FAMILIA

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Todo el Hampa japonés se reunió aquel día para dar su último adiós a Shihoin Yoruichi.

A lo largo de todo el día la casa principal del clan Kidou recogió un desfile de altor cargos del gobierno mezclados con altos cargos yakuza que se inclinaban respetuosamente frente a una foto de la fallecida. Todos representando una comedia llamada hipocresía.

Kurosaki Ichigo era uno de ellos. Pero no se sentía hipócrita en lo más mínimo. Perder a Yoruichi no era precisamente algo que hubiese pasado nunca por su cabeza. La mujer era una pieza clave en su mecánica del poder. Una pieza insustituible y que durante años había dado la sensación de que duraría por siempre.

¡Que imbécil había sido!

Yoruichi era humana, era mortal y hacía dos noches aquello había quedado condenadamente claro.

Una bala y se acabo.

Una bala y una pistola que habían pertenecido a la propia Yoruichi. El examen de balística había sido jodidamente claro. El problema: la bala había entrado por su frente y la pistola había desaparecido.

Un tiro en plena calle y el asesino se había llevado el arma con él.

Ichigo quería venganza, quería destrozar al bastardo que había hecho aquello.

Pero… Busco a su mujer con la vista.

Rukia estaba arrodillada frente al altar conmemorativo con la mirada perdida en la fotografía de Yoruichi. Había estado en esa posición durante todo el día. Había tenido aquella mirada los dos últimos días, desde que la llamo para darle la noticia. Quizá había sido un error de su parte. No había comprendido entonces cuán importante había sido Yoruichi para Rukia. Y seguía sin entenderlo ahora.

Sin embargo su mujer estaba destrozada. No había gritado, no había llorado, no se había puesto furiosa como él, solamente se había quedado vacía.

Tendría que haberle contando lo de Yoruichi cara a cara, pero no había estado pensando.

Urahara había llegado esa mañana con gesto desencajado y le había dicho que habían encontrado a Yoruichi asesinada en mitad de una calle principal. Una bala, nadie había visto ni oído nada. Luego el mismo Urahara había desaparecido. Tampoco podía preocuparse por él, cuando estuviese listo volvería.

Había llamado a Rukia a continuación. No había estado pensando en haber perdido a una amiga, había estado pensando en la perdida de una aliada. ¿Qué iban a hacer sin el clan Kidou? Su balanza de poder se inclinaría a favor de sus enemigos…

Solo un poco más tarde, después de haber visto a Rukia por la noche , dejo de racionalizar aquel asesinato para comprender que había perdido a una amiga.

Pero todo aquello tendría que esperar, la investigación, la venganza, el clan, todo. Aquella noche era acerca de despedir a una incuestionable aliada.

Tropezó con Shiba Kukaku cuando trataba de llegar hasta su mujer.

Kukaku había sido la mano derecha y la izquierda de Yoruichi por décadas. Su sucesora por derecho natural, siendo que la difunta no había dejado herederos. Lo lógico sería pensar que el clan se reorganizaría rápidamente entorno a ella. Pero para eso Kukaku tendría que recuperar los cinco sentidos rápido. Y sobre todo la voluntad. Sin embargo estaba tan distraída como la propia Rukia.

Ichigo tuvo un mal presentimiento.

-Tenemos que hablar- le dijo a la mujer.

Pero esta solo lo miró con ojos inexpresivos.

-Mañana- murmuró ella, antes de darle la espalda.

Ichigo sintió una oleada de rabia. ¡¿Por qué ninguna de aquellas mujeres podía aceptar la muerte? ¡¿En qué mundo habían estado viviendo hasta ahora? La gente moría, en su mundo más que en cualquier otro. ¡¿Era esta la primera perdida que afrontaban?

No, no lo era, para ninguna de las dos. Ichigo se mordió la lengua furioso. Quizá pudiera hacer algo para sacudir la cabeza de Kukaku, pero solo se le ocurría algo que le provocaría urticaria el resto de su vida. ¡Mierda!

Algo se agarró a la manga de su camisa y tiro insistente, como un niño que trata de atraer la atención de sus padres. Yuzu, lo miro con ojos angustiosos. No debería haberla dejado venir al funeral.

-Vámonos- pidió.

Ichigo asintió. Llevaba todo el día sollozando y todo el mundo se había dado cuenta.

-Voy a buscar a Rukia.

-Karin y yo nos iremos con Chad.- se despidió su temblorosa hermana.

Ichigo tuvo que ayudar a Rukia a incorporarse, las rodillas se le plegaron cuando intento levantarse sola, demasiadas horas sentada sobre los talones. Tambien tuvo que ayudarla a llegar al coche.

Fue la primera vez que la tocaba durante tanto rato sin que ella intentase matarlo. Tuvo que reírse ante la ironia.

Recorrieron todo el camino de regreso a casa en una silencio incomodo. Ichigo había prescindido de chofer a favor de sus hermanas, por lo que él mismo conducía el porsche, con Rukia sentada en el asiento del copiloto. Y su escolta siguiéndolos en el coche contiguo.

Ninguno de los dijo nada a lo largo de todo el trayecto a casa. Ni siquiera cuando llegaron, ni siquiera cuando ninguno de los dos se movió para bajar del porsche.

En silencio, en la oscuridad, Ichigo se pregunto porque le molestaba tanto aquella Rukia. Quería sacudirla. Prefería mil veces a la sicópata e intrigante que había sido aquellas semanas a la fría y apática mujer que se sentaba en silencio junto a él.

