Sola Ante el Peligro
La semana en Canterlot había pasado rápido para Daring Do. Se dedicó a recorrer la ciudad discretamente, sin llamar la atención. Fue gracias a la presencia de la prensa que pudo ubicar al famoso Crucero de los Cielos.
El yate de lujo estaba en una plataforma detrás del castillo de la Princesa. Si todo iba según lo planeado, partiría de allí esa noche después de los fuegos artificiales.
Una gran cantidad de ponies llegaron desde diversos rincones de Equestria para asistir a la Gran Gala del Galope. Un evento formal para adinerados al que Daring Do nunca le tuvo mucho aprecio. Sólo era una fiesta ostentosa para que todos vayan a lucir sus nuevas joyas o yates. La joven pegaso no soportaba ese tipo de ambientes.
Decidió pasar el resto de las horas en una tienda de donuts que había a poca distancia del castillo. Se sentó a la barra y pidió un café con una cajita de dulces, que se pasó comiendo mientras veía a los clientes ir y venir.
Sin embargo un par de unicornios que se ubicaron a su lado llamaron su atención. Ambos llevaban sacos y corbatas negras sobre camisas blancas, y uno de ellos tenía gafas de sol. Los dos se veían bastante dispersos, charlando y riéndose. El de las gafas tenía una cutie mark que representaba un timón, y la del otro era un escudo.
Daring agudizó el oído tratando de escuchar su conversación. El tono de ambos era jovial y despreocupado.
-¡Hey!-Llamó uno al empleado, que se acercó rápidamente.
-Digan.-
-Quiero una caja de donuts.-Pidió el del escudo.
-Lo mismo, y agrégale un café bien cargado, tengo que volar ésta noche.-Agregó el de las gafas.
El empleado asintió y se retiró a buscar los pedidos. Daring miró hacia otro lado, tratando de no evidenciar que los había escuchado. Podía sentir que estaba sobre la pista, ¿cuántos vuelos más podría haber en la noche de la Gran Gala del Galope?
Estaba distraída pensando en eso, por lo que no se dio cuenta que al empleado que llevaba los pedidos se le caía el café sobre la barra. De pronto sintió que algo le quemaba su casco izquierdo, por lo que levantó la pata bruscamente y miró hacia los sujetos que estaban a su lado.
-¡Disculpe! ¡Déjeme ocuparme!-Exclamó el empleado corriendo a buscar un trapo.
Daring sacudió su pata y por un momento vio a los dos unicornios que la miraban. Frente a ella tenía al de las gafas, donde podía verse reflejada.
-¿Está bien?-Preguntó el pony.
-Sí, no es nada.-Contestó la pegaso y volvió a darse vuelta.
En eso llegó el empleado que comenzó a limpiar la mesa y disculparse constantemente por su torpeza. Acto seguido trajo un nuevo café para el unicornio, que lo agradeció. Ambos pagaron y se retiraron.
Por el rabillo del ojo Daring pudo ver que el de las gafas le echaba una mirada antes de irse. ¿Quiénes eran esos ponies? Parecían ser algún tipo de seguridad privada, probablemente estaban relacionados con el Crucero de los Cielos.
Unas pocas horas después ya estaba anocheciendo. Daring Do pagó todo lo que había consumido y salió de la tienda, donde seguía habiendo una considerable cantidad de clientes. Una vez libre de aquel tumulto, se encaminó hacia la zona de las plataformas, detrás del castillo.
Por todos lados llegaban carruajes y ponies elegantes. Sin dudas su aspecto no le permitía camuflarse entre ellos, pero esa noche no lo necesitaba. Ya lo tenía decidido: Abordar el Crucero cuando esté en el aire. Evitaría que los mafiosos escapen con las cosas que debía llevarse... salvo que tengan pegasos entre sus filas.
Se acercó al lugar alejándose de los caminos y los carruajes. Se metió entre los árboles y arbustos, moviéndose cautelosamente y lejos de las miradas. El viento empezaba a soplar con mayor fuerza, haciendo crujir las ramas de los robles. Hasta ese momento el día había estado bastante tranquilo, pero si el viento aumentaba dudaba que haya vuelo esa noche.
