Veo mi calendario y no lo puedo creer. ¡¿Ya estamos a marzo?! ¡Dejé este fic botado por casi dos meses! Ni yo me lo puedo perdonar. Me gustaría dar explicaciones, pero creo que sonarán a excusas vacías. Me gustaría prometerles publicar más seguido para compensar el tiempo muerto, pero temo no cumplir. Solo puedo decir que el verano no es la mejor época para publicar para mí, en especial cuando trabajo.
En fin. Quisiera saludar a «Doce Espadas» y a «Julex93» por sus reviews. Sé que debería responderlos, quizás lo haya hecho para cuando lean esto, si no, les escribiré algo antes de mañana (A Julex creo que le respondí).
También quiero invitarlos a todos a leer esta historia, que vaya que estuvo bastante tiempo guardada. Escribía en promedio cincuenta a cien palabras diarias. Muchos días (incluso semanas) que no abría el archivo, como días en que llegaba a escribir más de mil palabras. Solo queda decirles que espero que la disfruten, que compense la larga espera, y cualquier crítica, comentario, sugerencia, opinión, o saludo, pueden dejarla en los reviews.
PD: lamento la primera falsa alarma. Republiqué el capítulo porque me faltaba el resumen.
Capítulo 6: «Mariel».
Mariel es la hermana menor de Clyde y mejor amiga de Lily, y quien deberá enfrentar una triste realidad, pero con el consuelo de la amistad y compañía de sus seres queridos.
El lunes por la mañana Lily regresó a clases. Los vendajes en su cabeza fueron sacados por su propia madre, pero debió continuar con el yeso en su brazo. Todos sus amigos se acercaron a ver la novedad en su brazo, y de paso aprovecharon de escribirle mensajes y dibujos sobre el yeso, que poco a poco fue perdiendo su blanco original.
Esa misma mañana Luna regresó a su anonimato, no sin antes dejarle a sus hermanos una nota con la dirección, para que fueran a visitarla pronto. También esa mañana Lori regresó a Washington; su trabajo como representante de ventas de una importante compañía corredora de seguros apenas le permitía descansar, y en un par de meses debía moverse a Boston para continuar con su labor.
A la salida de clases, Lily se encontró nada más y nada menos que con su hermano Lincoln. En parte él ya no confiaba en Lola y Lana para cuidar de su hermanita, no desde el accidente de la semana anterior, eso lo notaron las gemelas al verlo en el pórtico de brazos cruzados y mirada seria, pero decidieron no decir nada y hacer como que no lo habían visto.
— ¡Lincoln! —exclamó la pequeña con inocencia mientras iba corriendo hacia él— ¿Qué haces aquí?
—Pues vine a buscarte —soltó la primera sonrisa dirigida hacia la pequeña—, iremos a casa de Clyde.
— ¡Sí! —exclamó Lily dando un salto de alegría— ¿También veremos a Mariel?
Lincoln asintió con la cabeza. A pesar de los problemas por los que estaba pasando, la actitud alegre e inocente de su hermanita siempre lograba sacarle una sonrisa, y olvidar por momentos lo que le estaba pasando.
Mientras las gemelas se escabullían de su hermano y Lisa se dirigía a la universidad, Lincoln iba por una de las calles con su mochila colgada de un hombro, mientras que Lily iba a su lado alegre y dando saltitos. En el camino pasaron por una tienda de dulces, y Lily le pidió a Lincoln que comprara una rosquilla extra para su amiga Mariel.
Mariel y Lily eran grandes amigas prácticamente desde la sala cuna, más aún luego de enterarse que sus hermanos mayores también eran amigos. Siempre se han llevado bien. Se han acompañado, y han disfrutado de cosas simples como jugar en el parque, dibujar, ver televisión, y leer cómics. Para Lily, Mariel era la hermana menor que nunca tuvo.
Llegaron finalmente a la residencia McBride. Lincoln tocó el timbre, mientras Lily no podía aguantar la emoción. No se habían visto desde el accidente que tuvo ella, y quería contarle las aventuras que había vivido en Navidad.
—Hola Lincoln —Clyde abrió la puerta. Aún tenía sus lentes redondos y gruesos, y su cabello negro azabache y ondulado. Se le sumaba un atuendo demasiado formal para la ocasión, con un sweater verde agua sobre una camisa beige, y pantalones oscuros y ajustados con zapatos negros y brillantes de cuero.
— ¿Qué tal Clyde? —respondió Lincoln mientras su amigo los invitaba a pasar. El lugar como siempre, difería mucho de la casa Loud. Completamente ordenado y limpio, sin manchas en la alfombra ni en las paredes, sin nada roto ni enmendado, y todo en su justo y respectivo sitio.
—Pues bien —el tono de voz del muchacho denotaba lo contrario—, aunque no puedo decir lo mismo de Mariel.
— ¿Qué le pasó? —se adelantó a preguntar Lily con todas sus alarmas encendidas.
—No lo sé —respondió Clyde con pesar—, desde que la fui a buscar al Kindergarten no me dijo nada, y apenas llegamos a la casa, se encerró en su cuarto.