Lo que era irónico, él había querido que fuese así, callada y sumisa, desde que la había conocido. Y ahora que lo había conseguido quería de vuelta a su histérica y calculadora mujer que no podía evitar montar un escándalo cada vez que la tocaba.

Se pregunto desanimado que pasaría si trataba de follarla aquella noche. ¿Permanecería tiesa como un cadáver en la cama o despertaría finalmente para mandarlo al infierno?

Ocurriera lo que ocurriese Ichigo no tenía la voluntad para averiguarlo. En su lugar. Atrapo una de las pequeñas manos de Rukia entre las suya y la apretó con fuerza.

-Todo saldrá bien- se encontró prometiendo.

Rukia lo miró y algo similar a la sorpresa brillo en sus ojos. Poco a poco su rostro se ilumino en una suave sonrisa.

-De acuerdo- aceptó.


Rukia regresó a su habitación con Ichigo pegado a sus talones, como un padre temeroso de los primeros pasos de su hijo. Sin embargo, dio media vuelta en cuanto ella consiguió abrir la puerta.

Lo vio marchar sin atreverse a detenerlo. No quería estar sola, no soportaba la idea de estar encerrada en una habitación vacía. Quería que alguien se quedase con ella, que alguien la consolara de alguna manera. ¿Tan terrible seria mostrase débil?

Yoruichi había muerto, la misma Yoruichi que la había subido a sus rodillas para enseñarle a conducir. La mujer fuerte que la había sostenido cuando había estado apunto de caer. Los únicos brazos amables que la habían abrazado el día en el que su hermana murió…

Se sentía como ese día. Sentía que había vuelto a perder a una hermana… Y el dolor la estaba matando.

Pero no podía llorar, las lagrimas se habían secado de sus ojos hace mucho tiempo. No podía darse el lujo de ser débil.

No podía permitirse llamar a Ichigo y suplicarle que la abrazara hasta que el dolor remitiese. Y no había nadie en el mundo que pudiese consolarla y apoyarla sin pedir nada a cambio.

Ichigo lo había intentado.

Hacía un momento, en el coche, él había tratado de consolarla, le había prometido que todo iba a salir bien y ella le había creído. Ichigo no haría una promesa que no pudiese mantener.

Sintió de nuevo un pequeño y desconcertante calor en el pecho. Todo iría bien.

Noto entonces el paquete que la esperaba sobre la cómoda. Llevaba el remite y los sellos pertinentes del museo, asía que parecía un paquete de trabajo sin embargo estaba cubierto con la caligrafía infantil de Yachiru.

La nube que había estado opacando sus sentidos, se fue deshaciendo a mediada que leía. ¡Era tan Yachiru! La joven solo conseguía hacerla sonreír con cada una de sus incongruencias, incluso cuando lo que realmente pretendía era darle el pésame. Sabía exactamente lo que era perder a un ser querido y sabia encontrar el lado bueno a las peores situaciones. Era única.

Tardó un par de páginas en comprender que realmente estaba leyendo el informe de la muerte de Yoruichi.

Era una de las cosas que amaba de su loca y desquiciada subordinada, se ocupaba inmediatamente de los asuntos más urgentes aún cuando ella no se lo hubiese pedido.

El cuerpo de Yoruichi había sido abandonado en mitad de la calle. No había escena del crimen, ni se había encontrado el arma y nadie había visto ni oído nada. Ni una sola pista. Ni siquera las cámaras de seguridad habían captado algo sospechoso.

Solo tenían un cuerpo.

Un crimen perfecto.

Rukia dejo caer el informe abrumada. No existían los crímenes perfectos, siempre había un detalle, una pista,… Este carecía de todo eso. Yachiru ni siquiera había podido seguir el rastro de Yoruichi al abandonar la boda de Byakuya.

Y esa ausencia, ese vacio, era la mayor pista que Rukia podría haber tenido. Solo existía un clan capaz de llevar a cavo un asesinato perfecto.

Era hora se asistir a una cita que había estado planeando durante semanas.


Ichigo contemplo a los dos idiotas dentro de su despacho.

Se consideraba la clase de hombre que no aguanta la estupidez humana y sin embargo se había visto obligado a aguantar a aquellos dos. Al primero, porque al parecer su mujer no era de las que adoptaban gatitos, sino de las que acogían a experimentos genéticos en plena adolescencia; y al segundo, porque necesitaba desesperadamente a Shiba Kukaku y no creía que a esta le gustase recuperar a su hermano pequeño dentro de un ataúd.

Shiba Ganju había sido un hombre grande antes de entrar a la cárcel, pero al parecer los cuatro años que había pasado dentro los había invertido en aumentar su musculatura y perfeccionar ese aire de fanfarrón salido.

Le había costado exactamente una hora hacer la llamada adecuada para sacarlo de la cárcel. Lo necesitaba con Kukaku, porque necesitaba desesperadamente que la mujer reaccionara de una vez y reorganizase el jodido clan Kidou entorno a ella. Y necesitaba que cuando lo hiciese, todavía pudiese contar con su lealtad. Devolverle al capullo de su hermano, había sido la única cosa que se le había ocurrido. Él lo había metido en la cárcel, así que sacarlo había sido fácil.

