Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


—¿Y bien? —apremió Quinn caminando hacia la barra con dos platos con sendos sándwiches— Estoy esperando.

—No puedo, Quinn

—No seas ridícula. Ni siquiera podré verte desde aquí. Sólo la parte superior. No te dará vergüenza enseñar tus preciosos pechos, ¿verdad?

¡De repente, a ella le daba vergüenza enseñar cualquier cosa!

Pero quería hacerlo, y eso era lo más raro con Quinn: podía hacerle desear hacer cosas que encontraba vergonzantes.

—Pero sabrás que estoy completamente desnuda —protestó ella.

—Ese es el punto Rachel, el que yo lo sepa. Eso es lo excitante del asunto.

—Pero no necesitas excitarte.

—No estaba hablando de mí, preciosa.

—Oh...

—Sólo tienes que hacerlo —le dijo— y verlo tú misma.

El corazón empezó a golpearle contra el pecho antes incluso de haberse quitado la toalla. Cuando ésta cayó al suelo, Rachel se sentía un poco mareada. Y tenía calor.

Quinn le puso el plato delante y una taza de café, y ella la miró fijamente.

—Creo que no tengo hambre.

—Tienes que comer algo. Y beberte el café. No quiero que te desmayes sobre mí.

—Yo nunca me desmayo.

—Siempre hay una primera vez.

Sí, pensó Rachel, y esa noche había estado llena de nuevas experiencias para ella. Si su madre pudiera verla ahora...

Shelby Corcoran había estado con varios hombres después de divorciarse, y Rachel odiaba cuando volvía de clase y encontraba las evidencias de las actividades de su madre en la casa: otra toalla mojada en el baño, el olor a sexo en la casa, el lápiz de labios corrido de su madre...

Siempre se había dicho que no sería como ella en ese aspecto, pero allí estaba, en casa de Quinn Fabray, completamente desnuda y sorprendentemente excitada.

Increíble.

—Has vuelto a hacerlo —gruñó Quinn.

—¿El qué?

—Pensar

—Pensar no tiene nada de malo.

—Sí lo tiene cuando lo haces tú.

—Creo que debería irme a casa —dijo, de repente.

Los ojos de Quinn se oscurecieron y dejó lentamente la taza de café sobre la barra de mármol.

—¿Es lo que quieres realmente?

—Sí... No... ¡No lo sé! Y no me gusta no saberlo, Quinn —exclamó confusa— No me gusta no tener el control de la situación.

Quinn hizo una mueca y sacudió la cabeza.

—Tal vez haya ido demasiado rápido. Tal vez debamos dejar las cosas así hasta otro día.

—¿Otro día?

—¿Es que acaso crees que esta noche es la última vez que nos veremos?

—Bueno, prometí limpiar tu estudio el martes.

—No me refiero a eso, y lo sabes.

—Pero a ti no te gustan las relaciones —protestó ella — Bueno, eso es lo que me dijiste.

—Dije que no quería casarme, pero eso no implica no tener novia. Quiero que seas mi novia, Rachel. Quiero llevarte a todas partes, comprarte cosas, mimarte...

Ella la miró fijamente. Qué mala era.

—No puedo ser tu novia —le dijo— Bueno, no quiero serlo.

Quinn reaccionó como si le hubieran dado una bofetada.

—¿Puedo preguntar el motivo?

—¡Porque no tengo tiempo!

—Vaya excusa. Tienes mucho tiempo; eres tu propia jefa. Dime la verdad.

—De acuerdo. Eso complicaría las cosas.

—¿En qué sentido?

—Tommy es mi prioridad en la vida. No quiero hacer nada que ponga en riesgo su felicidad.

—¿Cómo afecta a tu hijo el que seas mi novia? Yo no interferiré en su educación, y seré buena con él. También le llevaré a sitios y le compraré cosas.

Ahora estaba siendo más mala aún. Estaba intentando seducirla a través de su hijo. Pero acababa de cometer un error al pensar que su oferta materialista la haría cambiar de idea.

