Día 4. Martes.

Viktor ganaba de momento.

Había dado más vueltas de las que podía recordar al rededor de Yurio hasta que el mismo, harto, trató de patearlo para finalmente ceder a llevarlos con él a la práctica de ese día.

Viktor siguió sintiéndose ganador cuando ingresaron por la amplia puerta, y el sentimiento prosiguió cuando tanto Mila como Georgi y hasta Lilia admiraron su pelaje, contextura, apariencia. El sentimiento llegó a la cima tras oír las exclamaciones de Mila hacia Yuri, la apreciación de Georgi; ignoró la reacción de la ex esposa de su entrenador. Sin embargo todo lo que subía tenía que bajar. Resultó un gran golpe a su orgullo el no ser capaz de mantenerse en pie sobre el hielo, y aunque la admiración jugó un papel importante en lo siguiente, apenas menguó el fastidio de que Yuri lo consiguiera con relativa facilidad.
De todas maneras era un ganador.

La práctica terminó con un Viktor bien apoyando sobre el hielo, un Yuri deslizándose y unos Yurio, Mila y hasta Georgi regañados hasta por los codos por distraerse y omitir partes de sus coreografías y demás.

Mila se ofreció de voluntaria para acompañarlos, junto a Yurio, de regreso a casa. La chica se inclinó al despedirse, besando la mejilla del borzoi y a continuación la nariz del akita, dejando helado al primero y parpadeante al segundo.

Viktor era consciente de que Mila era una buena chica, y de lo mucho que le gustaban los perros. Así que no se enfadó. Mucho. O eso trató.


- ¿Qué le ocurre al viejo? - ajeno a todo, Plisetsky inquirió al akita, señalando al borzoi que desde llegaron estaba enrollado sobre sí mismo, con cara de pocos amigos.

Está de mal humor.

- Luce tonto.

Ya no te amo, Yurio; ni siquiera te quiero. Gruñó Viktor.

¿Viktor? Akita Yuri se le acercó, cauteloso.

Hm. El aludido le giró el rostro.

Viktor, no es su culpa, ella no lo sabe.

Entonces es tu culpa.

No, no es mi culpa porque no sabía que ella haría eso.

Entonces es culpa de Yurio.

No, no es culpa de Yurio. El que insistió en ir a la pista de patinaje fuiste tú.

Entonces es mi culpa. Ante su propio pensamiento, casi fue como si el borzoi frunciera el ceño. No me gusta cómo suena eso.

Bueno, para empezar, no sonó, porque no lo dijiste.

Yuri...

Lo siento. ¿Y si mejor lo dejamos en que fue culpa del día y ya?

Jaja, pensé que dirías algo como "en que fue culpa de Makkachin."

Oh, claro que no. Yo no diría algo así. Makkachin nunca tiene la culpa.

Viktor movió la cola. Siempre encontraba una razón para amar más a ese chico.

- ¿Tienen hambre?

De acuerdo, Yurio, te quiero otra vez. ¡Pero solo querer!


Un promedio de dos horas más tarde, el rubio se vio despertado por el insistente sonido de su teléfono celular, una llamada entrante.

- ¿Qué...?

- La doctora llamó, quiere que nos encontremos con ella en su consultorio, de inmediato.

La adrenalina se disparó en el cuerpo del más joven.

- Vamos en camino.

- Nos vemos allá - Yakov cortó.

- ¡Cerdo! ¡Viktor! - llamó a gritos Plisetsky, - ¡muevan sus peludos traseros, nos vamos a la veterinaria!

Mientras se ponía de pie, escuchó la carrera de las doce patas acercándose.

- ¡Más rápido! - y se dirigió a la puerta.