Cuando Ichigo había entrado a su despacho, los dos tocapelotas habían estado manteniendo un duelo de miradas, se odiaban mutuamente. No podría importarle menos.

Kon se lanzó hacía él en cuanto lo vio.

-¡¿Por qué esta ese aquí? ¡Debería estar pudriéndose en una mugrienta celda!

Ichigo creía firmemente que el lugar de ambos era una bolsa para cadáveres, pero se lo callo. Decidio ignorarlo, no respondía ante las exigencias de nadie.

-¡No pienso vivir bajo el mismo techo que él!- gritó Ganju a su vez.

¡Dios! La genética era una puta y él solo había heredado toda la mierda de sus hermanos mayores.

Se sentó a su escritorio ignorándolos a ambos. No hacía tanto había comprobado que la mejor manera de deshacerse de Kon era ignorándolo. Al mocoso le encantaba ser el centro de atención y que le hiciesen el vacio lo ponía de los nervios. Así que cuando no reconocían su presencia salía corriendo en busca de un espejo una criada a la que acosar, normalmente Orihime.

Por desgracia, aquel día ninguno de los dos se evaporo por ignorarlos.

Miró directamente a Kon.

-Largate- le ordenó, pero era una amenaza.

-Pero…

-¡He dicho que te largues!

La amenaza solía funcionar incluso mejor que hacerle el vacio. El mocoso tropezó con sus propios pies al salir corriendo de la habitación.

A Ichigo no le gusto la mueca de satisfacción de Ganju.

-¿Sabes porque estás aquí?

Su sonrisa de idiota hipócrita se ensancho.

-Tu abogado insinuó que necesitabas un hombre de fiar…¡Puedes confiar en mi!

¡Encima lo tuteaba!

-Necesito hombre inteligente y duros, no a hombres de fiar- le corto con dureza.-No te necesito a ti, necesito a tu hermana.

Ganju se desinflo como un globo, pero lo miro con algo similar a la inteligencia, no es que Ichigo fuese así de optimista, respecto a su coeficiente intelectual.

-Jódeme y volverás a la cárcel- lo amenazó- Y esta vez lo que quedara del clan Kidou no será suficiente para salvar tu culo de los sicarios.

Ganju tuvo el buen tino de parecer asustado. Eso le gusto, el miedo era la mejor arma para controlar a los idiotas.

-Hay un coche esperándote fuera. Vuelve con tu hermana y más te vale hacerla reaccionar.

Ganju, asintió temeros y se dirigió a la puerta con resolución. Se detuvo en el marco de la misma para girar a mirarlo.

-Eres igual que él. ¿Lo sabías?

Levantó la cabeza para mirarlo. ¿De qué cojones le estaba hablando?

-Eres igual que Kaien- le explicó.

Ichigo dejo caer los papeles sobre la mesa atravesó, la habitación en dos zancadas y le reventó la nariz de un puñetazo.

-Lárgate de aquí – le siseó.


Aquella mañana de domingo Hiyori no pudo encontrar a Rukia por ningún sitio. Tampoco a su Ferrari. Aunque si que encontró su móvil y el localizador que hacía una semana había escondido en su bolso favorito. También encontró una nota firmada por la mujer en la que le decía que volvería a la hora de comer.

La estaba provocando. Y Hiyori no era de las que reaccionaban bien a las provocaciones.

Aquella estaba siendo la peor semana de su vida. Seguían teniéndola alejada de la acción, cuando era evidente que su facción se había echado, una vez más a seguir la pista de los Arrancar. Hirako había encerrado a dos o tres sicarios en la sala de interrogatorio, ¡y ni siquiera había aceptado su ayuda! Se sentía infravalorada y desplazada.

Por otro lado, Kisuke había desaparecido, porque era incapaz de hacer frente a la muerte del amor de su vida. ¡E Ichigo pretendía que ella lo encontrara! ¡Ella! ¿Qué mierda de relación se pensaba que tenían? Lo único que había hecho por ella alguna vez fue dejar preñada a su madre. ¡Ellos no tenían ninguna clase de relación!

¡Oh! Y también estaba Karin. La Kurosaki había llegado completamente borracha a la mansión la noche anterior y como la había encontrado ella tambaleándose por los pasillos era también su responsabilidad informar de ello a Ichigo.

¡Su semana ideal!

¿Y qué podía pasar para mejorarla?

¡Rukia se fugaba, una vez más, de la mansión!

Bajo sus mismísimas narices, bajo las narices de todos los jodidos guardias de seguridad de la mansión. Había encontrado un jodido punto negro en las cámaras de vigilancia.

Pero, no pasaba nada. Hiyori necesitaba encontrar una forma de sobrellevar el estrés. ¿Rukia quería que la cazase? ¡Pues lo haría! Con granadas de mano, si era necesario.

Si Ichigo la mataba por esto, no moría sola.

Dos horas después, Hiyori recordó la primera vez que Rukia se le había escurrido entre los dedos. Recordó lo fácil que había sido encontrarla… ¡Había estado jugando con ella! La había utilizado y mentido.

Tendría que buscar refuerzos.

A Karin se le resbaló el cigarrillo de la boca.

-¿Rukia ha desaparecido?- repitió confusa.

Hiyori asintió.

-¿Y quieres que te ayude?

Asintió.

La joven heredera frunció el ceño.

-¿Y por qué debería ayudarte a encontrarla?

