DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.
Rachel sintió un nudo en el estómago como siempre que llegaba a casa de su madre. Últimamente no le ocurría porque la vieja casa de campo estuviera hecha un desastre, sino porque su madre siempre parecía encontrar las palabras justas que le ponían los nervios de punta.
Notaba su crítica hasta en el más simple de sus comentarios. En cuanto aparcó frente a la casa, Tommy saltó del coche y cruzó corriendo el jardín descuidado y lleno de malas hierbas para darle un abrazo a su abuela, que había salido al porche a recibirlos. Después corrió a jugar a un viejo columpio hecho con un viejo neumático que colgaba de una rama de árbol.
—Gracias por quedarte con Tommy, mamá —dijo Rachel bajando la ventanilla del coche e intentando no mirarla. Pero era imposible. Su pelo era tan oscuro como la túnica que llevaba— No sé a qué hora volveré. Probablemente después de comer.
Rachel había decidido no decirle a su madre que saldría aquella noche hasta que volviera de hacer compras. Le diría que se había encontrado con una amiga que la había invitado a salir porque otra amiga no había podido ir con ella.
—¿Por qué tienes tanta prisa? —Preguntó Shelby bajando los destartalados escalones— ¿No puedes pasar a tomarte un café?
—Lo haré cuando vuelva. No quiero llegar muy tarde porque ya sabes que el aparcamiento se pone imposible cuando hay rebajas.
—Estás muy guapa hoy —dijo su madre, llegando junto al coche— Como siempre. No creía que necesitaras ropa nueva.
Rachel forzó una sonrisa.
—Voy a buscar regalos para Navidad, pero también me gusta comprarme algo a principio de temporada —dijo, apretando los dientes—Si no, acabas teniendo un aspecto pasado de moda.
—¡Como yo entonces! —rió su madre.
—Yo no he dicho eso.
—No tenías que hacerlo. Sé que parezco haber salido directamente de los sesenta, pero eso es lo que soy.
Nadie se lo habría imaginado, pensó Rachel irónicamente.
—Tengo que irme, mamá —dijo— Cuida de Tommy. No le dejes alejarse demasiado de casa —su madre vivía en una parcela en el valle de Yarramalong, donde había una vegetación muy frondosa. Y serpientes.
—No le pasará nada.
Rachel suspiró, se despidió con la mano y se marchó. Su madre siempre decía lo mismo, y también lo pensaba. Todo y todos estaban siempre bien para ella. Excepto su hija, claro. Su hija era una histérica frígida que no sabía cómo relajarse ni divertirse.
Tal vez tuviera razón, pensó Rachel por primera vez en su vida. Iba a ir a una cena de gala en Sidney con su autora favorita y, ¿estaba contenta por ello? ¡No! No hacía más que pensar en lo que podría o no pasar cuando Quinn la dejara en casa.
Al menos su madre estaba siempre contenta. Lo estuvo hasta cuando su marido la dejó.
Debía sentirse feliz, pensó Rachel mientras conducía hacia Tuggerah: tenía una bonita casa, un hijo fantástico y un negocio floreciente. Y una buena madre, aunque fuera algo irritante a veces. Y tampoco debía seguir preocupada por lo que pasaría por la noche. Era una mujer adulta y podía controlar las cosas. Si Quinn se insinuaba, podría manejar la situación. No había motivos para no relajarse y pasarlo bien.
El problema era que siempre le costaba relajarse; era como si estuviera condenada a estar siempre en tensión por todo, como si las cosas nunca fueran completamente bien o no estuvieran lo suficientemente limpias.
Rachel hizo una mueca. Estaba harta de aquello. Harta de sí misma. Menos mal que no estaba lejos del centro comercial. Ir de compras era lo único de lo que disfrutaba de verdad, pues tenía buen gusto con la ropa y sabía lo que le sentaba bien. Brody siempre se sentía orgulloso de ella cuando lo acompañaba a las fiestas de Navidad de la empresa. Con un poco de suerte, Quinn también se sentiría orgullosa de ella cuando fuera a recogerla esa noche.
—¿No te importa, mamá? —dijo Rachel, sentada a la mesa de la cocina de su madre tomando una taza de café. El reloj de pared señalaba la una menos diez. Había tardado más de lo esperado en encontrar el vestido especial para llevar esa noche.
