—Cielos —dijo Rachel, impresionada— Esto es precioso.

—Está bien. Al menos, tomaron nota de lo que les pedí. A Quinn le gustará que estemos sólo nosotras.

—Pero la mesa es para cuatro —apuntó Rachel.

—Les dije que vendría acompañada —sonrió Sue.

—¿Y no es así?

—¡Cielos, no! ¿Quién querría venir conmigo? Soy egoísta, vehemente en mis opiniones y ambiciosa. Además, soy delgaducha y fea. Siempre lo he sido.

—¡No eres fea! —Protestó Rachel— Eres muy atractiva.

Sue aún sonreía cuando Quinn llegó junto a ellas.

—Me gusta tu Rachel, Quinn. ¿Dónde os habéis conocido?— Rachel contuvo el aliento, esperando que ella no dijera que era su limpiadora.

—Cuando compré la casa de Terrigal, contraté los servicios de una limpiadora, Gail. Rachel es la propietaria de la empresa para la que Gail trabaja.

—Así que lleváis saliendo una temporada... Quinn, eres terrible, no me lo habías dicho nada.

—¿No?

—¡Sabes que no!

—A Rachel le gusta llevar las cosas en privado, ¿verdad, querida? —y se inclinó para darle un beso en el hombro.

Ella trató de contener la mueca. O el grito. Aquello estaba yendo demasiado lejos, pues ella ya sentía que sus huesos se habían convertido en gelatina. Rachel giró la cabeza cuando ella levantó la suya, y sus miradas se encontraron. Quiso fulminarla con la mirada, pero en su lugar, sólo la miró sorprendida. Quinn la miró un momento y después sonrió, lentamente, muy sexy.

Rachel tragó saliva y sonrió.

—A Quinn le gusta tomarme el pelo —dijo, con los dientes apretados— Sabe que no me gustan las muestras de afecto en público.

—No es cierto —dijo ella— En realidad, le encantan —y volvió a besarle el hombro.

—Quinn, por favor —pidió ella, mientras un escalofrío la recorría de arriba abajo.

Sus miradas se encontraron. La de Quinn era imposible de descifrar, y ella sabía que la suya debía estar llena de pánico.

—Tengo que ir al baño —dijo ella, poniéndose en pie con cierta torpeza— Si hay que pedir algo mientras estoy fuera, pide por mí, Quinn.

Quinn la siguió con la mirada y vio que no era la única que la miraba.

—Es muy guapa, Quinn —comentó Sue— ¿Divorciada?

—No. Viuda.

—Vaya. Tan joven —se sorprendió ella— Bueno, eso explica muchas cosas... Quinn, no se encuentra una a mujeres así todos los días.

—No —admitió Quinn.

—Sé buena con ella.

A Quinn le gustaría serlo si ella la dejara. Pero no lo haría. Se lo dejaba claro a cada rato. Aunque sabía que se sentía atraída por ella, a pesar de sus gestos. Había visto la verdad en sus ojos, lo había sentido en su hombro cuando la besó.

Pero por alguna razón, Rachel se negaba a rendirse a la atracción. Tenía miedo. ¿De ella? ¿O de una relación?

—No la dejes escapar —añadió Sue.

Podía, por supuesto, dejarla escapar. Pero Quinn sabía que no haría eso. Había dicho la verdad en lo de que le había gustado el beso en el hombro. Le había gustado. La próxima vez no sería un beso en el hombro, y no podría escapar tan fácilmente.

—¿Has pedido ya las bebidas? —preguntó a Sue de repente.

—No, te estaba esperando. Creo que la ocasión merece champán, ¿no? — levantó la mano y un camarero acudió enseguida a su lado— Una botella de su mejor champán —le dijo.

—Enseguida, señorita.

—¡Una botella! —exclamó Sue— Menos mal que he venido en taxi.

Y menos mal que Rachel no, pensó Quinn, despiadada. Rachel había ido con ella, y con ella volvería. Aquella noche no rompería su promesa, pero sí le pediría un beso de buenas noches en la puerta.

Con el tipo de beso adecuado, se podía avanzar mucho. Quinn no iba a parar hasta no tenerla rendida. Para cuando volviera a verla el martes, con el pretexto de limpiar su estudio, la cosa sería sólo cuestión de tiempo.

Sí, pensó mirándola acercarse a la mesa, con su precioso vestido marcando sus formas en los lugares justos. Iba a ser suya. Y pronto.