-Porque no puedo pedir ayuda a nadie más sin explicarle a Ichigo que he perdido a su mujer. Y porque si no me ayudas le contare a tu hermano lo del chupetón.

Karin boqueo horrorizada llevándose una mano al cuello.

-¿Me estás amenazando?

-Quizá. ¿Vas a ayudarme?

Karin sonrió lentamente.


Sentada en un café de un pequeño barrio, Rukia sopló la espuma su cappuccino para tratar de enfriarlo, pero con ello solo consiguió que la espuma saltara sobre su nariz.

La niña sentada frente a ella estallo en carcajadas. Nell, llevaba aquel día un vestido granate completamente a juego con el de su madre sentada junto a ella.

Lo cierto es que ambas siempre vestían a juego, dando la impresión de que Nell era una versión encogida de su propia madre, el mismo color de pelo y de ojos, y sobre todo, el mismo estigma que cruzaba la cara de ambas, de mejilla a mejilla sobre la nariz, como una pintura de guerra.

-Nell, pórtate bien- le recrimino su madre acariciándole la cabeza con expresión tierna.

La niña sonrió de oreja a oreja mirando a su madre con verdadera adoración.

Nelliel Tu Odelschwanck, no era una clase de madre corriente y probablemente tenia un concepto completamente distinto de lo que era "portarse bien" para una niña de 4 años. Rukia sabía que no podía cometer el error de creer que esa mujer era su amiga. Nelliel no era amiga de nadie. Había pertenecido al clan Arrancar hasta hacía no mucho tiempo, y no había sido precisamente una intermediaria. Había sido una jodida Espada, uno de los cargos más altos. Una asesina sin piedad y sin corazón. Pero había cometido un error. Se había quedado embarazada. Había antepuesto al bebe a todo y se había retirado. Rukia no iba a criticarle nada de aquello, porque gracias a eso la había captado para su organización. Nelliel era la fuente a la que acudía, cuando no podía pedir algo a Yachiru. Y también a quien acudía cuando necesitaba saber algo sobre los arrancar. Pero acceder a ella nunca era fácil, citarla para aquella mañana había supuesto semanas de planificación por parte de ambas, a Kon conduciendo una moto y a la pequeña Nell colándose en la mansión Kurosaki. Ya ni siquiera recordaba el motivo porque el que había organizado aquella cita en primer lugar. -Tengo el informe que me pediste- le dijo Nelliel, con esa clase de voz sensual que sin duda hacía estremecer a los hombres. –Pero no creo que sigas interesada.

Había sido algo tan estúpido como averiguar todo lo posible sobre la madre de su marido, Kurosaki Masaki. ¡Ojala su vida siguiera siendo así de simple!

-Me gusta quedarme con las cosas que he pagado por adelantado- se burlo Rukia aceptando el pen drive que esperaba junto al azucarero.- Pero es cierto, tengo otras preguntas.

-¡Dispara! Aunque no literalmente- bromeó.

-¿Quién fue?

Nelliel borró su sonrisa burlona.

-Nell, cielo, ve a pedir al camarero la cuenta.

La niña salto de su silla y corrió hacía la barra. Las mujeres se miraron en un silencio tenso.

-Ya lo sabes- le dijo Nelliel.- Yoruichi contestó una llamada y desapareció.

La llamó su asesino, no dijo. Igual que no dijo que nunca se hubiese molestado por cualquiera. No hacía falta, Rukia lo sabía, solo había estado buscando una confirmación. Ahora ya la tenia.

-¡Por cierto!- exclamó la exespada.- Tengo algo más que quizá te gustaría saber.

Rukia miro su sonrisa burlona y supo que no podía tratarse de nada bueno.

-Dime.

-No puedo, la mirada de esa vizard, me está poniendo los pelos de punta…- fingió estremecerse.

Rukia giro la cabeza hacía la ventana que daba a la calle. Hiyori aguardaba al otro lado de la via con la vista fija en ambas. Parecía una versión femenina del anticristo, tenía la mirada desencaja de un asesino en serie.

Sonrió a la rubia y agitó la mano para saludarla.

La mirada de odio de Hiyori se estrecho.

-¡Vizard!- se molesto Nellie.- Siempre están en los lugares menos deseados. ¿Es que no pillan las indirectas?

Rukia siempre había sabido que entre ambos clanes existía cierta competitividad. Como si la verdadera función de ambos fuese acabar con el otro.

-Mi niña y yo nos vamos, antes de que tu amiga se acerque a saludar.- se detuvo un instante junto a la mesa.- Esto…- señalo el lugar junto al azucarero, haciendo referencia al informe de Kurosaki Masaki-… quizá no quieras leerlo.

¿Qué?

-… Quizá prefieras preguntar directamente a Oka-san…

Rukia abrió los ojos al doble de su tamaño habitual. ¿Qué acababa de insinuar?

-En cuanto a eso que no te he dicho pero sin duda te gustaría saber… Todo está más relacionado de lo que crees.

Rukia las dejo marchar sin decir nada. Cuando salió a la calle, encontró a Hiyori con una mano dentro de la chaqueta.

-Era un arrancar- gruñó.

-Exespada, exactamente- corrigió Rukia, había perdido las ganas de discutir con Hiyori.- Ahora trabaja para mi.

Hiyori saco la mano de la chaqueta lentamente.

-Deberías haber tenido un amante. Eso me habría dado una escusa para matarte.

¡Bien! Era rebelde, pero sabía exactamente cuál era su lugar. Rukia la ignoró.