Tras atravesar unos cuantos arbustos más llegó a una pequeña colina desde donde podía ver a cierta distancia el enorme castillo, y debajo la plataforma de despegue. Allí divisó al Crucero de los Cielos: Un yate dorado de tres plantas, con una extensa cubierta y sobre él una enorme envoltura azul con la forma de un pez espada. Era como un gran dirigible de lujo.
También advirtió que la plataforma estaba repleta de ponies con uniformes similares a los que llevaban los unicornios que vio en la tienda de donuts. Parecían estar custodiando el yate, y algunos de ellos escoltaban a algunos pasajeros a bordo.
Había luces encendidas en las tres plantas. No sabía exactamente cuántos pasajeros y tripulantes habría, pero según la carta de Ravenhoof se esperaba algo menos concurrido.
Mientras pasaban los minutos algunos de esos ponies ingresaron en el yate y no volvieron a salir. Sólo quedaron unos siete guardias en la plataforma, rodeando al Crucero de los Cielos. Daring siguió observando. Se ajustó las alforjas y se acomodó el sombrero, no debía faltar mucho para la señal. Estaba a punto de entrar en acción.
No pasó más de media hora hasta que empezaron los fuegos artificiales. El cielo se iluminó con luces de todos los colores, creando formas preciosas que deslumbraron a la joven pegaso. Disfrutó el espectáculo que duró unos cuantos minutos, y una vez que todo terminó, vio al yate levantar vuelvo lentamente.
El imponente Crucero de los Cielos se elevó y comenzó a alejarse de Canterlot. Daring se extrañó por un momento ya que se daba cuenta de que el yate enfilaba hacia el Este. ¿Irían a Manehattan después de haber robado allí?
Agitó sus alas y salió volando en dirección al transporte. Bajo sus cascos podía ver las luces de los caminos y las ciudades cada vez más pequeñas, y frente a ella un colosal yate dorado abriéndose paso entre las nubes.
El viento soplaba con fuerza, y la pegaso advirtió la presencia de algunas nubes negras. Eso le daba mala espina. Si los de Cloudsdale habían despejado el cielo de Canterlot, quizás arrojaron las nubes de tormenta a los alrededores. Esperaba no tener que lidiar con algo así.
Empezó a acercarse cada vez más. Pudo distinguir algunas siluetas en la cubierta, por lo que giró hacia la derecha alejándose unos cuantos metros y luego regresando. Vio un sector del lado derecho que estaba a oscuras, por lo que se acercó volando rápidamente y se aferró a un balcón de la segunda planta.
Hecho esto ingresó por la puerta más cercana que tenía a su alcance. Se encontró en un cuarto a oscuras donde no parecía haber nadie. Contuvo la respiración y trató de escuchar, pero no se oía nada más que el viento.
Caminó sigilosamente hasta el otro lado, donde se encontró una puerta. La abrió con lentitud, dejando entrar una luz cálida en la habitación. Al parecer esa puerta daba a un balcón interno. Arriba había techo, pero hacia abajo vio lo que sin dudas era un comedor bastante elegante. Todo el salón estaba bañado en luz dorada, que lo hacía verse aún más lujoso de lo que ya era.
Salió de la habitación cerrando la puerta y se ocultó detrás de un mueble que había apoyado contra la barandilla. El balcón se extendía por encima de todo el comedor, tenía una puerta doble en el centro y dos hacia los costados. Desde el techo colgaba una gran lámpara araña llena de focos brillantes. Abajo habían apliques de luz en las paredes y una enorme mesa redonda con mantel blanco en el centro. Tenía varias sillas alrededor, y podían verse algunas vitrinas en los rincones. No pudo distinguir bien qué contenían, ya que en cuanto trató de asomarse escuchó que las puertas del comedor se abrían.
