CATARSIS
Kurosaki Yashiro, había sido la quinta cabeza del clan Shinigami, un bastardo difícil de controlar, pero mucho más de complacer. Se decía que había sido la clase de kumichou que derramaba sangre en su propia casa.
Tampoco era ningún secreto su fascinación por las jovencitas. Aomame Kaede, había sido una de sus grandes amantes, con veinte años menos que él.
Aomame, no había sido una pobre víctima, como el resto de las niñas que subieron a su cama. Había sido una niña de la calle, que había elegido la prostitución para sobrevivir. Kurosaki había sido un golpe de suerte para ella. Un medio para huir de la calle en la que vivía.
Había sido una chica ambiciosa, tan ambiciosa, que cometió un terrible error de cálculo, se quedo embarazada.
La esposa de Kurosaki había muerto hacía tiempo y su único hijo, y heredero, Kurosaki Isshin, era un niño de 8 años. Un niño débil, con inclinaciones infantiles que avergonzaban a su padre.
Kaede solo tenía 16 años, pero vio en su embarazo la posibilidad de ascender rápidamente en la escala social. Al fin y al cabo la chica estaba embarazada del kumichou. Los miembros del clan shinigami se caracterizaban por su honor. Creyó que él se casaría con ella, que daría a su hijo su apellido y lo reconocería como propio.
Nada más lejos de la realidad.
Para cuando se había quedado embarazada, Kurosaki ya estaba cansado de ella. Dispuesto a sacarla a patadas de su casa y ocupar su hueco con otra niña. Un hijo no significaba nada para él.
Pero sí que lo hacía el honor.
Su honor era la bandera que esgrimía contra sus enemigos y utilizaba para controlar a sus hombres. En su visión, el honor, significaba que su reputación debía ser inmaculada, lo que no le impedía coleccionar amantes menores de edad, ni golpear a su esposa cuando esta no actuaba correctamente. Sus asuntos privados eran privados. Un hijo sin embargo era algo que podía ser público, que atentaba contra su integridad. Pensó en deshacerse del problema de raíz, pero para ser justos, Kurosaki Yashiro, nunca atentaría contra su sangre. Así que decidió encargarse del problema de la manera tradicional. Caso a su amante embarazada con uno de sus subalternos de mayor confianza, Shiba Kenji. Cuando el niño nació Shiba , lo reconoció como propio, lo llamarón Shiba Kaien.
Kurosaki mantuvo a la joven pareja cerca de él, un hijo varón era algo muy útil, sobre todo cuando tu hijo legítimo era una vergüenza para tu casa.
Ishin era el hijo de su difunta esposa, él que había nacido tan cobarde como los hermanos de su mujer y él que destilaba odio cada vez que lo miraba a los ojos. Un bastardo podría servir como escarmiento a aquel mocoso irreverente, un hermano que atentase contra su posición en el clan, que pudiese disputarle la herencia… Los obligo a crecer juntos como iguales. Una espada de Damocles sobre su joven heredero, la amenaza de su expulsión, un posible sustituto que le arrebataría el clan y a su familia, un sustituto al que su padre mimaba frente a sus ojos y favorecía en todo.
Pero para Yashiro, Kaien no era nada, solo una herramienta de coerción, una forma de someter a Isshin, de templar su carácter. El. Bastardo no significaba nada para él, y no tenia reparos en hacerlo saber a este.
El niño creció odiando a los Kurosaki con toda su alma.
Esa es la historia que Ichigo le conto a Rukia aquel martes por la mañana, esposado a su propia cama.
-¿Puedes soltarme ya?- le preguntó cansado y sediento.
Rukia negó con la cabeza.
-Entonces Kaien es … ¿tu tío?- preguntó ella confundida.-Pe…¡pero los Shiba pertenecen al clan Kidoh!
-Son refugiados- resopló Ichigo.- Cuando el viejo Kurosaki la palmo, e Isshin se convirtió en el nuevo kumichou del clan, inició una política de represión contra los antiguos aliados de su padre. Me resulta difícil explicarte lo mucho que odiaba al viejo. Los Shiba conscientes de su precaria situación, hicieron las maletas, cogieron a sus mocosos y huyeron hacía el clan Kidoh.
Rukia estaba en blanco.
-¿Por qué me estás contando todo esto?- preguntó.-¡No es que no quiera oírlo! ¡Por supuesto que quiero! Pero… ¿te estás sincerando conmigo?
Ichigo rechino los dientes molesto e irritado. ¡La pregunta del siglo! ¡¿Qué cojones estaba haciendo?! Al parecer, justificar su última metedura de pata.
-Ahora eres una Kurosaki…
Rukia gimió apesadumbrada.
-Eres mi mujer- Ichigo decidió ignorarla.- El clan es viejo y no olvida, algún día podría ponerse en tela de juicio mi autoridad, mi legitimidad, quiero que sepas la historia.
Rukia guardo silencio unos instantes mientras lo miraba fijamente.
-Estás confiando en mi- susurró con los ojos muy abiertos.
¿Estaba en shock? Ichigo se planteo si todavía estaba a tiempo de cerrar la boca y fingir que nada de aquello había pasado, que no estaba contándole a esa mujer, en la que no confiaba, su mayor secreto.
Pero le basto volver a mirarla para seguir hablando sin pensar.
-Ya ocurrió antes. Poco antes de la muerte de mi madre, los más ancianos desconfiaban de mi y el clan se tambaleo en una lucha interna. La muerte de mi madre destrozo al idiota de mi padre, y me toco a mí hacer todo lo posible por controlar la situación.
-Per… pero entonces, ¡solo eras un niño!
Ichigo le lanzo una mirada elocuente, Rukia sacudió la cabeza tratando de centrarse
-Has dicho que Kaien podría ser tu padre- recordó.
-El bastardo creció en la casa principal, odiado y odiándolos a todos, ¿puedes entender lo mucho que odiaba al viejo? ¿Lo mucho que odiaba a mi padre?
Cuando el viejo murió, tuvo que huir, con el resto de su familia al clan Kidoh. Los Shinohuin, respetaban a mi padre, pero al mismo tiempo les unía una amistad de años con el viejo Shiba… Sin embargo Kaien siempre fue el elemento extraño, el que no pertenecía a ningún lado y del que todos se apartaban…
Supongo que fue entonces cuando Yoruichi lo conoció, siempre tuvo debilidad por las causas perdidas. ¡Que estúpida! ¿Qué es lo que tenéis las mujeres en la cabeza?
En contestación, su mujer le lanzo un cojín a la cabeza.
-Se lo siguiente- continuó Rukia.- Como no podía prosperar en el clan Kidoh, Kaien los abandono para unirse a los Arrancar. Ahora entiendo el porque.
-Lo que no pareces entender es que nadie con un corazón puro se une a los Arrancar. Son asesinos profesionales… ¡Bueno! ¡Como si no lo supieras! ¿No eres miembro honorifico?
-No seas ridículo,- le gruñó,- ellos me usan, y yo, los uso a ellos. Son negocios.
-Nunca más preciosa.
Sonó como un ronroneo desde el fondo de su garganta, una amenaza con el sonido de una caricia. Pero desde que estaba esposado en la cama Rukia no se sentía especialmente amenazada, así que lo ignoro.
-Conozco a Kaien, si creció tan jodido como dices, querría venganza. Siempre quiere venganza.
Ichigo la miro intensamente unos segundos, como si quisiera ver a través de ella. La historia hasta ese punto era fácil de contar. Hijo ilegitimo, no querido, pero si usado y maltratado. Niño que crece para ser un jodido asesino. ¡La historia más vieja del mundo! Lo que venía después, eso era lo difícil de contar, lo que podía destruir su vida, un arma que una mujer como Rukia podría usar en su contra.
