más claro que algún tipo de enfermedad se había cernido sobre ellos. Toda clase de vida poseía un color extraño que me recordaba al color amarillento de los enfermos de tuberculosis, era como si temieran la muerte y se aferrasen a la vida con todas sus fuerzas aun sabiendo que la batalla estaba perdida.
La visión me conmocionó. Era extraño para un nativo como yo ver una estampa tan singular, los bosques que me habían rodeado a lo largo de mi vida eran mágicos, poseían una fuerza que solamente se veía en las zonas más vírgenes del mundo donde el hombre apenas había penetrado, no se parecían par nada a la muerte que rodeaba al pueblo. Pero incluso siendo algo moribundo, aquel bosque tenía algo de bello.
Al cruzar los primeros árboles el camino se hizo más sencillo. Allí dentro no había tanta nieve como afuera, los árboles aunque desgastados eran frondosos y habían formado un casi perfecto escudo contra la tormenta de días atrás, la tierra había absorbido gran parte del agua que la nieve había desprendido y a mi parecer era más fácil caminar por el lodo que por la resbaladiza y peligrosa nieve. El único problema era que no podía vislumbrar bien la posición del Sol, aunque pronto dejo de serlo. Antes de lo que me hubiera gustado el cielo empezó a encapotarse y me arrepentí de haber deseado que a la tétrica imagen se le uniera unas pocas gotas de agua. En la ficción, la lluvia era perfecta para el momento, mas ahora que yo era el protagonista me sentía desosegado por lo que el cielo me preparaba para el camino.
No llevaba ni una hora de camino que las primeras y tímidas gotas ya se habían convertido en furiosos y traslucidos cristales que caían sobre mi con fuerza. Desorientado por la tempestad corrí bajo la lluvia sin dirección fija sorteando las raíces y ramas del suelo como podía, pero por desventura fui a dar con una especie de claro donde árboles se retorcían buscando la luz de Sol. Aquellos troncos estaban prácticamente muertos pues su color era de un tono gris ceniza y no tenían follaje.
Temía adentrarme aún más en el bosque pero debía hacerlo.
De nuevo huí sin dirección fija, estuve horas bajo la lluvia que había logrado penetrar hasta mi ropa interior y empapar mis calcetines, tenía frío y estaba desesperado por encontrar la casa dónde las niñas habían vivido años atrás. Calado hasta los huesos, por fin me tope con una magnánima casa cubierta de floresta. El edificio parecía abandonado y torturado por el tiempo, sus paredes estaban parcialmente derruidas y carcomidas por las enredaderas. Aquella planta había cubierto sobre todo la segunda planta, la naturaleza había conquistado la mayor parte de la planta dejando únicamente intacta la estructura del primer piso.
Me acerqué hasta la reja, aparté las enredaderas de la placa y descubrí que aquella casa no pertenecía a las Solberg sino a otra familia, los Cox.
"Residencia de los Cox; Mansión Martense."
Desesperado por resguardarme de la furia del agua empujé la puerta y descubrí que estaba sellada, tuve que trepar y saltar para poder allanar lo que en otros tiempos había sido una mansión para poder resguardarme de la tempestad. Mientras corría tuve una visión fugaz del patio al que fui a caer: amplio y yerto, lo único que adornaba aquel lugar eran las columnas corintias de la puerta y puñados de tierra mojada que empezaba a compartir terreno con pequeñas balsas de agua. No se si había algo más porqué no me fije en ello, simplemente corrí como alma que lleva al diablo hacia hacia la puerta que tuve que derribar para poder entrar a la mansión.
Antaño aquella mansión tuvo que haber sido un lugar realmente precioso. De las paredes todavía colgaban pequeñas pinturas que apenas habían sido consumidas por el despiadado tiempo, si te acercabas incluso en podías notar un trazo suave y delicado, sus motivos eran básicamente paisajes donde se reflejaban los exóticos páramos de Las américas o África, eran unos motivos realmente exquisitos.