Rachel se había echado un buen rapapolvo en el baño, recordándose que la decisión de ir allí como falsa novia de Quinn había sido suya, y que no era culpa de Quinn que sus hormonas hubieran despertado de repente a la vida.

Desde luego, había sido toda una sorpresa, después de tantos años, desear a alguien tanto como ella deseaba a Quinn. Lo decepcionante era que ella no la deseara, pero así era la vida. Estaba en un restaurante precioso, así que lo único que podía hacer era disfrutar de la compañía y de la comida.

Una hora después, Rachel estaba haciendo justo eso. ¡Era increíble lo que podían hacer un par de copas de champán! No sentía nada de tensión. Era como si fuera otra mujer, degustando con placer la comida, sin preocuparse por las calorías, como hacía normalmente, y sin preocuparse por nada.
La conversación fluía de sus labios afuera, mientras el champán lo hacía en sentido contrario. Incluso se atrevió a flirtear con Quinn un poco. ¡Y ella le devolvió el flirteo!

Rachel sabía que estaba actuando, pero no le importaba. Era divertido. Ella era divertida. La velada estaba siendo divertida.
Cuando las fans iban a ver a Quinn, y después de ganar el premio, se acercaron bastantes, Quinn siempre les presentaba a su «novia», y volvía a besarla en el hombro o en la mejilla. Rachel no volvió a ponerse tan tensa.

No se le pasó ni una vez por la cabeza que había bebido demasiado. Nada serio se le pasó por la cabeza. Se sentía feliz, por una vez. Feliz de verdad. O eso creía.

Llegó el café, y también más fans. Tres de ellas, con el libro ganador del premio en la mano, se echaron sobre ella para que se lo dedicara. Sue estaba en otra mesa, hablando con otras personas, y Quinn les presentó a las fans a su novia, como había hecho con las anteriores. Esta vez, le tomó la mano y se la besó.

—¿No es preciosa? —les dijo antes de besarla.

Si las fans dijeron algo, Rachel no las oyó. Toda su atención estaba puesta en lo que Quinn le estaba haciendo a su mano. No sólo la estaba besando, sino que le estaba haciendo el amor; con el índice le acariciaba la palma de la mano, mientras su boca se movía sobre el dorso de su mano, dejando un sendero húmedo con la lengua mientras buscaba su dedo corazón. Para cuando llegó a la yema del dedo, ella ya tenía la carne de gallina, pero cuando quiso retirar la mano, Quinn no la dejó. Sus labios se separaron y le chupó suavemente la punta del dedo.

—Quinn, de verdad —le regañó ella, sonriendo nerviosa a las alucinadas fans.

—¿Sí, cariño? —dijo, levantando la cara.

Llevaba toda la noche llamándola de ese modo, así que Rachel ya se lo tomaba como parte del juego. Pero, de repente, aquello dejó de parecerle un juego o una farsa. Sus ojos, normalmente duros y fríos, se habían oscurecido y llenado de deseo. Si no se equivocaba, ella quería hacerle el amor de verdad, y no sólo a su mano.

—No estamos solas —dijo.

Los ojos de Quinn se aclararon cuando se volvió a mirar a sus sonrojadas fans.

—Disculpad. No es culpa mía —dijo, soltando la mano de Rachel— Es el efecto que ella tiene sobre mí...

Ellas la perdonaron, claro, pero... ¿podría hacerlo Rachel por actuar tan bien? Por un momento...

—¿Podrías llevarme a casa, Quinn? —dijo cuando las chicas se marcharon.

—¿Lo dices en serio?

—Estoy cansada —cansada de tus besos, de que me llames «cariño» y de que actúes como si fuera tu novia.

—Muy bien —dijo Quinn con sequedad, poniéndose en pie y recogiendo su trofeo en un solo movimiento.

Ella tomó su bolso y se levantó. Tembló un poco hasta que Quinn la tomó el brazo. No se había dado cuenta de todo el champán que había bebido; tendría una resaca colosal por la mañana, la primera en muchos años.

—¿Puedes conducir? —preguntó ella.

—Claro.

—Ya sabes a qué me refiero.

—Sue y tú os habéis bebido la mayor parte del champán, no yo.

—Oh, no me he dado cuenta. ¿Vamos a despedirnos de ella? —dijo, temblorosa cuando Quinn la empujó hacia delante.

—Ya se imaginará a dónde hemos ido.

Salió del restaurante a una velocidad increíble, apartándose de la gente que trataba de felicitarle por el premio. Rachel se sintió avergonzada.

