Ella estaba a la puerta de la biblioteca cuando Rachel llegó justo a las once, y una vez más, su aspecto sofisticado la sorprendió.
Quinn llevaba unos skinny jeans color hueso, una camisa de seda azul turquesa y unos zapatos marrones muy bonitos.
Pero no fue sólo su aspecto lo que hizo brillar sus ojos, ni el deseo sexual, sino el amor. Rachel lo había aceptado después de consultarlo con la almohada, porque una vez se recuperó del shock inicial de la posibilidad de estar embarazada, casi se sintió emocionada con la idea. Si sólo fuera algo sexual, Quinn se habría enfadado ante la posibilidad de tener un hijo de ella, pero lo cierto era que estaba feliz.
Sus sentimientos hacían que Rachel estuviera muy nerviosa y se sintiera vulnerable. Deseaba besarla, agarrarla de la mano, y de forma desesperada, pero en su lugar, mantuvo la distancia y le dijo que estaba muy elegante.
—Y tú muy guapa —respondió Quinn.
¿Lo diría en serio? Se había vestido sin muchas complicaciones a propósito: vaqueros ajustados, camiseta blanca y sandalias planas blancas. Se había dejado el pelo suelto, con las puntas ligeramente rizadas. Apenas llevaba maquillaje.
—Vamos —dijo Quinn— muéstrame el mejor restaurante de Tuggerah
Cuando la tomó de la mano, Rachel miró a su alrededor por si había alguien conocido cerca que las pudiera ver, pero no se apartó. El contacto era demasiado agradable.
Pero si quería mantener su relación en secreto, lo mejor sería buscar un sitio más discreto para verse que un centro comercial. Lo único que podía hacer para minimizar los daños era llevarla al restaurante más alejado de las tiendas, uno en una esquina tranquila. Con un poco de suerte, nadie las vería allí, y ella se puso de espaldas a la gente que pasaba, de modo que nadie conocido reparase en su presencia.
—Recibí un correo electrónico de mi editora en Londres anoche —dijo Quinn después de que la camarera anotara su pedido
—¿Algún problema? —preguntó Rachel encantada de hablar de algo que no fueran ellas.
—Está muy nerviosa por mi capítulo final. Dice que Hal está encanallándose.
—¿Y es cierto?
Quinn se encogió de hombros.
—Hal siempre ha sido un poco canalla. Aquí seduce a una mujer casada, pero ¿qué tiene eso de nuevo? A ella le gustó. Y también les gustará a los lectores.
Rachel tuvo que admitir que probablemente tendría razón. Los encuentros de Hal con mujeres siempre eran muy interesantes. Casi tanto como su experiencia con Quinn, pensó. Pasara lo que pasara, nunca podría arrepentirse de aquello, ni olvidarla.
—Estoy leyendo tus libros de nuevo —confesó— Empecé anoche el que está ambientado en África, con las matanzas de mujeres y niños, y Hal se venga por ellos
—Yo también lo leo a veces. Me gusta el final
—¿Viste algo así en realidad?
—Sí —dijo ella al cabo de unos segundos— Sí —bajó la cabeza y, cuando la levantó, Rachel vio el dolor reflejado en sus ojos— Fuimos en misión de paz y teníamos órdenes de no implicarnos en el conflicto. El malnacido que gobernaba el país en ese momento era un maniaco homicida, y nosotros no pudimos hacer nada por pararlo.
—¿Por eso hiciste que Hal lo matara?
—Sí, pero sólo en la ficción. Aún está vivo, en alguna parte.
—Has visto mucho dolor, Quinn.
—Demasiado —admitió ella— Y no sólo en África, sino en otros países desgarrados por la guerra cuyos gobernantes hacen cosas innombrables en nombre del poder y la codicia. Por desgracia, la mayoría de las atrocidades las cometen contra mujeres y niños.
—Imagino que ver cosas así puede endurecer el corazón de una mujer.
—Digamos que, cuando salí del ejército, era una candidata estupenda para someterme a terapia—dijo ella, y ante la mirada interrogante de Rachel continuó— Crear a Hal fue mi terapia, como acabas de deducir. Gracias a él me vengué y pude liberar mi odio y mi rabia.