Caminé por la sucia y carcomida moqueta sintiendo como a cada paso que daba me hundía y encharcaba la tela.
Embelesado por lo que veía caminé por el largo pasillo imaginando la vida que hubiere en aquel lugar años atrás. Me imaginé los pasillos llenos de hombres bien vestidos desplazándose de un lado a otro, parloteando en un tono suave y cortés mientras se dirigían hacia alguna otra sala más propicia para las discusiones. Realmente me había trasportado a otra época con aquella fantasía de la que salí cuando di un tras pié al llegar a lo que parecía ser una polvorienta sala de estar. Al mirar al suelo descubrí una extraña y mediana protuberancia negra que estaba junto a la pared, cerca de la puerta, y pegada al suelo. Desconocía que era eso pero fuere lo que fuere había dejado un rastro en la pared de un colo negro similar al que se produce después de un incendio.
Me acerqué sin recelo alguno a la protuberancia que había en el suelo, me quité los guantes y acerqué la yema de los dedos. Instantáneamente en mis dedos se pegó aquella masa que parecía gomosa. Estiré y un pequeño hilo se quedó pegado a mi. Curioso, observé mis dedos donde quedaban restos de un color negro mezclado con rosado y en mi rostro se dibujo una mueca de asco ante lo que estaba viendo, oliendo y sintiendo.
-Puag.- Rápidamente me limpié en la chaqueta y me coloqué los guantes para olvidar lo que había hecho.
Después de haber tocado esa masa observé los muebles sin saber por donde comenzar. Todo parecía polvoriento, incluso algo me llamó la atención. En el centro de la estancia había un cuadro cubierto por una tela raída, mas al quitar la tela pude ver que se trataba de un retrato. Para mi asombro allí yacía un precioso retrato de un joven hombre de ojos claros, cabello azabache y rostro alargado. Su porte era majestuoso, su rostro atractivo y su pecho parecía estar ligeramente inflado, quizás se estaba mostrando orgulloso de estar posando frente a su mansión.
-Así que tu eres Cox...-Murmuré sin esperar respuesta alguna y embelesado por la técnica del cuadro. Estire mi mano para tocar aquella figura y al hacerlo descubrí una pequeña firma en el lado inferior izquierdo. Apenas se podía leer algo así que con cuidado descolgué el cuadro y retiré el marco. En el lienzo pude leer lo siguiente:
Inkeri. 1794.
Al descubrir la antigüedad del cuadro me apenó haber destapado aquella magnifica pieza, sin duda el retrato del hombre podía haber vivido sin ver lo que estaba ocurriendo con su mansión.
Enrollé la tela y dejé todo a un lado.
Debía proseguir mi viaje por el retorcido laberinto que era el ala este si quería despojarme de la ropa mojada y encontrar algo más cómodo; inspeccioné cada habitación que se ponía por delante mas no descubrí absolutamente nada. Aquel lugar sólo acumulaba polvo y era pasto de las arañas y otros seres. Suspiré y continué por el último pasillo desesperanzado, todo lo que había encontrado hasta el momento se reducía a un gran comedor, una pequeña biblioteca y a habitaciones de invitados, por suerte en el último momento fui a dar con la cocina y un gran horno de piedra que me mantendría caliente por un rato. Una vez allí encontré un quinqué con aceite y algo de madera que quemar; tras lo que me pareció ser una eternidad frente al fuego, decidí comer algo para recuperar fuerzas y luego continuar con mi investigación hacia el ala oeste.
Al otro lado de la mansión había vivido el servicio.
En el ala oeste la distribución era completamente distinta, las habitaciones eran pequeñas y prácticamente no tenían adornos. Casi todas tenían un mismo patrón decorativo excepto por una cosa: la cruz. Era obvio que el dueño de aquel lugar había necesito una gran cantidad de interinos para los cuales apenas había ornamentado sus habitaciones, mas todos ellos tenían en común que en algún momento de sus vidas habían colocado una cruz cristiana en algún lugar del cuarto, no importaba si era una pobre pieza de madera o uno hecho con porcelana, la cuestión es que todos en algún momento habían decidido protegerse se algo.
