Sasuke despertó sintiéndose fatal, tantas semanas de entrenar sin descanso por fin le estaban haciendo efecto. No podía moverse cómodamente, hasta flexionar sus dedos le causaba dolor. Pero hoy tendría tiempo de relajarse, de quedarse acostado, soñando despierto; el veintinueve de enero era el único día donde su cabeza se dejaba llevar lo suficiente como para resucitar el recuerdo de esa niña pelirroja que él alguna vez quiso tanto.
Los años arrasaron con su memoria y, aunque cada vez era más borrosa, la sonrisa de su mejor amiga hacía reaparición en su mente justo alrededor de esos días. El veintinueve Sasuke tenía como tradición ir a su tumba y hablarle, felicitarla por otro cumpleaños. Ahora que había abandonado su aldea aquello era imposible, así que tenía que contentarse con pensar en ella.
Ese día Sayumi cumpliría catorce.
Sasuke trató de recordar sus celebraciones.
Él solo estuvo en dos de ellas. En ambas su mamá trataba de hacer todo lo posible por que su hija estuviese feliz y Sayumi le agradecía y sonreía, pero al salir de la casa con Sasuke se quejaba de los intentos de su madre. El niño nunca entendía por qué el rencor, e incluso a la fecha le intrigaba, cada veintinueve de enero se preguntaba qué cosas pasaron en la vida de Sayumi de las que él nunca supo.
En las noches la niña se escapaba de su casa y obligaba a Sasuke a imitarla, los dos correrían al bosque y ahí hablarían de tonterías, cosas como:
¿Qué harías si te transformaran en un perro? O ¿Sabías que las estrellas nacen de los gases?
Sayumi y Sasuke eran opuestos en muchas formas, pero cuando de conversar de temas sin relevancia se trataba, los dos eran como gemelos telepáticos.
Sasuke dejó que sus ojos se humedecieran y soltaran un par de lágrimas.
Su cuerpo nunca fue encontrado y por ello al principio Sasuke tenía la esperanza de que siguiera con vida, de verla de nuevo y abrazarla fuerte; los días pasaron y la esperanza desapareció, dejando atrás miseria y pesadillas.
Él entendió que Sayumi había sido perdida para siempre.
Con sus padres bastaron unos segundos para comprenderlo, ya no respiraban y estaban cubiertos de sangre; realmente no hubo momento en el que Sasuke creyera que seguían con vida. Sayumi era una historia diferente.
Por un buen tiempo él creyó que por lo menos la tendría a ella, hasta que la fantasía fue deshaciéndose en sus propias manos.
Ahora Sasuke tenía las mejillas completamente húmedas.
Él solo deseaba que donde quiera que su querida amiga estuviese descansando ella tuviera un feliz cumpleaños.
-¡Aoi-nii! ¡Kei! ¿A dónde me llevan? –Sayumi tenía los ojos vendados y sus dos amigos la jalaban de ambas manos.
-¡Ya verás!
-¡Chojuro-sensei te preparó un regalo de cumpleaños!
Sayumi frunció las cejas preocupada, era casi imposible que Chojuro mantuviera una sorpresa… pues, sorpresa. Era sencillo leerle la mente. ¿Qué sería esto que pudo conservar callado?
Monos voladores y chicles explosivos vinieron a la mente de la pelirroja.
Aoi pasó la mano por la nuca de Sayumi y le quitó la tela que obstruía su visión.
-¡Ta-da!
Chojuro-sensei estaba frente a ellos, sonriente y sosteniendo cuatro papeles en su mano. Sayumi no entendía que tenía eso de sorpresivo, hasta que vio lo que estaba detrás de él.
Esas puertas verdes y gigantescas le parecieron conocidas, los muros forrados de madera también, fue la placa con un símbolo en espiral lo que le hizo entender dónde estaban.
Sayumi estaba boquiabierta.
Konohagakure, habían pasado tantos años…
