—Vaya, eso es música para mis oídos. Ven a tomarte un café conmigo y cuéntame más.

—Pero aún no he terminado de limpiar el estudio. De hecho, acabo de empezar. Cuando vi sus libros en las estanterías, yo...

—Olvídate del estudio —interrumpió ella, complacida a más no poder con el desarrollo de los acontecimientos— Prefiero que alimenten mi ego. ¿Cómo te gusta el café?

—¿Qué? Oh, bueno, sin leche ni azúcar.

—Una verdadera amante del café. Como yo —añadió con una sonrisa— Y ahora, no pongas más pegas. Yo soy la jefa aquí.

A ella no le gustaba recibir órdenes, pensó, ni dejar sus trabajos sin acabar, pero ante su insistencia, aceptó sentarse y tomarse el café con mucha cautela mientras ella intentaba sonsacarle más.

Quinn tuvo cuidado en no sacar otro tema que no fueran los libros. Notó que, en el momento en que le sonreía, ella reaccionaba con una expresión glacial.
Ella había leído mucho, notó Quinn enseguida, y era muy inteligente. Estaba claro que se estaba echando a perder como limpiadora.
Cuando la vio mirar su reloj, Quinn decidió que no podía esperar mucho más para dar el primer paso. Si la dejaba marcharse, tal vez no volviera nunca. El viernes siguiente, sería la simpática Gail la que aparecería en su puerta.

—Mañana tengo que ir a la entrega anual de premios literarios en Sidney —dijo—. Uno de mis libros es finalista para el trofeo de la Pistola de Oro al mejor libro de acción del año.

—¿Cuál de ellos? —preguntó Rachel, dejando la taza sobre la mesita.

—El beso de la muerte.

—Oh, ganarás. Es buenísimo.

—Gracias. Eres muy amable. La verdad era que me preguntaba si te gustaría venir conmigo.
Quinn había visto reaccionar a las mujeres cuando les pedía una cita de formas muy diversas, pero nunca la habían mirado como lo estaba haciendo Rachel Berry. Como si le estuviera pidiendo que escalara el Everest. Y descalza.

—¿Quieres decir... como tu pareja? ¿Cómo una cita?

—Sí, claro.

Ella parpadeó y sacudió la cabeza.

—Lo siento, no salgo con nadie.

Quinn no podía haberse sorprendido más. ¿Que no salía? ¿Qué tipo de vida era ése para una preciosa mujer joven cuyo marido llevaba muerto cinco años?

—¿Qué quieres decir con que no sales con nadie? —le preguntó Quinn. Rachel la fulminó con la mirada por su insistencia.

—Quiero decir exactamente que no salgo, que no tengo citas.

—¿Por qué no?

Ella se levantó de repente, con la espalda recta y expresión firme.
—Creo que eso es sólo asunto mío.

Quinn se levantó también.
—No puedes culparme por mi curiosidad. Ni por estar decepcionada. Estaba disfrutando de tu compañía, y creía que tú también lo estabas pasando bien.

Ella pareció algo sorprendida por su última frase.
—Sí, bueno... —dijo, como si el concepto fuera lo que la sorprendía.

—Entonces ven a cenar conmigo.

Ella dudo, pero volvió a sacudir con fuerza la cabeza.
—Lo siento, pero no... no puedo.

«No puedo». Eso era menos malo que un «no» a secas.
Eso sugería que había otros motivos por los que decir que no. Otros aparte de su ridícula declaración de que no salía con nadie.

Entonces se dio cuenta. Probablemente ella no tuviera a nadie que se ocupara de su hijo. Ni tampoco suficiente dinero para pagar a una cuidadora. Las limpiadoras que trabajaban sólo en horario escolar no podían ganar mucho. Tal vez tampoco tuviera nada apropiado que ponerse. Quinn sabía que la ropa de etiqueta era cara.

—Te pagaré una cuidadora —ofreció—. Y también te compraré un vestido, si no tienes nada apropiado que ponerte.

Ella se quedó boquiabierta y sus ojos brillaron más de ira que de sorpresa.
—Tengo dinero más que de sobra para las dos cosas —le dijo—. Para su información, señorita Fabray, yo no soy una empleada de Totally Clean Enterprises, sino la dueña de la empresa.

Por segunda vez en el mismo día, Quinn se quedó sorprendida. Y después, se enfadó ligeramente.

—¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué hiciste como si fueras una simple limpiadora?