Desde su escondite espió hacia la puerta doble del salón que se encontraba justo debajo de la puerta doble del balcón. Un unicornio pálido y con aspecto cansado ingresó arrastrando los cascos, seguido por un par de pegasos. Uno de los pegasos tenía la crin desordenada y de varios colores. El otro, en cambio, presentaba un aspecto más formal bien peinado y con un monóculo.
El unicornio llevaba un saquito con una rosa en el bolsillo y una corbata. Por su mirada se podía adivinar que estaba sumamente incómodo en ese lugar. Por su parte, el pegaso desaliñado llevaba una capa azul y un mondadientes entre los labios.
Los tres se ubicaron alrededor de la mesa en silencio. Los pegasos hablaban entre ellos en voz baja, apenas moviendo la boca.
La puerta que estaba en dirección opuesta a aquella por la que ingresaron se abrió repentinamente. Dos unicornios con uniformes de seguridad ingresaron escoltando a un corpulento pony terrestre que vestía un traje smoking negro como su crin, que estaba peinada a un costado. Ese pony tenía un aspecto intimidante, con unos ojos de mirada penetrante y una mandíbula saliente. Su cutie mark era una pila de monedas.
Caminó hasta una silla y se sentó en silencio. Desde la puerta por la que había entrado llegó corriendo un pequeño dragón de color gris con púas rojas. Una expresión de extrañamiento se dibujó en el rostro de Daring. Aquél dragón era apenas un bebé o un infante, y pudo darse cuenta que era de la especie sin alas.
El pony terrestre claramente era el jefe allí. Una vez que los guardias se retiraron y otros trajeron bandejas con comida, habló con una voz grave y amenazante que llenó el salón.
-Bienvenidos al Crucero de los Cielos.-Escudriñó a los presentes.-¿Sólo ustedes aceptaron mi invitación?-
El pegaso desaliñado tosió por lo bajo mientras el otro tragaba saliva. El unicornio puso los cascos sobre la mesa y se dirigió al anfitrión.
-Don Spina... prácticamente somos los únicos que quedamos. Se desató una guerra en Canterlot, muchos se escaparon, otros fueron arrestados y otros, bueno... ya no están entre nosotros.-Relató arrastrando las palabras con un leve temblor en la voz.
-Y todos nuestros negocios en Las Pegasus fueron desmantelados la semana pasada.-Agregó el pegaso elegante.
-Usted sabe... desde hace un tiempo todos los peces gordos se están comiendo a los peces chicos.-Dijo el otro pegaso.
El pony corpulento, Don Spina, Jefe de Jefes, se quedó pensativo por un momento. Giró su cabeza hacia el dragón que estaba firme a su lado.
-Lenny, quiero un habano.-
Dicho ésto, el pequeño dragón hizo un gesto afirmativo y salió del comedor. Mientras esperaba su pedido, el Jefe continuó con la conversación.
-Así que estamos atravesando tiempos difíciles. Díganme, ¿quién de ustedes trajo ese increíble diamante a mi yate?-
-Yo, señor.-Contestó el pegaso desaliñado levantando un casco.-Mi banda está a punto de desaparecer, teníamos que hacer algo.-
-Hicieron bien. Saben... ésta reunión tiene un objetivo real más allá de lamentarnos por lo que está pasando.-Expresó el Jefe sonriendo irónicamente.
El dragón regresó velozmente y se acercó a Don Spina. El pony terrestre bajó la cabeza y el dragón puso el habano en su boca, luego lo encendió con un soplido de fuego.
-Gracias, Lenny.-
-Me llamo Tong.-Murmuró tímidamente.
-Lo que digas, Lenny.-Contestó el Jefe volviendo su atención a los demás presentes.
Daring hizo un gesto de desagrado. "Maldito esclavista" pensó mientras veía al pequeño dragón sentarse obedientemente al lado del corpulento mafioso.
También pensó en lo curioso de toda la situación. Normalmente los jefes más poderosos eran unicornios, y sus guardaespaldas eran terrestres. Viendo esa escena donde todo estaba invertido le hacía pensar acerca de qué tipo de horrores sería capaz ese tal Don Spina que ni los unicornios se movían contra él.
