DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen
Mientras Quinn conducía por la carretera de Tumbi Umbi iba pensando en que hacía mucho tiempo que no estaba tan impaciente por salir con alguien como lo estaba aquella noche.
Aunque la de aquella noche no sería una cita habitual... no esperaba acabar en la cama con Rachel Berry. De hecho, se apostaría dinero a que eso no iba a ocurrir.
Su objetivo aquella noche era hacer que Rachel volviera a salir con ella de nuevo. Hacerle ver que podía tener una vida social sin poner en peligro su reputación. Que no tenía que comportarse como una monja sólo porque su marido hubiera fallecido y ella no quisiera volverse a casar.
Quinn seguía sin saber si Rachel había querido a su marido o lo había odiado, pero esperaba enterarse también aquella noche.
Estaba claro que no iba a ser una misión fácil, pues Rachel no era el tipo de mujer confiada que hablase abiertamente de sus cosas. Ella se lo guardaba todo para sí, como cuando no le había dicho que era la dueña de la empresa de limpieza. La esperanza de Quinn era que unas copas de vino ayudaran a soltarle la lengua. Siempre se hacían muchos brindis en aquellas cenas de entrega de premios. Seguro que no decía que no a una copa o dos de champán.
Llegó a la rotonda grande que Rachel le había indicado y después a la calle que salía a la izquierda. Pronto estaría en su casa.
Una rápida ojeada a su Rolex le hizo saber que eran las seis menos un minuto. La puntualidad era un hábito adquirido en el ejército del que nunca se había desprendido. Eso, y llevar el pelo corto.
Aquel día decidió peinar un poco más su siempre desaliñada melena, algo que pensó le gustaría a la señorita Berry. Al igual que su elegante y caro traje ceñido, color negro, que se había mandado hacer a medida un par de años antes.
Quinn esperaba que su aspecto sofisticado despertase la atracción sexual de Rachel; a la mayoría de las mujeres les gustaba cuando usaba trajes.
Por desgracia, Rachel no era como la mayoría de las mujeres. Ella era diferente, muy diferente. Retadora. Quinn sonrió al doblar la esquina. Le encantaban los retos.
A las seis menos cinco, Rachel estaba al borde de un ataque de pánico. Nada había ido según lo planeado aquella tarde. Había tardado mucho en todo.
Lo que más tiempo le había llevado había sido depilarse. Fue una tarea aburrida, pero antes tuvo que bañarse y exfoliarse la piel. No tuvo nada de tiempo para sentarse un rato a leer.
Para cuando acabó de hacer todo eso, eran más de las tres. Después de tomar un tentempié a toda prisa, empezó a peinarse, otra larga tarea. De nuevo, probablemente por los nervios, el peinado que había elegido para combinar con su vestido, muy femenino, no le salía. Al final se lavó el pelo por segunda vez y empezó desde el principio, haciéndose un recogido que podía haberse hecho dormida. Acabó disgustada y frustrada por no haber podido hacerse el peinado más suave y rizado que había pensado al principio.
En ese punto eran las cinco y diez, y eso le dejaba menos de una hora para arreglarse las uñas, maquillarse y vestirse. Tardó veinte minutos en arreglarse las uñas y dejarlas perfectas, y otros quince en transformar su bello rostro en otro más glamuroso y sofisticado. Primero se aplicó base de maquillaje, después colorete, polvos y sombra de ojos. Los tonos un poco oscuros hacían resaltar más sus ojos color chocolate. La mano le temblaba cuando empezó a delinearse la raya del ojo, y soltó algún juramento, muy impropio en ella, cuando se metió el lápiz en el ojo. Dejó la boca para el final.
A Rachel no le gustaban los tonos fuertes, y sus labios tenían el grosor perfecto, así que, después de dudar un rato, se aplicó un poco de brillo con la yema de dedo.
Tardó cinco minutos más en decidir qué pendientes ponerse, pues el peinado que había acabado haciéndose necesitaba algo más glamuroso que las sencillas perlas en forma de lágrima que había pensado ponerse.