-Tengo que ir a un lugar antes de volver a casa.

-Karin nos espera en el coche- redirigió Hiyori con calma.

¡¿Karin?

Karin le bombardeo con una sonrisa amistosa cuando la vio sentarse junto a ella en el asiento del copiloto.

-¡Veo que no tienes un amante! Hiyori había amenazado con matarte si te encontraba con uno. Yo he tratado de decirle que eso solo cabrearía más a Ichigo pero…

-No tengo un amante. Aunque no lo descartaría…- se esforzó en burlarse, pero no consiguió que saliera de forma natural.

Rukia noto como Hiyori y Karin compartían una mirada extrañada. Pero ninguna de las dos dijo nada al respecto. Quizá creyeron que seguía abatida por lo de Yoruichi.

-¿A dónde querías ir?- preguntó Hiyori en su lugar.

-A la…

… Muñeca de Porcelana, le hubiese gustado decir, pero lo que había insinuado Nelliel…

Miró a Karin sentada a su derecha, con una sonrisa de pura despreocupación, vio la forma en la que su rostro se curvaba al sonreír… Y vio a alguien más en ella.

No, no podía llevar a Karin a la Muñeca de Porcelana.

-Volvamos a casa- murmuró con un hilo de voz.

Karin arrancó sin decir una sola palabra.


Hiyori seguía furiosa. Había estado esperando un amante. Si hubiese encontrado a Rukia con otro hombre podría haberla golpeado, dejado alguna marca e Ichigo no se habría quejado demasiado. En su lugar la había encontrado con una Espada.

¡Y no con cualquier espada! Sino con una proscrita.

Nadie abandonaba al clan Arrancar y seguía vivo mucho tiempo para contarlo.

Nelliel lo había hecho. Esa mujer había abandonado todo lo que era todo por lo que había estado viviendo por un bebe. Quizá el mayor error de su vida.

Los arrancar habían estado cazándola durante meses. Nunca la habían encontrado. Ahora entendía porque…

Miró la nunca de Rukia sentada frente a ella en el coche. Estaba segura de que no era de la clase de mujer inocente que invitaba a madres con bebes a tomar el te, como hizo Yuzu no hace tanto. Así que… ¿qué estaba haciendo tomando café con una de las asesinas más peligrosas del mundo?

Cuando llegaron a la mansión y Karin las abandono, Hiyori retuvo a Rukia junto a ella cogiéndola del brazo.

-Sabes que tengo que decírselo, ¿verdad?- no era una pregunta.

Rukia sonrió.

-¿Admitirás que me has perdido? – le preguntó.

¡Buena jugada!

-Esta vez, si- mintió.

Hiyori todavía se quería a si misma demasiado para morir, no en vano había chantajeado a Karin por ayuda.

Rukia se daba perfectamente cuenta, pero no la irrito tanto como debería.

-¿Qué es lo que puedo hacer por ti?- le preguntó Rukia con suavidad.

Hiyori sintió como se atragantaba con la sola idea de decir aquellas palabras.

-Necesito encontrar a Kisuke.- soltó al final.

No era buena pidiendo favores, igual que no era buena siguiendo pistas desaparecidas. La especialidad e Hiyori era el campo abierto, seguir huellas de sangre frescas y las salas oscuras con cosas afiladas y calientes. No sabía por donde empezar para encontrar a su padre.


Ichigo y Rukia comieron juntos aquel mediodía.

No fue algo que hubiese planeado ninguno de los dos, simplemente ocurrió.

Ichigo había estado comiendo con Yuzu en la cocina, porque Hirako había convertido temporalmente el comedor en su base, cuando llego Rukia. Ambos se miraron el uno al otro desconcertados.

-¿Qué haces aquí?- preguntó Rukia a la defensiva.

Su marido le frunció el ceño molesto.

-¿Por eso no comías en el salón conmigo, porque preferías comer con las criadas en la cocina?- le gruñó él.

Rukia tenía una contestación hiriente en la punta de la legua, pero realmente no estaba de humor para discutir ni con él ni con nadie.

-Son mucho más divertidos que tu- le dijo sin más, sentándose en la mesa junto a Yuzu.

Ichigo se dedico a gruñir algo en voz baja y Yuzu la miro con compasión.

-¿Qué tal te encuentras Rukia-chan? – le preguntó dulcemente.

Le costo reaccionar a la pregunta. Realmente debía de haber estado comportándose de forma extraña.

-Mucho mejor- le mintió.

Y como el alma cándida e inocente que era Yuzu la creyó.

-Tengo que irme- avisó.- Pero estoy segura que a Ichigo no le importara quedarse para acompañarte…

La mirada que le lanzo a su hermano no fue nada inocente. Este frunció todavía más el ceño.

-No has terminado de comer.- le gruñó.

Pero Yuzu ya estaba saliendo por la puerta.

El matrimonio se miró el uno al otro de forma tensa. No había nadie más en la cocina, era la primera vez que estaban solos en un largo tiempo. Pero realmente Rukia no tenía ganas de dramas ni discusiones vacías.

Se sirvió a sí misma la comida ya preparada y se sentó frente a Ichigo para estupefacción del mismo.

-No tenías porque hacer eso- le gruño.- La cocinera estaba punto de volver.

Rukia negó con la cabeza.

-Lo dudo. Yuzu la habrá interceptado en la puerta para dejarnos solos. Cree que necesitamos pasar más tiempo a solas.