—Eso es exactamente de lo que estoy hablando. Tommy empezará a pensar lo fantástica que eres. Eres su tipo de amiga, Quinn, pero un día me dirás: «lo siento, Rachel, me he cansado de jugar a las mamás». Y eso será todo. Tommy se quedará destrozado de nuevo, y ya lo pasó bastante mal con la muerte de su padre. Entonces aún era pequeño, pero ahora tiene nueve años, y una capacidad de sufrir aún mayor.

—En ese caso, mantendremos a Tommy al margen de nuestra relación.

Rachel sacudió la cabeza.

—¿Cómo? No tengo la menor intención de dejar a Tommy solo, o mandarle a casa de los vecinos para que lo cuiden ellos. Tendría que decirle a mi madre lo nuestro y...

—¿Y qué tiene de malo? —la interrumpió Quinn, cada vez más decepcionada.

—¡No lo entiendes!

—No, no lo entiendo —contestó frustrada — Mira, estamos teniendo nuestra primera pelea, y ni siquiera estamos juntas aún. ¿Qué te parece si paramos y volvemos a la cama? Nos llevamos muy bien en la cama.

Rachel se quedó mirándola. La cabeza le daba vueltas. Quinn no iba a dejar que volviera a decirle que no, estaba claro.

—Si no te apetece —siguió Quinn con una sonrisa muy sexy— podemos ir a la piscina y hacer el amor en el agua.

Rachel tragó saliva. Nunca había hecho el amor en el agua, ni en ningún otro sitio que no fuera la cama. La idea era tentadora, igual que Quinn.

—Tú eliges —dijo ella; al parecer había olvidado completamente lo de llevarla a casa.

Rachel había limpiado la sala de la piscina cubierta, y sabía que era como un decadente baño romano. Las paredes estaban cubiertas de mármol negro, los bordes de la piscina, de mármol blanco, y la piscina era azul.

Como ella no decía nada, Quinn la levantó de la banqueta.

—¿Es que no sabes qué es lo mejor para ti? —y la llevó en dirección a la piscina.

Sí, pensó ella con desesperación, «y no eres tú, Quinn Fabray, la mujeriega sin escrúpulos. Te conozco, he leído tus libros. Sé que no eres el diablo disfrazado, sino Hal Hunter disfrazado.»

Hal devoraba a las mujeres y escupía las sobras, pero ella era la primera mujer que la hacía sentir de ese modo. No podía darle la espalda a lo que tenía que ofrecerle. Era incapaz. Pero sí haría lo posible por mantener la cabeza fría.

«¡No voy a enamorarme de ti, Quinn Fabray!»


—NUNCA pensé que te vería sin maquillaje —fue el primer comentario de su madre cuando Rachel llegó a su casa al día siguiente— O sin haberte secado el pelo.

Rachel se pasó una mano por el pelo, aún húmedo después de la segunda ducha que se dio cuando Quinn la dejó en casa. Después, llamó a toda prisa a su madre diciéndole que iría enseguida. No tuvo ganas de peinarse con cuidado ni de maquillarse... tenía la cabeza en otras cosas.

—Estaba muy cansada como para pensar en eso —le dijo distraída— Estaré hecha un desastre.

—Estás preciosa. Debiste pasarlo bien para quedarte hasta tan tarde. Vamos dentro, quiero que me lo cuentes todo.

Rachel sacudió la cabeza mientras seguía a su madre dentro de casa. No tenía ninguna intención de contarle nada a su madre. Y no era porque su madre fuera a escandalizarse, sino porque le haría preguntas incómodas para las que ella no tenía respuesta.
Nunca se había sentido tan confundida e inquieta. Su vida había escapado de repente de su control, y ya no sabía cómo acabaría aquello.

Lo único que tenía claro era que su aventura con Quinn no estaba en absoluto acabada. De la noche a la mañana, se había transformado en una devota del sexo, y estaba totalmente obsesionada con Quinn y con lo que sentía cuando estaba con ella.

Le había costado mucho no aceptar su propuesta de ir a su casa después de dejar a Tommy en el colegio al día siguiente, sobre todo, después de su insistencia mientras la llevaba a casa. Pero ella puso su tono más frío y profesional para decirle que tenía que ocuparse de su empresa y que los lunes siempre tenía mucho trabajo.
En aquel momento, Rachel se sintió orgullosa de su determinación, porque sabía que podía haber hecho un hueco para ir a verla el lunes por la tarde, pero, en cuanto Quinn se despidió, Rachel se arrepintió; se sintió sola y vacía.