Por desgracia, no se había preocupado por el glamour en los últimos años, así que, casi desesperada, se puso unos pendientes que Brody le había regalado por Navidad años atrás. También se cambió los tacones color crema por unas sandalias doradas que hacía siglos que no veían la luz del día. Menos mal que eran de un estilo que no pasaba de moda.
Eran las seis menos diez. Hora de vestirse.
Se quitó el albornoz y empezó a deslizar cuidadosamente el vestido por encima de su cabeza. El vestido cayó sobre su cuerpo. Subió la cremallera lateral, se puso las sandalias y fue hacia el espejo de pie para ver el resultado.
Fue entonces cuando empezó el ataque de pánico. En lugar de tener un aspecto sofisticado y elegante, estaba... bueno... ¡estaba muy sexy!
No podía creerlo. El vestido en sí mismo no era sexy. Era un sencillo vestido de gasa que se ajustaba a su fina figura, de un color degradado que iba del crema en la parte superior al café en el dobladillo.
Por desgracia, al llevar un hombro al descubierto, tenía que elegir entre llevar un sujetador sin tirantes o no llevar sujetador en absoluto. Dado que el vestido era muy fino y que Rachel tenía los pechos pequeños, decidió no ponerse nada. Además, los sujetadores sin tirantes siempre le habían resultado muy incómodos.
Pero en el momento en que tomó esa decisión, no había pensado en que se le marcarían tanto los pezones. Ni en que tendría aspecto de no llevar absolutamente nada debajo. Por supuesto, llevaba braguitas, pero eran de esas diminutas que apenas se marcaban bajo la ropa. Empezó a buscar en su cajón un sujetador sin tirantes cuando oyó que un coche se acercaba a su casa.
Demasiado tarde, se dijo cuando se dio cuenta de que se detenía frente a su puerta. Agarró su bolsito color crema y se asomó a la ventana. Al ver el deportivo negro junto a su buzón no pudo contener un gruñido. ¡Los vecinos iban a tener tema de conversación para varios días si la veían entrar en ese coche!
Estaba a punto de bajar corriendo las escaleras y meterse en el coche de Quinn a toda prisa cuando la vio bajarse del coche.
Al menos, debía de ser Quinn... La mujer que bajó del coche se parecía remotamente a la mujer que había conocido el día anterior. Tenía la misma figura y el mismo pelo corto rubio. Pero ahí acababan todas las similitudes.
—Oh, cielos —dijo Rachel en un tono ronco.
¿Quién habría creído que un cambio de ropa y un pelo bien peinado podían hacer tan diferente a una persona? Quinn tenía el mismo aspecto que su coche: elegante, poderosa y sexy.
¿Sexy? ¿Desde cuándo pensaba ella en una persona como «sexy»?
Rachel bajó las escaleras a toda prisa decidiendo que sentirse superficialmente atraída por esa mujer no era más que eso: algo superficial.
Ella se había sentido atraída por Brody, un hombre guapo, pero no le había gustado el sexo con él. Nada ha cambiado, se dijo a sí misma, así que no empieces a esperar lo contrario.
El timbre sonó y consiguió apartar de su mente los pensamientos inapropiados al agarrar el pomo. Aún sentía un mariposeo en el estómago ante la perspectiva de la cena, pero confiaba en poder ocultar sus nervios. Ella era así por naturaleza.
En cuanto abrió la puerta, Quinn se dio cuenta de por qué no había podido quitársela de la cabeza en todo el día. Últimamente, salía con muchas morenas, como había apuntado Sue, pero ninguna de ellas era tan especial como la que tenía delante.
Ella le recordaba a una de esas heroínas de Alfred Hitchcock: encantadora y sexy, pero contenida y fría hasta el punto de hacerle a una desear abrazarla.
Su sonrisa era educada, pero sus ojos seguían siendo un libro cerrado para Quinn.