Él sonrió.

-Quizá tenga razón.

-Quizá- admitió ella para desconcierto de Ichigo.

Comieron en silencio por los siguientes minutos.

-Kon me ha dicho que has sacado a Shiba Ganju de la cárcel.- comentó ella, solo porque el silencio le estaba poniendo de los nervios.

Ichigo resopló molesto, no dispuesto a hacer ningún comentario. No es que hiciese falta realmente.

-Tu mocoso es inaguantable. Recuérdame porque lo dejo vivir.

-Porque estás deseando pasearlo delante de Ishida y enseñarle el dedo corazón mientras tanto.

Ichigo sonrió maliciosamente. Si, eso era un plus.

-Sin embargo no tiene ninguna utilidad, ¿o si?

Rukia lo miró y no le gusto lo que vio en aquellos ojos.

-Solo es un crio. Pero el único que ha escapado con vida de un laboratorio de Ishida.

No era realmente una mentira. Al menos eso era lo que Yachiru había averiguado hasta el momento, desde que se había convertido en la mejor amiga de Kurotsuchi Nemu.

Ichigo se dedico a remover el arroz de su tazón con los palillos. No parecía tener hambre. En realidad, que Rukia recordase, nunca lo había visto comer. Sintió la tentación de obligarlo a engullir el tazón de arroz pero se contuvo. ¿De dónde había venido eso?

-Tu hermano y tu cuñada se han ido esta mañana de luna de miel- murmuró Ichigo pensativo.

¿A qué venía eso? ¿Le recordaba ella que casi mataban a uno de sus jefes de zona hacia tres noches? ¡Idiota!

-Han asesinado a Yoruichi y no sabemos una mierda acerca de los putos críos jugando a disparar armas de fuego… No está siendo una buena semana, ¿eh?

Rukia se quedo sin respiración. Ichigo parecía… ¿desanimado?

Le costó reaccionar, en realidad, ella nunca lo había visto de otra manera que no fuese enfadado. Furioso, rabioso o incluso a veces burlón. Siempre jugando con ella, enfadado con ella,… Nunca lo había visto como a un ser humano normal. Nunca lo había visto así de frustrado.

Se rasco la garganta incomoda, sin saber que decir o como huir. Pero él la había ayudado la noche anterior. Él había tratado de ayudarla.

-Solo son condenados críos sin honor-soltó sin pensar.- Con un poco de suerte se mataran entre ellos tarde o temprano. No puede ser muy difícil seguirles el rastro… Mételes un poco de miedo y se olvidaran de jugar a la guerra.

Ichigo la miró fijamente sin expresión.

-¿Y quién crees que podría ayudarme a seguirles en rastro?

-Creía que tenías a Tatsuki en ello.

-A Tatsuki siguiendo un rastro de humo, querrás decir, ambos sabemos que quien les diese esas armas también los está ayudando a borrar su rastro, de lo contrario Ikkaku y los otros dos policías, en el caso, ya los habrían metido en el talego.- dejo los palillos junto al tazón y se inclino hacía a ella a través de la mesa- Hay algo más detrás de todo esto. Mandaría a Hirako o a Urahara a investigar, pero el uno está ocupado rastreando el rastro de Aizen y el otro a decidió tomarse un periodo sabático. ¡Qué pena que no cuente con ningún clan especializado en seguir pistas invisibles!

Rukia sonrió ante el sarcasmo.

-Soy cara de contratar y mi gente lo es aún más- replicó dejándose llevar por el juego.

Ichigo sonrió.

-Pero, querida. Todo lo mío es tuyo.

Rukia contuvo una carcajada por la ironía. Le gustaba aquel nuevo juego entre ellos, pero no podía manejar la tensión, no aquel día.

Se levanto de la mesa sin terminar de comer.

-¡Por cierto!- la retuvo Ichigo cuando ella llegaba a la puerta.- ¿Sabes algo de Yoruichi?

Ella vaciló.

-No, nada.

Ichigo no llego a notar como apartaba la vista antes de contestar.


Tenía razón, estaba siendo una semana horrible. Y aquel día no estaba mejorando las cosas, precisamente.

Sentada frente al espejo de su habitación Rukia se paso el cepillo por el pelo tratando de pensar. Su vida estaba del revés, no podía pensar de forma adecuada. Seguía teniendo la mente nublada. Seguí queriendo ir de caza.

Quería vengarse, quería mancharse las manos de sangre, quería arrancarle el corazón al asesino de Yoruichi.

Pero no podía hacerlo. Ni siquiera encontraba la voluntad para gritar.

Porque quería gritar, quería llorar, quería patalear como una niña pequeña. Quería que alguien la apoyase, que alguien cuidara de ella.

Pero… No podía permitírselo.

No podía darse el lujo de seguir siendo débil. No si quería mantener su autonomía cuando todo aquello terminara, no si quería seguir adelante con su vida.

Arrojo, frustrada, el cepillo a través de la habitación.

¡No podía seguir quedándose ahí de brazos cruzados!

¡Tenía que hacer algo!

¡Tenía que pedir explicaciones! Romperle la cara al bastardo, vaciarle un revolver en la entrepierna. ¡Algo!

Pero no podía ir a buscarlo abiertamente. No con una Hiyori susceptible a sus espaldas. La seguiría, lo averiguaría todo y se lo contaría Ichigo.

