Segundo capítulo listo. N/A al final.
Al Guest tan amable en su opinión —nótese el sarcasmo— debo decirle que me gusta la pareja de Percy/Apolo, pero esta historia no va de eso. Además, tengo pensada una relación totalmente diferente para ambos.
Lo que está en negrita pertenece a Rick Riordan.
—Percy I —comenzó Apolo. Por supuesto, las miradas se dirigieron a Percy, que hacia muecas graciosas. Nadie se molestó en cambiar a sus formas romanas.
—Mala suerte, compañero. —rió Jason. Percy hizo un puchero mientras se recargaba dramáticamente sobre el rubio.
Percy solo podía esperar que nada potencialmente vergonzoso saliera de su historia, no con Jason como testigo. Aunque no tenía muchas esperanzas y por la mirada divertida del rubio, él tampoco.
Hera olfateó. No le gustaba nada la idea de que su marido hubiera tenido otro hijo, el niño rubio realmente le molestaba. Aunque no podría hacer nada mientras éste se mantuviera al lado del hijo de Neptuno, ya que Poseidón era bastante conocido por ser sobreprotector. Tendría que esperar hasta que ambos se separaran.
LAS MUJERES CON EL PELO DE SERPIENTES comenzaron a molestar a Percy.
—¿Te enfrentaste a Medusa? —preguntó sorprendida Deméter. Atenea interrumpió.
—Obviamente son las Gorgonas, dice mujeres. En plural. —declaró fríamente. Deméter rodó los ojos.
—Me enfrenté a las tres —dijo Percy, recordando a la loca amante de su padre. Trató de no ponerse nervioso cuando todas las miradas se dirigieron a él.
Ares lo observó detrás de sus gafas casi con desprecio, como si no lo creyera. Los demás dioses hicieron una segunda evaluación, obviamente el chico era más de lo que parecía.
Artemisa bufó, no creería al muchacho hasta que hubieran pruebas. Ya era suficiente tener que leer su historia.
Deberían haber muerto hacía tres días cuando dejó caer encima de ellas una caja de bolas de bolera en el mercadillo de Napa. Deberían haber muerto hacía dos días cuando las atropelló con un coche de policía en Martínez. Deberían haber muerto definitivamente cuando aquella mañana les cortó la cabeza en Tilden Park.
—¿Los monstruos no mueren? ¿Es por eso que están aquí? —inquirió de inmediato Atenea, con los ojos grises penetrantes puestos en Percy. El frunció el ceño.
—No.
—¿Entonces? —preguntó exasperada por la falta de información. Percy se encogió de hombros, en secreto disfrutando de la irritación de la diosa.
—Supongo que tendrán que leer para saberlo. —dijo con falsa dulzura, escuchando a Jason ahogar una risa.
Afrodita esbozó una sonrisa. Le agradaba la osadía del semidiós.
No importaba cuántas veces las mataba Percy y las veía ser reducidas a polvo, ellas seguían reconvirtiéndose como unos conejitos de polvo diabólicos.
Apolo y Hermes comenzaron a reír. Ares levantó una ceja.
—Eso no es nada diabólico. —comentó aburrido. Percy se sonrojó.
—Yo como iba a saberlo, es una expresión. —murmuró entre dientes. Jason se mordió el labio para evitar reír.
—He aquí el gran héroe del Olimpo —susurró el rubio a Percy—, acabado por los conejitos diabólicos.
—Cállate.
No podía ni siquiera huir de ellas. Alcanzó la cima de la colina y se quedó sin aliento. ¿Cuánto tiempo hacía que las había asesinado por última vez? Quizás dos horas. Nunca parecían haberse mantenido muertas mucho más que aquél período de
tiempo.
Jason miró preocupado al semidios que jugaba con su camiseta. Definitivamente no había tomado un buen cuidado de sí mismo en ese tiempo.
En los últimos días, apenas había dormido. Había comido todo lo que pudo mendigar, de una máquina expendedora de ositos de gominola, donuts rancios, incluso un burrito de un restaurante de comida rápida, algo que era todo un éxito personal.
—¿Exito personal? —Afrodita hizo una mueca de asco, pensando en lo inadecuado que era eso para el cuerpo. Ares le dió unas palmaditas en la mano delicada, bajo la atenta mirada de Hefesto.
Por su parte, Percy se encogió debajo de la mirada de Jason, pero no se resistió al agarre firme del romano. Aunque no estaba excepcionalmente entusiasmado por ser cuidado por el rubio. Recordaba las quejas de Nico de lo molesto que Jason era con sus insistencias de comer y dormir. Además, no era ningún niño.
Su ropa estaba desgarrada, quemada y salpicada de barro de monstruo.
Poseidón miró a su hijo, que actualmente estaba aprisionado bajo un hijo de Júpiter con la mirada oscura. La narración no estaba ayudando a aliviar sus temores, ¿su hijo era infeliz? Hasta ahora, la perspectiva no era buena. Puede que sea un hijo de Neptuno, pero Poseidón igual de preocupaba.
—¿Como sobreviviste tanto tiempo? —Hera preguntó curiosa. Percy señaló el libro como toda respuesta.
