Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen


Rachel no podía dormirse. No podía relajarse, y al final, acabó sentándose en la cama para volver a leer "La balanza de la justicia" y tratar de comprender hasta qué punto Quinn era Hal.

En Tailandia, los padres de Hal habían muerto en un ataque terrorista a un complejo de vacaciones, y él creció obsesionado con la idea de la justicia y la venganza. Decidió no volver a sentirse tan débil como el día que murieron sus padres, ante sus ojos, cuando él tenía catorce años.

Probablemente fue eso también lo que Quinn sintió cuando el hombre que mató a sus padres no recibió un castigo acorde con su crimen. Quinn no pudo hacer mucho en el momento sin romper la ley, pero Rachel imaginó cómo le satisfizo el darle a su personaje los medios para vengarse de los malos.

En su primer libro, Hal adolescente era fuerte y brillante, pero usaba su fortuna para aumentar estas capacidades. Incrementó su fortuna con algunas inversiones acertadas y cultivando ciertas amistades, buenas y malas: políticos, magnates, herederos...
Compró una agencia de noticias para saber qué pasaba en cada lugar, en cada momento. Y mientras, buscaba al líder del grupo terrorista que había reclamado la autoría del atentado en el que murieron sus padres y doscientas personas más.
Rachel ya había leído el libro y sabía que Hal lo encontraba y lo mataba.
También seducía y ejecutaba a una mujer de la organización terrorista después de haber encontrado una dirección que necesitaba. Hal no tenía piedad en cuanto a las mujeres; utilizaba sus habilidades sexuales para sonsacar información y ajustar su venganza, y no se alteraba porque esas mujeres se enamoraran de él.

Quinn nunca se enamoraba ni había permanecido mucho tiempo con la misma mujer.
Rachel empezaba a preguntarse cuánto duraría ella cuando sonó el teléfono de su mesilla.

Por un segundo dudó antes de responder, por si era Quinn. No quería hablar con ella, pero a la vez, no quería que el ruido despertara a Tommy.

—¿Sí? —respondió brevemente por fin.

—Hola, Rachel, soy Gail. Siento molestarte en domingo, pero tenía que hablar contigo.

—Oh, ¿Qué ocurre? ¿Qué tal el tobillo?

—Oh, mucho mejor, pero no voy a poder ir a casa de Quinn Fabray el viernes. Ni ningún viernes más.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido?

—Nada malo. Phil ha conseguido otro trabajo; le pagan muy bien y me ha dicho que, si no quiero, no tengo que seguir limpiando. Lo cierto es que odio limpiar. Ya tengo bastante con mi casa, así que no volveré a la empresa. Lo siento. Has sido muy buena conmigo y no te quería dejar en mala posición, pero creo que tendrás tiempo de encontrar a alguien para
el viernes.

—No te preocupes, Gail —dijo— No pasa nada. Y me alegro por lo del trabajo de tu marido. Te mereces tener buena suerte. Si alguna vez quieres volver, llámame.

Gail echó a reír.

—No creo que vuelva, a menos que vuelvan a despedir a Phil. Bueno, probablemente te veré en la salida del colegio mañana, pero te lo quería decir cuanto antes. Intenté llamarte anoche y esta mañana, pero no estabas.

—Había salido —y había olvidado encender el contestador. Desde que Quinn entró en su vida, había ido dando tumbos.

—¿Sabes? Deberías volver a casarte, Rachel —fue el inesperado consejo de Gail.

Rachel sintió que se le hacía un nudo en la garganta, y comprendió el motivo: se estaba enamorando de Quinn. No servía de nada ocultarlo o pensar que era un ofuscamiento pasajero por el sexo.

¿Y por qué le sentaba tan mal el consejo de Gail? Porque sabía que Quinn nunca se casaría con ella. Lo único que quería era compañía temporal y mucho sexo.
Era irónico y trágico: para Rachel, el descubrir los placeres del cuerpo llegaba acompañado de sufrimiento futuro.

—No creo que eso ocurra, Gail —dijo con cierta sequedad— Te veré mañana. Adiós.

Colgó antes de que las lágrimas inundaran sus ojos. Con un suspiro, se levantó y fue al baño a lavarse la cara y a sonarse la nariz con furia. Al verse en el espejo se sintió enfadada consigo misma.

