Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


La siguiente misión de Quinn era mostrarle que el sexo no sólo podía tener lugar en la habitación, pero primero tenía que dejarla dormir un poco, y dormir ella también. Tenía que asegurarse de estar en plenas facultades para el siguiente asalto.

Rachel se despertó al sentir una leve caricia en su hombro. Por un momento pensó que era Tommy, despertándola después de haber tenido una pesadilla. Pero no era su hijo el que la miraba, sino Quinn.

Estaba sentada en el borde de la cama, mirándola.

—¿Qué... qué hora es?

—Sobre las dos. Has dormido un par de horas.

—Oh —dijo Rachel débilmente, asaltada repentinamente por los recuerdos y las emociones.

Aún estaba asombrada por lo que había pasado, pero empezaba a pensar que el champán había tenido mucho que ver en hacerla tan receptiva a Quinn. Un dolor intenso y rítmico en la sien le indicó que tenía resaca.

Lo peor era la vergüenza de haberse dejado seducir tan fácilmente después de lo que le había dicho. Su único consuelo era que estaban en casa de Quinn, y que Tommy no tendría que presenciar la caída de su madre.

—Oh, no —dijo Quinn, moviendo el dedo— Nada de eso.

—¿Nada de qué?

—De arrepentimiento.

—Pero estaba borracha, Quinn —insistió, cubriéndose los pechos con la sábana— El dolor de cabeza que tengo es la prueba —sabía que estaba exagerando, pero tenía que encontrar una excusa para su comportamiento.

—No estabas borracha cuando llegamos.

—¿Entonces por qué tengo resaca?

—A veces el sexo produce dolores de cabeza. Es por la subida de la presión sanguínea y la relajación repentina posterior. Tengo analgésicos en el baño. Espera y te traeré algo.

Hasta que no se levantó de la cama y fue al baño, Rachel no se dio cuenta de que Quinn estaba tan desnuda como ella aún. Se quedó mirando su trasero desnudo, sorprendida por los arañazos que tenía.

«¿Eso se lo he hecho yo?» «Tengo que haber sido yo.»

—¿Estás más descansada? —preguntó.

Era la evidencia de la pasión salvaje que recordaba, tan salvaje como sus orgasmos

Quinn volvió enseguida con un vaso de agua y unas pastillas en la mano, pero ella no se fijó hasta que no se las puso delante de la cara. Esa vez, se quedó mirando su pecho.

¿Es que a ella no le daba vergüenza andar por ahí desnuda así?

—Ten —le dijo.

Para poder tomarse las pastillas, Rachel tuvo que soltar la sábana que le cubría los pechos, y su repentina desnudez la hizo estremecerse.

—Tengo... tengo que ir al baño —dijo ella.

—Adelante.

—Pero no tengo bata...

—No la necesitas. El baño está ahí mismo —había una nota retadora en su voz.

Rachel tomó aliento y retiró la sábana. En realidad era ridículo sentir vergüenza. Quinn la había visto ya desnuda. Pero aquello era distinto, y ligeramente excitante, tenía que admitirlo. Sentir cómo la miraba caminar desnuda, sentir sus ojos sobre ella... Y saber cuánto la deseaba.

¿Era eso lo que había vuelto a acelerarle el pulso? ¿Ser consciente de que Quinn la deseaba? ¿O era su propio deseo?

Rachel sacudió la cabeza mientras se lavaba las manos.
¿Qué podía hacer? ¿Pedirle que la llevara a casa? ¿Dejar que hiciera con ella lo que quisiera?

Se miró al espejo del baño y sus ojos le dijeron que no había duda: se tenía que quedar y aprender qué más había en todo aquello. Para volver a la cama necesitó más coraje que para salir de ella, pero Quinn no estaba allí.

Esperó un par de minutos, y al ver que no volvía, decidió ir en su busca. Pero no quiso hacerlo desnuda; no era tan valiente. Su ropa no estaba en el suelo, donde la había dejado, y no encontró ninguna bata por ningún sitio.

Al final se cubrió con una toalla y salió descalza al pasillo. Miró en el estudio, ella no estaba allí, pero Quinn tenía razón: estaba sucísimo. Tampoco estaba en el salón y no la encontró hasta llegar a la cocina, donde estaba haciendo café y unos sándwiches calientes.

Al ver que se había puesto unos boxers de seda negros, Rachel se sintió un poco más aliviada, aunque ver a Quinn pasearse por la cocina con sus pechos al aire no era algo a lo que pudiera acostumbrarse.

—¿Mejor? —dijo ella sonriéndole.

—Un poco. ¿Qué ha pasado con mi ropa?

—Tu vestido está colgado en mi armario, y tu ropa interior está ahora mismo en la lavadora. Enseguida la pondré en la secadora.

—Oh, gracias, pero no tenías que hacerlo.

—Pensé que te gustaría que alguien se preocupara por ti, para variar.

Rachel no sabía qué decir. Nadie se había preocupado por ella. Se había cuidado sola de pequeña, y cuando se casó con Brody, fue ella la que llevó los pantalones en casa desde el principio.

A ella le gustaba así, pero había tenido que trabajar mucho para ser la encargada del hogar, haciendo todo el trabajo de casa, controlando el dinero y ocupándose de las facturas.

Tras su muerte, se quedó sola y tuvo que encargarse hasta del jardín, pues entonces no tenía dinero para pagar a nadie para que se ocupara de ello, como ahora.

Quinn sonrió.

—¿Por qué no te sueltas el pelo? Deja que te lo suelte yo.

Rachel se puso muy nerviosa al sentirla detrás de ella, tocándole el pelo, y se quedó muy quieta y tensa mientras Quinn le quitaba las horquillas y le acariciaba el pelo para dejarlo caer sobre sus hombros.

Cuando se inclinó para besarla en el hombro, se puso aún más tensa.

—Relájate —le dijo ella— No muerdo.

—¡Entonces deja de actuar como una leona hambrienta! —le espetó Rachel.

Quinn se echó a reír, pero volvió a lo que estaba haciendo en la encimera de la cocina, dejándola enfadada consigo misma.

Había decidido quedarse, ¿no? Pues entonces no tenía ningún sentido responderle bruscamente.

—Lo siento, Quinn —le dijo ella, sentándose en una de las banquetas frente a la barra de la cocina— No tenía que haberte dicho eso.

—No, no —repuso ella sonriendo— Tenías razón. Estaba actuando como una leona hambrienta; la verdad es que me encantaría devorarte entera aquí mismo, pero creo que puedo esperar. Espero que te guste tu sándwich.

—Gracias. Me gusta todo.

—Oh, muy bien, señorita recatada, pero se me había olvidado que tienes que quitarte la toalla mientras comes.

Rachel la miró boquiabierta.

—¿Quieres que esté aquí sentada, desnuda?

—Si yo juego, tú también —le dijo, e inmediatamente los boxers cayeron al suelo.

Rachel abrió la boca aún más.

—¿Por qué empiezo a sospechar que ya has hecho esto antes?

—¡Nunca! Al menos, no aquí. No he traído a ninguna mujer a esta casa desde que la compré. Llevo célibe semanas y semanas mientras acababa ese horrible libro.

A Rachel le gustó pensar que no se había acostado con ninguna mujer recientemente, aunque tal vez ése fuera el motivo por el que la había perseguido con tanto interés.