Sólo había sobrevivido tanto tiempo porque las dos señoras con el pelo de serpientes, gorgonas, cómo se llamaban a sí mismas, tampoco parecían poder matarle.
—¿Eh?
Sus garras no cortaban su piel. Se rompieron los dientes en un intento de morderle.
—Maldición de Aquiles —cortó las preguntas Percy.
—¿Como llegaste al Estigio? —se adelantó Hades, mirando calculador al muchacho de su hermano.
—Tuve la ayuda de un hijo suyo, señor Hades. —dijo Percy, hasta ahora mostrando más respeto que con cualquier otro dios. Hades parpadeó confundido y Zeus entrecerró los ojos con sospecha.
Si el niño era romano, ¿por qué aún tenía el poder? ¿Por qué un niño de los bajos fondos lo había ayudado? El semidiós era un misterio andante y representaba un riesgo potencial.
Pero Percy no podría seguir así durante mucho tiempo. Pronto se colapsaría de
agotamiento, y entonces, aunque fuera duro de matar, estaba completamente seguro de que las gorgonas encontrarían una forma.
Los demás también se preguntaban lo mismo. Maldición de Aquiles o no, las Gorgonas podrían encontrar su punto débil.
Apolo recordó lo rápido que el chico podía desenfundar su espada, era un muy buen peleador. Ahora que lo pensaba, ¿dónde quedó la espada?
Percy maldijo por lo bajo. Con toda la lectura, Jason terminaría por asfixiarlo. No quería imaginar su reacción con las demás aventuras.
Enpalideció al pensar eso. Oh, bueno, no había nada que pudiera hacer.
¿Dónde huir? Oteó los alrededores. Bajo otras circunstancias, podría haber disfrutado de la vista. A su izquierda, colinas doradas poblaban la tierra, salpicadas por lagos, bosques y algunos rebaños de vacas. A su derecha, las llanuras de Berkeley y Oakland seguían al oeste: un vasto tablero de juegos de poblaciones con varios millones de personas que probablemente no querían que su mañana se viera interrumpida por dos monstruos y un semidiós apestoso.
Más allá, al oeste, la Bahía de San Francisco brillaba bajo una bruma plateada.
—El campamento romano —escupió con fastidio Atena. Jason frunció el ceño.
—¿Hasta dónde era tu misión? —interrogó Poseidón. No pensaba perder ni una oportunidad para estar con su hijo.
Percy lo observó incomodo—: Es complicado, realmente se debe de leer para entender.
Pasado aquello, un muro de niebla se había tragado la mayor parte de San Francisco,
dejando a la vista sólo las cimas de los rascacielos y el puente de Golden Gate. Una ligera tristeza pesaba en el pecho de Percy. Algo le decía que había estado antes en San Francisco.
—¿No habías estado en el campamento? —preguntó confundido Poseidón, decidiendo que si esto era obra de los demás romanos, no vacilaría en descargar su ira sobre ellos.
—No... No realmente. —respondió Percy con la mirada perdida, tratando de no pensar en las dos cazadoras perdidas en la misión.
La ciudad tenía alguna relación con Annabeth, la única persona que podía recordar de su pasado.
—¿Tienes alguna clase de amnesia? —la voz de Atenea no poseía ni una pizca de empatía. Claramente, su odio por los romanos y los hijos del mar no era nada bueno.
—Sí. Alguien me lo causó, ya no la poseo. —dijo desconcertado Percy. Claro que Atenea nunca había dudo una diosa particularmente amable con él, pero nunca le había hablado con tal disgusto. Sentía que se perdía de algo.
Poseidón gruñó. Encontraría a ese alguien.
—¿Quien es Annabeth? —se preguntó Hermes. Parecía que nadie más había notado eso.
Nadie contestó, pero todos miraron la sonrisa que apareció en la cara del semidios.
Sus recuerdos sobre ella eran frustrantemente difusos. La loba le había prometido que la vería de nuevo y recuperaría su memoria, si tenía
éxito en su viaje.
Atenea frunció el ceño, tratando de encontrar sentido a todo. ¿Por qué un dios se tomaría la molestia de borrar la memoria?
¿Debería intentar cruzar la bahía? Era tentador. Podía sentir el poder del océano al otro lado del horizonte. Lo había descubierto hacía dos días cuando estranguló a un monstruo marino en el estrecho de Carquinez. Si pudiera llegar a la bahía, podría ser capaz de hacer un último esfuerzo. Tal vez incluso podría ahogar a las gorgonas. Sin embargo, la costa estaba a por lo menos dos kilómetros de distancia. Habría que cruzar una ciudad entera.
Vaciló por otra razón. La loba Lupa
le había enseñado a perfeccionar sus sentidos, a confiar en sus instintos que le guiaban al sur. Su radar de vuelta a casa estaba vibrando como loco. El final de su viaje estaba cerca… casi bajo sus pies. ¿Pero cómo era eso posible?
—Tienes buenos sentidos —murmuró renuente Artemisa. Percy la miró sorprendido, de inmediato dando un leve asentimiento.
—Gracias, mi señora. —Artemisa lo observó. Al menos era educado con ella.
No había nada en lo alto de la colina. El viento cambió. Percy capturó el olor agrio de réptil.
Jason suspiró. Percibía una batalla.