Tras echar una bocanada de humo, el Jefe prosiguió. Los demás estaban demasiado silenciosos, aparentemente esperaban un estallido de furia en cualquier momento.
-¿Qué más perdimos?-
-Casi todo, la Guardia Real está al acecho como nunca. Arrestaron a tres de los míos que estaban escondidos cerca del bosque Everfree.-Contestó el unicornio.
-Y los vigilantes. Hace meses perdimos Vanhoover y Appleloosa, ya no controlamos ni los mercados.-El pegaso elegante sonaba ligeramente irritado.
"Los vigilantes" pensó Daring y sonrió. Esos criminales estaban tan perdidos que no sabían ni por dónde los atacaban.
-Tenemos Canterlot... aunque ahora es una ciudad en disputa. Todas las demás familias que escaparon o se instalaron en otros lugares dejaron de reportar. Creen que estamos siendo traicionados.-El unicornio agregaba matices de sospecha a sus palabras, como si él también creyera que tenían un traidor en la mafia.
-Ya veo.-Comentó el Jefe de Jefes largando su humo hacia el dragón que estaba a su lado.
Los demás presentes guardaron un momento de silencio, tratando de parecer distraídos mirando hacia los rincones del comedor.
-¿A dónde vamos?-Preguntó el unicornio.
-Al reino de los grifos.-El Jefe ni se inmutó.
-¿Qué?-El unicornio sonaba absolutamente incrédulo.-¡¿Grifos?!-
-Cálmate, Al. Nos vamos a visitar a nuestros amigos los grifos. Ellos van a querer comprar ese diamante que trajeron, entre otras cosas.-Dicho ésto el Jefe no quitó la mirada del unicornio, quien no se atrevió a contestar.
Tras una breve pausa, el Jefe colocó sus cascos pesadamente sobre la mesa y suspiró.
-La verdad es que hay algo que me molesta mucho en todo ésto.-
Los presentes intercambiaron miradas nerviosas. Inmediatamente empezaron a temer por su seguridad.
-Me molesta mucho que nadie sepa quiénes nos están atacando. Sin embargo, ellos nos conocen bien. Esos... "vigilantes" de los que tanto hablan.-
Dejó su habano consumido en un cenicero que tenía junto a su plato y pidió otro al dragón, quien inmediatamente se retiró a buscar uno.
Todos se quedaron en silencio, pensando aquellas palabras. Daring Do también cambió su expresión. Por un momento todo parecía apuntar a que el plan consistía en escaparse al reino de los grifos en busca de recuperarse, pero esas últimas palabras denotaban que había algo más.
El pequeño Tong regresó con un habano y repitió la operación anterior. El mafioso volvió a llamarlo "Lenny" y le ordenó quedarse a su lado. Movió el habano entre sus labios y echó otra nube de humo.
-¿Saben?, no soy un pony supersticioso. Ustedes me conocen.-
Los presentes hicieron un gesto afirmativo. Sus expresiones de temor cambiaron por miradas de curiosidad e incertidumbre.
-Sin embargo... llegó a mis oídos ésta leyenda. Un nombre. Un mito. Algo que se dice más allá de nuestras fronteras. Algo que sólo bandas de cabezas huecas podrían usar como excusa.-
Sólo se escuchaba el tintineo de la lámpara araña. El Jefe carraspeó.
-Al final lo escuché tantas veces que me lo empecé a creer. ¿Y si existiera? Me hacían dudar. Fue nuestro querido amigo Ahuizotl el que más trató de convencerme. Hablaba de una pegaso llamada Daring Do...-
Mientras los presentes mantenían sus ceños fruncidos y trataban de interpretar cuál era el punto de toda esa historia, a la pegaso que estaba escondida arriba le dio un vuelco el corazón. Abrió los ojos y se agazapó un poco.
-Llámala, Lenny.-
El dragón hizo un gesto afirmativo y salió del comedor. Mientras se iba, el Jefe continuó.