Pero allí estaba ella, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama envuelta en una de sus camisas, que le iba enorme y hacía parecer una niña pequeña, una cosa inofensiva que lo miraba atentamente con sus inmensos ojos violetas. Una parte de él quería confiar en ella, una parte muy humana que siempre había querido confiar en alguien.
Además, necesitaba desesperadamente que ella se mantuviera alejada de ese hijo de puta.
- Cuando mis padres se casaron, no podían verse el uno al otro, no se soportaban. Un matrimonio de conveniencia… Como nosotros.
Rukia le enseño el dedo corazón. Ichigo se rio aliviando ligeramente su propia tensión.
-Y como nosotros, terminaron haciendo buenas migas…
-¡¿Ah, sí?! – ironizó Rukia.
-Mis padres se enamoraron. ¡No sé cómo!, la verdad, Isshin era peor que un grano en el culo. Pero lo hicieron, lo que convirtió a mi madre en un blanco fácil para cualquiera que quisiera vengarse de mi padre. ¿Tengo que contarte el resto?
Rukia no contesto inmediatamente, tenia demasiado en que pensar. Pensaba sobre todo en el pen drive que Nelliel le había entregado unos días atrás, el que nunca había tenido oportunidad de leer y que ahora permanecía olvidado sobre la cómoda de su habitación. Pensó en Oka-san y sus sonrisas misteriosas… Y lamento profundamente no haber tratado de atar aquellos cabos ella sola, de estar obligando a Ichigo a tratar un tema doloroso. Quizá si hubiese sabido todo aquello con anterioridad ahora la situación sería distinta. Pero en realidad, no habría querido enterarse de ninguna otra forma. Ichigo estaba confiando en ella.
-Supongo que Kaien la secuestro.
Ichigo reclino la cabeza hacía atrás, mirando hacía el techo con expresión vacía.
-Solo fue una noche, pero fue suficiente. Poco después mi madre descubrió que estaba embarazada… Y luego estaba el parecido…
"¡Podría ser mi padre!", había gritado Ichigo fuera de si. Lo que implicaba que existía la sospecha, la posibilidad, pero no la confirmación.
-¿Nunca has tratado de comprobarlo?
Él giro a mirarla con brusquedad y un fuego ligero le brilló en los ojos.
-¡Jamás! Eso sería admitir que existe la posibilidad. ¡Nunca! Mi padre era Kurosaki Isshin. ¡No lo olvides nunca!
No, Rukia no iba a olvidarlo nunca. Igual que no iba olvidar que la posibilidad realmente existía, que Ichigo creía en ella.
-Esa historia destruyo la vida de mi madre- susurró Ichigo, tan suave que ella tuvo que hacer un esfuerzo por entenderlo.- ¿Lo entiendes? Los ancianos trataron de que mi padre la repudiara, de que se deshiciera de mi y buscase una nueva esposa,… Perdí a mi madre por culpa de esa maldita historia. Kaien me la arrebato. ¡¿Lo entiendes ahora?¡ ¡¿Entiendes por qué odio a ese bastardo?! ¡¿Por qué no soporto la idea de que siga vivo?! ¡¿De qué se acerque a ti?!
El dedo pulgar de su mano izquierda se quebró en un desagradable chasquido, su mano se deslizo fuera de las esposas y antes de que Rukia pudiese reaccionar Ichigo se abalanzo sobre ella. La inmovilizó contra la cama con su propio peso, su cara frente a su cara, el pecho contra su pecho.
-¡¿LO ENTIENDES?!- le gritó fuera de sí.
Aunque sorprendida, Rukia no estaba asustada, aunque él le estaba clavando las uñas con violencia, aunque todo él clama ira, ella no estaba aterrorizada. Le miró a los ojos completamente serena y le sonrió con suavidad. Por primera vez tampoco estaba indignada. Él no iba a hacerle daño, solo era su forma de ser, su propia forma de ofuscarse. Un momento tenia la mente clara y al instante siguiente se había perdió a sí mismo en algún punto doloroso del pasado.
-Lo entiendo- le aseguró.
"Gracias por confiar en mi", es lo que a ella le hubiera gustado decir.
Desde lo más profundo de su ofuscamiento Ichigo parpadeó confundido, el entendimiento brilló de nuevo en sus ojos. Avergonzado hundió la cara en el hueco del cuello de Rukia.
-No me traiciones, Rukia. No lo hagas- susurró débilmente.
Ella lo abrazo con fuerza, casi como si quisiera fundirlo contra ella, y por primera vez supo la verdadera respuesta.
-Nunca lo haré.
…000…
"Nunca lo haré", había prometido ella abrazándolo con todas sus fuerzas.
"Nunca lo haré"
Ichigo no sabía quién que los dos estaba teniendo un momento de debilidad, si ella o él, quizá por un instante ambos estaban siendo débiles, pero había cierta igualdad en ello, algo que no estaba completamente mal. En sus brazos él no tenía porque ser una roca inmutable. En su abrazo él podía permitirse ser humano.
Cuando esta vez la beso en el cuello, ella no se quejo, no se defendió, ni lucho. Ella le permitió besarla.
-Prométemelo otra vez- le susurró en el oído.
-No te traicionare- prometió obediente mientras le clavaba las uñas en los omoplatos, no defensiva sino anhelante.
Besarla en la boca siempre era un juego peligroso, una lucha de voluntades, pero no esta vez, en aquel instante de tregua, de igualdad, besarla era más como bailar un vals en completa armonía, una incitación a la plenitud. Pero como toda incitación entre ellos, el beso, devino en deseo.
Sin ninguna paciencia, para los botones de la camisa de Rukia, Ichigo se la deslizo hacía arriba desnudándola con facilidad, un pensamiento burlón paso por su cabeza, deshacerse de toda la ropa interior de la mujer cuando volviese a casa, nunca más tendría la necesidad de luchar contra uno de sus sujetadores de niña, nada de bragas de algodón. Si de él dependía, Rukia nunca más volvería a llevar ropa interior.
Pero la idea se desvaneció pronto de su cabeza, de repente no había nada más urgente que saborearla, que tocarla, agarrar uno de sus pezones con los dientes, deslizar la lengua hacía el interior de su ombligo, acariciar sus hombros, masajear su pecho, besarla con abandono, como si nunca fuese a tener otra oportunidad. Ella se había convertido repentinamente en todo su mundo, en todo lo que importaba.
Nunca la había besado así, era lo único de lo que ella realmente podía pensar, Ichigo jamás se había abandonado a ella antes, nunca la había besado sin pedir, sin exigir, nada a cambio. Cada vez que se habían acostado, había sido como perpetuar una discusión: ambos violentos, ambos dominantes, querían siempre todo el poder y el control para ellos, por eso siempre acaban agotados, llenos de arañazos y marcas, la batalla siempre era demoledora y al final nunca sabían quién era el vencedor. No esta vez, esta vez, no había una batalla que ganar, Ichigo se había rendido a ella en la forma en la que la besaba y la acariciaba, y sin embargo Rukia no tenía ningún control de lo que los labios de su marido le provocaban en la piel. Ninguno estaba luchando por el poder y por primera vez ambos estaban ganando.
Rukia solo lo entendió, poco después de gritar por segunda vez, Ichigo estaba haciéndole el amor.
…OOO…
A medio día el heleado de fresa hace tiempo que se había derretido en el suelo del dormitorio y en la cocina Rukia curaba el dedo partido de Ichigo.