A un centenar de metros de la pendiente, algo crujió en el bosque: chasquido de ramas, hojas crujiendo, silbidos. Las gorgonas. Por enésima vez, Percy deseó que su nariz no fuera tan buena. Ellas decían que siempre podrían olerle, porque era un semidiós, el hijo mestizo del algún antiguo dios romano. Percy había intentado rodar en el barro, chapoteando en arroyos, incluso guardando ambientadores en sus bolsillos por lo que olía a coche, pero aparentemente la peste a semidiós era difícil de ocultar.
—¿En serio... En serio hiciste eso? —preguntó incrédulo Hermes. Jason resistió el impulso de llevarse la palma a la cara. De nuevo.
Percy solo desvió la mirada, sus mejillas ardiendo.
—Creo que la inteligencia lo obtuvo del padre. —señaló Atenea. Poseidón la observó con desgana, no molestándose en insultarla.
Se puso al lado oeste de la cima. Era demasiado pronunciada para descender. La pendiente se desplomó veinticinco metros, directamente a la azotea de un edificio de apartamentos construida en la ladera de la colina. Cincuenta metros más abajo, una carretera surgía de la base de la colina y se abría camino hacia Berkeley. Genial.
—Hermoso, hermoso sarcasmo. —suspiró Apolo, dándole una sonrisa a Percy. Él se la devolvió con descaro.
No había otra forma de bajar de la colina. Estaba acorralado. Miró hacia la corriente de coches que iba en dirección hacia San Francisco y deseó estar en uno de ellos. Entonces se dio cuenta de que la carretera atravesaría la colina. Debía de haber un túnel… justo debajo de sus pies. Su radar interno se volvió loco. Estaba en el lugar correcto, sólo que demasiado alto. Tenía que comprobar ese túnel.
Percy se recostó en el hombro de su compañero. La lectura lo ponía nervioso. Jason le pasó un brazo sobre los hombros.
Deseó que alguien más estuviera junto a ellos. Jason era buena compañía, pero no era lo mismo que Reyna, Annabeth, Nico o cualquiera de sus otros amigos. Hazel haría un buen trabajo apoyándolo.
Aunque pensándolo bien, no era una buena idea. De solo pensar en el regaño que le darían... Bueno, esperaba que con todo el asunto del viaje en el tempo se olvidaran de ello.
Necesitaba ir a la autopista, deprisa. Se quitó la mochila. Había logrado acumular un montón de suministros en el mercadillo de Napa: un GPS portátil, cinta adhesiva, un mechero, pegamento, una botella de agua, un saco de dormir y una almohada en forma de panda muy cómoda (cómo decía la televisión)
—¿Realmente...?
—Sí, cállate.
—¿Por qué...?
—Silencio.
Y una navaja del ejército suizo, una arma que todo semidiós moderno querría. Pero no tenía nada que le sirviera como paracaídas o trineo. Lo que le dejaba dos opciones: saltar cuarenta metros a una muerte segura, o esperar y luchar. Ambas opciones no tenían buena pinta.
—Por supuesto que no. —espetó Jason.
—Hey, que no es mi culpa. —le dió un codazo Percy. Jason desvió la mirada con el ceño fruncido.
Zeus miró en silencio a ambos chicos. Normalmente no dejaría que su descendencia se juntara tanto con los hijos de su hermano. Pero Jason venía del futuro y lucía felíz. Suponía que no era tan grave.
Maldijo y sacó un bolígrafo de su bolsillo.
—¿De que te servirá eso? —preguntó Deméter. Percy sonrió travieso, pero no respondió.
El bolígrafo no era demasiado, sólo un Bic barato, pero cuando Percy le sacó el capuchón, creció hasta convertirse en una espada de bronce refulgente. La hoja estaba perfectamente equilibrada.
Apolo chasqueó los dedos, señalando a Percy.
—Así que de ahí sacaste tu espada —dijo alegre.
—Es genial. —destapó el lapicero que había estado jugando en su mano y la convirtió en espada, dando un breve arco y volviendolo a guardar. Jason sacudió la cabeza; Percy era un dramático.
Poseidón compuso una sonrisa. Al menos su hijo estaba protegido.
El mango de cuero se adecuaba a su mano como si hubiera estado diseñada para él. Grabada en la hoja había una palabra en griego antiguo que Percy entendió de alguna manera: Anaklusmos, Contracorriente.
Atenea entrecerró los ojos. Eso era interesante.
—¿Entiendes griego?
—Algo así —Percy levantó las manos—. Realmente, dejen de preguntar. El libro va a decir todo.
Atenea siguió murmurando por lo bajo. Si tan solo las Parcas no hubieran prohibido dañar a los mestizos.
Se había levantado con esa espada la primera noche en la Casa del Lobo, ¿hacía dos meses? ¿Más? Había perdido la cuenta. Se había encontrado a sí mismo en un descampado de una mansión quemada en medio de un bosque, vistiendo pantalones
cortos, una camiseta naranja y un collar de cuero con un montón de cuentas coloridas.
Un silencio se instaló en el lugar, ¿el chico era griego?
Percy miró a Apolo, que había parado de leer. De hecho, todos los dioses lo miraban con ojos abiertos y confundidos.
—¿Puedo preguntar que pasa?