— ¡Oh no! ¡Mariel! —Lily dejó todo lo que traía en el piso, y como bala subió corriendo por las escaleras rumbo al cuarto de su amiga.
—He intentado todo para que saliera de su cuarto y me explicara qué le sucedió —continuó Clyde explicándole a Lincoln—, incluso los consejos del doctor López.
Mientras, en el segundo piso, Lily estaba golpeando la puerta blanca que la separaba de su amiga y su encierro.
— ¡Mariel abre! ¡Soy yo, Lily! —gritaba mientras golpeaba con sus mano libre sin cesar, provocando un importante escándalo.
Al ver que no había respuesta, la pequeña sacó un clip de su bolsillo, con el cual logró sacarle llave introduciéndolo por el ojo de la cerradura. Era un truco que le enseñó Leni hace bastante tiempo.
La puerta se abrió levemente, dejando ver parte de una habitación oscura, cosa que preocupó aún más a la pequeña.
— ¿Mariel? —Lily entró al cuarto. Pudo ver las cortinas cerradas y el desorden de su habitación. Había varias cosas tiradas, como juguetes, cuadernos, hojas, lápices de todo tipo, libros, cómics, entre otras cosas. Esto preocupó a Lily. Mariel siempre ha sido bastante ordenada, al contrario de ella.
La pequeña escuchó un sollozo proveniente del armario. De inmediato abrió la puerta del mueble, y se encontró a su amiga, sentada en el suelo, abrazando sus rodillas mientras ocultaba su cara en su falda.
—Mariel —el tono de inquietud de Lily atrajo la atención de la niña, quien al levantar la vista, pudo ver a su amiga de rodillas junto a ella, dándole una mirada de preocupación.
Mariel era una niña adorable, casi tanto como Lily. Al igual que su hermano, tenía la piel oscura y un hermoso cabello oscuro, rizado y largo sujeto con un cintillo verde agua. Pero a diferencia de Clyde, ella era una niña sana. No tenía problemas de salud, ni alergias, ni temores. Lily siempre la había visto como una niña alegre, casi tanto como ella, es por eso que se preocupó bastante al verla en ese estado.
— ¿Qué te ocurrió? —Lily intentó ser directa con su pregunta. Quería una pronta respuesta para intentar ayudarla con una rápida solución.
—L-Lily —masculló la niña mientras era ayudada a ponerse de pie sin arruinar su vestido verde agua ni su chaleco blanco.
—Está muy oscuro aquí —sin permiso de nadie, Lily fue corriendo a abrir las cortinas. La luz entrante encegueció por momentos a su amiga, pero a los pocos minutos logró acostumbrarse. Gracias a la luz, Lily pudo ver el real desorden que había allí, y los tristes ojos humedecidos de su amiga.
— ¿Qué te pasó? —repitió la pequeña más con aflicción que con preocupación, mientras la invitaba a tomar asiento sobre la cama.
Mariel se sentó cabizbaja. No quería preocupar a Lily, pero era demasiado tarde. Ella estaba ahí, preocupada, afligida por ella. No le quedaba otra que controlar su llanto, y contarle los hechos de la forma más real y concreta posible.
Intentó tranquilizarse mentalmente. No quería quebrarse en medio de su relato. El doctor López le había comentado que la mejor forma de comenzar a resolver los problemas y sentirse mejor era hablando, y tenía la suerte de tener a una gran amiga con quien conversar.
Se secó las lágrimas con la manga de su chaleco, y se volteó a ver a Lily. Ella estaba estática como estatua, cosa que era casi imposible para ella. ¿Acaso estaba así por ella? En silencio, y con una mirada de preocupación, esperaba que estuviera preparada para hablar.
—Yo… —estiró esa palabra hasta que se le acabó el aire de los pulmones. No sabía por dónde comenzar.
— ¿Tú qué? —insistió Lily, poniendo más nerviosa a su amiga.
—Fue un mal día —respondió tras un largo silencio, en el que Lily esperaba pacientemente.
Lily decidió no intervenir en su relato y esperar el tiempo que fuera necesario. Descubrió que ante las presiones más se demoraba en hablar.
—To-todo c-comenzó esta mañana —le costó comenzar a Mariel. Lily escuchaba en silencio—. Estaba pasando por un pasillo, y al voltear en una esquina… escuché muchas cosas.
— ¿Muchas cosas? —Lily se arrepintió por la pregunta formulada, pero al menos esta vez Mariel no demoró en contestar.
—Estaba hablando con los padre de Mike —comenzó, y con cada palabra que decía, le iba costando menos hablar—. Se les escuchaba muy molesto.
—Eso no se oye bien —comentó su amiga.
—Los oí claramente —el semblante de Mariel comenzó a temblar, y Lily temía que terminara en llanto antes de alcanzar a explicarle lo ocurrido—, dijeron que no querían que él compartiera conmigo.