Este se había fracturado el dedo al liberar su mano de las esposas, pero inexplicablemente no había sido consciente de aquel detalle hasta que no había montado en la cama sobre él por segunda vez, e incluso entonces, el dedo amoratonado y sangrante, solo había sido un detalle insignificante en un momento excesivamente delicioso. Se había enfadado consigo misma cuando noto la sangre varios minutos después, pero le había gritado a él en su lugar. Después lo había arrastrado hasta la cocina, donde todavía seguía extendido el botiquín que Unohana había dejado para ella la noche anterior. Curar un dedo roto no era precisamente su habilidad, pero había aprendido con Renji a recolocar huesos dislocados y un dedo no era nada en comparación con una cadera. Cuando lo hizo gritar por el dolor, ella, no se sintió todo lo satisfecha que debería.
No podía evitar seguir ligeramente sonrojada, el peso de la mano de Ichigo entre las suyas era cálido y hacía que todo su cuerpo vibrara por un recuerdo reciente. Se sentía tonta y avergonzada pero tan estúpidamente satisfecha que quería darse de golpes contra la pared.
-Sabes, si hubieses usado esto de la manera adecuada… – todavía llevaba el par de esposas colgando de la muñeca-… no tendrías que preocuparte por mi dedo y podríamos seguir donde estábamos…
Ella opto por ignorar la provocación, cosa que no fue tan fácil de hacer como otras veces, no ayudaba que él siguiera desnudo. Como método de autodefensa le dio la espalda.
Él confiaba en ella.
La simple idea la hacía sentirse tonta y temblorosa. Algo acababa de cambiar entre ellos para siempre, algo profundo y significativo a lo que no podía poner nombre, ni siquiera se atrevía a intentarlo. Tenia la cabeza llena de tonterías, como en una nube y le estaba costando concentrarse, le estaba costando recordar porque estaba tan enfadada con aquel hombre.
Aquel mero pensamiento, ese instante de reflexión, la aterrorizo profundamente. De repente sintió un frio abismal, un escalofrío inesperado le recorrió la columna poniéndole los pelos de punta. ¡¿Qué le estaba pasando?!
Él se acerco a ella, por detrás, en el momento en que la envolvió entre sus brazos, el pensamiento de terror se esfumo y cuando una de sus manos se coloco sobre su vientre todo lo que pudo sentir fue calor.
-No me des la espalda mujer- le gruñó él en el oído.- Recuerda que me lo has prometido.
…000…
Sería a la mañana siguiente, cuando volvió a despertarse junto a él en la cama, cuando recordó porque estaba tan enfadada. El recuerdo volvió repentinamente a ella como una bofetada.
¡Seguía encerrada!
Lo despertó de una patada y salto fuera de su alcance antes de que pudiera volver a tocarla y olvidar lo que realmente estaba ocurriendo. ¡¿Qué narices pasaba con ella?!
Ichigo la miró molesto alzando la cabeza desde la almohada. Estaba completamente seguro de que aquella mirada no quería decir que ella volviera a querer sexo, era más bien como si él hubiese hecho algo mal mientras dormía, ¿estaría ella enfadada por algo que él hubiese hecho en sueños? La idea le hizo sonreír tontamente, encontraría la forma de compensarla.
-Quiero salir- le dijo ella.
De repente, él, estaba muy despierto. La miró, se había vuelto a poner una de sus camisas, y estaba de pie al otro lado de la cama con los brazos cruzados sobre el pecho, como una niña enfurruñada.
¿Salir?
El mundo fuera de aquellas paredes no le importaba una mierda en aquel momento. ¿Por qué a ella sí?
Se sintió momentáneamente frustrado, pero entonces comprendió lo que realmente significaba dejarla salir, y sintió como el miedo lo estrangulaba.
Dejarla salir significaría que confiaba completamente en ella, que confiaba en que ella no lo traicionase.
El día anterior aquella idea había parecido imposible, casi absurda, se había pasado el día haciéndole el amor, porque no había importado nada más en el mundo. Pero ahora, la realidad es que había un mundo aterrador ahí fuera, un mundo en el que ella era uno de los monstruos a tener en cuenta. La idea lo complacía, y sin embargo, no podía dejarla salir con su mayor secreto.
Necesitaba más tiempo, más tiempo para asegurarse de que ella iba a mantener su promesa.
-Desayunemos- propuso.
Ella lo siguió por toda la casa como un cachorrito enfurruñado manteniéndose constantemente lejos de su alcance. Más que irritarle, Ichigo, estaba encantado porque comprendía perfectamente porque ella estaba manteniendo las distancias. Tampoco había prisa.
Hizo el desayuno para ella y ambos comieron en silencio. Por supuesto que hubiesen hecho el amor sobre aquella mesa la tarde anterior no ayudaba a aligerar el ambiente. Ichigo podía recordar perfectamente la espalda de encorvada de Rukia, ofreciéndole el trasero sin ser en absoluto consciente de lo erótica que resultaba.
Cuando termino de comer, ella aparto la vajilla a un lado y martilleo la mesa con los dedos.
-¿Qué va a pasar ahora?
Ichigo perdió el apetito de repente.
-Bueno…- murmuró- Sabemos quién mató a Yoruichi, sabemos a quién meter una bala entre las cejas… pero seguimos sin saber porque lo hizo.
¿Por qué?
Rukia se sobresalto ante el pensamiento, en ningún momento se había planteado que era lo había llevado a Kaien a matar a la mujer, en realidad la mera idea de que lo hubiese hecho resultaba ridícula. No había ninguna razón obvia, ningún motivo aparente… ¡¿Por qué la había matado?!
-Umm… Parece que tú tampoco lo sabes.
-Y no podré saberlo si seguimos aquí eternamente- gruñó ella.
Ichigo había creído poder desviar la conversación, pero se había equivocado.
-Especulemos, ¿qué ganan los arrancar deshaciéndose del clan Kidoh?
Ella sabia lo que pretendía, pero no podía evitar estar interesada en el tema.
-¿Desestabilizar el equilibrio?- propuso ella.- Yoruichi no tenía un heredero claro y a Kukaku le costó tomar el control. Siguen siendo una pandilla de idiotas machistas, si la mano derecha de Yoruichi hubiese sido un hombre todos se habrían estado arrodillando a su al redor desde el funeral suplicando tomar sake con él.
Ichigo pensó irritado en el imbécil de Ganju, que lo había insultado recordándole su mayor vergüenza.
-Pero al final gano el control casi total y no ha ocurrido nada importante- se contradijo a sí misma pensativa.
-Quizá fuera personal. Él odiaba a los Shiba casi tanto como a nosotros, los Kurosaki.
-¿Si era una venganza de ese tipo porque posponerla hasta ahora? Podría haberla matado hace años. Ella acudió a su encuentro sola, no se sentía amenazada.
-Lo que en sí mismo es una completa estupidez. ¿En que estaba pensando?- Ichigo siempre había creído que algo funcionaba mal en la cabeza de las mujeres.
-Pensaba en que lo conocía desde siempre y en que no era una amenaza para ella- trato de racionalizar Rukia.
-Y mira como acabo.
El peso de aquella muerte volvió a caer sobre ellos, una perdida irremplazable.
-Tiene que haber algo más- gruñó Ichigo irritado.- Un motivo crucial. Algo que no estemos viendo.
Rukia no estaba viendo demasiado últimamente acerca de nada. Miró molesta a su alrededor, todavía prisionera y temblando como una virgen adolescente. Por su propia cordura se esforzó en centrarse en un único tema.
-Ha tenido que cambiar algo, quizá no para…- se interrumpió consciente de que Ichigo no soportaba la mención de su nombre-…él, sino quizá para el clan Arrancar.
Él la miró confuso. Así que ella se esforzó en encontrarle sentido a su propio argumento.