—¿Sabes que a veces eres muy brusca? —le dijo cuando llegaron al coche.

—Sí —le respondió ella, abriéndole la puerta del asiento del acompañante— Es uno de mis defectos, junto con la arrogancia. Sube, por favor.

Ella se sentó como pudo, y se quedó allí, confusa, hasta que Quinn subió al coche y dejó el trofeo en el asiento trasero.

—No me mires así —le dijo ella arrancando el motor.

—¿Cómo?

—Como si fueras un animal herido. Si te he ofendido esta noche, lo siento. De verdad pensaba que te estabas divirtiendo conmigo. Está claro que me he equivocado

—No te has equivocado. Me lo he pasado bien.

Quinn sacudió la cabeza, frustrada.

—¿Más mensajes confusos, Rachel? ¿Ese es tu juego con las mujeres? ¿Excitarlas y después dejarlas?

—No sé de qué me estás hablando. Has sido tú la que me ha besado el hombro y chupado el dedo. ¡Yo no he hecho nada!

—Te estaba gustando —murmuró ella, inclinándose hacia ella, tan cerca de su rostro que Rachel notó su cálido aliento.

—No —le dijo cuando Quinn le pasó la mano por el cuello y la obligó a quedarse increíblemente cerca de ella.

—¿Que no qué? ¿Que no te haga decir la verdad?

—No, yo...

Su beso acabó con todas las protestas posibles, dejándole a Rachel la mente en blanco de cualquier cosa que no fuera la sensación de su boca sobre la de ella.

Hacía años que nadie la besaba. Ella recordaba vagamente que al principio le gustaban los besos de Brody, hasta que descubrió a dónde la llevaban invariablemente. Después de eso, no le habían gustado, y permanecía quieta sin responder a los labios de su marido.

Pero no fue así con Quinn.

Su boca se movía sin descanso contra la de ella, y se abrió, invitándola a entrar. Gimió cuando Quinn aceptó su invitación y su lengua se deslizó entre los dientes de ella. Gimió de nuevo cuando sus lenguas se tocaron y volvió a hacerlo cuando ella la abandonó.

—¿Es eso de lo que tienes miedo? —Gruñó Quinn, mirando su rostro ofuscado— ¿Y por qué no sales con nadie? ¿Por miedo a perder el control que tanto valoras?

—No lo entiendes —gritó ella.

—¿Que no entiendo el qué?

—Nada.

—Entonces, explícamelo. Dime qué es lo que no entiendo.

—No me gusta el sexo —saltó ella— Por eso no salgo con nadie. La gente quiere sexo, y yo... yo lo odio.

Quinn levantó las cejas.

—¿Que lo odias? Eso no es odiarlo, cariño, lo que acabo de sentir. No querías que parase. Podría haberme acostado contigo esta noche si hubiera querido.

—¡No! —Gritó ella— Eres una arrogante y una presuntuosa, Fabray. Ahora, llévame a casa y no me vuelvas a tocar, ¿me has oído?

—Te he oído, pero no te creo. Piensa en ello de camino a casa, Rachel, y ya hablaremos cuando lleguemos. Porque para ser una chica a la que no le gusta el sexo, te ha gustado, y mucho, besarme hace un momento.

—Los besos son sólo besos —declaró ella— El acto es otra cosa.

¿El acto? ¿Esa chica era de verdad? ¿Vivía como ella en el siglo XXI? Había muchas palabras para describir el sexo hoy en día, pero «acto» no era una de las más habituales. Estaba tan pasado como las jóvenes morenas y guapas a las que no les gustaba el sexo.

—¿Con cuántas personas has estado? —preguntó ella antes de arrancar.

—No tengo por qué decirte eso.

—Eras virgen cuando te casaste, ¿verdad?

—No —respondió ella a la defensiva— No lo era.

—¿Entonces? ¿Cuántos amantes inútiles has tenido?

—Ninguno. Uno. Bueno, ¡Brody no era un inútil!

—¿Solo has estado con tu marido? Creí que dijiste que no eras virgen cuando te casaste.

—Nos acostamos antes de casarnos.

—Ya. ¿Y nunca te gustó hacerlo con él?

—No.

—¿Y por qué te casaste con él?

—¡No lo entiendes! Yo... tenía que casarme, para tener mi propio hogar y mi propia familia. Brody era un buen hombre, y yo lo quería.