— ¿Eh? —Lily no pudo evitar dejar escapar esa pregunta por la sorpresa. Realmente no le cabía en su pequeña cabecita de siete años recién cumplidos alguna explicación para eso, o al menos una que fuera lógica— ¿Por qué? ¿Acaso fueron los extraterrestres?, ¿o culpa de Barney?
Mariel no pudo evitar soltar una leve risilla. Pensaba que su amiga le decía eso para levantarle un poco el ánimo, y le agradecía el gesto. Poco podía imaginarse que en realidad su inocencia la empujaba a decir el primer disparate que se le viniera a la mente.
—En realidad lo último que alcancé a escuchar de la conversación —retomó la palabra volviendo a la seriedad—, fue que la culpa la tenían mis padres.
Lily arqueó una ceja. No entendía qué tenían que ver sus papás en eso. Ella conocía bien a los señores Harold y Howard, y toda su familia también, y todos los consideraban unos buenos sujetos. Quizás en el fondo eran extraterrestres comandados por Barney; era la única explicación lógica.
— ¿Entonces qué ocurrió? —preguntó.
—En eso apareció el propio Mike —prosiguió—. Se veía muy enojado. Realmente me dio miedo su cara.
Tras un suspiro, y el silencio de Lily, su amiga pudo continuar con más calma.
—Estaba a punto de preguntarle algo, cuando me empujó y me tiró al suelo.
— ¡¿Ah?! —exclamó Lily. Ella conocía a Mike; su hermano mayor Peter estaba en la misma clase con ella, y su hermana Karen iba a la misma clase con Lisa. Era una familia bastante tranquila como para imaginárseles empujando a su amiga sin motivo aparente.
—Me dolió mucho la cabeza —explicó llena de amargura, amargura que ya era tarde para ser borrada con algún comentario de Lily—. Dijo muchas cosas feas sobre mis papás. Nunca había escuchado a nadie insultarlos tan directo.
Hubo otro largo y tenso silencio que solo Mariel pudo cortar.
—Sé que no es normal tener una familia como la que tengo —prosiguió—. La gente nos mira raro en las calles cuando salimos a pasear los cuatro juntos, algunas personas nos gritan cosas feas, incluso una vez una señora comenzó a retar a mis papás.
—No lo entiendo —se expresó Lily—, mi familia tampoco es normal, y no he visto que la gente haga eso…
—Esto es diferente —la interrumpió su amiga—, creo que a las personas no le gusta que Clyde y yo tengamos dos papás, pero, ¿Qué culpa tengo yo?
La pequeña no supo qué responder. Ni siquiera sabía que las demás personas no les agradaban los padres de Mariel. ¿Cómo podían juzgarlos si no los conocían? Eran personas geniales. Siempre la recibían con dulces importados, y una agradable sonrisa. Al hogar nunca le faltaba nada. Tenían un televisor de última generación con más de ocho mil canales, wifi que no se cortaba cada cinco minutos, comida que no era de la congelada, entre otras tantas comodidades que la Casa Loud estaba lejos de poseer.
En ese minuto Mariel no aguantó más y se largó a llorar. Lily le prestó su hombro para desahogarse. Ella se lamentó haber entrado a la primaria, lejos de su amiga para poder defenderla y acompañarla en estos momentos tan difíciles. Seguramente si hubiera estado allí, hubiera evitado que Mike la humillara de ese modo.
Mariel lloró sobre el hombro de su amiga hasta quedarse sin lágrimas. Luego se las secó con las mangas, mientras que Lily le alcanzaba un pañuelo que encontró en el suelo. Dejó que se calmara por unos segundos mientras intentaba pensar en alguna respuesta que la hiciera sentir mejor.
—Traje una rosquilla extra —fue lo único que se le ocurrió decir. La comida siempre animaba a Lily. De hecho cualquier cosa la animaba. Pero Mariel no era muy similar a Lily.
— ¿Una… rosquilla? —preguntó extrañada ante la frase sin sentido.
—Sí. La dejé en… eh… —recién en ese momento la pequeña recordó que la había tirado al piso apenas supo que su amiga estaba triste. Esperaba que no se hubiera arruinado.
—No te preocupes —intervino su amiga—. Será mejor que salgamos de aquí. Clyde debe estar muy preocupado.
Lily le sonrió, sorprendida de ver que increíblemente la rosquilla haya resultado.
—Y Lily —la puerta quedó media abierta mientras que Mariel retenía a su amiga por el hombro— gracias —le dijo con sinceridad.
—Por nada —respondió con una sonrisa inocente—. Sé que te gustan las rosquillas de fresa.
Mientras bajaban, Mariel preguntó con más ánimos:
—Por cierto, ¿qué le ocurrió a tu brazo?
— ¡Oh! Esa es una larga historia. Verás…
Así ambas bajaron las escaleras hasta llegar al living. Cuando bajaron, Mariel le explicó a su hermano que no le había pasado nada grave, y que los detalles se los contaría a la noche, y que mientras, deseaba pasar un rato con su amiga. Los cuatro compartieron un rato agradable en torno a un gran tazón de chocolate caliente y malvaviscos. Finalmente los cuatro disfrutaron de una película familiar. La tarde pasó volando.