—Comprendo —dijo sintiéndose ligeramente esperanzada— ¿Y Hal ha acabado su tarea? ¿Estás mejor?
—Mucho mejor. No me había dado cuenta de cuánto hasta que te conocí. Ya no soy la mujer sin sentimientos que dejó el ejército, Rachel. No soy Hal, si eso intentabas averiguar.
—Supongo que lo intentaba —dijo ella, aunque sospechaba que aún quedaba algo de Hal en ella que era, tal vez, por lo que se había enamorado de Quinn.
—Escucha, entiendo que mantengas las distancias conmigo y quieras mantenerme apartada de la vida de tu hijo —dijo Quinn de repente— Respeto tu decisión, y veo lo importante que es Tommy para ti, pero no quiero ser tu amante secreta. Quiero ser algo más. No quiero ocultar nuestra relación. ¿Es eso mucho pedir?
A ella se le formó un nudo en la garganta. Tal vez sí la quisiera un poquito.
—Supongo que no —dijo ella— pero sigo sin querer que te quedes en mi casa, que saques por ahí a mi hijo o que le compres cosas. Aún no.
El rostro de Quinn reveló cierta irritación.
—Me quedaré con el «aún no», pero insisto en que le hables a tu madre de mí. O eso, o me dejarás que contrate a una niñera de cuando en cuando para que se quede con Tommy. Quiero pasar más tiempo contigo, no sólo un rato mientras él está en el colegio.
—A mi madre no —se negó ella de inmediato— Y yo pagaré a la niñera.
—Quieres mantener tu independencia... Muy bien, así nadie podrá acusarte de querer mi dinero.
—¿Tu dinero? —ella pareció extrañada.
—Tengo mucho, Rachel. Si al final estás embarazada de mí, podrías conseguir bastante dinero.
—¿Cómo puedes pensar algo así de mí? — Preguntó indignada
—Yo no lo hago —sonrió ella— pero otros, puede que sí.
—¡Es asqueroso!
—¡Shhh! La gente nos está mirando. Hace un momento había una señora ahí mismo que nos miraba como si fuéramos extraterrestres.
Rachel giró la cabeza, pero la mujer no estaba.
—¿Cómo era? —preguntó ella.
—Delgada, de unos cincuenta… atractiva a su manera.
—No me digas que tenía el pelo rojo...
—No. Era rubia. O algo así.
—Menos mal.
—¿Tu madre tiene el pelo rojo?
—Rojo, rojo, rojísimo
—Entonces no era ella. Tal vez fuera una de tus limpiadoras.
—No. Ninguna es tan mayor. Tal vez fuera alguien que te ha reconocido, señorita Freeman.
—Tal vez —dijo ella.
En ese momento, les llevaron la comida: dos platos de quiche y ensalada, con sendas tazas de café humeante.
—Es difícil mantener algo en secreto aquí —dijo Rachel cuando la camarera se marchó— Si vas a un sitio público, seguro que alguien te ve.
—Por eso no quiero seguir con nuestra relación en secreto. ¿Por qué no se lo dices a tu madre y acabamos con esto?
—Porque no me dejaría en paz si supiera lo nuestro. Quinn, no vivo con ella, pero me llama una vez al día.
—¿Tanto?
—Sí, y aparece en mi casa cada dos por tres. Al final tendré que decírselo. Bueno, tal vez tenga que decírselo —corrigió, al recordar con inquietud que podía estar embarazada— Pero aún no.
—¿Tu madre es muy puritana? —preguntó Quinn
—Oh, no —rió ella— Ha tenido muchos amantes; supongo que uno de los motivos por el que era frígida es porque no quería ser como ella.
—Comprendo. Bueno, no eres frígida en absoluto. Lo que me recuerda... ¿de verdad quieres que esperemos hasta el sábado para volver a vernos? En privado, me refiero.
Rachel se dio cuenta de que estaba siendo una tonta al mantener las distancias. Al mismo tiempo, no quería que ella pensara que era débil.
—Tengo que pasar a limpiar tu casa uno de estos días —dijo— Gail se ha despedido y no he podido encontrar sustituta aún —dijo, intentando no parecer culpable.
—Estás mintiendo Rachel
—De acuerdo, no quiero mandar a otra limpiadora. Prefiero hacerlo yo.
