Día 6. Jueves.

El pequeño reloj de forma circular pegado a la pared indicó las 18:30 cuando la puerta se abrió, y la pelinegra se dejó ver, con el cabello perfectamente amarrado, cubierto por la malla protectora. Llevó sus manos, todavía enfundadas en los guantes, antes blancos en su totalidad, manchados con sangre, a la parte trasera de su cuello y desamarró la mascarilla.

La familia entera se encontraba en la sala de espera, y ahora miraba esperanzada hacia la mujer mitad rusa mitad japonesa.

Yuko Morikawa suspiró, clavando su oscura mirada en la clara de la madre de familia; y sonrió.

- Vivirá.

Entonces el padre se derrumbó.

- ¡Papá! - la hija, una niña de no más de 10 años, se apresuró a rodear a su progenitor con sus bracitos, delgados y mucho más pálidos que los de su padre, su madre e incluso los de la veterinaria. - ¡Papá, por favor, no llores!

- Lo siento mucho, doctora - la madre se disculpó, - mi esposo...

- Es muy sensible, comprendo - Yuko asintió, - no hay necesidad de disculparse. Los hombres sensibles escasean hoy en día.

- Papá es el mejor hombre del mundo - declaró la hija, - por eso mamá se casó con él.

- No lo dudo - sonrió la veterinaria. Y se dirigió nuevamente hacia la madre, mientras se quitaba los guantes - puede dejar a su esposo aquí, con su hija, un momento. Entre, por favor, a su cachorro le gustará ver una cara conocida; está en esa etapa de leve consciencia, volverá a caer dormido pronto. Y necesito explicarle cómo tendrá que cuidarlo: seguirá una dieta estricta por los próximos tres meses, y lo traerá la próxima semana para el primer chequeo.

Asintiendo, la madre siguió a la veterinaria.


El reloj de pared marcó las 19:30 cuando la veterinaria giró el pequeño letrero que colgaba varios centímetros por encima y a la derecha del pomo de la puerta, tras cerrar con llave, mostrando el reverso con la inscripción cerrado, en inglés. Y en letras rojas.

Tras quitarse la bata que la identificaba como lo que era, una profesional de la saludad animal, las grises y ligeras ropas que se hallaban debajo quedaron a la vista. Incluso con el frío clima típico de San Petersburgo (de Rusia en general), la vestimenta de la pelinegra era ligera, quizá de algodón.

Yuko apagó todas las luces, luego de asegurarse de que los peludos huéspedes se encontraran cómodos. Después, encendió la lámpara anexada al escritorio sobre el que descansaba su computadora portátil, y, a su lado, numerosas hojas echas una única pila, pero que, al mismo tiempo, se encontraban separadas por distintos post-it de colores variados: rojo, azul, verde, amarillo, violeta, naranja.

Yuko levantó la tapa del ordenador y lo encendió, digitando la contraseña con dedos ágiles.

El fondo de pantalla se mostró a continuación : Blanco en su totalidad, exceptuando por un punto rojo en el centro, y en su interior un pequeño akita color crema, sacando la lengua.

Aquella curiosa imagen dio paso a una ventana de google, en la que Youtube fue elegido como destino y después la primera lista de reproducción creada fue presionada, el volumen reducido.

La música empezó su lento desengranaje, y la ventana se vio minimizada.

A continuación, la carpeta documentos se vio abierta, y en su interior acceso rápido dio pase a la carpeta repleta de decenas de entradas en word, imágenes y no pocos videos descargados.

Todos y cada uno de ellos referentes a mutación, comparaciones entre el ADN humano y el canino, experimentos de la misma índole, y demás.

Yuko suspiró.

- Sin precedentes - se recordó a sí misma, como si en verdad hiciera falta.

Ella había contactado con decenas de colegas, compañeros, amigos, conocidos, y todos le dieron la misma respuesta (a excepción de Richard, su viejo vecino de habitación cuando estuvo en la universidad, y quien seguía tratando de descubrir algo) : imposible.