A diferencia de todas las otras cosas que podrían ocurrir en su vida, Lily no olvidó este percance tan fácilmente. Ella sabía desde temprana edad que todo el mundo te podía molestar por el más mínimo detalle o diferencia con el resto. Sabía que a Mariel la molestaban por tener dos papás, pero no encontraba el detalle o diferencia que lo justificara. Para ella su familia era tan normal como la suya. Cuando podía, la defendió con ingeniosas venganzas que a veces sus hermanas le ayudaban a planificar, pero desde que entró a la primaria, la distancia le impedía poder estar mucho tiempo junto a ella.
Solo un año de diferencia las separaba tanto. Tonta edad. ¿Por qué no fue un año más joven? ¿Por qué Mariel no fue un año mayor? Así serían inseparables, y nadie se metería con ninguna de las dos. Pero la realidad era diferente, y no había nada más que hacer, o eso era lo que Lily se negaba a creer.
Esa noche en su habitación, se encontraba tranquila sobre su cama mirando el techo. Su hermana Lisa la miraba de reojo mientras se concentraba en su libro de anatomía. Amaba esa quietud, pero a la vez le incomodaba. No podía concentrarse mientras veía a su hiperactiva hermana tan quieta y tranquila sin que millones de hipótesis bombardearan su cabeza.
— ¿De una vez por todas me puedes decir qué te sucede? —rompió el silencio molesta mientras lanzaba su libro de anatomía por la ventana.
Lily volteó a ver a su hermana sorprendida ante la repentina perturbación del silencio. Vio sus ojos de seriedad a través de sus lentes. Sabía que tras esa máscara libre de sentimientos, se encontraba preocupada por ella.
—Hoy hablé con Mariel —respondió sentándose con los pies cruzados sobre la cama mirando a su hermana—, los padres de Mike lo sacaron del kindergarden porque no querían que compartiera con ella, y Mike la empujó por eso.
— ¿Mike Thompson? —preguntó arqueando una ceja. El apellido le sonaba, pues su hermana Karen estaba en el mismo curso que ella, y regularmente le pedía ayuda para estudiar antes de los exámenes.
—Sí, él mismo —afirmó Lily.
—Eso quizás explique por qué esta tarde Karen estaba de tan mal humor —concluyó la chica genio colocando una mano sobre su mentón—, pero aun no entiendo dónde está tu dilema.
— ¿Por qué los padres de Mike hicieron eso? —preguntó la pequeña con pesar.
—Seguramente debe ser porque no querían que su hijo menor tuviera a sus padres como ejemplo de vida.
— ¿Ejemplo de vida? —un enorme signo de interrogación asomó en la mente de Lily.
—Verás —comenzó a explicar Lisa tras dar un largo suspiro y ajustar sus anteojos—, la sociedad dicta muchas reglas sociales que las personas cumplen de forma inconsciente, porque el castigo al romperlas es la vergüenza social.
— ¿Eh? —preguntó la pequeña aún más confundida.
— ¿Cómo te sentirías si salieras desnuda a la calle? —le preguntó Lisa.
—Tendría mucho frio —respondió la pequeña con elocuencia.
—Aparte de eso —respondió su hermana con apatía.
—Pues… se me congelarían los pies, claro, a menos que tuviera unas botas, ¿puedo salir con botas? —comenzó a desvariar la pequeña— Me gustan las rosadas que tenía Lola, aunque me dijo que no me las prestaría por nada del mundo, pero lo que no sabe es que de todas formas ya las saqué. Lo mejor es que con tantos pares aún no se da cuenta que faltan. ¡Es el crimen perfecto! A menos que tú le cuentes a ella, porque yo sé muchos de tus secretos, si caigo yo también caes tú, tal como sale en esa película que… ¿Cómo era que se llamaba?...
— ¡Alto, alto, alto! —la interrumpió su hermana frotándose las sienes con desesperación— Intentaré explicártelo de otro modo. Veamos… Tú sabes que nosotros tenemos un papá y una mamá, ¿cierto?
—Ajá —respondió la pequeña intentando mantenerse concentrada.
—Y qué Mike tiene un papá y una mamá, ¿cierto?
—Ajá.
—Y que tu amigo Jim también tiene una mamá y un papá, ¿cierto?
—No lo sé, supongo que si —respondió con cierta duda—, aunque… es muy reservado al respecto… tengo la teoría que fue criado por fantasmas. Vive cerca de la casa de Charles, el novio de Lana, quizás por ahí podría descubrir el misterio.
Antes que Lisa intentara detenerla, la pequeña bajó de la cama de un salto, y dando un suave portazo abandonó la habitación.
—Al menos no tuve que explicarle acerca del origen de los bebés —comentó Lisa para sí misma antes de sacar otro libro grueso de debajo de su cama.
Lily cruzó el pasillo y golpeó con gran escándalo la puerta del cuarto de las gemelas. Una molesta Lana fue quien la abrió mientras se restregaba un ojo.