- Si no la ha matado por un tema personal, lo que parece improbable, ha tenido que hacerlo por un asunto de negocios. ¿Qué ha podido cambiar para que ellos se interesen en Yoruichi y su clan?
-Bueno, sin duda sacaban partido de la guerra de clanes. La paz no les favorece económicamente.
-Si lo que quieren es guerra, ¿no deberían haber incriminado a alguien más por su muerte?
¡Nada tenía sentido!
-¿Crees que estén tratando de declarar la guerra ellos mismos?- se preguntó Rukia en voz alta.
Declarar una guerra.
Ambos se miraron fijamente, y de repente, todas las piezas encajaron en su lugar.
-Las armas…- murmuró Ichigo.
-Tenían que contar la protección de un clan- recordó Rukia.
Un grupo de adolescentes sembrando el caos en zonas controladas por la yakuza, atacando a jefes de zona. Tenían que contar con protección de uno de los clanes, alguien que les proporcionara información y los guiase, alguien que tratase de hacer cundir el caos entre las familias.
Caos era la especialización de los Arrancar, una habilidad incluso superior al asesinato.
Ichigo no podía creerlo, negó con la cabeza.
-Es absurdo, firmaron un tratado de no agresión. El Concilio se les echaría encima, los aniquilaría. Ni ellos serian tan kamikazes.
Rukia se puso rápidamente en pie, se sentía nerviosa, impaciente, no podía quedarse quieta.
De repente, estaba allí de nuevo, en la sala del Concilio, frente a los tres ancianos y la férrea autoridad de Yamamoto. Aizen había sido bruscamente expulsado de la habitación, antes incluso de tratar un tema importante para los clanes, como un subordinado insignificante, había sido utilizado y echado. No había sido considerado un líder a tener en cuenta, no poseía territorio, no había participado en la guerra.
-No firmó nada- recordó agobiada.
Ichigo la imito poniéndose también en pie. Tenía razón, no habían llegado a firmar nada.
Ir en contra de otros clanes solo era una norma del Concilio, una norma que nacía de la globalización y que existía únicamente para mantener un equilibrio de poder. Pero no había nada más japonés que la exterminación mutua.
El código de honor por el que se guiaba la yakuza era el mismo código que había seguido los antiguos samurái, el bushido. Era un código férreo y devastador, un código hecho para la guerra. Los samurái habían puesto sus vidas en manos de sus señores feudales, muy similares a los actuales kumichou. Señores que habían dedicado sus vidas a la batalla, a incrementar su territorio, y a destruir a sus enemigos. No importaba cuantos siglos hubiesen pasado desde entonces, la yakuza había heredado dicho código de honor y los miembros de los clanes seguían a sus líderes como los samurái a sus señores feudales. Nada había cambiado, ni siquiera la rivalidad entre señores. La guerra que había desestabilizado Tokio los últimos años era un claro ejemplo de ello.
El Concilio había intervenido, había mediado, porque tenía un poder mucho mayor que el de todos los clanes juntos. Como si al igual que EEUU en la Segunda Guerra Mundial el Concilio dispusiera de una bomba atómica con la que acabar con todos ellos. Sin embargo Japón, seguía siendo Japón y ningún grupo extranjero, ninguna supuesta autoridad superior podría hacer cambiar sus más antiguas tradiciones.
Nada impedía al clan Arrancar iniciar una guerra, habían quedado fuera del tratado, menospreciados, un clan de asesinos a sueldo sin importancia. Los samurái eran el centro de atención en las luchas de poder, nadie ponía atención a los ninjas.
-Piénsalo un momento- Rukia sonaba casi desesperada.- El grupo de adolescentes atacando jefes de zona, solo es una distracción. Algo con lo que mantener a los clanes desconfiando unos de otros, y cuando algo verdaderamente grande ocurre ¡nadie le da importancia!
-¿Crees que nadie ha notado la muerte de Yoruichi porque estábamos centrados en otras cosas?- Ichigo sonó verdaderamente sarcástico.
-¡No! ¡Claro de no! No hablo de eso, me refiero a Hinamori Momo, la nueva esposa de mi hermano. ¡Era la amante de Aizen!
A Ichigo no le sorprendió que ella desviara por completo el tema hacía su propia familia.
-Creo que Aizen la ha introducido en el clan con toda la intención. Creo que es una espía, que su lealtad está con él. Es la condenada esposa del Kumichou, tiene un papel vital dentro del clan, y si sabe usar las armas de las que la dota su posición, y estoy segura de que Aizen le ha enseñado, ninguna vigilancia o control al que Byakuya la someta servirá de nada. Es una amenaza para el clan.
-Eso lo sabíamos desde el principio.
-Si, por supuesto, pero hasta entonces no había intervenido directamente sobre ningún otro clan…
-… hasta Yoruichi- comprendió Ichigo de pronto.- También está tratando de influenciar sobre el clan Kidou.
Pese a la repentina urgencia de la situación, Rukia sonrió complacida al ver que él entendía su tren de pensamientos.
-Y la nueva líder del clan Kidou es Shiba Kukaku- reafirmo ella.
Ichigo perdió el hilo.
-¿Crees que Kukaku traiciono a Yoruichi?
Por defecto, sospechaba de todo el mundo. Todos podrían vender su lealtad por el precio adecuado. Todo el mundo tenía una debilidad. ¿Kukaku? De haber traicionado a Yoruichi por poder, nunca habría tardado tanto en reponerse de su muerte, nunca se habría arriesgado a estar a punto de perder el clan. ¡Dios! ¡Si ni siquiera había podido reunificarlo por completo!
Rukia pareció poder leer sus pensamientos porque negó con la cabeza.
-No, Kukaku no la ha traicionado. Se ha hecho con el control de clan por lealtad, no por poder. No es esa clase de mujer. Pero si a ella le pasara algo, ¿quién la sucedería? No Ganju, desde luego, todo el mundo sabe que es un inútil sin remedio. Si el clan tuviese que reafirmarse de nuevo, buscarían a alguien fuerte con un lazo inquebrantable con Kukaku, y con el clan. Alguien que perteneciese a una familia fuerte y hubiese demostrado su capacidad de liderazgo.
Y solo había una persona que respondiera a ese ideal. Su nombre callo entre ambos sin necesidad de pronunciarlo.
El clan Kidou se postraría ante Shiba Kaien a la menor oportunidad.
-¡JODER!- Ichigo solo pudo maldecir mientras estrellaba el puño contra la mesa.
Le costó unos segundos reaccionar, los necesito para pensar, para evaluar la teoría de Rukia, que no dejaba de ser eso, una teoría. Pero no se le ocurrria nada mejor, nada que tuviese más sentido que eso. El clan Arrancar se estaba movilizando contra el resto de los clanes.
Salió de la cocina como una estampida, hacía el dormitorio, donde tuvo que luchar contra el desorden para encontrar su ropa. Rukia, tan nerviosa que casi temblaba, lo siguió en silencio.
Ichigo tenía que salir de allí lo antes posible. Tenía que hablar con Kukaku, informarle directamente de lo que su hermano había hecho, de que su vida corría peligro; encontrar la manera de deshacerse de la esposa de Kuchiki, sin dejar evidencia; asegurarse de que nadie hubiese vuelto a atacar su zona y sobre todo, poner al resto de clanes, aliados o enemigos acérrimos, al tanto de la sospecha de que el clan Arrancar se estaba moviendo demasiado aquellos días. No podía darse el lujo de una luna de miel, no en aquellos momentos. No podía seguir perdiendo el tiempo con Rukia, por muy delicioso que esto resultase.
Interrumpió de golpe todo lo que hacía y la miro.
Tenía que dejarla salir.