—Pero no estabas enamorada de él. Si lo hubieras estado, te habría gustado cualquier cosa que él te hiciera. Incluso si no llegabas al orgasmo, te habría gustado hacerlo. Y la intimidad.

El viejo sentimiento de culpa de Rachel volvió de nuevo. No tenía que haberse casado con Brody, ahora lo veía claro, pero aquella mujer, ¡aquella mujeriega!, no tenía derecho a juzgarla.

—¿Qué voy a hacer contigo? —suspiró Quinn.

—Vas a llevarme a casa —susurró ella, conteniendo las lágrimas.

—Creo que no. Vas a venir a casa conmigo.

—¡Nada de eso!

—Piensa, Rachel —le dijo, y su mirada se volvió extrañamente tierna— Treinta años y nunca has disfrutado del sexo. Si sigues así, te morirás sin saber lo que te pierdes. Soy una buena amante. Tengo experiencia y sé lo que le gusta a las mujeres. Deja que te enseñe lo que te estabas perdiendo.

Rachel se quedó mirándola, sin saber qué hacer ni qué decir.
Estaba tentada, y mucho, pero también estaba aterrada.

—No tengas miedo —le susurró Quinn, inclinándose para besarla de nuevo, muy suavemente esa vez, hasta que sus labios volvieron a abrirse.

Quinn levantó la cabeza, la miró a los ojos y le tomó la cara entre las manos.

—Tienes que venir a casa conmigo, Rachel. No eres una cobarde. Eres muy valiente, eres la mujer más valiente que conozco. Confía en mí; no te haré daño, te lo prometo. Seré buena contigo.

—¡Pero yo no te gusto!

—¿Que no me gustas? — rió suavemente— Oh, Rachel, qué poco me comprendes. Claro que me gustas. Me gustas desde la primera vez que te vi.

—Pero tú...

—Sí, es cierto —confesó— te hice creer lo contrario. Puedo ser una canalla cuando quiero algo, y te quería a ti, cariño. Ahora, ponte el cinturón de seguridad.

—¡No te he dicho que sí a lo de ir a casa contigo!

—Claro que sí. La última vez que te besé. Pero, claro, puedes cambiar de idea en el momento que quieras, y decir que no. ¿Estás diciendo que no ahora?

Ella sacudió la cabeza; todo su cuerpo se consumía de excitación.

—Bien —dijo Quinn, y puso en marcha el coche— Ahora, cierra los ojos y descansa. Va a ser una noche muy larga.

Quinn se dio cuenta de que Rachel no cerró los ojos, sino que se quedó allí, agarrada a su bolso, tensa. Puso música para intentar relajarla, pero no funcionó. Ella siguió agarrada al bolso mirando por la ventanilla.

La sensación de triunfo de Quinn al principio pronto se transformó en frustración. Estaba casi segura de que ella le pediría que se diera la vuelta y la llevara a su casa, y agarró el volante con fuerza al pasar junto a la salida de la carretera que llevaba a la casa de ella.

Le costó no suspirar de alivio cuando Rachel no dijo nada y llegaron a la carretera de la costa y de Terrigal. Pero ella seguía preocupada. O asustada. O las dos cosas. Era comprensible, en su caso, con su historial sexual. Debió tener un matrimonio muy triste.
Quinn esperaba que le dejara mostrarle que no tenía que apartar a la gente y el sexo de su vida sólo por no haber sido compatible con una pareja.

Las personas no eran máquinas, y menos aún, las mujeres. La química tenía que existir entre las dos partes para que una mujer sensible como Rachel encontrara satisfacción. Necesitaba desear y ser deseada.

Quinn sabía que la química entre ellas funcionaba, pero necesitaba una oportunidad para demostrárselo. Para cuando aparcó el Porsche en el garaje subterráneo de su casa, ya había decidido ser paciente, pero persistente. No la dejaría cambiar de idea. Ni entregarse a sus miedos y dudas.

—Ya veo cuál es tu principal problema —le dijo al soltarse el cinturón de seguridad— Piensas demasiado ¿Qué signo del zodiaco eres?

—Virgo.

—Qué sorpresa... El signo de la gente que se preocupa por todo. ¿Qué has estado pensando de camino hacia aquí?

Ella se giró hacia Quinn, agarrada a su bolso como si de un salvavidas se tratase.

—He estado pensando que esto puede haber sido por el champán, Quinn —dijo, ansiosa— Por eso me ha gustado que me besaras.

—¿Qué estás diciendo? ¿Es que te sientes borracha ahora?