— ¡Lana! ¡Necesito tu ayuda! —exclamó la pequeña con las palabras atropelladas antes que su hermana pudiera preguntarse quién estaba frente a ella.
— ¿Qué quieres Lily? —le preguntó con pereza invitándola a pasar a su cuarto.
El cuarto de las gemelas sin duda había evolucionado con el correr de los años. Era una verdadera imagen de los polos opuestos. Al lado izquierdo, el rosa era lo predominante en la mitad de Lola, con su camarote totalmente rosa, paredes rosas, muebles rosas, y hasta cortinas rosas. En la otra mitad, se podía ver las paredes verde agua gastadas y descascaradas, cubiertas de afiches de automóviles y de series de acción; una cama descuidada, cosas tiradas por el suelo, y jaulas llenas de diferentes reptiles en las repisas. Lo más impresionante era que el límite de ambas mitades se dividía drásticamente por una delgada línea invisible que incluso atravesaba la puerta de entrada.
—Necesito tu ayuda —repitió Lily—. Sé que tu novio Charles vive cerca de la casa de Jim. Quisiera descubrir si Jim tiene dos papás.
— ¿Eh? —preguntó su hermana con confusión.
— ¡Uhu! Parece que alguien tiene novio —intervino Lola, quien estaba instalada en su tocador peinando su largo cabello rubio, y que lo único que escuchó fue la parte de Charles.
—Espera, ¿qué? —exclamó Lana al fin despierta volteándose hacia su gemela— ¡Charles no es mi novio!
—No es lo que dicen en la escuela —Lola se volteó y respondió con suspicacia.
—Pues eso no me importa —Lana se cruzó de brazos molesta.
—Además, eso explica que estos últimos años hayan estado tan juntitos —la molestó su gemela imitando unos besos en el aire.
— ¡¿Qué?! ¡Solo somos amigos! ¿Qué tiene de malo que estemos juntos? —alegó su hermana.
—Mientras más lo niegues, más cierto se vuelve —respondió Lola viendo a su hermana molesta a través del espejo de su tocador.
Al ver que era un completo caso perdido insistir, Lily lentamente abandonó el cuarto, mientras las gemelas seguían discutiendo el tema de Charles. Apenas cerró la puerta, se quedó estática mirando el picaporte. Juraba con toda su inocente alma haberlo visto antes. Recordó haber tenido en su mano un objeto en aquella ocasión. De forma inconsciente hurgueteó en su bolsillo, encontrándose con un clip, era el mismo que usó para abrir la puerta del cuarto de Mariel. Como un rayo asesino, el recuerdo golpeó la mente de la pequeña, trayéndola de regreso al problema principal.
¿A dónde ir ahora? Nunca llegaría a entender la explicación de Lisa, Lucy siempre terminaba en un cuestionamiento filosófico que entendía menos que a Lisa. En ese minuto consideró que Lincoln era la mejor alternativa.
La pequeña golpeó con timidez la puerta. Últimamente se le había visto bastante mal genio. Sus hermanas le decían que le recordaba a Lori cuando aún imponía orden en la casa Loud. Solo las mayores que él logran controlarlo cuando ven que se está pasando de la raya. Aun así, esa tarde se le vio de muy buen humor mientras compartía con Clyde y Mariel. Por lo general no era tan mal genio con ella, excepto cuando cometía locuras demasiado grandes como jugar al boliche aéreo y dejar la bola en una de las canaletas; de todas formas no se iba a arriesgar.
Del otro lado, Lincoln se encontraba escuchando música con sus audífonos de casco puestos, con la melodía de «Smooch» a todo volumen. Lily, al no ser escuchada, entró de todos modos, con temor de hacer enojar a su hermano. El joven, al ver que la puerta se había abierto, volteó a ver quién entraba. Al ver a la pequeña, de inmediato se quitó los audífonos y apagó la música.
—Lily, ¿Qué haces aquí? —preguntó con curiosidad mientras se sentaba sobre su cama.
—Hola Lincoln —saludó con nerviosismo mientras intentaba ordenar sus ideas.
— ¿Qué sucede? —repitió el muchacho invitándola a tomar asiento en la única silla del pequeño cuarto.
—Pues —intentaba buscar las palabras correctas para comenzar, pero todo era un mar revuelto de ideas, de las cuales en su mayoría no tenían ni la más mínima relación con el tema—… tengo una pregunta.
—Sí, dime —respondió mostrándose atento.
— ¿Por qué nadie quiere a los papás de Mariel? —tras una pequeña laguna mental, la pequeña logró formular la pregunta lo más clara y directa posible.
A Lincoln esa pregunta le tomó por sorpresa. La respuesta era más que obvia, pero le costó conectarse con el hilo del tema.
— ¿Por qué la pregunta? —respondió el muchacho intentando ganar más tiempo.
—Mariel me contó lo que pasó esta mañana —comenzó—, tuvo un problema con Mike.
