Día 3. Lunes.
Por la mañana, durante la práctica.
- Yuri. - Mila abordó al rubio quinceañero tan pronto como el mismo se dejó ver, - ¿es cierto que Viktor y Yuri Katsuki se fueron de viaje y no volverán hasta el próximo año?
- ¿Hah? - Yuri Plisetsky arrugó el entrecejo, ¿esa era la explicación que Yakov había ofrecido?
Patético.
Chasqueó la lengua.
- Claro que es cierto - bufó, - ese par de idiotas solo tomó el primer vuelo disponible y se largó. ¡Ni siquiera dijeron el jodido destino!
Yuri tenía suerte que Lilia no estuviera presente, de lo contrario, se habría llevado una reprimenda importante, además de un rutina de entrenamiento extra, como castigo.
- Ah. - La pelirroja suspiró. - Eso es tan injusto... Ese par tomando unas vacaciones improvisadas, y nosotros aquí...
- Mila. - Yakov elevó la voz, regañando a su pupila.
- Pero es cierto. - La chica se recargó perezosamente del más joven. - Yuri, no se vale...
- Ya suéltame, anciana.
- Que solo soy tres años mayor que tú - suspiró Mila.
- Vieja.
- ¿A dónde crees que fueron, Yuri?
A la perrera.
- No me interesa.
- Yuriiii.
- ¡Que me sueltes, maldición!
La pelirroja rió, y trató de pegar su mejilla derecha a la izquierda del rubio.
Todo ante la mirada de Yakov y Georgi.
Lilia llegó cinco minutos más tarde, y el trío de patinadores ruso se puso a practicar.
Los pensamientos del Hada rusa giraron en torno a qué posibles lugares podría visitar un humano convertido en perro.
Estuvo a punto de chocar contra el muro de contención en más de una ocasión.
Y Yakov lo regañó con severidad, pero no más que Lilia.
Yuri Plisetsky maldijo por lo bajo, lo que le granjeó media hora extra de estiramientos al terminar la práctica.
Y mientras se secaba el sudor de la frente, ya entrada la tarde, el teléfono celular de Feltsman empezó a sonar.
Y se trataba de la veterinaria.