—No —dijo ella, ligeramente sorprendida— No, de hecho, me siento bastante despejada.

—Eso creo yo —señaló Quinn— porque estás tensa de nuevo.

Ella arrugó el rostro en una mueca de frustración.

—Lo sé. Odio cuando me pongo así, de verdad.

—En ese caso, tengo una botella de un vino blanco estupendo en el frigorífico. Podemos abrirla y te relajarás de nuevo.

Sus ojos marrones se abrieron de par en par.

—¿Quieres que me vuelva a emborrachar?

—No quiero que pienses. Ni que te preocupes. Si para eso tienes que estar un poco contenta, pues entonces, sí, eso es lo que quiero.

De nuevo, Quinn pudo ver la tentación en sus ojos. Y un irritante miedo también.

—Vamos, preciosa —le dijo con suavidad— Te reto a hacer algo que se sale de tu área de control, por una vez. Deja a la princesa de hielo a un lado esta noche y muéstrame a la mujer que siempre has querido ser.

Rachel frunció el ceño al oír lo de «princesa de hielo». ¿Así la veía ella? Eso le molestaba. Era cierto; «mucha gente la veía así: sus empleadas, su madre y ahora Quinn.

En realidad, no podía culparlos. Ella apagaba la tele cuando empezaban las escenas de sexo, y se saltaba las escenas eróticas en los libros. Aunque nunca en los libros de Quinn, pensó Rachel de repente. Siempre leía las páginas en las que Hal le hacía el amor a las mujeres. No, Hal nunca hacía el amor, sino que se acostaba con ellas.

Rachel tragó saliva. Esperaba que Quinn no esperase el tipo de cosas que le gustaban a Hal. Ella se moriría antes de hacer algunas de esas cosas.
Sólo de pensarlo se ponía mala.

—Lo siento, Quinn —dijo con voz entrecortada— no puedo hacer esto.

—Sí, sí puedes. Mírame, Rachel —le ordenó. Ella levantó la vista —No estás borracha, ¿verdad?

—No.

—Bien.

Quinn se inclinó hacia ella y la volvió a besar. Fue un beso cálido e irresistible. Ella gimió suavemente cuando sintió su lengua, y sus pezones se contrajeron. El corazón le latía con fuerza y pronto deseó más que su boca. Deseaba sus manos también.

—No —gritó, confusa, cuando Quinn levantó la cabeza.

—No quiero volver a oír esa palabra esta noche —replicó ella con voz grave— Vas a decir que sí a todo. Vamos. Es hora de subir.

Es como una virgen, se recordó Quinn a sí misma al ayudarla a salir del coche. Sus ojos mostraban su inocencia. Tendría que ser dulce y paciente, tendría que contener su propio deseo y no pensar en nada más que en darle placer la primera vez.

Nunca había hecho aquello antes. Sí, había estado con muchas mujeres y sabía cómo satisfacerlas, pero sus intenciones en el pasado habían sido completamente egoístas. Una mujer satisfecha siempre volvía a por más.

Rachel, sin embargo, le inspiraba menos egoísmo que gallardía. Pero, de repente, eso no le pareció tan importante como ver el rapto en su mirada cuando sintiera su primer orgasmo.

—Ahora, no te pongas a pensar —le susurró, abrazándola para acompañarla hasta el ascensor.

—Es difícil no hacerlo.

—Cada vez que te vea pensar, te besaré —le dijo.

Y lo hizo. En el ascensor, en la puerta, en medio del salón, e incluso mientras la llevaba en brazos hasta la habitación.

Cuando la dejó junto a la cama, ella respiraba deprisa y sus pupilas estaban dilatadas: dos señales seguras de que estaba excitada. Su siguiente tarea era desvestirla, sin que se asustara.

Primero los pendientes: le quitó uno y lo dejó sobre la mesilla de noche. Ella se estremeció y Quinn volvió a besarla. Después fue el turno del segundo. Ella tenía la respiración muy acelerada, cuando acabó.

—Ahora, ¿cómo te quito ese vestido? —le preguntó con suavidad.

A ella le temblaban las manos cuando fue a bajar la cremallera lateral.

—Ah —dijo Quinn, y retiró el tirante. El vestido cayó a sus pies, como en su fantasía.

Al ver su cuerpo casi desnudo, su cuerpo dio un respingo y estuvo a punto de acabar con su decisión de mantenerse calmada.

