DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.
Quinn se dejó caer en su silla, frente a la pantalla del ordenador.
—Quinn Fabray.
—Quinn, soy Sue.
—Tenía el presentimiento de que serías tú —dijo con acidez. Sue no se había convertido en una de las agentes literarias más prestigiosas dejando que sus autores le fallaran. Era la cuarta vez que llamaba aquella semana.
—¿Has acabado ya el libro?
—Estoy en el último capítulo.
—Tu editora de Londres me ha vuelto a llamar. Me ha dicho que, si no lo tiene a finales de esta semana, no podrá hacer que llegue a las librerías a tiempo para el verano en Gran Bretaña y Estados Unidos. Y ya sabes lo que eso significa. Ventas más bajas.
—Llegaré a tiempo, Sue. Esta noche lo tendrás.
—¿Me lo prometes?
—¿Te he decepcionado alguna vez?
—No, pero es porque no te dejo un respiro. Y eso me lleva al motivo de mi llamada. La cena de entrega anual de los premios literarios es esta noche. Eres la favorita para llevarse el trofeo de la Pistola de Oro, así que, vendrás, ¿no?
—Nada conseguirá impedírmelo, Sue.
Aunque no le gustaban aquellas galas de entrega de premios, lo cierto era que estaba deseando hacer un poco de vida social. Hacía semanas que no salía de casa, que no se acostaba con una mujer... se había dado cuenta de ello en cuanto abrió la puerta esa mañana y encontró a una morena increíble frente a ella en lugar de a la regordeta y hogareña Gail.
A pesar de su aparente frialdad, Rachel Berry le había recordado que la vida era algo más que trabajo. La pena era que estaba casada: Quinn era muy observadora, y no se le había escapado la fina alianza de oro que lucía en la mano izquierda.
—¡Quinn! ¿Estás ahí?
—Sí, sí... perdona, me había despistado un poco.
—Pensando en el último capítulo, espero.
—Tooodo el tiempo.
Quinn odiaba los últimos capítulos. Su deseo era acabar las historias con una escena de «felices para siempre», pero eso no quedaría bien en un libro de Hal Hunter, especialmente a esa altura de la colección. Quinn necesitaba algún gesto anti heroico para acabar, pues no podía dejar que sus lectores creyeran que Hal era un santo sólo porque siempre les diera a los malos su merecido.
Sabía que era el lado oscuro de Hal lo que atraía a sus fans. Les gustaba que Hal hiciera lo que ellos nunca se atreverían a hacer. Les gustaba su falta de piedad y su sentido firme de la justicia y la venganza.
—Será mejor que vuelva al trabajo, Sue.
—De acuerdo, pero una cosa más acerca de mañana. ¿Podrías traer a una chica que haya leído al menos un libro en su vida esta vez?
Quinn se echó a reír. La chica morena a la que había llevado a la entrega de premios el año anterior no era muy despierta, pero ella no se había dado cuenta de eso cuando la conoció en Bondi Beach y la invitó a la gala. En aquel momento, en lo que más se había fijado era en lo bien que llenaba el bikini. Al final de la noche, el deseo que al principio había sentido por ella, se había desvanecido por completo y la había llevado a casa directamente, para gran decepción de la chica.
—Hmm. Probablemente iré sola.
—Difícil de creer: Quinn Fabray sin una morena del brazo.
—No salgo sólo con morenas —protestó ella.
—Sí que lo haces. Igual que Hal
Quinn levantó las cejas. No se había dado cuenta. Pero lo cierto era que no tenía a ninguna morena espectacular en su vida en aquel momento, aparte de la preciosa chica que estaba limpiando su casa en aquel momento. Si no estuviera casada...
Mucha gente consideraba a Quinn una mujeriega sin límites, pero lo cierto era que sí los había, y las mujeres casadas para ella estaban fuera de su alcance, por atractivas que fueran.
Por otro lado, Hal sí que era un mujeriego sin remedio. Al «héroe» de los libros de Quinn le habría traído sin cuidado que Rachel Berry estuviera casada.
Ese último pensamiento hizo que se encendiera una luz en la cabeza de Quinn.
—Sue, tengo que colgar. He tenido una idea brillante para mi último capítulo.
—¿Ha sido algo que yo te he dicho?
—Nada en absoluto. Te veré mañana.
Quinn colgó y se sentó a trabajar con fuerzas renovadas. Sonriendo traviesa, hizo que Hal acabara con sus opciones a héroe seduciendo a la preciosa camarera morena del hotel que había acudido a cambiarle las sábanas. Ella estaba casada, por supuesto, pero olvidó completamente a su marido cuando Hal empezó a seducirla. La chica sabía que la estaba utilizando, pero la fiera pasión de sus besos resultó irresistible. Se sintió incapaz de decirle que no, incapaz de resistirse a él.
Hal le hizo el amor varias veces, obligándola a hacer cosas que ella no había hecho nunca antes, pero hasta ella se sorprendió de su inesperada pasión.
En la última página, ella se empezaba a vestir. Después, inclinándose sobre la cama, le dio un beso a Hal en el hombro, sobre su tatuaje. Él no se movió. Fingió estar dormido. Ya no la deseaba y ella lo sabía. La chica suspiró al salir de la habitación, y sólo entonces, Hal se dio la vuelta en la cama para tomar un cigarrillo de la mesilla de noche. Lo encendió y aspiró profundamente. Su mirada era gélida.