—Cielos, estás estupenda. Pareces la versión femenina de James Bond de camino al casino.
Debía de ser un tipo de cumplido, pensó ella.
—Y tú te pareces a Grace Kelly en Atrapa a un ladrón —respondió. Sólo que con menos ropa interior, notó de repente.
Si Quinn no la conociera nada en absoluto, habría pensado que no llevaba nada debajo del vestido, pero desde luego, no llevaba sujetador.
En ese momento habría dado cualquier cosa por deslizar esa fina tira de tela por su brazo. En su imaginación, el vestido caería de su delicioso cuerpo allí mismo, en el umbral de la puerta, dejándola desnuda excepto por aquellos preciosos zapatos dorados.
Cuando su cuerpo empezó a responder a su fantasía, Quinn se obligó a contenerse, aclarando la garganta y adoptando una expresión caballerosa antes de volver a mirar su bello rostro.
Sus mejillas sonrojadas la sorprendieron. Las princesas de hielo no se sonrojaban; se limitaban a aceptar los cumplidos con frías sonrisas y nunca se ponían rojas.
Pero Rachel estaba sonrojada y nerviosa en ese momento. Interesante.
—Gracias —respondió, inquieta, como si estuviera sorprendida por su extraña reacción.
Más interesante aún.
—¿Estás lista? —preguntó ella, encantada de cómo estaban yendo las cosas por el momento. Tal vez no tuviera que ser demasiado paciente después de todo... tal vez se hubiera equivocado y aquella princesa de hielo estuviera lista para derretirse.
¿Lista?
No, quiso gritar Rachel. No estaba lista, necesitaba unos minutos para recuperar su compostura y su autocontrol. Y para averiguar qué había pasado cuando Quinn la miró de arriba abajo.
A Rachel le habían dedicado piropos por la calle e incluso miradas obscenas, pero... la mirada de Quinn no había tenido nada que ver con aquello. Sus ojos no delataron nada más que un interés natural en su aspecto. En realidad, se habría sentido algo ofendida si no le hubiera hecho ningún cumplido.
Lo que le molestó fue su propia reacción cuando ella la miró. La piel le ardió bajo la seda del vestido y sus pezones se contrajeron. Se sintió desnuda frente Quinn. Desnuda y excitada.
Sí, excitada. Eso era lo que había sentido. No le extrañaba haberse sonrojado.
—¿Tienes las llaves de casa? —le preguntó Quinn al ver que ella no hacía amago de moverse.
—¿Qué? Oh, sí... creo que sí —abrió el cierre dorado del bolso con el pretexto de inspeccionar su contenido— Sí, aquí están.
—Cierra entonces, y vamos. No me gusta llegar tarde.
Rachel aprovechó los pocos segundos que necesitó para cerrar la puerta con llave para calmarse un poco, pero la sensación le duró poco, pues en cuanto acabó, Quinn la tomó del brazo para acompañarla hasta el coche.
Fue un gesto sencillo, de amabilidad en realidad, pero en cuanto la tocó, fue como si le hubieran dado una descarga eléctrica, y se puso tensa.
Apenas pudo contener el suspiro de alivio cuando le soltó el brazo para abrirle la puerta del coche, pero sintió que no dejaba de mirarle las piernas al levantarlas para sentarse en el deportivo. Cuando Quinn pasó por delante del parabrisas para ir hacia su asiento, Rachel no pudo evitar rendirse a la tentación de mirarla abiertamente, pensando en cómo podía estar afectándola tanto.
Justo antes de abrir la puerta y sentarse al volante, Rachel apartó sus ojos de ella, deseando que no hubiera notado su mirada.
Pero, ¿y si lo había notado? Sintió un nudo en el estómago de vergüenza. «Por favor, no quiero acabar esta noche como una idiota».
Porque así era como Rachel empezaba a sentirse. Como una idiota. No como una frígida idiota, sino sólo como una idiota.
Quinn frunció el ceño al arrancar el motor del coche. Aquello había sido como dar un paso adelante y tres hacia atrás.