Cielos, ella era preciosa. Sus formas, su piel, sus pechos. Eran pequeños, pero exquisitos. Ella era exquisita.

Nadie habría dicho que había tenido un niño. Sólo los pezones la delataban; eran grandes, en comparación, y oscuros. Y estaban muy duros, como si pidieran ser acariciados.

—Quinn —gimió ella.

Al mirarla a la cara, Quinn vio que volvía a sentir miedo y que estaba tensa.

No tenía más remedio que volver a besarla, pero el sentir sus pechos desnudos contra su cuerpo podía acabar con su autocontrol. Cuando Rachel le rodeó el cuello con los brazos y se fundió contra ella, su batalla por el control corrió serio peligro de derrota.

Quinn se apartó con la respiración entrecortada. Tenía que apartarse de ella un momento.
La sentó en el borde de la cama, manteniendo la mirada alejada de sus pechos y del resto de su delicioso cuerpo mientras se quitaba el calzado.

En cuanto a lo de ir despacio, iba a fallar miserablemente. Sus manos no la obedecían mientras se deslizaban por sus piernas en dirección a sus temblorosos muslos.
Nunca antes había sentido un deseo como aquél... ¿Cómo le quitó las braguitas sin arrancárselas? nunca lo supo.

Justo a tiempo, consiguió controlar su desesperada necesidad para tomarse su tiempo con ella.
Pero iba a ser difícil. Más difícil de lo que nunca había imaginado. Ella le afectaba profundamente de un modo que no podía comprender. Si no se hubiera conocido, diría que se estaba enamorando de ella.

El pensamiento la sorprendió. Quinn no se enamoraba. Nunca se había enamorado. Era como Hal; estaba muerta por dentro, y era dura.

Pero no con aquella chica. Ella sacaba toda la dulzura que había en su interior.

Rachel la miró cuando se puso en pie, confiando en ella, esperando que le hiciera el amor, no sólo sexo. Tenía que hacerle el amor, y hacerlo bien. Ella se lo merecía.

Rachel tragó saliva mientras la miraba deshacerse de los zapatos. La chaqueta fue lo siguiente, y después, los calcetines.

Iba a quitárselo todo, pensó ella en ese momento. Iba a desnudarse, a quedarse tan desnuda como ella.
¿Por qué no sentía vergüenza, tumbada frente a Quinn, sin nada de ropa? ¿Por qué no intentaba cubrirse? ¿Por qué no buscaba una excusa para salir corriendo de allí?

Todo aquello ya lo había pensado, pero antes de que Quinn la besara un millón de veces y antes de hacerla desear aún más. Sus besos ya no le bastaban.

Así que se quedó allí tumbada, con un enorme nudo en la garganta y la esperanza desesperada de que Quinn tendría razón y que ella se convertiría en la mujer que siempre había deseado ser.

La camisa de Quinn siguió el mismo camino que la chaqueta, revelando su cuerpo increíble. Sus pechos era pequeños, su piel pálida y suave. Unos abdominales marcados, una V casi imperceptible que desaparecía bajo su pantalón... pantalón que estaba empezando a quitarse.

Rachel contuvo el aliento cuando ella se bajó los pantalones. Sus piernas eran tan delgadas y tonificadas como sus brazos. Sus boxers negros apenas podían contener la erección. Cuando cayeron al suelo, a Rachel se le quedó la boca seca.

—Vamos a quitar la colcha —dijo Quinn con una cálida sonrisa, yendo hacia la cama.

La levantó como si fuera una pluma y la mantuvo contra ella mientras retiraba la colcha de terciopelo negro con un brazo. Rachel no pudo evitar pensar que ella había hecho esa cama el día anterior, y que nunca había imaginado que acabaría durmiendo en ella. Pero allí estaba, sobre las sábanas planchadas, desnuda como el día que nació.

Se estremeció cuando Quinn se tumbó a su lado.

—¿Tienes frío? —preguntó ella.

—No —eran sólo nervios.

—Creo que necesitas más besos.

Quinn tomó posesión de sus labios, pero lo cierto era que Rachel no quería escapar de ella. Se estaba haciendo adicta a los besos de Quinn; le encantaba cómo dominaba su boca y su lengua.

Pero aquella era la primera vez que la besaba tumbada. Y era la primera vez que lo hacían desnudas. La sensación de su cuerpo contra el de ella era electrizante. Deseaba más contacto, y sus manos, en otros lugares más íntimos.