¿Qué le ocurría? Ella nunca lloraba, y aquel día le había pasado dos veces. Todo por culpa de esa mujer. Ojalá no la hubiera conocido nunca. Ojalá no hubiera leído sus malditos libros. Seguro que Quinn no estaba llorando en ese momento, ni pensando en ella. Seguro que estaba trabajando, pensando en nuevas aventuras para su despiadado héroe, y dándole más mujeres que seducir. ¡Y morenas, claro!

Mientras Rachel volvía a la cama y a su libro, Quinn estaba sentada frente a su ordenador, trabajando en el inicio de un nuevo libro. Aún tenía un año para escribirlo, por contrato, pero ella sabía que si no empezaba inmediatamente, no conseguiría acabarlo a tiempo.

El problema era que no podía escribir ni una palabra después de «Capítulo Uno»: sufría de un bloqueo que nunca antes había tenido.

—¡Es por esa mujer! —exclamó, golpeando la mesa con las palmas de las manos antes de ponerse de pie.

¿Por qué no podía ser como las demás?, pensó irritada, yendo hacia el salón. Cuando ella ya pensaba que la tenía comiendo de su mano, Rachel se había transformado de nuevo en la princesa de hielo. Sabía que podía haber encontrado tiempo para ella al día siguiente, y además, estaba convencida de que quería estar con ella. Pero no.

La luz de la mañana había devuelto a Rachel a su tensión habitual, y la chica apasionada que había hecho el amor con Quinn en la terraza, a la luz de la luna, quedó encerrada hasta que ella decidiera que era el momento de liberarla. Rachel estaba obsesionada por mantener el control, pero cuando lo perdía...

Quinn recordó la noche anterior. Le había encantado ver sus ojos y sentir su cuerpo en el momento antes de llegar al orgasmo. Le encantaba llevarla hasta allí. Le encantaba verla después, tan dulce y serena, y tan suya.
Pronto Quinn comprendió que no podía imponer cosas a Rachel, por muy desesperada que estuviera por estar con ella; por la mañana le había costado no tocarla, pues estaba obsesionada con Rachel.

Cuando la había dejado en casa por la mañana, Quinn había empezado a trazar una estrategia para minar la determinación de Rachel de controlar sus propios deseos.
Y probablemente, ése era el motivo por el que era incapaz de pensar en una nueva trama. El área de cerebro encargada de tramas estaba ocupada, aunque no con mucho éxito, la verdad.

Se sirvió una copa de vino, pensando que tal vez eso la ayudaría, y se lo llevó delante de la tele. Al encenderla, vio que ponían una comedia romántica sobre dos enamorados que se encuentran al final.

—Qué oportuno —dijo ella— Tal vez me dé algunas ideas.


Rachel miró el reloj del ordenador. Eran las once.

La mañana se le estaba haciendo interminable. No había dejado de pensar en Quinn mientras hacía sus tareas de los lunes. A ella le dijo que tendría mucho trabajo, pero lo cierto era que podía haber hecho un hueco para verla después de comer. O incluso antes. O para comer.
Rachel pensó en lo que habían hecho en la piscina y sintió un nudo en el estómago. Quinn le había dado varios orgasmos seguidos y ahora ella no podía quitarse de la cabeza la sensación de su lengua recorriéndola de arriba abajo y dentro...

Se estremeció, sorprendida por lo excitada que se había puesto al pensarlo.
Habría sido muy fácil llamarla y decirle que iba para allá. Fácil, pero patético. No quería convertirse en una de esas mujeres que acudían cuando ella chasqueaba los dedos, y sabía que no le costaría mucho.
Tendría que verla al día siguiente para limpiar su estudio, y Rachel ya sabía de antemano que no limpiaría demasiado. ¿Y el viernes? Tendría que volver el viernes para limpiar su casa, pues no iba a dejar que nadie más fuera allí. La mayoría de sus empleadas eran jóvenes y guapas, y un poco alocadas, en su opinión. Un poco como ella últimamente, le dijo una vocecita en su interior.

En ese momento, sonó el timbre de la entrada y Rachel se levantó de un salto.

—¡Por favor, que no sea Quinn! —pensó, completamente excitada.