Atenea salió de sus pensamientos para mirar al semidiós. Dándole una mirada crítica, dijo—: ¿Qué no eras romano?
—Nunca dije eso, solo que conocía a ambos mundos. —se encogió de hombros. Zeus tomó la palabra.
—Pero eres un hijo de Neptuno —gruñó—. ¿Cómo has estado en el campamento mestizo?
—Soy griego, en realidad —murmuró avergonzado. No de había dado cuenta de que todos creyeron que era hijo de Neptuno. Al menos ahora entendía el odio de Atenea, un poco.
—Lo mejor será avanzar con la lectura. Todo se aclarará conforme está continúe. —alzó las manos a modo pacificador Jason cuando los demás comenzaron a murmurar. Con miradas sospechosas de los demás dioses, Apolo retomó la lectura.
Contracorriente estaba en su mano, pero no tenía ni idea de cómo había
llegado allí o de cómo la había conseguido. Había estado hambriento, congelado y
confuso. Entonces vinieron los lobos…
Aunque sabía que no era su culpa, Jason se sintió algo culpable y un poco inutil. Percy había estado a la intemperie durante días, sin ayuda y sin memoria. Él había despertado en un autobús escolar, al parecer más protegido y llevado de inmediato al campamento.
Miró a su compañero, que retorcía a Anaklusmos recostado a su lado. Por medio de las fogatas había escuchado de sus aventuras anteriores y sería mentir el decir que no estaba un tanto intimidado por la capacidad de sobrevivir a todo. Eran ocasiones como éstas que le hacían preguntarse qué tan útil era él como hijo de Júpiter.
A su lado, una voz familiar le devolvió al presente.
—¡Aquí estás!
Percy se apartó de la gorgona, casi cayendo por el borde de la colina. Era la que sonreía, Beano.
—No hay ninguna Gorgona llamada Beano. —dijo de inmediato Atenea, Artemisa secundandolo con un asentimiento.
A Percy realmente, realmente no le gustaba que leyeran sus pensamientos.
De acuerdo, su nombre no era Beano. Pero por lo que había podido darse cuenta, Percy era disléxico, porque las palabras se difuminaban cuando intentaba leerlas. La primera vez que había visto la Gorgona estaba de dependienta del mercadillo con una gran tarjeta verde que ponía: ¡Bienvenido! ¡Mi nombre es Esteno! Él creyó que ponía Beano. Seguía vistiendo su delantal verde del mercadillo por encima de un vestido moteado de flores rosas. Si mirabas su cuerpo, podrías creer que era la típica abuela bonachona, hasta que mirabas hacia abajo y veías sus pies de gallo. O mirabas hacia arriba y veías esos colmillos de jabalí de bronce que salían por los lados de su boca. Sus ojos brillaban de un color rojo y su pelo era un nido de serpientes verdes brillantes retorciéndose.
—Es una forma bastante interesante de describir a las personas, querido. —rió Afrodita. Percy se retorció en su asiento, deseando desaparecer.
Hermes pensó en lo útil que sería tener un poco de sangre de Gorgona. Quizá el semidiós lo podría usar para su problema de memoria.
¿Lo más terrorífico de ella? Seguía llevando la gran bandeja plateada con muestras gratuitas de unas deliciosas salchichitas de queso, Crispy Cheese n' Wieners. Aquello era indestructible.
—¿Eso es lo más terrorífico? —inquirió Ares disgustado. Percy asintió con seriedad.
—Por supuesto.
—¿Quieres probar uno? —le ofreció Esteno.
Percy la apuntó con su espada.
—¿Dónde está tu hermana?
—Oh, baja la espada— le reprendió Esteno—. Deberías saber a estas alturas que el bronce celestial no nos puede matar durante mucho tiempo. ¡Coge un Cheese n' Wiener! Están de rebajas esta semana, y no me gustaría tener que matarte con el estómago vacío.
—¿Estos son los mounstros a los que normalmente se enfrentan? —preguntó con un surco en los labios Atenea. Percy frunció el ceño y le mandó una mirada venenosa. Jason habló con voz tensa.
—Me temo que si, mi Lady. Así son normalmente todos.
—Son increíblemente tontos —espetó—. No representan reto alguno.
Percy siseó algo que nadie alcanzo a escuchar, ya que Jason mantenía una mano sobre su boca. Apolo se apresuró a leer antes de que algo malo sucediera.
—¡Esteno! —la segunda Gorgona apareció a la derecha de Percy tan deprisa que no
le dio tiempo ni a reaccionar. Afortunadamente ella estaba demasiado ocupada mirando a su hermana para prestarle atención—. ¡Te dije que le acorralaras y le mataras!
La sonrisa de Esteno desapareció.
—Pero, Euríale…—pronunció su nombre de forma musical—. ¿No puede probar
antes un poco?
—Estoy seguro de que él no querría probar eso —señaló con elocuencia Hermes. Percy solo resopló, claramente aún molesto.
Las palabras de Atenea le recordaban demasiado a las de Annabeth en el laberinto, con la esfinge. Y el laberinto le recordaba muchas cosas.