Necesitaba su ayuda, la información que ella, y solo ella, era capaz de obtener. La necesitaba allí fuera, como una aliada, cazando pistas, haciendo deducciones.
Pero no podía fiarse de ella.
Una promesa no significaba nada. Él había sido lo suficientemente estúpido como para dotarla de poder sobre él, uno que podría perjudicarlo seriamente, y ahora la necesitaba desesperadamente. La necesitaba en un mundo que podría destruirlos a ambos.
No pudo hacer nada contra el escalofrío que le recorrió.
…ooo…
Rukia no se consideraba a sí misma una mujer demasiado intuitiva, era capaz de hacer una deducción, desarrollar una teoría, pero en realidad se sabía una negada para las emociones humanas. Por otra parte, Ichigo, resultaba un libro abierto para ella en aquel momento, paralizado en mitad de la habitación mirándola fijamente. La necesitaba fuera, haciendo su trabajo, pero le aterrorizaba la idea de dejarla salir. Se pregunto, inconscientemente, en qué momento se había convertido en una persona tan importante para él, y la idea la complació tan profundamente que la ira y el rencor, que todavía le guardaba, se desvanecieron como humo.
Se obligo a si misma a inspirar hondo y ser razonable.
-No voy a ir a ningún sitio- le dijo con firmeza.- No puedo salir de aquí desnuda y descalza. Envíame ropa. Nos reuniremos en la mansión Kurosaki por la noche.
Él no dijo nada, no cambio su expresión confusa y desconfiada, pero volvió a la labor de vestirse, esta vez con lentitud. Rukia no se rindió.
-Se que no confías en mí, no fuera de aquí…- la voz se le rompió.
La idea resultaba dolorosa, como una verdad que no quería escuchar, pero que ya no podía ignorar. Podía haberse auto-engañado a sí misma el día anterior, pero ahora tenía que hacer frente a la realidad.
-Está bien, lo entiendo, no te he dado ningún motivo para confiar en mí. Te he mentido y actuado a tus espaldas, hemos estado en guerra desde el día en que nos conocimos… Pero ahora estamos luchando en el mismo bando. Tenemos un mismo enemigo.
Ichigo siguió sin abrir la boca mientras se abotonaba lentamente la camisa. Daba la sensación de estar ignorándola, y la rabia le atravesó el pecho y la garganta, necesito un esfuerzo sobrehumano para controlarla. Rukia tenía un temperamento fuerte y combativo, mantenerlo a raya era lo más difícil que había tenido que hacer nunca.
-No voy a traicionarte- se esforzó en no gritarle.
Él la miró. La miró fijamente.
-No me conviene destruirte- le dijo ella con un siseo, producto de la frustración.- Estamos casados, ni yo puedo librarme de ti, ni tú puedes librarte de mí. Luchemos juntos para ser fuertes. Aliados.
Ichigo pareció súbitamente desconcertado.
-Quieres ser mi igual- dijo Ichigo, aunque era difícil distinguirlo de una pregunta.
Rukia parpadeó. ¡¿Acababa de darse cuenta?!
-¡Si!- le gritó furiosa desatando su mal temperamento.
…ooo…
Ichigo estaba sorprendido. No porque ella se considerase su igual, sino porque él mismo pensaba en ella como tal. Y estaba más sorprendido consigo mismo que con ella.
Él nunca había pesado antes en nadie como su par, hacerlo iba en contra de sus creencias más arraigadas, de su propia moral. Aceptar que alguien era igual a él suponía asumir que no era todo lo poderoso como debería, que no poseía el control absoluto. Ni siquiera se había permitido considerar a sus aliados en la misma escala que él.
¿Considerar a Rukia su igual? ¿Ponerla a su altura?
Era lo que había estado haciendo desde que la conoció. Desconfiando de ella, considerando que ella podría traicionarlo, destruirlo. Ese temor nacía solo porque la había considerado igual de poderosa que él, porque le había otorgado inconscientemente un poder que ella no poseía. La guerra que había llevado a cabo contra ella, tratando de controlarla, de reducirla, no era porque la hubiese considerado un ser inferior, sino por todo lo contrario.
Comprendió súbitamente que ella, aquella impredecible mujer, era su par. Nunca podría encontrar la forma de controlarla. Su única alternativa para obtener su lealtad era confiar en ella.
¡Ah! ¡Con que así era como se alcanzaba una catarsis! ¡Así de simple!
Sonrió perezosamente, no burlón, como ella creyó, sino absolutamente divertido consigo mismo. Confiar en aquella mujer quizá fuera lo más estúpido que hiciera en la vida, pero de alguna manera sabia que valdría la pena.
Avanzó hacía ella en dos zancadas, y sin previo aviso, la atrapo entre sus brazos, y la beso. Un beso específicamente preparado para dejarla sin aliento, para recordarle lo que él podía ser para ella. Funciono. Cuando la dejo ir ella parecía aturdida, con la respiración entrecortada y los ojos brillantes. La ira y la frustración habían desaparecido.
-Te enviare tu ropa- le prometió.
…000…
Cuando Orihime llegó al loft, a media mañana, Rukia todavía no había superado su aturdimiento. De hecho se quedo mirando como una idiota a la asustada ama de llaves de la familia Kurosaki. No podía creerse que estuviese allí, una parte de ella todavía creía que Ichigo le había mentido para dejarla atrás sin que le montara un escándalo en el proceso.
¡Pero no! No solo había enviado a Orihime con su ropa, sino que le había escrito el código del ascensor en una servilleta, y cuando lo había probado, ¡la puerta del ascensor se había abierto!
Podía salir cuando quisiera. Y le estaba costando digerir el hecho de que Ichigo se fiase de ella lo suficiente como para dejarla hacer su trabajo. Ya no se auto engañaba como el día anterior, que había pasado nadando en una balsa de estrógenos, no es que creyese que él estaba dándole toda su confianza, era completamente consciente de que él solo estaba poniéndola a prueba, ¡pero eso en sí mismo era un avance inmenso!
-¿Rukia-san?- tartamudeó Orihime caminando hacía a ella, como quien se acerca a un animal herido que pudiese salir corriendo en cualquier momento.- ¿Estás bien?
Estaba perfectamente, gracias. De hecho hacía tiempo que no se sentía tan bien. Seguro que eran todavía los estrógenos.
Orihime parecía aterrorizada y temblaba ligeramente.
-¿Qué es lo que te ocurre?-le preguntó mientras se ponía en pie.
La mujer se llevo la mano al labio, lo que le recordó a Rukia su propia labio magullado y probablemente el aspecto devastador que tendría a los ojos de Orihime, el de una mujer maltratada. Ichigo la había llenado de moraduras y marcas, pero ella lo había llenado a él de arañazos y mordiscos. Sus propias heridas de batallas no la hacían sentir mal en lo más mínimo, ya no.
-Estoy bien- le aseguró.- No es nada.
Orihime era en muchos sentidos como una niña, no pareció todo lo segura y confiada que debería. No podía dejar de temblar, como si creyera que de un momento a otro algo o alguien se lanzaría sobre ella.
-Yo…- tartamudeó - …vi los ojos de Ichigo… Eran… fríos, como el cristal... Creí… que te habría… que te habría…
-¿Matado?- preguntó Rukia con cuidado.
Orihime la miró horrorizada pero asintió frenéticamente.
-Cuando se pone así… siempre hay… sangre.
-No ha habido sangre- le aseguro.- Estoy bien, puedo defenderme.
No la culpaba por temer aquello, ella misma había creído que él iba a matarla. Lucho por alejar ese pensamiento, el recuerdo de la forma en la que la había mirado y concentrarse en otra cosa… ¡Tenia trabajo que hacer!