—No te fías de mí
—No me fío de las otras mujeres.
—Estás celosa.
—Sí, estoy celosa. Y loca por ti, ¿de acuerdo?
Quinn esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—De acuerdo. Entonces, ¿cuándo te espero para venir a limpiar? ¿Mañana?
Rachel sabía que, si iba a su casa al día siguiente, no conseguiría trabajar bien el resto de la semana.
Sarah pasaba a organizar su agenda de la semana los jueves y su casa también necesitaba desesperadamente una limpieza. Había sido un poco dejada últimamente; había pasado mucho tiempo leyendo.
—No podré ir hasta el sábado.
—¿El sábado? ¿Y qué hay del viernes?
—Tengo otras cosas que hacer, Quinn. La empresa no funciona sola.
—Bueno, entonces el sábado — Quinn esbozó una sonrisa traviesa— Pero no te olvides el delantal...
Rachel acababa de llegar a casa con Tommy cuando oyó sonar su teléfono.
—Ve a hacer los deberes, Tommy. Debe de ser tu abuela —le dijo.
—¿Puedo hablar con ella?
—Cuando acabe yo —le dijo al pequeño.
Tommy se fue refunfuñando, y ella tomó el móvil
—Hola —dijo, y fue a poner en marcha la lavadora mientras charlaba con su madre.
—Rachel, soy tu madre. No me voy a andar por las ramas. Te he visto esta mañana. En Tuggerah. Con esa mujer.
En ese momento, Rachel cayó en la cuenta. La mujer que se quedó mirándolas debía de ser su madre tras uno de sus cambios de aspecto. Lo hacía cada dos años, más o menos.
—¿En serio? ¿Me has visto con mi nueva clienta? ¿Dónde?
—En un restaurante en el centro comercial. ¿Una clienta, dices?
—Sí. Ha contratado nuestros servicios hace poco. Está podrida de dinero, y tiene un apartamento enorme en Terrigal. Estaba haciendo la compra cuando me encontré con ella y me invitó a tomar un café.
—Oh, por un momento pensé que tenías secretos conmigo
—¡Mamá! ¿Cómo iba yo a hacer algo así?
—Bueno, no es normal que me dejes a Tommy dos semanas seguidas, así que cuando te vi con una mujer tan guapa, pensé...
—Piensas demasiado, mamá —dijo Rachel, y se echó a reír.
—Es que es muy guapa...
—Supongo.
—¿Está soltera?
—Sí, mamá.
—¿Te ha invitado a salir?
—Mamá... no empieces.
—Sólo quiero que seas feliz.
—Mamá, ¿podemos hablar de otra cosa? Dime qué estabas haciendo en Tuggerah.
Y así fue como salió el tema de los tintes del pelo, y se olvidaron de Quinn.
Pero Rachel no la olvidó. Ella no podía quitársela de la cabeza.
Aquel día había sido difícil para ella, especialmente, al hacer la compra. Le costaba no tocarla, y deseaba que Quinn la tocara todo el tiempo.
Parecía que faltaba una eternidad para el sábado
— Esto está delicioso —dijo Quinn dejando el tenedor para tomar su copa de vino— Podrías ser una cocinera de éxito Rachel
—Gracias. Hice un curso de cocina —admitió ella— Siempre intento hacerlo todo lo mejor que puedo; supongo que me viene de la infancia. Mi madre era una ama de casa desastrosa... la casa estaba siempre sucia y desordenada, y las comidas eran terribles —dijo, con una sonrisa torcida— A Tommy le gusta estar con ella. Le da un poco de tregua de su estricta madre
—Pues yo creo que su madre es fantástica —dijo Quinn con ojos brillantes— Y me gusta que intentes hacerlo todo lo mejor posible, sobre todo, en la cama.
—No recuerdo haber estado mucho en el dormitorio últimamente —dijo sonriendo Rachel.
—Un mero tecnicismo, ya sabes…
Desde que llegó a casa de Quinn a las diez, su comportamiento fue exactamente el que se temía. Hizo todo lo que Quinn le pidió, empezando por limpiar la casa sólo con el delantal. Había sido divertido, con Quinn siguiéndola y echándose sobre ella a intervalos regulares. Ni una vez lo habían hecho en la cama. Cuando se quitó el delantal para limpiar la ducha, ella la siguió y abrió el grifo. Para cuando la casa estuvo limpia, su ansia de la una por la otra estaba saciada.
