DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


Rachel nunca había leído nada igual, tan absorbente que le costaba dejar de leer. En los últimos meses se había leído los cinco libros que componían la colección hasta el momento. Por desgracia, había acabado el último hacía pocos días y se lo había pasado a su madre. Le costaba dormir cuando no tenía un buen libro entre manos, y el que había sacado de la biblioteca el día anterior resultaba soso, comparado con el fascinante mundo de Hal Hunter.

—Seguro que me vendrá bien limpiar esa casa mañana —se dijo—. Acabaré agotada y dormiré bien.

Entonces se le ocurrió que debía llamar a Quinn Fabray para informarle de los planes del día siguiente. Podría resultar un poco extraño que una persona distinta apareciera en su puerta al día siguiente sin avisar.
Rachel puso en marcha el lavavajillas y subió al piso de arriba. Esa vez fue a la cuarta habitación de la casa que había convertido en un pequeño despacho cuando puso en marcha la empresa. No era muy grande, pero sí lo suficiente como para que cupiera su ordenador.
Enseguida encontró el archivo del cliente y marcó su número.

—¿Sí? —contestó una voz profunda, impaciente y algo gruñona.

—¿Señorita Fabray? —preguntó Rachel, sentada en su silla, con su voz más formal—. ¿La señorita Quinn Fabray?

—Soy yo. ¿Y usted quién es?

—Mi nombre es Rachel. Rachel Berry, de...

—Basta. Sé que es tu trabajo, pero estoy harta de llamadas de telemarketing a todas horas del día y de la noche. Este es mi número privado y lo uso para llamadas personales. Si quiero algo, voy y lo compro, directamente en la tienda. Ni siquiera compro por internet. Y tampoco contesto a encuestas. ¿Se lo he dejado claro?

Como el agua, pensó Rachel, sintiéndose a la vez comprensiva y molesta. A ella también le molestaba recibir llamadas de vendedores telefónicos, y había empezado a dejar a un lado la educación cuando llamaban por las tardes. Pero ella podía haber tenido la decencia de asegurarse de que iba a intentar vender algo para decir eso... Rachel abrió la boca para identificarse cuando oyó el inconfundible clic de fin de llamada.
Giró la cabeza y se quedó mirando el auricular. ¡Le había colgado! ¡Qué imbécil!
Después de colgar de un golpe, Rachel se quedó un minuto entero sentada en la silla masticando su rabia. Nunca en su vida le habían colgado el teléfono. ¡Nunca!
Su mente le decía que no se lo tomara de modo personal, pero era complicado no hacerlo. Ella había sido muy, pero que muy maleducada.

¿Qué hacer? Probablemente volviera a colgarle el teléfono si intentaba llamarla de nuevo, y si lo hacía, a ella le sentaría fatal. Rachel echó un vistazo a su hoja de datos. No tenía dirección de correo electrónico, o no había querido dársela. Estaba claro que era una de esas personas celosas de su intimidad. O no le gustaban los ordenadores. O internet. Tal vez escribiera a mano.
Tenía un número de fax; podía enviarle un fax explicándole los cambios del día siguiente, pero Rachel se rebeló contra aquello. No quería darle a Quinn Fabray ese trato correcto que ella no le había dado por teléfono, aunque desconociera su identidad.
No, se presentaría delante de su puerta por la mañana y observaría con gran placer su rostro avergonzado cuando le explicara quién era.

Rachel sintió un nudo en el estómago cuando cruzó el puente que llevaba a Terrigal. Tal vez no hubiera sido tan buena idea no haber llamado a Quinn Fabray la noche anterior. Tomó aliento y trató de relajarse diciéndose que no tenía por qué ir mal. Aquello no era más que otro trabajo de limpieza, y además, sería cosa de una vez, por suerte.
Sintiéndose un poco mejor, Rachel observó desde lo alto de la colina la playa de Terrigal. Hacía siglos que no iba por allí. Cuando iba con Thomas a la playa, normalmente iba a Wamberal o a Shelly's Beach. La playa de Terrigal estaba muy protegida por su forma cóncava, y sus aguas eran muy tranquilas; ideal para familias y turistas, pero poco apropiada para un niño de nueve años amante del surf. Pero tenía que reconocer que era preciosa, sobre todo en los días de sol. Aunque era primavera, ya había gente bañándose y aún más tomando el sol en la arena dorada. Era fácil de comprender por qué la gente de Sidney compraba casas allí, con vistas al mar y a la línea de la costa.

Cuando Rachel dobló la esquina y vio el edificio donde estaba el apartamento de Quinn Fabray, se dio cuenta de que tendría esas maravillosas vistas.
La tensión nerviosa de Rachel volvió al verse frente a la entrada. Pulsó el botón del intercomunicador de su piso y esperó:

—Sube, Gail —dijo una voz femenina.

Rachel abrió la boca para explicar que no era Gail, pero se oyó un zumbido en la puerta y ella tuvo que empujar con rapidez. Empezaba a estar realmente irritada con los modales de aquella mujer, pero se detuvo un segundo para intentar calmar su agitado corazón. ¿Era normal que la afectase tanto? Normalmente ella no se tomaba los «problemas» con los clientes tan a pecho.
Tenía que dar un aspecto sereno, así que tomó aire y miró a su alrededor: el portal era amplio, cubierto de mármol y muy luminoso. El edificio estaba construido sin escatimar en gastos, pensó Rachel, y fue hacia las escaleras para subir hasta el piso más alto.
Era la única casa del piso, y la puerta estaba frente a las escaleras, justo al lado de un espejo decorativo.
Antes de poder mirarse en él más que un segundo, la puerta se abrió y apareció una mujer alta, rubia y muy en forma, vestida con unos ajustados vaqueros y una camiseta de seda blanca.
Quinn Fabray, pensó Rachel, levantando un poco la cabeza para mirarla mejor.
No era tan guapa, aunque tampoco tenía con qué compararla, hacía mucho tiempo que no salía con mujeres. Pero era atractiva a pesar de su pelo desaliñado y los ojos color miel y casi fríos que la miraron de arriba abajo.
—No eres Gail —fueron sus primeras palabras, dichas con su ya habitual falta de delicadez.
Rachel apretó los dientes, pero mantuvo una apariencia seria.