— ¿Problema con Mike? —formuló el muchacho, en parte para comprender bien la explicación de su hermanita, en parte intentando buscar en su mente aquel nombre, y en parte para ganar más tiempo.
—Sus padres quieren sacarlo del kindergarden porque no quieren compartir con ella porque tiene dos papás —la pequeña jugueteaba nerviosa con sus pulgares—. La verdad no entiendo qué tiene de malo que ella tenga dos papás. Sé que es algo que no se ve en todas partes, pero tampoco se ve en todas partes a alguien con diez hermanos, pero nosotros estamos aquí.
Lincoln le sonrió con sinceridad. Le alegró que su pequeña hermana aún no haya cultivado los prejuicios en su corazón. Ahora debía darle una explicación convincente evitando ser él quien plantase aquella nefasta semilla.
—Pues me alegro que pienses así —comenzó arrodillándose frente a ella quedando a la altura de su mirada, mientras colocaba una mano sobre su hombro enyesado—, eso es algo que nunca debes cambiar de ti.
—Pero aún no me respondes —insistió la pequeña al no encontrar nada útil en las palabras de su hermano—, ¿por qué nadie quiere a los papás de Mariel? Los señores McBride son agradables, y siempre tienen galletas cuando vamos a casa de Mariel, es un lugar grande, limpio, y espacioso, en donde podemos jugar a las muñecas sobre autos de carrera sin que nuestras hermanas vengan a molestarnos.
Lincoln no pudo evitar soltar una pequeña risa ante la explicación de la pequeña.
—Si tanto quieres a los papás de Mariel, entonces es falso decir que «nadie» los quiere —le explicó mientras retomaba su asiento sobre la cama.
Lily quedó procesando por un buen rato aquellas palabras. Un reloj de arena se posó sobre su mente mientras se concentraba en cada grano de arena que bajaba una tras otra tras otra.
Lincoln amaba esa mirada de ingenuidad. Sentía que era una de las pocas cosas de este mundo que aún tocaba su corazón. Ninguna de sus hermanas menores había llegado a tal nivel de ternura, ni a la edad de Lily ni a una edad menor. Lo más cercano que recordaba era a las gemelas cuando eran pequeñas y se encontraban asustadas o sinceramente felices, cosa que no ocurría tan a menudo como en el caso de Lily. Habían crecido tan rápido.
— ¿Y por qué Mike no los quiere? —su proceso mental dio como resultado aquella pregunta.
—Querrás decir sus padres —aclaró Lincoln.
—También.
Lincoln midió sus palabras esta vez. Era un tema complejo, y no debía cometer los mismo errores que en caso de las gemelas cuando le hicieron la misma pregunta; errores que debió arreglar Lori en su tiempo. Esta vez era más maduro, era imposible tropezar con la misma piedra dos veces.
—Pues, verás —comenzó con nerviosismo. Lily aguzó la mirada—, como ya sabes bien, tener dos papás no es algo común en estos días.
—Ajá —aceptó la pequeña. Hasta ahora entendía.
—Y tanto a los padres de Mike como a muchas otras personas, no le gustan este tipo de relaciones.
— ¿Y por qué? —la pequeña quería ir al grano.
—Bueno… eh… verás… para muchos no es «normal» que exista una relación entre dos hombres o dos mujeres. Solo es correcto entre un hombre y una mujer —explicó nervioso enfatizando las comillas con los dedos.
— ¿Relación? —preguntó la pequeña confundida.
—Bueno, tú sabes, lo que tiene mamá y papá, Leni con Max… bueno, eso no; y Lana con Charles.
— ¡Que no es mi novio! —se escuchó el grito de la aludida desde el otro cuarto.
— ¡Aahh! ¡Ya entiendo! —exclamó la pequeña feliz de sentir que estaba avanzando en el proceso de llegar a la verdad. Con el último ejemplo hubiera bastado.
—Y como vez, en todos esos casos, es un hombre y una mujer —prosiguió Lincoln con más seguridad.
—Pues claro, son novios —respondió con obviedad.
—Pero hay casos en que dos hombres son novios.
— ¡¿En serio?! —el grito fue tan grande que el muchacho temió por momentos que toda la casa se volcara al pequeño cuarto en busca de la emergencia.
Lincoln asintió temeroso. Lily no daba crédito ante esta nueva revelación. Un mundo de nuevas posibilidades creció dentro de su basta imaginación, que amenazaba con desbordar su mente. Un impulso de querer saltar, correr, volar, inundó su cuerpo; era su reacción ante tal desborde, pero no quería salir de la habitación; presentía que había más revelaciones poderosas de la boca de Lincoln.
—Eh… ¿estás bien? —Lincoln sospechaba sobre los deseos de su hermanita, pero era muy tarde como para salir del parque. Quizás una carrera dentro de la casa la calmaría; no importaba como quedara la casa; ha estado peor.
—Cuéntame más —masculló.
—Pues —el muchacho no recordaba siquiera estar pensando cuando pronunció aquella frase—… los padres de Mariel y Clyde son novios.