El ama de lleves pareció dejar de temblar y le entregó un bolso de mano con sus cosas.
-Lo he llenado con todo lo que Ichigo me ha pedido…
¿Le había elegido él la ropa? ¡Que tontería! ¡Ni que fuese a perder el tiempo con algo como eso!
-Me dijo que cogiese medias y un vestido, pe… pero me prohibió coger ropa interior…- se puso completamente roja al decir aquello.
Rukia recogió el bolso de la avergonzada mujer sin saber muy bien que decir.
-¡He puesto! ¡Por supuesto!- se apresuro a asegurar Orihime.
-Umm… gracias…- de repente la que tartamudeaba era ella.
-¿No debería haberlas cogido?- preguntó confusa.
-¡Si! Digo… Tenias que cogerlas, por supuesto. Ropa interior limpia.
Y como una adolescente avergonzada huyo al interior del baño.
…ooo…
¡Jesús! ¡¿Cómo iba a ir por ahí sin bragas?! ¡¿Es que Ichigo había perdido la cabeza?!
Menos mal que Orihime tenía algo de criterio y se había parado a pensar en la higiene. No solo había añadido un par de bragas a la bolsa, sino medias, calcetines, tres sujetadores, dos camisetas de interior y un vestido de punto azul.
Se ducho y se vistió pero a última hora desistió de ponerse el sujetador, no por sugerencia conyugal, sino porque no necesitaba uno con aquel vestido. Evidentemente sí que se puso bragas, aunque también descarto las camisetas de interior y las medias.
Cuando salió del baño encontró a Orihime haciendo uso de oficio, mientras limpiaba el suelo con una mopa, no solo había hecho la cama sino que sin duda también había cambiado las sabanas y recogido la cocina.
-¿También te ocupas de este sitio?
Orihime volvió a ponerse completamente colorada.
-En realidad nunca antes había estado aquí…- murmuró avergonzada.
¡Um! Al parecer todo el mundo sabía que aquel era el picadero de Ichigo. ¿Se enfadaría mucho este si le prendía fuego? ¡¿A quién le importaba su opinión?! ¿Dónde había visto ella una caja de cerillas?
…OOO…
Orihime no solo había traído su ropa, también le había llevado su coche, que esperaba frente a la puerta del edificio, lo que resulto muy útil. Cuando la alarma de incendios empezó a sonar tras ellas, Rukia solo tuvo que empujar a la otra mujer suavemente para que subiera al coche con ella.
-¡No está bien que me lleve!- protesto esta con su muy arraigada mentalidad de servidumbre.
Rukia la ignoró, no porque estuviese demasiado concentrada en huir de un delito, sino porque sentada a su lado, en el reducido espacio de su ferrari, las comparaciones eran inevitables. Orihime era probablemente una de las mujeres más hermosas que hubiese conocido nunca, con su lacio pelo castaño y sus curvas espectaculares, vestida con vaqueros y una simple camiseta de algodón parecía una diosa. Ella, en su lugar, llevaba un vestido recto y sencillo que disimulaba cualquier forma que hubiese bajo el. Parecía una niña pequeña. Resoplo frustrada, sintiéndose plana y fea.
Había sabido desde el principio que aquella arrebatadora mujer estaba enamorada de Ichigo. La posibilidad de que hubiese ocurrido algo entre ellos la había dejado indiferente, pero de repente la idea la estaba martirizando.
¿Por qué iba Ichigo a despreciar a aquella belleza?
Pero Orihime nunca había estado antes en el loft, ¿verdad?
Luchó contra el curso de sus pensamientos y trato de concentrarse en otra cosa, en su siguiente objetivo: Trabajo.
Necesitaba contactar con Yachiru y con Neliel, y si esta vez Ichigo se enteraba le traía sin cuidado. Era una crisis, o al menos así lo creía, jugar a los secretos ni siquiera era una opción. Por otra parte, estaba bastante segura de que Yachiru se había descubierto ella sola cuando en el hospital se había inclinado sobre su oído para contarle algo supuestamente confidencial, delante de Ichigo y dos policías; y que Hiyori no iba a guardarle el secreto de su cita con Neliel ni aunque le debiese la vida.
¡Hiyori!
No había pensado en ella en ningún momento, pero como la encargada de seguirla a todas partes, si Ichigo había culpado a alguien de su supuesta traición, seguramente la habría tomado con ella.
Le pregunto a Orihime temiendo la respuesta.
-¡Oh! Hiyori-chan está bien- le aseguró.- Todos temimos por ella pero… Urahara-san le salvo la vida.
-¿Urahara? ¿Cómo?
Había visto la mirada llena de ira de Ichigo, el odio bullendo desde su interior. Como podría haber negociado Urahara con él en ese estado era un misterio.
-Yubitsume- susurró Orihime de forma reverencial.
¡Oh! Entonces sí que había habido sangre.
…OOO…
Llevar a Orihime a la Muñeca de Porcelana, no había estado dentro de sus planes, originalmente. Pero llevarla hasta la mansión hubiese sido una pérdida de tiempo y ella tenía trabajo que hacer.
Cuando le informo de que iban a hacer una parada antes de regresar a la mansión, Orihime se había mostrado completamente de acuerdo, incluso había insistido en que ella no tenía ninguna prisa por regresar, lo que evidentemente era mentira. Podía parecer una autentica cabeza hueca, una cara bonita sin nada dentro excepto buenas intenciones, pero era condenadamente buena en su trabajo. Dirigía la casa familiar de los Kurosaki y a los sirvientes de esta como un general a un ejército. Y los yakuza no eran precisamente gente predecible, nunca sabías como actuarían aquel día, solo Orihime parecía capaz de anticiparse a los actos de los habitantes de la casa y permitir que todo fluyera cordialmente. Cuando se tomaba un día libre la mansión se convertía en un campo de batalla intransitable, en el que los sirvientes perdían por completo la visión de su trabajo entre el caos. La casa no podía funcionar sin ella.
Rukia pensó divertida que si algún día planeaba sembrar el caos en la familia simplemente mandaría a Orihime un mes de vacaciones.
Fue bastante divertido ver como el color de su rostro cambiaba súbitamente al rojo intenso, cuando paró el coche frente a la Muñeca de Porcelana. Lo inocente y escandalizada que pareció le resulto de lo más tranquilizador.
-¡¿Rukia-san?!- le preguntó escandalizada.- ¡Este no es lugar para una mujer casada!
Rukia le sonrió divertida mientras salía del coche. En eso estaba de acuerdo con ella, aquel no era el lugar para una buena y decente ama de casa. Era una suerte que ella no fuera nada de eso.
-Necesito intercambiar unas palabras con Oka-san. No puedo prometerte que sea una conversación corta, así que puedes esperarme en el coche o dentro. Si lo prefieres también podemos llamar a un taxi.
Orihime tembló nerviosa ninguna de esas opciones le gustaba, pero su honor como miembro del clan le impedía abandonar a la esposa de su líder en un sitio como aquel.
-¡Iré contigo!- se esforzó en exclamar.
…ooo…
Rukia encontró a Oka-san en mitad del club, rodeada del bullicioso ambiente de humo y el alcohol, con música suave de fondo y las luces suaves y anaranjadas. No había chicas en los escenarios a aquellas horas del día, pero el local contaba con una buena dosis de clientela pese a la hora.
Oka-san nunca había parecido tan anacrónica como en aquel instante, con su sobrio kimono, el pelo empolvado tirante hacía atrás y aspecto delicado de una respetable matrona en mitad de un antro de perversión.
A sus espaldas Orihime soltó un gritito mientras se agarraba a la parte posterior de su vestido. Cualquiera diría que acababa de ver a un fantasma, Rukia se preguntó si eso sería verdad.