Como si Quinn sintiera su necesidad, deslizó su mano desde la mejilla hasta su pecho, acariciando la punta endurecida hasta que ella tembló incontrolablemente. Quinn enseguida dejó de besarla y se inclinó para besar lo que antes sus dedos habían acariciado.

Rachel estuvo a punto de saltar de la cama cuando Quinn le empezó a lamer los pechos. La sensación de succión le provocó escalofríos de placer por todo el cuerpo. Ella obligó a permanecer tumbada poniéndole la mano sobre el estómago mientras seguía succionando su pezón.

¡Oh, sí! pensó ella. «¡Sí!»

Cuando su mano bajó aún más y se deslizó entre sus piernas, el placer se redobló. ¡No, se triplicó!

Quinn parecía saber exactamente lo que le gustaba, y mientras, su boca permanecía sobre su pezón, lamiendo, succionando o mordiendo.
Pronto ella deseó aún más. No sólo sus dedos, sino a Quinn. ¡A Quinn! ¡Era fantástica! Nunca había deseado así a nadie. Nunca había deseado el sexo. Nunca había deseado que alguien se hundiera profundamente en su cuerpo. Pero quería a Quinn, y la quería ya.

—Quinn —gritó, con una voz que le resultó irreconocible.

Ella levantó la cabeza y sus miradas se encontraron.

—Por favor —suplicó ella— Por favor...

—Tengo que ponerme un preservativo, Rachel

—No, no, no me dejes. Es seguro, te lo prometo —hacía poco que había acabado de tener el periodo— No puedo quedarme embarazada.

A Quinn le habría encantado continuar, pero no había ejercitado tanto su autocontrol para aquello.

El hecho de que ella estuviera tan excitada le encantaba. No podía sentirse más satisfecha. Pero Rachel se odiaría a sí misma después si Quinn hacía lo que ella quería. Se preocuparía por otras cosas.

Aun así, podía entender su desesperación. Había veces en que el mínimo retraso podía ser desastroso. Necesitaba un orgasmo, y lo necesitaba ya.

—Cierra los ojos y no pienses —le ordenó Quinn con brusquedad.

Rachel se quedó sin respiración cuando Quinn bajó aún más y puso la boca donde había tenido las manos. Nunca le había permitido a Brody hacer algo así. ¡Nunca! Por un segundo, su mente se revolvió, pero entonces Quinn encontró con la lengua y los labios el punto exacto y ella se perdió en un mar de sensaciones que sólo podían ser descritas como deliciosamente decadentes.

Su cuerpo se sumergió en el placer primitivo mientras su mentalidad puritana intentaba asimilar lo que Quinn estaba haciendo. Una parte de ella quería apartarla, pero la otra se negaba a obedecer. Y Quinn siguió dominándola con su boca mientras la penetraba con los dedos, llenándola y atormentándola.

Su cabeza iba de un lado al otro, con la boca abierta y el cuerpo tomado por la tensión. El pecho hinchado, el vientre tenso y los músculos internos buscando los dedos de Quinn.

—¡Oh! —gritó cuando llegó el primer espasmo. Después— Ooooh —siguieron otros que la hicieron desear que aquello continuara para siempre.

Por desgracia, no fue así, sino que fueron decayendo en intensidad hasta que se detuvieron.

—Ooh —gimió, lánguida y sin fuerza.

Rachel estaba tumbada, los ojos pesados y la respiración lenta cuando la cara de Quinn apareció por encima de la suya, sonriente.

—¿Ha estado bien? —dijo.

Por un momento, ella sintió que la vergüenza iba a echarlo todo a perder. Después de todo, Quinn acababa de acariciarla de la manera más íntima posible. Pero se negó a ser la mujer que era antes de conocer a Quinn. La mujer frígida estaba a punto de desaparecer, para siempre.

A la vez, Rachel era incapaz de controlar el calor que sentía en las mejillas.

—No, nada de eso, preciosa —advirtió Quinn— No tienes nada de lo que avergonzarte. Eres una mujer normal, con una sexualidad normal. Has pasado mucho tiempo pensando que no te gustaba hacer el amor, y lo que pasaba era que no tenías el amante adecuado. Y ahora, no te vayas, y no empieces a preocuparte. Volveré en un segundo.

Rachel apenas tuvo tiempo de pensar para cuando Quinn volvió. Y esa vez, llevaba puesto un preservativo. Se le había olvidado por completo que ella no había quedado satisfecha, lo cual mostraba la poca experiencia que tenía en asuntos de alcoba.