Los ojos dorados de Luke, la traición de Ethan, la desconfianza de Nico, Dédalo y Calypso rondaban su mente, así como las pérdidas en esa batalla. Odiaba a Atenea por recordarle eso y también se odiaba a si mismo por sentirse débil.
Jason no se quejó cuando su mano fue aprisionada en el fuerte agarre del otro semidiós. El comentario de Atenea también lo había molestado.
—¡No, estúpida! —Euríale se giró hacia Percy y le enseñó los colmillos. A excepción de su pelo, que era un nido de serpientes de coral en vez de víboras verdes, era exactamente igual a su hermana. Con su delantal del mercadillo, su vestido de flores, incluso sus colmillos de jabalí estaban decorados con pegatinas de 'Todo al 50%'. La chapa de su nombre ponía: ¡Hola! Me llamo MUERE, ESCORIA DE SEMIDIÓS.
—Agradable. —murmuró Apolo.
—Nos has hecho perseguirte durante mucho tiempo, Percy Jackson—dijo Euríale—. Pero ahora estás atrapado, ¡y tomaremos nuestra venganza!
—¡Los Cheese n' Wieners cuestan sólo 2,99 $!—añadió Esteno—. Sección de
verduras, pasillo tres.
Atenea abrió la boca para decir algo despectivo, pero una mirada de su padre la calló. Zeus había notado el descontento de ambos adolescentes, no necesitaba más problemas.
Euríale gruñó.
—¡Esteno, el mercadillo era una tapadera! ¡Te estás acomodando! Ahora baja esa ridícula bandeja de muestras y ayúdame a matar a este semidiós. ¿O es que has olvidado que fue el que vaporizó a Medusa?
Así que era cierto pensó Artemisa al ver al joven sonrojarse ante un orgulloso Poseidón, que exclamó un estruendoso "¡Ese es mi hijo!"
Zeus bufó. Esperaba que Jason hiciera algo igual de bueno, no podía tolerar que su hermano —o el hijo de éste— lo dejara en ridículo.
—¿Cómo la mataste? —preguntó Hefesto. Percy hizo un gesto vago.
—Tuve ayuda de algunos amigos. —dijo, la memoria de Grover con los zapatos malditos y Annabeth con su gorra le hizo sonreír. Amaba a sus amigos.
Percy dio un paso hacia atrás. Tres pasos más y caería al vacío.
—Cosa que no me sorprendería, ya que eres completamente inútil —sonrió Jason. Percy se quejó.
—Miren, señoras, ya hemos pasado por esto. Ni siquiera recuerdo matar a Medusa. ¡No recuerdo nada! ¿No podemos firmar una tregua y hablar sobre sus ofertas de esta semana?
—¿Realmente preguntaste eso? —dijeron al mismo tiempo Atenea y Jason, una con incredulidad y el otro con diversión.
—Ahí está la prueba —dijo quitado de la pena Percy. Jason sonrió y Atena maldijo la estupidez de los hijos de Poseidón.
Esteno le echó una mirada de pena a su hermana, algo que era difícil con esos colmillos de bronce gigantescos.
—¿Podemos?
Apolo sonrió y Hermes soltó una carcajada. Poseidón y los demás dioses hicieron gestos divertidos.
—¡No! — los ojos rojos de Euríale fulminaron a Percy—. No me importa lo que recuerdes, hijo del dios del mar. Puedo oler la sangre de Medusa en ti. Está difusa, sí,
de hace varios años atrás, pero fuiste el último en luchar contra ella. Aún no ha vuelto del Tártaro. ¡Es culpa tuya!
—¿Qué edad tenías ahí? —preguntó el dios del mar, mirando a Percy que no lucía muy grande. Si ahora no parecía mayor, ¿acaso era un niño cuando mató a Medusa? ¿Tan mal padre era?
—¿Dieciseis*? —la respuesta salió más como una pregunta. Poseidón no lo notó, perdido en sus pensamientos.
Percy no pillaba eso. Todo ese concepto de 'los monstruos muriendo y volviendo del
Tártaro' le daba dolores de cabeza. Por supuesto también lo hacía lo de que los
bolígrafos se volvieran espadas, monstruos sue se podían disfrazar con algo llamado la Niebla, o que Percy fuera el hijo de un antiquísimo dios Barbapercebe de hacía
cinco mil años.
Hades y Zeus rieron. Varios otros sonrieron divertidos.
—¿Barbapercebe? —preguntó con voz sufrida el dios del mar, despejandose. Percy sonrió en disculpa con Jason riéndose a su lado.
Atenea mostró una sonrisa burlona que el dios ignoró.
Pero se lo creía. A pesar de que tenía la memoria borrada, sabía que era un semidiós igual que sabía que su nombre era Percy Jackson. De su primera conversación con Lupa, la loba, había aceptado que ese mundo extraño de dioses y monstruos era real. Algo que realmente le fastidiaba.
—Pues no eres él único. —dijo hastiado Jason. Los dioses se miraron ofendidos.
—¿Te fastidia? —saltó Apolo con un puchero—. Pero si somos geniales, tenemos estilo. No, espera, yo lo tengo. Ellos fastidian, yo no.
Dió una sonrisa ganadora, a lo que Percy rodó los ojos, su labio curvandose en diversión.