—«¡Ya está!» —murmuró Quinn a la vez que escribía «FIN».
Copió el trabajo en dos discos y puso uno en el cajón superior de su escritorio y otro en una caja fuerte que había mandado construir en el cajón inferior. Volvería a leerlo esa tarde antes de enviarlo a Londres, pero estaba segura de haberlo hecho bien.
Por supuesto, su editora se enfadaría muchísimo. Siempre protestaba porque su héroe se estaba deteriorando demasiado, pero ella capearía el temporal y se saldría con la suya. Y sus lectores estarían encantados.
Quinn rió al pensar en la reacción de Hollywood. Si no les gustaba, peor para ellos. Sue había hecho un buen trabajo al vender los derechos de todos los libros de Hal Hunter, escritos y por escribir, a un importante estudio cinematográfico, pero además, les obligó a firmar un contrato desmesurado según el cual se comprometían a que el guión de las películas se ajustara a los libros originales. No habría cambios en los títulos, en los argumentos, en los lugares de ambientación ni en los personajes. Y nada de cambios en los finales.
Quinn se preguntó a quién seleccionarían para hacer el papel de la chica morena de la última escena. No debía ser muy voluptuosa, sino delgada y con clase, como la mujer que estaba en esos momentos en su casa. Maldición... desde luego, le había revolucionado las hormonas. Y mucho.
Durante una milésima de segundo, Quinn se planteó hacerle una proposición indecente, pero en seguida apartó la idea de su cabeza.
Ella no era Hal. No iba por ahí seduciendo a mujeres casadas. Ni tampoco solucionando los males de este mundo.
Esas cosas sólo ocurrían en la ficción. En el mundo real, los malos no se llevaban su merecido; seguían viviendo tranquilamente con sus millones y sus amantes. Destruían países y asesinaban a gente inocente, pero rara vez se enfrentaban a un castigo.
Quinn hizo una mueca. «Otra vez esa historia no», se dijo. «No había nada que pudieras hacer entonces. No hay nada que puedas hacer ahora. Nada de aquello era culpa tuya».
El cerebro de Quinn lo tenía claro, pero su corazón se veía a veces asaltado por las dudas. Las experiencias vividas en el ejército la habían dejado muy sensibilizada.
A pesar de haber colgado el uniforme militar hacía más de seis años, los recuerdos aún la acosaban. Nunca olvidaría. Ni perdonaría.
Pero al menos, con el éxito de sus libros, había redescubierto el placer de vivir.
Eso la llevó a pensar en el placer del que se había estado privando últimamente.
—Lo que necesitas es sexo —murmuró para sí mientras se levantaba de su silla y salía de su estudio.
Rachel estaba inclinada para sacar las toallas de la lavadora de carga frontal cuando notó que había alguien detrás de ella. Antes siquiera de incorporarse y darse la vuelta, ya sabía que era Quinn Fabray. Estaba junto a la puerta, mirándola con sus ojos mieles.
— ¿Puedo ayudarla? —le dijo ella, molesta por el ritmo acelerado de su corazón.
—No pretendía asustarte —respondió Quinn— Puedes poner mi estudio en la lista de las tareas. Ya he acabado el libro.
— ¿Quiere que limpie su estudio además de todo lo demás? —preguntó ella con voz aguda.
—Le pagaré el tiempo extra que necesite.
—No es cuestión de dinero, señorita Fabray, sino de tiempo. Tengo que salir de aquí a las dos y media para ir a recoger a mi hijo al colegio.
—Comprendo. ¿No puede llamar a otra persona para que lo haga en su lugar?
—No, no puedo.
— ¿Podría venir mañana, entonces? El estudio lleva varias semanas sin limpiar y, francamente, está hecho un desastre.
—Lo siento, no puedo venir mañana tampoco —Rachel empezaba a lamentar no haberle dicho que era la dueña de la empresa, no una de las limpiadoras que cobraban por horas, pero ya era demasiado tarde.
— ¿Por qué no? —Insistió ella— ¿Su marido pondrá alguna pega?
— ¿Qué? No, no. No tengo marido —confesó.
—Pero lleva alianza —repuso Quinn, confusa.
—Soy viuda.
Quinn esperó no exteriorizar la sorpresa o la excitación que sintió.
¡Estoy de vuelta!
Antes que nada, muchas gracias por los reviews, follows y favoritos.
Dejo esta NA para aclarar un par de cosas:
- A partir de ahora adaptaré historias que me parezcan interesante porque a veces me desespera la espera de una nueva actualización de los fics que sigo y esto es entretenido. Supongo que a vosotras os pasará igual, así (no sé si lo he dicho antes) pero las actualizaciones aquí serán rápidas.
-Dado que algunos capítulos de esta historia me parecen ridículamente cortos, subiré dos capítulos por día (uno por la mañana y otro por la noche) También haré esto porque esta historia tiene unos 50 capítulos y no quiero que se haga muy pesada. Estoy adaptando otra que me parece mejor, pero no quiero dejaros sin saber qué pasa en esta :p
Creo que eso es todo. Me encantaría que me comentarais qué os parece la idea de subir dos capítulos por día.
Si tenéis alguna duda ya sabéis dónde encontrarme :)
P.D: ¡Feliz Halloween! No sé si lo celebráis, pero si es así, espero que lo paséis genial hoy ;)