— ¡No puede ser! —gritó la pequeña como si le hubieran revelado la verdad de su vida.
—Pues esa es la reacción de las demás personas —remató Lincoln. Eran las palabras precisas.
— ¡Ahora entiendo! —exclamó Lily, emocionada por sentir el «clic» dentro de su cabeza, que conectaba las ideas como si no hubiese un mañana— Las personas no están acostumbradas a este tipo de cosas. Deben tenerle miedo a lo desconocido, a lo nuevo, y por eso no las aceptan, ¿verdad?
Su hermano asintió con la cabeza, moviéndola de arriba abajo mientras su mechón rebelde se mecía con el aire.
—Pero —la calma volvió a la pequeña—, ¿Cuánto tiempo demorarán las personas en acostumbrarse?
—Pues, esto lleva varios años…
— ¡¿Años?! —gritó la pequeña sin fijarse en el volumen de su voz. Por momentos Lincoln creyó haber quedado sordo— ¡Eso es mucho tiempo!
—Bueno, debes considerar que es algo grande y complejo. Se debe buscar un cambio en todas las personas de este mundo, y en este mundo hay miles de millones de personas —Lincoln intentó buscar una explicación.
—Pero a mí no me interesan las personas de todo el mundo —insistió la pequeña—, a mí me interesan las personas de Royal Woods.
—Pues en ese caso, aquí está casi superado —respondió con una sonrisa de tranquilidad—, excepto ciertas excepciones.
—Pues deben ser varios casos excepcionales —Lily regresó a su posición inicial, concentrada en sus pulgares—. Mariel me contó que mucha gente los mira raro en la calle, les dicen cosas feas, y que los retan.
La sonrisa de Lincoln se borró. Juraba haber oído ese discurso antes.
«Las personas en la calle nos miran raro, me gritan cosas a mí y a mis papás, incluso un hombre nos estuvo siguiendo e insistiendo en que nos iremos al infierno porque ellos seguían juntos».
La voz de Clyde, de un pequeño niño tímido y con la mirada llorosa llegaba a los recuerdos del joven. Las palabras eran las mismas que de ahora.
—Lamento que la diferencia de un año nos haya separado tanto —prosiguió Lily—. Me gustaría estar a su lado para defenderla de idiotas como Mike, que de seguro seguirán apareciendo en su vida.
El recuerdo de una pelea hace doce años arrastró a Lincoln al mar de sus recuerdos. Un niño regordete estaba molestando a Clyde durante un recreo de primer año, y Lincoln lo desafió a puño limpio. Tras la contienda él salió más dañado; si no fuera por la intervención de sus hermanas mayores, sin duda hubiera terminado peor.
«Defender».
—No entiendo qué culpa tiene Mariel o sus padres de todo esto—agregó Lily—, solo son… diferentes.
«No sé qué culpa tengo yo o mis padres» nuevamente la voz de Clyde retumbaban en su cabeza.
— ¿Lincoln? —Lily llamó la atención de su hermano pasando su pequeña mano frente a su vista.
— ¿Eh? —de golpe regresó a la realidad. Había quedado divagando en su propio pasado.
— ¿Estás bien? —preguntó la pequeña, repitiendo la pregunta de su hermano.
—Sí —respondió escuetamente—, es solo que… la verdad te entiendo perfectamente. Pasé por lo mismo con Clyde.
— ¿De verdad? —preguntó la pequeña con interés, deseosa de una nueva historia.
—Él y yo nos conocimos también en la sala cuna —explicó—. Por fortuna éramos de la misma edad, y nunca tuvimos que separarnos.
Lily mostró su molestia a través de su mirada.
—La verdad siempre les agradó a todas ustedes —continuó—, incluso a ti. Recuerdo que cuando eras una bebé y te daba una galleta de mantequilla.
Lily solo atinó a sonreír ante el recuerdo. Ella lo conocía prácticamente desde que tenía memoria, y por lo que le habían contado sus hermanas, el muchacho prácticamente era parte de la familia.
—Y también debió pasar por lo mismo que Mariel —prosiguió Lincoln—. Es por eso que entiendo tu preocupación…
— ¿Y cómo terminó todo? —interrumpió Lily con impaciencia. La clave de todo su dilema estaba en las siguientes palabras de su hermano.
—Pues la verdad, no es algo que dependa de nosotros —Lincoln cuidó cada una de sus palabras—. Clyde debió aprender a convivir con eso, y es algo que Mariel también deberá hacer.
La revelación fue como un balde de agua fría para la pequeña. Lily no se imaginaba cómo alguien podría aguantar tanto rechazo por el resto de su vida. No se imaginaba viendo como los demás niños la empujaban y la insultaban todos los días. Eso la tenía al borde del llanto.
—Es... ¿en serio? —apenas fue capaz de soltar sus palabras.
—Tranquila —se le acercó el muchacho—, si quieres ayudar a que por lo menos no lo pase tan mal, puedes hacer algo al respecto.
Lily lo miró esperanzada. Lincoln le respondió con una mirada paternal.