El dios no era tan molesto ahora que no estaba obsesionado con los Haikus. De hecho, podía pasar como alguna persona normal en ese instante. Claro que la ropa estaba pasada de moda —bueno, de hecho no, ya que esa era la moda en los años cuarenta, pero para el era una antiguedad... como sea— pero no parecía tan distinto a algún universitario dispuesto a hacer alguna obra de teatro.
—¿Y si lo llamamos empate? —dijo—. No puedo mataros. No podéis matarme. Si sois las hermanas de Medusa, ella podía transformar a la gente en piedra, ¿no debería de estar petrificado ahora mismo?
—Idiota —dijeron sin molestarse en bajar la voz Atenea y Artemisa. Percy frunció el ceño.
—¡Héroes! —dijo Euríale, disgustadas—. ¡Son como Madre, siempre diciendo lo mismo! ¿Por qué no podéis petrificar a la gente? Vuestra hermana puede petrificar personas. ¡Siento decepcionarte, chico! Esa era la maldición de Medusa. Era la más espantosa de la familia. ¡Se llevó toda la suerte!
Esteno parecía dolida.
—Madre dijo que yo era la más espantosa.
—¿Se pelean por ser la más espantosa? —parpadeó incrédula Afrodita.
—Eso parece. —dijo con el mismo tono Deméter.
—¡Silencio! —le espetó Euríale—. Y en cuanto a ti, Percy Jackson, es cierto que tienes la marca de Aquiles. Eso te hace un poco más duro de matar. Pero no te preocupes, encontraremos la manera.
—¿La marca de quién?
—Aquiles—dijo Esteno, contenta—. ¡Oh, era tan apuesto! Sumergido en el río Estigio de niño, ya sabes, así que era invulnerable a excepción de un pequeño punto en el talón. Eso es lo que te ha pasado a ti, cariño. Alguien te ha sumergido en el Estigio y te ha convertido la piel en acero, pero no te preocupes. Los héroes como tú siempre tenéis un punto débil. Sólo tenemos que encontrarlo y entonces podremos matarte. ¿No será enternecedor ¡Coge un Cheese n' Wiener!
—Estaba obsesionada con los Cheese n' Wiener. —comentó de manera casual Apolo. Artemisa lo miró.
—¿Eso es lo más interesante que tienes? —espetó—. ¿Acaban de decirle sobre la marca de Aquiles y a ti te parece interesante eso?
—Claro que no, hermanita, yo solo- ¡Hey! —el dios del sol se agachó cuando una flecha silbante se clavo a centímetros de él.
Zeus suspiró. Creyó que el chico estaba mintiendo sobre eso, ya que, ¿desde cuando un hijo de Hades era amigo de uno de Poseidón? Pero al parecer era cierto. Eso sólo lo hacía más peligroso.
Percy intentó pensar. No recordaba sumergirse en el Estigio. Entonces recordó que no recordaba demasiado sobre él mismo.
El rubio le dió un coscorron al griego, que soltó un leve quejido. A veces se preguntaba cómo Percy podía ser tan... Percy.
No sentía que su piel estuviera hecha de acero, pero eso explicaba porque había sobrevivido tanto a las gorgonas.
¿Si se tiraba de la montaña… sobreviviría? No quiso arriesgarse, no sin nada que ralentizara la caída, un trineo o… Miró la gran bandeja de plata de Esteno con sus muestras gratuitas. Mmm…
—¿Te lo estás pensando? —preguntó confuso Hermes. Percy levantó la mirada extrañado.
—Nunca comería de lo que un monstruo me diera —se removió en su cojín—. Al menos no uno malvado.
Artemisa alzó las cejas, ¿qué monstruo no era hostil?
Percy sólo sonrió. Tyson y la Señorita O'Leary eran un buen ejemplo. Y claro, Ella.
—¿Te lo estás pensando? — preguntó Esteno—.
—Te repites, amigo. —señaló Apolo. Hermes lo ignoró.
Buena elección, cielo. He añadido
un poco de sangre de gorgona a estos, así que tu muerte será rápida e indolora.
La garganta de Percy se cerró de golpe.
—¿Le has añadido tu propia sangre a los Cheese N' Wieners?
—Iugh. —se estremeció Afrodita.
—Recontra Iugh. —asintió de acuerdo Percy. Afrodita lo miró curiosa.
Hacía tiempo que Afrodita no se encontraba con un semidiós tan peculiar y mentiría si dijera que no estaba interesada. Pero sería mil veces más divertido emparejarlo con alguien más. Aunque debía descubrir si ya tenía novia.
Sus sentidos le decían que sí y eso solo aumentaba la diversión. Ahora, si pudiera encontrar a alguien...
—¡Estúpida! —gritó Euríale—. ¡No se supone que debes contarle eso! ¡No se comerá las salchichitas si le dices que están envenenadas!
Esteno parecía sorprendida.
—Y está sorprendida —resopló con disgusto Atenea. Hasta ahora, la lectura había mostrado una serie de intercambios bastante estúpidos a su parecer—. Me asombra que incluso alguien como tu no la haya derrotado antes.
Percy rechinó los dientes. ¡Claro que las había matado! ¿Acaso olvidó que se regeneraban? El semidiós no recordaba que Atenea fuera tan molesta.