-¡Rukia-chan!- saludo Oka-san caminando hacía ellas con elegantes y cortos pasos.- Veo que has traído a un amiga. ¿Quién de las dos necesita refugio?
Había un brillo inteligente en los ojos de la mujer y Rukia estuvo segura de que estaba al tanto de los últimos incidentes de su vida privada.
-Ella solo me acompaña por casualidad. Necesitó hablar contigo.
A Oka-san le costó un poco volver a sonreírle.
-Estoy segura de que a tu encantadora amiga no le importara esperar aquí mientras tú y yo hablamos…
-¿Aquí?- Orihime sonó más sorprendida que asustada.
Oka-san la miró y algo parecido al cariño le ilumino la cara.
-¡Oh, querida! No te preocupes, mis chicas cuidaran de ti, no te pasara nada.
Y haciendo un gesto con la mano dos mujeres, una en salto de cama y otra vestida con un kimono chillón, se acercaron a ellas.
-Chicas, mantened a la preciosa Orihime lejos de los problemas.
Las chicas se rieron y Orihime se puso completamente blanca pero Rukia no pudo preocuparse mucho por ella Oka-san tiraba ya de su mano en otra dirección.
La mujer la guio hacía su apartamento privado en lo alto del club. No había hecho más que poner un pie fuera del ascensor y Oka-san se despojo de la pesada peluca y del firme obi de su kimono. En unos instantes volvió a ser la hermosa mujer de unos 40 años que era.
-No te vi en el funeral de Yoruichi.- fue lo primero en lo que Rukia pudo pensar para decir.
Oka-san suspiro lanzando la peluca contra el sofá. La habitación tenía abundante luz natural y parecía más blanca y brillante de lo que Rukia recordaba. De repente se sentía como deslumbrada y no podía mirar fijamente a su anfitriona.
-Estuve- le aseguró esta.- No podía faltar.
Asintió mecánicamente.
-Sé quién la mató- le dijo.
El silencio fue tan espeso que Rukia supo que ella también lo sabía. Se esforzó en mirarla de nuevo, Oka-san le devolvía la mirada serena y expectante.
-¿Lo sabías?- le preguntó sintiendo como la bilis le trepaba por la garganta.
-Me lo imagine cuando fuiste a por él- respondió ella suavemente.
Luego le dio la espalda y deshaciéndose despreocupadamente del kimono dejo que este resbalara por sus hombros y cayese contra el suelo. No llevaba una enagua bajo el kimono sino un viso oscuro y sobrio. Solo con el puesto avanzo hacía la pequeña barra donde guardaba la bebida alcohólica y sirvió dos coñac. Rukia fue tras ella y recibió su copa. Brindaron silenciosamente por Yoruichi.
Mientras conducía hacía allí había tenido las cosas condenadamente claras, había sabido lo que debía decir, lo que tenía que preguntarle a Oka-san y casi había imaginado las respuestas que esta le daría. Pero todo eso se había esfumado en el momento en el que había puesto un pie dentro de aquel apartamento. Las preguntas que tenía que hacer… ya conocía las respuestas y la única que no conocía no tenía valor para formularla.
-Oka-san…- se esforzó en reanudar la conversación.
Oka-san, madre, que irónico resultaba aquel nombre de repente.
-Me alegro ver que estás bien- la interrumpió está bruscamente.- Supe que Ichigo no reacciono demasiado bien cuando os vio juntos…
Rukia se palpo el cuello por instinto.
-Lo odia profundamente- susurró.- Creo que lo culpa de haber perdido a su madre.
Oka-san abandono su copa y camino hacía una de las ventanas dándole de nuevo la espalda.
-¡Vaya! ¡Que manera tan idílica de verlo!- exclamó.- ¡Perder a su madre! Pero Kaien no la mató. Fue un accidente de coche.
-No- Rukia negó cuidadosamente con la cabeza.- Él la secuestro. La perdió antes incluso de nacer.
Desde la venta, Oka-san… no, Kurosaki Masaki, giró a mirarla bruscamente. El pelo castaño le caí en hondas sobre los hombros y el rostro le brillaba bajo el sol como si tuviese luz propia. Nunca antes se había dado cuenta de lo hermosa que era. Y estaba repentinamente furiosa.
-¡Eso solo es una historia! ¿Quién te la ha contado?- era evidente que se esforzaba por no gritar.
Podría haberle dicho cualquier mentira y no tocar el tema directamente pero en el último instante optó por la verdad.
-Ichigo.
La repentina ira se diluyó bajo la sorpresa y sus labios formaron un: ¡oh!, silencioso.
-Vaya...- susurró finalmente volviéndose de nuevo para mirar por la ventana.- Eso no me lo esperaba…
Tampoco ella lo había estado esperando, todavía no estaba completamente repuesta de la sorpresa. Reflexiono brevemente acerca del motivo por el que Ichigo se lo había gritado.
-Creo…- musitó- Creo que trataba de explicarme cuan peligroso era Kaien para su clan. Quiere que me mantenga lo más lejos posible de él, pero no podía dejar de gritar y no estaba siendo muy razonable…
Cuando Masaki se volvió de nuevo hacía ella le estaba sonriendo, pero no era una sonrisa genuina, era una terriblemente irónica.
-¿Y se abrió voluntariamente a ti?- le preguntó. - ¿Te conto una historia con la que podrías arrebatárselo todo?
Por algún motivo Rukia se sintió realmente molesta por la acusación y reacciono a la defensiva.
-¿Arrebatarle el que? – sonó tan sarcástica como pudo.- Quizá si asumes que él no es un hijo legitimo estés insinuando que su posición como Kumichou del Clan Shinigami, tampoco es legítima, que corresponda a Karin. Y si aceptas que es un Kumichou valido pero no un hijo legitimo debas replantearte si alguien más tiene derecho a su posición.
Ambas se aguantaron la mirada, segundos de silencio que se hicieron eternos.
-Pero…- Rukia se esforzó por luchar contra la tensión- ¿Por qué iba yo a destruir al clan Shinigami? ¿Qué ganaría con eso? ¡Solo es una historia!
-¡Solo una historia!- resopló Masaki sarcástica.- Tú sabes mejor que nadie cuan poderosas pueden ser las historias. Una mentira bien contada puede ser tan destructiva como una bala … o como un accidente de coche.
-¡Yo no destruyo a mis aliados!- le gritó Rukia.
Furiosa apartó la mirada, rellenó las copas de coñac y después, con paso tranquilo, le acercó una a Masaki. Esta tomó la copa que le ofrecía, como lo que era, una ofrenda de paz.
-¿Aliados?- le preguntó dando un pequeño sorbo.
Rukia suspiró, de repente más fascinada por el líquido ámbar en su propia copa que en la conversación. Le había costado un infierno hacer que Ichigo la viera de esa manera, y a ella todavía le había costado más dejar de verlo como a un enemigo. Solo había dejado de considerarlo como tal cuando comprendió que le era mucho más útil como un aliado. ¿Cómo podía explicarle eso a aquella mujer?
-Actualmente estoy en una situación… delicada- optó por usar un eufemismo.- Y resulta que ambos tenemos una agenda parecida. Tenemos un enemigo en común.
-Si, quizá…- Masaki le dio la razón.- Pero, ¿qué pasara cuando hayáis destruido la amenaza?
-No lo sé, pero sin duda tener un aliado como en Clan Shinigami no será algo completamente desafortunado.
-Tendréis que ceder. Ambos.- Masaki estaba repentinamente seria.- La única forma en que ambos podríais convivir es aprendiendo a respetar vuestros campos de poder y no interfiriendo en los asuntos del otro.