La había estado provocando aquella mañana, porque aunque no le importaba que supiese que había quedado con Nelliel, no había querido que supiese de lo que habían estado hablando. Pero si iba a por el asesino, no podía tenerla pegada a la nuca. No podía permitir que le siguiese la pista.

Porque, probablemente, iba a matarlo.


Hirako miró a su segunda al mando hacer un surco sobre el suelo del salón.

Hiyori había estado más insoportable de lo normal desde que la degrado a seguir la pista de Rukia. Había sido divertido al principio, pero había perdido la gracia hacía días.

Se suponía que la mujer estaba relacionada con los arrancar pero ni siquiera se había mandado un triste mensaje de texto con uno ellos. Era frustrante.

Y Hiyori le ponía dolor de cabeza todas las noches.

Ese día sin embargo estaba especialmente callada. Y sin embargo más histérica de lo normal. Se había colado en el salón y en vez de tratar de meter las narices en su trabajo se había dedicado a pasearse delante de él por todo el salón. Su recorrido estaba empezando a hacer un surco sobre el tatami. A Orihime le daría algo si lo notaba.

No tenia que preguntar para saber lo que le pasaba, sin embargo su constante movimiento le estaba poniendo dolor de cabeza.

-¿Qué te pasa?- le pregunto exasperado.

Hiyori se detuvo de golpe y lo miró. Por un segundo Hirako tuvo la sensación de que iba a decirle algo realmente importante.

-¡Nada!- soltó al final pero tenía cierto aire nervioso y se acerco rápidamente hacía él.- Creo que he hecho un pacto con el diablo.

¡Eso si que era nuevo! Seguramente porque Hiyori era la única vizard con alma. Chillona, histérica, violenta, pero alma al fin y al cavo.

Se reclino sobre la silla y la miro directamente a los ojos.

-¿Qué has hecho ahora?- tuvo que obligarse a sí mismo a no sonar demasiado interesado.

Funciono, porque ella pareció molesta y se retiró.

-¡Olvídalo! – estalló, pero no se alejo demasiado.

Evidentemente quería que él le siguiese preguntando, a veces le gustaba ser el centro de atención. No estaba dispuesto a jugar a su juego, así que la ignoro, volviendo a los mapas sobre la mesa del salón. La única mesa de toda la casa lo suficientemente grande como para que todos ellos cupiesen. Estaba siguiendo patrones de búsqueda y había repelido la tecnología toda su vida.

Hiyori golpeo el suelo impaciente.

-¡¿De verdad te importa tan poco? - se enfado.

-¡Por favor! Es evidente que todo esto tiene que ver con Urahara y la forma en la que no ha sido un padre para ti.

Se preparo para un grito, para un puñetazo o para una patada. Pero lo único que consiguió fue una mirada llena de odio y un portazo.

¡Mierda!

Se dejo caer agotado contra la silla y le llevo las manos a las sienes. Había metido la pata hasta el fondo. Había intentado hacerla reaccionar, animarla un poco de la mejor manera que sabia, sacándola de quicio, pero se había metido en territorio tabú sin pretenderlo. A veces podía ser tan idiota como Mashiro.

Resopló frustrado. Todo aquello era culpa del bastardo de Urahara, alguien debería sacarle toda la mierda a palos.


Hiyori golpeo con tanta fuerza el saco de arena que creyó haberse rota una mano.

¡¿Es qué era estúpida? Siempre acababa haciéndose daño cuando trataba de entrenar mientras estaba enfadada.

¡Ese maldito bastardo!

Volvió a golpear el saco de entrenamiento sin preocuparse por hacerse daño a sí misma.

¡Shinji era un bastardo! ¡Un hipócrita calzonazos!

Ella siempre tenía que soportar su mierda. ¡Pero cuando se trataba de ella…!

Golpeo con tanta violencia el saco que este salió disparado hacia atrás, lejos de los refuerzos de seguridad que lo sujetaban. Tuvo que sacudir la mano derecha para aliviar el dolor. No creía habérsela roto pero dolía como el infierno.

El dolor era bueno, la ayudaba a dejar de pensar.

A dejar de pensar en sus tratos maliciosos, es su semana de mierda, en que estaba enamorada como una jodida idiota de un bastardo egoísta…

-¡Joder!- gritó tan fuerte que retumbaron los cristales del gimnasio.

Tenía ganas de llorar. ¡Y no había llorado ni una sola vez desde que murió su madre! Y no iba a hacerlo ahora, aunque estuviese tentada.

Su móvil sonó con un mensaje distrayéndola de la miseria.

Número desconocido, una dirección. ¿El diablo había cumplido con su parte del trato?

Solo había una forma de averiguarlo.


Karin estaba sentada en el interior de su Porsche Cayenne, fumándose un cigarrillo mientras esperaba a que Yuzu se reuniera con ella, cuando vio a Rukia saltar la barza de la mansión.

El cigarro se le resbalo de la boca.

Como buena ane-san que era, sabía que ese lugar era un punto ciego para las cámaras de seguridad. Había estado utilizándolo por años.

Era la segunda vez en un día que su cuñada abandona la mansión a hurtadillas.

No estaba en su naturaleza meterse en la vida de los demás, pero, aquella mujer, estaba casada con su hermano mayor. Cualquier cosa que decidiese hacer le afectaría a él directamente. Y no podía dejarlo pasar sin más.