Jason miró la cara de Percy; mantenía el ceño fruncido y sus ojos estaban tormentosos, viéndose molesto. A él también le desesperaban los comentarios al azar, y esperaba que su orgullo romano no saliera en cuanto el odio de Atenea cambiara de rumbo. Aunque siendo sincero, la experiencia le recordaba a cuando recién conoció a Annabeth, suponía que era simplemente una cualidad de los hijos de la sabiduría.
—¿Qué dices? Pero si le he dicho que es rápido e indoloro.
—Y eso es siempre un gran motivador. —asintió solemne Hermes.
—¡No importa! —las uñas de Euríale crecieron hasta convertirse en garras—. Le mataremos a las malas, deberemos despedazarle hasta encontrar el punto débil. ¡Una vez hayamos matado a Percy Jackson seremos más famosas que la propia Medusa!
—Pareces popular entre los monstruos. —dijo con sorpresa Hera. Percy se encogió de hombros.
—Si... Realmente no sé porqué. —dijo. Jason lo miró incrédulo.
—Mas famosas que la propia Medusa... —Artemisa murmuró. Se fijó en el chico, que no parecía muy extraordinario. ¿Qué había hecho como para ser respetado incluso entre mounstros? Definitivamente era más de lo que parecía.
¡Nuestra patrona nos recompensará muy bien!
—¿Patrona? —inquirió Zeus alarmado.
—Eh... Definitivamente se mencionará en el libro. —dijo Jason, tratando de ignorar todos los recuerdos de cierta diosa cara de tierra.
Percy alzó su espada. Tendría que cronometrar sus movimientos, unos pocos segundos de confusión, agarrar la bandeja con su mano izquierda… Sigue hablando, pensó.
—¿Un plan? —preguntó Hera.
—Algo así. —respondió con una mueca Percy. Jason comenzó a reír.
—¿Otro se tus asombrosos planes?
—Nooo...
—Antes de que me hagáis trizas— dijo—, ¿quién es vuestra patrona?
Artemisa entrecerró los ojos. Muchas cosas parecían unirse entre sí, algo andaba realmemte mal.
—Si, ¿quien es la patrona? —espetó Zeus.
Euríale le dedicó una mirada de desprecio.
—¡La diosa Gea, por supuesto!
Se hizo un silencio. Apolo miraba el libro entre sus manos con los ojos abiertos.
Jason miró la cara de los dioses. Algunos como Ares y Hades no parecían interesados, Apolo, Afrodita, Hermes, Deméter, Artemisa y Poseidón se veían preocupados, Atenea y Zeus lucían cautelosos. Hera no parecía demostrar emoción alguna y Dionisio seguía ignorando a todos.
—¿Gea? —susurró Apolo. Los demás dioses parecieron salir de su ensoñación y comenzaron a gritar.
Jason se echó para atrás con los ojos abiertos. De la nada, las divinidades se encontraban gritando y peleando por todo el salón, paseándose alrededor. Aunque no parecía nada fuera de lo común para ellos. Hera le gritaba a Zeus, que a su vez se miraba con odio con sus hermanos. Afrodita, Artemisa y Atenea habían comenzado una pelea a gritos entre ellas y Ares y Hefesto parecían a punto de golpearse. Apolo refunfuñaba a Hermes, que silbaba algo entre dientes. Deméter lanzaba dagas por los ojos a Hades y Dionisio... Dionisio no hacía nada.
Percy miró aburrido. Esperaba que algo así pasara en cuanto lo de Gea fuera revelado, los dioses eran conocidos por sus peleas épicas y había estado presente en más de una. No sé alarmó cuando las armas comenzaron a aparecer.
Con una sacudida, Jason se paró y arrastró a un calmado Percy, sintiendo el cielo y las nubes sacudirse en cólera. Suponía que era obra de su padre.
—¿Qué hacemos? —gritó sobre el ruido a Percy, que parpadeó en su dirección.
—No sé —cuando de las manos de Jason saltaron chispas, Percy alzó los brazos—. ¡Supongo que llamar la atención! ¡Distraerlos!
Jason arrugó el entrecejo, ¿cómo distraerlos de pelearse? ¿cómo hacer qué pararan? Se comenzó a alarmar cuando sintió el cielo contraerse listo para una tormenta eléctrica.
Saltó cuando ante sus ojos, una pared de agua se movió. Miró a Percy, que le sonreía engreído.
—¿Olvidas quienes somos? —se rió—. Vamos Chispitas, es hora de divertirnos.
Mirando atrás, Jason debió de darse cuenta que empapar y electrificar a unos dioses furibundos no era una buena idea. En especial cuando dichos dioses (Vease Ares y Dionisio) parecían más que dispuestos a matarlo.
—¿Continuamos? —preguntó Percy con una sonrisa irónica a Apolo, que se miraba bastante sorprendido con la ropa empapada.
—Creo que no debemos distraernos, querido. —le dijo Hera a un Zeus (literalmente) humeante, riendose un poco. Si el niño tenía las agallas para enfrentarse a su marido, era bastante interesante.
Ambos de limpiaron en un chasquido de dedos. Los demás dioses se veían bastante molestos.
—¿A que se refieren con Gea? —preguntó un culpable Poseidón. Se arrepentía de perder los estribos.