Por desgracia aquellos pobres diablos muertos de hambre jamás habían aprendido a escribir y ahora era imposible saber que había ocurrido en aquel lugar que tanto se asemejaba a los dibujos de la pequeña Anna. O al menos eso pensé hasta que dí con el último cuarto abierto; la estancia más grande tenía menos polvo que el resto y signos de vida reciente.
Aunque parezca extraño no sentí temor alguno al adentrarme en aquel lugar, más sentí con una fuerza casi violenta el deseo de entrar y registrar el lugar. Algo dentro de mi sabía que iba a encontrar algo en aquel lugar.
Entre al cuarto y busqué entre los cajones pero no hallé nada. Miré debajo de la cama y en la cómoda. Ya solo me quedaba comprobar el armario cuando al abrirlo me encontré unos papeles que parecían haberse caído y quedado atrapados en el diminuto espacio de entre los cajones y la pared del propio armario.
Con grandes dificultades los rescaté y leí lo poco que estaba escrito con una letra infantil, redondeada y cargada de errores.
"21 agosto: Anna a buelto la señorita esta mui contenta con ella.
22 agosto: La señorita me permite asistir a las klases de la señorita Anna.
28 agosto: El señor se a ido de viaje.
29 agosto: Algo pasa por las noches".
El texto estaba lleno de frases que apenas tenían significado para mi y rápidamente perdí el interés por la primera hoja.
" 1 Enero: Su madre ha muerto. No se muestra triste.
2 Enero: La semana que biene la entierran.
6 Enero: Ayer escuche que nos ban a echar a todos. Algo pasa.
7 Enero: E encontrado el diario de la señorita. Lo guardare antes de irme. Alguien que lea mejor que yo entendera que esta pasando.
8 Enero: Puedes negar la ebidencia que esta delante de ti."
Las frases acababan ahí y la única pista de dónde podía encontrar aquel diario del que hablaba era casi como uno de esos puzzles de cinco mil piezas que te provocan grandes quebraderos de cabeza. Lo peor de todo es que lo único que podía sacar en claro era que ahí había vivido una tal Anna -de la cual estaba casi cien por cien seguro de que era la señorita Solberg- y una mujer más.
Doblé las hojas y las metí en el bolsillo de la chaqueta que estaba ligeramente húmeda por si en algún momento se me pasaba el dolor de cabeza que empezaba a sentir y lograba entrever el significado de lo último que el siervo había escrito.
-"Puedes negar la evidencia que está delante de ti..."- Cuándo quise darme cuenta aquella última frase se había convertido en mi rezo personal, no dejaba de repetirla una y otra vez como si en algún momento me fuera a iluminar por la luz de la razón. Finalmente me iluminé. Tras intentar forzar una puerta que en mi primera visita no se había abierto, cuando me dí por vencido recordé que en la otra ala había visto una biblioteca con cálidos y mullidos sofás que invitaban a sentarse, fue en ese momento en el que caí en el significado de aquella frase. Si en algún lugar podías negar la evidencia de que algo era un diario, aquel lugar era la biblioteca.
Registré hasta el último libro pero allí no hallé nada. Todos los títulos hacían referencia a libros sobre estudios o novelas románticas carcomidas por el tiempo que apenas habían sido tocadas.
Apenado por mi fallo decidí quitarle el polvo al sofá y tumbarme un rato para descansar.
