Día 2. Domingo

Habían regresado temprano al departamento de Viktor, y el mismo se la había pasado durmiendo todo el resto de la mañana. Yuri Katsuki y Yuri Plisetsky lo observaron por al rededor de un minuto tan pronto como cayó rendido, después, tomaron rumbo a la cocina como si lo hubieran planeado con anticipación. Cuando Viktor despertó ya era entrada la tarde, tenía hambre y se encontró a Makkachin durmiendo plácidamente a su lado en lugar de al adorable akita. Con mucha pereza, se puso de pie y saltó con gracia, bajando de la cama sin despertar a su mascota. Se enrumbó a la cocina, encontrándose con una escena inesperada en la sala. Yurio acostado en el sofá, durmiendo, con las piernas colgando desde donde las rodillas empezaban a un extremo del sofá, y del otro a Yuri, la cabeza sobre las patas delanteras, el hocico a escasos centímetros de la cúspide de la dorada cabeza del menor. Simplemente hermoso. De haber podido, habría tomado fotos desde todos los algunos posibles e incluso más. Moviendo la cola de un lado al otro, hizo el resto del camino a la sala y se sentó frente al sofá, justo en el pequeño espacio que separaba al chico y a su prometido convertido en can. ¡Qué lindo era Yurio mientras dormía, tan Ágape! Y Yuri era irremediablemente lindo, dormido o despierto, sentado, parado o echado, feliz, triste o enojado, vestido o... De acuerdo, estaba desvariando. Volteó hasta encontrar el reloj de pared. Casi las cinco de la tarde. Su estómago gruñó. Ups. Y la duda existencial aparecía. ¿Despertarlos o no? ¿Quebrar aquella imagen digna de fotos enmarcadas, revistas, televisión, cine? ¿Saciar egoístamente su hambre o permitir que aquel par disfrutara más tiempo su descanso? ¿Atravesar...? El repiqueteo de cuatro patas se escuchó en aquel momento. Makkachin no demoró en hacer acto de presencia, mucho menos en saltar sobre Viktor, ladrando, y de ese modo despertar al par de bellos durmientes.
Aunque no fuera a color, Viktor ya tenía una imagen invaluable en sus recuerdos.

Cenaron comida a domicilio.

Yakov llamó a Yuri Plisetsky por la noche, y él colocó el teléfono en altavoz para no tener que repetir después. Las declaraciones fueron precisas, aún así. Ya que era obvio que no podrían entrenar, tenían la semana libre. Había llamado a la veterinaria por la tarde, y la misma le había dicho que aún no hallaba resultados satisfactorios, pero por supuesto continuaría investigando, que la llamara al día siguiente, a la misma hora. Ella también quería saber cómo se encontraban Yuri Katsuki y Viktor. Sí, había nombrado al Yuri japonés primero; era decir, había mencionado al akita primero. Yakov habría continuado hablando, pero Viktor no pudo resistirse más e, interrumpiendo groseramente, se había lanzado a contar lo maravilloso que lo había pasado el día anterior. Yakov le recordó que no entendía nada de lo que decía. A Viktor poco le importó y prosiguió. Yuri Plisetsky le gritó en ruso y devolvió la opción de altavoz a la de privacidad, pasando a ignorar olímpicamente al par de antes humanos. Viktor se quejó con Akita Yuri sobre lo malo que era Yurio con él. Yuri intercedió a favor de Yurio, mientras éste último se quejaba, a su vez, a viva voz, por tener que cuidar del viejo y del cerdo.

Yuri Plisetsky volvió a casa unas horas más tarde. 22:30.

El final oficial del domingo para los prometidos; mas no para el rubio.


Yuri Plisetsky llegó a casa pasadas las 23:00, y cerró la puerta sin mucho cuidado, suspirando pesadamente.

Su gato se asomó por el extremo de la pared que daba al pasadizo en el que su habitación se encontraba ubicada, al igual que el baño; receloso.

- Ya llegué - murmuró el rubio, empezando a acercarse al sagrado de Birmania; claro que, antes de que llegara siquiera a recorrer la mitad de la distancia que les separaba, el felino dio medio vuelta, con la cola en alto, alejándose a paso elegante. Se detuvo un momento frente a la puerta abierta de la habitación de su dueño, y le lanzó una expresiva mirada con sus preciosos ojos zafiro, después hizo su ingreso al cuarto, orgulloso.

Yuri resopló, y se permitió convertir el final del resoplido en una corta risa.

- Pequeño exigente - se quejó en voz alta, asegurándose de ser oído; sin más, caminó hacia el baño, cerrando la puerta tras de sí, aunque no hubiera nadie más en el departamento, ningún otro ser humano, era decir.

No pasaron más de dos minutos cuando el sonido del agua cayendo comenzó.

Exhalando un suspiro, ésta vez de agrado, el ruso tomó el jabón, empezando por restregar sus delgados brazos.

La conversación de esa misma tarde se repitió en su cabeza.

- ¡Cuidar de Viktor y del cerdo es jodidamente molesto! - había gruñido, una vez pegó el teléfono a su oreja, tras devolver el mismo al modo privado de llamada.

- No lo pondré en duda.

-Termina con las indicaciones.

Yuri repasó una a una las pautas, frunciendo el ceño a sí mismo, creyendo que se le escapaba una, y eso no podía ser.

Sin darse cuenta, había dejado de pasar el jabón por su cuerpo. Parpadeó repetidas veces, y sacudió la cabeza una sola. Apresuró el paso de sus dedos, que sujetaban la pequeña barra, por el resto de su cuerpo, y lavó su cabello con la misma eficiencia. Cortó la lluvia artificial tras pasar sus manos por todo su cuerpo, asegurándose que no quedara ni el más mínimo rastro de jabón sobre la misma. Tomando la blanca toalla, secó en primer lugar sus rubias ebras, y después se ocupó de lo demás. Seco casi en su totalidad, amarró la toalla a su cintura y recorrió el corto camino hacia la puerta y después a su habitación, la cual estaba echa un desastre, moderado, mas desastre al fin y al cabo. Sin prestar mucha atención a aquel hecho, ya se ocuparía el día siguiente, o el que siguiera al mismo, o algún día, a lo mejor, se acercó a su cama.

Se colocó la primera playera que encontró, así como el primer par de pantalones que llegaron a sus manos. Arrojó la toalla a un extremo de la habitación, junto con el resto de su ropa sucia, y se estiró. Apartando una bolsa de papitas y su consola de videojuegos, se dejó caer sobre la mullida superficie de su cama, perfectamente tendida, já, sí como no.

El sagrado de Birmania se animó a acercarse, ahora que no apestaba más a perro, echarse y hacerse un ovillo al lado de su dueño, pasando a lamer una de sus patas al poco rato.

- Puf - Yuri exhaló, - más les vale a ese par de imbéciles volver pronto a la normalidad.

Y en el rostro del joven, tal vez, sólo tal vez, se apreció la sombra de la preocupación, antes de que el mismo cerrara los ojos.

Mientras que, no muy lejos, un akita estornudaba y se despertaba, sólo para volver a dormir a los pocos segundos, deseando despertar como un humano, deseándolo con toda su alma.