—Por ahora no diremos más, será tedioso, así que el libro lo explicará todo. —dijo Jason.
—Y ahí —señaló Percy el libro—, no sé mucho más que ustedes. Así que...
—Entendido —salió Apolo de su confusión—. Ahora...
¡La que nos ha traído del olvido! No vivirás lo suficiente como para conocerla, pero tus amigos se enfrentarán a su ira. Ahora mismo, sus ejércitos van hacia el sur. Durante el Festival de la Fortuna despertará y los semidioses serán reducidos como... como…
Jason se alegraba de que Percy hubiera sido su intercambio. No solo había salvado el campamento, sino que también había conseguido el águila de la legión y restaurado el honor de la Quinta cohorte (Con la ayuda de Hazel y Frank, claro). No estaba seguro de que él mismo hubiera logrado eso.
Abrazó al adolescente; Percy realmente era una gran persona.
Por su parte, Percy miró extrañado a Jason. Era raro que él rubio lo abrazara, ya que normalmente era él quien iniciaba cualquier contacto físico. Oh bueno, no importaba, se sentía bien ser abrazado.
—¡Nuestros bajos precios en el Mercadillo! —sugirió Esteno
—Esto es malo. —murmuró Deméter, con los demás dioses asintiendo.
—¡Bah! —Euríale se giró hacia su hermana. Percy vio la oportunidad perfecta. Agarró la bandeja de Esteno, tiró los Cheese n' Wieners envenenados, y lanzó Contracorriente a través de la cintura de Euríale, partiéndola por la mitad.
—Buen movimiento —le susurró Jason a Percy. Este sonrió.
Alzó la bandeja y Esteno se encontró a sí misma cara a cara con su reflejo grasiento.
—¡Medusa! —exclamó.
Su hermana Euríale se había reducido a polvo, pero ya comenzaba a reconvertirse, como un hombre de nieve derritiéndose al revés.
—Esto es muy malo. —dijo Artemisa.
Hades frunció el ceño. Eso era labor de Thanatos, ¿dónde estaba?
—¡Esteno, estúpida! —balbuceó mientras su otra mitad de la cara aparecía en el
montón de polvo—. ¡Es tu reflejo! ¡Atrápale!
Percy estrelló la bandeja metálica contra la cabeza de Esteno y ésta perdió el
conocimiento. Se puso la bandeja en el trasero, rezó en silencio al dios romano que estuviera viendo sus movimientos y saltó al vacío.
Cerrando el libro con un dedo en la página, Apolo suspiró, su mente volando entre todos los problemas que al parecer habrían en el futuro—: Capítulo uno terminado.
Los dioses se miraron, luego miraron a Percy y Jason. El pelinegro no parecía en lo minimo preocupado, contrario a su amigo rubio que se retorcía nervioso en su asiento.
Varios abrieron la boca para hablar, pero antes de que alguien pudiera decir algo, un destello de luz blanca apareció de nuevo.
*No recuerdo que edad tiene Percy, pero le pondré entre 17 y 18. Jason tiene 17.
Losientolosientolosientolosiento
Sé que es tarde para una actualización y si sigo así nunca terminaré con mi propósito de terminar tres libros. Espero y perdonen mi tardanza ;-; Mis actualizaciones dependerán de cuando tenga ganas de escribir —soy horrible, lo sé— y hasta ahora no creo que sea cada mil años, pero nunca se sabe, con eso de que me estoy viendo Supernatural...
Como sea, ya se vió cómo va ir el libro (lamento que este capítulo sea un tanto aburrido... Tarde me di cuenta de cómo afecta la falta de personajes) y se vió la interacción entre personajes. Aunque nunca hay nada interesante en el primer capítulo (a menos que seas Magnus Chase) así que supongo que se me perdona. Cuesta un poco mantener a todos comentando, aveces me olvido de algunos personajes.
Por si no lo han notado, mi padre (según internet) es Apolo. Disculpen cualquier favoritismo, enserio xD.
Como sea, los amo y realmente agradezco los reviews, fav y follows. Me dan ánimos de escribir, así que aunque no sea obligatorio, ¿pueden ser unas hermosas personas y dejar su comentario? *Pone a un Percy con ojos de foca bebé al frente* no cuesta mucho y me hace inmensamente feliz.
Por cierto, ¿quienes creen que son los que van a llegar? (Son varios :3)
Debo decir, no tengo beta (ni tendré) por lo que esto puede tener varios errores. Lo revisaría mejor pero... Creo que estaría mejor publicar el capítulo de una buena vez.
Eso es todo, saludos, Pads.
PD. No me spoileen nada de la serie, ¿sí? xD No sean malos ;-;
PD2. Mientras revisaba, me di cuenta de que mi corrector ponía aveces en vez de a veces. Lo siento si lo llegan a ver :'v
PD3. Si alguien pregunta sobre Grover... Bueno, él es el señor de lo salvaje, está un tanto ocupado. Obviamente aún es amigo de Percy, pero con más responsabilidades. Eso le da a nuestro querido hijo de Poseidón más oportunidades de comunicación con otras personas y por tanto, su amistad con Jason. No lo odio ni nada, simplemente Jercy es mi BROTP