Cuando el Sol prácticamente se había ido me desperté. Mi estancia en aquel lugar había sido infructuosa, no sólo no había sacado nada en claro sino que además era muy posible que de la visita me llevase un buen catarro; me desplacé hacia la cocina para comprobar que el fuego estuviera apagado y allí comprendí mi error. Todas las estancias tenían una cantidad de polvo similar excepto una, había madera en aquella cocina y el ala este era la zona que más abandonada estaba, eso sólo podía decir una cosa: alguien había estado viviendo ahí recientemente y esa persona tenía que ser el padre de las hermanas puesto que nadie más podía estar tan loco como para vivir ahí. La única pregunta que me hacía era ¿Si el vive aquí, cómo es posible que aún no haya vuelto?
Bajo este nuevo punto de vista, la adrenalina se disparó por mis venas y sentí un deseo irrefrenable de continuar mi expedición.
Había recorrido todas y cada una de las habitaciones que estaban abiertas pero a su vez sabía que había una segunda planta, tan sólo debía llegar hasta ella.
Cuándo la puerta cedió ante mi peso caí junto a ella sobre un suelo manchado de una extraña substancia negruzca. Aquel lugar apestaba a rancio y me provocaban arcadas pero ahí estaba la escalera que andaba buscando; con todo el acopio de valor que pude en mi cuerpo, subí lentamente por las ruidosas escaleras de madera, bajo mis pies crujían al tiempo que se escuchaba a mis zapatos pegarse y despegarse de aquella substancia que tan poco me gustaba. Por desgracia al llegar al final pude descubrir que era aquello.
En la sala de arriba, al final del pasillo y con la puerta entreabierta, una estancia que se asemejaba a una recámara para trastos escondía un cuerpo inerte. El cuerpo era de un varón de más de sesenta años que había muerto a causa varias puñaladas. En ese momento vomité en una esquina.
Sin duda alguna aquel pellejo inerte tenía que ser el padre de las dos muchachas.
Rápidamente cerré la puerta y huí hacia la habitación más cercana, habitación que curiosamente era la de matrimonio; sobre la cama había un gigantesco cuadro dónde salía el mismo hombre que en el de abajo junto a una adolescente muy joven que se asemejaba a Elsa. Me acerqué un poco más y comprobé que realmente aquella joven era Elsa.
-¿Qué cojones?- No me creía lo que estaba viendo, en el cuadro de abajo la fecha era de mil setecientos, era imposible que el mismo hombre pudiera vivir tantos años, al menos si era un ser como lo que categorizamos de hombre; con algo de dificultad bajé el cuadro, le quité el marco y bajo otra firma de autor descubrí la fecha:
1910.
-Imposible... Este hombre tenía más de cien años...- Sorprendido por lo que había descubierto me apresuré a registrar todo aquel lugar en vano. -Calma Kristoff, calma. En algún sitio podrás encontrar ese diario y quizás te enteres de algo más...
A los últimos en comentar debo decirles que realmente me animáis muchísimo a continuar dándolo todo, como bien he comentado antes soy una persona propicia a tumbarme y ver la vida pasar aun cuando estoy en momentos emocionalmente estables. El problema de esto es que mi escritura suele decaer y siento que pese a que me esfuerzo no me sale nada bien, por eso cuando me despierto con notificaciones en el móvil que me indican que alguien ha comentado aquí me siento de una forma que creo que es indescriptible. Es como una oleada de fuerzas y vigorosidad que me hace llevar una sonrisa bobalicona en la cara casi todo el día. Realmente sois una fuente de fuerza increíble y siento de quedo decíroslo.
Agradecimientos a parte, a Ulises155 quería decirle que en los comentarios anteriores no hice comentario alguno sobre el asesino porqué sería un gran spoiler, tan solo espero que mi silencio no haya sido algo muy violento y desagradable. A Balticbard, tenía que comentarte que curiosamente la historia que mencionas es uno de los cuentos que tengo pendiente de leer, un familiar directo me comentó que de pequeño se leía esa colección y desde entonces que voy detrás de ella.
A Valentine y a Step, debo hacerles saber que me alegro muchísimo que les esté gustando.
Al resto: Os prometo que este capítulo, en cuanto vea donde están mis horrores, lo re editaré para que sea algo más fluido y digno de ser leído.