Durante una milésima de segundo, cuando Rachel se sonrojó, pensó que su actitud hacia ella empezaba a cambiar. Justo cuando empezaba a pensar en sus posibilidades, todo acabó. Al tomarla del brazo, ella se convirtió en una estatua de mármol, y al sentarse en el coche, agarrada a su bolso, parecía asustada, a punto de dar un respingo.
Estaba claro que no había escondido su deseo hacia ella tan bien como había creído. Era el momento de intentar calmar sus miedos con un poco de conversación, o la velada sería un desastre completo.
—Tienes una casa muy bonita, Rachel —dijo al ponerse en marcha.
Ella giró la cabeza y pareció aliviada. Al parecer, no le molestaba que hiciese cumplidos a su casa.
—Gracias —dijo— Me gusta mantenerla en buen estado, aunque mi madre diga que me excedo.
—No hay nada de malo en que le guste a uno tener su casa bonita. ¿Siempre has vivido ahí?
—Desde que me casé. Pensé que la perdería después de la muerte de Brody, pues el seguro no incluía la hipoteca.
—¿Y qué hiciste?
—No podía volver a trabajar. Tenía a un niño pequeño y ya no quedaban plazas en las guarderías. Por eso empecé a planchar por horas, y a limpiar casas de gente que estaba trabajando. Trabajaba siete días a la semana. Aceptaba cualquier trabajo en el que me dejaran llevar a Tommy conmigo. Para cuando puse en marcha mi empresa, estaba a punto de acabar de pagar la hipoteca. Ahora ya estoy libre de deudas.
—Vaya. Eso es impresionante, Rachel.
—Hice lo que tenía que hacer —dijo ella, encogiéndose de hombros— ¿Y tú? ¿Dónde vivías antes de venir aquí?
—En un barrio al este de Sidney. Aún tengo el apartamento en Double Bay, pero me costaba escribir allí. Compré la casa de Terrigal como un refugio para escribir.
—Tienes que ser muy rica.
—He tenido suerte.
—No creo en eso. La gente se hace su propia suerte. Yo pienso que escribir es un trabajo duro.
—Cada vez más, la verdad. Cuando dejé el ejército, me salía solo.
—Oh, así que estuviste en el ejército... Mi madre me dijo que lo suponía, que sabías demasiado de armas como para no haber manejado una nunca. Al pensar en ello, yo también creí que tenía razón
—Estuve doce años en el ejército. Me alisté con dieciocho años, y lo dejé con treinta. Estaba harta.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Seis años. ¿Tengo aspecto de tener treinta y seis años? —Preguntó sonriendo— ¿O más?
Ella la miró unos segundos.
—Pareces tener la edad que tienes —dijo ella por fin— Aunque no me habría sorprendido saber que tenías más años. Tus ojos muestran mucha experiencia.
Quinn asintió.
—A veces me siento muy vieja. He visto cosas que preferiría no haber visto en el tiempo que estuve alistada, te lo puedo asegurar.
—Hal eres tú, ¿verdad Quinn? —le dijo de repente, sin dejar de mirarla.
—Sólo es una parte de mí. Yo no soy una justiciera ni una vengadora y, desde luego, no voy por ahí matando a la gente.
—Pero te gustaría.
—¡Qué perceptiva! —rió ella.
—Hal no tiene piedad de nada.
—Eso es verdad —asintió Quinn, saliendo a la autopista de Sidney.
—¿Crees que ganarás el premio de esta noche? —le preguntó Rachel.
—Probablemente.
—No parece que te importe demasiado.
—La novedad de ganar premios se acaba pronto.
—Qué respuesta tan cínica.
—Yo soy así. Pero, a veces, los premios se traducen en dinero. Y eso me gusta, al igual que a mi agente.
—¿Hay que tener agente literario para convertirse en escritora de éxito?
—Sí, si quieres convertirte en una escritora internacional. Y más aún si quieres que tus libros se transformen en películas.