Rukia sonrió ante lo ridículo que eso sonaba.
-Ichigo nunca haría nada parecido por mí.
-¿Y tú por él?- le preguntó repentinamente.
No tenía una respuesta preparada para eso. Tardo en encontrarla.
-No estoy interesada en el poder- resolvió finalmente.- No ansió control ni quiero dominar a nadie. Lo único que he querido siempre es ser independiente. ¡Libre! No vivir recluida, ni subordinada. Tener la opción de decidir por mí misma.
-E Ichigo siempre se interpondrá entre tú y esa libertada- la interrumpió Masaki.
Rukia lo considero unos instantes. Como todos los hombres de su vida, Ichigo quería someterla controlarla, pero todavía no lo había conseguido.
-Tú misma lo has dicho,- comprendió súbitamente- él me ha dado un arma con el que podría destruirle en cualquier momento. Soy libre.
Masaki le sonrió, tan amplia y sinceramente, que la estremeció.
-Pero no vas a hacerlo.
-No- prometió Rukia cuidadosamente.- No, mientras no me dé motivos.
Masaki soltó una profunda carcajada.
-¡Bien!- exclamó tan aliviada que resultaba sospechoso.- Porque esa historia de la que hablamos es solo eso, una historia. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Sí, claro que lo hacía, la pregunta resultaba tan ofensiva que tardo un poco en comprender lo que realmente le estaba diciendo.
Allí estaba la respuesta a la única pregunta para la que no tenía respuesta, ni valor para formular: Kaien no era el padre de Ichigo.
-Pero…- tartamudeó como una estúpida.- ¿Por qué te fuiste?
Y con aquella tonta pregunta cualquier trazo de ilusión o de engaño se diluyó.
-Ya te lo he dicho, Rukia-chan. A veces las mentiras bien contadas son tan poderosas como autenticas verdades. Él no me toco un pelo de la cabeza, pero hizo creer a todos, incluso a Isshin, que lo había hecho.
Fuera el sol había bajado, ocultándose entre los edificios y súbitamente la luz de la habitación cambio llenando la estancia de sombras tenues y alargadas.
-Tuve a Ichigo, mí precioso y perfecto bebe - susurró Masaki, desviando nuevamente la mirada hacía el infinito-. Nunca había querido tanto a nadie como lo quise a él. Así que, para protegerlo, me prometí a mi misma que no tendría ningún hijo más. Pero fracase. Tuve a Karin.
Se llevo una mano al vientre y apretó la tela del viso con toda su fuerza, cerrando los ojos en un recuerdo doloroso, pero cuando lo supero, volvió a mirarla.
-¿Puedes imaginarte lo aterrorizada que me sentí cuando pensé que podría ser un niño? Un varón lo tambalearía todo, si yo tuviese otro hijo los ancianos se desharían de Ichigo como si nada. ¡Y no podía permitirlo!- su voz estaba cargada de rabia pero se suavizo repentinamente.- Pero fue una niña, mi preciosa y guerrillera Karin.
Fue un aviso de lo que podría pasar, pero lo desoí. Al año volvía a estar embarazada. Llegue incluso a plantearme deshacerme del bebe antes de que este naciese, pero era otra niña, Yuzu, así que suspiré aliviada y la deje nacer. Pero ya nada volvió a ser lo mismo. Estaba demasiado asustada de lo que supondría volver a quedarme embarazada, e Isshin, que lo sabía, apenas si se atrevía a tocarme. Ya sabes lo que supone vivir en una casa como la de los Kurosaki, pero quizá tu que has vivido toda la vida dentro de la yakuza estés acostumbrada, yo no pude hacerlo nunca; la constante vigilancia; los susurros a tus espaldas; las conspiraciones de los ancianos… Hasta que hubo un día en que lo comprendí. El problema era yo, yo era la que no encajaba en aquel mundo, la que suponía un recordatorio constante de que el heredero podía no ser un hijo legitimo, era yo la que amenazaba la seguridad de mis propios hijos… ¡Así que no tuve muchas más opciones que marcharme!
-No te fuiste demasiado lejos- susurró Rukia que de repente se había quedado sin voz.
Había conocido a Oka-san casi durante toda su vida y siempre había sabido que había una historia tras ella, un mundo de secretos y mentiras que la habían convertido en un fantasma, en el interior del mundo de la yakuza, pero completamente inmune a este. Nunca habría imaginado aquella historia.
-Bueno, no podía alejarme demasiado de mis hijos.
Sus hijos…
-¿Ellos lo saben? ¿Saben quién eres?
Masaki negó lentamente con la cabeza.
-¡Y no deben saberlo! Al menos no hasta que la última amenaza para Ichigo haya desaparecido.
¿La última amenaza?
-Los ancianos están muertos en su mayoría- continuó Masaki.- Cuando Isshin murió, Ichigo no tuvo una sucesión demasiado fácil. El clan se balanceó en un disputa interna, que acabo con la mayoría de ellos muertos y con Ichigo declarando una guerra de venganza contra los asesinos de su padre. La única persona que todavía amenaza su posición es Kaien.
Demasiada información para una tarde. Rukia se alejo lentamente de ella y abandono su copa de coñac en la barra, junto al resto de la bebida.
-Tengo que irme. Tengo trabajo que hacer- trato de explicar, pero no podía moverse de la barra, ni siquiera podía apartar los dedos de la copa de cristal.- Tengo mucho que hacer…
Esta vez fue Masaki quien se acerco a ella. La sujeto de los hombros para obligarla a devolverle la mirada.
-Rukia-chan, sé que puedo contar contigo. Sé que lo que hoy hemos hablado no saldrá de aquí. Tú sabes que también puedes contar conmigo, ¿verdad? Pase lo que pase.
Rukia lo sopeso por costumbre, en realidad ella nunca había dejado de confiar en aquella mujer. Suspiró.
-Lo sé- admitió.
Pero también sabía que, pese a todo, si alguna vez tenía que elegir, elegiría a sus hijos.
Sin más se dejo ir de entre sus brazos y se dirigió hacia el ascensor. Antes de que pudiese alcanzarlo, Masaki volvió a llamarla.
Rukia se giro al mismo tiempo que la puerta del ascensor se abría frente a ella.
-¿Por qué has traído a Orihime-chan contigo? ¿Tratabas de averiguar si me reconocería?
Lo pensó unos segundos pero negó con la cabeza.
-Creo que una parte de mi estaba tratando de castigarla al traerla aquí, poniéndola en una situación difícil- admitió finalmente.
-¿Castigarla? –se desconcertó Masaki.
Rukia no tenía una respuesta para eso y se encogió de hombros incomoda. Orihime era dulce, cordial y encantadora, no le había hecho nada más que tratar de hacer su vida más fácil.
-¿Estás celosa de Orihime?- intuyó Masiki sonando verdaderamente sorprendida.- ¡¿Por qué?!
¡Que tontería! ¡Ella no estaba celosa! Negó firmemente con la cabeza, pero su interlocutora no la creyó.
-¡Oh! ¡Mi dulce pequeña!- susurró Masaki lastimosamente.- No deberías enamorarte de él. Ichigo te romperá el corazón.
¡¿Amor?!
Rukia no tuvo el valor para negarlo, simplemente le dio la espalda y huyó de la acusación a través del ascensor.
¡Ella no estaba enamorada de Ichigo!
¡¿Verdad?!
Nota de la autora:
Me sorprende ver como después de tanto tiempo todavía me llegan review de este fic. En uno de ellos alguien me dijo que ya era hora de terminar lo que había empezado, y tenía razón.
Muchas gracias por acordaros de mí a pesar de todo.
Y ahora, por favor, despellejarme viva.
Besos.