—¿Importarme? ¿Cómo me va a importar? Me encanta quedarme con Tommy
—¿Dónde está, por cierto?
—En el arroyo. Cazando renacuajos
—¿Está bien allí solo?
—Sabe nadar, ¿verdad? Por supuesto que está bien. Te preocupas demasiado por él, Rachel. Los niños necesitan espacio. Y un poco de libertad.
—Tal vez. Pero este mundo está lleno de peligros, mamá.
—El mundo es lo que tú crees que es. Yo creo que es bueno, y que la gente es buena. Y lo haré hasta que me demuestren lo contrario.
Rachel suspiró. Su madre era muy inocente, en su opinión, pero a la vez, se daba cuenta de que Thomas crecía cuando se quedaba con ella; no en el sentido físico, sino en cuestión de madurez y experiencia. Su madre le permitía hacer cosas que ella no.
—Es bien que salgas —le dijo— Aunque sea con una amiga a Sidney, una cena elegante en un sitio elegante... está muy bien, pero ten cuidado.
Rachel parpadeó.
—¿Qué quieres decir?
—Sidney por la noche puede ser peligroso. No vayas sola por la calle.
—Vamos a un restaurante, mamá. Es una entrega de premios literarios, con discursos y cosas así. No saldremos de paseo por la calle.
—¿Qué te vas a poner?
Rachel había decido no enseñarle a su madre el vestido que iba a llevar. No estaba de humor para críticas.
—Tengo un montón de vestidos de fiesta en el armario.
—Ya lo sé, pero tal vez te encuentres a tu autor favorito allí.
—¿A quién? —dijo Rachel, fingiendo asombro
—A el hombre que escribe esas novelas de Hal Hunter que te gustan. Siempre gana estos premios. Lo pone en las cubiertas traseras de sus libros, aunque no haya foto ni casi detalles de su biografía. Creo que escribe bajo pseudónimo.
—Tal vez sea una mujer —fue el comentario travieso de Rachel.
—Oh, no —repuso su madre, sonriendo— El creador de Hal no es una mujer. Yo diría que tiene algo que ver con el ejército. Sabe demasiado de armas como para no tener experiencia personal.
—Tal vez investigue mucho —dijo Rachel, pensando que su madre probablemente tuviera algo de razón.
—No, es demasiado real. Espero que siga escribiendo libros de Hal Hunter. Creo que estoy enganchada a ellos. Pero el que más me gusta es el primero: La balanza de la justicia. De ese modo se puede comprender cómo es él por cómo mataron a sus padres.
Rachel frunció el ceño. Hasta entonces no había conectado la muerte de los padres de Quinn y el asesinato de los de Hal, en un atentado terrorista.
¿Por eso Quinn se había convertido en una solitaria, como Hal? ¿Por eso no había querido casarse y formar una familia?
Las respuestas a esas preguntas, probablemente estuvieran en su primer libro.
—Mamá, me gustaría volver a leer ese libro. No se lo has prestado a nadie, ¿verdad?
—No, está en mi habitación, debajo de la cama. Iré a buscártelo.
Su madre acababa de salir cuando Tommy abrió la puerta trasera y entró a toda prisa en la cocina con una vieja jarra en las manos llena de agua sucia.
La ropa limpia y planchada que le había puesto por la mañana estaba cubierta de barro, al igual que su cara. A Rachel le dolía ver a su precioso hijo con aspecto de pequeño rufián, pero, por una vez, contuvo la lengua.
—Hola, mamá. ¿Dónde está la abuela?
—¡Aquí, cariño! —dijo la madre de Rachel, con el libro en la mano, yendo directamente hacia el niño— Enséñame todo lo que has pescado. ¡Vaya!, se te ha dado bien. Luego los pondremos en el estanque y, con suerte, alguno crecerá hasta hacerse rana. Por cierto, te quedas a dormir —dijo, antes de que Rachel pudiera interrumpirla— Tu madre va a ir a una cena elegante a Sidney esta noche.
—¿Sí? ¡Genial!
Rachel no supo si lo de «genial» era por la cena o por quedarse a dormir allí.
—No le dejes quedarse hasta muy tarde —le dijo.
Abuela y nieto intercambiaron una mirada conspirativa. Eran terribles los dos juntos.