-Más allá de nuestras fronteras circula la leyenda de Daring Do. Curiosamente muchas de las reliquias que comercializamos fueron robadas por... ésta leyenda urbana. ¿Alguno de ustedes sabe de quién estoy hablando?-
Todos menearon la cabeza y murmuraron respuestas negativas. El Jefe sonrió.
-Pues resulta que no sólo desaparecen reliquias valiosas en otras naciones, sino también en nuestras propias ciudades. ¿Recuerdan el caso de Starweather, hace unos años?-
-Sí, señor.-Contestó el pegaso desaliñado.
Los demás también asintieron con la cabeza.
-Algo me dice que ésta leyenda urbana saboteó nuestra operación de reliquias y obras de arte por aquel entonces.-
-Pero espere, Don Spina... ¿usted cree que es real?-Preguntó el unicornio.
-Le aseguro que es real, amigo mío. Ya verá.-
En ese momento el dragón regresó acompañado por una pegaso de color blanco, crin celeste claro, ojos magenta y una cutie mark que representaba una lupa.
-Les presento a Kalten Sturm.-Al decir ésto, la pegaso hizo una inclinación con su cabeza.
Daring Do la reconoció instantáneamente. La había visto cuando estuvo en su misión, camino a las Montañas de la Luz. Su rival estuvo hablando con ella en una cantina de un pueblo grifo, Daring los había visto cuando supo que un enemigo estaba tras sus pasos. Poco después ese rival trató de superarla en las Montañas de la Luz, fracasando estrepitosamente.
-¿Quién se supone que eres, querida?-Preguntó el unicornio con desdén.
-La que está investigando a su leyenda urbana.-Respondió la pegaso en el mismo tono y con un acento bastante particular.
-Cuando empecé a comparar los testimonios había muchas cosas en común. Así que la contraté para que haga un trabajo de campo, de hecho recientemente pudo probar en las Montañas de la Luz que nuestra leyenda existe.-
-Un cazarrecompensas trató de detenerla. No tuvo suerte.-Agregó Kalten.
-¿Saben? Me encantaría ponerle un precio a su cabeza. Pero soltar a un montón de asesinos tras una leyenda urbana sin recompensa no sería rentable. Así que vamos a hacer dinero con los grifos, y luego daremos comienzo a la cacería.-Dijo el Jefe.
Los otros tres empezaron a reírse con complicidad. Ya veían que sus problemas estaban resueltos, y aunque no podían ponerle un rostro a sus desgracias, al menos ya podían ponerle un nombre.
Daring se quedó helada detrás de ese mueble. Una espía la había rastreado y le había estado lanzando cazarrecompensas en varios viajes. Recordaba aquellas ocasiones donde sujetos que no había visto en su vida se interponían en su camino, todos con amenazas bastante claras.
No sólo tenía que recuperar el diamante y el alicornio escarlata, también tenía que averiguar si tenían archivos sobre ella y destruir todo. No podía permitir que su identidad trascienda más allá de ese círculo de mafiosos.
Abajo todos empezaron a ponerse de pie. Los invitados se acercaron a Don Spina y le dieron un abrazo de respeto y gratitud.
-Todavía tenemos un largo viaje por delante. Relájense, están en casa.-Invitó el Jefe.
Cuando los tres se fueron y sólo quedaron el corpulento mafioso con el dragón y la pegaso, dejó su habano en el cenicero y sonrió.
-Daring Do...-Repitió con un claro tono de odio.
-No le queda mucho tiempo. Antes de partir corrí la voz de que próximamente habría un contrato jugoso para todo aquel que quisiera sumarse.-Dijo Kalten.
-Perfecto.-
Daring seguía inmóvil. Estaba pensando qué hacer. Bajo ningún concepto el Crucero de los Cielos tenía que llegar a destino. Su misión había cambiado. Ya no sólo tenía que recuperar el diamante para Ravenhoof y la estatuilla para debilitar a la mafia, ahora también tenía que luchar por sí misma.