Al abrir la puerta, no vio el Porsche negro de Quinn, sino una furgoneta de reparto y a un señor uniformado frente a ella con un precioso ramo de rosas en la mano.

—¿Rachel Berry? —preguntó.

—Sí, soy yo.

—Tiene suerte —le dijo el hombre, con una sonrisa— Hay una nota. Que tenga un buen día.

Rachel llevó las flores a la cocina con manos temblorosas y abrió la nota: Para una mujer muy especial, Quinn.

Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No recordaba la última vez que le habían regalado flores.

—Quinn—susurró, acariciando los suaves pétalos de las flores con los labios— si supieras cuánto deseo decirte que sí a todo lo que me pidas...

En ese momento, sonó el teléfono. Intentó recomponerse, pues tenía que ser su madre. No pasaba un día sin que la llamara.

—¿Sí? —respondió desde la cocina.

—¿Han llegado las flores?

—Quinn —susurró ella, sin aliento.

—La misma. ¿Y las flores?

—Acaban de traerlas

—¿Y?

—Son preciosas

—Espero que sean rosas rojas. Las he pedido esta mañana a primera hora y le pedí a la florista que te las llevara enseguida.

—Pues han llegado y son maravillosas —dijo Rachel— Aunque terriblemente caras, imagino. En serio, Quinn, no tenías que haberlo hecho.

—Te dije que quería mimarte

Era imposible no sentirse encantada.

—Tendré que esconderlas. No puedo dejar que Tommy o mi madre las vean.

Quinn no dijo nada por un momento.

—No te las he enviado para que las escondas —dijo irritada— ¿Por qué no dices que son de una clienta? Es casi la verdad.

—Mi madre no se lo creerá.

—Eres una mujer muy difícil. De acuerdo, pero no quiero que las escondas. Tráelas cuando vengas mañana y les daremos buen uso.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Rachel, perpleja

—Ya te enterarás

—¿Tengo que recordarte que voy a limpiar tu estudio? —le dijo, pero su cuerpo se estremeció al pensar en todas las cosas eróticas que podían hacer con las rosas

—Claro que sí, y puedes llevar tu precioso delantal. Y nada más. Excepto perfume y zapatos de tacón. Y te tienes que pintar las uñas de los pies y los labios de rojo, como las rosas

Rachel estaba horrorizada con la imagen que se estaba haciendo en el cerebro. Horrorizada, pero muy excitada.

—¿De verdad esperas que haga todo eso?

—¿Esperarlo? No, pero puedo imaginármelo.

—Oh...

—Rachel, me has tenido todo el fin de semana pensando en ti. No puedo dejar de hacerlo. Me estoy volviendo loca de deseo por ti. He intentado escribir hoy, pero no he podido; tengo la cabeza demasiado llena de ti

—Por favor, no me hables así —pidió ella, con la voz llena de pasión

—¿Por qué no? ¿Es que no puedo decirte lo mucho que te deseo? ¿Tú sientes lo mismo, verdad?

Rachel se quedó en blanco. No sabía qué más decir después de que Quinn le confesara que la había pensado durante todo el fin de semana.

—Yo... yo...

—Sé que te cuesta admitirlo. Todo esto es nuevo para ti. Ayer lo noté. Querías huir de las sensaciones, pero no tienes que tener miedo Rachel. No te haré daño. Lo prometo.

—Las promesas son sólo palabras, Quinn

—Pero para mí son de verdad. Nunca me echo atrás cuando doy mi palabra.

—Entonces prométeme que no me convertirás en un juguete tuyo sin voluntad

—¿Es eso lo que crees que intento hacer?

—Sé que es lo que intentas hacer. ¿Por qué si no me pides que me ponga tacones para limpiar? Si me respetaras y te gustara de verdad, te bastaría con que estuviera ahí. No tienes por qué vestirme como si fuera una prostituta.

El silencio en la línea le produjo pánico. Lo había vuelto a hacer.

—Lo siento, Quinn —dijo con la voz entrecortada— pero eso es lo que me pareció.