El sentimiento la afectó de nuevo y la hizo suspirar, lo cual provocó una mirada suspicaz de su madre.
—Me parece que necesitas una taza de café.

—Me encantaría —agradeció Rachel. No había querido desayunar en casa de Quinn, pues se había despertado tardísimo.

Cuando se sentó en una silla a la mesa de su madre, recordó el momento en que se sentó desnuda a comer frente a Quinn. Nunca había sentido tanta vergüenza ni tanta excitación en su vida. Su madre se giró desde la encimera, donde estaba preparando el café.

—Por cierto, Tommy está en casa de los vecinos. Han venido sus nietos de visita este fin de semana. Uno de ellos es un chico de doce años, y es muy responsable, así que no tienes de qué preocuparte.

Rachel se sintió terriblemente culpable al darse cuenta de que no había pensado en Tommy en absoluto. De repente, su hijo había pasado a ocupar un lugar oscuro en sus pensamientos, y aquello era intolerable. Su hijo era la persona más importante de su vida, y no dejaría que la mujeriega de Quinn ocupara su lugar en sus pensamientos ni en su corazón.

—¿Ha sido bueno? —preguntó, intentando volver a ser la madre preocupada y protectora que ella era.

—Ha sido como todos los niños, Rach. Los niños pocas veces son buenos todo el tiempo. Además, no hay nada peor que los niños formales; cuando son mayores son unos debiluchos. Por cierto, dice que quiere ser militar cuando sea mayor.

—¡Militar! Pensé que quería ser médico.

—Cambió de idea anoche, con la película de comandos.

—¿Le has dejado ver una película violenta?

—Sólo morían los malos —dijo inocentemente su madre.

—Sabes que no me gusta eso.

—Bueno, por lo menos no había sexo —Shelby se puso a la defensiva— Sé que no te gusta que vea sexo en las películas. Pero a ti tampoco te gusta —añadió, mirándola como si su hija fuera una puritana.

Si ella supiera, pensó Rachel, recordando algunas imágenes de la noche anterior. El episodio de la piscina había sido bastante increíble, pero no se podía comparar con el encuentro en la terraza, con ella agarrada a la barandilla y Quinn detrás de ella. Se le secó la boca sólo de pensarlo.

—No me importa el sexo en las películas —dijo ella— sólo cuando es de mal gusto.

«Hipócrita», se dijo. Entonces recordó la película en la que la pareja tenía sexo en la encimera de la cocina. Eso aún no lo había probado. Ni en la ducha; eso salía siempre en la tele... Era cierto que el agua provocaba una sensación muy erótica sobre la piel desnuda.

—¿A qué hora te acostaste? —preguntó Shelby llevando dos tazas de café a la mesa.

—No estoy segura. Sobre las dos —directamente no se había acostado.

—Intenté llamarte sobre las once de la mañana para preguntarte si Tommy podía ir a casa de los vecinos, pero no contestaste al teléfono.

—Aún estaba completamente dormida —replicó, sin faltar a la verdad.

—Pero tienes el teléfono al lado de la cama.

—No dormí ahí. Caí rendida en el sofá de la salita.

—Parece que bebiste demasiado.

—El champán era gratis —se le hizo un nudo en la garganta.

—Qué suerte. ¿Estaba tu escritor favorito?

—¿Quién? Oh, te refieres a Freeman...

—Sí. ¿Ganó?

—Sí. Y tenías razón, ese no es su verdadero nombre. Se llama Quinn Fabray —vaya, estaba consiguiendo mantener la calma. ¿Es que cuando una tenía una aventura se convertía en ninfómana y en actriz al mismo tiempo?

—¿Quinn Fabray? ¿Es una mujer? — Preguntó Shelby sorprendida

—Sí, te dije que no te dejaras guiar por Hal.

—Vaya, la verdad es que no lo esperaba… Bueno, y cuéntame ¿cómo es? ¿es guapa?

—Es alta, rubia y atractiva...

—Suena estupenda. ¿Cuántos años tiene?

—Treinta y tantos.

—¿Pareja a la vista?

—Llegó con una morena.

—Normal. A Hal gustan las morenas.