—¿Van a hacer películas de tus libros? —preguntó sorprendida.
—Ya han hecho la primera. El estreno será en Los Ángeles en abril del año que viene, y estoy invitada a asistir.
—Vaya, eso es fabuloso, Quinn. ¿Quién va a hacer el papel de Hal?
—Un actor desconocido. La productora no quería a un actor conocido, sino a alguien que se convirtiera en Hal para la gente. Se llama Chad Furness. He oído que es muy bueno, y muy guapo.
—Bueno, Hal es muy guapo, ¿no? Oh, tienes que estar muy orgullosa.
Orgullosa. Quinn lo pensó un momento... no, no era orgullo lo que sentía. Tal vez satisfacción, pero nada más.
—Desde luego, todo esto me ha hecho rica —fue su respuesta— Compré este coche y la casa de Terrigal con parte del dinero que el estudio cinematográfico me pagó. Y también contraté al mejor servicio de limpieza de la costa —añadió con una sonrisa.
Ella se echó a reír y Quinn se sintió más tranquila. No quería que ella se sintiera incómoda en su compañía, como se había sentido antes.
De repente, la idea de no volverla a ver se le hacía insufrible.
—Supongo que no puedo convencerte para que vengas a limpiar mi estudio el lunes, ¿no? —dijo, haciendo lo posible para no darle importancia— Gail aún no estará recuperada del esguince y mi estudio necesita una limpieza a fondo.
Al ver que ella no respondía, Quinn la miró.
—Aún a riesgo de que me acuses de querer comprarte, te pagaré el doble —dijo. «Y un millón de dólares si te acuestas conmigo», pensó, como si fuera Hal.
Ella giró la cabeza y sus ojos delataron su dilema. Quería hacerlo, ella lo veía claro, pero dudaba. ¿Qué quería decir eso? ¿A ella le gustaba Quinn, pero le tenía miedo por algún motivo? Estaba claro que Rachel seguía preocupada por si ella intentaba asaltarla sexualmente de nuevo.
—No... no puedo. Tengo trabajo el lunes.
—Entonces, el martes —no tenía ninguna intención de dejarla escapar con tanta facilidad.
—Enviaré a otra persona.
—No —saltó ella— No quiero a nadie más. Te quiero a ti.
Quinn tenía que haberse mordido la lengua; había enseñado sus cartas y notaba cómo la miraba ella, cómo la tensión crecía de nuevo
—Eres la mejor limpiadora que he tenido —continuó, esperando que no fuera demasiado tarde para salvar la situación— Dejas a Gail a la altura del betún. Es difícil volver a la segunda división cuando ha experimentado una la perfección.
—Estás poniéndote muy insistente de nuevo.
—¿Es culpa mía que seas perfecta?
—No me adules, Quinn.
—Yo sólo digo la verdad.
—Se te da muy bien el uso del lenguaje.
—Y a ti se te da muy bien el uso de la fregona.
Ella echó a reír. Quinn estaba encantada, aliviada incluso.
—De acuerdo —dijo— Limpiaré tu estudio. Una vez. El martes, pero después, volverás con Gail.
—Oh, mujer cruel.
—Basta, Quinn —dijo, pero sonriendo.
Después de eso, Rachel pareció mucho más relajada y hablaron de todo tipo de cosas: música, películas, sus familias... Ninguna de las dos tenía hermanos ni abuelos. De algún modo, las dos eran solitarias y autosuficientes.
Bueno, pues aquí está el segundo capítulo del día. Ya en el próximo sabremos qué tal va esa "cita"
¿Se relajará Rachel y disfrutara de la noche? ¿Conseguirá Quinn algo más que un beso de buenas noches? Haced vuestras apuestas :p
Aprovecho también para animaros a votar por Lea Michele y por Glee en las categorías a las que han sido nominados en los People Choice Awards (Gracias Pitu fita por recordarlo)
Eso es todo. Nos leemos el Lunes ;)