Cuando Quinn propuso salir a dar una vuelta, fueron a Erina, un centro comercial cerca de su casa, e hicieron algo de compra para la cena. A la vuelta, volvieron a hacer el amor, pero tampoco fue en la cama esa vez.
Cuando Rachel le confesó que en el pasado le repugnaba ver sexo en televisión, Quinn se sorprendió, pero la comprendió. Eso era lo que más le gustaba de Quinn, que sentía que comprendía sus fallos y debilidades, y que podía confiar en ella. También le contó que su madre era la mujer rubia que las vio cuando estaban comiendo.
—¿Le dijiste a tu madre lo que ibas a hacer este fin de semana? —preguntó ella, como leyéndole la mente.
—Le dije que tenía que sustituir a una limpiadora que trabajaba para una clienta muy maniática.
—Estás desarrollando una gran imaginación —rió Quinn.
El sonido del móvil de Rachel la sorprendió e hizo que dejara el tenedor sobre el plato y fuera corriendo a buscarlo. Tenía que ser su madre. Rachel le había dicho que llamara si había algún problema.
—¿Sí? ¿Mamá? —Rachel empezaba a sentir pánico.
—Rachel...
Rachel sintió tal presión en el corazón, que pensó que iba a tener un infarto. En una sola palabra, su madre había dicho muchas cosas. Había un problema, y serio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó— ¿Y Tommy?
—Fue a jugar con Jason, el nieto de los vecinos.
Rachel escuchó el relato de su madre, cada vez más asustada. Los niños estaban jugando a los comandos y habían entrado en el bosque. Uno tenía que encontrar al otro, pero cuando Jason fue a buscar a Tommy, no lo encontró. Parecía que se había internado demasiado lejos y se había perdido. Jason había oído gritar a Tommy, y después nada. Habían llamado a la policía y lo habían estado buscando, pero en cuanto cayó la noche, decidieron que no tenía sentido seguir buscando sin luz y sin luna, y lo dejaron hasta el día siguiente al amanecer.
—No quería decírtelo —dijo su madre con la voz rota— pero sabía que te enfadarías si no lo hacía. De todas formas, no hay mucho que podamos hacer.
—Iré enseguida —dijo Rachel, aparentemente calmada, pero sólo aparentemente.
Quinn se había levantado y había ido junto a ella.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó mientras ella guardaba el móvil en el bolso.
—Es Tommy —dijo, y se echó a llorar.
Ella la agarró por los hombros y la zarandeó ligeramente.
—Para —le espetó— Eso no ayuda. Dime qué ha ocurrido.
Rachel se lo dijo entre sollozos.
—Comprendo —dijo, y la soltó— Te llevaré yo, tú no estás en condiciones de conducir, pero tengo que buscar unas cosas primero.
—¿Qué cosas?
—Te lo diré en el coche —fue a su gimnasio y volvió con una mochila llena hasta los topes.
A mitad de camino, Rachel se sentía mareada. ¿Y si no encontraban a Tommy? ¿Y si estaba muerto? ¿Y si le había picado una serpiente? ¿O si se había golpeado la cabeza? ¿Por qué no respondía?
—No te pongas en lo peor, Rach —le aconsejó— Yo lo encontraré, confía en mí.
—¿Cómo? No hay luna y ese bosque es muy denso.
—Rachel, estoy entrenada en el ejército. Sé cómo operar en la selva por la noche, y tengo el equipo apropiado para hacerlo, por suerte.
Quinn probablemente se saltó el límite de velocidad de camino a casa de Shelby, pero a ella no le importó. Cuando antes llegaran, mejor. Tampoco le importaba que su madre se enterase de su relación: lo único que quería era encontrar a su hijo.
No había coches de policía frente a la casa de su madre. Todo estaba en calma.
Quinn se detuvo frente a los escalones del porche.
—Supongo que no hay por qué ocultarle a tu madre quién soy ¿verdad?
—No, claro que no…
¡Esta noche último capítulo! :)