Por supuesto, si ella alguna vez hubiera creído en lo imposible, habría asumido que su desesperación por ver en vivo a un akita (se había dejado consumir tanto por su trabajo y tenía tantos clientes regulares que jamás tenía tiempo para viajar al único lugar que amaba más que Rusia: Japón, para poder visitar a sus difuntas mascotas: un par de akitas, una pareja, en realidad, que la acompañaron durante toda su infancia y buena parte de su adolescencia.), la había superado, otorgándole una absurda alucinación en pleno inicio de la noche, cerca de una semana atrás. Una alucinación en la que dos ser humanos, de la noche a la mañana y sin explicación, habían despertado convertidos en perros, y qué casualidad, resultaba que uno era originario de rusia, pero el otro era japonés. Un borzoi y un akita, como resultado.

Yuko clickeó en los imágenes de las radiografías tomadas el día anterior al par de implicados.

- Ridículo - escapó de sus labios, y frunció el ceño hacia sí misma por esa misma razón, casi al instante. Sacudió la cabeza.

Eran radiografías perfectamente normales.

Se trataba de un par de perros sanos, con ciertas grietas mínimas en partes puntuales, como las patas, pezuñas, y cadera; pero a menos que fueran cachorros, todos los perros poseían cuanto menos un par de aquellas evidencias en sus esqueletos.

Un par de perros que antes fueron humanos.

- Y volverán a serlo - exclamó en voz alta la mujer.

Las imágenes de las radiografías fueron minimizadas, y en su lugar apareció un video, que fue reproducido al segundo, sin que la música relajante se detuviera.

Cerró el documento en curso a los pocos segundos, soltando un quejido exasperado.

Ya lo había visto decenas de veces, se lo sabía de memoria.

- Los nahuales: personas que pueden convertirse en hombres - Yuko pasó su mano derecha por sus cabellos, lacios en extremo. No,no y no. Eso no le servía. Todos esos videos se relacionaban a magia oscura, el despertar de la criatura en la adolescencia, color negro, ojos rojos.

Eliminó todos los videos, salvo por uno, el más corto.

Abrió la imagen de las radiografías y se concentró, punto por punto.

El sonido del mar todavía de fondo.

Morikawa tomó la primera hoja de la pila y la acercó a la luz de la lámpara, repasando de una mirada rápida su contenido.

La sangre.

Las muestras de sangre era en lo que debía concentrarse.

La veterinaria abrió su correo electrónico, teniendo un súbito presentimiento.

Los oscuros ojos brillaron.

Un nuevo correo. Un nuevo correo de Richard.

Ingresó, dándose con la sorpresa de un archivo ZIP adjunto, y nada más.

Un nuevo suspiro escapó de sus labios.

Probablemente Richard solo quería animarla, mandándole unas imágenes graciosas. No sería la primera vez.

Descargó el archivo, pausó la música relajante y clickeó en la descarga.

Negro azabache se abrió de golpe, y el brillo perduró largos segundos en aquella mirada normalmente fría y profesional.

- ¡Es maravilloso!

Yuko releyó el documento, dos veces, e hizo zoom en distintos puntos de la imagen.

Sin esperar un segundo más, tomó su teléfono y llamó a su ex vecino de habitación.

- Buenas noches, sí, delivery pizza Awesomehandsomevet's a sus servicios, ¿qué desea?

Yuko rió.

- Un Richard Rosterford, con extra champiñones, por favor.

- ¡Champiñones no!

- ¡Richard!

- ¡Hola!

- ¡Eres increíble!

- ¡Lo sé!

- Es todo.

- Qué seca.

- Así es - Morikawa sonrió levemente. - Gracias.

- De nada. Suerte con tu akita.

- No es mío, y está el borzoi.

- ¿Cuáles eran sus nombres, otra vez?

- Te lo diré otro día.

- Oye, ¡espe-! - pero ella ya había colgado.

- Es fantástico - suspiró la medio rusa medio japonesa. - Fantástico.

Al día siguiente todo se solucionaría para ese par. Esperaba.