—No, no, tienes razón. Olvido una y otra vez que tú eres distinta

—¿Distinta de qué? —le espetó— ¿De tus compañeras de cama habituales? Supongo que seré muy aburrida

—Creo que eres muy especial. Y nada de aburrida, pero aún tienes demasiados prejuicios sobre el sexo. Hacer el amor también puede ser divertido, no tiene por qué ser un asunto serio siempre. Lo de disfrazarse es sólo un juego, Rachel. Siento haberte ofendido

—No, soy yo la que lo siente. Tienes razón. Y sí, tengo miedo. Me gustaría disfrazarme para ti, Quinn, pero no sé si tengo confianza suficiente, o coraje.

—Tienes más coraje que nadie que conozca —dijo con fiereza

—Y tú eres demasiado fuerte para mí —suspiró ella, rendida

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada. Todo. Ahora tengo que dejarte. Te veré mañana

—¿A qué hora?

—En cuanto deje a Tommy en el colegio

—Ya estoy contando las horas. Cuídate, Rachel

—Tú también

Rachel colgó y sacudió la cabeza. Quinn era demasiado fuerte para ella, y, en lo sexual, era suya, hasta que Quinn quisiera. Sabía de sobra que las mujeres como ella no eran fieles mucho tiempo. Lo único que podía hacer era mantenerla apartada de la vida de su hijo hasta el día que la dejara.

—Eso sí lo puedo controlar —declaró Rachel con fiereza—Y lo haré


—No has traído las rosas —fue lo primero que le dijo Quinn después de abrirle la puerta.

Rachel tragó saliva al mirarla a los ojos. Se le había olvidado lo guapa que era.

Los skinny jeans blancos y la camiseta negra de media manga y ajustada que llevaba ponían de manifiesto su silueta delgada y bien trabajada en el gimnasio. A pesar de sus pies descalzos, que le daban un aire descuidado, se había peinado y se había puesto unas gotas de perfume.

—Se me olvidaron

Mentira, pero no habría podido meter dos docenas de rosas en el coche con Tommy sin haber tenido que dar explicaciones. De hecho, el día anterior las había guardado en su armario para evitar precisamente eso.
Lo que no se había olvidado era el delantal, ni los tacones. Eran blancos, con la parte delantera abierta. Llevaba el mismo pantalón blanco y camiseta gris del último viernes, pero debajo se había puesto su conjunto más sexy, de satén color blanco, con tanga. En cuanto a los labios y las uñas, se las había pintado de color bronce.

—Te has vuelto a recoger el pelo —comentó Quinn decepcionada

—Siempre lo hago para limpiar

—Ven —le dijo ella, algo frustrada

Y la llevó de la mano hasta su estudio.

—¡Oh! ¡Está todo limpio! —y no sólo limpio, sino también perfectamente ordenado

—Lo hice ayer después de hablar contigo

—¿Por qué, Quinn? —preguntó ella, confusa. Se había pasado toda la noche pensando en ser valiente para limpiar completamente desnuda, excepto por el delantal, imaginando que eso era lo que ella quería

—Porque no quería perder un segundo en nada que no fuera el que me hicieras el amor

—¿Cómo? ¿Que yo te haga el amor a ti?

—Claro

—Pero no sé qué hacer...

—Rachel, has leído mucho. Sí sabes qué hacer

Rachel trató de tragar el nudo que se le estaba formando en la garganta, sin éxito.

—¿Podrías... podrías besarme primero, Quinn, como lo hiciste la otra noche?

Quinn pensó que, si empezaba a besarla, ya no podría parar. No había dejado de pensar en ella desde el domingo, y para cuando llegó, ella ya había decidido no perder tiempo en jueguecitos. Su intención era hacerle el amor de inmediato y mantenerla en la cama casi todo el día, con un único descanso para comer.
No tenía ni idea de por qué la había retado a que le hiciera el amor... había sido algo que le había salido sin pensar, pero la idea le excitaba tanto, que no quiso dejarla escapar.

—No —dijo con firmeza— Bésame tú

Rachel no estaba lista para aquello y abrió mucho los ojos. Pero era demasiado tarde para echarse atrás; Quinn estaba decidida a hacer perder el control a su princesa de hielo. Después de un segundo, Rachel agarró su bolso y lo dejó sobre su mesa. Después se volvió hacia Quinn, que estaba en el umbral del estudio, la miró a los ojos y la tomó de la mano para llevarla a la habitación.

—Eres demasiado alta para mí, Quinn —le dijo por el camino— Tienes que tumbarte.