A Rachel no le gustaba que le recordaran eso. Ni cuánto se parecía Quinn a Hal.
Su madre suspiró, casi como las fans de Quinn la noche anterior.

—Desde luego, tengo que volverme a leer sus libros —dijo— pero aún no. Aún los tengo muy frescos. ¿Te leíste el que te llevaste ayer?

—No, no tuve tiempo, pero me gustaría volver a leerlos todos. ¿Podrías pasármelos, ya que estoy aquí?

—Claro.

—¿Vas a leerte todos esos libros, mamá? —preguntó Tommy de camino a casa.

—Sí, Tommy

—¿Cuándo? Nunca tienes tiempo para hacer las cosas que yo quiero hacer.

Rachel sacudió la cabeza. Niños. Siempre te lo reprochan todo.

—Yo leo cuando tú te vas a la cama, después de que te duermas.

—No me gusta irme a dormir —gruñó Tommy— Me haces acostarme muy temprano. En casa de la abuela no me tengo que acostar pronto. Anoche vimos una película genial de... ¡uy!

—No te preocupes, Tommy. La abuela me lo ha contado— Tommy abrió mucho los ojos.

—¿Te lo ha contado? Dijo que nos meteríamos en un lío si te lo contábamos. ¿Te has enfadado con ella?

—No, Tommy, pero sabes que no me gusta que veas películas violentas.

—No era violenta, mamá, era genial. El héroe era genial. Cuando sea mayor, seré como él. Jason y yo hemos estado jugando al ejército. ¿Puedo volver a casa de la abuela el fin de semana que viene? —Pidió el niño— Jason va a venir de Sidney otra vez y quiere que yo vaya también para jugar.

¿Qué era aquello? ¿El destino estaba jugando con ella?

—Por favor, mamá —suplicó Tommy.

—Si eres bueno —respondió ella, intentando no parecer contenta— Y te vas a la cama cuando te lo diga.

—Te lo prometo, mamá. Y me lavaré los dientes sin que me digas nada.

—¡Sería la primera vez! De acuerdo, si haces todo eso, podrás ir a casa de la abuela el fin de semana que viene.

—¡Genial! ¡Tengo que decírselo a la abuela!

Por primera vez, Rachel no se sintió celosa por el hecho de que su hijo quisiera estar con su madre. Estaba pensando que estaría completamente libre para estar con Quinn de nuevo todo el fin de semana, sin tener que preocuparse por Tommy. ¿Eso la convertía en una ninfómana? ¿O simplemente en una chica que había descubierto el sexo demasiado tarde? Una tercera posibilidad saltó a la cabeza de Rachel e hizo que le diera un vuelco el corazón.

Tal vez estuviera actuando como una mujer que por fin se había enamorado. No sólo la deseaba, sino que se había enamorado. Tal vez aquello no tuviera nada que ver con sus hormonas, y sí con su corazón.

Rachel se sintió mareada al pensar que podía haberse enamorado de Quinn. ¡Qué pérdida de tiempo! De todos modos, le pareció más aceptable el estar enamorada que el ser una adicta al sexo.


—¡Mamá! —gritó Tommy— ¡Otra vez te has pasado nuestra calle!

—Lo siento, cariño —gruñó ella.

—No te preocupes.

Cuando aparcó frente a su casa, Tommy la miró.

—Estás muy guapa esta mañana, mamá.

—¿En serio? —ella no lo creía, pero todo el mundo se lo decía: Quinn, su madre, su hijo...

—Sí, estás genial.

—Gracias, Tommy —repuso ella, sonrojándose.

—Cuando crezca, me casaré con una chica como tú.

Rachel sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Nunca le habían dicho nada tan bonito.

—¡Mamá, estás llorando! —exclamó Tommy, sorprendido.

—¡Nada de eso! —Replicó ella, secándose los ojos— Es que se me ha metido algo en el ojo.

Tommy no pareció convencido y se quedó muy callado hasta que su madre salió del coche.

—Voy a prepararme para bañarme —le dijo nada más entrar en casa.

—Buena idea —dijo Rachel suspirando.

De repente, se sintió muy cansada y muy frágil. Ojalá pudiera dormir bien aquella noche, y por la mañana, recuperar su carácter.