La discoteca estaba abarrotada con cuerpos semidesnudos apiñados unos contra otros, bailando al son de una música sonora y metálica. Entre humo y luces estrambóticas.

Era la clase de local en el que la gente joven se vestía de forma provocativa buscando algo más que ruido y alcohol. Donde las parejas de desconocidos acaparaban los baños o se lo montaban entre la multitud; y en la parte trasera corría algo más que drogas de diseño.

Rukia odiaba aquel sitio, la presencia agobiante de otras personas invadiendo su espacio vital. Odiaba el ruido demasiado fuerte y la música electrónica que se clavaba en su cerebro como agujas. La música perfecta para el sexo salvaje y drogas duras, el lugar perfecto.

Pero mientras se abría paso entre aquella marabunta humana, no pensaba en cuanto odiaba aquel lugar, sino en la persona que estaba en la barra.

Había sido sorprendentemente fácil encontrarlo y aquello nunca era fácil, por lo que había supuesto que él quería que lo encontrase. Lo que solo hacía hervir su sangre por la rabia.

Él era quien había llamado al móvil de Yoruichi en la boda de Byakuya, la última persona que la había visto con vida.

Estaba apoyado en la barra, sonriéndole abiertamente, alto y oscuro, sobresaliendo en la marabunta de veinteañeros como un adolescente en un jardín de infancia. Absolutamente magnifico y calculador.

Shiba Kaien la estaba esperando.

Se negó a dejarse impresionar. Aquella noche lo odiaba, aquella noche lo estaba cazando.

Porque había hecho daño a Yoruichi, porque solo él podía haberla matado sin dejar ni una sola pista.

Busco su revólver en el interior de su chaqueta.

-Kuchiki-san- saludó él por encima del ruido.- ¡Oh! Olvidaba que ahora eres Kurosaki-san…

No pareció demasiado complacido por ello, pero no borro su sonrisa en ningún momento.

Kaien siempre sonreía. Le había enseñado que una sonrisa era la mejor arma que podías mostrar a un enemigo. El mejor insulto.

Kaien le había enseñado todo lo que sabía.

Todas las maneras de sobrevivir que conocía. Le había enseñado a usar una espada, a pelear con uñas y dientes. Había sido su maestro, su mejor amigo, su hermano… Y había matado a la única otra persona en el mundo a la que había visto de la misma manera.

Apretó con fuerza el revólver y se acerco a él con la sonrisa que él le había enseñado a usar. Tenía que estar cerca cuando le pusiese el arma en el estomago. Alguien podría verla en la multitud, pero seguro como el infierno que el ruido amortiguaba el sonido del disparo.

-Has matado a Yoruichi- lo acusó cuando estuvo lo suficientemente cerca.

Le apunto al pecho con el arma todavía escondida tras su chaqueta. Apenas estaban a medio metro de separación, pero él la trajo hacía si mismo, sujetándola con una mano por cintura. Ya no sonreía.

Rukia no se permitió huir por el inesperado contacto.

Con la mano libre Kaien sujeto el caño del arma y lo apunto hacía arriba, directo a su cabeza. Si Rukia presionaba el gatillo en aquel momento esparciría los sesos del hombre por toda la barra.

-Ya te lo he enseñado, Rukia-chan – le dijo agachando la cabeza hacía ella.- Si vas a matar a un hombre apunta a la cabeza.

Ella se revolvió incomoda a pesar de sí misma. Quería disparar, ¡por supuesto que quería hacerlo! Su dedo estaba en el gatillo, sería increíblemente fácil y todavía tendría la oportunidad de huir por la puerta trasera antes de que la multitud se diese cuenta de que había un cadáver sobre el suelo. Pero no pudo hacerlo.

Se dio cuenta de que no podía matarlo. Quería hacerle daño, tanto como él le había hecho a ella, pero no podía matarlo.

Lo miró a los ojos sin vacilar.

-Voy a destrozarte- vocalizó entre el estruendo de la música electrónica.

Kaien volvió a sonreírle, comprendiendo perfectamente la amenaza. Dejo ir el arma y en su lugar le acaricio la espalda con las dos manos y le beso en el cuello.

Rukia estaba tan sorprendida que cuando comprendió lo que él acaba de hacer este ya la había dejado ir.

¡¿Qué acababa de hacer?

Pero Kaien ni siquiera la estaba mirando, sonreía a alguien más tras ella.

Una mano pesada cayó sobre su hombro y apretó con tanta fuerza que Rukia contuvo un gemido. Cuando la sacudieron hacía atrás se encontró con la mirada más furiosa que había visto nunca, la mirada de un hombre que va a asesinar a alguien a sangre fría.

Era Ichigo.


Nota de la autora:

Este capitulo se ha resistido a ser escrito con uñas y dientes, me ha dejado cicatrices que dudo se lleguen a borrar.

Quince capítulos y sigo siendo igual de mala escritora que hace 4 años cuando comencé esta historia. ¡Dios! ¡El tiempo pasa volando! Pero por fin hemos llegado al nudo de la historia (Creo. Soy de las que escriben sobre la marcha).

Os había prometido celos, ¿verdad? No lo he olvidado.

Me gustaría dedicar este capítulo a todas las personas que habéis seguido pasándoos por la historia y echándome la bronca (muy merecida) por no actualizar en tanto tiempo. Sentíos libres de gritarme cuanto queráis.

¡Muchas a gracias a todas!