¡Qué voz tan fría y tan controladora! Quinn se sintió frustrada.

Para cuando Quinn se tumbó en la cama, la piel le ardía y el corazón le latía a un ritmo endiablado. La miró con la boca seca quitarse los zapatos, tumbarse a su lado y buscar sus labios.

—No olvides que esto fue idea tuya —le dijo, con voz temblorosa que delataba los nervios que sentía.

La besó suavemente, apenas rozándole los labios. Fue un beso ridículamente dulce, pero hizo a Quinn gemir. Rachel levantó la cabeza y la miró nerviosa.

—¿He hecho algo mal?

—No, que yo sepa— Rachel sonrió

—Creo... creo que te quiero ver desnuda

—¿Desnuda? —se sorprendió ella

—Sí, por favor

Quinn se quitó la ropa a toda velocidad y suspiró de alivio al liberar su atormentada carne.

—Cielos —susurró Rachel al mirarla

—Más bien, el infierno —repuso Quinn con un tono divertido— ¿Y tú, qué?

Ella sonrió, pero no fue una sonrisa dulce, sino una sonrisa sensual.

—De acuerdo —accedió, y se puso de pie sorprendiendo a Quinn con un explosivo y lento striptease.

No estuvo nada torpe y sí muy sexy, quitándose la camiseta primero a la vez que movía las caderas al ritmo de una música que sonaba en su cabeza.

Su sujetador color crema era delicioso, y apenas le cubría los pezones. Quinn contuvo el aliento esperando que se lo quitara a continuación, pero no lo hizo. En su lugar, se soltó el pelo de una forma muy sensual, y sólo después se quitó el sujetador.

Durante sus años en el ejército, Quinn había visto unos cuantos stripteases, algunos realizados por experimentadas bailarinas de cuerpos voluptuosos, pero ninguno le había provocado lo que el sencillo acto de Rachel.

Cuando Rachel bajó las manos hacia los pantalones, Quinn se quedó sin respiración. Poco después, Rachel estaba frente a ella sin nada más que un tanga a juego con el sujetador y aún más provocador que éste. Para entonces, el deseo de Quinn ya había llegado a un punto de no retorno. No sabía cómo iba a soportar esperar a que se quitara la última prenda.


¡Hola! Bueno, dejo capítulo acompañado de esta N/A porque necesito vuestra opinión en algo.

A este fanfic le quedan 3 capítulos y tengo 2 historias preparadas pero no sé cual subir. Así que os dejo el argumento y me decís cual de las dos os gusta más. Son bastante diferentes la una de la otra, así que no sé... ahí os va:

Opción A: Rachel Berry siempre ha sido una chica responsable, nunca ha sido de las que rompen las reglas, pero durante las vacaciones de verano, ella y sus amigas usan identificaciones falsas para colarse en un club. Es ahí donde conoce a una camarera guapa y seductora, Quinn Fabray. Se caen bien inmediatamente, cada vez más con cada día que pasa, pero como todo los veranos, tiene que terminar en algún momento.
El último curso de Rachel se acerca y se lleva una sorpresa cuando empieza su último año en el instituto... - (
Es una historia de amor bastante bonita, muy "light", no profundiza mucho en la escenas sexuales, ni nada por el estilo)

Opción B: Rachel Berry hará cualquier cosa para convencer al hombre de sus sueños, el popular cantante Brody Weston (cuyos gustos sexuales son algo diferentes) de que están hechos el uno para el otro. Decidida a demostrar que es lo suficiente mujer para él, le pide a una vieja conocida que sea su tutora sexual. Atrevida y descarada, Quinn le advierte que está jugando con fuego, lo que no impide que la tome bajo su tutela y que, junto con su prima Santana, le enseñe los placeres de ser compartida. Aunque ella se reserva para Brody, pronto descubrirá que Quinn es la única persona capaz de satisfacer todas sus fantasías. Pero Rachel querrá más... - (Esta tiene escenas sexuales MUY explícitas tanto Faberry, como PezBerry, pero se centra principalmente en la relación Rachel-Quinn. Lenguaje bastante obsceno. G!P Quinn y Santana)

Eso es todo, espero vuestra opinión ;)

P.D: Dianna dandole FAV a un tweet de Lea... ACHELE IS ON BITCHES! xD