—Tiene toda la razón —fue su fría respuesta—. Soy Rachel Berry, de "Totally Clean Enterprises". Gail se torció un tobillo ayer y no podía venir hoy. Intenté explicarle este cambio de planes anoche por teléfono, pero me colgó.

Ella no pareció avergonzarse en absoluto. Simplemente, se encogió de hombros.
—Lo siento. Tenía que haber dicho quién era desde el principio.

Si aquello fueran unas olimpiadas de las disculpas, la suya no habría llegado ni a cuartos de final.
—No es que me diera mucho tiempo —respondió ella con una sonrisa forzada—. Pero no se preocupe. He venido para hacer el trabajo.

—Tiene que estar de broma.

—Nada de eso — Rachel apretó más los dientes.

Ella volvió a mirarla de arriba abajo, esa vez con expresión escéptica.

—¿Va a limpiar así vestida?

—No veo por qué no —fue la gélida respuesta de Rachel.

Ella nunca había creído que una limpiadora tenía que tener mal aspecto. Aquel día llevaba unos pantalones ajustados blancos, como sus deportivas, y una camiseta color gris. Llevaba su morena melena recogida con un coletero, como siempre que limpiaba, y sus únicas joyas eran una cadena, un reloj fino y unos pendientes de perlas. Su maquillaje era tan sutil como su perfume. En el amplio bolso de paja llevaba, además de su comida, baja en calorías, y una botella de agua, un delantal azul y dos pares de guantes de goma.

—Le aseguro que dejaré su casa impecable sin mancharme la ropa —le informó.

—¿Sabes qué? Te creo.

Rachel contuvo una respuesta brusca y estuvo a punto de decir que era la dueña de la empresa, pero se quedó callada y entró en la casa cuando ella le hizo un gesto con la mano.
Al ver el amplio salón, Rachel olvidó parte de su enfado. Caminó hasta estar en el centro de la sala, como llevada allí por alguna fuerza de atracción; aquél era el tipo de lugar que ella había soñado con poseer algún día. Casi suspiró al ver los enormes ventanales tintados, las increíbles vistas, los preciosos suelos de mármol color crema, y las líneas limpias del mobiliario. No había lugar para excesos, y sí para la clase y el lujo. Caros sofás de piel color crema, mesitas auxiliares de madera clara y alfombras a juego. Nada desentonaba.
Desde pequeña, a Rachel le desagradaban los colores chillones. No le gustaban ni en la ropa ni en decoración, y no soportaba las últimas modas de los naranjas brillantes, azules eléctricos y verdes lima.

—Soy consciente de que hay mucho suelo que fregar —dijo ella, situándose detrás de Rachel—, pero Gail no tenía problema.

Rachel se dio la vuelta, aliviada al pensar que ella no se había dado cuenta de que envidiaba su casa.
—Yo tampoco tendré ningún problema —dijo ella—. Llevo años limpiando casas.

—No dejas de sorprenderme. Tienes aspecto de no haberte roto una uña en la vida...

—Las apariencias pueden engañar, señorita Fabray.

—Por favor, llámame Quinn. Ahora, unas pocas instrucciones antes de volver al trabajo. ¿Estás al corriente de lo que tienes que hacer?

—¿Aparte de limpiar el suelo, cambiar las sábanas y toallas, hacer la colada, ponerla en la secadora y recogerla después?

Ella levantó las cejas y pareció disgustada al no haberla pillado desprevenida.

—Encontrarás todo lo que necesitas en el cuarto de la lavadora —le dijo— Mi habitación es la última puerta a la izquierda por ese pasillo —dijo, señalando su derecha— Mi estudio es la primera puerta. ¿Te advirtió Gail de que no me gusta que me molesten mientras trabajo?

—Sí. Dijo que es usted escritora o algo así.

Rachel estuvo a punto de preguntar qué escribía, pero se contuvo a tiempo. Siempre enseñaba a sus limpiadoras novatas que no tuvieran muchas familiaridades con sus clientes, y menos si eran hombres y estaban en la casa mientras ellas limpiaban.
Quinn sonrió de una extraña manera.
—Sí. Algo así es lo que mejor me describe.

El sonido del teléfono provocó que su sonrisa se torciera en una mueca.

—¡Maldición! Tenía que haber encendido el contestador. Tengo que ir a contestar —dijo, echando a andar hacia el pasillo de su derecha—. Tal vez no me veas luego —le dijo por encima del hombro—. Tengo que cumplir con una fecha de entrega y voy muy ajustada. Te he dejado el dinero en la encimera de la cocina. Márchate sin más cuando acabes.

Cuando desapareció en su estudio, Rachel se sintió decepcionada. Estaba disfrutando de la conversación, y eso no dejó de sorprenderla. ¿Qué había tenido de especial? ¿O qué tenía ella de especial?
Absolutamente nada, decidió, y se dio la vuelta para ir a buscar el cuarto de la lavadora.


¡Hola! Esto ha sido rápido ¿no? hahaha Bueno, dejo el capítulo 2 y aprovecho para decir que actualizaré dos veces por semana (probablemente Lunes y Jueves) Gracias por tomaros el tiempo de leer la historia. Un saludo ;)