—Debes apoyarla y acompañarla —le dijo—, quizás no puedas evitar que los demás la ataquen, pero puedes consolarla luego del golpe. Es el mejor regalo que le puedes dar.
Lily lo quedó meditando. Ella quería derechamente que nadie se metiera con Mariel, pero Lincoln le explicó que esos golpes de la vida eran inevitables. ¿Acaso no se podía hacer nada más?
—Quisiera poder protegerla —insistió bajando la mirada—, que nunca le pasara nada malo, que nadie le hiciera daño. ¿Acaso no se puede?
—No podemos cambiar al mundo —respondió abrazándola—, pero si podemos cambiar nuestro entorno.
La calidez del abrazo la consoló. Se sentía tan bien. Hace mucho que Lincoln no la abrazaba de ese modo. Lo tenía solo para ella, para nadie más, sin que nadie perturbe ese maravilloso momento. El poder de un abrazo era más grande de lo que su pequeña cabecita de siete años podría imaginar. Quería que nunca se acabara ese momento, disfrutar de la calidez de su hermano por el resto de su vida, pero tarde o temprano, de forma inminente, debía llegar el final.
Las clases del día siguiente ni siquiera pasaron por el subconsciente de Lily. Pasaron sin pena ni gloria frente a sus ojos, mientras que su mente estaba en Mariel. ¿La estará pasando mal en el kindergarden? ¿Habrá otro abusivo por allá? ¿Estará bien? ¿Por qué tenía que quedarse a escuchar esas aburridas clases y no estar acompañando a su amiga?
Esa tarde hubiera deseado con ganas ir a ver a su amiga, pero tenía que ir a control por el tema de su yeso. Sus padres la esperaban a la salida de clases, y se la llevaron directo al hospital. Allá le abrieron el yeso, y un montón de objetos cayó sobre la camilla donde la sentaron, desde lápices, gomas, goma de mascar, golosinas, chocolates, hasta tornillos, clavos, clips, papeles, y elementos imposibles de clasificar.
— ¡Ugh! ¿Qué tenemos aquí? —expresó el doctor con malestar.
Lily miró con vergüenza a sus padres, quienes se sorprendieron por la increíble cantidad de cosas que podían caber dentro de un yeso.
—Lo uso para guardar algunas cosas —explicó—, pero luego olvido que las dejé ahí.
—Enfermera, necesitamos realizarle una limpieza del brazo de inmediato —ordenó el doctor.
Al día siguiente, Lincoln nuevamente fue a buscar a su hermanita a la escuela, y ella no tuvo que rogarle mucho para que volvieran a la casa McBride. Mariel fue quien abrió la puerta. Estaba con un sweater verde agua con una flor bordada adelante, pantalones cafés, zapatillas blancas con café, y su acostumbrado cintillo verde agua.
— ¡Mariel! —sin pensarlo dos veces, Lily se abalanzó sobre su amiga, y le dio un apretado abrazo con el cual podría haberle roto un par de costillas si las fuerzas la hubieran acompañado.
— ¡Lily! ¡Qué alegría verte! —respondió su amiga mientras le respondía el abrazo con otro de menor suavidad.
— ¿Cómo has estado? ¿Te han hecho algo malo? ¿Estás bien? —preguntó de manera insistente su amiga.
—Tranquila, estoy bien —respondió con una sonrisa.
Mientras Clyde y Lincoln se quedaron en el living, las menores se quedaron en el cuarto de Mariel viendo una película. Acostadas en el suelo sobre un cojín cada una, y un plato repleto de palomitas de maíz en el medio, ambas se quedaron hipnotizadas con las aventuras de «Porki y las ardillitas».
— ¿Sabes Lily? —Mariel interrumpió la concentración de la película mientras Lily aún tenía la boca llena de palomitas— Hablé con el doctor López de lo ocurrido el lunes.
Automáticamente la pequeña se volteó hacia su amiga. Hubiera dicho algo, pero… ya saben… las palomitas.
—Me dijo que no podemos cambiar al mundo, pero si podemos cambiar nosotros —prosiguió—. Que lo más importante es que tengo unos papás que me quieren y cuidan, un hermano mayor, y una gran amiga.
Lily sonrió mientras tragaba lo que tenía en la boca. Recordó la calidez del abrazo de su hermano y pensó que era un buen momento para compartirlo con su amiga.
—Siempre voy a estar para ti —le dijo mientras la abrazaba—. Quizás no pueda cambiar al mundo, pero tengo estos abrazos que quizás puedan ayudarte.
Mariel se emocionó antes aquellas palabras, y le respondió el abrazo con más fuerza que el de la entrada. Lily lo sintió casi tan bien como el de Lincoln, pero diferente, de una forma que no podía explicar. Y con las risas de fondo grabadas en la película, extendieron aquel cálido abrazo por un tiempo indefinido.
Espero volver a publicar antes de entrar a clases. Aprovechar este mes de marzo que será relativamente más relajado que el verano, pero si no lo hago, difícilmente vuelva a tener señales de vida hasta julio.
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