—¿Una simple limpiadora? ¿Qué hay de malo en ser limpiadora? Es un trabajo honrado con un salario decente.

—Tienes razón. No tenía que haber dicho eso.

—No, no debería haberlo dicho. Y usted no tenía que haber intentado comprarme. Tal vez eso era lo que hace la gente en su mundo, pero no en el mío.

—No intentaba comprarte.

—Claro que sí —ella se cruzó de brazos y la fulminó con la mirada— No soy tonta

Quinn se sintió cada vez más frustrada.

—¿Por qué no te calmas un poco y dejas el drama para otro momento? No intentaba comprarte, sino superar los obstáculos que pudieras tener en tu camino. Es que no me puedo creer que una mujer como tú haya elegido «no salir». Supuse que tenía que haber otra razón.

—Pues se equivoca. Decidí no volver a salir con nadie después de la muerte de mi marido.

—Pero eso no tiene sentido, Rachel. La mayoría de las viudas jóvenes vuelven a casarse. ¿Cómo crees que vas a conocer a otra persona si te encierras en casa?

—No me encierro en casa, y no tengo ninguna intención de volverme a casar.
Quinn notó el énfasis que había puesto en la última parte de la frase. Estaba claro que se trataba de un tema sensible.

Una antigua amiga de Quinn, viuda de un militar, le dijo una vez que había dos motivos por los que las mujeres decidían no volver a casarse. O habían sido tan felices con su primer marido que no creían poder volver a encontrar una felicidad similar, o habían sido tan desdichadas que no querían arriesgarse nuevamente a sufrir. Quinn no conocía aún lo suficiente a Rachel como para saber cuál de los dos motivos era el suyo.

—Muy bien —dijo ella—. No quieres volver a casarte. Yo no querría hacerlo ni una vez. ¿Pero, y no te aburres? ¿No te sientes sola?

Un suspiro de frustración salió de sus labios a la vez que ella descruzaba los brazos.

— El aburrimiento y la soledad no son los peores males de este mundo.

—Pues están en un puesto muy alto en mi lista —dijo Quinn, que enseguida se aburría de todo. Le gustaba mantenerse activa cuando no escribía, por eso esquiaba y hacía snowboard en invierno, y surf y otros deportes acuáticos en verano. Cuando el mal tiempo lo obligaba a estar dentro de casa, hacía ejercicio en el gimnasio de forma casi obsesiva.

—Dame una sola razón para no salir y lo dejaremos ahí.

Ella la miró y apretó los labios.

—Una sola razón —repitió ella— No quiero problemas. Cuando una madre sola tiene una cita, la otra persona siempre espera algo más que un beso de buenas noches en la puerta. Lo que ella quiere es entrar y quedarse a pasar la noche. No permitiré que mi hijo se despierte por la mañana y se encuentre a una extraña sentada a la mesa del desayuno. A veces me siento un poco sola, pero ése es el precio que tengo que pagar por darle a mi hijo un buen ejemplo moral.

Quinn estaba impresionada, pero no le convencía del todo. Temió estar insistiendo demasiado. Había algo más en todo aquello, algo que ella no le decía. Pero estaba claro que no iba a confiar en ella tan pronto. Si pudiera hacer algo para convencerla de que saliera con ella al día siguiente, tal vez pudiera desvelar el misterio de aquella princesa de hielo.

—Prometo que yo no esperaré más que un beso de buenas noches en la puerta —le dijo.
Entonces sí que se sintió inquieta. Y tentada. Oh, desde luego que estaba tentada de aceptar. Y ella lo podía ver en sus ojos.

—Lo siento —dijo Rachel de nuevo, después de dudar unos segundos— Mi respuesta sigue siendo no. Y ahora tengo que irme. Llego tarde.

Quinn no intentó evitar que se marchara. Incluso tuvo que recordarle el dinero que le había dejado en la encimera, que ella estuvo a punto de olvidar. Pero le reconfortó verla tan evidentemente ofuscada. Estaba claro que quería decirle que sí. O, siendo sincera consigo misma, ella quería decirle que sí a Nicole Freeman.

No le importaba. Eran la misma, y de eso se enteraría ella más adelante, cuando fuera a la cena con ella al día siguiente.
Quinn tenía su número por algún lado, al menos el número de Totally Clean Enterprise. La llamaría esa misma noche, cuando su hijo ya se hubiera acostado. Para entonces, Quinn ya tendría argumentos para hacerle cambiar de idea.

¡Y no aceptaría un no por respuesta!


DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen