Día 1. Sábado.

Casa de Nikolai Plisetsky, por la mañana, minutos antes de que Yuri, Yuri, Viktor y Makkachin llegaran.

Nikolai dejó la pequeña pila de papeles, junto con media docena de lápices, sobre la mesita junto al sofá, en caso a su querido nieto le entrara nostalgia, tal y como había sucedido el año pasado, y quisiera dibujar. Era una vieja costumbre que el rubio quinceañero había arrastrado de su no lejana infancia. Cada navidad, desde que aprendió a caminar, y pronto a correr, y hasta que cumplió los 10, al rededor de las 11 de la noche, Yuri Plisetsky solicitaba papel y lápiz, solo para concentrarse en nada más que en la superficie blanca por al rededor de media hora, a veces hasta cerca de una redonda, y, al finalizar, sostener en alto su pequeña obra de arte.

Nikolai recordaba aquellos momentos con vividez y entendible añoranza.

El anciano paseó la mirada, de un verde pálido, por la sala, y sonrió con suavidad.

Entonces tocaron el timbre.


Por la tarde.

Al regresar de la tienda, Nikolai no esperó que el perro color crema se le acercara, mucho menos que agitara la cola.

El hombre no lo pensó demasiado, y se inclinó, con cuidado, posando la mano con la que no sostenía la bolsa de compras entre las orejas del akita.

- Eres un buen chico, ¿verdad? - se sintió ridículo al realizar la pregunta, después de todo, no había forma en que recibiera una respuesta. - Claro que lo eres. - Prosiguió con sus palabras, - incluso cuando tus compañeros no dejaban de armar alboroto, tú te mantuviste sereno, hasta permitiste que Viktor te fastidiara sin responder a sus provocaciones. - continuaba encontrando extraño que hubieran nombrado a aquel perro plateado del mismo modo que el patinador más reconocido en toda Rusia, y el mundo entero, pero no era su asunto, y repetía que el parecido entre el color de cabello del penta campeón y el pelaje del can era fascinante. - Qué buen chico.

Alzando la mirada, fue otra sorpresa encontrarse con su nieto, inclinado sobre unas hojas de papel.

Pero era muy temprano como para que estuviera dibujando.

- Yuri, ¿cómo se llama este muchacho?

El rubio murmuró algo.

- No te oí.

- Katsudon - expresó con voz más fuerte.

La conexión fue inmediata.

- ¿Igual que el platillo japonés que tanto dijiste que te gustaba?

Observó al menor erizarse. Enarcó una ceja, extrañado.

- S...Sí... - pero decidió dejarlo pasar.

Y rió.

- Pues vaya nombre para más raro.


Por la noche.

- Yuri.

- ¿Si, abuelo?

- ¿Por qué Katsudon?

- ¿Uh?

- ¿Por qué eligieron ese nombre para ese perro tan tranquilo?

- No lo sé...

- ¿Y por qué Viktor?

- Es un nombre común...

Nikolai miró por largos segundos directo al perfil de su nieto, que ni siquiera le miró de reojo, sin decir nada.

- Tú los elegiste.

- ¿Qué?

- Los nombres. - El anciano suspiró, - de eso se trata, ¿no es así? Elegiste sus nombres, o cuanto menos los sugeriste, a su dueño les gustó.

Yuri se relajó.

- Me atrapaste - murmuró.

Nikolai sonrió, y colocó una mano sobre el hombro izquierdo de su nieto.

- Tal vez debiste explicarle a tu amigo que se trataba del nombre de un platillo japonés, Yuri.

El mencionado encogió los hombros.

- Lo hice.

- ¿Y aún así lo eligió?

- Así es.

Nikolai Plisetsky se echó a reír.

¡Había que ver!