—Es sábado —dijo su madre— Tommy no tiene que ir mañana a clase y puede dormir por la mañana. Seguro que no vienes a recogerlo hasta mediodía... tú vas a ser la que se acueste tarde de verdad.
Rachel no pensaba quedarse hasta muy tarde, pero no quiso discutir por miedo a cometer algún desliz en su historia.
—Oh, de acuerdo —accedió por fin—. Pero no demasiado tarde —añadió, poniéndose de pie y tomando el libro de Quinn— No te aproveches de tu abuela, jovencito. Y no comas mucho helado. Ya sabes lo mal que te sienta— El niño era intolerante a la lactosa.
Tommy sacudió la cabeza igual que hacía su padre cuando Rachel le regañaba.
—Dale a tu madre un abrazo —dijo su abuela, dándole un pequeño empujón.
—Sé bueno —susurró Rachel, abrazándolo un poco más de tiempo de que costumbre.
Su suspiro de impaciencia la hizo sentirse culpable.
—Te quiero —le dijo.
—Yo también, mamá —respondió Tommy, pero sin mucho calor en sus palabras.
De repente, Rachel deseó llorar y no dejar de abrazarlo.
Pero sabía que el niño odiaría eso.
—Te veré mañana —dijo, luchando para contener las lágrimas y yendo inmediatamente hacia la puerta.
El niño salió corriendo detrás de ella, pero en dirección al estanque para soltar allí los renacuajos. Su madre la siguió.
—¿Estás bien, cariño? —le dijo Shelby.
Rachel se sentó tras el volante y dejó el libro de Quinn en el asiento del acompañante.
—Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
—Te noto más tensa de lo habitual.
—No estoy tensa —le dijo a su madre, cerrando la puerta de un golpe— ¿Por qué siempre me críticas, mamá? He sido una buena hija, ¿no? Y soy una buena madre con Tommy. Me mantengo a mí misma y siempre intento hacer lo correcto, así que déjame un poco tranquila, por favor.
Rachel sintió remordimientos nada más acabar de hablar. Su madre, sorprendida, retrocedió ligeramente.
—No... no creía... —Shelby estaba sorprendida del enfado de Rachel con ella— Sólo quiero lo mejor para ti, cielo. Supongo que a veces soy muy crítica. Lo siento. Intentaré mantener la boca cerrada.
Rachel se sentía dividida entre la sensación de satisfacción por defenderse a sí misma, y por el sentimiento de culpa por herir los sentimientos de su madre.
—Yo también lo siento, mamá —dijo— Sé que estoy un poco sensible... no duermo muy bien últimamente.
—Entonces te vendrá bien salir —le dijo su madre, sonriendo de nuevo— ¿Quién sabe? Tal vez conozcas a alguien.
—Mamá... —advirtió Rachel.
—¿Qué hay de malo en que una madre desee que su preciosa hija conozca a alguien?
—Sabes que no quiero volverme a casar.
—¿Y qué? Yo tampoco, pero eso nunca me ha detenido a la hora de salir con un hombre.
—Ya —murmuró Rachel, encendiendo el motor— Hasta luego, mamá —dijo, empezando a moverse— Te veré mañana por la mañana.
—No hay prisa —le gritó su madre— Duerme todo lo que quieras.
De camino a casa, Rachel pensó que le habría gustado decirle a su madre la verdad acerca de aquella noche y ver su cara. Pero las consecuencias que eso traería no compensaban ese pequeño momento de satisfacción. Su madre le habría hecho mil preguntas y habría sacado mil conclusiones.
No, era mucho mejor así.
Echó un vistazo al asiento del acompañante, donde había dejado el primer libro de la serie de Hal Hunter. Estaba deseando llegar a casa para empezar a leerlo. No tendría tiempo para acabarlo, por desgracia, pues tenía que estar perfectamente arreglada para cuando Quinn pasara a buscarla. Pero seguro que le daba tiempo a leer unos cuantos capítulos mientras se daba un baño.
Rachel estaba deseosa por saber cuánto de Hal había en Quinn, y quería estar preparada. Preparada para ella.
¡Hola! Solo dejo esta N.A para deciros que POR FIN he encontrado el libro original de esta adaptación.
Se llama "La princesa de hielo" y es de Miranda Lee.
Gracias por los reviews, follows y favoritos. Nos volvemos a leer esta noche ;)