—¿Qué te pareció tu primer orgasmo? —le preguntó Quinn cuando volvió con ella a la cama y empezó a acariciarla de nuevo.

—¿Qué? Oh... sí... ha sido increíble.

—El siguiente será mejor.

—¿El siguiente?

—Te avisé de que iba a ser una noche muy larga.

—Pero...

Quinn se colocó sobre ella y se apoyó en los codos, la erección contra su estómago.

—Levanta las rodillas —le ordenó.

Ella ni siquiera se planteó desobedecerla. No era el tipo de mujer que soportara que le llevaran la contraria en un momento semejante.

—Esto será mejor que mis dedos —le dijo, deslizándose lentamente dentro de ella.

Rachel tragó saliva. Tenía razón. Era mucho mejor.

—Ahora, rodéame con las piernas. No, más arriba. Sabes, me aprietas muy bien para haber tenido un hijo.

Rachel frunció el ceño ante esa última observación que mostraba un conocimiento profundo del cuerpo de la mujer «Estás acostándote con una mujeriega», se recordó a sí misma. Con una mujer que había estado con muchas mujeres en su vida. No debía olvidar que Quinn no se enamoraba de ellas, sino que eran un juguete más.

No debía ni imaginarse ser algo más para ella.

Hizo lo que ella le decía y Quinn la penetró aún más profundamente, haciendo que ella contuviera la respiración.

—No te estoy haciendo daño, ¿verdad?

—No, no. Es estupendo.

—Esa es mi chica —sonrió Quinn.

Pero no lo era, pensó ella, al sentir un vuelco en su vulnerable corazón. «Sólo te gusto, por ahora. Puedes prescindir de mí. Puedes reemplazarme.» «Recuerda esto siempre, Rachel: no le dejes convencerte o utilizarte» Quinn era una mujer encantadora y muy sexy, pero era una mujeriega con años de experiencia.

Aquello la inquietó muchísimo, hasta que volvió a pensar que no debía preocuparse.

—Quinn...

—¿Qué?

—¿Por qué me gusta esto contigo? ¿Por qué no me gustaba con mi marido? No era tan mal amante.

Quinn se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Tal vez fueras demasiado joven. Algunas mujeres maduran sexualmente más tarde. Y, como te dije, no estabas enamorada de él.

—Pero tampoco estoy enamorada de ti.

—Muchas gracias.

—No, ya sabes a qué me refiero. Apenas te conozco... nos conocimos ayer.

—Enamorarse no tiene nada que ver con conocerse, Rachel. Es algo físico, química. Eso es lo que «amor a primera vista» quiere decir. Pero, aun así, la gente debería llamarlo desearse, no enamorarse.

—O sea, que cuando me conociste, me «deseaste a primera vista»... —planteó, intrigada con el concepto.

—Desde luego. Ahora ¿por qué no te callas y me dejas demostrarte cuánto?

Sus movimientos desde luego le quitaron las ganas de hablar a Rachel. Ella le rodeó la cintura con las piernas y pronto sintió que sus caderas se levantaban y la acompañaba en su balanceo. Bajó las manos hasta clavar las uñas en su trasero, llevándola más profundamente dentro de ella.

—Si hay algo que odio —dijo Quinn con un gruñido— son las alumnas aventajadas.

—Voy a llegar, Quinn —exclamó ella.

—Estupendo.

Si había creído que su primer orgasmo había sido bueno, este fue aún mejor. Llegaron a la vez, y se estremecieron a la vez y encontraron la paz juntas, abrazadas la una contra la otra.

Así era como debía ser hacer el amor siempre, pensó Rachel

Sin poder evitarlo, se le escapó un bostezo.

—Creo que es hora de dormir —dijo Quinn suavemente, saliendo con cuidado de ella y cubriéndola con la sábana.

—Pero no quiero dormir —protestó, aunque volvió a bostezar.

—No te preocupes, no te dejaré dormir mucho tiempo.

Quinn la vio quedarse dormida; esperó hasta que sus párpados dejaron de subir y bajar y descansaron por fin. Fue al baño y se quedó mirándose en el espejo, conversando en silencio consigo misma.

«Es una chica muy especial, Quinn, no le hagas daño. Desde luego que no, seré buena con ella. Sólo necesita liberarse de la presión de su supuesta frigidez. Necesita a una mujer que sepa hacer que se relaje y se divierta, pero lo que más necesita es sexo».


DISCLAIMER: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen